Las legumbres
Publicado: enero 11, 2016 Archivado en: Dámaso Pérez | Tags: historias Deja un comentarioDámaso Pérez
Los antiguos habían fijado fábulas, destinadas a advertir y enseñar a las generaciones siguientes, que las condenaban taxativamente como una parte de la dieta de los hombres. Un relato recibido a través de Hernán García de Bobadilla aceptaba que una divinidad precolombina, a la que los indígenas hacían responsable de los ciclos agrícolas, permisiva del progreso de sus vidas, debía serlo también de haber revelado a los humanos el que consentía obtener las flatulentas habas. Pero como los ritos que reconocían los poderes de aquel ser extraordinario, a consecuencia de los rigores que sus adeptos se habían impuesto, debían celebrarse en recintos cerrados, casi sin ventanas, sin que circulara aire entre ellos, los iniciados en aquellas creencias herméticas, las que se rendían ante su omnímoda presencia, tenían prohibido comer habas.
–Con el tiempo, aquellos creyentes habían completado su excéntrica disciplina con un conjuro de su vulgar excusa, cuyo objeto era descargar a la diosa de cualquier responsabilidad en un principio que por último había resultado tan inoportuno.
El relato humanista que la había recibido en occidente, no el original, que se había perdido, había ideado un epónimo al que llamó Ciámites, el de las habas, a quien le fue adjudicada la desastrosa decisión de sembrar las primeras, las mismas que después tuvieran tan inesperadas y molestas consecuencias.
Leía aquella clase de relatos consciente de que lo entretenían inútilmente. Le desconcertaba no terminar de encontrarles sentido. Conceder algún crédito a tan simples testimonios, que procedían del mundo de las oscuras supersticiones, que tan faltos estaban de autoridad y tan poco rigurosos eran, absurdamente orientados contra el consumo humano de la saludable legumbre, era insensato, tanto más porque con sus insensateces a sí mismos persistían en descalificarse.
–Otro de los que había encontrado en la misma tesis, dedicada a conocer el origen de ciertos cultivos a un lado y otro del Atlántico, contaba que aquellos cofrades de la comunidad que rendía culto a la mítica Tláloc mantenían que en la tumba de un poderoso Tehuáltepec, que a la fabulosa divinidad cierto día acogió y dio hospedaje, cavada en las inmediaciones de su casa, podía leerse este epitafio: Aquí un día el héroe rey Tehuáltepec recibió a la venerable / Tláloc, cuando le mostró por primera vez el fruto del otoño, / que la raza de los mortales llamó sagrado higo. / Desde entonces la familia de Tehuáltepec comenzó a tener honores eternos.
Era absurdo. Para dar crédito al sentido pretendido para este epígrafe, era necesario admitir que Tehuáltepec tendría que haber conocido a Tláloc adelantada la edad de su declive, puesto que su descubrimiento había conducido a la amarga y desastrosa conclusión de identificar higo con otoño. Por otra parte, no parece que la manifestación pública de cualesquiera higo, cuando la naturaleza que lo ha creado ya ha emprendido la decadencia, sea motivo para elevar a quien lo observara a la condición de héroe, menos aún para que toda la estirpe de sus descendientes sea indefinidamente honrada por esta causa. Sin embargo, a consecuencia de tan lamentable giro de las creencias, entre los precolombinos, según aquellas fuentes, se había naturalizado la idea de que la divina Tláloc fue la primera que a los hombres mostró el higo, así como sus insustituibles aplicaciones.
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