Espacio cultivado

Alain Marinetti

La tierra cultivada de la región se dedicaba preferentemente al trigo y sus especies subsidiarias. Según estimaciones contemporáneas muy sintéticas, absorbía como mínimo dos tercios de ese espacio. Tan alto consumo de tierra para un fin tan restringido sería permanente como consecuencia de la presión que originaba sobre ella el tamaño de la población, factor constante de cuyo signo había convencido ya la literatura económica que circulaba a mediados del siglo décimo octavo. Aparte la presunción de causalidad que contiene esta propuesta, el análisis de los valores del tamaño de la población no lleva a la misma conclusión. La preferencia por el cultivo del trigo parece más relacionada con la peculiar integración de los trabajadores en la empresa agrícola. Estos, según otros contemporáneos, siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, para así resolver la parte de sus ingresos destinada a la subsistencia, una posición económica que no siempre coincidiría con el autoconsumo.

     Para comprobar en favor de qué afirmaciones está la veracidad que permiten los testimonios escritos, cuando se desciende a la escala de las poblaciones hay medios suficientes, los que consienten analizar el espacio cultivado con el trigo, que no obstante necesitan un examen atento.

     Un auto de fines de agosto de 1741, que abre un expediente, descubre los propósitos y los límites del documento llamado registro de sementeras. Dicta que todos los vecinos de una población que hayan sembrado durante aquel año, sea en poco o en mucha cantidad, registren ante el escribano de cabildo de su municipio la superficie que hayan cultivado, para lo que disponen de un plazo de tres días. Cada labrador y cada campesino, sin excepción de secular que sea vecino, habrá de proceder con toda claridad y justificación, porque se trata de repartir la décima en función de lo que cada cual haya sembrado.

     La fecha en la que se publica el auto no deja dudas sobre el momento en el que se exige el registro. Estaría justificado porque la contribución que se pretende recaería sobre el producto obtenido. Al tratarse de un repartimiento, es seguro que el pago que se espera es uno de los conceptos del sistema de administración de las obligaciones fiscales que en su tiempo se conoció como rentas provinciales. Excluyo que haya que interpretar décima en el sentido de diezmo, la primera renta de la iglesia romana. En modo alguno esta renunciaría entonces a otra parte del ingreso que le proporcionaba, menos aún al de toda una población y a favor de los ayuntamientos. Rechazada esta posibilidad, puede tratarse bien de un ingreso de la corona relacionado con el comercio interior, bien de un derecho deducido por el municipio para hacer frente a los pagos a los que obligue el encabezamiento. En el primer caso sería el equivalente al almojarifazgo; en el segundo, podría ser la décima parte de cada real de vellón del producto. Ninguna de las dos posibilidades me parece del todo convincente, pero estoy más inclinado a pensar que se trata de una contribución municipal que grava ligeramente las sementeras, dado el régimen administrativo de las rentas provinciales.

     Es necesario reconocer que la fecha en la que se exige la contribución, posterior a la cosecha, actúa contra la veracidad del testimonio. Una cosecha deficiente llevaría a ocultar parte de la superficie sembrada. Además, en estos registros la ocultación debía ser endémica, puesto que son los propios interesados quienes tienen la iniciativa de su redacción. Que el plazo concedido para declarar sea solo tres días va en contra de su alcance. Una parte de los concernidos, por ser tan perentorio, ha de quedar fuera, y que los eclesiásticos estén excluidos del procedimiento fiscal, que no es una excepción, desde luego altera el punto de vista, que queda limitado a la población secular.

     Pero no todos estos obstáculos parecen insuperables por los hechos que retienen los textos. Concordado el auto que lo inicia con el registro efectivamente completado, se comprueba que en realidad las declaraciones fueron presentadas entre el 23 de agosto y el 1 de septiembre. Como es habitual en estos casos, los límites que al principio se decidieron luego fueron ampliados. En cuanto a que no incluya a los eclesiásticos, probablemente no sea un defecto que modifique en lo fundamental la idea que sobre el fenómeno que me propongo observar, el que expresa el título, permite obtener el documento. Sin acumular un error significativo, creo que la parte secular se puede aceptar como representación de la totalidad de los casos. No hay indicios positivos que hagan suponer que, de organizar empresas de cereal, los eclesiásticos las acometerían de una manera distinta a como lo hace el común de quienes participan en el sector, a excepción quizás de los procedimientos que aplicaran los jesuitas. La población eclesiástica que emprendiera directamente sementeras sería escasa, salvada la regular. Pero sobre todo el número de situaciones que el registro de las sementeras permite conocer, que se mide por centenares, es suficiente para obtener una descripción fiable de la diversidad de casos y de sus tamaños relativos. Frente a todos los previsibles límites del documento, hay que aceptar que el hecho de que los declarantes sean vecinos es concordante con el punto de vista que deseo, y en especial carga favorablemente su capacidad para retener características significativas de la agricultura del cereal del momento que los dos tipos humanos a los que el auto se refiera sean solo labrador y campesino.

     Con una información similar a la del registro de sementeras de 1741, es posible disponer de apeos de sementeras y asientos de pegujales. Mientras que los primeros son en todo similares al registro, los otros eran documentos complementarios que anotaban el cobro de los pegujales sueltos, tanto de vecinos como de forasteros. Y aún se puede completar la información de registros, apeos y asientos con la colección de los papeles destinados a elaborar una estadística de las rentas provinciales ingresadas por aranzada de olivar y fanega de sementera, cuya información referida a los cereales sin duda procedía de sus primitivos apeos. Por lo tanto, a todos podemos conceder las mismas carencias y propiedades que le hemos reconocido al registro de 1741.

     He conseguido disponer de dieciséis apeos para el periodo comprendido entre 1766 y 1781. Su cronología permite pensar en la crisis conocida como motín de Esquilache como la razón inmediata de las fidelidades en la redacción y la custodia del tipo. De la serie paralela de los asientos de pequeñas explotaciones estaban disponibles los ejemplares correspondientes a los años 1763-1781, y los papeles de rentas provinciales estaban referidos a los quince años comprendidos entre 1764 y 1778.

     En el examen de toda la colección he empleado algún tiempo. Exploté primero el documento de 1741 de manera sintética, y redacté las correspondientes notas de los registros de sementeras de todos los vecinos de aquel año. Luego, elaboré copia íntegra de los apeos de sementeras correspondientes a 1766, 1767 y 1768 con relativo provecho. La transcripción del documento correspondiente al año 1767, porque cuando se transcribe es cuando se lee mejor, me sugirió las primeras ideas propias sobre este problema, que fijé en forma de notas entre el 21 y el 22 de enero de 1993 con el título Arqueología del apeo de sementeras, las que han dado origen a este texto. También hice copia del apeo de 1771, y por último elaboré con la estadística para las rentas provinciales de 1764-1778 un cuadro que expresaba en fanegas la superficie sembrada de cereal cada año.

     Una vez comparados someramente los contenidos de todos los informes seleccionados, aun a riesgo de equivocarme decidí trabajar bajo la convicción de que lo que observara para un año, porque mi atención se dirigía a la parte estable de los comportamientos, podría ser equivalente a lo que ocurría otros años de la misma época. De acuerdo con esa premisa, de todos los apeos de sementeras que estaban a mi disposición preferí el de 1771 porque me permitía cruzar sus datos con unas relaciones juradas del mismo año relacionadas con el proyecto de única contribución. Cualquiera que las conozca podrá reconocer las ventajas que para operaciones derivadas tiene esta manera de proceder. Su elaboración estadística, a partir de otro impreso de la información contenida en soporte electrónico, ya producto de una elaboración intermedia, me permitió hacer cálculos y admitir sus resultados como la referencia de lo que era regular, aunque sobre las posibilidades de su explotación estadística no me engañé.

     No usé los datos de 1741 con la misma intensidad que los de 1771 porque, a pesar de que eran los más próximos en el tiempo a 1750, no me parecieron tan ricos como los de 1771, aunque no puedo negar que las notas del registro de 1741 también adelantaban algunas conclusiones válidas. El documento de 1768 permitía completar algunas ideas y avanzar en otras antes no descritas, especialmente en tres: los cultivos a los que eran dedicadas las pequeñas explotaciones, las otras actividades de quienes las emprendían y qué era mozo de posada. Aunque su autor se propone averiguar idénticas cosas sobre todas las personas de su objeto, carece de la disciplina necesaria para obtener de cada una información sobre las mismas características. Reconoce en unas que es sugerente registrarlas, aparte los datos básicos de la identificación, y en otras le parece más útil una precisa descripción particular. Puede actuar así porque los tamaños de la población encuestada no son tan grandes que le impidan reconocer individualmente a cada una de las personas que somete a observación. Con tal flexibilidad de su sistema de registro se asegura ese resultado. Pero su rigor actúa por circunstancias. Aun siendo frecuente la información que sobre cada uno de ellos da, para la mayoría de los asientos la información que correspondiera no consta. La consecuencia es que cualquiera de los tres hechos aparece esporádicamente y no admite análisis cuantitativo. El análisis solo permite descubrir que existen. Además, la revisión detenida de la copia del documento de 1768 me autorizó a sostener con seguridad que las deducciones que el documento de 1771 me había permitido, de ser analizado el de 1768 de la misma forma, llevaría a otras similares. Hecha compulsa entre los asientos de pequeñas parcelas y el apeo de sementeras, sus contenidos permitían saber que eran similares a los de 1771. Por tanto, podía estar seguro de que la idea que me había proporcionado el apeo de este año no sería modificada en ninguno de sus sentidos fundamentales. Lo podía tomar como referencia y nada impedía generalizar las conclusiones a las que se llegara con él.

     Sobre la superficie sembrada, el balance del registro de 1741 no es bueno. Mientras que inscribe algo menos de 1.500 parcelas, una cifra que por comparación con los otros asientos puede ser admitida como veraz, toda la superficie declarada por los tenientes de esas tierras no alcanza las 11.000 unidades de superficie. Por su parte, la dedicada a este cultivo en 1771 fue 32.600,75 de las mismas unidades. Basta comparar esta cifra con las correspondientes a los otros años incluidos en el cuadro que aparece más adelante para aceptarla como la más veraz de las dos. En la población a la que están referidos estos documentos la superficie registrada como apta para el cultivo del cereal era poco más de 93.000 unidades según las informaciones de la Única. Las 11.000 de 1741 apenas superarían la décima parte del espacio apto para ser cultivado con cereales. Ni aun teniendo en cuenta que en este registro la superficie sembrada por forasteros no queda inscrita y que esta, según los datos de 1771, es poco más del tercio de la totalidad de la superficie sembrada, se alcanzaría una cifra convincente de toda la superficie que en 1741 fuera sembrada para obtener cereal. Siendo el número de parcelas declaradas muy aceptable, solo cabe concluir que quienes hicieron los registros expresaron menos superficie de la que habían sembrado. Como se observa un número anormalmente bajo de grandes parcelas, las unidades de producción de las empresas de más envergadura, y estas unidades suman una cantidad pequeña, de escaso valor relativo para el total de parcelas, a la vez que acaparan las mayores cantidades de superficie, puede sospecharse una ocultación concentrada en la declaración de las unidades productivas de mayor tamaño.

     Podemos aceptar pues como cánones básicos del espacio cultivado, para aquella población, que cada año se decidían por sembrar cereal unas 1.500 explotaciones y que solo empleaban para este fin algo más de unas 30.000 unidades de superficie, la tercera parte de las posibilidades del espacio apto para producirlo. Así se demuestra que la capacidad para la producción de trigo y cebada era restringida de manera severa regularmente. Los propósitos de esta restricción, que tiene toda la apariencia del imperio de lo que se viene llamando sistema trienal, podrían ser monopolísticos. Pequeños cambios proporcionales de las explotaciones, en espacios de la magnitud de los que tratamos, pueden tener como consecuencia notables aumentos de la producción. El efecto que el crecimiento de la oferta de grano puede tener para su precio pude ser adverso para el deseado orden de monopolio, aspiración común a cualquier posición de dominio en el mercado. El aumento de la superficie cultivada, por otra parte, no conduciría inevitablemente a la caída de los rendimientos. La reserva de suelo de alta productividad es con seguridad más que suficiente para mantener en el nivel consolidado los rendimientos, y por tanto que los beneficios quedan a salvo.

     Pero, más allá de las cifras sintéticas, si se recurre a los datos del cuadro de rentas provinciales de 1764-1778 es posible encontrar ideas más próximas a la resolución de las dudas planteadas al comienzo. He preferido anotarlos en valores relativos para cada caso porque son los más expresivos y los que permiten generalizar con más facilidad. Se pueden reproducir divididos en dos series básicas, la referida a los vecinos y la correspondiente a los forasteros, un orden de la información que estaría justificado por el plan de cobro del derecho que gravaba la actividad que es objeto de nuestro interés. La serie de vecinos se abre por su parte en otras dos, la de labores y la de pequeñas explotaciones, de la primera de las cuales se puede presentar a su vez una subdivisión en seculares y eclesiásticos. Aunque las pequeñas explotaciones son denominadas específicamente pegujales sueltos, no cabe duda sobre que bajo esta entrada están agrupadas todas las pequeñas empresas de vecinos. La comparación con los datos de los años estudiados con detalle, en particular 1771, así permite afirmarlo. Tratándose en el origen de un documento redactado por quien pretende recaudar a cada contribuyente lo que le corresponde, no sería probable que cuando las pequeñas explotaciones se hubieran alojado en otras de mayor tamaño el señor de esta incluyera, en el espacio cuyo costo final él debe liquidar, el que hubiera cedido de cualquier modo a otros. De aquí podemos deducir que las series separan en lo fundamental los hechos que pretendemos conocer. Las entradas vecinos y eclesiásticos contendrían labores, al tiempo que en la columna pegujales estarían todas las explotaciones de esta modalidad. No obstante, mantengo reservas sobre que la entrada eclesiásticos se refiera realmente a labores, aunque en absoluto no hay que excluirlo. Sabemos positivamente que eclesiásticos también emprendían pequeñas explotaciones. Pero es tan escasa la intervención de los eclesiásticos en la producción de cereales que un error de interpretación, en cualquier sentido, no tendría la menor repercusión sobre los resultados de cualquiera de los análisis que interpretaciones divergentes indujeran. Aun así, es necesario reconocer que en 1741 en el apeo de sementeras solo constaban los pegujales de vecinos seculares. Que aparezcan elementos del clero disfrutándolos ya en el registro de 1768 permite deducir que los registros posteriores a 1741 también inscribirían eclesiásticos, y efectivamente, tal como desde el principio conjeturamos, son pocos los que finalmente pueden identificarse.

     En el caso de los forasteros, es posible desplegar otras dos series, una de labores y la segunda de pequeñas empresas. Para la primera mitad, solo el valor global de la primera se consigna. Mediada la secuencia, aparece además el dato de pequeñas explotaciones. Esto abre varias posibilidades de interpretación, que en lo fundamental ya hemos adelantado en los análisis de los documentos precedentes, por lo que especular con ellas tampoco tiene mucho sentido. Los pegujales de forasteros son aún más insignificantes que las empresas de cereal de eclesiásticos. Nada que defendiéramos tendría consecuencia alguna para el hecho observado en toda su dimensión. Son tan erráticos los valores que la fuente nos proporciona a este propósito que es preferible ignorarlos. Suponemos que, así como la cesión de tierras a forasteros, mediante contratos regulares, se puede controlar con relativa facilidad, tener noticia de quienes toman pequeñas parcelas en todas las poblaciones circundantes sería bastante más complicado. Los pegujales de forasteros registrados tendrían tan poca entidad porque serían externos a las unidades de explotación de los labradores. Afortunadamente, el punto de vista adecuado para analizar esta parte del fenómeno, que como enseguida se verá es observar la parte de tierras periféricas que es segregada al uso de una población, en modo alguno se ve interferido por este defecto del medio informativo.

     Completan el cuadro, al principio, la columna del tiempo y al final las de totales. Solo la que expresa toda la superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se ocupa va expresada en valores absolutos, en las unidades de superficie más comunes. A su lado, una columna de cierre expresa ese mismo valor en términos relativos. Recuérdese que el valor absoluto de la superficie disponible que admitiría el cultivo de cereales se estima en poco más de 93.000 [93.287,78] unidades de superficie.

 

Años Vecinos Vecinos Vecinos Forasteros Forasteros Total Total
Labores Labores Pegujales Labores Pegujales En fanegas %
Seculares Eclesiasts.
1764 46 5 14 34 Nc 31.962,50 34
1765 49 5 15 31 Nc 32.013,83 34
1766 49 5 16 31 Nc 34.084,33 37
1767 46 4 18 32 Nc 29.681,00 32
1768 45 3 19 33 Nc 31.036,25 33
1769 46 2 17 34 Nc 32.345,25 35
1770 45 3 17 35 Nc 31.666,50 34
1771 41 3 19 35 1 30.685,25 33
1772 42 3 16 38 1 31.497,67 34
1773 39 3 17 40 0,4 31.155,83 33
1774 40 3 16 39 2 31.955,50 34
1775 Nc Nc Nc 42 Nc 36.015,50 39
1776 36 2 21 43 0,1 35.943,75 39
1777 34 2 20 42 2 38.086,75 41
1778 34 2 18 45 1 36.707,83 39

 

    La serie demuestra la enorme estabilidad de la composición del fenómeno, tal como puede observarse a través de las características que el documento registra. Comparado con los demás años de la serie, el de 1771, si se observa desde la columna de los valores proporcionales, definitivamente parece representativo de los comportamientos estables. La fracción de superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se invierte se mantiene en torno al tercio, algo por encima si se quiere ser algo más preciso. Pero aunque la estabilidad del fenómeno es lo más notable, y por tanto lo que debe ser retenido por encima de todo, para cualquiera de sus componentes es posible observar matizadas evoluciones.

     En la cantidad de tierra cada año sembrada se reconocen dos fases, la primera, con valores en torno al 34 % de la superficie disponible, y la segunda claramente por encima del 38. La primera abarca de 1764 a 1774 y la segunda corresponde al periodo 1775-1778. No sería exacto decir que la cantidad de tierra cultivable tiende a crecer. Más exacto sería afirmar que acontecimientos comprendidos entre 1774 y 1775 darían como resultado un perceptible crecimiento positivo de la cantidad de tierra que cada año se dedicaba al cultivo de los cereales. Dando por supuesto que tales factores debieron actuar, lo que obliga a una demostración positiva, podríamos decir, utilizando un vocabulario evasivo que es frecuente cuando se observan cambios como el descrito, que el mercado de la tierra cultivable, entendido como mercado anual de las cesiones, ha conocido una presión ante la que no ha podido resistir y ha decidido aumentar la oferta. Siendo los resultados los que recoge la tabla, habría ocurrido que la demanda de tierras para la sementera presionara sobre la oferta.

     Los efectos de esta dirección de las actitudes podían ser adversos. Cualquier incremento de la cesión podría redundar en un no deseado crecimiento positivo del producto de cereales, según hemos reconocido más arriba. La sucesión de las cantidades de superficie sembrada, observada año a año, que demuestra una cadencia cíclica muy regular y muy corta, confirma el poder de la contención. A cada pequeña expansión anual relativa, bianual como máximo, sucede una contracción. No es imprudente pensar que el orden creado reaccionaría con sensibilidad, y solo necesitaría pequeños ajustes para mantener el rumbo del producto. Cada año pretendería satisfacer el óptimo que el deseado monopolio promete y cualquier exceso que se cometiera era inmediatamente corregido.

     Pero si la presión sobre el mercado de las cesiones se resolviera con ese movimiento oscilatorio constante, las causas del fenómeno quedarían encerradas en un círculo que agotaría las posibilidades sin encontrar explicaciones para los problemas que nos hemos propuesto; quedarían descargadas sobre el precio del producto, un factor que en este momento queda fuera de nuestro campo de observación, y no resolvería nada sobre el papel que corresponde a las poblaciones. Afortunadamente, todos los valores de la estadística precedente no se resignan a esa razón. El valor mínimo para toda la superficie cultivada suma 29.681 unidades de superficie y el máximo 38.086,75. La diferencia entre uno y otro es casi 10.000, equivalente a una cantidad comprendida entre un cuarto y un tercio de toda la superficie cultivable. La oscilación, de año a año, también podía ser tan flexible y amplia como para decidir, en una fracción nada despreciable, sobre el monto del producto total obtenido. Es necesario especular con calma sobre las razones de tanto margen y sus consecuencias. Aunque el documento obliga a restringir las aspiraciones, su manera de interesarse por los hechos deja al descubierto factores del mercado de las cesiones de tierra comprendidos en nuestras hipótesis.

     Las oscilaciones de mayor envergadura en parte pueden ser consecuencia de las presiones periféricas sobre el espacio cultivable. Los desplazamientos desde una población a la parcela cultivada, y por tanto los costos en tiempo de trabajo, decidirían sobre el espacio que se podía cultivar. Se puede precisar con bastante exactitud el radio máximo del que se ocupaba para el cultivo desde ella a partir de la información sobre arrendamientos de la Única. Incluso se podrían trazar las sucesivas coronas del movimiento por frecuencia de lugares según distancia. Pero su explotación con este propósito, porque los valores que aquellos proporcionan se refieren a una población, llevaría a conclusiones poco relevantes, y tampoco lo son las diferencias en las distancias a recorrer. Averiguar cuál es el límite racional de los desplazamientos es un ejercicio que con más facilidad se resuelve desde otro principio axiomático: las tierras periféricas de un término pueden quedar más próximas a poblaciones limítrofes, y por tanto ser explotadas con menos costo de tiempo por ellas. Aunque la presión de estas poblaciones sobre el espacio agrario disponible al otro lado del término esté modificada por las clases de límite que compartan.

     En la estadística la superficie dedicada a labor por los vecinos declina inexorablemente a lo largo del periodo, mientras que la que ponen en cultivo bajo la misma modalidad los forasteros se comporta exactamente en el sentido inverso. (Las iniciativas de los eclesiásticos, poco relevantes, se atienen al comportamiento de los vecinos seculares, y lo siguen con absoluta fidelidad.) Si además se observa cada par de valores de cada año, el de los vecinos y el de los forasteros, es necesario reconocer el intercambio que hay entre ambos. Casi con todo rigor se cumple la regla de que cuando uno crece el otro disminuye. Es necesario reconocer la actuación consciente de ambas partes en la creación de este orden. Los labradores de la población y los de las poblaciones periféricas actúan coordinadamente para hacer uso del espacio dedicado a cereal.

     Cualquiera de las situaciones tendría que admitir un factor constante. Vecinos y forasteros son cualidades que se refieren precisamente a la condición de residencia. Describen con precisión, aunque en términos relativos, el lugar donde se radica. Si las cosas ocurren así, es necesario afirmar, limitados como estamos a los términos de la propia estadística, que una de las presiones que conoce el mercado de la tierra, en el mismo sentido en el que antes hablábamos, es efectivamente la de las poblaciones. Si entre poblaciones de distinta radicación hay intercambio de tierra para sembrar el factor población es responsable directo, o inmediato, de la cantidad de tierra sembrada cada año; más exactamente, de la cantidad de tierra cultivada bajo la condición de labor.

     Pero la presión no proviene de una población ni de su crecimiento, sino de varias y por su posición respecto de la tierra cultivable. Por la forma en que nos viene suministrado el dato aparenta ser la presión de todas las periféricas sobre una central, aunque el sentido de la evolución observable no debe engañarnos sobre el comportamiento del factor. Pudieron ser unas las que presionaran y otras no, y si decimos que las periféricas presionan sobe la central es porque al final del periodo la superficie acaparada por los vecinos cede en beneficio de los forasteros. Si trasladamos en el tiempo el punto de vista, al principio ocurriría que la presión desde fuera sería baja. En realidad, por tanto, estaríamos ante una especie de ley de la ósmosis inversa que aprovecha que los límites entre términos son membranas semipermeables. Cuando la presión crece de un lado, se incrementa el espacio acaparado por un lado y disminuye el que abarca el otro, y viceversa.

     Si la masa de tierra sobre la que se ejerce la presión fuera constante, esta explicación podría bastar. Pero no es así. Hemos reconocido dos masas tipo diferentes, una anterior, menor, y otra posterior. A la variación de la masa corresponde, siempre en los términos de la estadística proporcionada por el archivo, además del intercambio de responsabilidades entre vecinos y forasteros, o factor población radicada, el trasvase entre formas de explotación, entre labores y pegujales. Si a partir de la tabla se deducen los valores de este trasvase correspondientes a las dos masas tipo, en el primero tramo, el de 1764 a 1774, el valor de la superficie puesta en cultivo por los pegujales oscila entre unas 4.500 unidades de superficie y 6.000, mientras que en el siguiente, el más breve, de 1775 a 1778, se sitúa entre unas 7.000 y casi 8.500.

     Sería pues la presión de las pequeñas explotaciones de vecinos, la presión de quienes están dispuestos a arriesgar una en el interior del término, sin tener que completar largas distancias ni por tanto consumir tiempo de trabajo en los desplazamientos, la que incrementaría la cantidad de espacio puesto a producir. El aumento de la presión interna sobre el mercado de las cesiones de tierra permitiría simultáneamente liberar el especio periférico e incrementar el espacio cultivado, relevando de parte de sus responsabilidades a los vecinos labradores. A la vez que las labores locales descargaran el peso de la producción sobre las periféricas, otra parte se trasladaría a las explotaciones de menor tamaño. Si aceptamos que los pegujales de forasteros que aparecen registrados en la estadística serían externos a las unidades de explotación de los labradores radicados en las poblaciones circundantes, la liberación de espacio periférico pudo ser invertida de la misma manera en él. Al contrario, cuando esa presión disminuye, la superficie cultivada disminuye, el papel de las cesiones periféricas sería menor y también menor el de las pequeñas explotaciones interiores. Luego los labradores vecinos cargarían con una mayor responsabilidad sobre el tamaño del producto, incluidos sus riesgos. Sobre los forasteros, en la medida en que restringieran la presencia de pegujales, recaería una carga similar.

     En el consumo de espacio para el cultivo de los cereales a fines de la época moderna la actividad agropecuaria se ajustaría por tanto al menos a dos patrones. Uno de contención del espacio cultivado y otro de expansión. La diferencia entre uno y otro la marcaría la iniciativa campesina, que desde dentro de las poblaciones haría oscilar el producto, cuya masa dominante y más estable no obstante permanecería bajo control de los labradores de cada una de ellas.

     Así que la responsabilidad inmediata o causal directa sobre el espacio puesto a producir cargaría sobre el tamaño de las parcelas y la superficie que acumularan. Luego la presión cuyo resultado sería el incremento de la superficie puesta en cultivo cada año provendría, al menos en idéntica medida, de aquellos que siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, fueran o no trabajadores para otros. Si esta iniciativa tenía la intención de favorecer el autoconsumo o descargar los costos del producto sobre las pequeñas explotaciones es algo que no es posible resolver con los datos que suministran las fuentes tenidas en cuenta para esta ocasión. Pero sí es posible concluir que los comportamientos que inducen hablan en contra de una progresiva proletarización del campesinado, efecto a su vez de un crecimiento absoluto del tamaño de las poblaciones. Al contrario, exige utilizar en su favor la razón del incremento periódico del campesinado. Los hechos registrados, que no demuestran el aumento de su número, sí avalan la expansión de las posibilidades de sobrevivir bajo tan asequible y consolidada condición.



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