El valor del ganado
Publicado: junio 5, 2015 Archivado en: Dámaso Pérez | Tags: historias Deja un comentarioDámaso Pérez
1. Un apólogo cuenta que los vecinos de Nauplia, resistiéndose a caer víctimas de innobles prejuicios, ya en la alta antigüedad habían elevado al asno a la condición de héroe civilizador.
Poco después de establecerse donde pudieron crear la colonia, la misma que con el tiempo daría origen a una ciudad, la suya, un animal de esta clase se había comido uno de los sarmientos, por ellos plantados, ateniéndose a las obligaciones que habían aceptado al radicarse.
La consecuencia del meditado acto fue que el fruto que de la vid mordida se obtuvo fue el más abundante, por lo que decidieron tallar un burro en una roca, a una altura que lo hiciera ostensible a cualquiera que se acercara a sus tierras. Así conmemoraron que había sido un sufrido animal de la condición más modesta, y no un hombre, el que les había enseñado el secreto de la poda.
2. En un altar dedicado a Zeus Polieo, levantado en Atenas, haciendo ostentación de una radical renuncia, cada año sacrificaban bueyes; nada extraordinario, porque muchos más, en muchos más lugares, antes y después, prescindían de esta parte del patrimonio del campo solemnizando su gravosa pérdida con el énfasis de los ritos. Lo peculiar de aquel sacrificio era que apacentaban y guardaban los bueyes, desde su nacimiento patrimonio público, solo para destinarlos a tan sagrado y trágico fin. Las ventajas civiles que las antiguas liturgias obtenían de la acertada elección de las piezas que por las representaciones las dramatizaban habían recomendado que al presupuesto de las polis fuera cargado tan extraordinario costo.
Para demostrar que nadie tomaba más responsabilidades que las imprescindibles, habiéndose consolidado tan especial manera de liquidar el capital común, consumaba el sacrificio un sacerdote, por el destino elegido para aquella clase de muertes, sirviéndose de una segur. Tanto era el pesar que sobre su conciencia cargaba el terrible acto que, en cuanto había degollado con un tajo al animal, arrojaba el hacha y huía. Sin pérdida de tiempo, los otros sacerdotes del templo, que por afinidad se creían cómplices de la culpa, secuestraban el arma con la que se había consumado el criminal rito.
Para encubrirlo, puesto que había sido objeto de un fatídico designio, como el que ensombrece la conciencia cuando se extingue la voluntad, la existencia de los derrotados, el valor de la memoria transmitida a los herederos, el de los elegidos para que formen el pelotón que ha de fusilar a Daniel Hidalgo, a continuación, no hallando a quien declarar responsable de la versión de la sangre que sobre las losas fluía incontenible del cuello abierto de la res, delegaban sus responsabilidades al juicio del Pritaneo, el tribunal que los atenienses tenían reservado para sustanciar los procedimientos contra las cosas inanimadas, para que juzgara al hacha con la que se había consumado la dolorosa renuncia a la vida útil.
Con el deseo de autorizar tan sorprendente manera de proceder, explicaban los atenienses que, reinando entre ellos Erecteo, príncipe de la Acrópolis, se había creado el precedente, una vez completado el primer sacrificio de este tipo en el mismo altar. Un sacerdote ejecutor, elegido por sorteo, satisfecho el dispendio, acosado por sus remordimientos, había arrojado tras de sí el hacha, y no solo había desaparecido, sino que había decidido humillarse con el exilio más distante. Abandonada el arma fatal, responsable directa del crimen cometido, había sido juzgada y, a la vista de los hechos, relevada de toda culpa y absuelta.
3. En la Hermíone griega todos los veranos celebraban una fiesta en honor de Deméter Ctonia, dispuesta a representar, con su sorprendente despliegue de medios, la falta de vigor del ganado bovino. Formaban una procesión que llegaba hasta su santuario, a cuya cabeza iban los sacerdotes y los magistrados anuales, y tras ellos mujeres y hombres en abundancia tal que podían representar a toda la ciudadanía. También formaban parte de la procesión inocentes impúberes, vestidos de blanco y coronados con ramas de cosmosándalo entretejidas. Cerraban el cortejo varias vacas jóvenes, elegidas aún bravas y silvestres, a las que unos servidores del templo arrastraban sirviéndose de cuerdas a las astas sujetas. Cuando llegaban al templo, cuyas puertas los aguardaban abiertas, desuncían de sus cuernos las coyundas que dominaban a la primera, y la vaca, al sentirse libre, se precipitaba a la naos. Las puertas del templo se cerraban en cuanto los conductores estaban seguros de que el animal ya no saldría.
Allí, posadas en sus sedes, engalanadas y provistas de los medios para el holocausto, la aguardaban cuatro frágiles ancianas, entre las que durante la víspera ellas mismas habían sorteado la que debía sacrificar la vaca que abría el desfile. La elegida por el destino la recibía con una hoz de bruñido bronce en la mano, versión solemne de la misma afilada hoja que todos los años proporcionaba los frutos cuando ponía fin irreversible a las vidas. Con ella debía cortar la garganta del animal que era decisivo para cobrar una cosecha generosa.
Nadie supo jamás a qué artes recurría la anciana para someter a la vaca. Pero lo cierto es que, a continuación, los servidores del templo de nuevo abrían las puertas, y encontraban sangrante y muerto al animal, las venas del cuello expandidas y aún latiendo, y a la anciana impasible, sentada entre sus semejantes, apenas su vestido marcado por un rastro de la sangre vertida.
Después, del mismo modo procedían con una segunda, una tercera y hasta una cuarta vacas, y del lado que hubiera caído la primera debían caer las demás, cada una irrecuperable, cada una a manos de una de las ancianas, que por turno iban consumando su hado.
En tanto estimaban a las abnegadas sacrificantes, sacerdotisas de las debilidades de los bóvidos, que en su favor erigían estatuas conmemorativas que las retrataban, para que ante el templo conservaran la memoria de sus arrestos. Quienes las consagraban, en los epígrafes que celebraban sus virtudes, reconocían que el objeto más venerado, de los cientos que el recinto sagrado conservaba, raíz de sus poderes, solo las ancianas sabían cuál era.
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