No divago bastante
Publicado: diciembre 16, 2016 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioD. Ansón
Aníbal el inquilino abrió la cancela, el buzón, recogió la correspondencia del día y subió las escaleras. Lo del buzón era un hábito. No esperaba nada de él, aunque sí temía algo: la factura del suministro eléctrico. Tenía que llegar de un día a otro. Efectivamente, allí estaba.
Abrió el sobre. Un escándalo. Nunca había alcanzado una cifra tan alta.
Cenó y se acostó pronto. En la cama no dejaba de darle vueltas a los números que había visto en la factura. No dormía bien. A cada tanto despertaba y, de golpe, volvía la idea, violenta, ingrata. La factura tenía el tamaño de un mapa y colgaba de la pared. El oftalmólogo, con bata blanca, a su lado, le pedía que identificara uno por uno los números. Miraba alternativamente al oftalmólogo y a la cifra sin comprender. El oftalmólogo se excusaba y tomaba la puerta, y la cifra desaparecía sorbida por un agujero de la pared.
Por la mañana, mientras se afeitaba, puso la radio. “Peligra el futuro de las pensiones.” “Llevo años trabajando. Si cuando me jubile no tengo ni para pagar la casa, no sé qué va a ser de mí. Si puedo disponer de un hogar es porque puedo pagar el alquiler. Si dejara de tener dinero, me quedaría en la calle. Horrible. Seguro que habrá un rincón en el que pueda encontrar sosiego y todo el tiempo del mundo para atender las escasas necesidades de mi escueta vida. Y si no lo hubiera, tampoco importaría demasiado. Antes llegaría el final que tiene que llegar. ”
No había concluido el curso de sus ideas cuando el locutor afirmó: “La nueva guerra en el próximo oriente se cobra decenas de víctimas.” “Qué brutalidad. Otra vez personas inocentes muertas cada día. Sin tener la menor responsabilidad sobre los acontecimientos, sin que puedan hacer nada por detenerlos. Nunca habrá una injusticia mayor. La guerra es la mayor de las tragedias. Ante nada de lo que sea obra de las circunstancias se puede ser tan impotente. Tan imposible como es evitarlas, justo es huir de ellas. No hay otra solución. Si alguna vez fuera víctima de alguna, solo me preocuparía encontrar la puerta de salida cuanto antes, y del modo más ventajoso. Solo cabe confiar en que nada de esto ocurra. Saber que está sucediendo en otros lugares en nada contribuye a que pueda remediar la situación. Solo sirve para incentivar la industria del horror, que en parte fabrica armamento, en otra, noticias.”
Antes de que pudiera dar por agotado el hilo de sus pensamientos, de nuevo el locutor lo cortó diciendo: “El papa, en una encíclica, aboga por el entendimiento entre las confesiones.” “Está bien. Nunca estará de más la tolerancia. Es bueno que haya quien se interese por acercar posiciones. Yo no tengo nada que ver con la confesión católica, ni con cualquiera de las otras. Es posible que para sus fieles su autoridad tenga gran valor. ¿Debe tenerla también para los demás? No más que la de cualquier hombre, siempre que se trate de asuntos de interés común. Si el problema es el entendimiento entre las confesiones, sus ideas pueden ser completamente gratuitas.”
Ya en el autobús, una chica se sentó frente a él. No era muy alta, y de complexión frágil. “Qué perfil. ¿Por qué parpadeará tan despacio? Debe ser una criatura muy serena. Me recuerda una bailarina que vi hace años. Ni ella ni yo éramos ni siquiera adolescentes, y asistíamos a un banquete en el que sus padres y los míos, y todos nuestros tíos, vestían de etiqueta.” A punto estaba de reconstruir el salón donde se celebraba el encuentro cuando alguien que estaba de pie a su derecha, agarrado a la barra que colgaba del techo, comentó en voz alta: “Dos a cero. Una injusticia. El segundo, de penalti.” “Los árbitros también están corrompidos”, pensó Aníbal. “¿Cómo será que un deporte se convierte en parte de las vidas? Quizás sea por la violencia que administra. Los espectadores se identifican con los agresores. No está mal como liberación. Claro que tampoco estaría mal reconocerlo. Si se aceptara, tendría que contarse entre las conquistas de la civilización.”
Cuando se bajó del autobús, reapareció la idea. “Puedo ahorrar si cada día prescindo de la estufa un par de horas. Eso sería reducir un tercio el consumo. También puedo comer más platos fríos. Así evitaría encender tanto la cocina, y seguro que consigo asimilar más vitaminas. La cocción las destruye.”
Al pasar junto a un quiosco, desde la portada de los periódicos proclamaba el ministro de economía: “Las empresas han incrementado sus ventas un cinco por ciento durante el último mes.” “Eso es bueno. Para todos. Si venden más, necesitarán producir más, y más gente que trabaje. Me queda tan lejos el mundo de las empresas. Para mí, son entes que habitan en una formación gaseosa, por encima de nuestras cabezas, que las hace poco visibles y difíciles de alcanzar. No me pasa lo mismo cuando pienso en los empresarios. Seguro que habré conocido a alguno, a más de uno. Pero no he sabido distinguirlo de otros hombres. Solo soy capaz de representármelos en mi imaginación intrigantes, especuladores, y ambiciosos, poco honrados. Y nunca pienso en mi jefe como un empresario. No es ni un empresario ni un hombre. Es un déspota.”
Durante la mañana, en el trabajo, tuvo ocasión de recuperar la imagen de la chica del perfil elegante. Le resultaba inevitable, volvía sola, sin que por eso se acumularan en su mesa más papeles. “Los papeles tienen su propia vida, y su manejo, para el que solo hace falta como mucho la mitad de la conciencia, es casi automático. Ahí sigue la instantánea. Tiene más fuerza de la que esperaba.”
“Nos dejan sin puente”, oyó que comentaba uno de sus compañeros. “¡Cómo! No puede ser. Tenía previsto salir. Tendré que quedarme en casa, recluido con mis historias. Mi idea del tiempo se va diluyendo en beneficio de un continuo en el que cuando me instalo todo ocurre con la mayor armonía que conozco. Probablemente sea el resultado de la reducción de los hechos de mi vida. Cada vez son menos, cada vez, más sencillos. Esto los hace más accesibles, y reiterarlos más seguros. La serenidad que consigo me independiza de las horas, de los días de la semana. Solo su cómputo acumulado me obliga a reconocer que el tiempo va pasando sobre mí y a mi costa; que si es una idea, es de las que se pagan caras.”
Todo fue salir a comer para que volviera, con una brutalidad seca, como un puñetazo, lo que debía pagar a la compañía eléctrica. “Podría hacer menos vida nocturna. Todos los días me quedo dormido ante la televisión, sin apagar la lámpara y con la estufa encendida. Si me fuera antes a la cama, saldría además ganando en descanso.”
Con tan prometedoras ideas entró en el bar. Desde la televisión una noticia de urgencia había silenciado a los clientes. “Por el momento, se eleva a más de una decena las víctimas del atentado. Se teme que el número se incremente en el transcurso de las próximas horas.”
Fue suficiente para que desaparecieran sus planes sobre el consumo eléctrico, y en su lugar se impusieran afirmaciones solemnes. “No es justo. Los tribunales tendrían que actuar con la mayor severidad frente a quienes cometen semejantes barbaridades. No hay conflicto en el que una parte, si es la más débil, no sea acusada de saboteadora. Si fracasa, su recuerdo, que solo puede mantenerse si se escribe, la condenará por los siglos. Si triunfa, sus promotores ganarán el grado de fundadores del nuevo orden. A la inversa, no hay quien no pretenda imponer sus decisiones sirviéndose de la coacción, siempre en algún grado violenta. Solo las víctimas, en cualquiera de los casos, parece difícil justificarlas con algún argumento. En la antigüedad, a los que sobraban, porque no había alimento que darles, se les expulsaba. Eran ofrendados en el altar dedicado a la salvación de los que sí podían comer. A falta de argumentos, lo justificaban con una consagración ritual.”
Por la noche, al llegar a casa, conectó la radio, mientras todavía lamentaba que la chica del perfil seductor no hiciera la vuelta en el mismo autobús que él. “¿A qué hora volverá? Es posible que haga el trayecto de vuelta a pie. De lo contrario, alguna vez tendría que haber coincidido con ella.” Una tertulia de los líderes de opinión especulaba sobre la acción futura de los partidos del arco parlamentario. “Los conservadores ganarán las elecciones y restringirán el gasto público, y se incrementará la pobreza”, auguraba un cenizo que pretendía argumentar en favor de las políticas humanitarias. “Si la izquierda consiguiera mayoría, se dispararía el presupuesto, sería necesario incrementar los impuestos y la economía padecería una brutal recesión”, amenazaba un agitador de fantasmas que pasaba por ser el analista más serio, incapaz de ocultar a sus fieles oyentes las más crudas verdades. “El voto es una responsabilidad que no se debe rehuir. Hay que votar y hacerlo con meditación, calibrando bien las consecuencias que puede tener una decisión de tanta trascendencia. Me angustia tener que representarme un futuro lleno de amenazas. ¿Es que de verdad tengo que pensar en el futuro? Si por más que me preocupo por el porvenir todos los días empiezo en el mismo lugar que el día anterior.”
Pasó Aníbal otra madrugada inquieta. El recibo de la luz y la chica de perfil atractivo aparecían y desaparecían, a veces solos, con una fuerza que se imponía sobre las demás imágenes, a veces confundidos, mezclados con la guerra en el oriente próximo, el pago de las pensiones y el papa, que estaba descalzo y se remangaba el hábito blanco para huir de los proyectiles que le disparaban francotiradores orientales, mientras le preguntaba al ministro de hacienda, que corría a su lado, de qué confesión era, a lo que este respondía: “Errabundo.”
“¿A mí qué me importa lo que diga el papa, qué responsabilidad tengo sobre lo que ocurre en el próximo oriente? ¿Por qué la radio, la televisión, los periódicos estarán empeñados en cortar una vez y otra el curso de las ideas? Incurren en una intromisión brutal e innombrable, violan la más recóndita y sagrada intimidad, no me dejan divagar lo suficiente. A mí lo que de verdad me preocupa es el recibo de la luz y la chica del perfil seductor”, se dijo frente al espejo a la mañana siguiente.
“La luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su pérdida de peso”, escribió por la tarde, ya de vuelta del trabajo, en su revista virtual, que tenía escasos visitantes, sin esperanza de que tuviera lector alguno, más por sarcasmo que por venganza.
Le sorprendió oír algunas mañanas después, en el primer boletín de la radio: “Expertos pronostican que la luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su peso.” No era posible. ¿Habría acertado?
Al bajar del autobús, en el quiosco que encontraba de camino a su trabajo, un par de periódicos, cada uno de los cuales citaba como fuente una agencia de noticias distinta, se hacían eco de la misma noticia, y en unos términos casi iguales a los que había oído en la radio.
Para salir de dudas, aquella tarde repitió la experiencia. “Es posible que los cauces fluviales de la cuenca del Mediterráneo se evaporen”, escribió con plena conciencia de que su afirmación era insostenible. Por la noche, al volver del trabajo y conectar la radio, una tertulia de expertos especulaba. “La cuenca del Mediterráneo lleva siglos sufriendo un deterioro galopante. Ha llegado el momento de su crisis, previsible por otra parte. Su futuro está en entredicho. El presente estado de cosas es insostenible. Todo dependerá de que la crisis finalmente pueda ser reversible.”
Cuando comprobó que sus infundios eran reproducidos, y repetidos una y cien veces, como conocía su procedencia, se dedicó a fantasear sin obstáculos con el recibo de la luz y la chica del perfil único. “Con la factura del suministro eléctrico voy a hacer un barco. No sé si de una o de dos carteras. Bueno, es lo bastante grande como para que el barco tenga dos carteras. También podría hacer una pajarita. Pero cuesta más, y casi nunca me salen bien. Además, el barco tiene la ventaja de que navega. Puedo buscar una corriente que lo desplace a gran velocidad, y desearle buen viaje. ¿Y si cargara en él al ministro de hacienda, al secretario de estado norteamericano y a los líderes de opinión; al papa, que es un peregrino, no. También podría encender la chimenea con ella. No estaría mal convertir la electricidad en humo. Podría invitar a mi casa a la chica del perfil único. `Permítame que le moleste. No me importaría compartir con usted la vida. Durante las crudas madrugadas de invierno podríamos darnos calor mutuamente´.”
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