Una digresión
Publicado: marzo 14, 2016 Archivado en: Epaminondas Álvarez | Tags: historias Deja un comentarioEpaminondas Álvarez
Decide contar Plutarco, en su Vida de Alejandro, una vez completado su relato de las campañas que lo retuvieron en Mesopotamia, que tras derrotar a los persas se constituyó rey de Asia, y que luego decidió bajar hasta Babilonia, cuya fama había sobrevivido aun habiendo transcurrido milenios; donde igualmente impuso el poder de su fuerza.
Aun no había ocupado las llanuras que preceden al golfo, cuando en una región próxima a las fuentes del Tigris a sus exploradores, que decidían las rutas que debía en cada trance seguir el cuerpo expedicionario, les sorprendió una gruta de la que manaba fuego, y desde la que salía una corriente de betún que se adensaba según descendía hasta formar un estanque.
Tan inesperado fenómeno, del que había quedado en las crónicas de las que se estaba sirviendo un relato lo bastante completo y fiel como para recibirlo con el suyo, le pareció a Plutarco, como siglos antes le había ocurrido a Heródoto, justificación suficiente para interrumpir la historia de las hazañas de su héroe.
Observaron que aquel betún reaccionaba tan vivamente ante el fuego que no era necesario que contactara con él para que se incendiara. Era suficiente la luz que irradiaba la llama para que aquella pez negra prendiera. Concluyeron que el sorprendente efecto era favorecido por el aire que circulaba entre fuego y betún. A causa de que este lo contaminaba, irradiaba desde su superficie ya a altas temperaturas y muy volátil.
Llegada la noche, los naturales del país, sabiéndose ya sujetos al poder de los macedonios, conociendo la admiración que aquel fenómeno entre ellos había causado, para ganarse su favor, representaron para la nueva corte un prodigio. A lo largo de la calle que llevaba hasta el lugar que Alejandro había elegido para su residencia trazaron un reguero con el fluido, y desde el extremo opuesto con una antorcha lo encendieron. Un instante fue suficiente para que el destello llegara hasta las puertas del palacio, y que quienes en él estaban quedaran sobresaltados.
Atenófanes, un ateniense empleado por el héroe para que tras el baño ungiera su cuerpo, y que durante el masaje solía complacerlo con actuaciones que contribuyeran a la distensión de su músculo, le propuso para el día siguiente un ingenioso pasatiempo. Estéfano, un esclavo de pocos años, bastante simple, de estampa extravagante, al que mantenían en la corte, a pesar de su escaso valor, porque ejecutaba el canto con gracia, podía ser útil para comprobar si las virtudes del betún deslumbrante, tal como pretendían los exploradores y habían representado los indígenas, eran tan extraordinarias. Al propio Estéfano, deseoso de congraciarse con Alejandro, cuando se la propusieron le entusiasmó la idea, y al héroe, que nunca dejaba de imaginar medios con los que castigar a sus oponentes, le pareció prudente y oportuna.
Fue untado Estéfano con el betún. Le aproximaron una lucerna y se transformó en una tea que inundaba la estancia con su luz. Sobre su cuerpo la llama no se extinguía. Algunos de los presentes, que pasivamente disfrutaban como espectadores privilegiados el esparcimiento del héroe, reaccionaron y recurrieron al agua que estaba cayendo en el estanque para apagar las llamas que consumían al pobre esclavo. No pudieron evitar que su cuerpo quedara en un estado lamentable. Fue necesario reconocer el poder extraordinario de aquel betún.
Nada se sabe sobre lo que le sucediera a Estéfano pasados los días. Plutarco no cree necesario prolongar en esa dirección el relato porque piensa que las digresiones deben ser contenidas, de dimensiones moderadas. En su opinión, han completado su papel si provocan una sonrisa en quienes ofuscados se hubieran entregado a la lectura.
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