Tránsito ordenado
Publicado: noviembre 25, 2016 Archivado en: Marino Allende | Tags: historias Deja un comentarioMarino Allende
M. D. recibió la noticia con calma. Donde estaba confinado ofrecen a los reos, en las horas precedentes al desenlace, consuelo espiritual. Parten de una creencia, que la conversación trascendente los reconforta, algo que los empiristas que se han interesado por estos momentos, tan cargados de tensión, aún no dan por demostrado. Nada hasta aquí ha probado que el caos en el que se bate el tránsito, interferido por los informes negativos que los sentidos insisten en mandar, se remanse por efecto de una plática. No son muy distintos a los que sobrecogen a los atletas que combaten los rápidos de los ríos, quienes, apenas piensan que la embarcación puede darse la vuelta, y ellos quedar bajo el agua, en posición invertida, porque van sujetos a la canoa de tal manera que no pueden desembarazarse de ella, atrapados en una naturaleza aviesa, como el anfibio más torpe, son presas de un vértigo desordenado que los anula como prolongación de un sistema motriz, lastrados por su mitad inerte. Por desgracia, también ocurre a las sirenas cuando encallan en un litoral, donde quedan reducidas a humanas y pueden ahogarse.
Por principio, se la confían a un resignado sacerdote, hombre que prefiere vestirse con severidad, del mejor negro premonitorio del que disponga el sastre, pensando en sí mismo, consciente de lo que le falta. El clérigo, llevado por sus puras intenciones, se esfuerza en prefigurar los beneficios que encontrarán los convictos al otro lado de la muerte, con la misma seguridad que el cómplice de una conspiración, quien siempre habla convencido de que los conjurados pueden conseguir un suculento botín a poco que un golpe de suerte les favorezca. Les garantiza que a cambio de la amarga experiencia algo habrán de encontrar.
Cuando no sea posible recurrir al lenguaje articulado, porque el reo prescinda de él, puede que la perplejidad se apodere de quienes deben supervisar aquellos momentos. Porque también entre los reos los hay que han desistido del uso de la palabra y se abstraen tras la más impenetrable de las sorderas, absortos por sus reflexiones, por las imágenes precursoras del final que les aguarda. Es raro el sacerdote, cualquiera que sea su confesión, que domina el morse de los sordomudos. El común, hombre de sosegada paz, más bien es elocuente y dado al sermón y la palabra divina. Por esta causa a los reos sordomudos, que aparentan el mismo hermetismo que los más intolerantes y ensimismados agnósticos, no les queda más solución que procurarse la sedación del tránsito acogidos al silencio. Por sus reacciones se sospecha que la privación de la bendita palabra los lleva a transitar durante el tiempo postrero entre insultos, deshaciéndose en improperios procaces y tan brutales que, por su torva naturaleza, no está al alcance de los textos reproducirlos, porque no es cierto que las lenguas estén capacitadas para enfrentarse a cualquier enemigo, dar la batalla con garantías de victoria frente a los peores adversarios. La barrera de la repugnancia repele lo que puede existir como idea, en el desierto del silencio, nunca como una expresión; aunque a quien los transcriba no le tiemble el pulso, en vista de lo que juzgan una inconsecuencia. Padecen torturados por la intuición de un futuro que niega lo que el discurso de aquel santo varón podría patrocinarles a poco que oyeran.
Mucho más ingobernables son los reos más locuaces, dispuestos a contender con los encargados de proporcionarles la paz espiritual, y no son pocos los que se rebelan ante ellos proponiéndoles, si tan convencidos están de las recompensas que de la muerte es posible detraer, un feliz intercambio de papeles, que a los castos varones que consagran sus vidas al sacerdocio les podría habilitar el más allá del que están tan seguros y al reo garantizarle una gozosa condena a la existencia, colmada de carne y vino, alimentos imprescindibles que aquellos tan bien conocen. Se corre el peligro de que convictos de militancia laicista, severos e intolerantes, se ensañen con el clérigo que los reconforta, le recriminen que no paga impuestos, que se beneficia de unos ingresos que legítimamente no le pertenecen, e intenten adoctrinar con ideas derrotadas por la razón a las generaciones más recientes de los descendientes de la tribu de Leví.
Muchos creen que es preferible mantener aislado al reo, evitar que tenga comunicación con alguien durante las horas inmediatas a la ejecución. Los que aplican este principio de la manera más radical hasta niegan el contacto con los vigilantes, que les den comida alguna, que les faciliten agua en los momentos que la necesiten porque ya la lengua se les adhiera al paladar. Quizás lo juzguen severo. Al contrario, las opiniones más autorizadas lo valoran como una experiencia ascética, bienaventuranza que puede trasladar a quien se ve sometido a sus rigores a visiones tan ajenas al mundo de los vivos que pueden convertirse en el mejor aliado para facilitar la mejor de las transiciones. Ni comunicación, ni pan, ni agua. Pueden ser las más depuradas negaciones para llegar al trato adecuado de quienes han de someterse a una experiencia singular.
Cuando hay que consumar la sentencia, el trayecto hasta el lugar de ejecución sus responsables lo dejan expedito. Si es un pasillo en silencio, una cadena de celdas pobladas por convictos, y no una frágil tienda de campaña en la que el reo hubiera sido recluido, bajo severa vigilancia, a la espera del momento de la consumación, prefieren confiarlo al silencio y la soledad. Ningún obstáculo debe interponerse entre el reo y el lugar donde deba ser ejecutado, para que su recogimiento alcance el grado más alto.
Hay centros penitenciarios que para aplicar la sentencia a muerte del condenado recurren a afeitarle la cabeza. Se hacen con los mejores medios que la mecánica robotizada ha puesto a su alcance. Actualmente están en activo ingenios capaces para ejecutar el rasurado del rostro por enemistad biológica con los cañones de la barba, inscrita en atavismos genéticos que aún escapan a los analistas. Quien circule ante una peluquería decorada con imágenes de varones con largas barbas, establecimientos equipados con los mejores medios, debe permanecer en guardia. Desde el interior, activando el mecanismo de apertura de la puerta, pueden asaltarle navajas barberas inteligentes. Jamás nadie puso en duda la inteligencia de barbero alguno, las ideas que provoca el fluido acelerado de la sangre a su cerebro mientras maneja una navaja de afeitar frente a la yugular de un parroquiano. Las navajas inteligentes, programadas por ellos mismos, a partir de estas experiencias, tienen previsto el procedimiento de recepción de la sangre que puede derramar cualquier desliz provocado por la atravesada idea que se cruce por la cabeza del barbero, aun en contra de su voluntad.
Pero el hábito de afeitar la cabeza al reo es anterior a la innovación de las navajas inteligentes. Se impuso cuando se extendió el uso de la silla eléctrica. La acción directa de los electrodos sobre un cuero cabelludo sin pelos garantiza que toda la descarga será absorbida por el cuerpo del convicto, como las vitaminas que se administran en ayunas. Aún hoy la costumbre se mantiene, parece que con justificación sobrada. Un pelo que se atraviese en el camino de la muerte puede bastar para que desvíe su curso, estando este justificado por sentencia firme.
Pero puede que el reo manifieste, como última voluntad, que prefiere morir con todos sus pelos, y hasta se resista a renunciar a ellos. En ese caso, será necesario optar por consentírselo, aunque sin renunciar a la conciencia de los efectos adversos que la condescendencia puede tener.
Para evitar las interferencias no deseadas, no siempre es necesario servirse del barbero. Puede abogar en favor de las decisiones más acertadas que el reo ya hubiera adquirido el hábito de rasurarse la cabeza. A muchos hombres les parece hermosa la exhibición de su cabeza desnuda. Así como los antiguos se ufanaban de sus cabelleras, manifestación de juventud y fuerza, ahora muchos prefieren, antes que confesar la decadencia de su vigor, hacer ostentación de sus dotes viriles invirtiendo los términos. Comportándose de este modo han pervertido una creencia común, que los hombres que menos pelo tienen en la cabeza son los que más vello acumulan en su torso, pubis incluido, tal como los seres más primitivos de las tribus antiguas, reputados los más aptos para erigir y procrear valiéndose de su potencia porque para ello habrían sido elegidos por la naturaleza, que de este modo les entregaba su signo. Su error proviene de que la raza de los sátiros, a la que pretenden equipararse, actuó como una reserva de sementales que corrió con la responsabilidad de colonizar las tierras que bañaba el Mar Exterior, un territorio ajeno a nuestro mundo, al margen de la práctica de la pena de muerte civilizada.
Pero también la actuación más expeditiva puede favorecerla una calvicie consolidada, desde hace tiempo conocida por todos. Evita disensiones que podrían parecer frívolas en momentos de tanta importancia. Si el disimulo de la calvicie viniera a coincidir con el hábito de rasurarse la cabeza, se puede decir que la ejecución de la sentencia ha sido bendecida por la naturaleza, que ampara tanto los consecuencias que escapan a la voluntad humana como las que creen justificarse como decisiones libres y emancipadoras. Se conocen casos en los que, habiendo el hombre nacido pelirrojo, el furor de su aspecto fue arrasado en poco tiempo por una inclemente pérdida de todo el cabello, en paralelo a su renuncia al radicalismo.
Quienes supervisan las últimas horas en el centro penitenciario también se mantienen en guardia frente al llanto. Como reconocidos expertos en lágrimas se han curtido no tanto durante su formación como a lo largo de su experiencia. Permanecen alerta frente a la posibilidad de juzgarlo una prueba de la contrición. El llanto es más placer que pesar, y el mejor es hijo de la emoción, nunca de la pena. Los cocodrilos lloran mientras devoran a sus víctimas, las viudas enjugan sus lágrimas cuando el cuerpo consorte por fin está descendiendo a la tumba, cavada para acercar el ataúd a los infiernos. Así que si un reo suplica, según van transcurriendo las horas previas al desenlace, vertiendo lágrimas, es probable que persiga concederse el placer de embaucar a sus ejecutores. Más aún, si derrama algunas lágrimas, es que ya tiene la certeza de que lo ha embaucado. Nunca no hay oportunidad para el placer, hasta en los estados más desasosegados o en las circunstancias menos propicias. Hasta es probable que haya calculado que por su gracia pueda hacerse acreedor al indulto. Porque el llanto facilita que las imposturas que se verbalizan entrecortando las palabras sean admitidas como una evocación veraz, por ejemplo de la familia más querida, que ya no se verá más, de las fatalidades a las que el reo debió enfrentarse durante su infancia, condenada por unos padres desnaturalizados, de los obstáculos que desviaron su vida por el camino donde solo la compañía de los seres más corrompidos podía encontrar.
Arrodillarse al mismo tiempo puede no ser una comedia, pero despierta sospechas cuando el reo ha sido persistentemente histriónico. Si en más de una ocasión, valiéndose de buenas palabras, tejió una red con la que envolver a su interlocutor, su sentencia tendrá que reconocer que actuó sirviéndose de las artes que la comedia tiene prohibidas. Puede probarse que defraudó la predisposición en su favor. Suplicar humillándose es una de las más refinadas astucias. A ella recurren quienes han llegado a desviar por el circuito de su conciencia el control de cada músculo de su rostro, una destreza que solo queda al alcance de quienes están habituados a las actuaciones dramáticas frente a los públicos pasivos. Es un arma de doble filo, expuesta a riesgos. Pero cobra buenas presas. Si alguna vez un reo, conocido el alcance de este recurso, lo utilizare, quienes hayan recibido el encargo de cumplir con la sentencia lo neutralizarán con decisiones que para él podrán pasar desapercibidas.
La indumentaria, en todas las circunstancias, es la máscara que sin embargo fija la retina de los semejantes, la que antes puede facilitar un juicio de su parte, acertado o no. Trasciende hasta la muerte cobijada en el sarcófago protector. Cualquiera sabe que del reo, en el futuro, cuando de él solo quede la memoria, buena parte de sus fragmentos, para que a él la posteridad lo reconstruya, serán el fruto de aquellas instantáneas fosilizadas, y una y cien veces recordadas, de las que el peinado, si estaba rasurado o no, su estatura, y más aún el traje que vestía, los zapatos, si llevaba o no corbata, serán las piezas que lo harán otra vez una parte de la vida. Si alguien, tras haber sido citado antes los tribunales, en más de una ocasión, persiste en presentarse ante sus jueces con indumentaria insignificante ha renunciado a ser recordado. Si, por el contrario, mirando cara a cara a los arrogantes magistrados, recurre a presentarse ante ellos con ropas excéntricas, como de payaso, al escándalo delega su rebeldía. Las que causan mejor efecto son las que asemejan tipos cuyos comportamientos parecen previsibles, y que por tanto fácilmente se pueden contradecir, para sorprender y atraer la atención, si se modifica el lugar donde la indumentaria suele ser habitual, o el momento, la oportunidad en la que debe ser utilizada o las actitudes que debe adoptar quien las lleva.
Reclutar el pelotón para un fusilamiento, cualesquiera que sean los preparativos que se hayan hecho, los pronósticos o las coacciones prospectivas del reo, puede ser más fácil que comer sentado. Todo depende de quién sea el protagonista. Los hay tan señalados que los voluntarios acuden en masa, incapaces para negarse el deber que les aguarda en el momento de apretar el gatillo. El capitán al mando de un pelotón de fusilamiento está capacitado por el código de la justicia más severa para dar órdenes precisas sobre el punto al que debe ser dirigidos los disparos. De antemano, el mismo código concede que la muerte puede ser infligida en el lugar que cada uno crea oportuna, causando el daño que antes haya previsto por cuenta propia. Puede haber entre los voluntarios del pelotón quienes prefieran disparar sobre el estómago, para matar el gusano, otros sobre la cabeza, para acabar de una vez con las ideas crueles. La mayor parte de las opiniones registradas expresan como blanco preferente alguno de los pulmones, aunque las preferencias las comparten, prácticamente en pie de igualdad, izquierdo y derecho.
Mas una viciada costumbre se ha extendido. Afecta a los proyectiles que a los soldados designados para el fusilamiento les entregan. La mitad son de fogueo, y ninguno de ellos sabe la carga efectiva del que le ha sido entregado. Es un sentido moral desorientado el que ha convertido esta manera de actuar en algo correcto. Nadie descarga su responsabilidad sobre el disparo que haga porque antes se haya convencido de que su cartucho contenía un proyectil.
Entregar el cuerpo del reo a quienes se hagan cargo de él no es potestativo. Las autoridades están sujetas a la voluntad de los allegados. Si hay quienes muestran interés por hacerse responsables de los actos de piedad póstumos, y acreditan sus vínculos con el ejecutado, las autoridades están en la obligación de entregarles el cuerpo para que con él cumplan los ritos que sus estados, sus convicciones o los deseos expresados por el finado, cuando aún dispusiera de sus actos, marquen. Quienes aspiren a interpretar el papel de deudos deben gestionarlo con antelación suficiente.
Supongamos alguien que desee averiguar, mediante la disección del cuerpo, dónde estaba la causa de, por ejemplo, tanta estupidez, si en el plexo solar o en el bulbo raquídeo. Deseará que se le descuartice, que sobre la losa del instituto anatómico sean separadas las vísceras y luego examinadas, sometidas en el laboratorio a reacciones que detecten qué sustancias destilaba cada parte, cómo de la combinación de secreciones pudo resultar un producto tan sumamente corrosivo e incivil, incapaz de una amistad sincera, de un gesto de cariño; cómo pudo estar tan corroído por la imbecilidad como para ser incapaz de en algún momento, aunque fuera por descuido, echar una mano bondadosamente, prestarse con alguna naturalidad a reconocer sus defectos. Quien tenga estas aspiraciones debe adelantarse a los deudos que demuestren el mejor grado de parentesco, porque, en caso de que no medie solicitud positiva, se hacen acreedores naturales a disponer del cuerpo. Aunque tampoco hay que excluir que entre ellos haya quienes deseen proceder del modo forense, porque es más frecuente que dentro de las familias sean conocidas las peores desviaciones de los comportamientos, que tanto satisfacen a quienes abnegados a ellas se entregan.
Las leyes tienen establecido que, si alguien, independientemente del grado de parentesco o de la relación que haya mantenido con un convicto, desea disponer de su cuerpo, una vez ejecutada la sentencia, puede solicitarlo y obtener el reconocimiento a su derecho a poco que exponga las agresiones de las que pudo ser víctima, las insensateces que tuvo que soportarle, los sarcasmos con los que pretendió humillarle, las aceradas palabras con las que le abrió las entrañas sin que pudiera replicarle en términos suficientes para contener toda la venganza de la que se había hecho acreedor. De lo contrario, el cuerpo es entregado al depósito de los cadáveres, sobre los que quienes aprenden la medicina se inician en las prácticas cisorias. Ha ocurrido en épocas que el cúmulo de cuerpos almacenados por esta causa, vertiente de los enfrentamientos, así cívicos como bélicos, ha sido tanta que el número de los que llegan a las mesas de las prácticas es solo una parte de los que se amontonan en los patios del depósito. La consecuencia es que aquellos que no tiene la fortuna de ser descuartizados terminan en el osario común de un cementerio cualquiera. Tal puede ocurrir con un fusilado, sobre cuya causa de muerte no quedan dudas. Al contrario, es mucho más reconfortante que quien ha cumplido con todas las decisiones que su aguda piedad le exigía, pueda por último completar su obra con un epitafio. Por ejemplo: Este cuerpo desmembrado entregamos a la tierra con la esperanza de que permanezca incorrupto, para que en él indefinidamente se prolonguen los padecimientos de la corrosión de la carne. STTL, M. D.
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