Explotaciones mínimas

G. Valparaíso

Las explotaciones mínimas, que sumaban entre las tres cuartas y las cuatro quintas partes de todas las de cada año, eran un sector consolidado de la agricultura de los cereales. Buena parte de los observadores creen que estas empresas solo ambicionaban satisfacer el autoconsumo. Como la mayoría se organizaba sobre parcelas segregadas a las unidades de explotación de mayor tamaño, en otras ocasiones parecen subsidiarias de ellas no solo en el espacio. Por el momento, hasta donde alcanza mi información, no parece que haya sido argumentada de manera convincente ninguna de las dos posibilidades, lo que obliga a mantenerse atentos a los movimientos desde cualquiera de las dos posiciones.

     Su potencia, y por tanto su alcance, lo puede expresar del modo más directo el tamaño de las parcelas que tomaban, y luego el número de parcelas que sumaran para componer cada pegujal; porque pegujal era el nombre que convenía a esta modalidad de empresa, la más modesta. La documentación de la época deja muy claro que pegujal es empresa, y es por tanto una denominación que pertenece al mismo dominio semántico que labor. Labor y pegujal fueron los dos polos del sistema de empresas para producir los cereales, y entre ambos atraían prácticamente la totalidad de las iniciativas. Puede resultar tedioso detenerse en detalles de tamaño, pero es imprescindible si se quiere tener al menos criterio relativo para valorar cualquier de las dos posiciones.

    Sobre el tamaño de las parcelas, es posible reunir testimonios coetáneos desde diferentes puntos de vista. Si aquel universo es observado a partir de las 103 descripciones de trabajadores del campo que alcanzaban a organizar aquellas empresas, registradas en 1771, el tamaño de la parcela tenía como mínimo 1 fanega de superficie y como máximo 10. Las frecuencias de los valores extremos del espectro son escasas, dos en cada caso. Basta con llegar a la segunda posición del rango, la parcela de 2 fanegas, para que se incremente notablemente la frecuencia. El grueso de las parcelas queda comprendido entre las 2 y las 4. De las 103, nada menos que 77 están comprendidas entre esos márgenes tan próximos, tres cuartas partes de los casos. La parcela más representativa en absoluto es la de 3 fanegas, 34 casos, un tercio. No obstante, la superficie de la parcela media (402.5 / 103 = 3,91 fanegas) está más cerca de 4 que de 3. De todo lo demás, comprendido entre los valores enteros 5 y 8, solo las parcelas de 6 y 7 fanegas tienen cierta significación, en torno a la vigésima parte. Los tamaños fraccionarios (2 ¼, 4 ½, 6 ¾ y 8 ½ fanegas) son singulares.

     La superficie de nueve parcelas cedidas en un cortijo a pegujales en 1756 estaba comprendido entre 2.5 y 12 fanegas. Sus valores estaban muy dispersos: 2.5, 3, 6, 6.5, 8, 9, 11 y 12. Solo el valor 8 se repetía. Algunos años después, la superficie de las parcelas cedidas para el mismo fin en el mismo cortijo tuvo como mínimo 1.92 fanegas y un máximo de 12.75. Más de la mitad, hasta un total de 81, estaba comprendida entre 2 y 4 como valores enteros (de entre 2 y 2.99, 21; de entre 3 y 3.99, 27; de entre 4 y 4.99, 33). Si se suman las comprendidas entre 5 y 6 (de entre 5 y 5.99, 16; de entre 6 y 6.99, 24), que eran 40, algo más de una cuarta parte, se llega a proporciones muy altas, casi nueve décimas partes de todas las sorteadas. Luego todas las de mayor tamaño, que fueron 17 (de entre 7 y 7.99, 5; de entre 8 y 8.99, 5; de entre 9 y 9.99, 4; de entre 10 y 10.99, 1; de entre 12 y 12.99, 2), carecían de importancia para el fenómeno. La de 1.92, o 1 fanega y 11 almudes, era por completo anómala, única.

     El tamaño de las parcelas que describen las estadísticas de los cortijos que se cedían a pegujales en todo un término oscilaba entre límites más amplios. Las había que superaban las 20 fanegas y también las había de solo 1, pero las dominantes eran parcelas de 2, 3 y 4 fanegas, aunque quizás sea más acertado decir de 3, 2 y 4, porque este era el orden de la frecuencia con que aparecen. La diferencia que había entre sus valores solo permite afirmar que 3 fanegas, con algo de distancia sobre los otros dos valores, era el tamaño de la parcela preferida para organizar el pegujal. Un segundo grupo de valores elegidos para crearlo lo marcaban las 6 fanegas, y algo por debajo las 5 y las 8. Aparte estos, solo resultaban por último significativas 1 y 12 fanegas.

     Aunque número de parcelas y número de pegujales eran cifras muy próximas, era mayor el primero que el segundo. Lo común era que un pegujal se constituyera sobre una parcela nada más. En plena segunda mitad del siglo décimo octavo, en una proporción que oscilaba entre un 90 y un 95 %, cada parcela daba origen a una empresa personal distinta, a cada parcela correspondía un explotador y solo un explotador; unas  proporciones que corroboran las declaraciones de 1771. Para casi diecinueve de cada veinte trabajadores del campo que se arriesgaban a esta forma de explotación, que eran la masa de quienes emprendían pegujales, bastaba con una parcela para acometer la empresa.

     Pero había personas que tomaban más de una parcela para crear su pegujal. Apenas la décima parte de quienes los emprendían en 1741 se atrevían con más de una, mientras que en años posteriores a 1750 solo para un vigésima parte de las parcelas que se cultivaban el teniente se repetía. Uno de ellos acumulaba tres parcelas; los demás, dos. En 1771 se constituían sobre más de una parcela una proporción algo por encima de la vigésima parte. Para estos casos, las situaciones más documentadas eran dos. Bien había quien tomaba dos parcelas o bien había quien se hacía cargo de tres. Los que tomaban dos eran entre el doble y las dos terceras partes de los que tomaban tres. Muy raramente había quien tomaba cuatro.

     Cuando se trataba de tierras de ruedo las proporciones se desviaban algo del comportamiento común. De los 100 agraciados con las suertes del cortijo a pegujales entre 1767 y 1772, 28 accedieron a más de una parcela, lo que supone una cuarta parte. Sus ventajas quedaron comprendidas entre 2 y 4 parcelas. Tuvieron dos, 21, tres, 3 y cuatro, 4.

     Por tanto, en modo alguno serían significativas las explotaciones sobre más de dos parcelas. No sería característico de este tipo de empresa constituirse sobre más de una, sí excepcional mantenerse sobre dos, y en modo alguno propio del modo simultanear tres o más. Aunque no fuera preciso, y sea preferible evitar que una idea se confunda con la otra, también parece legítimo que en la época se hablara de pegujal para expresar indiferentemente parcela y empresa.

     Consideremos un rendimiento tipo de 10 unidades de capacidad por unidad de superficie, que en más de una ocasión hemos aceptado como representativo de los que se obtenían en pleno siglo décimo octavo. Si tomamos como pauta el pegujal organizado sobre una parcela, que abarca la práctica totalidad del fenómeno, y tomamos como límites representativos del universo de los tamaños los valores 1 y 12, las cosechas obtenidas por los pegujales quedarían comprendidas entre las 10 y las 120 unidades de capacidad. Las más frecuentes serían las cosechas de 20, 30 y 40.

     En esta misma página se han analizado niveles de consumo de hacia 1750, y se ha aceptado como representativo un consumo por persona y día de 1.6 libras de trigo, un valor equivalente a 0.0133 de aquellas unidades de capacidad. Si una persona come al día 0.0133, al cabo de un año consumirá 4.8545 fanegas. Luego el consumo de una familia de dos personas sería 9.7090 y el de una con cuatro, 19.4180. Estos cálculos se pueden mejorar y matizar por edades. Pero para los fines que nos proponemos son una pauta suficiente.

     No se puede concluir con una respuesta simple a si las explotaciones mínimas estaban destinadas al autoconsumo o se podían proponer otros fines. No es necesario prolongar los cálculos para reconocer que casi todas aquellas explotaciones podrían aspirar a cubrir las necesidades de grano de una familia durante un año. Sería un objetivo inmediato especialmente entre quienes acometían pegujales sin ser trabajadores del campo. Para ellos sería una actividad suplementaria que podría garantizar al menos una parte de la defensa que necesitaran frente al desabastecimiento y las carestías.

     Pero estos eran solo una cuarta parte de los promotores de esta clase de empresas. Los otros tres cuartos, que eran los trabajadores del campo, podrían aspirar a otros objetivos. Entre ellos, las partidas se jugarían en el espectro comprendido entre las 20 y las 40 fanegas de producto. Con 40 se podría disponer de un excedente bruto de la mitad del producto, que incluso permitiría aventurarse en ocupar algunas de las posiciones más modestas del mercado del cereal. Con 20 también se podrían cubrir las necesidades de una familia tipo. Pero de ninguna manera se podría hacer frente a los costos de la empresa mínima, entre los cuales los había tan irrenunciables como el pago de la cesión de la parcela, la inversión en simiente, la alimentación del ganado propio y el diezmo. Para obtener un producto de 20 fanegas no tendría sentido invertir en un pegujal.

     Como para organizarlo el recurso previo común era una cabaña de labor propia, empleando este recurso los poseedores de pegujales podían desempeñar un papel subsidiario que les permitiera hacer frente a un tiempo a los costos y a las necesidades del consumo familiar. El suministro de servicios, y en particular el de porciones de la energía que cada año necesitaba la agricultura de los cereales, podía ser una oportunidad que los hiciera razonables. Aun así, los más incautos, que eran la mayoría, solo sembraban en sus pegujales trigo, mientras que otros, los más calculadores, preferían emplearlos en obtener alimento para el ganado de labor, bien cebada bien legumbres.



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