Colonización interior
Publicado: marzo 31, 2017 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: agraria, economía Deja un comentarioTadeo Coleman
Un total de sesenta y cuatro solicitudes de tierra de un mismo término, todas de 1700, ayudan a documentar las raíces del extraordinario crecimiento de la agricultura del olivar y su industria derivada, un fenómeno que debió desarrollarse durante la primera mitad del siglo XVIII. Las solicitudes, en todos los casos admitidas, y satisfechas con los títulos que reconocían a los interesados su pleno domino sobre la parcela deseada, sin más condiciones que dejar la vereda desembarazada, tendrían su amparo legal en el derecho de presura. Estaba vigente en tierras castellanas al menos desde la plena edad media, y no dejaría de ser un recurso colonizador desde que en el siglo XIII comenzara la ocupación del término por los conquistadores que procedían del norte. Si dijéramos que era una forma de adquisición gratuita ignoraríamos que requería, para que el derecho de uso con el tiempo se consolidara como dominio, el trabajo del suelo, y que a partir del momento en que fuera puesto a producir redundaría en ingresos del municipio. Pero sí es cierto que al principio las tierras ocupadas estaban al margen de las compraventas a las que era necesario atenerse si se deseaba acceder a las parcelas de la misma clase. Aunque también es verdad que se trataba, cuando aquella modalidad de parcelas llegaba al mercado regular, de unidades de producción con cierto grado de madurez por lo menos, a diferencia de las que estaban en el origen del proceso que vamos a examinar.
Sobre sus atributos legales previos, uno de los casos analizados especifica lo fundamental. De la tierra que se solicita se dice que es de la que está realenga. Probablemente lo más valioso de esta expresión sea su referencia al estado del suelo. Que la tierra en el momento esté realenga especifica que el dominio sobre ella permanece bajo la corona, lo que equivale a decir que no ha sido privatizada de ningún modo, aunque su gestión ha sido delegada al municipio, que sin embargo no puede decidir unilateralmente sobre sus cambios de uso. Modificarlos, y abrir la puerta al cambio de estado, exige la aprobación de la administración real que se conoce con el nombre de facultad, que en este caso debe suponerse concedida para la parcelas de las que se trata. De lo contrario, el municipio no hubiera podido acceder a todas las transferencias demandadas ateniéndose a las condiciones de la presura.
Gracias a la identificación de los lugares solicitados, es posible además reconocerlos como una parte de las zonas no cultivadas, áreas que sobrevivían en cualquiera de los extensos términos de las ciudades del sudoeste, a pesar de la alta ocupación agrícola del suelo que en ellos se había alcanzado. Los territorios bajo su jurisdicción estaban lejos de estar saturados, y por tanto de retornar a cada tanto al riesgo de verse en la necesidad de aprovechar suelos de bajos rendimientos.
En cierto número de casos la parcela solicitada se identifica como un manchón de tierra, una manera de hablar que permite reconstruir el estado del paisaje del que se partía, al tiempo que obliga a ser cauto. Es muy probable que haya que entender el manchón como algo más que un pedazo de tierra en que nacen las plantas muy espesas y juntas, tanto en los sembrados como en los matorrales (Acad.). En lenguaje regional, puede ser terreno erial en un cortijo, una mancha grande de monte y parte de terreno de caza que tiene nombre peculiar y se bate sola (AV). La ventaja que desde este punto de vista tiene la palabra elegida es que todas las descripciones que la definen comparten, aparte matices, que se está refiriendo a áreas ocupadas por la vegetación espontánea, bien porque desde antiguo se haya consolidado en ellas, bien porque allí se ha recuperado recientemente, tras haber conocido el cultivo y haberlo abandonado. Que además el estado previo del espacio a colonizar estaba ocupado por una formación del tipo matorral es algo más que una sospecha. La confirma, al tiempo que la completa, uno de los solicitantes cuando expone la necesidad de desmontar de monte bajo y algunos chaparros. Mientras que la referencia al monte bajo corroboraría la deducción, la supervivencia de chaparros dispersos probaría que la parte arbórea del bosque autóctono, aunque en aquellos lugares se hubiera degradado, se resistía a desaparecer. Ante este paisaje, cualquiera que pretendiese poner en cultivo las parcelas solicitadas necesitaría rozar y desbrozar, y en algunos casos hasta descepar, para después roturar y poner a punto la tierra para la siembra, un proceso largo y costoso como mínimo en tiempo y esfuerzo.
Los solicitantes se pueden dividir en dos grupos. Uno, el de los que tienen apellidos que los identifican como miembros de lo que convencionalmente podemos llamar, para no demorar innecesariamente el análisis, el grupo aristocrático de la ciudad. Su posición está asentada sobre un modo de acceder al dominio de la tierra garantizado por la inmovilización de los bienes, de la que participa, a lo que suma el control directo de las instituciones del municipio. El otro es el de quienes no ponen al descubierto consanguinidad alguna con ese grupo.
La relación de los primeros, que no es larga, vale la pena: don Bartolomé Nieto de Morales, don Manuel Antonio Morillo, don Teodomiro de Briones Quintanilla, don Antonio Eugenio Berrugo de Morales, alcalde de la santa hermandad por el estado de los caballeros hijosdalgo, don Baltasar Barba de Bohórquez, don Cristóbal Roales de Consuegra, don Juan Ignacio Barraza, presbítero, don Bernabé Canelo de Romera, don Bartolomé de Briones Quintanilla, don Juan Caro Tavera, don Bernardo Bravo Navarro, don Marco Antonio de Liñán, don Bartolomé de Mesa Jinete, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, don José Navarro y don Diego López Moreno. Quizás a los dos últimos habría que eliminarlos de esta relación. Pero sobre los demás no caben dudas. Son catorce de los sesenta y cuatro, poco más de la quinta parte. Luego quienes tenían capacidad para tomar la decisión favorable a las concesiones fueron los primeros en utilizarla en su favor.
Las otras cuatro quintas partes de los solicitantes, que pueden representar nombres como los de Juan González de Perea, Blas Gallardo o Jerónimo Rodríguez, todos varones, porque están idénticamente interesados en la adquisición de una parcela tenemos que considerarlos genéricamente campesinos. Cualquiera de los valores o rasgos que a partir de aquí podamos deducir, como característicos del fenómeno que deseamos documentar, salvo indicación expresa, serán representativos de actitudes y decisiones de este grupo, dado su abrumador peso relativo.
La dimensión de la parcela solicitada no siempre se declara. En diecisiete ocasiones se refiere como una suerte de tierra, en once como un pedazo de tierra, en ocho como un manchón de tierra, en cinco como una poca tierra y en una ocasión como un rincón de tierra. La indefinición tiene en algunos casos sus ventajas. Ya hemos visto hasta dónde permite llegar que se hable de manchones. También al hablar de suerte es posible alcanzar alguna conclusión. Puede parecer que se está haciendo referencia a un sistema de acceso a la tierra. No parece que en este caso tenga demasiado sentido. Sin embargo, pudo ser el método para regular las concesiones. Todas las suertes se concentran en un predio, la Cañada del Paraíso. Tal vez los campesinos dispuestos a tomarse aquel trabajo pugnaban por una calidad de las tierras o por la accesibilidad a una parcela, o por las dos cosas porque aquel lugar reuniera ambas ventajas. Las suertes, además, tienen todo el aspecto de responder a un módulo, expresión de la equidad de los repartos. Todas las que además precisan su extensión tienen tres fanegas.
Cuando solo o también se especifica la superficie de la parcela que se solicita los valores oscilan entre media fanega y seis, en este segundo caso expresadas como medio cahíz. Cualquiera de los dos valores, así como uno y cinco, son singulares. Las dimensiones comunes oscilan entre dos (cuatro casos) y cuatro (otros cuatro), y el valor modal es, con diferencia, tres (dieciocho casos). De donde resulta un valor medio de la parcela muy representativo de la regularidad del procedimiento: tres fanegas y dos centésimas. Solo una vez la superficie se expresa en otra unidad, dos aranzadas.
En una ocasión fue concedida más tierra de la solicitada y en otra menos. Pero ninguna de las dos oscilaciones tiene trascendencia ni para cada demanda ni para el fenómeno: un solicitante de dos fanegas recibió tres, y uno de cuatro, también tres. Lo que redunda en que las decisiones se atuvieron a un plan, persistentemente regido por la equidad. Le daría valor político y expresaría el peso que tenía, a la hora de tomar las decisiones públicas, el papel de los beneficiados por ellas. La dimensión de la parcela habría sido su patrón. Pero fuera así o no, creo firmemente que la dimensión tres fanegas, que se impuso, es expresiva de una capacidad energética de la masa de los solicitantes, campesinos con limitados medios.
Como condición añadida, Tomás Machado pidió que la poca de tierra que solicitaba estuviera arrimada a la de Alonso del Trigo. También Cristóbal Baena y José de Aguilera pidieron que sus parcelas estuvieran linde de la que la ciudad tiene dada a Alonso del Trigo y Francisco López. Estos rastros de afinidad pueden ser expresivos de la cooperación solidaria que pudo existir entre quienes se comprometían con aquella iniciativa, un rasgo del grupo que en otros documentos, como los relacionados con el crédito, también se deja ver. En otros casos, el objetivo parece puesto en completar un plan de expansión personal. Alonso Rodríguez, maestro mayor de obras, solicita la suerte de tierra que linda con su heredad de viñas. Que alguien sea maestro mayor de obras y al tiempo aspire a consolidarse como campesino es una buena prueba no solo de ambición. También revela que la condición de campesino entonces estaba abierta y no excluía otras. Por su parte, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, quien solicitó y obtuvo cinco fanegas, una de las dos parcelas mayores, quiso que empezaran desde un pedazo de olivar de don Bartolomé de Mesa, su padre. De una o de otra forma, que existieran lindes consolidadas, las que también se mencionan en cuatro instancias más, indican que el territorio elegido para la experiencia ya estaba ocupado parcialmente.
Durante la primera fase de ejecución del proyecto, las solicitudes se dispersaron por más de diez lugares distintos, todos en una zona no destinada previamente al cultivo de los cereales, a excepción de un manchón de tierra, de extensión indeterminada, solicitado por don Bartolomé de Briones Quintanilla, caballero del orden de Calatrava, para plantarla de olivos. Estaba localizado en un territorio conocido como El Saltillo, en plena depresión del término, donde el cultivo de los cereales estaba consolidado desde hacía siglos, y del que se da la circunstancia de que no hacía mucho había sido objeto de la concesión de un señorío. Pero durante la segunda mitad del proceso, las solicitudes se concentraron en el predio ya mencionado, la Cañada del Paraíso. Puede decirse que de aquella política también tuvo que ser parte un plan de colonización, quizás no del todo ajeno al deseo de contener la expansión señorial que amenazaba los poderes del municipio.
Los cultivos para los que se solicitaron las tierras fueron tres: viñas, olivos y pinos. El deseo de plantar viñas acaparó casi los dos tercios de las peticiones y la dedicación al olivar, solo un tercio. El exiguo resto fue para los pinos. El único caso que falta para completar la suma, el de quien duda dedicar la tierra que obtenga si a viña si a olivar, es insignificante en términos cuantitativos. Sin embargo, aparte que la jurisdicción del municipio alcanzara hasta la ordenación de los cultivos nada menos, un hecho que sería necesario analizar con más reflexión, expresa con nitidez el dilema que se abrió al programa colonizador, al que debieron enfrentarse quienes buscaban una vía de promoción invirtiendo en las concesiones de tierra.
La viña era un cultivo consolidado. Quienes se esfuerzan en conectarse con parcelas con lindes hechas, a las que desean acogerse, en las que quieren apoyarse, optan por la viña. Serían colonos que preferirían jugar sobre seguro. Quienes optan por el olivar aluden al paisaje que tienen ante sí en unos términos consecuentes con el riesgo de la inversión, porque incluye desmonte y plantar estacones. En cualquiera de los casos en los que estas descripciones son más explícitas los promotores son del grupo aristocrático. Uno pretendía desmontar en favor de un olivar del patronato del que era patrono, y otro suplica a la ciudad se sirva demandar ver un pedazo de tierra de su mayorazgo para plantar de olivar.
Con la concesión de parcelas, los que ya dispusieran de medios podrían acceder a la condición campesina más sólida, la que les permitía disponer como propiedad de una unidad de explotación agropecuaria. Los que optaron por no arriesgar demasiado, la mayor parte de ellos, dos de cada tres, prefirieron acogerse al cultivo de la vid. Solo el otro tercio se prestaría a competir con quienes estaban dispuestos a invertir en un cultivo cuya renovada expansión empezaba. Aquellos con los que debían competir ya disfrutaban de una posición sólida, y su opción en favor del olivar no sería ajena al éxito que el cultivo finalmente tuvo. Los datos de cultivos y aprovechamientos de cincuenta años después demuestran que la pugna se resolvería en favor del olivo. Mientras que su cultivo, para entonces, había conseguido ocupar unas tres vigésimas partes de todo el espacio cultivado, en el que el dedicado a cereales abarcaba algo más de los dos tercios, el viñedo prácticamente había desaparecido. No llegaba ni a la centésima parte.
Celadas de la tradición. Método
Publicado: marzo 24, 2017 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: constitución Deja un comentarioCosme Pettigrew
Durante algún tiempo, en estas mismas páginas G. Barea, bajo del título Orígenes de la República, ha ido poniendo a disposición de sus lectores una completa colección de noticias sobre el sacrificio infantil antiguo. En nuestra opinión, su trabajo es merecedor de reconocimiento, aún más que por el orden en que fueron dadas a conocer, por el esfuerzo de síntesis que demuestran. Sin embargo, creemos que el cuadro que compone también es un buen ejemplo de las trampas que ocultan las tradiciones. Para defender este punto de vista, que compromete el valor de las informaciones recibidas, por el momento nos vamos a limitar a una de las que confluyen en tan meritorio trabajo, la clásica antigua, una de sus fuentes.
Cuanto se supo sobre tan peculiares sacrificios durante siglos se mantuvo concentrado en algunos textos. Se pueden organizar en dos tradiciones, una griega y otra latina. La griega se remonta a Platón y Clitarco y la prolongan Diodoro Sículo, Dionisio de Halicarnaso, Plutarco, Filón, Sexto Empírico, Porfirio, Eusebio de Cesarea y Hesiquio de Mileto, mientras que los relatos sobre el sacrificio infantil que la antigüedad dejó registrados en latín empiezan con Ennio, continúan con Cicerón y siguen con Quinto Curcio Rufo, Plinio el Viejo, Silio Itálico, Justino, Tertuliano, Minucio Félix, San Agustín y Draconcio.
El origen de la tradición griega es una mención contenida en el diálogo titulado Minos, texto atribuido a Platón, de la primera mitad del siglo IV antes de nuestra era, entre los de dudosa autoría el de más probable autenticidad. Con lo que se adjudica a Platón se relaciona lo que cuenta Clitarco, un hombre probablemente natural de Alejandría, cuya vida conoció la plenitud a fines del siglo IV o principios del III; unos escolios a la República de Platón en los que cuenta lo relacionado con nuestro tema.
Diodoro Sículo nació en Agyrion, la actual Agirone, hacia el año 90 antes de la era y sobrevivió hasta fines del mismo siglo I. Su obra conocida, una Biblioteca histórica, o historia universal, en parte conservada, abunda en informaciones insustituibles sobre este asunto. Por su parte, Dionisio de Halicarnaso fue contemporáneo de Augusto. Nacido griego, se estableció en Roma justo cuando el primer emperador instituía su dominio sobre la constitución de la república, a principios del último tercio del siglo anterior a la era, y como tantos de sus coterráneos justificó su presencia en la capital del imperio como rétor. Cuando empezaba el nuevo siglo, decidió volver a Grecia y allí murió. Su referencia al sacrificio infantil procede de la principal de las obras suyas que se han conservado, una excelente Historia antigua de Roma, en la que analiza desde los orígenes de la ciudad hasta la guerra púnica.
También son estimables los datos proporcionados por el fecundo Plutarco, hombre ya del primer siglo posterior a la era, cuya vida transcurrió entre aproximadamente los años 50 y 125. El catálogo de su obra auténtica, aun así extenso, ha sido organizado en dos bloques, las Vidas paralelas y las Obras morales. Sobre la superstición es una obra del segundo grupo, la que según la vulgata de toda su producción ocupa el décimo cuarto lugar entre los textos morales, el último de una primera serie, la de los tratados éticos y didácticos. De ahí procede la información que proporciona sobre el sacrificio de niños.
El siguiente informador en lengua griega es Filón, quien murió en Biblos y vivió contemporáneo de Adriano, cuya existencia la cronología de los emperadores romanos encuadra entre los años 76 y 138. Escribió, entre otros asuntos, sobre la historia de Fenicia. El resultado de este trabajo, que se estima como la mejor fuente antigua sobre la materia, lo ordenó en ocho libros, aunque hasta nosotros ha llegado solo en parte y sobre todo por medio de Eusebio de Cesarea, un transmisor muy tardío. Del texto original proceden sus referencias al sacrificio de niños.
Sexto Empírico, quien fundamentalmente se dedicó a la ciencia y a la medicina, vivió entre los siglos II y III. En sus Hipotiposis pirrónicas deslizó una breve referencia al sacrificio infantil.
A Porfirio los menos exigentes lo hacen natural de Tiro, mientras que otros que aparentan estar más documentados precisan que nació en Batanea (Siria). Su primer nombre, sirio como su nacimiento más probable, era Malmos, cuyo significado podemos aceptar como próximo a rey. Pero instalado entre los griegos -entre quienes arraigó su memoria como discípulo de Plotino- prefirió ser conocido con aquel otro nombre, evocador en su lengua de adopción de la púrpura característica del país fenicio. Nació en 233-234 y murió en Roma hacia el 305. Escribió mucho, aunque completas solo se conocen once de sus obras. Lo que cuenta sobre el sacrificio infantil figura en su texto sobre La abstinencia.
A continuación debe figurar la información recogida por Eusebio de Cesarea, en realidad nacido en Palestina hacia el 265 y muerto el año 340, pero sobre todo conocido porque ejerció como obispo en Cesarea y permaneció fiel a Constantino y a la ortodoxia del credo cristiano a partir del 313. Su obra narrativa de más interés está dedicada a la historia de la Iglesia, género del que se le considera creador, pero lo que quiso decir sobre nuestro asunto lo dejó escrito en su Preparación evangélica, una de sus apologías.
Termina la tradición en griego con la información recogida por Hesiquio de Mileto, quien vivió en Alejandría en el transcurso del siglo VI.
En latín arranca con Ennio, quien nació calabrés en 239 antes de nuestra era. De su biografía es relevante para el texto que nos ha dejado su militancia en el ejército romano durante la segunda guerra púnica. Tan distinguido fue su servicio de armas que, enviado a Roma, prolongó su dedicación a la República. Catón lo avaló entre las nobles familias influyentes, de las que eligió la de Escipión para por fin comprometer su fidelidad. Murió el año 169 y escribió unos Anales, dedicados a Escipión el Africano, en forma de poema épico muy extenso. Cantaba la historia de Roma hasta su edad y en origen tuvo dieciocho libros, pero de él solo se han conservado seiscientos versos.
La continúa Cicerón, de cuya afamada vida, que transcurrió durante la primera mitad del siglo I anterior a la era, siempre será lo más llamativo sus dotes para sobrevivir en un medio feroz sin llegar a estar seriamente amenazado, salvo por él mismo. En sus trabajos hay un par de referencias al sacrificio humano de los antiguos que se relacionan con nuestro tema. La primera está en el Pro Balbo y la segunda procede de Ad familiares, una colección de correspondencia a parientes y amigos reunida en dieciséis libros.
Sigue Quinto Curcio Rufo, quien vivió durante el siglo I posterior a la era, aunque las fechas precisas de los años de su vida se desconocen. Por su estilo y ciertas referencias parece contemporáneo de Claudio, el emperador que disfrutó de la plenitud de sus poderes durante algunos años a mediados de aquel siglo, y como tal es admitido. En su obra conocida, una Vida de Alejandro en diez libros, cuenta lo que sabe sobre el sacrificio infantil.
También proporciona información útil Plinio el Viejo, nacido en Novum Comum el año 23 y muerto el 79 en Stabiae, cuando estaba ocurriendo la colosal erupción del Vesubio. Movido por su curiosidad, fue a observarla, y tanto se acercó a ella que aspiró los gases que manaban de la montaña, que para él resultaron letales. Amigo de Vespasiano, de familia ecuestre, su trabajo diario fue el administrativo, aunque su preocupación fueron las letras. Mas por efecto de su incontinente afán erudito dispersó su actividad literaria en una variada poligrafía del todo desconocida, a excepción de la monumental Historia Natural, obra de treinta y siete libros. La tenía terminada antes del 77, el año en que se la dedica a Tito, en la que extracta unas dos mil lecturas, a decir del propio autor.
El siguiente es Silio Itálico, a quien algunos lo hacen originario de Itálica, donde Escipión asentara una colonia de veteranos tras la guerra contra Aníbal. Pero esta posibilidad se funda solo en el sobrenombre del personaje, si bien hay otro dato que redunda en su origen bético. En su biografía ha quedado establecido que creció en una ciudad amurallada de la Hispania meridional, la misma que había estado bajo el dominio de los Barca antes de la conquista romana. Nació hacia el año 25 y murió en el 101, tras sufrir una enfermedad que le forzaba a rechazar la comida. Vivió como funcionario poco ambicioso y rico que se complacía en la privada dedicación a la literatura. Su obra de interés es el largo poema titulado Púnica, en diecisiete libros, donde hablando de la guerra entre cartagineses y romanos dice lo que sabe sobre este asunto.
El siguiente eslabón de los textos latinos sobre el sacrificio infantil es la información proporcionada por Justino, quien vivió cuando los Antoninos gobernaron, el siglo II. Fue modesto autor de una Historia universal, en realidad largo extracto de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo, hoy perdidas.
La información que proporciona Tertuliano es de las más valiosas porque nació en Cartago hacia el 155, la misma ciudad en la que murió en torno al 220. Hijo de un centurión, fue a Roma para estudiar, y allí, durante su primera juventud, ejerció de abogado y se hizo cristiano. Volvió a su África natal hacia el 195, ya entregado a la militancia religiosa, y en los años inmediatos escribió unos veinte textos, los más notables de los cuales dedicó a su nueva creencia, la materia por la que desde hacía tiempo se apasionaba. Su rigorismo moral lo fue apartando de la iglesia cristiana y lo hizo evolucionar hacia posiciones montanistas, por lo que cuantos textos escribiera después del 200 son ya alegatos religiosos radicales y polémicos. Tal vez el mayor honor que le pueda caber sea declararlo el iniciador de la literatura teológica de inspiración cristiana en latín, aunque para otros sea contarlo como el primer padre de aquella iglesia nacido en África. Pero para nosotros tiene más interés que encarne la supervivencia de la cultura púnica en el norte del continente meridional. Es en su obra maestra, la Apología, escrita en 197, donde deja registrado cuanto desea confesar sobre lo mucho que del sacrificio infantil debió saber.
El testimonio de Minucio Félix resulta asimismo apreciable porque se le tiene por un oriundo de África que vivió entre los siglos II y III, fue abogado y rétor y también se convirtió al cristianismo. Con toda probabilidad, fue el autor de una obra titulada Octavio, redactada durante el gobierno de Antonino Pío (138-161), la primera obra cristiana en latín que se conoce. Se trata de una ingenua controversia en defensa del cristianismo, en la que un pagano critica la nueva religión con objeciones vulgares a las que responde un cristiano con argumentos cultos.
Muy estimable es también lo que sobre el tema recibe San Agustín, otro hombre cuya vida, que transcurrió entre el año 354 y el 430, estuvo vinculada a los dominios de la antigua Cartago. En La ciudad de Dios, donde se interesa por destacar cómo han sobrevivido la lengua y los cultos cartagineses en el norte de África, toma nota de la creencia según la cual ciertos pueblos practicaban el sacrificio de niños.
Concluye la serie con Draconcio, también cartaginés de nacimiento, quien siempre vivió en África, en el transcurso del siglo V, cuando ya los vándalos ocupaban la región. Cristiano, redactó una alabanza al emperador de Bizancio tan desafortunada que le costó la cárcel, donde en demanda de piedad escribió al rey vándalo el poema que nos sirve de fuente.
Recopiladas y examinadas, ambas tradiciones resultan dos medios tan valiosos como limitados. Ninguno de los autores proporciona un cuadro completo de aquellos hechos. Tras su lectura, además es inevitable la impresión, más que de parcialidad, de haber conectado con tradiciones indirectas. Cualquiera de ellos se habría servido de informaciones de segunda mano.
Para decidir de la manera más rigurosa sobre el valor de sus contenidos, y poder optar por las afirmaciones contrastadas, he compulsado varias versiones de los textos que de cada autor he aislado. Desafortunada ocurrencia. Añaden un obstáculo preliminar al valor relativo de los contenidos. Las comparaciones llevan a la conclusión de que cualquiera de las dos tradiciones sigue siendo inestable, incluso después de los enormes esfuerzos hechos por las filologías clásicas. Buena parte de los textos está tan lejos de haber sido fijada que, dependiendo de cuál sea la versión que se lea, los contenidos de los relatos oscilan, y no es fácil reconocer como originarios de los mismos lugares párrafos de los cuales sus editores sin embargo confiesan idéntica procedencia.
Ante este cuadro, desconcertante para quien como yo se confía a los especialistas, porque tengo un conocimiento muy limitado de las lenguas en que originalmente fueron escritos, solo me queda optar, frente a la cita literal, que aparenta ser más rigurosa, por la versión del original lo más fiel posible, ya que no a las palabras, a las ideas expuestas.
Aplicando este procedimiento, he llegado a unos textos que respetan todo lo posible la letra de las lecciones recibidas, tal como son aceptadas por las ediciones compulsadas. Tienen sobre las versiones literales la ventaja de la claridad, incluso de la más modesta sensatez en algunos casos. Siempre he hecho prevalecer el texto concordado y con sentido cuando el respetuoso con la letra era más oscuro. He sacrificado la incertidumbre a la interpretación, que por ser siempre una decisión favorable a uno de los caminos posibles, aquel que honradamente se cree el más acertado, incluye naturalmente el riesgo del error, que no solo acepto, sino de cuya segura existencia derivarán reticencias que desde este momento son admitidas con la resignación que debe corresponder a cualquier atrevimiento. En compensación, al menos he podido disponer de una serie de textos cuya lección puedo dar por cerrada y así avanzar en el análisis de ambas secuencias.
Interpretados los textos, persiste la impresión de estar leyendo información poco sólida y muy reiterada, y que la síntesis de los hechos que puede hacerse contiene relatos que sin discusión no merecen confianza alguna. Por tanto, es necesario verificar cuáles son informaciones dignas de crédito, porque procedan de testimonios directos o de fiabilidad contrastada, y cuáles por el contrario son datos secundarios y por tanto merecedores de menos atención.
A partir de aquí, ya solo quedaría enfrentar el inevitable problema de la veracidad. No solo es necesario aceptar que no se puede admitir indiscriminadamente toda la información proporcionada por los testimonios. En este caso hay que aplicar este principio de la manera más exigente porque es necesario resolver hasta qué punto la idea sobre el sacrificio al que en la antigüedad eran entregados algunos niños puede haberse perdido en un pequeño laberinto de lugares comunes, y a cuya salida, finalmente, no hay nada.
Para ello, es imprescindible intentar una reconstrucción del árbol de sus relaciones con la mayor precisión posible. Pero con el estado en el que nos llegan los textos antiguos sostener una demostración de originalidad no es fácil, así como probar que un autor ha leído a otro y lo sigue es tarea en la mayor parte de las ocasiones condenada al fracaso. Solo los más íntegros citan sus fuentes, y no todos los que hoy admitimos como autores dignos de admiración se pueden contar entre estos. Sobre todo los latinos, versionan una y otra vez los textos recibidos sin citar procedencia ni respetar autoría.
Para probar la lectura de uno por otro, sin más medios positivos que unos enunciados todavía inestables, solo hay un indicio en el que se pueda confiar, quizás en apariencia no tan irrefutable como la mención literal, pero de una enorme solidez. Que dos autores digan lo mismo sobre el mismo asunto demostraría directamente que uno está leyendo a otro, si no es posible aportar prueba alguna en cualquier sentido. Las posibilidades que abre la combinación de las palabras son tantas, aun tratándose de la exposición de las mismas ideas, que hay que excluir de antemano que dos frases coincidan en su expresión, cuando quienes escriben no han tenido el menor contacto entre sí. No se trata de la similitud de términos y sintaxis, la cual, aunque se descuidara la mención de la fuente, sería evidente demostración de servilismo. Es sobre todo limitarse a un horizonte de palabras, que demuestra incapacidad para informarse sobre un asunto más allá de lo que ofrece el texto que se está siguiendo.
Aunque no se acostumbre utilizar medios para advertirlo, la reiteración de frases de contenido similar es prueba directa de vínculo literal. Si se da la circunstancia de que un autor escribe lo mismo que otro que es posterior a este en el tiempo, la conclusión obligada debe ser que el más reciente sigue al más antiguo. Esta manera de proceder me parece más segura que la referencia, más aún cuando a nadie puede sorprender que los autores se citen unos a otros sin declararlo, y la demostración de copia que resulta críticamente más exigente. Cuando se expresa la misma idea, aunque se utilicen palabras diferentes, el vínculo entre los textos se puede demostrar. El mejor procedimiento para llegar a conclusiones seguras sobre el parentesco de primer grado entre palabras, o filología, es pues seguir el rastro imborrable que dejan los lugares comunes.
Consecuencias de los errores diplomáticos
Publicado: marzo 10, 2017 Archivado en: Gedeón Martos | Tags: constitución Deja un comentarioGedeón Martos
Aunque fuera ya en la ancianidad cuando con más facilidad sus mujeres consiguieron que el corazón del rey se inclinara a otros dioses, Salomón, según su contemporáneo Ajías de Silo, finalmente se había postrado ante Astarté, diosa de los sidonios, ante Kemós, dios de Moab, y ante Mólek, dios de los ammonitas. Para Astarté había construido un alto, mientras que a Kemós y a Mólek, Melek o Milkom había consagrado sendos santuarios mediante la erección de un altar; si bien otras fuentes señalan que a ellos también sendos altos fueron dedicados, y que decisiones similares había tomado para satisfacer a todas las demás esposas extranjeras que quemaban incienso y hacían sacrificios a sus dioses.
De este modo entre los hebreos se impuso la tendencia al sincretismo y a una abierta idolatría, y en Jerusalén los altares a los dioses extranjeros terminaron siendo ciento. El lugar donde se concentraron tantos santuarios o lugares altos fue un monte situado frente a Jerusalén, según el texto sagrado, una elevación que hoy muchos localizan al este de la ciudad primitiva. Para unos todos los indicios aconsejan identificarlo con el monte de los Olivos, mientras que otros prefieren situarlo al sur de este. Pero muchos coinciden con que debe asimilarse a aquel que fue justamente llamado Monte del Escándalo. No obstante, el santuario de Gabaón, erigido antes, siguió siendo el mayor de los lugares altos en tiempos de Salomón, según el Libro primero de los Reyes. En su capítulo tres hace la primera mención del santuario, que entonces debió tener una notable preeminencia.
Una acusación de infanticidio, tal vez relacionado con la prostitución sagrada, completa el cuadro de las torpes inclinaciones a las que dieron origen tan graves errores diplomáticos. A Salomón acudieron dos prostitutas y se presentaron ante él. Una de ellas dijo que las dos vivían en la misma casa, y que ella había dado a luz estando ambas en su vivienda. A los tres días del alumbramiento, la otra mujer también había dado a luz. Seguían las dos juntas, solas, sin que ningún extraño hubiera en la casa, y una noche el nacido más reciente murió porque su madre se había acostado sobre él, según declaró la otra mujer.
Se enojó Yavé con Salomón, que había desviado su corazón del dios del pueblo elegido, a quien se le había aparecido dos veces y le había ordenado que no fuera en pos de otros dioses. Para zanjar las diferencias, porque ya no le servía con lealtad le dijo: “Porque de tu parte has hecho esto y no has guardado mi alianza ni las leyes que te ordené, voy a arrancarte el reino para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré sin embargo durante tu vida, en memoria de David, tu padre. Lo arrancaré de mano de tu hijo. Mas no lo desposeeré del todo. Le dejaré una tribu, en atención a David, mi siervo, y porque he elegido Jerusalén”.
Para que la vida pública de la próspera comunidad, constituida por las tribus establecidas en Canaán poco antes, desembocara en tan detestable desastre ocurrió, según la escritura, lo siguiente. Aún reinaba Salomón cuando salió Jeroboam, hijo de Nebat, de Jerusalén, y se encontró a su paso en el camino al profeta Ajías de Silo. Iba este cubierto con un manto nuevo, y junto a él caminó. Ya estaban los dos solos en el campo cuando, sin mediar palabra, sin que hubiera razón aparente para que obrara de aquel modo, tomó Ajías el manto que lo cubría, lo rasgó en doce jirones y dijo a Jeroboam: “Toma para ti diez jirones, porque así dice Yavé, dios de Israel: ‘Voy a hacer jirones el reino de manos de Salomón y te voy a dar diez tribus. Le quedará la otra tribu en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que me elegí entre todas las tribus […]. Porque me ha abandonado y se ha postrado ante […] [otros dioses ] […], y no ha seguido mis caminos, haciendo lo que es justo a mis ojos, ni mis decretos, ni mis sentencias como su padre David ’ ”. Para el momento en que hablaba Ajías la tribu de Judá, la que permanecería en la casa de David, ya había absorbido a Simeón, por lo que para obtener el total de tribus que formaban la comunidad en vez de doce habrá que sumar solo hasta once. De este modo el profeta transmitió a Jeroboam las palabras de Yavé que pronosticaban que sería el primer rey de Israel.
A la muerte de Salomón el reino efectivamente quedó dividido en dos, Israel al norte y Judá al sur, y tal como había adelantado Ajías la secesión de Israel arrastró a la mayor parte de las tribus. Esta fue la consecuencia institucional de aquel momento crítico en la historia de los hebreos, cuya consumación se fecha hacia 922. A partir de entonces reinaría Jeroboam entre las gentes que desde aquel momento serían reino de Israel -diez tribus discrepantes con la monarquía que antes se había instituido- hasta 910, por lo que propiamente a partir de ahora tendría que ser conocido como Jeroboam I de Israel. Por su parte, el legítimo Roboam, hijo y heredero de Salomón, sería contra su voluntad el origen del reino de Judá, fracción del pueblo elegido en la que se integraban solo las dos tribus restantes, bajo la hegemonía de la que da nombre al estado, sobre el que reinó también desde 922 hasta 911. Además, con Roboam se iniciaría la costumbre que durante siglos se mantuvo sobre la unción de los reyes. Todos sus sucesores en el reino de Judá fueron ungidos en el patio del templo que Salomón había mandado levantar en Jerusalén.
La crisis fue una consecuencia o, en la más prudente de las explicaciones, parte componente de hechos provocados por las desviaciones religiosas. Por esta causa en 922 la comunidad que Salomón había gobernado sufriría las disensiones que darían origen a los dos reinos. La contaminación de los principios teológicos del reino, a consecuencia de los errores diplomáticos por Salomón, habría justificado una secesión que pudo satisfacer la ambición de poder de hebreos excluidos de la sucesión al trono. Parece que el Ajías que protagoniza el encuentro con Jeroboam fue en realidad un conspirador entregado a la tarea de derrocar a Salomón, o al menos así se ha interpretado su papel en aquellos acontecimientos. Es probable que actuara como representante de cierta corriente antimonárquica, ya muy activa, a la que tantos profetas con el tiempo, por razones muy comprensibles, pertenecieron.
El alcance de la secesión, con ser crítico para los hebreos, se incrementó gracias a que alcanzó a las relaciones internacionales, como consecuencia de la actitud adoptada por Sesonq, el rey egipcio, el primero de la vigésimo segunda dinastía, quien mantuvo la responsabilidad de aquel antiguo gobierno entre aproximadamente 945 y 924. La escritura sagrada ve la iniciativa de Sesonq como un efecto de la infidelidad heredada por Roboam. Rey y Judá habrían hecho el mal a los ojos de Yavé, cuyo celo irritaron más aún que sus padres por tamaños pecados constantemente cometidos. Todas las abominaciones de las gentes que Yavé había arrojado de delante de los israelitas hicieron las gentes de Judá. Aunque lo peor no sería la abominación de Roboam y los suyos, sino aquel castigo que habrían recibido a consecuencia él y el pueblo todo.
Pero esto no explica la intromisión del rey de los egipcios. El antecedente más remoto de la crisis habría sido el apoyo de Sesonq a Jeroboam, una parte de la crisis que sin embargo aún no es posible esclarecer a satisfacción. Hay analistas que sostienen que Jeroboam, defraudada al principio su ambición, se vio obligado a huir de junto a Salomón y habría elegido para refugiarse la corte de Sesonq. Si el faraón no actuó como instigador directo de las decisiones secesionistas, sí parece que acogió de la manera más favorable a Jeroboam. De ahí derivarían unas relaciones entre Sesonq e Israel, cuando este quedó constituido, que serían preferentes. Incluso hay quienes piensan que habría sido a instigación de Jeroboam que Sesonq decidiera atacar el reino de Judá.
Pero aunque las intenciones de Sesonq para con el nuevo reino aparentaran ser amistosas, otros creen que en realidad estaba esperando una oportunidad para apoderarse de su país, muy codiciado por Egipto. Era territorio de cuyo control el gran estado africano nunca había desistido, e incluso es probable que hasta entonces no hubiera escapado del todo a su dominio. Al menos Sesonq llegó más lejos de lo que cualquier relación amistosa permite prever, y decidió actuar por cuenta propia. Abierta la crisis que terminaría con la división del reino de Salomón en dos, Sesonq, para oponer su fuerza a la potencia que con David había aparecido en la región, aprovecharía para invadir sus tierras. A pesar de su previa amistad con Jeroboam, el rey africano no habría dejado pasar la oportunidad que le ofrecía la debilidad militar del pueblo elegido una vez escindido en dos reinos. Sus decisiones, abierto el frente norte, serían el origen de la parte de la crisis que resultó realmente más peligrosa.
Aunque los elementos de juicio disponibles permiten dudar de esta teoría de las causas de la crisis, lo cierto es que todo el territorio de la antigua monarquía unitaria, y aún más, como consecuencia de la mutua debilidad a la que se habían condenado los dos reinos de los hebreos, por igual hubo de sufrir entonces la agresión de Sesonq. De aquella región lo asoló todo, y parece que precisamente fueron Edom, la entrada al sur, e Israel, el nuevo reino de Jeroboam, al norte, los que hubieron de soportar los golpes más duros que la invasión llevó a aquellas tierras.
La fecha en la que ocurrió al menos el momento de mayor empuje de la invasión no es posible precisarla de manera indiscutible. Unas fuentes resuelven refiriéndola al año quinto del rey de Judá. Como una parte de los intérpretes cree que el reinado de Roboam comienza en 931, esto daría como resultado el año 926, cálculo compartido por algunos que proceden a partir de datos diferentes. Pero otros, utilizando aquella misma referencia al quinto año de Roboam, creen que el año de la invasión corresponde a una fecha hacia 930. Mas todavía hay quienes, partidarios de las cronologías bajas, piensan que el faraón Sesonq invadió Palestina en el año 925. De este modo resultaría para la operación bélica una banda cronológica comprendida entre 930 y 925.
Ninguno de estos cálculos haría verosímil el cisma como estímulo de la iniciativa egipcia, supuesto que en general se acepta que aquel hecho decisivo habría ocurrido en torno a 922. Sería por tanto admisible, para estos hechos, pensar primero en una reiteración de campañas que se prolongarían durante más de un año, y segundo que tal vez un quinquenio más adecuado para encuadrar tales acciones fuera el comprendido entre 925 y 920. De lo contrario, y habida cuenta de que los cálculos más autorizados prefieren el anterior, sería necesario rechazar el año 922 como año del cisma, o evitar este como motivo de aquella iniciativa militar. Cualquiera de estas posibilidades, no obstante, complicaría el análisis hasta ahora admitido, desde las causas sobre las que se ha especulado hasta los costes que para el territorio objeto de nuestro interés pudo tener, hasta un extremo que obligaría a decenas de exposiciones sustitutorias de la que estamos presentando, quizás útiles como ejercicio pero no satisfactoriamente explicativas.
Los movimientos de las tropas egipcias durante aquella campaña, o al menos en el año de mayor actividad, han sido reconstruidos en sus rasgos generales. No solo están autorizados por la escritura sagrada, sino también por la epigrafía egipcia, lo que permite componer un escenario de mayor complejidad, y que corrige bastante la idea que de seguir solo la primera fuente se obtendría.
Una gran escena grabada en el muro sur del templo de Amón en Karnak muestra al faraón como vencedor. Aunque los egipcios no consignaron por escrito los resultados de esta campaña, allí grabaron una lista fragmentaria de las ciudades conquistadas por Sesonq que atestiguan las noticias de estos acontecimientos. No hay duda de que la lista proporcionada por los muros de Karnak, que aun siendo parcial enumera ciento cincuenta ciudades sometidas en Siria y Palestina, exceden lo que realmente ocurrió. Pero los nombres de lugar esculpidos sirven para reconstruir una secuencia de movimientos verosímil.
El objetivo estratégico de aquellas acciones habría sido recuperar el control de la ruta comercial consolidada, la que seguía la costa mediterránea y cruzaba la llanura de Esdrelón hasta alcanzar las tierras fenicias. Habría subido Sesonq por la costa hasta Gaza, y desde allí llegado hasta Gezer, que se convertiría en la base de sus operaciones en Palestina. La primera incursión importante hacia el interior del país alcanzó hasta Gibeon, al este, a donde llegaron dos expediciones paralelas, una siguiendo una ruta más al norte, a través de Aljalon, y la otra pasando por Rabbah. A partir de Gibeon los invasores, de nuevo formando un único cuerpo expedicionario, fueron trazando un amplio circuito por todo el país, de sur a norte por el interior, y luego de norte a sur cerca de la costa. Las principales estaciones de su recorrido fueron Siquem, en pleno Israel; Penuel y Mahanain en la Transjordania; Beth-Shean y Shunem, de nuevo a este lado del Jordán, y sobre todo Megido, a la que llegaron pasando por Taanac y que probablemente fue, por el interior, el límite norte de aquella operación. Desde Megido emprenderían la ruta oeste de descenso, paralela a la costa, que les llevó de nuevo a Gezer. Así resultaría que Sesonq efectivamente habría invadido no solo Judá sino también Israel.
Pero ni israelitas ni judíos permanecerían impasibles ante la agresión egipcia. Es muy probable que Roboam, el rey de Judá, como más inmediatamente concernido, poco después de aquellas acciones fortificara la línea fronteriza del sur, con seguridad como prevención contra las iniciativas de los invasores meridionales. Las quince ciudades que a este propósito cita el Libro segundo de las Crónicas, que habrían sido dotadas de medios de defensa pasiva por entonces, es posible que sean la prueba explícita de las medidas que tomara el reino de Judá para prevenir la amenaza de invasión del monarca egipcio.
Mas ninguna de las iniciativas contra la invasión, ni las que hubieran podido preverse antes de las acciones que Karnak permite reconstruir, ni cualquiera de las posteriores, incluidas todas las labores de fortificación, impidió que las ciudades de primer orden de los hebreos sufrieran aquellas agresiones. La fuente arqueológica contribuye a precisar esta parte de los acontecimientos registrados por los textos. El final del nivel correspondiente al cambio de milenio en los yacimientos de Palestina aparece con frecuencia señalado por una destrucción violenta, cuya causa principal puede ser atribuida sin dificultad a los acontecimientos de los que tratamos.
Que en las pesas de uno, dos, cuatro y ocho sheqeles, encontradas en la tierra del que fuera reino de Judá por los arqueólogos, los números aparezcan indicados en escritura hierática se tiene por signo de al menos la influencia de Egipto sobre la administración real de Judá entonces. A las invasiones directamente puede ser atribuida la destrucción en aquellas fechas de la ciudad de Dor, en la costa israelí, que correría la misma suerte que otras dos grandes ciudades del mismo reino, Megido y Beth-Shean, aunque ambas, por máxima lejanía del invasor, creyeran ser más seguras. Por proximidad el mayor grado de devastación tal vez lo sufriera el sur de Judá, así como sus principales núcleos de población, y no hay ninguna duda de que Sesonq fue contra Jerusalén, la capital de aquel reino, e incluso se admite como hecho demostrado que llegó a conquistarla.
El rey egipcio se habría conducido, en esta ocasión cuando menos, de manera aceptablemente magnánima. Aunque gracias a la conquista de Jerusalén consiguiera imponerse a la debilitada monarquía de Judá, finalmente la habría perdonado, porque respetó la ciudad y evitó saquearla. Pero a cambio habría exigido una indemnización tan fuerte que habría sido preciso recurrir a los respectivos tesoros del templo y de la casa del rey o palacio, en una proporción que la crítica estima comprendida entre grandes cantidades y la totalidad. Tal vez sea más exacto decir que Roboam consiguió impedir que Sesonq saqueara Jerusalén entregándole, por completo o parcialmente, los mencionados tesoros. No falta quien, a pesar de todos los indicios, opina que en realidad Sesonq se apoderó de aquellos tesoros sin más contemporización, en todo o en parte, a título de botín.
Gracias a las valiosas palabras de la escritura sagrada se puede al menos obtener, si no una respuesta arbitral, una idea del alcance de aquellas deducciones al patrimonio del templo de Jerusalén. Entre los apreciados bienes de los que Sesonq se apoderó estuvieron con seguridad los famosos escudos de oro mandados hacer por Salomón con destino a su gran obra. Pasadas la ocupación y el saqueo, para sustituirlos Roboam se vio en la precisión de encargar otros de bronce, convencido de la utilidad que aquellos objetos tenían como símbolo de la monarquía. Los confió a los jefes de la guardia que custodiaban la entrada a la casa del rey; la guardia real, cuyos miembros en ocasiones eran distinguidos con la expresiva denominación de corredores de escolta del carro del rey. Cuando el rey entraba en el templo, la guardia los llevaba y después los devolvía a la sala de armas de aquel cuerpo de protección.
El botín conseguido en estas expediciones militares permitió a Sesonq y a sus sucesores proseguir el ambicioso programa de construcciones que se propusieron. Sin embargo, la impresión de fuerza y poder que dejaron tras de sí sus campañas no se correspondía con un equipamiento militar sólido. Egipto no sería capaz de hacer frente poco después a los ejércitos asirios. Asaltar una debilitada Jerusalén era una cosa, pero resistir a la poderosa Asiria otra muy distinta.
La cantidad de trabajo
Publicado: marzo 3, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
La energía aportada a la tierra, que se realizaba como trabajo, conseguía refractar, en beneficio de quienes decidían obtener cereales, la conexión secreta que unía la capacidad productiva del suelo y los agentes atmosféricos. Con mucha diferencia, su cultivo era el que demandaba mayores masas de energía. La proporcionaban los hombres y los animales que habían sido seleccionados con este fin, en cantidades tales que necesitaban contratarlas por lotes.
Para la agronomía arbitrista, el recurso al trabajo humano proporcionado por personas ajenas a las grandes explotaciones tenía como consecuencia que las faenas no se hicieran bien, que se ejecutaran de manera tumultuaria, forzada y con atropello. Pero debía reconocer que los operarios mercenarios son muy necesarios, que sin ellos a los labradores al menos les sería imposible hacer sus sementeras y recoger sus frutos.
Por suerte, la cantidad de trabajo que necesitaba una explotación tanto se podía invertir en unidades de energía humana como en unidades animales. En algunos lugares, para calcular los costos energéticos del trabajo agrícola, estaba aceptada la siguiente equivalencia entre ambas. Un día de trabajo de un par de animales, fuera con arado o con carro, conducidos por su dueño, equivalían a cuatro jornadas de trabajo de un hombre. Probablemente no sea un cálculo demasiado acertado, ni mucho menos aplicable a cualquier lugar. Pero da una idea de la distancia que había entre una y otra capacidad energética, así como del alcance que tenía la energía animal; también de las posibilidades del intercambio entre las dos clases de energía que la prudencia pudiera aconsejar. La ampliación de la cabaña de labor tendría que ser al mismo tiempo disminución de trabajo humano y viceversa. Es verdad que algunas técnicas podían imponer límites a la aplicación de las respectivas energías, así como que había faenas en las que la energía animal podía ser desplazada por el trabajo humano, si era necesario. Para las parcelas de pequeñas dimensiones, donde el trabajo con el arado podía ser sustituido por el azadón, era una posibilidad que podía reducir notablemente los costos aunque incrementara el trabajo humano. Y no era del todo paradójico que para las grandes explotaciones, las que consumían las grandes masas de energía, disponer en lugares próximos de aquellas modestas unidades de producción, si tuvieran ganado de trabajo, no era una competencia; antes, un útil complemento para llegar por la vía más económica a la energía animal que en aquellas sustituyera a la humana.
Las cantidades de trabajo humano que comparaban las grandes explotaciones se fragmentaban en unidades de tiempo que los acuerdos entre partes regulaban. No se sabe que se hicieran por horas, y sí por días, semanas y temporadas.
La jornada laboral estaba naturalmente limitada por el día solar. Aunque su duración a su vez variaba con las estaciones, algo más que una evidencia si se tiene en cuenta la sucesión de los trabajos a lo largo del año, parece que se había consolidado como una cantidad de tiempo. Cuando se trataba de dedicarse a arar, según decían en la época, las jornadas eran largas. Pero las destinadas a las otras actividades no tendrían una duración muy distinta, y no hay indicios de su modificación real a lo largo de toda la época moderna. Una misma duración de la jornada de trabajo en la empresa agrícola, que tenía previsto que las horas de ida y vuelta al trabajo fueran computadas como parte de ella, regiría en todo el continente desde la edad media. Empezaba a la salida del sol y terminaba a las doce de la mañana, cuando el sol alcanza el cénit, el momento de mayor emisión de calor. En la región, están documentados esta medida de la jornada y el cómputo a favor de la suma del tiempo empleado en los desplazamientos. El trabajo de la siega positivamente se regía por esta duración. Que los segadores o jornaleros vayan de ante noche o de tal madrugada a los segadores que estén allí, para que en señalando que se viene el alba, comiencen a segar, y que sieguen hasta que sea visto ser mediodía, dicen unas ordenanzas de la primera mitad del siglo décimo sexto. Tal vez parezca inapropiada esta medida del día laborable, tanto más cuanto que se ha naturalizado la idea de que la expresión de sol a sol, cuando va referida a su duración, debe interpretarse referida a los crepúsculos y no al tramo que va del alba al cénit. No parece que tuviera aquel sentido durante la época moderna. En cualquier caso, si la unidad mínima de compraventa del trabajo era el día, que la jornada durase más o menos solo tendría consecuencias para la cantidad de energía empleada pero no para referir la unidad de renta percibida.
El número de días de trabajo por semana en la empresa agrícola podía oscilar entre cuatro y seis, y cualquiera que fuese el tamaño de la semana laboral, cuando llegaba la recolección se trabajaba al menos un día más. Así se acusaría en primer lugar la innovación que inducían las estaciones al ciclo de los trabajos. Hay quienes además creen que para una completa evaluación de los días de trabajo, cuando se trataba del trabajo agrícola, habría que incluir no solo los días destinados a faenas en el campo sino también los reservados a todas las actividades domésticas que invertía la unidad familiar con él relacionado, como la trilla de invierno o el hilado, tan característico del trabajo femenino rural.
Pero cualquiera que fuese el cómputo, el volumen del trabajo requerido oscilaba a lo largo del año, irregularidad que es posible precisar para 1750 a partir de algunos casos. Una labor, que aquel año tenía de ciento cincuenta y seis a ciento sesenta y ocho fanegas de barbechos, más los rastrojos que resultaran de la campaña en curso, en el momento en que su responsable describió su explotación mantenía durante todo el año como sirvientes ocho hombres. Pero añadió que si hubiera más o menos faena variaría el número de sus sirvientes. Otra, que aquel 1750 estaba organizada en un cortijo que tenía quinientas fanegas, mantenía en total cuarenta y dos sirvientes, aunque necesitaría más cuando llegara el momento de segar, poner era y otras faenas que su amo no especificó.
Un labrador que tenía un cortijo, en el que además criaba ganado, decía que la oscilación del número de sus empleados dependía de que las faenas del cortijo aumentaran o disminuyeran. Decidían la oportunidad de las estaciones y las condiciones de las montaneras, cuando conducían y vigilaban la estancia del ganado de cerda en las dehesas, para cebarlo con bellotas, y otros pastoríos, como sacar los ganados todos los días a pastar, lo que en aquel momento necesitaban.
Una cuarta explotación estaba organizada sobre dos cortijos, con cuyos espacios en total su promotor aquel año había creado una labor de setecientas fanegas de puño, de las cuales cuatrocientas estaban sembradas de trigo y trescientas de cebada. Para uno de ellos, cuya labor a lo largo del año necesitaba la sementera, la escarda, los barbechos y la siega, mantenía hasta setenta y cinco personas entre ganaderos, temporiles y escardadores. Entre los estables, con seguridad, estaban el aperador, el guarda, el yegüero y el rabadán. De temporiles, en el momento en que declara, por lo menos tenía veintisiete. El resto del personal, cuarenta y ocho personas, eran los trabajadores temporales episódicos de aquel momento, sobre cuya permanencia en el trabajo su responsable nada podía asegurar.
Quien tenía un par de cortijos, tres haciendas y once manadas de ganado lanar necesitaba personal para poner en marcha los treinta arados reveceros con los que sostenía toda su labor, más los ganaderos que correspondían a las once manadas de ovino. Destinados como ganaderos, casero, guardas y otros sirvientes de su labor tenía cincuenta y cinco hombres. Pero advirtió que los trabajadores que empleaba aumentaban y disminuían según los tiempos, tal como fueran llegando la escarda, la sementera o el parto de los ganados.
Las mayores diferencias de volumen del trabajo no eran, sin embargo, solo estacionales, sino que derivaban además del tipo de explotación. Para mantener cualquiera, el trabajo personal necesario, en lo esencial, era el mismo. Pero en las empresas de menor tamaño la energía humana modificaba su valor relativo. Cuando las tierras eran de peor calidad, algo frecuente en este rango de las explotaciones, exigían más cantidad de trabajo, si se deseaba obtener la misma cantidad de producto. Si una explotación estaba dispersa en varias parcelas, lo que igualmente era más probable cuando se trataba de empresas modestas, una vez sobrepasado cierto grado, estimable en función de la cantidad de tiempo que consumían los desplazamientos, necesitaba trabajo ajeno. La cantidad de trabajo humano invertido en ellas, se contratara o no el trabajo de otro, estaba modificada por el tamaño de la familia y su contribución a los rendimientos de la empresa.
Las explotaciones menores, por sí mismas, no eran incompatibles con el empleo de personal para que las trabajara, incluso todas las condiciones mencionadas lo facilitaban. Sabemos positivamente de algunas explotaciones menores en las que en 1750 se empleaba personal estable. En una su aplicación no está aclarada por la fuente. Se trataba de un labrador que además tenía un cortijo. Había preparado para la siguiente campaña cincuenta aranzadas para las que tenía que mantener dos personas durante el año. En otra, se especifica que se trataba de personal para atender al ganado de labor. La viuda que tenía en arrendamiento una explotación menor de tierra calma de setenta y dos fanegas, para la guarda de los bueyes y demás ganado de labor suyo propio mantenía anualmente un conocedor, un boyero, dos vaqueros y un yegüerizo, que en total sumaban cinco sirvientes.
En una explotación dispersa de treinta y tres aranzadas de trigo y cuarenta y nueve de cebada, una labor que estaba cerca de la modalidad intermedia o de tránsito entre las de mayor cuantía y la pequeña explotación, se necesitaban por una parte un casero, un zagal y tres gañanes. Eso significa que su promotor había separado el trabajo estable de vigilancia del que se hacía con el arado. El primero se puede considerar a todos los efectos permanente o fijo y el segundo, que se aplicaba a la siembra y al barbecho, estacional o temporal. De los gastos de siega y era, a los que alude, no es posible deducir si empleaba o no personal para estas faenas.
Un hortelano, que en su huerta tenía una sementera de cincuenta y cuatro fanegas, tenía que emplear segadores para recolectarlas. El número probable de segadores se puede estimar en cuatro. El dueño de una pequeña explotación en más de seis sitios, aunque dentro del mismo término, debía emplear personal. Otro empleaba personal para el servicio de la pequeña explotación con los mismos criterios que en los cortijos, separando con claridad entre el trabajo fijo y el temporal.
Un hombre que tenía diecinueve aranzadas y media en tres parcelas tenía que mantener un sirviente, probablemente durante todo el año, y otro hay que considerarlo desde todo punto de vista extraordinario. Acostumbraba sembrar una pequeña parcela, que aquel 1750 tenía sembradas diez fanegas de trigo, y que además de su salario recibía de sus amos -los padres del convento de San Jerónimo- cuarenta fanegas de trigo en grano como pegujal, todavía por su cuenta estaba echando todos los años una manada de carneros para el abasto de la capital, para cuyo cuidado necesitaba emplear ganaderos. Por tanto, recurrir al trabajo ajeno en las explotaciones menores era una excepción que puede justificarse por un anómalo crecimiento o por la dispersión de la fórmula.
Si nos restringimos a las explotaciones mínimas, son muy pocas las referencias que los textos hacen al empleo de personal en ellas. Es muy raro que recurran al trabajo ajeno. No obstante, tampoco en este caso faltan algunas situaciones que, como siempre, obligan a admitir que ninguna de estas modalidades de iniciativa económica ha de ser concebida con rigidez. En los casos en que son más claras se trata de explotaciones que forman parte de una labor en la que también, simultáneamente, se mantiene la misma actividad. Como con más frecuencia está relacionado con el cuidado del ganado de labor, parece que lo que se busca es suplir la carencia de esta energía en la explotación que la necesita.
El empleo que se hacía del trabajo ajeno en aquel rango del espacio explotado quedaba muy lejos por tanto del que se hacía en los cortijos. Aparte las funciones de dirección y responsabilidad universal, no había característica que como el consumo de trabajo humano marcara con tanta claridad la frontera entre las grandes explotaciones y las pequeñas. Desde este punto de vista se abre el mayor abismo entre estas, entendidas en el sentido estricto de explotaciones autónomas o independientes, y el cortijo, la unidad de producción sobre la que se sostiene la parte sustantiva de las empresas dedicadas a la producción de cereales. Mientras que los cortijos no podían prescindir del trabajo ajeno, las explotaciones de dimensión menor pocas veces recurrían a él, lo que tal vez proporcione el mejor índice de la relevancia de estas otras modalidades de empresas de cereal.
Pero, cualquiera que fuera el tamaño de la explotación o el grado o la modalidad de la dependencia del trabajo ajeno, es indudable que una consecuencia directa de la situación que se estaba viviendo en 1750 sería la caída de la oferta de trabajo, efecto inmediato de la caída de la actividad en el campo. Primero, el retraso de las lluvias a principios del otoño impediría que fuera requerido el trabajo de quienes obtuvieran su renta empleándose en la siembra. Más adelante, durante los llamados meses de invierno, que eran de seis a siete, cuando se realizaban los barbechos y la escarda, la necesidad de trabajo se hundiría. Aquel año las tareas de la invernada no se emprenderían en buena parte de las grandes explotaciones.
Hay datos positivos que confirman que efectivamente los trabajos de invierno no se emprendieron a consecuencia de la retracción que se había desencadenado. Un hombre que llevaba dos cortijos, que en total sumaban una labor de setecientas fanegas, por lo que se refería a los barbechos y demás tierras que tendría que sembrar confesó que no podía hacer los barbechos que regularmente hacía, como le había sucedido a los demás labradores, por la imposibilidad del ganado, lo que hay que interpretar como falta de hierbas con que alimentarlo. Otro, que mantenía una labor en tres cortijos en el año en curso, se expresó en términos casi idénticos.
Aquella situación, sobre todo a través del barbecho, pudo modificar la organización del trabajo y los medios de los que dispusieran las explotaciones, de manera que la crisis llegara a convertirse en inductora de importantes modificaciones técnicas. Con nuestras fuentes se puede documentar un recurso que se proponía hacer frente a la adversidad productiva que originaba la falta de lluvias. En un cortijo el 31 de marzo de 1750 se constató que su ama había mandado mantener una reserva de trigo en grano con la intención de sembrarlo, porque la sementera que se había hecho estaba seca. El recurso, inducido por la sequía, consistiría en requerir tierras ya sembradas con otra sementera tardía o de ciclo corto. La solución no tenía nada de extemporánea. Según otro testimonio, esta vez de 1735, un año que fue tan complicado como 1750, como en marzo era regular que se acometieran las labores de preparación de las tierras que se iban a sembrar al año siguiente, se aprovechó para la que podemos denominar segunda siembra o siembra extra. Y de los plazos para la devolución de los préstamos a los pósitos, ya en la segunda mitad del siglo décimo octavo, se deduce que estas las labores asociadas al barbecho algunos años se concentraban en los meses de abril y mayo.
Serían las faenas que habitualmente ocupaban a los trabajadores asalariados episódicos, los que comúnmente eran conocidos con los nombres de braceros y jornaleros, que eran la mayor parte de la población que trabajaba por cuenta ajena en la agricultura de los cereales, las que verían seriamente limitadas sus posibilidades. Sus protagonistas quedarían expuestos al riesgo de quedar sin trabajo no solo durante la invernada. A principios de abril, en las grandes poblaciones de la campiña, había preocupación por los braceros. La razón que señalan quienes así se manifiestan es que habían sido despedidos de sus respectivos trabajos en los cortijos, porque la seca que desde hacía tanto tiempo se venía padeciendo impedía toda clase de actividades.
Dado que la producción se hundió, la recolección asimismo se vería muy limitada. Hay testimonios, ya de septiembre, que confirman que efectivamente la demanda de trabajo relacionada con aquella actividad había caído. Probablemente este era el mayor problema, desde el punto de vista del consumo de trabajo, y desde luego su efecto expansivo sobre las rentas se multiplicaría.
El contraste entre el consumo de trabajo regular y el de la recolección era muy grande. Sin que fuera necesario contar con crisis alguna, convivían en el ciclo anual una escasa demanda de trabajo con una circunstancial demanda gigantesca. De la escasa demanda regular son buena prueba las explicaciones del labrador que en 1750 sostenía su labor con veinte yuntas reveceras. Había decidido explotar mil fanegas de tierra reunidas en un cortijo que mantenía a tres hojas, una para sementera, otra para el cultivo y preparación de la sementera del año siguiente y la tercera de descanso. De las trescientas treinta y tres fanegas que para la sementera necesitaba cada año, doscientas eran para trigo y ciento treinta y tres para cebada. Empleaba como sirvientes de la labor cada año, desde la sementera hasta la recolección en la era, un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno para la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, y diez gañanes, que trabajan en el arado. La demanda regular de mano de obra dejaba a un lado el trabajo agrícola episódico, más aún si, como en este caso, el espacio dedicado al cultivo se mantenía constante. Aquel amo con solo quince sirvientes mantenía en estado latente mil unidades de superficie.
No se debe pues confundir la alta demanda de trabajo concentrada en una época del año, con la demanda efectiva de trabajo. El tiempo neto que se dedicaba a todo el trabajo de los cereales estaba muy descompensado. Observadores contemporáneos estimaron que una persona distribuía el trabajo en la empresa de cereal de cada ciclo del siguiente modo: arado y siembra, doce días; cosecha, veintiocho; siega de los cultivos secundarios, veinticuatro; trilla, ciento treinta; otras actividades, doce. Total, doscientos seis días de trabajo por año. Aunque no esté declarada la superficie a la que era necesario destinar este esfuerzo, es posible generalizar calculando proporciones: arado y siembra, seis por ciento de todo el tiempo de trabajo; cosecha, trece; siega de los cultivos secundarios, doce; trilla, sesenta y tres; otras actividades, seis. La distancia entre las necesidades de trabajo para la sementera y para la siega sería enorme. Según estos cálculos, consumía casi dos tercios de todo el tiempo. En términos complementarios, algunos han calculado cifras más moderadas, y explican que en años de crisis del producto agrícola la contracción de la oferta de trabajo podía afectar a un tercio de las jornadas de cosecha y trilla.
La diferencia se puede medir de otro modo. Mientras que una yunta de caballos solo necesitaba un gañán para sembrar el cereal de otoño de unas quince hectáreas, un buen segador apenas conseguía segar unas veinte áreas en un día. La relación que había entre el trabajo que necesitaba la siembra y el que necesitaba la siega era la que hay entre cuatro y trescientos: por cada cuatro unidades de trabajo que se emplearan en la siembra, en la siega serían necesarias trescientas. Jean Meuvret llamó la atención sobre este abismo en unos términos aún más precisos: había una gran desproporción entre el poco personal habitualmente necesario, gracias al concurso de la energía del ganado de labor para las faenas y el desplazamiento de cualquier clase, y las enormes cantidades de trabajo que eran necesarias para la siega y la trilla, faenas para las que la energía animal apenas contaba.
Otros cálculos son aún más demoledores. Estiman que todo el trabajo humano (con arado común, rastrillo, hoz y mayal) que requería una hectárea (aproximadamente algo menos dos fanegas cortas) durante un ciclo completo era ciento cuarenta y cuatro horas, ¡que es lo mismo que seis días o menos de veinte jornadas laborales! Cultivar por ejemplo cinco fanegas, según este cálculo, solo exigiría el trabajo de cincuenta días netos como máximo. Eran cientos las explotaciones –al menos tres cuartas partes, según una estimación moderada– las que cada año estaban comprendidas en el rango inferior de los tamaños, el que quedaba por debajo de las cinco fanegas de superficie. Por tanto, quien cultivara aquella superficie tipo aún dispondría de más de trescientos días de energía durante cada ciclo, para que pudiera aplicarlos al destino que prefiriera. Mientras tanto, cuando comenzaba el siglo décimo octavo, en el continente, en cualquiera de las otras ramas de actividad, se trabajaban, según algunas estimaciones, unos ciento ochenta días al año; mientras que otras, tal vez más fiables gracias a la condición fiscal de sus fuentes, estiman que ascendían a doscientos. Cualquiera que fuese la actividad o el tipo de relación que la proporcionaba, las cantidades de energía humana que necesitaba el cultivo de los cereales, medidas en las unidades de tiempo básicas, las jornadas; que por tanto permitían estimar el tamaño del trabajo en sentido restringido, eran escandalosamente bajas.
La enorme masa de trabajo liberada por el cultivo de los cereales, si era campesino quien la creaba, podía consumirla en su modesta explotación, y por incremento del trabajo aumentar su rendimiento. También, cuando en la explotación, porque por el sistema de cultivos decidido así sucediera, la podía emplear en cuidados a distintas plantas, de modo que los intervalos sin actividad se fueran reduciendo. Es posible que los medios de trabajo disponibles no pudieran responder satisfactoriamente a un ritmo creciente de actividad. Mas inevitablemente el esfuerzo llegaría al límite tras el cual cada inversión de trabajo, sujeta a los límites técnicos decididos, no sería incremento de la productividad de la tierra. Alcanzado, su mejor opción, si deseaba seguir consumiendo su energía para acumular renta, sería invertirla en otra actividad; o quizás en otra parcela, mejor si era contigua, en relación con la cual su trabajo podía ser subsidiario, tanto más cuanto mayor fuera la otra explotación.
De todo el trabajo humano, el asalariado episódico era solo una parte -y probablemente no la mayor- del trabajo ajeno que necesitaba la agricultura de los cereales, a su vez una fracción sin duda menor de la energía que consumía. Más aún. De todo el trabajo, el humano, aunque fuera el decisivo, era la parte menor. Sin embargo, el asalariado episódico se convirtió, a partir de abril de 1750, en el primer motivo de preocupación durante la crisis, el que concentró las iniciativas políticas en materia laboral.
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