El calendario de los trabajos

Redacción

Las actividades que el sistema para el cultivo de los cereales tenía previstas eran sembrar, barbechar, escardar y recolectar. Para cualquiera de ellas, a mediados del siglo décimo octavo se actuaba con una conciencia cuya versión escrita es posible rescatar en parte. Como a todas las describían ateniéndose al calendario, las llamaban faenas de por tiempos o faenas del año. La duración de cada una era variable, aunque las ordenanzas de los municipios, vigentes en sus términos, por cualquiera de los medios señoriales podían obligar a que cada trabajo agrícola se realizara por cantidades de tiempo limitadas.

     En algunos lugares los trabajos del año agrícola empezaban dando con el arado dos labores abiertas y superficiales, que con sentido proverbial también llamaban rejas; en otros, más, tres o cuatro, para desmenuzar la tierra antes de sembrarla. A veces las confundían con lo que abiertamente llamaban cohecho, un nombre demasiado comprometido que cedía ante una justa expresión sinónima, alzar los barbechos, modo de hablar que recordaba que en el origen de la aptitud de las tierras para recibir la semilla estaba la roturación de las segadas al final de la campaña precedente. Cualquiera de los cohechos, quedara o no al descubierto, consistía en pasar sobre el espacio barbechado, llegado el otoño, la última reja, justo antes de proceder a la siembra.

     Esta se hacía dentro de unos límites cronológicos a los que sin embargo se ajustaban con flexibilidad los trabajos imprescindibles. El trimestre comprendido entre octubre y diciembre era el adecuado para que prevalecieran, además del trigo, la cebada, el centeno y las habas. En cuanto a su comienzo, invocando la experiencia, unos pensaban que sembrar cuanto antes, una vez llegado el otoño, proporcionaría una cosecha mayor; otros, más rigurosos, prescribían que el mes de noviembre era el más a propósito, tanto para completar la siembra como para hacer las labores que necesitara, mientras que también había quienes creían que a primeros de diciembre aún se estaba a tiempo de consumar la siembra.

     Además, todavía circulaba con naturalidad la idea de que era preferible sembrar en luna nueva, bajo la certeza de que así la simiente germinaría antes. Para cumplir con este precepto, el tiempo de la ejecución tenía que ser el comprendido entre la luna nueva de septiembre y la de noviembre, un ajuste tan exigente que a él solo podrían restringirse quienes sembraran una cantidad de tierra modesta.

     Más allá de viejas creencias, asociadas a cualquiera de los calendarios, solar o lunar, que se remontaban a más de dos milenios, el mejor tiempo para las faenas de la siembra, según dictaban los guardianes de la ortodoxia del sistema, era cuando el suelo estaba seco o, mejor aún, ligeramente húmedo. El idóneo quedaba al alcance en cuanto cayera la primera agua del otoño, momento a partir del cual ya no sería posible retrasarla; de lo contrario, el arado no se deslizaría bien y el gasto en fuerza se multiplicaría innecesariamente.

     En las grandes explotaciones, que dominaban el sector e impondrían el pensamiento  que se codificaba como sistema, no se sembraba todo lo que se preparaba o se preveía. En una, de más de mil unidades de superficie, para el año que empezaría en el otoño de 1750, finalmente se sembraría toda la tierra que el tiempo permitiera. A la vez, había cortijos en los que se había previsto, para la mitad que se sembraba cada año, que cuando llegara la sementera, por lo vicioso de las tierras, sería necesario hacer dos siembras porque su calidad las hacía especialmente aptas para dar fruto. Entre uno y otro límite, cuando las lluvias postergaban las decisiones, las posibilidades tampoco eran tantas.

     La campaña de siembra, en las grandes explotaciones, podía prolongarse durante un par de meses, una estimación de su duración más real que la que se hiciera a partir de cualquier especulación sobre lo que cada día se pudiera trabajar; aunque, una vez concluida, en la tierra sembrada en todos los casos sería necesario abrir surcos para desalojar el exceso de agua que pudiera sobrevenir durante la estación posterior al depósito de  la simiente y anterior a la germinación.

     Al barbecho, que consistía en arar el espacio vacío que cada labrador hubiera seleccionado con el deseo de ponerlo en cultivo durante la campaña siguiente, los labradores solían referirse en plural porque el número de rejas, tanto las necesarias como las posibles, podía ser variable. El número de rejas sobre las tierras barbechadas siempre era discreto y oscilaba de una explotación a otra a causa de los medios de los que cada cual dispusiera. Cada una se iba distinguiendo, a partir de la primera, con una denominación que simplemente indicaba orden. La operación completa, por tanto, al menos comprendería dos labores, alzar y binar, nombres que tradicionalmente recibían los primeros pases de reja sobre la elegida parte de las tierras de cada explotación. Más probable era que el barbecho, tal como algunos lo describen, comprendiera tres de aquellas operaciones, en cuyo caso las denominarían alzar, binar y terciar. A veces, la última, al margen de cuantas le hubieran precedido, porque no siempre tendría que ser la tercera, o incluso la posterior, se asociaba a la siembra del grano, lo que en la práctica la convertiría en cohecho.

     Los barbechos podían tomarse todo el tiempo de los seis primeros meses del año, aunque su duración dependía del que se empleaba en la sementera. Pero cualquiera que fuese su duración, cada jornada destinada a arar, a quienes tenían que completarla, les parecía larga porque las labores había que darlas en sazón. Esta manera de identificar la oportunidad incluía un cálculo sobre el peso de las tierras. Una vez que se había terminado la siembra, si las aguas y el frío lo permitían, se alzaban los rastrojos, primera vuelta con las rejas a los restos de la cosecha precedente. Lluvia y frío eran necesarios para que la tierra expuesta a la intemperie se pudriera y el sol, en los meses siguientes, la cociera y penetrara. Las otras dos, tres o más vueltas del barbecho se daban durante el tiempo restante de los primeros seis meses del año, siempre que la tierra no estuviera demasiado húmeda y por tanto con una carga añadida innecesaria.

     Especulaban sus involucrados con los límites naturales que marcaban el tiempo idóneo del barbecho. Aunque durante enero en algunos lugares se araban bien las tierras designadas para dar el producto siguiente, en las zonas más templadas era posible removerlas entre febrero y marzo. Desde luego, no todos se decidirían por el mismo calendario, pero con seguridad había poblaciones que preferían que una de las fases del barbecho al menos fuera completada ya durante el último mes del primer trimestre del año.

     Además de la insistente arada, durante el primer semestre, al tiempo que  pasaban una y otra vez las rejas por la tierra huera, que solo con el tiempo, cuando fuera favorable, sería fecundada, se sembraban las semillas tremesinas, entre las que podía estar el trigo de ciclo corto, si las circunstancias lo impusieran, los yeros, los alcaceles o cebada que era segada mientras aún estuviera verde, la cebada que se dejaba crecer hasta que estuviera madura y los garbanzos.

     La escarda era una faena imprescindible, tanto más cuanto más coincidían ciertas condiciones atmosféricas. En lugares o tiempos húmedos y fríos, espontáneamente nacían plantas, tales como cardos y otras especies silvestres, juzgadas tan nocivas que sobre todas caía el anatema de malas hierbas. Aquella amenaza debía eliminarse absolutamente. En torno al cereal naciente toda la vegetación que pudiera competir con él, si se deseaba que prosperase, porque podía mermarlo y hasta asfixiar su crecimiento debía desaparecer.

     Regularmente la escarda se hacía al menos durante el mes de marzo. Por tanto, en condiciones normales, también podía acometerse a la vez que alguna de las fases del barbecho. Pero sobre su duración no se podía prever nada fijo. Unas veces había más y otras menos, y en unos años había mucha escarda, y en otros, poca. Donde concurrían las condiciones más adversas de humedad y frío, había años en los que las escardas necesarias podían ser hasta cuatro, un retorno que las convertía en las faenas más costosas y decisivas de todo el año.

     El estercolado, que no era universal, también podía compatibilizarse con las faenas que se hicieran entre el invierno y principios de la primavera. Consistía en cortar el estiércol que en la explotación se había acumulado, para después esparcirlo sobre la parcela que se hubiera decidido abonar, siempre una fracción de toda la que se fuera a cultivar, aquella en la que se juzgara que sería más útil invertir un recurso limitado no tanto por la cantidad de excremento de la que se pudiera disponer como por la extensión de las explotaciones. Del resto del abonado se encargaba el ganado estante en la explotación cuando aprovechaba los pastos espontáneos que crecieran en los lugares que luego serían elegidos para el barbecho y la siembra.

     La recolección era una faena que en algunos lugares llamaban agostos, mientras que para otros era la cogida. Su entidad era la recompensa al esfuerzo acumulado durante los dos años que consumían todos los trabajos que, según estos cánones, necesitaba cada  espacio cultivado. Cuanto más eficaces hubieran sido barbecho y siembra, tanto más se podían complicar los agostos, porque tanto mayor sería el volumen del producto.

     Se descomponía en cuatro tareas sucesivas, de las cuales la primera era la siega, que se ejecutaba durante el mes de junio. Consistía en cortar por la caña el cereal ya maduro. Para su ejecución, confiada a los mejores manipuladores de la hoz, se imponía la rapidez, urgidas las explotaciones por los vertiginosos cambios del clima que se sucedían entre fines de la primavera y comienzos del verano. Por eso era necesario disponer al mismo tiempo de importantes masas de trabajo, las más mayores del año.

     Según iba progresando la siega, debían hacerse las gavillas o racimos atados de las plantas de cereal ya segadas, con las que se formaban las unidades para el transporte del producto desde la besana, o parcela donde se hubiera cortado, hasta la era, un área de trabajo que tendría que formarse en un trozo de tierra accesible a la explotación y que  antes se habría limpiado y comprimido bien, incluso empedrado en algunos casos.

     Nada se puede afirmar de modo categórico sobre su localización, si cerca de los caseríos de las unidades de producción o de las poblaciones, aunque por razones de seguridad en la custodia del producto parezca lo regular lo segundo. No obstante, en 1750 había quien confesaba que en el cortijo que llevaba, cuando llegara el momento de segar, le sería necesario poner era. Porque también era costumbre hacer las eras, llegado el verano, en el ejido, un espacio comunal inmediato a las poblaciones; una manera de actuar que no excluía la posibilidad de que se actuara de manera similar en el ejido del cortijo, zona próxima a su caserío, residencia tanto de hombres como de animales, acotada como un corral.

     Cualquiera que fuese su localización, allí comenzaban las actividades paralelas a la siega conocidas entonces como trabajos de la era. De ellos el inmediato debía ser trillar. Consistía en extender sobre la superficie preparada el cereal maduro, el producto del trabajo de los segadores, para a continuación fracturar la espiga con el objetivo de que se desprendiera el grano. La separación la aseguraban las pisadas de los animales que en la era trabajaran, el trillo y, en las explotaciones más modestas, el mayal; porque, si el trillo era un instrumento elemental a propósito, aún más lo era el mayal. Junto a la era, por último, el producto de la trilla se aventaba, para separar el grano de los restos de paja que todavía se mezclaran con él.

     Los trabajos de la era ocupaban una buena cantidad de tiempo. En condiciones regulares, se prolongaban durante tres meses poco más o menos. En las grandes explotaciones, que aspiraban a determinar el comportamiento de los precios en el mercado de los cereales, se esforzaban por disponer del producto pronto, lo que no impedía que debieran prolongarlos, después de concluida la siega, durante los largos días del verano. La pequeña empresa no tenía inconveniente en acometer los trabajos posteriores a la siega en invierno, en los intervalos de trabajo impuestos por el calendario, siempre que dispusiera de almacenes para su mies.

     Los días que no se ocupaban en trabajos directos sobre el cultivo, bien porque fueran intercalares o porque el tiempo lo impidiera, se podían emplear en actividades paralelas; más aún en las casas agropecuarias, empresas complejas que, aunque daban preferencia al cultivo del trigo, acumulaban el de otras especies y el cuidado de los ganados de labor y de cría. Así, arreglar los arados, reparar la vivienda, restaurar y limpiar los establos, levantar cercas, hacer setos de zarzas, cañas o cambrones, valladares, zanjas, desviar arroyos, limpiar el cereal y las semillas, acarrear el grano al molino, acopiar leña, limpiar tinajas, trasegar vino, etcétera. Nada de esto era perentorio y todo podía ser útil.


No divago bastante

D. Ansón

Aníbal el inquilino abrió la cancela, el buzón, recogió la correspondencia del día y subió las escaleras. Lo del buzón era un hábito. No esperaba nada de él, aunque sí temía algo: la factura del suministro eléctrico. Tenía que llegar de un día a otro. Efectivamente, allí estaba.

     Abrió el sobre. Un escándalo. Nunca había alcanzado una cifra tan alta.

     Cenó y se acostó pronto. En la cama no dejaba de darle vueltas a los números que había visto en la factura. No dormía bien. A cada tanto despertaba y, de golpe, volvía la idea, violenta, ingrata. La factura tenía el tamaño de un mapa y colgaba de la pared. El oftalmólogo, con bata blanca, a su lado, le pedía que identificara uno por uno los números. Miraba alternativamente al oftalmólogo y a la cifra sin comprender. El oftalmólogo se excusaba y tomaba la puerta, y la cifra desaparecía sorbida por un agujero de la pared.

     Por la mañana, mientras se afeitaba, puso la radio. “Peligra el futuro de las pensiones.” “Llevo años trabajando. Si cuando me jubile no tengo ni para pagar la casa, no sé qué va a ser de mí. Si puedo disponer de un hogar es porque puedo pagar el alquiler. Si dejara de tener dinero, me quedaría en la calle. Horrible. Seguro que habrá un rincón en el que pueda encontrar sosiego y todo el tiempo del mundo para atender las escasas necesidades de mi escueta vida. Y si no lo hubiera, tampoco importaría demasiado. Antes llegaría el final que tiene que llegar. ”

     No había concluido el curso de sus ideas cuando el locutor afirmó: “La nueva guerra en el próximo oriente se cobra decenas de víctimas.” “Qué brutalidad. Otra vez personas inocentes muertas cada día. Sin tener la menor responsabilidad sobre los acontecimientos, sin que puedan hacer nada por detenerlos. Nunca habrá una injusticia mayor. La guerra es la mayor de las tragedias. Ante nada de lo que sea obra de las circunstancias se puede ser tan impotente. Tan imposible como es evitarlas, justo es huir de ellas. No hay otra solución. Si alguna vez fuera víctima de alguna, solo me preocuparía encontrar la puerta de salida cuanto antes, y del modo más ventajoso. Solo cabe confiar en que nada de esto ocurra. Saber que está sucediendo en otros lugares en nada contribuye a que pueda remediar la situación. Solo sirve para incentivar la industria del horror, que en parte fabrica armamento, en otra, noticias.”

     Antes de que pudiera dar por agotado el hilo de sus pensamientos, de nuevo el locutor lo cortó diciendo: “El papa, en una encíclica, aboga por el entendimiento entre las confesiones.” “Está bien. Nunca estará de más la tolerancia. Es bueno que haya quien se interese por acercar posiciones. Yo no tengo nada que ver con la confesión católica, ni con cualquiera de las otras. Es posible que para sus fieles su autoridad tenga gran valor. ¿Debe tenerla también para los demás? No más que la de cualquier hombre, siempre que se trate de asuntos de interés común. Si el problema es el entendimiento entre las confesiones, sus ideas pueden ser completamente gratuitas.”

     Ya en el autobús, una chica se sentó frente a él. No era muy alta, y de complexión frágil. “Qué perfil. ¿Por qué parpadeará tan despacio? Debe ser una criatura muy serena. Me recuerda una bailarina que vi hace años. Ni ella ni yo éramos ni siquiera adolescentes, y asistíamos a un banquete en el que sus padres y los míos, y todos nuestros tíos, vestían de etiqueta.” A punto estaba de reconstruir el salón donde se celebraba el encuentro cuando alguien que estaba de pie a su derecha, agarrado a la barra que colgaba del techo, comentó en voz alta: “Dos a cero. Una injusticia. El segundo, de penalti.” “Los árbitros también están corrompidos”, pensó Aníbal. “¿Cómo será que un deporte se convierte en parte de las vidas? Quizás sea por la violencia que administra. Los espectadores se identifican con los agresores. No está mal como liberación. Claro que tampoco estaría mal reconocerlo. Si se aceptara, tendría que contarse entre las conquistas de la civilización.”

     Cuando se bajó del autobús, reapareció la idea. “Puedo ahorrar si cada día prescindo de la estufa un par de horas. Eso sería reducir un tercio el consumo. También puedo comer más platos fríos. Así evitaría encender tanto la cocina, y seguro que consigo asimilar más vitaminas. La cocción las destruye.”

     Al pasar junto a un quiosco, desde la portada de los periódicos proclamaba el ministro de economía: “Las empresas han incrementado sus ventas un cinco por ciento durante el último mes.” “Eso es bueno. Para todos. Si venden más, necesitarán producir más, y más gente que trabaje. Me queda tan lejos el mundo de las empresas. Para mí, son entes que habitan en una formación gaseosa, por encima de nuestras cabezas, que las hace poco visibles y difíciles de alcanzar. No me pasa lo mismo cuando pienso en los empresarios. Seguro que habré conocido a alguno, a más de uno. Pero no he sabido distinguirlo de otros hombres. Solo soy capaz de representármelos en mi imaginación intrigantes, especuladores, y ambiciosos, poco honrados. Y nunca pienso en mi jefe como un empresario. No es ni un empresario ni un hombre. Es un déspota.”

     Durante la mañana, en el trabajo, tuvo ocasión de recuperar la imagen de la chica del perfil elegante. Le resultaba inevitable, volvía sola, sin que por eso se acumularan en su mesa más papeles. “Los papeles tienen su propia vida, y su manejo, para el que solo hace falta como mucho la mitad de la conciencia, es casi automático. Ahí sigue la instantánea. Tiene más fuerza de la que esperaba.”

     “Nos dejan sin puente”, oyó que comentaba uno de sus compañeros. “¡Cómo! No puede ser. Tenía previsto salir. Tendré que quedarme en casa, recluido con mis historias. Mi idea del tiempo se va diluyendo en beneficio de un continuo en el que cuando me instalo todo ocurre con la mayor armonía que conozco. Probablemente sea el resultado de la reducción de los hechos de mi vida. Cada vez son menos, cada vez, más sencillos. Esto los hace más accesibles, y reiterarlos más seguros. La serenidad que consigo me independiza de las horas, de los días de la semana. Solo su cómputo acumulado me obliga a reconocer que el tiempo va pasando sobre mí y a mi costa; que si es una idea, es de las que se pagan caras.”

     Todo fue salir a comer para que volviera, con una brutalidad seca, como un puñetazo, lo que debía pagar a la compañía eléctrica. “Podría hacer menos vida nocturna. Todos los días me quedo dormido ante la televisión, sin apagar la lámpara y con la estufa encendida. Si me fuera antes a la cama, saldría además ganando en descanso.”

     Con tan prometedoras ideas entró en el bar. Desde la televisión una noticia de urgencia había silenciado a los clientes. “Por el momento, se eleva a más de una decena las víctimas del atentado. Se teme que el número se incremente en el transcurso de las próximas horas.”

     Fue suficiente para que desaparecieran sus planes sobre el consumo eléctrico, y en su lugar se impusieran afirmaciones solemnes. “No es justo. Los tribunales tendrían que actuar con la mayor severidad frente a quienes cometen semejantes barbaridades. No hay conflicto en el que una parte, si es la más débil, no sea acusada de saboteadora. Si fracasa, su recuerdo, que solo puede mantenerse si se escribe, la condenará por los siglos. Si triunfa, sus promotores ganarán el grado de fundadores del nuevo orden. A la inversa, no hay quien no pretenda imponer sus decisiones sirviéndose de la coacción, siempre en algún grado violenta. Solo las víctimas, en cualquiera de los casos, parece difícil justificarlas con algún argumento. En la antigüedad, a los que sobraban, porque no había alimento que darles, se les expulsaba. Eran ofrendados en el altar dedicado a la salvación de los que sí podían comer. A falta de argumentos, lo justificaban con una consagración ritual.”

     Por la noche, al llegar a casa, conectó la radio, mientras todavía lamentaba que la chica del perfil seductor no hiciera la vuelta en el mismo autobús que él. “¿A qué hora volverá? Es posible que haga el trayecto de vuelta a pie. De lo contrario, alguna vez tendría que haber coincidido con ella.” Una tertulia de los líderes de opinión especulaba sobre la acción futura de los partidos del arco parlamentario. “Los conservadores ganarán las elecciones y restringirán el gasto público, y se incrementará la pobreza”, auguraba un cenizo que pretendía argumentar en favor de las políticas humanitarias. “Si la izquierda consiguiera mayoría, se dispararía el presupuesto, sería necesario incrementar los impuestos y la economía padecería una brutal recesión”, amenazaba un agitador de fantasmas que pasaba por ser el analista más serio, incapaz de ocultar a sus fieles oyentes las más crudas verdades. “El voto es una responsabilidad que no se debe rehuir. Hay que votar y hacerlo con meditación, calibrando bien las consecuencias que puede tener una decisión de tanta trascendencia. Me angustia tener que representarme un futuro lleno de amenazas. ¿Es que de verdad tengo que pensar en el futuro? Si por más que me preocupo por el porvenir todos los días empiezo en el mismo lugar que el día anterior.”

     Pasó Aníbal otra madrugada inquieta. El recibo de la luz y la chica de perfil atractivo aparecían y desaparecían, a veces solos, con una fuerza que se imponía sobre las demás imágenes, a veces confundidos, mezclados con la guerra en el oriente próximo, el pago de las pensiones y el papa, que estaba descalzo y se remangaba el hábito blanco para huir de los proyectiles que le disparaban francotiradores orientales, mientras le preguntaba al ministro de hacienda, que corría a su lado, de qué confesión era, a lo que este respondía: “Errabundo.”

     “¿A mí qué me importa lo que diga el papa, qué responsabilidad tengo sobre lo que ocurre en el próximo oriente? ¿Por qué la radio, la televisión, los periódicos estarán empeñados en cortar una vez y otra el curso de las ideas? Incurren en una intromisión brutal e innombrable, violan la más recóndita y sagrada intimidad, no me dejan divagar lo suficiente. A mí lo que de verdad me preocupa es el recibo de la luz y la chica del perfil seductor”, se dijo frente al espejo a la mañana siguiente.

     “La luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su pérdida de peso”, escribió por la tarde, ya de vuelta del trabajo, en su revista virtual, que tenía escasos visitantes, sin esperanza de que tuviera lector alguno, más por sarcasmo que por venganza.

     Le sorprendió oír algunas mañanas después, en el primer boletín de la radio: “Expertos pronostican que la luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su peso.” No era posible. ¿Habría acertado?

     Al bajar del autobús, en el quiosco que encontraba de camino a su trabajo, un par de periódicos, cada uno de los cuales citaba como fuente una agencia de noticias distinta, se hacían eco de la misma noticia, y en unos términos casi iguales a los que había oído en la radio.

     Para salir de dudas, aquella tarde repitió la experiencia. “Es posible que los cauces fluviales de la cuenca del Mediterráneo se evaporen”, escribió con plena conciencia de que su afirmación era insostenible. Por la noche, al volver del trabajo y conectar la radio, una tertulia de expertos especulaba. “La cuenca del Mediterráneo lleva siglos sufriendo un deterioro galopante. Ha llegado el momento de su crisis, previsible por otra parte. Su futuro está en entredicho. El presente estado de cosas es insostenible. Todo dependerá de que la crisis finalmente pueda ser reversible.”

     Cuando comprobó que sus infundios eran reproducidos, y repetidos una y cien veces, como conocía su procedencia, se dedicó a fantasear sin obstáculos con el recibo de la luz y la chica del perfil único. “Con la factura del suministro eléctrico voy a hacer un barco. No sé si de una o de dos carteras. Bueno, es lo bastante grande como para que el barco tenga dos carteras. También podría hacer una pajarita. Pero cuesta más, y casi nunca me salen bien. Además, el barco tiene la ventaja de que navega. Puedo buscar una corriente que lo desplace a gran velocidad, y desearle buen viaje. ¿Y si cargara en él al ministro de hacienda, al secretario de estado norteamericano y a los líderes de opinión; al papa, que es un peregrino, no. También podría encender la chimenea con ella. No estaría mal convertir la electricidad en humo. Podría invitar a mi casa a la chica del perfil único. `Permítame que le moleste. No me importaría compartir con usted la vida. Durante las crudas madrugadas de invierno podríamos darnos calor mutuamente´.”


Tres contratos de trabajo

Alain Marinetti, becario

No es frecuente encontrar en el protocolo notarial, para mediados del siglo dieciocho, el documento llamado destajo, contrato entre un labrador y una cuadrilla de segadores. Los informes siguientes proceden de los tres que hemos podido identificar en una colección de esta clase, correspondiente a un municipio del suroeste, tras un rastreo limitado a la década cuyo año central fue 1750.

      Se ha naturalizado la idea de que las cuadrillas de segadores al final de la época moderna eran forasteras. Las procedencias de las tres, que se conocen positivamente, la corrigen. Una es íntegramente local. En su nombre comparecen al contrato su manijero, que es el hombre que la encabeza y dirige, y once hombres, casi toda la cuadrilla. (De ningún modo la dirección de cada cuadrilla puede justificarse por su alfabetización. Solo se tiene constancia de que supiera firmar uno de los manijeros. De los que actuaron en nombre de la cuadrilla más numerosa además se sabe positivamente que no firmaron porque no sabían.) Otra procede de una población inmediata, a solo diez kilómetros de distancia del lugar donde debía realizar su trabajo. Por ella se comprometen cinco de sus miembros, que actúan en nombre de los demás. Quienes obligan a la tercera, que son solo dos personas, el manijero y otro hombre, son vecinos de Azuaga, al sureste de Extremadura. De al menos otros dieciséis miembros de ella, de los que sus responsables dicen que por su cuenta los buscarían más adelante, no se puede tener la certeza de que tengan la misma procedencia.

     La residencia de quienes firman los contratos en representación de todos completa en un sentido semejante la impresión sobre la frecuencia y el alcance de los movimientos migratorios que originan. Tal como era previsible, los primeros son vecinos de la población donde van a trabajar, como todos los miembros de la cuadrilla, y tanto los naturales próximos como los dos extremeños residen en la población de sus compromisos en el momento de comprometerse.

     El movimiento migratorio de mayor alcance pudo ser el desencadenado por las fechas comprometidas para realizar los trabajos. La cuadrilla más numerosa, que tenía que salir de la población próxima, se comprometió a acudir a segar cuando la llamaran. También los responsables de la extremeña firmaron que empezarían a trabajar cuando se les avisara. Mientras, la cuadrilla local no creyó necesario hacer ninguna precisión en este sentido, tal vez porque a causa del valor nulo de su movimiento previsto le pareciera una obviedad.

     Quizás tengan también algún significado para interpretar las posibilidades de los movimientos migratorios de la siega los adelantos o bonetes que se acuerdan. En el momento de cerrar su compromiso, a los extremeños que formarían una cuadrilla el labrador que los contrataba les dio 75 reales, a cuenta de lo que hubieran de ganar. La cuadrilla próxima, la más numerosa, recibió por adelantado nada menos que 1.200 reales. Al contrario, de la cuadrilla local no consta que percibiera adelanto alguno.

     En el primer caso, el adelanto parece una forma de asegurarse el trabajo. En el otro se podría interpretar que el labrador desea asegurarse los buenos segadores. Pero cualquiera de las dos evidencias positivas podría justificarse como una manera de hacer frente a los gastos del traslado hasta el lugar donde habría que cumplir con lo acordado y de la manutención durante el trayecto.

     La fecha de los contratos, sin embargo, no parecen ir en el mismo sentido. Osciló entre tercera semana de marzo y tercera semana de mayo. Dos meses de diferencia parece demasiado tiempo para solo tres casos. El exceso permite relacionar el momento de los acuerdos con la velocidad prevista para la maduración del fruto, distinta de una campaña a otra, incluso de una explotación a otra, según hubieran actuado los elementos del clima.

     Los contratantes fueron un monasterio, que explotaba uno de los cortijos de la población. Los otros dos eran labradores civiles igualmente a cargo de grandes explotaciones del mismo lugar. Se podría partir del axioma de que el tamaño de las cuadrillas que contrataron oscilaría en función de la extensión de la labor que cada uno tuviera. Pero se correría el riesgo de ocupar una posición inconveniente. Más correcto sería decir que variaría en función de las besanas -unidades de espacio en origen definidas por un mismo sentido de sus surcos- que tuviera capacidad de abarcar cada cuadrilla. Porque las grandes explotaciones solían contratar decenas de aquellos grupos de hombres. Preferían que fuera posible trabajar simultáneamente todo su espacio cultivado. En la siega se imponía la economía de tiempo para evitar en lo posible las adversidades del clima que pudieran sobrevenir.

     La cuadrilla local tenía dieciocho hombres, la extremeña esperaba sumar veintiuno y la que debía partir de la población vecina, treinta y nueve. En las dos ya cerradas, sus representantes ponen cuidado en identificar a sus miembros como buenos segadores. En la menos numerosa, los buenos segadores son catorce, y de los otros cuatro dos eran atadores, que se encargaban de hacer las gavillas, unidades de transporte de la mies hasta la era, y los otros dos zagales, adolescentes o jóvenes cuyo trabajo más importante sería el acarreo del agua hasta el área de la besana en la que en cada momento se estuviera segando. Los que esperaban formar una cuadrilla de veintiuno reservarían tres plazas para atadores. La más numerosa, a cuyos miembros sus representantes solo se refieren como compañeros, y entre los cuales no se hace ninguna distinción jerárquica o de especialidad, parece regida por un principio de solidaridad abnegada.

     El objeto del contrato se podía identificar de la manera más resumida como segar el destajo de un cortijo o el destajo de una sementera. Destajo por tanto habría llegado a ser sinónimo del trabajo de siega. También los responsables de las cuadrillas podían decir que tomaban a su cargo para segarla toda la sementera de trigo y cebada de un cortijo. Con más precisión aún, se podía decir que se trataba de segar la sementera de trigo y cebada que aquel año tenía el contratante en uno de los cortijos de la población. Entonces se acostumbraba que el grueso de las tierras que se sembraban en otoño fueran ocupadas por cebada y sobre todo trigo, en proporciones variables que con seguridad superaban los tres cuartos.

     La cuadrilla más numerosa también se comprometió a hacer buen rastrojo, recogiendo granos, alzando y levantando camas, sin causar en parte alguna perjuicio ni daño. La local se comprometió a segar llevando bien recogida la espiga y la paja, atando bien los haces, llevándolos los gavilleros derechos, y a levantar todas las mañanas las camas, según uso y estilo de esta tierra. Y la dirigida por los extremeños a que, una vez empezado el trabajo, no saldrían de él hasta haberlo terminado.

     En dos de los tres casos se menciona que la unidad de medida del trabajo era el cahíz, y en uno de ellos se especifica que el cahíz del que se habla es el de doce fanegas. Aquella manera se expresarse se presta a equívocos, porque el cahíz, que habitualmente se interpreta como una medida de capacidad, también puede ser una medida de superficie. Sin embargo, no es probable que sea el de capacidad, porque para calcular los resultados del trabajo de los segadores sería necesario esperar a la trilla, una operación posterior que se podía prolongar durante semanas.

     El trabajo de las cuadrillas se pagaba con dinero y con los denominados adherentes. La local admitía que el precio del cahíz de doce fanegas incluiría los maravedíes y las adehalas, nombre que en su documento era intercambiable con el de adherentes. Por lo que se refería al dinero, los que trabajarían para el monasterio, la cuadrilla más numerosa, acordaron que el precio de cada cahíz fuera conforme al que pagara el colegio de los jesuitas. Los otros cobrarían por cada cahíz segado lo que pagaran otros labradores. Unos se remitieron al nombre de dos, asimismo de la población, a los que tomarían como  referencia. Los extremeños admitieron las condiciones a las que se atuvieran otros tres labradores del mismo lugar. Prefirieron elegir como pauta tres porque, si fueran distintos entre sí, podrían atenerse al del medio. Pero cualquiera de estas decisiones, al actuar de aquella manera, reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo.

     En cuanto a los adherentes, la cuadrilla mayor, que tan igualitaria parecía, se mostró rigurosa. Cuando llegó el momento de acordar su tarifa, para el cuerpo solidario fueron incontenibles las especializaciones y sus jerarquías. Por cada cahíz -cada cahíz segado, según nuestra interpretación- cada segador cobraría como adherentes seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite. Pero los atadores y los zagales como adherentes percibirían la mitad. (Seis arrobas de pan era una cantidad seria. Equivalen a 150 libras. Si damos por bueno que un hombre en la plenitud de sus fuerzas, mientras estaba empleado, admitiera como tarifa diaria de su remuneración en pan una libra, que era algo menos de medio kilo, se puede estimar que aquella cuadrilla tendría previsto emplear entre tres y cuatro días en segar cada cahíz.) Las otras dos, por lo que se refería a los adherentes, asimismo se atendrían: una, a lo que por cada cahíz segado pagaran los dos labradores de referencia; la otra, las mismas a las que se atuvieran sus tres labradores designados y con la misma salvedad, que si estos tres fueran distintos entre sí se atendrían al del medio. La local, en cuanto a atadores y zagales admitiría la misma referencia.

     Una cláusula de garantías preservaba el cumplimiento del contrato. Su inclusión pudo ser inexcusable cuando se daban adelantos, aunque en el único caso que se escribe es justo en el que no consta que hubiera adelanto. Si la siega no se hiciera tal como se había acordado, y al labrador que los contrataba le resultara algún daño, expertos designados para el caso los tasarían y quienes no hubieran cumplido con lo acordado tendrían que correr con los gastos ocasionados.

     Pero, al otro lado del acuerdo, no había cláusulas de garantía que evitaran su fragilidad. Cuando llegó el momento de firmar el contrato previsto con la cuadrilla local, finalmente las partes no se pusieron de acuerdo. Sobre las causas de la poca fuerza de lo acordado antes dan algunas pistas las negociaciones entre el monasterio contratante y la cuadrilla más numerosa.

     Un par de semanas después de cerrar el acuerdo, ya en mayo, el monje responsable del monasterio declaró que cuando había llegado al compromiso precedente estaba enfermo en cama, y tenía algo perturbadas las facultades del entendimiento natural. En donde decía mitad de zagales y atadores, aclaró, tendría que añadir si el colegio así lo pagara. Para que la especificación del monasterio tuviera efecto, fue necesario añadirla al acuerdo que se había firmado. En aquel momento no estaban presentes los segadores.

     La cédula que encargó la redacción del destajo, en este caso enviada por el monasterio ordenante al escribano, también se ha conservado. Es un documento informal que solía preceder a cualquiera de las actuaciones documentales, en el que se resumía el contenido de los acuerdos. Deja en evidencia el comportamiento unilateral del monasterio. En ella literalmente consta que a los segadores se les darían de adherentes por cada cahíz seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite; y a los zagales y atadores, la mitad, sin más precisiones.

     La fragilidad de los contratos podría adjudicarse al exceso de cuadrillas que ofrecieran sus trabajos al mismo tiempo.