Animales maltratados
Publicado: noviembre 27, 2015 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Bartolomé Desmoulins | Tags: agraria, economía |Deja un comentarioBartolomé Desmoulins
1. El valor que los antiguos concedían al ganado asnal lo demuestra un conocido apólogo, aquel que cuenta que los vecinos de Nauplia, ciudad principal en las tierras de los argivos, a cuyo frente combatió Agamenón, resistiéndose a caer víctimas de innobles prejuicios, ya en la alta antigüedad habían elevado al asno a la condición de héroe civilizador. Poco después de establecerse donde pudieron crear la colonia, la misma que con el tiempo daría origen a una urbe, la suya, un animal de esta clase se había comido uno de los sarmientos, por ellos plantados ateniéndose a las obligaciones que habían aceptado al radicarse. La consecuencia del meditado acto fue que el fruto que de la vid mordida se obtuvo fue el más abundante, por lo que decidieron tallar un burro en una roca, a una altura que lo hiciera bien visible a cualquiera que se acercara a sus tierras, y así conmemorar que había sido un sufrido animal de la condición más modesta, y no un hombre, el que les había enseñado el secreto de la poda.
Pero, como tantos nobles legados de la antigüedad, la memoria de tan acertado reconocimiento se extinguió. No diré que fue el descuido la causa única, o incluso la directa, de la pérdida. Pero desde luego contribuyó a que surgieran controversias, enfrentamientos y querellas sobre el valor de tan pacientes animales, unas por intolerancia, otras por menosprecio.
Uno de los más agrios que conozco fue el que tuvo su origen en 1756, cuando el representante y defensor de los algo más de setenta campesinos que trabajaban las tierras de un cortijo, localizado en el extremo sudoeste del continente europeo, pródigo en historias de animales, cuyo señor, para multiplicar sus rentas, había preferido fragmentarlo en al menos otras tantas parcelas, se querelló contra un vecino de la población en la que vivían, donde ejercía como boletero para el embargo de las bestias menores.
Entre las cargas que recaían sobre la población no exenta, estaban las exigidas por razón de servicio militar que habían sobrevivido hasta pleno siglo décimo octavo. El embargo de los animales de fuerza de la especie asnal, a los que solían referirse llamándolos bestias menores, hasta tal punto las había de mayor entidad, probablemente era una de sus formas más visibles. El encargado de ejecutarlo era conocido con el nombre de boletero porque hacía y repartía boletas o acreditaciones del alojamiento, otro de los servicios que por razones militares se había reservado, quizás en parte una vez recuperado, el señorío de la corona. Obligaba a los vecinos de cada población a dar cobijo en sus hogares a los soldados que por ella transitaran. El documento, que el boletero repartía entre los miembros de la tropa que llegaban, los acreditaba. Presentándolo, cada soldado era admitido en la casa que le hubiera asignado.
Aunque para pleno siglo décimo octavo el servicio de alojamiento ya se redimía con una contribución, llamada de paja y utensilio, el embargo de las bestias menores sobrevivía como una obligación material. Quienes fueran dueños de este tipo de animales estaban sujetos al deber de ponerlos a disposición de las tropas para facilitarles el transporte de su impedimenta mientras transitaran por los caminos de cada municipio. De la selección y embargo provisorio de los ejemplares que lo efectuarían, y asegurar que se cumpliera, se encargaba también el boletero. El discurrir de estos bagajes, cuyas jornadas estaban reguladas en ocho leguas por día, a causa de las continuas guerras sostenidas por los ejércitos de la corona las poblaciones de la región lo habían padecido continuamente, según algunos contemporáneos, entre 1709 y 1756, casi medio siglo de prestación ininterrumpida del mismo servicio.
2. Muchos trabajadores del campo se arriesgaban a promover modestas explotaciones porque disponían de algunas cabezas de ganado, y así, aunque fuera por un año, se convertían en ilusionados y discretos pequeños empresarios. La mayor parte de los que habían tomado las parcelas de aquel cortijo en 1756, todos de esta clase, poseían una yunta de burras, con la que atendían las necesidades de fuerza de sus respectivos planes. Frágiles y no obstante entregadas, las jumentas les proporcionaban la energía más elemental de cuantas se aplicaban a la producción de los cereales. Mientras que los que habían decidido ser transitoriamente empresarios se limitaban a ellas, las grandes labores solían servirse de poderosos bueyes, que les permitían disponer de las enormes masas de trabajo que consumían, y de mulos, ganado preferido cuando se trataba de invertir cantidades moderadas de esfuerzo.
Las burras de aquellos campesinos nunca estaban paradas, y las aplicaban incesantemente a toda clase de trabajos. Las utilizaban para transportar a las tierras que iban a sembrar sus granos sementales, que guardaban en sus casas. Luego, antes de verter la simiente en los surcos, emparejadas por el yugo, tiraban del arado y consumaban el barbecho que les era posible, limitado a dar a las tierras el hierro necesario para que quedaran abiertas. Y, una vez sembradas, de nuevo las araban, para completar los trabajos que daban principio a cada explotación. Cuando llegaba la hora de recolectar, recogían las gavillas de la mies que cada cual hubiera segado en unas grandes redes trenzadas con tomiza, de malla de luz muy abierta. Las cargaban sobre sus burras y los sufridos animales las llevaban hasta la era, junto a la cual las iban dejando. Esparcidas sobre el empedrado, también eran ellas las que pisaban y tiraban del trillo que pasaba sobre las espigas. Y, una vez separado el grano de la espiga, asimismo lo transportaban hasta el lugar donde cada uno deseara conservarlo.
Durante el resto del año, los días que no estaban ocupadas en el cultivo o en la recolección las empleaban en recoger estiércol. Lo iban mendigando por las casas y otros lugares en donde pudieran encontrarlo, como mesones y posadas, y allí donde lo consiguieran lo recogían, una vez más sirviéndose de ellas, para conducirlo hasta las tierras que cultivaban. A juicio de quienes eran expertos en los procedimientos que convenían a aquella manera de cultivar los cereales, era indispensable que quienes la adoptaban aplicaran sus jumentas a llevar el estiércol a sus parcelas paulatinamente, para que sus tierras pudieran alcanzar la sazón que necesitaban si a continuación, en otoño, debían sembrarlas. Las estercoladas eran la principal inversión que las pequeñas empresas podían permitirse en beneficio de sus parcelas. A causa de su incesante preocupación por obtener producto, las sembraban todos los años, y para que pudieran fructificar con tan exigente frecuencia, no había más modo de requerirlas que agregar a la tierra estiércol, sin el cual no podría servir porque se agotaría. Así se garantizaban una productividad que de otro modo sería imposible.
Pero la burra era una especie de ganado de tan endeble naturaleza que, aunque trabajara día tras día, en modo alguno era a propósito para hacer largas jornadas itinerarias. En caso de que con ella se decidiera atender rutas, solo podía aplicarse a cubrir dos, a los sumo tres, leguas cada día, distancia máxima que era capaz de resistir.
3. Desde antiguo existía una legislación que amparaba a los campesinos frente al embargo de bestias. Una de las leyes del reino había establecido que bueyes nin vacas, nin otras bestias de arada, nin los arados, ni las ferramientas, ni las otras cosas, que son menester para labrar las heredades, nin los siervos que son puestos en ellas señaladamente para labrarlas, defendemos que en ninguno no lo tome a peños. Nin otrosí, ningún juzgador, nin otro home no sea osado de las prendar nin facer entrega de ellas, e cualquier que los ficiese sea tenudo de pechar al señor de ellas todo el daño e menoscabo que viniere por esta razón.
Más tarde, a esta explícita decisión le fue añadida otra similar, con el tiempo incorporada a la recopilación novísima: Establecemos y mandamos que no sean tomados, ni prendados, ni embargados por ningún ni alguna manera bueyes ni bestias de arar, ni los aparejos que sean para labrar y coger pan, y si contra esto hicieren mandamos que tornen la prenda que prendaron, tomaron o embargaron en cualquier manera al querelloso con el daño que por ello recibiere, y por este mismo hecho caigan e incurran en pena del cuatro tanto de lo que valiere la cosa que fuere tomada y embargada.
Luego las bestias de arada que sirvieran para el cultivo de las tierras de cereales debían quedar exentas de las obligaciones relacionadas con los tránsitos militares. Aun así, ocasionalmente el rey podía exigir a sus vasallos a que le suministraran carros y bagajes, para su real servicio, a un precio tasado y a la vez moderado, aunque era raro que transigiera aplicar esta exigencia extraordinaria a quienes labraban las tierras que producían los bienes alimenticios. No obstante, el boletero de las bestias menores de la población, para destinarlas a los tránsitos de soldados y cargas, decidió embargar las burras que los campesinos de aquel cortijo tenían, incluso cuando las estaban empleando en las actividades a las que regularmente las dedicaban.
Aparte la forzada manera de interpretar el fuero, las consecuencias materiales de aquella manera de obrar se podían prever. Por experiencia se sabía que para que consumieran entera una jornada de ida y vuelta al servicio del ejército, de ocho leguas de dilatadas y violentas marchas, era preciso apalearlas, de lo que resultaba que muchas volvieran lastimadas, totalmente inservibles.
Denunciar estos hechos fue suficiente para que el corregidor, que actuaba como juez de primera instancia, ordenara que ni aquel boletero ni los demás, fueran de bagajes mayores o de menores, en modo alguno embargaran a los campesinos los animales que tuvieran. También les ordenó que para los tránsitos de los soldados por los caminos de la población, a partir de aquel momento, tal como siempre se había hecho, recurrieran a las bestias de arrieros, hortelanos, aguadores y otros traficantes, a quienes el embargo no les causaba perjuicio.
4. Pero, avanzado ya 1757, el corregidor modificó su criterio. Amparándose en que debía aclarar el sentido de la sentencia precedente, de cuya redacción dijo que había causado dudas, tanto a los cedidos en el cortijo como a los boleteros, porque cada uno de ellos la había interpretado de distinta forma, precisó que su propósito había sido garantizar los animales que tuvieran a quienes trabajaban sus tierras durante la siembra y los agostos, pero no durante el resto del año, una decisión ante la que quienes estaban instalados en el cortijo habían reaccionado exigiendo excepción para todo el año. Tanta intransigencia, en opinión del corregidor, estaba ocasionando graves perjuicios a los militares que transitaban por la población, quienes no podían disponer de todos los medios que necesitaban. Había decidido, por tanto, que los boleteros pudieran embargar las bestias menores de quienes las tuvieran cuando fueran necesarias para cualquiera de los tránsitos, si no eran tiempos de siembra o de recolección.
Haciendo uso del margen que le había proporcionado aquel nuevo auto, en la noche del primer o segundo día del mes de septiembre el boletero embargó una burra a uno de los campesinos del cortijo, a pesar de que en aquel momento estaba llevando estiércol a su haza y estaba sembrando su tierra. Necesitaba siete bestias menores y el corregidor le había mandado que recurriera a las de aquellos campesinos. Cuando la jumenta fue embargada era robusta y estaba sana, pero cuando le fue devuelta a su dueño estaba tan lastimada, a causa de lo pesadas que habían sido las cargas que había soportado, que de la agitación que padeciera en el tránsito murió.
5. La reacción del representante de los campesinos no se hizo esperar. Por su iniciativa, el día siete de aquel mismo mes, ante el corregidor tuvo que comparecer el boletero de bagajes menores para someterse al interrogatorio que proponía. En el transcurso de su declaración vinieron a descubrirse nuevas circunstancias del caso, las mismas que luego, en las deposiciones que se sucedieron ante la autoridad judicial, a partir de fines de septiembre, de los testigos aportados por el defensor, fueron corroboradas y en algún caso completadas.
Quedó demostrado que el boletero nunca, en ninguna época del año, había embargado bestias a los magnates del negocio de los cereales, los labradores que explotaban cortijos completos, a pesar de que sus burras solo trabajaban en la conducción de sus granos durante la recolección. Así se había conducido siempre, incluso cuando había la mayor necesidad y faltaban bestias para cumplir con los tránsitos de soldados.
No se pudo precisar cuántos arrieros ejercían en la población, ni cuál era la cantidad de animales que sumaban sus recuas, respecto de lo cual solo quedó constancia de lo que declaró, con una buena dosis de cinismo, el propio boletero: que unos tenían dos bestias, otros tres, otros cuatro, otros cinco, otros seis, otros siete y tal cual ocho. Pero sí se pudo establecer que los arrieros le pagaban cada mes 30 reales para que en los embargos los tratara de la manera que más les favoreciera.
Pero sobre todo se supo que la verdadera ocupación diaria del boletero en cuestión era recabar uno, dos, tres y hasta más reales de cada vecino que tuviera burras. A cambio, si le daban la cantidad que les pedía, les ofrecía que las relevaría de los embargos para los tránsitos de soldados. Muchos, para evitarlos, conservar sus jumentas y evitarles el daño al que podrían quedar expuestas, no se pensaban dos veces pagarle lo que les pedía, y continuamente le daban algunas cantidades. Uno de los campesinos del cortijo, además de un real de a ocho por año, cuando se hallaba apurado de fuerzas recurría a darle uno o dos reales, mientras que otro, que tiempo atrás también había labrado una de las parcelas del cortijo, para que el boletero le eximiera las burras que tenía, también le había pagado dos reales por cada vez que se las libraba.
Aun así, los campesinos, además de darle cantidades de dinero como las mencionadas, se veían forzados a concederle otras compensaciones. Muchas veces había ido a casa de uno de ellos a embargarle las burras, y para que no lo hiciera, aparte las ocasiones en las que le dio dinero, tuvo que darle carne, pan o trigo y, por la pascua de navidad, tortas. Otro día había ido el boletero a casa de uno de ellos y le había pedido a cambio de la exención una cuartilla de harina. Mientras estaba sentado en el patio esperando la dádiva, lo atravesó una polluela. El boletero se la pidió y el campesino no tuvo otro recurso que dejar que se la llevara. Sabía que si no se la daba perdería, además de la harina, que le mirase sin equidad en los embargos con los que le amenazaba.
Como era público y notorio todo aquello, para justificar sus extraordinarios ingresos, el boletero se vio forzado a alegar que se había ocupado, y aún se ocupaba, aparte su mediación en los tránsitos militares, en trabajar en el campo. Pero todos los testigos mantuvieron que en realidad para mantenerse no tenía otra ocupación, ni ejercicio, ni trabajo, ni modo de pasar la vida, y que no se le conocía más oficio que su continuada estafa. Tan frecuentes habían llegado a ser sus abusos que ya eran muchas las ocasiones en las que públicamente se habían quejado por este motivo tanto aguadores y arrieros como algunos de los campesinos, los cuales, por esta causa, además habían elevado continuas quejas al señor del cortijo. Su administrador, actuando en su nombre, había intentado convencer al boletero para que se contuviera, pero no lo había conseguido. Aquella había sido la causa inmediata que había obligado a los campesinos a solicitar en justicia acabar con aquella situación. Al final, el boletero, que hacía dos años que estaba ocupado en aquel ejercicio, a consecuencia de su insaciable abuso, no solo había ido perdiendo de unos y otros las constantes regalías de las que era objeto, sino que estaba poniendo en riesgo su trabajo de mediación en los tránsitos militares.
6. Considerados los testimonios, el defensor creyó conveniente alegar, primero, que los treinta reales que al boletero le daban los arrieros abolían la igualdad y la proporción que correspondían al reparto de las cargas concejiles, lo que en sí mismo era radicalmente injusto. Llamó también la atención sobre un hecho evidente. Sin los carros y bagajes de los vasallos no podrían producirse los frutos de los campos, ni fecundarse ni fertilizarse, porque las tierras cultivadas eran la sustancia del reino. No creía superfluo recordar que sus representados cultivaban y sembraban tierras que fructificaban a Dios, al rey y al común, y sometió a juicio del tribunal la siguiente reflexión. Si el cortijo que sus representados ponían a producir continuamente permaneciera explotado por un solo labrador y estuviera a tres hojas, de las que solamente cada año sembraría una, el diezmo sería al menos un tercio inferior, y muchas menos las contribuciones, porque todas las rentas obligadas recaerían sobre una persona, cifra notablemente más baja de la que sumaban quienes en aquel momento hacían fructificar las tierras del cortijo. Por tanto, si las abandonaran, porque les fuera imposible mantenerlas, perjudicarían al diezmo, al real patrimonio, al señor conde dueño de las tierras y al común, sobre el que recaerían todas las cargas personales, reales y mixtas de las personas que las trabajaban. Y asimismo le pareció adecuado considerar, sin que creyera necesario mencionar el trato de favor del que eran objeto los labradores, que a pesar de las continuas guerras sostenidas por la corona desde 1709, y por efecto de las mismas haber padecido la población los continuos tránsitos de regimientos militares, nunca se había visto echar mano de las burras, estuviesen horras, preñadas o paridas.
Mas, concluyó el alegato del defensor, la mayor dificultad del recurso a las burras para los tránsitos, que efectivamente había puesto al descubierto aquel procedimiento, provenía de un hecho que todos los testimonios habían coincidido en reconocer, y que era necesario aceptar como imponderable. Si las burras hacían las largas jornadas que de ellas requería el ejército, debían parar en posadas. Cuando llegaban a una que no dispusiera de algún albergue separado o de alguna caballeriza exclusiva, no les daban acogida, ni siquiera les permitían que entraran. Así había podido experimentarlo uno de los campesinos en una ocasión, cuando con una burra suya, por no haber querido darle entrada en ninguna posada, le fue preciso hacer noche en el campo, y así ocurría con todos los que llevaban burras lejos. Cuando no las admitían en las posadas, porque habitualmente no tenían albergue particular para ellas, se veían precisados, después de la agitación del camino, a quedarse en despoblado y tenerlas sin reparo ni abrigo, de lo que resultaba volverse incapaces de servir. El rigor de aquel trato no provenía de una actitud de los posaderos especialmente hostil hacia aquellos animales. Las burras eran perjudiciales y dañosas siempre que en las mismas cuadras hubiera otros ganados machos alojados, fueran asnales, caballares o mulares. Por esta razón los trajinantes y arrieros jamás usaban burras.
El representante de los campesinos, en vista de todos los testimonios reunidos, solicitó que al boletero le fuera impuesta una grave multa, liquidara a sus representados los daños que les hubiera causado y se le condenara a las costas del procedimiento. Solicitó además, expresamente, que el valor de la burra embargada que después había muerto le fuera pagado a su dueño.
El 13 de octubre de 1757 el corregidor dictó un auto por el que ordenó al boletero servirse en lo sucesivo solo de las bestias asnales de los arrieros, trajineros, azacanes, hortelanos y los demás que las tuvieran en la población y no acreditaran excepción por fuero o privilegio, sin recurrir al embargo de burras de quienes tenían labranza. En caso de que no hubiera bastantes bagajes, daría cuenta al corregidor, quien decidiría. Sobre todo lo demás que, gracias al procedimiento, había quedado al descubierto, al boletero solo se le apercibió.
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