Las teorías de Osborne
Publicado: noviembre 4, 2016 Archivado en: C. Baines | Tags: historias Deja un comentarioC. Baines
Caminaba esta mañana Osborne por la acera, las manos en los bolsillos, la mirada dirigida al pavimento. No hacía caso a transeúntes, ni árboles, ni semáforos, ni señales de tráfico, con grave riesgo para su cabeza, para su integridad si se decidiera a cruzar la calle. Quienes lo conocemos estamos convencidos de que cuando se comporta así está dedicado a elegir palabras con las que construir frases axiomáticas, aptas para sintetizar y a la vez expresar con precisión su pensamiento.
Por su sonrisa, podía sospechar que se había entregado a las de su peculiar ensoñación, aunque nunca ninguno de nosotros le ha oído encomiar a mujer alguna. Pero por sus lecciones hemos aprendido en cuál de ellas piensa. La llama la mujer para ser amada. Parte del principio del deseo, que le parece incontestable, del que ninguna está dispuesta a prescindir. Buena parte, para buena parte de los hombres, se concentra en apelar a él. Son las mujeres para ser deseadas, algo que considera epidérmico y demasiado evidente. Las mujeres para ser amadas, mientras no se puede saber más de ellas, son menos visibles, de complexión ligera, de no demasiada estatura. No se esfuerzan en cruzar miradas, ni rechazan su intercambio saludable.
Pero no, no iba pensando en la mujer para ser amada. Pasó a su lado, en la dirección opuesta, casi rozándole, una de las que probablemente satisfarían sus aspiraciones, o al menos atraerían su atención. Siguió adelante con la mirada baja, sin la menor alteración, indiferente a su paso.
He creído entonces que estaría entregado a sus planes. Hace un par de días le he oído decir que disponía por fin de algún remanente y que estaba dispuesto a renovar el mobiliario del Departamento. No es que las sillas de la biblioteca estén desvencijadas. Pero han sufrido ya demasiadas reparaciones parciales, tantas que las hacen vulnerables por los flancos más imprevistos. Para el menos atento se verifican las supervivientes de más de dos y más de tres remesas, la más reciente decidida en fechas lejanas, tanto como unas de otras. También una parte de las estanterías están vencidas por el peso, a causa de los materiales con que debieron improvisarlas. La urgencia por almacenar intercambios y donaciones, en cantidad incontenible durante los años de bonanza, las impuso sin mayor reflexión.
El enorme escaparte de una tienda de muebles, especializada en módulos funcionales y a medida, quedó a su izquierda sin que se dignara girar la cabeza.
Tal vez sea la jubilación lo que concentra sus reflexiones, pensé, un poderoso atractivo al que se orienta sin recato, sin ocultar cada vez más su afán por alcanzarlo. De ningún modo cree que despedir a alguien, una vez agotada su edad, sea dilapidar el saber acumulado, que el pretendido derroche vaya en detrimento de las generaciones que se van incorporando a la vida activa. Nunca ha cometido el error de pensar que posee saberes que en algún sentido sean exclusivos, preciosos, cuya transmisión hubiera que garantizar. Al contrario, sin el menor asomo de modestia, ni de vergüenza, está convencido de que sus conocimientos son de lo más elementales. Repite que con los años ha llegado a descubrir algunas cosas que le parecen certezas pero que son de lo más corriente. Las oyó a sus antecesores, las ha visto impresas una y cien veces en los textos de todo tipo que han pasado por sus manos; algo perfectamente inútil como bien que sea necesario transmitir, precioso para él como conquistas y para ir poco a poco encontrando cierta paz, nunca permanente, porque los imprevistos siempre acechan, y una y cien veces son capaces de devolvernos a la duda y la zozobra.
Es muy probable que tampoco pensara en la jubilación. Ha pasado ante una agencia de viajes y no se ha parado a estudiar los posibles destinos de su plena libertad recuperada. Ni siquiera ha hecho caso del luminoso que sobresale de su fachada, se atraviesa en la acera y casi le roza la cabeza.
Pero unos pasos más allá, contra todo pronóstico, se ha detenido ante un gimnasio, un semisótano a un metro por debajo del nivel de la acera. Al llegar a su altura, se ha girado. Ha echado un vistazo al rotulo sobre el dintel y ha leído la oferta de actividades, ha estudiado con detenimiento la entrada y se ha demorado más de un minuto en tomar nota mental de lo que allí estaba viendo.
¿El profesor Osborne tentado por pasatiempos hedonistas? Pero si es el último de los estoicos, si su vida está disciplinadamente regida por la más rigurosa parsimonia. Es verdad que para su edad se mantiene moderadamente potable. Quizás le quede alguna posibilidad entre las generaciones más próximas a la suya. Tal vez esté pensando en permitirle a su jubilación expansiones que sus responsabilidades antes no le hayan permitido. ¿Por no comprometer al Departamento? ¿Para no manchar su reputación? Nunca se ha sentido reputado, en ningún sentido, mucho más porque incluso la mayor parte de sus conocidos ignora su nombre completo, y aun su apellido. Y en cuanto a perjudicar al Departamento… Bueno, no es que en sus cálculos haya entrado, en alguna ocasión, cometer un acto de sabotaje en su contra. Pero, de haber sabido que alguien lo había concebido, hubiera guardado silencio.
Para mantener la distancia y la discreción, y para permitirle que recuperara el movimiento, me he parado delante de una peluquería, simulando que dudaba si entrar o no. En cuanto ha vuelto a caminar, he cruzado la acera. Al ver el vestíbulo que había atraído su atención, por fin he conseguido componerme una explicación satisfactoria sobre su concentrada manera de actuar hoy.
Desde hace tiempo, el profesor Osborne está entregado a un ingenuo plan. Cree que puede hacer confluir la vertiginosa renovación del relato contemporáneo, que en su opinión ha sido capaz de alcanzar a cualquier forma de expresión escrita, con el género historiográfico. “No puede permanecer indiferente –dice– a los ingeniosos recursos que ha ideado para dar vivacidad a lo que cuenta, para llevar el pensamiento del lector lo más lejos posible. Entre otras razones, porque la narración histórica es su raíz, su germen. Sería una desnaturalizada si se desentendiera de su linaje. De la misma manera que el relato no puede pretender que en el futuro se le acepte sin más, en el estado al que ha llegado. Muchos de sus convencionalismos están agotados. ¡Qué ridículo el narrador que todo lo sabe! ¡No digamos nada del que se atreve a contar lo que ocurre en la cabeza de sus personajes, mientras los reduce al silencio! De la historiografía, con recursos inveterados y sólidos, que cuentan con el beneplácito de la veracidad, puede fluir alguna savia que contribuya a revitalizar el cuento, el mejor procedimiento para exponer las ideas sin necesidad de tomar partido por ellas. Porque permite verterlas a hechos con la mayor naturalidad.”
Ha debido pensar, mientras caminaba, que el recurso a múltiples puntos de vista, la incorporación de distintos narradores, el manejo flexible del tiempo, la dramatización de las situaciones son medios con capacidad para expandir el relato, y son tan eficaces para neutralizar las explicaciones categóricas y cerradas que han pretendido crear solo una verdad, que no utilizarlos es persistir en la ignorancia; o instalarse en el ridículo relato de segunda categoría, reservado a quienes antes que molestarse en pensar quieren que les garanticen, elaboradas como es debido, las certezas.
A la izquierda del vestíbulo del gimnasio había un arcón, de buena madera, quizás procedente de un anticuario, quizás durante años arrumbado en el desván de la casa donde nació quien lo dirige. Estaba cubierto por un tapete, de una apariencia no demasiado noble, pero del todo impropia del lugar, al menos de lugares semejantes. Al fondo, un escritorio de los de persiana, sostenido sobre un par de cajoneras a cada lado. Junto al umbral de la puerta que quedaba a la derecha, por donde se entrará a las instalaciones, en el suelo, la reproducción en mármol blanco, en tamaño académico, de una venus anadiomena. Ningún reclamo encarnado en ases del deporte, ninguna atractiva silueta, ningún torso musculado, ningún anuncio de anabolizantes.
“¿De dónde habrá sacado esta criatura estas tarjetas de presentación? ¿Qué clase de vida habrá llevado para encontrarles sentido en este ambiente? Debe ser de las que crean un mundo rico en aspiraciones, con escasas referencias al que habitan, del que por todos los medios desean escapar, enormemente vulnerables a sus agresiones y sinsabores. Lo que le importarán la gimnasia y sus beneficios. Sus anhelos, que ponen al descubierto piezas inconexas y sin sentido aparente, van en otra dirección.” Y habrá concluido: “Para prosperar en ideas imprevistas ¿es necesario recurrir a la fantasía, a las alegorías con pretensiones filosóficas, al misterio, a la intriga, al crimen?”
La relación entre los objetos del vestíbulo del gimnasio y sus teorías sobre el relato historiográfico, en las que persiste, con escaso éxito y solo algunos devotos seguidores, más por aprecio que convencidos, tampoco parece fácil encontrarla. Pero me arriesgo a sostener que en su caso ha existido porque así de disperso e imprevisible es el profesor Osborne, y la huella que ha dejado en nosotros, imborrable. Con él he aprendido, entre otras especulaciones convincentes, que para construir historias ricas en ideas, de las que llevan el pensamiento lejos, puede bastar con abrir los ojos y estar dispuesto a quedarse perplejo.
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