Tres contratos de trabajo

Alain Marinetti, becario

No es frecuente encontrar en el protocolo notarial, para mediados del siglo dieciocho, el documento llamado destajo, contrato entre un labrador y una cuadrilla de segadores. Los informes siguientes proceden de los tres que hemos podido identificar en una colección de esta clase, correspondiente a un municipio del suroeste, tras un rastreo limitado a la década cuyo año central fue 1750.

      Se ha naturalizado la idea de que las cuadrillas de segadores al final de la época moderna eran forasteras. Las procedencias de las tres, que se conocen positivamente, la corrigen. Una es íntegramente local. En su nombre comparecen al contrato su manijero, que es el hombre que la encabeza y dirige, y once hombres, casi toda la cuadrilla. (De ningún modo la dirección de cada cuadrilla puede justificarse por su alfabetización. Solo se tiene constancia de que supiera firmar uno de los manijeros. De los que actuaron en nombre de la cuadrilla más numerosa además se sabe positivamente que no firmaron porque no sabían.) Otra procede de una población inmediata, a solo diez kilómetros de distancia del lugar donde debía realizar su trabajo. Por ella se comprometen cinco de sus miembros, que actúan en nombre de los demás. Quienes obligan a la tercera, que son solo dos personas, el manijero y otro hombre, son vecinos de Azuaga, al sureste de Extremadura. De al menos otros dieciséis miembros de ella, de los que sus responsables dicen que por su cuenta los buscarían más adelante, no se puede tener la certeza de que tengan la misma procedencia.

     La residencia de quienes firman los contratos en representación de todos completa en un sentido semejante la impresión sobre la frecuencia y el alcance de los movimientos migratorios que originan. Tal como era previsible, los primeros son vecinos de la población donde van a trabajar, como todos los miembros de la cuadrilla, y tanto los naturales próximos como los dos extremeños residen en la población de sus compromisos en el momento de comprometerse.

     El movimiento migratorio de mayor alcance pudo ser el desencadenado por las fechas comprometidas para realizar los trabajos. La cuadrilla más numerosa, que tenía que salir de la población próxima, se comprometió a acudir a segar cuando la llamaran. También los responsables de la extremeña firmaron que empezarían a trabajar cuando se les avisara. Mientras, la cuadrilla local no creyó necesario hacer ninguna precisión en este sentido, tal vez porque a causa del valor nulo de su movimiento previsto le pareciera una obviedad.

     Quizás tengan también algún significado para interpretar las posibilidades de los movimientos migratorios de la siega los adelantos o bonetes que se acuerdan. En el momento de cerrar su compromiso, a los extremeños que formarían una cuadrilla el labrador que los contrataba les dio 75 reales, a cuenta de lo que hubieran de ganar. La cuadrilla próxima, la más numerosa, recibió por adelantado nada menos que 1.200 reales. Al contrario, de la cuadrilla local no consta que percibiera adelanto alguno.

     En el primer caso, el adelanto parece una forma de asegurarse el trabajo. En el otro se podría interpretar que el labrador desea asegurarse los buenos segadores. Pero cualquiera de las dos evidencias positivas podría justificarse como una manera de hacer frente a los gastos del traslado hasta el lugar donde habría que cumplir con lo acordado y de la manutención durante el trayecto.

     La fecha de los contratos, sin embargo, no parecen ir en el mismo sentido. Osciló entre tercera semana de marzo y tercera semana de mayo. Dos meses de diferencia parece demasiado tiempo para solo tres casos. El exceso permite relacionar el momento de los acuerdos con la velocidad prevista para la maduración del fruto, distinta de una campaña a otra, incluso de una explotación a otra, según hubieran actuado los elementos del clima.

     Los contratantes fueron un monasterio, que explotaba uno de los cortijos de la población. Los otros dos eran labradores civiles igualmente a cargo de grandes explotaciones del mismo lugar. Se podría partir del axioma de que el tamaño de las cuadrillas que contrataron oscilaría en función de la extensión de la labor que cada uno tuviera. Pero se correría el riesgo de ocupar una posición inconveniente. Más correcto sería decir que variaría en función de las besanas -unidades de espacio en origen definidas por un mismo sentido de sus surcos- que tuviera capacidad de abarcar cada cuadrilla. Porque las grandes explotaciones solían contratar decenas de aquellos grupos de hombres. Preferían que fuera posible trabajar simultáneamente todo su espacio cultivado. En la siega se imponía la economía de tiempo para evitar en lo posible las adversidades del clima que pudieran sobrevenir.

     La cuadrilla local tenía dieciocho hombres, la extremeña esperaba sumar veintiuno y la que debía partir de la población vecina, treinta y nueve. En las dos ya cerradas, sus representantes ponen cuidado en identificar a sus miembros como buenos segadores. En la menos numerosa, los buenos segadores son catorce, y de los otros cuatro dos eran atadores, que se encargaban de hacer las gavillas, unidades de transporte de la mies hasta la era, y los otros dos zagales, adolescentes o jóvenes cuyo trabajo más importante sería el acarreo del agua hasta el área de la besana en la que en cada momento se estuviera segando. Los que esperaban formar una cuadrilla de veintiuno reservarían tres plazas para atadores. La más numerosa, a cuyos miembros sus representantes solo se refieren como compañeros, y entre los cuales no se hace ninguna distinción jerárquica o de especialidad, parece regida por un principio de solidaridad abnegada.

     El objeto del contrato se podía identificar de la manera más resumida como segar el destajo de un cortijo o el destajo de una sementera. Destajo por tanto habría llegado a ser sinónimo del trabajo de siega. También los responsables de las cuadrillas podían decir que tomaban a su cargo para segarla toda la sementera de trigo y cebada de un cortijo. Con más precisión aún, se podía decir que se trataba de segar la sementera de trigo y cebada que aquel año tenía el contratante en uno de los cortijos de la población. Entonces se acostumbraba que el grueso de las tierras que se sembraban en otoño fueran ocupadas por cebada y sobre todo trigo, en proporciones variables que con seguridad superaban los tres cuartos.

     La cuadrilla más numerosa también se comprometió a hacer buen rastrojo, recogiendo granos, alzando y levantando camas, sin causar en parte alguna perjuicio ni daño. La local se comprometió a segar llevando bien recogida la espiga y la paja, atando bien los haces, llevándolos los gavilleros derechos, y a levantar todas las mañanas las camas, según uso y estilo de esta tierra. Y la dirigida por los extremeños a que, una vez empezado el trabajo, no saldrían de él hasta haberlo terminado.

     En dos de los tres casos se menciona que la unidad de medida del trabajo era el cahíz, y en uno de ellos se especifica que el cahíz del que se habla es el de doce fanegas. Aquella manera se expresarse se presta a equívocos, porque el cahíz, que habitualmente se interpreta como una medida de capacidad, también puede ser una medida de superficie. Sin embargo, no es probable que sea el de capacidad, porque para calcular los resultados del trabajo de los segadores sería necesario esperar a la trilla, una operación posterior que se podía prolongar durante semanas.

     El trabajo de las cuadrillas se pagaba con dinero y con los denominados adherentes. La local admitía que el precio del cahíz de doce fanegas incluiría los maravedíes y las adehalas, nombre que en su documento era intercambiable con el de adherentes. Por lo que se refería al dinero, los que trabajarían para el monasterio, la cuadrilla más numerosa, acordaron que el precio de cada cahíz fuera conforme al que pagara el colegio de los jesuitas. Los otros cobrarían por cada cahíz segado lo que pagaran otros labradores. Unos se remitieron al nombre de dos, asimismo de la población, a los que tomarían como  referencia. Los extremeños admitieron las condiciones a las que se atuvieran otros tres labradores del mismo lugar. Prefirieron elegir como pauta tres porque, si fueran distintos entre sí, podrían atenerse al del medio. Pero cualquiera de estas decisiones, al actuar de aquella manera, reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo.

     En cuanto a los adherentes, la cuadrilla mayor, que tan igualitaria parecía, se mostró rigurosa. Cuando llegó el momento de acordar su tarifa, para el cuerpo solidario fueron incontenibles las especializaciones y sus jerarquías. Por cada cahíz -cada cahíz segado, según nuestra interpretación- cada segador cobraría como adherentes seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite. Pero los atadores y los zagales como adherentes percibirían la mitad. (Seis arrobas de pan era una cantidad seria. Equivalen a 150 libras. Si damos por bueno que un hombre en la plenitud de sus fuerzas, mientras estaba empleado, admitiera como tarifa diaria de su remuneración en pan una libra, que era algo menos de medio kilo, se puede estimar que aquella cuadrilla tendría previsto emplear entre tres y cuatro días en segar cada cahíz.) Las otras dos, por lo que se refería a los adherentes, asimismo se atendrían: una, a lo que por cada cahíz segado pagaran los dos labradores de referencia; la otra, las mismas a las que se atuvieran sus tres labradores designados y con la misma salvedad, que si estos tres fueran distintos entre sí se atendrían al del medio. La local, en cuanto a atadores y zagales admitiría la misma referencia.

     Una cláusula de garantías preservaba el cumplimiento del contrato. Su inclusión pudo ser inexcusable cuando se daban adelantos, aunque en el único caso que se escribe es justo en el que no consta que hubiera adelanto. Si la siega no se hiciera tal como se había acordado, y al labrador que los contrataba le resultara algún daño, expertos designados para el caso los tasarían y quienes no hubieran cumplido con lo acordado tendrían que correr con los gastos ocasionados.

     Pero, al otro lado del acuerdo, no había cláusulas de garantía que evitaran su fragilidad. Cuando llegó el momento de firmar el contrato previsto con la cuadrilla local, finalmente las partes no se pusieron de acuerdo. Sobre las causas de la poca fuerza de lo acordado antes dan algunas pistas las negociaciones entre el monasterio contratante y la cuadrilla más numerosa.

     Un par de semanas después de cerrar el acuerdo, ya en mayo, el monje responsable del monasterio declaró que cuando había llegado al compromiso precedente estaba enfermo en cama, y tenía algo perturbadas las facultades del entendimiento natural. En donde decía mitad de zagales y atadores, aclaró, tendría que añadir si el colegio así lo pagara. Para que la especificación del monasterio tuviera efecto, fue necesario añadirla al acuerdo que se había firmado. En aquel momento no estaban presentes los segadores.

     La cédula que encargó la redacción del destajo, en este caso enviada por el monasterio ordenante al escribano, también se ha conservado. Es un documento informal que solía preceder a cualquiera de las actuaciones documentales, en el que se resumía el contenido de los acuerdos. Deja en evidencia el comportamiento unilateral del monasterio. En ella literalmente consta que a los segadores se les darían de adherentes por cada cahíz seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite; y a los zagales y atadores, la mitad, sin más precisiones.

     La fragilidad de los contratos podría adjudicarse al exceso de cuadrillas que ofrecieran sus trabajos al mismo tiempo.



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