El riesgo de ser campesino
Publicado: mayo 15, 2016 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioG. Valparaíso
No había mujeres que regularmente se comprometieran en actividades agropecuarias. Menos aún parece que su condición fuera una parte de las relaciones que estaban en el origen de las pequeñas explotaciones de cereales, aunque excepcionalmente optaran por ser sus responsables independientes y autónomas. Entonces ocho de cada diez pequeñas explotaciones eran responsabilidad de hombres que al mismo tiempo trabajaban para quienes los empleaban en cualquiera de las actividades rurales. El riesgo de acceder, en pleno siglo décimo octavo, al grupo de quienes disponían de una pequeña explotación a lo largo de su vida se puede evaluar pues a través de las edades de los varones trabajadores del campo, que eran la mitad de quienes conseguían alguna. Hay un documento que permite conocerlas en un número de casos suficiente para satisfacer los rigores de la representatividad.
En la población de referencia, el responsable de coleccionar las últimas declaraciones para satisfacer el plan de la Única Contribución, el proyecto fiscal al que se opusieron las instituciones garantes de la preeminencia señorial, las presentadas en 1771, recurrió al tópico jornalero para servirse de él con los fines administrativos que le hubieran confiado. Con aquella etiqueta clasificó unas 2.500 de aquellas declaraciones, una proporción muy alta si se tiene en cuenta que la cifra de los habitantes de la ciudad no alcanzaría los 10.000. El tópico tenía la ventaja de ser sintético, y estaba cargado de una sencilla fuerza dramática, que a sus contemporáneos tal vez les pareciera justa. Expresaba con bastante exactitud que había hombres empleados en las actividades agrarias que para ganarse la vida trabajaban por días, sin estabilidad y percibiendo a cambio de su esfuerzo unas cantidades de dinero muy próximas al mínimo de subsistencia. Las denominaciones que a sí mismos se daban quienes la administración unificaba bajo aquella etiqueta variaban. Unos preferían identificarse como trabajadores del campo, ocasionalmente como temporiles y, solo en la menor parte de las veces, como jornaleros. En unos casos contribuían a las actividades que se sucedían en ciclos inexorables, y en otros se empleaban en una casa como ganaderos, de los animales de labor o de los de cría. Y una parte de ellos, a la vez, explotaba una pequeña empresa agropecuaria, de entre dos y cuatro unidades de superficie en la mayoría de los casos.
Acepté como punto de partida los cuadernos de declaraciones reunidas bajo aquella etiqueta, tal como habían sido coleccionadas por los gestores del proyecto fiscal, una vez comprobado que sus contenidos eran los mencionados, y tomé nota de 1.245 de ellas, todas las comprendidas entre la A y la L según el nombre del concernido, aproximadamente la mitad de las conservadas. Para esta ocasión, me limito a tener en cuenta la edad de quienes cumplían la doble condición, que el declarante fuera clasificado jornalero y tuviera bajo su responsabilidad una pequeña explotación aquel año.
Las edades declaradas para entrar a, y salir de, la condición de campesino, siendo trabajador del campo, fueron respectivamente 18 y 70 años. Las dos se pueden aceptar como veraces. 18 era una edad concordante con el comienzo de la plenitud de las fuerzas del hombre. Quienes primero consiguieran acceder a una pequeña explotación lo harían una vez cumplido su décimo octavo aniversario. Franqueado aquel paso, en las tierras del sudoeste, para los hombres que hubieran decidido dedicar su vida activa a los trabajos agrarios, se abriría una puerta que daba entrada al mundo de las explotaciones del tamaño menor, condenadas a ser subsidiarias. Los últimos aspirantes a entrar en él tendrían que contratarla antes de cumplir el aniversario septuagésimo de su vida, momento en el que para ellos estaría indicada la salida, o desistimiento de cualquier posibilidad de sostener una. Los 70 serían una frontera infranqueable porque tras ella la decadencia era segura. La permanencia en aquel mercado era dilatada y extendida. Podía prolongarse durante nada menos que 52 años del tiempo de una vida.
Pero, así como puede merecer crédito la confesión de los límites de la vida activa de los empresarios más modestos de cuantos se comprometían con la producción de cereales, no es tanto el que se le puede conceder a cualquiera de las declaraciones de edad de quienes eran trabajadores del campo y habían tomado posesión de pequeñas explotaciones a cualquier otra edad. A pesar de lo cual es necesario contar con todas las referencias a esta secuencia vital que haga la fuente, si se desea medir las posibilidades biológicas que a quienes aspiraban a ser campesinos alentarían a ofertarse en el mercado de las pequeñas explotaciones, previsiblemente el más importante de todos los rurales relacionados con el trabajo, porque sería el más concurrido, dado el abrumador tamaño que conceden insistentemente a tal clase de hombres las estadísticas de la época.
Aunque hay declaraciones de edad, para cualquiera de aquellos momentos intermedios, que son explícitas y muy correctas, aparentemente sinceras, como la de quien dijo tener 44 cumplidos, son más las que reconocen haber cedido a un enunciado poco preciso de su edad. Los más relajados dijeron, por ejemplo, que tenían más de 30 años o 50 sobre alguno más o menos. No es algo que deba sorprender. Cuando las personas han de dar cuenta de esta característica, es común que incurran en evasivas, en formas de hablar que enmascaran cuanto pueden la exactitud, o en dudas sobre la conciencia que del tiempo transcurrido desde su nacimiento ha conseguido salvar su memoria.
Es posible disponer de indicios sobre los momentos en los que el riesgo de la deformación del tiempo vivido pudo verse incrementado por efecto de las condiciones que impuso la fuente, y no tanto por la voluntad de los declarantes. Las edades más jóvenes, que en este caso son las que quedan por debajo de los 25 años, pueden estar representadas en una proporción superior a la real porque una parte de quienes las declararon, porque ya habían entrado en la edad laboral, todavía eran miembros de una familia cuyo titular era el responsable de la modesta empresa que estaba en el origen de las declaraciones, quien, por su parte, dado que su paternidad se había prolongado, era ya de una edad avanzada. Y ambas, como incursas en las premisas de la observación, las hemos debido tener en cuenta.
Al menos en parte, este efecto puede estar contrapesado por los casos en los efectivamente el responsable declarado de la pequeña empresa era un joven. Uno de ellos pudo llegar a aquel estado a consecuencia de que el padre fuera de edad excesiva, la superior de las observadas, demasiada para tomar a su cargo la parcela, y otro porque su madre era viuda y no estaba comprometida directamente con la explotación.
La disparidad y el número de tales casos, fuera uno u otro su signo, son suficientes para tener la certeza de que solo son la parte visible del mismo problema.
Me propuse paliar cualquiera de estas rémoras, las visibles y las que no hubieran podido emerger a la superficie, que con seguridad serían más, con el agrupamiento quinquenal de las edades. Aunque no las absorbería todas, y no podría evitar que una parte de ellas todavía fuera nociva, “quizás pueda valer la pena –pensé– correr el riesgo de cierta desviación si tomo grupos que como los quinquenales permiten a la vez borrar el efecto y salvar la sensibilidad del medio de observación frente al fenómeno, su capacidad para registrar con precisión, al instante, los cambios, las oscilaciones de un ciclo que podía prolongarse durante más de cincuenta años.” La medida que se obtuviera, aunque estaría algo enrarecida, no menoscabaría la percepción de los hechos que deseaba restaurar: cómo evolucionarían a lo largo de la vida de los trabajadores del campo las posibilidades de acceder con éxito al mercado de las pequeñas explotaciones de cereales, a qué edades las incrementarían, a partir de qué momento retrocederían.
Así pues, con las edades declaradas, sin corrección alguna, con grupos quinquenales compuse sucesivas tablas de entrada al cultivo de las explotaciones menores desde la condición de trabajador del campo. Tomé como efectivos iniciales de ellas, o universo de los expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, todos los trabajadores del campo cuya edad había identificado gracias a la fuente, 456 de los 1.245 cuyas características había podido registrar. Los 456 habían sido supervivientes a los 15 años porque sus edades estaban comprendidas entre 18 y 77 años, límites que por tanto comprendían las de quienes accedían a la condición de campesino. Nada me impedía actuar de este manera, porque nada indicaba que los trabajadores del campo que no entraban a ser campesinos quedaran sujetos a una experiencia biológica distinta a la de quienes conseguían una pequeña explotación.
Pero para que las tablas fueran acordes con los riesgos vitales que pretendían incorporar, se hacía necesario eliminar de los 456 el efecto que la mortalidad tuviera a partir de los 15 años, un fenómeno paralelo a las aspiraciones a entrar con éxito en aquel mercado, que antes de que aquella posibilidad se consumara deduciría una parte de los efectivos potenciales y aptos para convertirse en responsables de las empresas agropecuarias mínimas. El supuesto me pareció obligado porque los casos positivamente documentados eran los de quienes habían conseguido acceder a una empresa de aquella clase, y por tanto, antes de alcanzar esa meta, habían conseguido vencer el riesgo de morir a cada edad. Así que a los efectivos expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, antes del cálculo de los cocientes, fue necesario restarle las previsibles defunciones correspondientes a cada edad. Para satisfacer con rigor este objetivo, que solo podía fundarse en supuestos, recurrí a las tablas de mortalidad de la población agrícola que años atrás había elaborado en colaboración con Dante Émerson, después de recorrer decenas de lugares en los que sobrevivía la forma de vida que habíamos decidido llamar agrícola, cuya publicación ha iniciado esta misma página.
Cuando tomé aquella decisión, daba por descontado que no valía la pena esforzarse en un cálculo del efecto de las migraciones, la otra posibilidad de alteración del tamaño de los grupos de quienes eran susceptibles de disponer de una pequeña explotación. No me parecía que negar esta posibilidad quedara demasiado lejos de los hechos, si las condiciones de la supervivencia no estaban amenazadas por una caída de la producción de los cereales, la circunstancia que en pleno siglo décimo octavo ponía a prueba su radicación, una vez atenuadas las grandes epidemias, que asimismo desencadenaban movimientos de las poblaciones fuera de control. Es verdad que todos los años, cuando caía la demanda regular de trabajo en el medio rural, ocurrían salidas, así como en el momento de la máxima necesidad de fuerza humana las entradas se incrementaban. Sin embargo, cualquiera de los dos movimientos, se contrapesaran o no, eran estacionales y de retorno, y no tendrían efecto sobre los comportamientos estables que deseaba conocer. Y ni aun en el caso de que la frecuencia de las caídas de la producción de los cereales fuera muy alta, e ignorar los movimientos migratorios de cualquier tipo añadiera el riesgo de una observación deformada, tendría demasiado sentido persistir en plantear la posibilidad. La parte de cada población sujeta a los riesgos de las migraciones era siempre la menor. Jugar a poblaciones cerradas, cuando se trata de poblaciones agrícolas, es siempre jugar sobre seguro. La mayor parte de aquellas poblaciones era siempre conservadora y no se movía, salvo en las situaciones excepcionales que se han mencionado. Todos los comportamientos de la masa que pudieran observarse estarían siempre decididos, salvo circunstancias excepcionales, por la parte de la población que había decidido inmovilizarse. Podía pues considerar cerrada la población trabajadora del campo que se enfrentaba a la posibilidad de convertirse en promotora de una empresa menor.
Pero por otra parte, para reconstruir el flujo constante de los migrantes que opera espontáneamente en todas las poblaciones, disponía de un medio capaz de resolver de manera moderadamente satisfactoria el problema para aquella época, el cruce de datos censales con tablas de mortalidad. Como de estas disponía, la clasificación por edades de los 456 trabajadores del campo, equivalente a datos censales específicos, por completo independiente, no interferida por otros fenómenos, no me suponía un trabajo imposible y me permitía avanzar en una tentativa propia. Por tanto, finalmente me opté por ensayar valores expresivos del obstáculo que el movimiento migratorio podía interponer a esta parte selectiva de la población, masculina y aspirante a campesino, antes de satisfacer su acceso a una pequeña parcela según edades.
El primer resultado de todos aquellos supuestos fue la conversión del primer juego de tablas en otro de triple extinción, primero por muerte, después por migración y por último por acceso a la pequeña explotación.
Pero, aunque sus resultados eran convincentemente sensibles a las oscilaciones del fenómeno, en los sucesivos ensayos todavía se dejaban ver los efectos de la agrupación quinquenal que había decidido. Lo podía remediar con poco esfuerzo, con el trazado de una curva, definida con rigores algebraicos, tal como habíamos experimentado con éxito durante la elaboración de las tablas de mortalidad. O sintetizando los valores en una tabla decenal, aunque fuera menos descriptiva de las etapas de la evolución del fenómeno. Opté por la segunda solución, porque efectivamente la agrupación en décadas eliminaba todos los efectos deformantes de las declaraciones que había podido detectar, probablemente porque las desviaciones, como es regular, tendían a concentrarse en los aniversarios terminados en cero.
Bastó con que incorporara a los cálculos las correcciones que los sucesivos ensayos me habían ido indicando para que finalmente aceptara expresar las posibilidades de disponer de una pequeña explotación en un momento, pleno siglo décimo octavo, una vez alcanzada cierta edad, el supuesto que concuerda con las características de la información disponible, con las que proporciona la fuente, naturalmente sincrónica.
Entonces la posibilidad de disponer de una pequeña explotación a cualquier edad era realmente muy baja. Solo 1 de cada 15 hombres entre 15 y 74 años podría acceder a una de aquellas empresas. Solo él adquiriría transitoriamente la condición de campesino. Las mayores, con un máximo en torno a 1 de cada 10, coincidían con una plenitud, la de los 45-54 años de edad, quizás más determinada por la experiencia y la capacidad para gestionar una explotación que por la fuerza. El camino hacia aquella cima lo iniciaban los que habían cumplido los 25 años, así como todos los que tenían hasta 34, para quienes ya era posible que uno de cada 13 pudiera llegar a ser campesino. Lo nutrían aún más los que habían cumplido los años comprendidos entre los 35 y los 44, para quienes las posibilidades, resumidas en uno de cada 11, eran ya casi las mismas que habían alcanzado quienes habían cumplido los 45 años y siguientes hasta los 54.
Para quienes hubieran cumplido los 55, y hasta los 64, las posibilidades retrocedían a la mitad. Solo uno de cada 20 podría entrar en aquel grupo. Y se hundían definitivamente en los extremos de la edad activa, que efectivamente coincidían con la juventud y la vejez. Tanto para quienes tuvieran entre 15 y 24 como para los que ya hubieran cumplido los aniversarios comprendidos entre 65 y 74 las posibilidades estaban algo por encima de uno de cada 30. Las limitadas energías disponibles, al principio por inexperiencia, después por agotamiento, serían las responsables efectivas de la caída de las posibilidades.
Sin duda, las pequeñas explotaciones representaban el límite inferior del orden de las empresas interesadas en la economía de los cereales, y recíprocamente emprender una pequeña explotación era el escalón más alto al que podía acceder, de manera transitoria, aquella reducida parte de la población. Teniendo en cuenta que las demás actividades de quienes al mismo tiempo se dedicaban a mantener una pequeña explotación no eran cuantitativamente relevantes, esa proporción es muy significativa.
Quienes se esforzaban por disponer de una pequeña explotación, parte de una nutrida masa de trabajadores del campo que competían por alcanzar aquel estado más rentable, lo alcanzarían tarde, no tanto como consecuencia del momento en el que se adquiere la madurez biológica, porque en el hombre, como calcularían quienes reclutaban los ejércitos, se alcanzaba bastante antes, como de, por una parte, la capacidad para adquirir patrimonio que permitía actuar con alguna solidez en aquel estado, y por otra de la enorme concurrencia que debía concentrarse ante aquella posibilidad, que el tamaño del universo demostraba. Técnicamente, las posibilidades las limitaría disponer de ganado de trabajo, tanto del propio y como del ajeno, lo que convertiría a todos los campesinos en intermediarios energéticos necesarios. Bajo cualquier consideración, el de los trabajadores del campo dispuestos a convertirse en campesinos era un auténtico ejército de reserva de la energía creativa de riqueza, tal como argüían los clásicos; o de al menos una parte de la energía que creaba la riqueza, la que era responsabilidad de las empresas subsidiarias del tamaño menor.
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