Redacción
Publicado: mayo 29, 2015 Archivado en: L. Delhore | Tags: historias Deja un comentarioL. Delhore
Una ancha avenida llega hasta el colegio. Es larga y de trazado recto, sin la menor declinación. Un observador, situado en uno de sus extremos y dotado de una vista regular, verá al otro el fondo que corresponda, el campo abierto o la transversal de donde arranca sin apenas edificios. Los solares baratos ofrecidos por el ayuntamiento a un lado enseguida se llenaron de bloques de viviendas, y colmaron el trazado de aquella línea. Al otro lado el suelo no fue un costo porque solo edificios públicos allí levantaron. Y así ha quedado aquella perspectiva, sin prolongación ni ramas, sin apenas conexión con la ciudad, como los huesos de un cuerpo que hubieran despojado las aves en medio del campo.
El colegio queda en el extremo de la salida, al fondo a la derecha si se mira la recta desde el lugar donde se une a la ciudad. Justo en el punto opuesto de la avenida está el restaurante de mis padres, la casa donde vivimos. No es exactamente la esquina de la acera a la izquierda, pero poco le falta. Un par de casas entrados ya en la avenida está en el bajo el negocio y en el primer piso la vivienda.
Es un restaurante modesto. Comidas sencillas y baratas atraen a los empleados públicos y a los estudiantes, que con su insaciable apetito devoran cuanto nosotros necesitamos para vivir. No está a nuestro alcance lujo alguno. Como aquel legendario condenado, apenas si cada día acumulamos fuerzas para que nos vuelvan a nacer las entrañas que otros comen. Se diría que vegetamos. Pero vegetamos sobre la más sólida y secreta felicidad.
Mi padre procede del otro lado del planeta. Huyó de allí para evitar una vida miserable. Nada le obligaba a salir, y con seguridad habría encontrado entre los suyos un lugar en el que vivir con el corazón satisfecho. Bien sé que es un artífice del aire, el constructor de castillos sin cimientos más dotado, la pura arquitectura sin materiales andando. En el desierto levantaría el reino más colmado.
Pero se enamoró de mi madre, apenas metro y medio de frágil hermosura. Hay invernaderos, vitrinas donde colocar la porcelana en el museo. De ningún modo mi madre habría sobrevivido en un país donde al crudo invierno sucede un verano irrespirable e insano, donde las lluvias devastan a capricho las cosechas y las casas, a los hombres y a sus familias sin misericordia. Nunca he sabido cómo hizo para escapar con ella, pero la trajo al lugar adecuado. Sus mejillas siempre están sonrosadas, sobre el puro blanco de su rostro, y su mirada siempre abierta por una dulce sonrisa, sincera declaración de su dicha estable.
Para ir al colegio, mi hermano y yo podemos tomar por uno de dos caminos. El de la izquierda, que es la acera de ese lado de la avenida, está porticado. El de la derecha tiene la desventaja de que nos obliga a cruzar, y allí apenas hay el espacio suficiente para que dos personas caminen juntas.
La galería porticada es más atractiva por el tamaño de las cosas. Es el paraíso de los colores. Empieza con los luminosos de nuestro restaurante, que siguen sin cortarse hasta el final. Los bajos de todos los edificios están ocupados por comercios, entre los que con trabajo se abren un hueco las puertas de los pisos. Vive tanta gente en aquellos inmensos bloques que cualquier negocio prospera. Hay de todo, y en poco espacio cada uno tiene el suficiente para salir adelante. Solo los bancos son grandes. Los otros comercios emplean casi toda su fachada en un escaparate, y en él acumulan cuanto pueden. Para enseñar más, eligen como muestra lo más pequeño de cada clase, y cada escaparate es un mundo de colores.
De noche, solo esta mitad de la calle existe. Al otro lado los edificios públicos están vacíos y apagados. Nadie circula por allí y delante de ellos los coches esperan parados hasta el día siguiente. La vida se concentra en la línea de luz de los soportales. Nada hay más allá y todo está allí. Tampoco parece necesaria alguna cosa más, y ni siquiera se llega a pensar que pueda existir.
Nosotros ya somos de aquí, más aún porque aquí hemos nacido. Hablamos esta lengua y con ella hemos aprendido a escribir. Pero mi padre solo emplea su extraña y hermosa lengua. Se ha negado a olvidarla, y de ningún modo quiere que se contamine con las palabras que tuvieron un origen distinto al suyo. Hace cuanto puede para que nosotros la conservemos en un lugar que le es tan ajeno. Aunque si esto llegara a ocurrir debería agradecérselo a la infinita paciencia de mi madre. Mi padre emplea más tiempo en hacer protestas de conservación que en enseñarnos.
Pero domina como nadie su secreto. ¿Saben en qué consiste la seductora virtud de aquella vieja forma de expresarse? Es una lengua en aquel estado en que la escritura necesita de la invención de las palabras para ser leída. Sobre el papel solo hay un laberinto de extraños signos que no son vocales ni consonantes. Sugieren ideas, solo eso. El lector, que para hablar de hecho emplea otra lengua, pensada para entenderse en el mundo de las cosas concretas, vierte cuanto los signos le sugieren a las palabras que pronuncia. Cada texto es nuevo cada vez, aun para un mismo lector.
Mi padre ejecuta el prodigio en voz alta, como el sacerdote que leyera a sus fieles la palabra sagrada. Nos sienta a su alrededor y el periódico que alguna vez le envían le basta. Lo despliega como una carta de navegación encima de la mesa, y con el dedo va señalando las cotas que su segura derrota debe seguir. Extiende el relato como el violinista derrama su miel.
Yo sé que lo hace con método. Oyendo con atención, he podido descubrir procedimientos similares en noticias distintas. Entonces he sonreído de satisfacción, complacido como con pocas cosas. Porque de ese modo he sabido que entraba en el pensamiento de mi padre, y así él se reencarnaba en mí de la inmejorable manera que él en lo más íntimo desea.
Es rico en recursos mi soberano. En ocasiones ramifica la historia, como los fuegos artificiales que tapan las estrellas, con la misma alegría contagiosa con que aquel día sube. Otras veces la remonta hasta unos orígenes oscuros, especioso y analítico, sin que encuentre de una vez la expresión de su gusto. Aun hay otras en que, muy seguro del final, nos sorprende con un comienzo intrascendente, como la maniobra de distracción de los ejércitos antiguos. Hay días en fin que sus expresiones se llenan de símbolos y alusiones, con un orden que solo por la forma se percibe, pero cuyo secreto solo mi padre posee.
Pero no está en la lectura la clave de la felicidad que nos acoge. Soy aún más dichoso cuando pienso en ella, pero no por las palabras, sino por las escenas que imagino.
Camino con mi hermano para el colegio. Un color me recuerda alguna de las palabras que mi padre escoge. Me traslado con el pensamiento a la habitación en penumbra donde nos juntamos y me concentro en aquella escena. La veo desde arriba, y a la vez me veo en ella, como en los sueños. Lo que veo nunca ha ocurrido. Está hecho con todo lo mejor de cuanto ha sucedido, e incluso con algunos retoques que lo hacen todavía más atractivo. Aunque siga caminando, aunque ante mí pasen otros objetos y otros escaparates, señoras hermosas o viejos llamativos, si consigo concentrar mi pensamiento en aquella escena, sin dejar de ser consciente de lo que pasa a mi alrededor, la voy colmando de los detalles que me deleitan, y lo que ocurre a mi alrededor me parece tanto más hermoso cuanto más dueño de lo que pienso soy. No es la felicidad vivida lo que me satisface. Es vivir, estar en el mundo, y a la vez pensar por mí lo que en el momento en que estoy me hace dichoso.
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