Los servicios prestados
Publicado: mayo 23, 2016 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioG. Valparaíso
Los servicios que a mediados del siglo décimo octavo se prestaban a las actividades agropecuarias se concentraban en los pegujales, denominación entonces compartida por las empresas menores. En su marco el intercambio de los trabajos era el resultado de una perentoria confluencia de carencias mutuas que estaba bastante extendida.
La roza
En los cortijos cuya superficie de más calidad se había reservado a labor propia, cuando terminaba el año agrícola precedente ya estaban emprendiendo los trabajos preparatorios de la parte de sus tierras que iban a destinar a pegujales durante la campaña que seguiría. A principios de septiembre ya estarían rozando el haza donde serían localizados. Es muy probable que estos trabajos hubieran comenzado terminando agosto, y que transcurrida una semana de actividad se iniciara su segunda fase, que se prolongaría de manera intermitente hasta fines de septiembre al menos.
Aquel trabajo se proponía eliminar de la parcela de cultivo cualquier competencia que la vegetación espontánea pudiera oponer a la semilla de trigo que, a continuación, debía sembrarse. Aunque para fechas tan avanzadas los rastrojos, que ya habrían sido aprovechados por el ganado, como máximo durante un par de meses, podían ser las primeras víctimas de la roza, el sentido de aquel trabajo ya sería sobre todo eliminar la vegetación espontánea crecida desde la siega, que en el leguaje de la fuente simboliza el cardo silvestre, muy abundante en la zona. Por una de sus alusiones posteriores, se averigua además que del complejo de vegetación espontánea condenada también formaba parte la biznaga, otra planta xerófila, igualmente crecida mientras la tierra permanecía sin cuidados.
Cuando se emprendía la segunda fase de la roza, consumada ya contra rastrojos, cardos y biznagas, la actividad se concentraba en tierras eriazadas, en otras que directamente eran denominadas eriazos y en parte de los barbechos que habían quedado preparados antes del verano, lo que demuestra que la decisión definitiva sobre las tierras que se pondrían en cultivo para que fueran trabajadas como pegujales, en algunos casos al menos, sobrepasaría el volumen de las que se hubieran barbechado en los meses precedentes, y que se tomaría cuando ya estaba cerca el momento de proceder a la siembra, próximo a colmar la demanda de esta clase de explotaciones. En aquellas vísperas de la nueva campaña, si era consentida la presión de los aspirantes a tierra para obtener cereales, aunque fuera en cantidades modestas, habría casas que aún optarían por la expansión, y sus responsables decidirían que una parte de las tierras mantenidas en reserva pasaran directamente del eriazo a la sementera.
Para eliminar todo el complejo vegetal indeseado era habitual que se recurriera a un procedimiento muy primitivo, vigente durante siglos en las tierras del sudoeste. Consistía en acabar con él incendiándolo. Era muy barato y se aceptaba que a la vez era fertilizante del cultivo posterior por obra de la ceniza que quedaba sobre la parcela. Probablemente era un sucedáneo del abonado, y más aún una coartada para no invertir en estiércol, un suministro caro, de aplicación selectiva, sobre todo por los gastos a los que obligaba su transporte a la parcela que se quería potenciar. Que tal vez se actuara de esta manera tan expeditiva permite sospecharlo la cantidad de esfuerzo que se invertiría en este trabajo, solo la que sumara a diario una frágil cuadrilla, compuesta por un manijero y entre uno y cuatro jornaleros, durante el tiempo que se prolongara la actividad, aproximadamente un mes.
Gracias a esta práctica, podemos estar seguros de que la roza era un trabajo que necesitaban los pegujales, pero que no era un servicio que prestaran campesinos a campesinos. No constan documentos que demuestren que fuera contratado entre quienes se hubieran comprometido con medios mínimos. Su roza solo se detecta en los pegujales que estaban alojados en los cortijos que al tiempo mantuvieran labores, donde una parte de las pequeñas explotaciones eran el lote apartado para completar la remuneración del trabajo de los temporiles.
Como el análisis de los pegujales en los cortijos con labor dominante demuestra que, además de los reservados a estos trabajadores, existirían otros cedidos a campesinos sin esa condición laboral, no se puede excluir que los trabajos de la roza de los pegujales, que se hacían al mismo tiempo que los que demandaba la labor, fueran satisfechos por la casa a todos los que a ella se hubieran acogido, recurriendo a sus abundantes medios y hombres, todos jornaleros en este caso. En la tradición de los servicios llegada a mediados del siglo décimo octavo la roza de los pegujales sería pues un trabajo servido por una labor a los campesinos acogidos a su potencia.
Las obradas
Sí eran servicios objeto de transacción entre campesinos, que ellos se interesaban por elevar a materia de contrato entre las partes, las que se denominaban genéricamente obradas del pegujal. No todos los pegujales que se emprendieran cada año requerirían el contrato previo del servicio de las obradas, como habría los que no recurrieran a contratar rozas. Pero no caben dudas sobre que el de obradas era uno de los servicios más prestados entre semejantes.
Obradas, en el sentido más general que autorizan los testimonios, podrían ser todos los trabajos sobre la parcela cultivada distintos y anteriores a la recolección. Este compromiso más propiamente era llamado obligación de siembra, e incluso se suscribían documentos en los que con el mismo contenido se acordaban las obradas de la siembra, lo que efectivamente las concentraba en la primera mitad de las campañas.
En lo fundamental el servicio consistía en que el dador se comprometía a hacer la arada que necesitara la siembra, origen de la actividad productiva de los cereales, con el apero y el ganado de fuerza que tuviera. Sería la sinergia a la que con más frecuencia se recurriría para acumular, cuando se careciera o se necesitara de ellos, los medios energéticos mínimos necesarios para acometer la explotación.
Cuando se descendía a mencionar los contenidos de aquellos trabajos se acordaban barbecho y siembra. En ocasiones no hay duda de que esta manera de expresarse hacía referencia al compromiso de satisfacer sucesivamente los trabajos tanto del barbecho como del depósito de la simiente en el surco. Con más exactitud, se comprometía el barbecho de dos hierros y la siembra, y con más aún se decía que las obradas empezarían por barbechar de dos hierros para después sembrar de otro hierro.
No obstante, los acuerdos más descriptivos permiten saber que las obradas se descomponían, a discreción de las partes, en una prolongada serie de operaciones, cada una de las cuales podía ser objeto de prestación de servicios por separado. El acuerdo podía limitarse al barbecho, e incluso, a la vez que se acordaba barbechar, se podía comprometer solo un hierro, o podían contratarse dos hierros indeterminados. Pero cuando se contrataba de esta forma tan directa, había ocasiones en las que se trazaban con precisión la frontera que separaba las operaciones que debían incluir las obradas. Podían acordarse dos hierros de cohecho, la operación inmediatamente anterior a la siembra, o que toda obrada fuera barbechar de dos hierros de cohecho.
El problema es que para referirse a este acuerdo a veces se podían utilizar las palabras siembra o sembrar con un sentido impropio, o al menos con una imprecisión que no siempre se puede juzgar como involuntaria, lo que injerta en el proceso de interpretación una dosis de ambigüedad que no siempre es posible resolver. Aparte su sentido preciso, es muy probable que siembra adquiriera entre los contratantes de las obradas un valor sinónimo de trabajos previos que la hacían posible. Parece que tiene este valor genérico, y que no incluye el depósito de la simiente en los surcos, cuando se acuerda que el servicio se limite a sembrar de un hierro o a sembrar el pegujal de un hierro, o que las obradas del pegujal fueran sembrar tierra de barbechos de dos hierros. Con un sentido semejante llegó a comprometerse la siembra con dos hierros en la parte de eriazo y con una en la parte de barbecho, junto y hondo, o barbechar y sembrar de tres hierros, dos de barbecho y el tercero de siembra. Sin embargo, no es posible decidir si la palabra sembrar se está utilizando en el sentido que la limita a los barbechos o en el propio que incluye enterrar la simiente cuando se comprometen dos hierros, uno de cohecho y otro de siembra, o pasar tres hierros, de los cuales dos serían de cohecho y el tercero de siembra.
Pero, más allá de las dudas que pueda originar la ambigüedad con la que se actuaba en algunos casos, es seguro que también se contrataba por separado la siembra del pegujal en sentido propio. Era posible que el sirviente se comprometiera a las obradas de la siembra o al trabajo de sembrar, expresamente a hacer siembra y todavía más explícitamente a sembrar de trigo el pegujal. Tan interesadamente preciso podía ser este tipo de acuerdos que el servicio debido podía describirse como sembrar el pegujal en tierras que antes de acordar la relación ya han conocido el barbecho, de dos hierros exactamente.
Cuando se acordaba la siembra, además, se hacía referencia a que era responsabilidad de los servidos aportar el trigo suficiente o poner en la besana el trigo. Cualquiera de estas precisiones parece una referencia directa a la obligación que el servido adquiría en materia de financiación de la simiente, lo que habitualmente, para esta escala de las explotaciones se hacía recurriendo al crédito en grano del pósito. Trazar con precisión la línea que separaba la inversión en materia prima de los trabajos de siembra evitaría diferencias sobre el reparto del producto obtenido, y pudo ser una cláusula derivada de otra modalidad de financiación del grano necesario, que se sumaba a la prestación de los servicios. Aunque excepcionalmente, también fue contratado que el servidor pusiera el trigo para la siembra.
Se acordaba, en los términos más generales, que las obradas habían de hacerse durante el año en curso o, con algo más de precisión, en tiempo oportuno, aunque para una parcela se contrató que se harían a lo largo del mes de abril siguiente, mientras que en otra el trabajo de barbechar debía realizarse durante el año venidero. Cumplir con las fechas previstas para estas obligaciones, a veces, tenía cargas añadidas. Cuando un acuerdo fue suscrito, 16 de enero, en la parcela de la que se trataba había un pedazo sembrado de habas. El servidor tendría que cosecharlas en el momento que fuera conveniente para luego cumplir con las obradas comprometidas.
En el orden que regulaba las obradas en las labores el barbecho, primer paso de la organización de la campaña siguiente, se emprendía después de la siembra. Si se trataba de las tierras destinadas a pegujales en un cortijo con labor dominante, el calendario de sus barbechos, parte de los mismos trabajos para toda la unidad de producción, se atenía a la cadencia que imponía aquella, aunque se puede sospechar que serían más ligeros. En un cortijo con labor preferente, transcurridos dos tercios de septiembre, todavía ejecutándose los trabajos de la roza, ya estaban barbechando en el haza de los pegujales. Aquel trabajo se mantuvo hasta diciembre. Sin embargo, en las tierras que serían dedicadas a los cereales en la labor, el barbecho, que podía sumar hasta cinco hierros, se prolongó hasta la primavera.
Pero si el trabajo de las obradas era más perentorio, como pasar solo un hierro, pudo ser común en los pegujales invertir este orden. Contratadas con premura y de manera tan sucinta, harían el barbecho inmediatamente antes de la siembra, como demuestra una parte de los calendarios acordados. Tanto de apresurado e improvisado pudo tener, en una parte de los pegujales autónomos al menos, acometer la explotación, a consecuencia de que la tierra puesta a su disposición podía ser tomada directamente del espacio que antes una casa había decidido no cultivar.
Las referencias a las fechas en las que había que cumplir con la obligación de sembrar, sin dejar de ser genéricas, eran siempre idénticamente precisas. Las parcelas había que sembrarlas en otoño, llegado el otoño, durante el otoño o en el otoño próximo. Solo excepcionalmente se hablaba de una manera tan indefinida como sembrar en el tiempo oportuno, o se recurría a una expresión aparentemente tan obvia como que la siembra había de hacerse en la próxima sementera.
Pero el momento justo para efectuar cualquiera de las obradas que se hubieran acordado, fuera el que quisiera el calendario, era siempre el que le pareciera conveniente al servido, luego que avisara al sirviente. En un plazo de entre tres y cuatro días este debía emprenderlas sin demora alguna. Tan solo en un caso se acordó que podía transcurrir un plazo, antes de poner los arados en las tierras que había que sembrar, a contar a partir del momento del aviso, de entre seis y ocho días.
La escarda
Cuando se trataba de pegujales alojados en cortijos, que sobrevivían en una posición subsidiaria a la labor prevalente, con abril llegaba la escarda. Solían ejecutarla mujeres, mientras que en otras parcelas del mismo cortijo escardaban hombres o zagalones. A lo largo de la primera mitad del mes, durante la mitad de las jornadas, un grupo de escardadoras, de un tamaño inestable, la realizó en el haza de un cortijo donde estaban concentrados los pegujales. Pero la documentación notarial también guarda silencio sobre este trabajo. En ningún momento los acuerdos para prestar servicios entre campesinos lo mencionan. Luego también sería una parte de los que las labores prestaban a los pegujales que estaban acogidos a sus cortijos.
La saca
El otro servicio que con frecuencia se prestaban los campesinos entre sí, el siguiente en el orden de las actividades que se sucedían cada ciclo, se formalizaba como obligación de sacar el pegujal. Podía estar más o menos ligado a cualquiera de los precedentes. Como los que habitualmente se intercambiaban eran dos –obradas y sacar el pegujal–, y ambos estaban muy separados en el tiempo, era posible que cualquiera contratara los dos servicios, juntos o por separado, o uno sí y otro no. Así, alguien, cuando contrató la saca, quiso que constara que este trabajo había de prestarse en un pegujal donde el barbecho ya se había ejecutado. Viceversa, la libertad de acción también permitía que se dejara constancia en algunos acuerdos de que el pegujal se sacaría por cuenta propia, una precisión que aproxima aún más a las condiciones en las que se desenvolverían los pegujales más autónomos, los que las fuentes insisten en llamar pegujales sueltos.
Los trabajos de sacar el pegujal, que consistían en hacer todos los que requería la mies que se había recolectado en las tierras servidas, cuando se precisaban descriptivamente eran alzarlas y limpiarlas de la simiente que produjeren hasta entregarla limpia de paja, según costumbre, una secuencia del servicio que podía identificarse de modo resumido con la expresión sacar el pegujal hasta darlo limpio de pala.
Lo más corriente, en torno a la mitad de los casos documentados, era contratar la saca del pegujal íntegramente. Pero, como ocurría con las obradas, también fueron requeridos como servicios sueltos todas las actividades relacionadas con la recolección. Se cerraron acuerdos solo por la alzada, una faena que consistía en sacar la mies de la parcela, sobre la que podía comprometerse expresamente hacerla de calidad. Otros delegaron solo la trilla del grano, otro, trillarlo y darlo limpio de pala, otro, solo darlo limpio de pala, y otro se limitó a contratar la limpia de la paja. Y objeto particular del contrato de estos servicios podía ser el fiel que se ponía en la era para fiscalizar las cantidades de grano que se fueran alzando, tal como era habitual. Alguna vez fue contratado que el servido le diera de comer.
El calendario para sacar el pegujal era más ambiguo que el de las obradas. Se debía completar en la próxima sementera, o simplemente a su tiempo, en tiempo oportuno, lo que asimismo se podía concertar en referencia solo a la alzada. Regía también, para la ejecución efectiva del trabajo, la obligación de satisfacerlo sin demora alguna, una vez que al sirviente se le avisara. Lo iniciaría cuatro días después de avisado o, excepcionalmente, también en un plazo comprendido entre seis y ocho días, para que pudiera preparar todo lo necesario.
Pero cuando se trataba de pegujales alojados en cortijos con labor, los servicios que se les prestaban en relación con la saca eran más completos. Incluían la siega, que comenzaba a primeros de junio y se prolongaba hasta que terminaba el mes. Para ejecutarla podía ser suficiente con un par de cuadrillas, cualquiera de ellas compuesta con un manijero y cuatro destajeros, en total diez segadores, ninguna de las cuales alteraría su composición mientras durase la faena. Ocasionalmente, en ciertos días de aquel mes, con ellas trabajaría otra cuadrilla más, un grupo de refuerzo con responsabilidades especiales, formado con hasta seis destajeros y su manijero, que al mismo tiempo se dispersaba trabajando en otras parcelas de la labor preponderante.
Según las cuadrillas iban segando, se iban desarrollando los trabajos de la era. Ya casi mediado junio, empezaría la alzada del producto recolectado en los pegujales, de los que sacaría las gavillas una parte de las carretas de la labor, y el mismo día, con los mulos de la casa equipados con trillos, en la era se emprendería la trilla de la mies que las carretas habían transportado.
Allí los trabajos eran responsabilidad de los moreros, peones de confianza así llamados por el color que adquiría su piel durante los primeros días del verano. Eran los encargados de voltear las gavillas, una vez abiertas y extendidas, para que fueran trilladas, de acopiar el producto de la trilla cuando aún no se había separado el grano de la paja y de aventar y limpiar el grano. Mientras tanto, algunos respigadores se encargaban de rebuscar el grano que las cuadrillas de los segadores hubieran dejado entre los rastrojos.
Ya adelantada la segunda quincena de junio, las carretadas de gavillas sacadas del haza de los pegujales habrían sumado un tercio de las que en total se transportarían desde ella hasta la era, y cuando empezara julio el trabajo se incrementaría aún más, hasta alcanzar el máximo de intensidad, como prueba que entonces se concentrara el mayor gasto de aperos de cáñamo, pares de frontiles y ahijadas para las carretas, así como de pitones para sostener los sombrajos. El número de carretas que de los pegujales al principio estuvieran sacando gavillas, en aquel momento se multiplicaría por tres, mientras que el número de los hombres que trabajaran como moreros o entre los rastrojos respigando también se incrementaría en la proporción correspondiente, a pesar de lo cual se juzgaría que la cantidad de gente trabajando era escasa.
El acarreo
El último servicio que entre campesinos era acordado se suscribía como obligación de acarreo del pegujal, aunque probablemente fue el que tuvo menos demanda. Fueron pocas las ocasiones en las que un sirviente se comprometió a acarrear un pegujal, y en algún caso este trabajo incluso se contrató potestativo, si le conviniere al servido. Consistía en poner el grano que se hubiera recolectado en la casa del servido con las caballerías del sirviente.
También las casas lo prestaban a los pegujales en cortijos con labor. A mediados de junio, las fanegas de trigo recolectadas serían las primeras transportadas, y en este caso el trabajo se limitaría a llevarlas hasta la población, el trayecto que sería común a cualquiera de sus compromisos de acarreo.
La colección de informes sobre los servicios que se prestaban a los pegujales permite presumir que, mientras que en los subsidiarios de labores, porque fueran de temporiles que trabajaban para ellas, o de campesinos a su amparo, roza, escarda y siega eran parte de la transacción acordada con el amo de los sirvientes, en los autónomos quedaban a discreción de cada campesino o cuerpo de campesinos, quienes decidirían con mayor independencia lo que para sus explotaciones en esta materia les pareciera conveniente. Es más probable que la roza fuera hecha por cuenta propia por quienes disponían de los llamados pegujales sueltos. Como podía tratarse solo de incendiar vegetación agostada, era una tarea fácil y muy asequible. También se puede sospechar que el trabajo de escarda, paciente, y reservado a un tiempo de transición, tal vez fuera ejecutado por los propios responsables de cada pequeña explotación autónoma. Y sobre cómo resolverían la siega los únicos indicios que proporcionan los testimonios asimismo son negativos. No hay ninguno de que recurrieran a contratar cuadrillas, por lo que igualmente parece más probable que la completaran con su propio esfuerzo.
Así quedarían marcadas las diferencias entre las dos clases primordiales de pegujal. Mientras que el de temporiles o de acogidos en cortijos con labor incluiría la prestación de todos los servicios, bajo las condiciones acordadas para la compra del trabajo ajeno, para el que explotaran los campesinos autónomos serían contratados servicios sueltos, a discreción de los necesidades de cada cual, aunque habitualmente no incluirían roza ni escarda ni siega. Los servicios que sí se prestaban habitualmente entre campesinos que disponían del mayor grado de independencia, aún a mediados del siglo décimo octavo, se concentraban en dos de las fases del trabajo propio de las tierras dedicadas a la producción de los cereales, las que en los documentos se identificaban respectivamente como las obradas y sacar el pegujal.
A garantizarlos estaba destinada una parte de las previsiones que se hacían en los contratos. Si el sirviente no cumpliera con lo acordado, el servido podría buscar a quien hiciera cualquiera de los trabajos pactados, a costa de aquel, al precio que convinieran. Del mismo modo le cabría proceder cuando precisamente los incumplimientos correspondieran a cada uno de los trabajos que estuvieran en el origen del pacto. Cuando el sirviente no hiciera la siembra o no sacara el pegujal, el servido podría buscar persona que hiciera el trabajo, y por lo que costare se podría ejecutar al sirviente, quien debía pagarlo, además de devolver la cantidad adelantada para la ejecución de los servicios contratados, en caso de que se hubiera procedido así.
Pero si los servicios fueran ejecutados y se dirimiera sobre la calidad de sus resultados, para juzgarla los podrían reconocer dos veedores del campo, autoridades públicas equivalentes en el espacio rural a los alcaldes de los gremios en el urbano, cualquiera de ellos investido con el poder judicial que les cedían los señores del municipio. En caso de que decidieran que no se había alcanzado la requerida, la fórmula más general preveía que el sirviente tendría que pagar los daños y menoscabos sufridos por el contratante, tal como los apreciaran, y sus intereses.
El riesgo de ser campesino
Publicado: mayo 15, 2016 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioG. Valparaíso
No había mujeres que regularmente se comprometieran en actividades agropecuarias. Menos aún parece que su condición fuera una parte de las relaciones que estaban en el origen de las pequeñas explotaciones de cereales, aunque excepcionalmente optaran por ser sus responsables independientes y autónomas. Entonces ocho de cada diez pequeñas explotaciones eran responsabilidad de hombres que al mismo tiempo trabajaban para quienes los empleaban en cualquiera de las actividades rurales. El riesgo de acceder, en pleno siglo décimo octavo, al grupo de quienes disponían de una pequeña explotación a lo largo de su vida se puede evaluar pues a través de las edades de los varones trabajadores del campo, que eran la mitad de quienes conseguían alguna. Hay un documento que permite conocerlas en un número de casos suficiente para satisfacer los rigores de la representatividad.
En la población de referencia, el responsable de coleccionar las últimas declaraciones para satisfacer el plan de la Única Contribución, el proyecto fiscal al que se opusieron las instituciones garantes de la preeminencia señorial, las presentadas en 1771, recurrió al tópico jornalero para servirse de él con los fines administrativos que le hubieran confiado. Con aquella etiqueta clasificó unas 2.500 de aquellas declaraciones, una proporción muy alta si se tiene en cuenta que la cifra de los habitantes de la ciudad no alcanzaría los 10.000. El tópico tenía la ventaja de ser sintético, y estaba cargado de una sencilla fuerza dramática, que a sus contemporáneos tal vez les pareciera justa. Expresaba con bastante exactitud que había hombres empleados en las actividades agrarias que para ganarse la vida trabajaban por días, sin estabilidad y percibiendo a cambio de su esfuerzo unas cantidades de dinero muy próximas al mínimo de subsistencia. Las denominaciones que a sí mismos se daban quienes la administración unificaba bajo aquella etiqueta variaban. Unos preferían identificarse como trabajadores del campo, ocasionalmente como temporiles y, solo en la menor parte de las veces, como jornaleros. En unos casos contribuían a las actividades que se sucedían en ciclos inexorables, y en otros se empleaban en una casa como ganaderos, de los animales de labor o de los de cría. Y una parte de ellos, a la vez, explotaba una pequeña empresa agropecuaria, de entre dos y cuatro unidades de superficie en la mayoría de los casos.
Acepté como punto de partida los cuadernos de declaraciones reunidas bajo aquella etiqueta, tal como habían sido coleccionadas por los gestores del proyecto fiscal, una vez comprobado que sus contenidos eran los mencionados, y tomé nota de 1.245 de ellas, todas las comprendidas entre la A y la L según el nombre del concernido, aproximadamente la mitad de las conservadas. Para esta ocasión, me limito a tener en cuenta la edad de quienes cumplían la doble condición, que el declarante fuera clasificado jornalero y tuviera bajo su responsabilidad una pequeña explotación aquel año.
Las edades declaradas para entrar a, y salir de, la condición de campesino, siendo trabajador del campo, fueron respectivamente 18 y 70 años. Las dos se pueden aceptar como veraces. 18 era una edad concordante con el comienzo de la plenitud de las fuerzas del hombre. Quienes primero consiguieran acceder a una pequeña explotación lo harían una vez cumplido su décimo octavo aniversario. Franqueado aquel paso, en las tierras del sudoeste, para los hombres que hubieran decidido dedicar su vida activa a los trabajos agrarios, se abriría una puerta que daba entrada al mundo de las explotaciones del tamaño menor, condenadas a ser subsidiarias. Los últimos aspirantes a entrar en él tendrían que contratarla antes de cumplir el aniversario septuagésimo de su vida, momento en el que para ellos estaría indicada la salida, o desistimiento de cualquier posibilidad de sostener una. Los 70 serían una frontera infranqueable porque tras ella la decadencia era segura. La permanencia en aquel mercado era dilatada y extendida. Podía prolongarse durante nada menos que 52 años del tiempo de una vida.
Pero, así como puede merecer crédito la confesión de los límites de la vida activa de los empresarios más modestos de cuantos se comprometían con la producción de cereales, no es tanto el que se le puede conceder a cualquiera de las declaraciones de edad de quienes eran trabajadores del campo y habían tomado posesión de pequeñas explotaciones a cualquier otra edad. A pesar de lo cual es necesario contar con todas las referencias a esta secuencia vital que haga la fuente, si se desea medir las posibilidades biológicas que a quienes aspiraban a ser campesinos alentarían a ofertarse en el mercado de las pequeñas explotaciones, previsiblemente el más importante de todos los rurales relacionados con el trabajo, porque sería el más concurrido, dado el abrumador tamaño que conceden insistentemente a tal clase de hombres las estadísticas de la época.
Aunque hay declaraciones de edad, para cualquiera de aquellos momentos intermedios, que son explícitas y muy correctas, aparentemente sinceras, como la de quien dijo tener 44 cumplidos, son más las que reconocen haber cedido a un enunciado poco preciso de su edad. Los más relajados dijeron, por ejemplo, que tenían más de 30 años o 50 sobre alguno más o menos. No es algo que deba sorprender. Cuando las personas han de dar cuenta de esta característica, es común que incurran en evasivas, en formas de hablar que enmascaran cuanto pueden la exactitud, o en dudas sobre la conciencia que del tiempo transcurrido desde su nacimiento ha conseguido salvar su memoria.
Es posible disponer de indicios sobre los momentos en los que el riesgo de la deformación del tiempo vivido pudo verse incrementado por efecto de las condiciones que impuso la fuente, y no tanto por la voluntad de los declarantes. Las edades más jóvenes, que en este caso son las que quedan por debajo de los 25 años, pueden estar representadas en una proporción superior a la real porque una parte de quienes las declararon, porque ya habían entrado en la edad laboral, todavía eran miembros de una familia cuyo titular era el responsable de la modesta empresa que estaba en el origen de las declaraciones, quien, por su parte, dado que su paternidad se había prolongado, era ya de una edad avanzada. Y ambas, como incursas en las premisas de la observación, las hemos debido tener en cuenta.
Al menos en parte, este efecto puede estar contrapesado por los casos en los efectivamente el responsable declarado de la pequeña empresa era un joven. Uno de ellos pudo llegar a aquel estado a consecuencia de que el padre fuera de edad excesiva, la superior de las observadas, demasiada para tomar a su cargo la parcela, y otro porque su madre era viuda y no estaba comprometida directamente con la explotación.
La disparidad y el número de tales casos, fuera uno u otro su signo, son suficientes para tener la certeza de que solo son la parte visible del mismo problema.
Me propuse paliar cualquiera de estas rémoras, las visibles y las que no hubieran podido emerger a la superficie, que con seguridad serían más, con el agrupamiento quinquenal de las edades. Aunque no las absorbería todas, y no podría evitar que una parte de ellas todavía fuera nociva, “quizás pueda valer la pena –pensé– correr el riesgo de cierta desviación si tomo grupos que como los quinquenales permiten a la vez borrar el efecto y salvar la sensibilidad del medio de observación frente al fenómeno, su capacidad para registrar con precisión, al instante, los cambios, las oscilaciones de un ciclo que podía prolongarse durante más de cincuenta años.” La medida que se obtuviera, aunque estaría algo enrarecida, no menoscabaría la percepción de los hechos que deseaba restaurar: cómo evolucionarían a lo largo de la vida de los trabajadores del campo las posibilidades de acceder con éxito al mercado de las pequeñas explotaciones de cereales, a qué edades las incrementarían, a partir de qué momento retrocederían.
Así pues, con las edades declaradas, sin corrección alguna, con grupos quinquenales compuse sucesivas tablas de entrada al cultivo de las explotaciones menores desde la condición de trabajador del campo. Tomé como efectivos iniciales de ellas, o universo de los expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, todos los trabajadores del campo cuya edad había identificado gracias a la fuente, 456 de los 1.245 cuyas características había podido registrar. Los 456 habían sido supervivientes a los 15 años porque sus edades estaban comprendidas entre 18 y 77 años, límites que por tanto comprendían las de quienes accedían a la condición de campesino. Nada me impedía actuar de este manera, porque nada indicaba que los trabajadores del campo que no entraban a ser campesinos quedaran sujetos a una experiencia biológica distinta a la de quienes conseguían una pequeña explotación.
Pero para que las tablas fueran acordes con los riesgos vitales que pretendían incorporar, se hacía necesario eliminar de los 456 el efecto que la mortalidad tuviera a partir de los 15 años, un fenómeno paralelo a las aspiraciones a entrar con éxito en aquel mercado, que antes de que aquella posibilidad se consumara deduciría una parte de los efectivos potenciales y aptos para convertirse en responsables de las empresas agropecuarias mínimas. El supuesto me pareció obligado porque los casos positivamente documentados eran los de quienes habían conseguido acceder a una empresa de aquella clase, y por tanto, antes de alcanzar esa meta, habían conseguido vencer el riesgo de morir a cada edad. Así que a los efectivos expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, antes del cálculo de los cocientes, fue necesario restarle las previsibles defunciones correspondientes a cada edad. Para satisfacer con rigor este objetivo, que solo podía fundarse en supuestos, recurrí a las tablas de mortalidad de la población agrícola que años atrás había elaborado en colaboración con Dante Émerson, después de recorrer decenas de lugares en los que sobrevivía la forma de vida que habíamos decidido llamar agrícola, cuya publicación ha iniciado esta misma página.
Cuando tomé aquella decisión, daba por descontado que no valía la pena esforzarse en un cálculo del efecto de las migraciones, la otra posibilidad de alteración del tamaño de los grupos de quienes eran susceptibles de disponer de una pequeña explotación. No me parecía que negar esta posibilidad quedara demasiado lejos de los hechos, si las condiciones de la supervivencia no estaban amenazadas por una caída de la producción de los cereales, la circunstancia que en pleno siglo décimo octavo ponía a prueba su radicación, una vez atenuadas las grandes epidemias, que asimismo desencadenaban movimientos de las poblaciones fuera de control. Es verdad que todos los años, cuando caía la demanda regular de trabajo en el medio rural, ocurrían salidas, así como en el momento de la máxima necesidad de fuerza humana las entradas se incrementaban. Sin embargo, cualquiera de los dos movimientos, se contrapesaran o no, eran estacionales y de retorno, y no tendrían efecto sobre los comportamientos estables que deseaba conocer. Y ni aun en el caso de que la frecuencia de las caídas de la producción de los cereales fuera muy alta, e ignorar los movimientos migratorios de cualquier tipo añadiera el riesgo de una observación deformada, tendría demasiado sentido persistir en plantear la posibilidad. La parte de cada población sujeta a los riesgos de las migraciones era siempre la menor. Jugar a poblaciones cerradas, cuando se trata de poblaciones agrícolas, es siempre jugar sobre seguro. La mayor parte de aquellas poblaciones era siempre conservadora y no se movía, salvo en las situaciones excepcionales que se han mencionado. Todos los comportamientos de la masa que pudieran observarse estarían siempre decididos, salvo circunstancias excepcionales, por la parte de la población que había decidido inmovilizarse. Podía pues considerar cerrada la población trabajadora del campo que se enfrentaba a la posibilidad de convertirse en promotora de una empresa menor.
Pero por otra parte, para reconstruir el flujo constante de los migrantes que opera espontáneamente en todas las poblaciones, disponía de un medio capaz de resolver de manera moderadamente satisfactoria el problema para aquella época, el cruce de datos censales con tablas de mortalidad. Como de estas disponía, la clasificación por edades de los 456 trabajadores del campo, equivalente a datos censales específicos, por completo independiente, no interferida por otros fenómenos, no me suponía un trabajo imposible y me permitía avanzar en una tentativa propia. Por tanto, finalmente me opté por ensayar valores expresivos del obstáculo que el movimiento migratorio podía interponer a esta parte selectiva de la población, masculina y aspirante a campesino, antes de satisfacer su acceso a una pequeña parcela según edades.
El primer resultado de todos aquellos supuestos fue la conversión del primer juego de tablas en otro de triple extinción, primero por muerte, después por migración y por último por acceso a la pequeña explotación.
Pero, aunque sus resultados eran convincentemente sensibles a las oscilaciones del fenómeno, en los sucesivos ensayos todavía se dejaban ver los efectos de la agrupación quinquenal que había decidido. Lo podía remediar con poco esfuerzo, con el trazado de una curva, definida con rigores algebraicos, tal como habíamos experimentado con éxito durante la elaboración de las tablas de mortalidad. O sintetizando los valores en una tabla decenal, aunque fuera menos descriptiva de las etapas de la evolución del fenómeno. Opté por la segunda solución, porque efectivamente la agrupación en décadas eliminaba todos los efectos deformantes de las declaraciones que había podido detectar, probablemente porque las desviaciones, como es regular, tendían a concentrarse en los aniversarios terminados en cero.
Bastó con que incorporara a los cálculos las correcciones que los sucesivos ensayos me habían ido indicando para que finalmente aceptara expresar las posibilidades de disponer de una pequeña explotación en un momento, pleno siglo décimo octavo, una vez alcanzada cierta edad, el supuesto que concuerda con las características de la información disponible, con las que proporciona la fuente, naturalmente sincrónica.
Entonces la posibilidad de disponer de una pequeña explotación a cualquier edad era realmente muy baja. Solo 1 de cada 15 hombres entre 15 y 74 años podría acceder a una de aquellas empresas. Solo él adquiriría transitoriamente la condición de campesino. Las mayores, con un máximo en torno a 1 de cada 10, coincidían con una plenitud, la de los 45-54 años de edad, quizás más determinada por la experiencia y la capacidad para gestionar una explotación que por la fuerza. El camino hacia aquella cima lo iniciaban los que habían cumplido los 25 años, así como todos los que tenían hasta 34, para quienes ya era posible que uno de cada 13 pudiera llegar a ser campesino. Lo nutrían aún más los que habían cumplido los años comprendidos entre los 35 y los 44, para quienes las posibilidades, resumidas en uno de cada 11, eran ya casi las mismas que habían alcanzado quienes habían cumplido los 45 años y siguientes hasta los 54.
Para quienes hubieran cumplido los 55, y hasta los 64, las posibilidades retrocedían a la mitad. Solo uno de cada 20 podría entrar en aquel grupo. Y se hundían definitivamente en los extremos de la edad activa, que efectivamente coincidían con la juventud y la vejez. Tanto para quienes tuvieran entre 15 y 24 como para los que ya hubieran cumplido los aniversarios comprendidos entre 65 y 74 las posibilidades estaban algo por encima de uno de cada 30. Las limitadas energías disponibles, al principio por inexperiencia, después por agotamiento, serían las responsables efectivas de la caída de las posibilidades.
Sin duda, las pequeñas explotaciones representaban el límite inferior del orden de las empresas interesadas en la economía de los cereales, y recíprocamente emprender una pequeña explotación era el escalón más alto al que podía acceder, de manera transitoria, aquella reducida parte de la población. Teniendo en cuenta que las demás actividades de quienes al mismo tiempo se dedicaban a mantener una pequeña explotación no eran cuantitativamente relevantes, esa proporción es muy significativa.
Quienes se esforzaban por disponer de una pequeña explotación, parte de una nutrida masa de trabajadores del campo que competían por alcanzar aquel estado más rentable, lo alcanzarían tarde, no tanto como consecuencia del momento en el que se adquiere la madurez biológica, porque en el hombre, como calcularían quienes reclutaban los ejércitos, se alcanzaba bastante antes, como de, por una parte, la capacidad para adquirir patrimonio que permitía actuar con alguna solidez en aquel estado, y por otra de la enorme concurrencia que debía concentrarse ante aquella posibilidad, que el tamaño del universo demostraba. Técnicamente, las posibilidades las limitaría disponer de ganado de trabajo, tanto del propio y como del ajeno, lo que convertiría a todos los campesinos en intermediarios energéticos necesarios. Bajo cualquier consideración, el de los trabajadores del campo dispuestos a convertirse en campesinos era un auténtico ejército de reserva de la energía creativa de riqueza, tal como argüían los clásicos; o de al menos una parte de la energía que creaba la riqueza, la que era responsabilidad de las empresas subsidiarias del tamaño menor.
Quiénes eran campesinos
Publicado: mayo 4, 2016 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioG. Valparaíso
La de campesino, cuando se trataba de obtener el producto agropecuario derivado del cultivo de los cereales, siempre en una parcela de pequeñas dimensiones, raramente era una ocupación exclusiva. Quienes a mediados del siglo décimo octavo se comprometían con ella habitualmente trabajaban en otra actividad. El tránsito era tan fluido y reversible que cuantos lo consumaban, y conseguían ganar la doble condición, a juzgar por cómo se expresaban eran conscientes de que por la de campesino solo estaban pasando. Las rentas que proporcionara al menos una de las dos actividades no serían suficientes para garantizar a las economías respectivas todas las que necesitaran.
Pero sería imprudente seguir hablando en estos términos si no se especificara de inmediato que, entre las otras actividades de quienes se cargaban con aquella responsabilidad, estaba incluida, más que cualquiera de las otras posibles, otro trabajo agrario. Ocho de cada diez de aquellas modestas iniciativas eran responsabilidad de quienes al mismo tiempo trabajaban en alguna de las demás actividades del campo, y casi cinco de aquellos ocho campesinos ocasionales obtenían la parte más estable de su renta gracias al trabajo que otros les compraban.
Aquella mitad de los empresarios marginales expresaba su condición más duradera recurriendo a denominaciones muy variadas, tantas que he documentado hasta cuarenta y cinco versiones distintas del modo de identificarse; aunque todos preferían, para referirse a sí mismos, el enunciado descriptivo o el de unas condiciones antes que la síntesis de una etiqueta, y hablar en términos que pareciera que ocupaban una posición lo más cerca posible del límite inferior de aquella forma de sobrevivir. Algunos se declaraban simplemente del campo o del campo jornalero, y otros explicaban que eran del campo y al presente trabajaban a jornal. Otros decían de sí que eran jornalero del campo o escuetamente jornalero. También había quienes se presentaban como bracero o bracero del campo, y los demás decían ejercer como trabajador del campo. Por tanto, en lo fundamental a sí mismos se llamaban de alguna de estas cuatro maneras: bracero, del campo, jornalero y trabajador del campo. Algo menos de la cuarta parte incluyó en su descripción la palabra bracero, un poco por debajo de la quinta parte recurría a denominar su actividad del campo, y aún menos de la quinta parte se presentaba como jornalero, mientras que en casi la mitad de los casos se prefería la expresión neutra trabajador del campo. Luego no era jornalero la forma más común de identificarse que elegían aquellos hombres, a pesar de lo cual la administración del momento insistía en reunirlos bajo esta etiqueta.
Todas aquellas maneras de enunciar una ocupación rural expresaban algo que sin embargo no era en modo alguno complejo. Se trataba de los contratados al azar para contribuir con su trabajo a alguna de las actividades agrícolas que se sucedían en ciclos regulares, según la cantidad de tierra que una labor, o una explotación mantenida al estilo de cortijos, hubiera puesto a producir, para las que se empleaban como gañanes de la siembra y el barbecho, sembradores, escardadores, cortadores de estiércol o segadores.
Junto a este grupo mayoritario, apenas dos de aquellos ocho activos agropecuarios que al mismo tiempo disponían de una pequeña explotación se identificaban como temporiles. En el trabajo agropecuario, salvo las actividades directivas y de gestión, que en las casas de más envergadura desempeñaban cuatro o cinco personas a la sumo, no se creaba ningún vínculo laboral indefinido. La condición que más se le aproximaba era la de temporil. Con este nombre se conocían los que comprometían su trabajo para una empresa del sector durante una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, la de invierno, que duraba los siete meses comprendidos entre octubre y abril, y otra de cinco, que iba de mayo a septiembre, que se podría llamar de verano. Unos eran contratados por una de las dos temporadas y otros por las dos, y nada, a ninguna de las partes, obligaba a renovar el compromiso cada vez que se iniciaba cualquiera de ellas.
Todas las responsabilidades que en las casas tenían los temporiles podían ser recompensadas con el acceso al producto de una pequeña explotación. Pero no eran muchos los que se hacían acreedores a esta posibilidad. De los temporiles con mayores cargos, con más frecuencia lo ganaban quienes desempeñaban las tareas de dirección. En primer lugar el aperador, el máximo responsable de las actividades de las labores sobre el terreno, quien las organizaba a diario y reglaba la contratación y manejo de la tropa de trabajadores que aquellas demandaban. Como la cuarta parte de las explotaciones menores de los temporiles la tenían aperadores, se puede creer que esta recompensa era consecuencia de que se juzgaba imprescindible su contribución.
Pero también eran retribuidos con el producto que diera una pequeña explotación los que tenían altas responsabilidades en cualquiera de las otras actividades en las que estaban interesadas las casas, todos piezas valiosas del único sistema de dirección de sus empresas, aunque por su condición unos y otros fueran naturalmente singulares. Así, la de capataz, una clase de la que un par de especialidades serían las preferidas para conferirles el suplemento de la cesión: capataz de olivares y capataz de las viñas; o el responsable de la administración de la casa que todavía se identificaba como mayordomo.
Pero bajo la condición de temporil sobre todo era contratado el trabajo de quienes bregaban con las ganaderías, capital que permitía a las labores obtener sus mejores beneficios. En una, de los cincuenta y seis trabajadores del campo que contenía la nómina de sus temporiles, solo nueve desempeñaban funciones directivas, de coordinación o de custodia y vigilancia. Los demás, que sumaban más de cuatro quintas partes de todos los temporiles, eran ganaderos. Podían emplearse como tales quienes cuidaban de los animales de labor o de los de cría; estos del ovino, los otros del vacuno, del equino o del asnal. Pero todas las clases de empleados ganaderos que trabajaban para un amo podían ser recompensadas con la posibilidad de disfrutar de una explotación menor.
A juzgar por este trato peculiar, era más apreciada la responsabilidad sobre el ganado ovino, rentable complemento de las casas. Se hacían acreedores a él los rabadanes o capataces de esta cabaña –de las merinas se les nombra precisamente–, aunque sin llegar ni a la vigésima parte de las cesiones a favor de los temporiles; y también quienes cuidaban específicamente de los carneros, los carnereros, así como el resto del personal al servicio del ovino, compuesto con pastores y zagales. Aunque su importancia fuera menor, quienes trataban con el ganado de cerda, primero que ninguno el capataz de cerdos, pero también cualquiera de los porqueros, asimismo disfrutaban de esta posibilidad.
Las otras ramas de la ganadería, sin embargo, no quedaban fuera de la previsión del reparto de las pequeñas explotaciones. Eran sus acreedores quienes se dedicaban al cuidado del ganado de labor. A ellos estaba confiada la custodia y la reproducción de las especies que necesitaban las magnas explotaciones concentradas en el cultivo del trigo. Del trabajo de estos ganaderos, que actuaban ininterrumpidamente sobre las cabañas por necesidad biológica, dependía la permanente disponibilidad de la masa de energía que absorbían constantemente las labores, cuyo imprescindible y mayor capital mecánico era. Tal vez por esta causa en aquella condición, y en la consiguiente cesión del producto de una parcela de dimensiones muy modestas, hibernaba mejor la servidumbre.
Los ganaderos de labor más apreciados por los labradores eran los especializados en el trato con el boyal, la primera clase de este tipo de ganado. A juzgar por la recompensa de sus responsabilidades era reconocido, en primer lugar, el boyero, aunque la fracción de pequeñas explotaciones que lucraban los hombre con esta ocupación solo representa algo menos de una octava parte de las que obtenían los temporiles. Y también gozaron de este aprecio el conocedor y hasta el zagal del boyero.
Asimismo, era reconocido el trabajo con el ganado equino, que se dedicaba al transporte de calidad de los señores de la casa y de sus empleados más cualificados, y que cada año proporcionaba una renta estimable gracias a la demanda segura de la remonta, que llegaba cada primavera. El acreedor del producto de una pequeña parcela era en este caso el yegüero, yeguarizo o yegüerizo. Los que desempeñaban este trabajo accedían a una quinta parte de las explotaciones secundarias reservadas a los temporiles.
Había recompensas del mismo orden para otros temporiles igualmente dedicados a trabajar con el ganado de las grandes explotaciones cuya ocupación específica, no obstante, no es posible determinar, como la de quien, a consecuencia de identificarse como bracero del campo ganadero, quedaba en el limbo del tránsito. Pero de otros sí se puede decir que serían recompensados por su dedicación al transporte en una casa, como quien se declaró arriero de tiempo. En alguna ocasión, con sentido explicativo, a determinados agraciados por esta recompensa desde una posición próxima se les llamaba boyeros carreteros. Tal vez se trataba de los encargados del trabajo de transporte que las casas requerían cuando hacían sus desplazamientos en el espacio rural. Los mandaderos, que también podían ser recompensados con esta renta parcial, se pueden adscribir a este mismo grupo si se les respeta su mitad urbana.
Pieza valiosa de los sistemas de control de las labores era el casero en un cortijo, quien igualmente disponía de esta posibilidad, y a los trabajos de vigilancia que las casas necesitaban también atendían el guarda, el guarda de una hacienda y el que las fuentes llaman mozo de las noches. Salvo la primera, ninguna de estas denominaciones obliga a pensar que sus trabajos estuvieran destinados al buen fin de la empresa de labor, y todas permiten admitir que vigilaban el patrimonio de las actividades en las que estuvieran interesados los grandes inversores en los negocios rurales. Pero cualquiera de ellas también en el espacio reservado a la producción del cereal obtenía una parcela discreta.
Hubo quien a sí mismo se refirió como temporil en un cortijo, y otro dijo que estaba al presente de temporil. Por el contrario, un tercero se presentó como jornalero de arador, expresión equivalente a gañán. Aunque el trabajo de arada se reiteraba y se prolongaba durante semanas, al parecer no era fácil que quien lo hacía alcanzara el estado de temporil. Y de un bracero del campo ganadero, aunque esta fuera su manera de emplear los términos, se podía presumir que tampoco había conquistado el estado de temporil, no obstante que fuera habitual que los ganaderos de una labor recibieran aquel trato. Pero nada impidió que los cuatro accedieran a lo que entre los temporiles era una remuneración reservada.
Para referirse a todos los temporiles, además de la reiteración de la voz amo cuando se mencionaba la otra parte de la relación, es muy frecuente que la documentación de la época también utilice la expresión sirvientes de una labor, y que, reconocidos bajo esta denominación, accedan al cultivo de pequeñas explotaciones. Así, un sirviente de temporil, un sirviente que especifica que estaba sirviendo en un cortijo, otro que declaró sirvo en las casas de su morada a mi señora y otro par de sirvientes de otra señora.
Aunque la posición de una parte de quienes se declaran maestro de molino podía ser por completo independiente, entra en lo posible que su actividad estable estuviera vinculada a una casa. Tanto es así que otros activos de la misma clase aparecen identificados explícitamente como maestro de molino de pan de cierto amo, con una reiteración que no permite dudar de la interpretación que es correcto hacer. También parecen sirvientes otras personas dedicadas a la fabricación de pan en las grandes casas agropecuarias, para las que trabajarían en exclusiva, como amasadores y horneros. Cualquiera de ellos también podía disponer de su recompensa en forma de explotación subordinada, en cuyo caso el producto de esta tal vez proviniera del pago a su trabajo.
Los que mantenían otras empresas agrícolas, y a la vez emprendían una pequeña explotación de cereales, eran el que falta para completar el total de ocho que sumaban quienes al tiempo se dedicaban a cualquiera de las actividades agropecuarias, o la décima parte de todos los activos por los que se interesa este texto. Aunque solo representen la parte menor de los campesinos, son quienes descubren las condiciones que podían inducir la doble actividad con la mayor nitidez.
Cuando eran otros los que se referían a ellos, generalmente los identificaban como labrantines y hortelanos, y los llamaban labradores pelantrines cuando deseaban referirse a campesinos instalados en un cortijo que se había fragmentado en decenas de aquellas porciones menores del espacio dedicado a producir cereales. Aunque en aquella circunstancia la denominación podía oscilar, primero se los aludía como haceros y pelantrines y luego prevalecía llamarlos solo haceros.
Sin embargo, cuando hablaban de sí mismos elegían términos más estables o descripciones muy explícitas. Gracias a que actuaban así, se puede decir que quienes con más frecuencia preferían añadir la diversidad a su iniciativa económica, mediante el cultivo de una explotación menor de cereales, eran los hortelanos, simultáneamente poseedores de explotaciones hortofrutícolas intensivas. Aunque uno de sí simplemente decía que era hortelano, otro ilustró muy bien su doble dedicación al explicar que su tráfico es en la huerta y sembrar pegujales y arar olivares.
Fueron también precisos quienes, desde una posición algo más neutra, dijeron que su trabajo era arar olivares y sembrar pegujales con mis reses, o quien confesó que busco la vida arando olivares, sembrar un pegujal y a lo que sale. Y un declarante, igualmente tentado por el deseo de describir, aunque utilizaba una expresión algo presuntuosa, no dejó de esclarecer el estado que permitía aspirar a campesino. Describió su actividad diciendo algo tan displicente como me entretengo en trabajar en mi caudal. Según deduje del análisis del patrimonio que confesaba, con aquella manera de hablar pretendía hacer referencia a que tenía, además de algún ganado de labor, unas pocas tierras; un estado que compartía, como más adelante averigüé, con otros que por su parte tenían algún cortinal, algo de viña o unas cuantas aranzadas de olivar.
Los que, dedicándose a trabajos del campo, explotaban una parcela menor y tenían ganado eran más de los que describían su situación en aquellos términos tan expresivos. Entre los que preferían limitarse a declaraciones más ceñidas, probablemente porque su patrimonio era de fuerza y no de tierras, había quien explicaba que era trabajador del campo con reses mías propias, o quien era trabajador del campo con mi ganado, clase en la que incluso podía encuadrarse una mujer soltera, la única empresaria de este rango que descubría la documentación. El más expresivo de los que se movían en este límite fue quien dijo ocuparse en sembrar mi pegujal con mi ganado y después jornalero para mantenerme. El análisis de los bienes de todos los que hablaron en estos términos demuestra que quienes ocupaban estas posiciones solo eran una fracción.
Cualquiera de ellos probablemente era lo que las fuentes de la época, cuando se expresaban del modo más general, insistían en presentar como pegujaleros; incluso tal vez, con más precisión, fueran los que en la documentación administrativa eran los responsables de la modalidad de parcela dedicada al cultivo de los cereales que ella misma llamaba pegujales sueltos. Pero debe constar que cuando hacían sus declaraciones, aunque todos tenían en cuenta que mantenían una empresa menor, nadie se denominaba a sí mismo pegujalero o pegujarero, lo que demuestra que de todas las formas de actividad agropecuaria que el análisis desde este punto de vista permite observar la más efímera era la que entonces se llamaba pegujalero, en extremo transitoria e inestable.
Por eso probablemente se homologa con más facilidad su papel efectivo si se les llama campesinos, en cuyo caso representarían el que se puede considerar genuino porque tendría más posibilidades de ser estable. El perfil del tipo vendría dado por que poseía ganado, no tenía tierras de sembradura propias y transitoriamente acometía, porque su patrimonio energético se lo permitía, una pequeña explotación de cereales entre otras. Sería la parte de los activos agropecuarios que, viviendo en el territorio de tránsito entre la condición de trabajador del campo y la de pequeño empresario, efectivamente estaba con más frecuencia en la segunda gracias a su modesto patrimonio.
Además de los habituales activos del campo, que acumulaban unas ocho décimas partes de las iniciativas que se habían propuesto producir cereales en pequeña escala, se pueden estimar en dos de cada diez –el resto de los campesinos– los que se atrevían con una pequeña empresa con aquel fin sin tener como dedicación preferente las actividades agropecuarias. Componían una lista muy extensa. A las proporciones específicas que se obtendrían tomando todas las menciones no vale la pena concederle alcance cuantitativo. Pero su descripción tiene un enorme valor para averiguar hasta dónde llegaba el deseo de ser campesino.
Una parte de los que tomaban bajo su responsabilidad pequeñas explotaciones se dedicaba a actividades relacionadas con el sistema de comercio. Los había transportistas y comerciantes indiferenciados, pero sobre todo abundaban los que se empleaban en el tráfico de mercancías bajo el nombre específico de arriero, no obstante lo cual alguno de nuestros documentos prefirió reconocerlo como aljamel. También, entre los de esta clase, constan el carretero, cuya mención reiteran, el carguero y hasta una trajinera. Los había también cuya dedicación al transporte se había especializado, como el aguador, cuya emergencia a los testimonios es frecuente, y el pajero. Igualmente había quien se vinculaba a la red de comunicaciones de manera algo más remota, como un ventero, o muy remota, como un tabernero. Cualquiera de ellos podría justificar su deseo de disponer de una pequeña explotación como el propósito de contener los costos a los que su actividad les obligaba, siempre que se suponga que la parcela a la que dedicaban una parte de su atención la sembraban de cebada, el alimento preferido para los animales de carga.
Profesionales de actividades urbanas, probablemente regladas por sus respectivos gremios, también aparecen como promotores de pequeñas explotaciones. Un maestro carpintero, que tenía a su cargo un aprendiz; un maestro de herrador, que mantenía un oficial y un aprendiz de dieciséis años; y un sargento de inválidos con dispersos en su casa que efectivamente ejercía como maestro zapatero, tanto que mantiene por tiempos un oficial de zapatero, probablemente tenían en común que estaban muy cerca de las actividades subsidiarias de las labores.
Mayor autonomía parece que disfrutaban los que se declaran suministradores de servicios igualmente urbanos, tales como los relacionados con el calzado, reunidos bajo las denominaciones de maestro de zapatero, zapatero remendón o zapatero; o con la venta de alimentos, como la especiera, el cortador, el tablajero, el lechero, el confitero y el chocolatero, todos los cuales, sin embargo, asimismo decidían hacerse con su propia explotación menor. Asimismo, tomaban esta decisión albañiles, aserradores, caldereros, herreros, horneros, plateros o zurradores. Ni siquiera escapaban al deseo de actuar en este frente quienes ejercían actividades marginales, como jabonero y cisquero.
Pero no quedaban mucho más lejos de esta posición quienes confesaron una dedicación más autónoma, libre o liberal, como las de maestro boticario, médico, cirujano, barbero y maestro de escuela, o los empleados de la administración fiscal, como el administrador de rentas provinciales, y los miembros del ejército, como un sargento de milicias. Incluso los había empleados en actividades relacionadas con la administración de justicia, como cuadrillero, ministro y carcelero La independencia real de cualquiera de aquellas ocupaciones liberales puede ser mejor conceptuada si se recapacita sobre que todos los mencionados igualmente mantenían sus propias pequeñas explotaciones.
De quienes desempeñaban otras actividades y se interesaban por aquella clase de empresas, por último hay que mencionar al clero, cuya condición aparta su posición de partida al lugar más alejado de las agropecuarias. En el orden de la jerarquía local, cuando se trata del clero secular, no hay rango que deje de tomarse este interés. Aunque algunos de los comprometidos simplemente se presentan como presbíteros, el vicario, el cura y el sacristán estaban entre ellos. En ningún caso consta que alguno de los mencionados, incluso el vicario, gozara de beneficio, como por otra parte era previsible. El beneficio colocaba en un campo de rentas que en absoluto no necesitaba atenerse a la disciplina ordinaria de la iglesia romana, y menos aún recurrir a una pequeña explotación para completar las rentas propias.
También se interesaban por el cultivo de los cereales a pequeña escala individuos de órdenes religiosas, quienes disfrutaban para sí de él, como un dominico, otro que consta solo como presbítero fraile y una religiosa. Pero el clero regular prefería solventar este expediente con formas algo más indirectas. Bien eran sus priores quienes se hacían responsables de la explotación, bien era la fundación. Tres priores, el de un convento de la orden de predicadores, el de un monasterio de la orden de San Jerónimo y el de un convento del carmen calzado, y dos corporaciones conventuales, una de mercedarios y otra de jerónimos, también lo tomaban a su cargo.
Consta asimismo un ermitaño que, no obstante su existencia solitaria, había decidido acompañarla con el trabajo en una parcela de solo tres cuartos de unidad de superficie.
Comentarios recientes