Mlk

Calixto Alencar

Para denominar el sacrificio infantil, una parte de la interpretación de los Textos Sagrados utiliza el término con el que la crítica actual suele referirse a él. Admite que molk es el nombre técnico que corresponde al sacrificio infantil que aquellos nos permiten conocer, la misma palabra que se suele utilizar para referirse al sacrificio infantil cartaginés, y que en consecuencia asimismo se podría denominar sacrificio molk.

Está generalmente admitido, desde que Paul G. Mosca lo demostrara, que molk es una palabra que expresa simplemente el acto del sacrificio, aunque en razón de la vía por la que fue documentada, y del análisis al que fueron aplicadas las conclusiones de este filólogo, por antonomasia con ella se denomina el infantil. Tomando fundamento en esta idea, es posible leer entre los intérpretes que la palabra mlk designa un tipo de sacrificio y es de origen fenicio, e incluso hay quien aconsejado por el deseo de ser muy preciso dice que molk, que se puede traducir por ofrenda, era el nombre que solían dar a la modalidad de sacrificio que se le aplicaba a un niño recién nacido.

Pero estas opiniones representan la parte más actual de una corriente que durante mucho tiempo ha ido en otra dirección. Desde hace siglos, el nombre que el sacrificio infantil recibe en el texto sagrado ha sido objeto de una fuerte corrupción tanto para la versión del Texto Sagrado como por parte de sus comentaristas. Cualquiera de las dos intervenciones en el patrimonio escrito ha contribuido, de manera deliberada o accidental, a crear cierta confusión, sobre todo cuando se ha tratado de identificar las divinidades a las que el sacrificio infantil documentado por la Fuente pudiera ser ofrecido.

En la transmisión de los textos el instrumento de la corrupción ha sido la vocalización de la palabra con la que se le denomina. La que tuvo más fortuna durante siglos fue la conversión de mlk en Moloch o Molok. Esta manera de proceder no solo hizo legible la palabra al lector de las lenguas clásicas, sino que incluyó una personificación. La doble coincidencia creó autoridad y tanto ha prevalecido que todavía se lee en su forma original entre algunos intérpretes del Texto Sagrado: que a Moloch eran hechos los sacrificios de niños, que los niños eran quemados en honor de Moloch o que una parte fundamental del culto a Moloch consistía en el sacrificio humano. Dando por sentada la personificación, el argumento se ha prolongado hasta el punto que se afirma que según el Antiguo Testamento Moloch fue un dios fenicio, cuya personalidad se podría identificar con la del clásico Cronos devorador de sus hijos. La supervivencia de toda esta manera de argumentar hay que admitirla como la expresión de la exégesis más sumisa a la condición sagrada del Texto, que también ha sido la más autorizada por la tradición.

Difundidas ya las demostraciones de Mosca, ahora es raro que todavía se mantengan literalmente afirmaciones como las recién reproducidas. Pero, ante la evidencia de que la Fuente afirma que el sacrificio era ofrecido a una divinidad cuyo nombre es una forma derivada de la palabra mlk, el efecto de las tesis de nuestro semitista se ha limitado a las versiones vocálicas, aun en el caso de los exégetas que se han mostrado más atrevidos. La transformación más difundida es la que patrocina que donde antes se leía Moloch ahora debe leerse Mólek. Esto lleva a otra parte de los comentaristas a concluir que la Fuente no deja ninguna duda sobre que el sacrificio de niños era ofrecido en honor de Mólek, que la expresión empleada para referirse a este sacrificio es la de pasar ante Mólek o, en el mejor de los casos, que los textos hablan de sacrificios ofrecidos al dios Mólek; en realidad palabra fenicio-púnica que designa un tipo de sacrificio, porque en la lengua hebrea Mólek fue aceptado como el nombre de un dios.

Una de las teorías más elaboradas a partir de las síntesis de la lectura Mólek con la última de las interpretaciones es la que pretende que la palabra, de indudable origen fenicio, fue divinizada en Ugarit, donde en su opinión aparecería entre la lista de los dioses. Dejando al margen que una palabra de origen fenicio jamás podría haber sido divinizada en Ugarit, porque la cultura fenicia es posterior a la ugarítica, debe constar que en la lista de los dioses de Ugarit no figura divinidad alguna con este nombre.

Mas, de las elaboraciones que sobre esta base se han sostenido, la más atrevida es la que argumenta que en realidad la vocalización Mólek fue hecha por aliteración a partir de la palabra boset, vergüenza, cuya vocalización es idéntica, para así obtener un efecto implícitamente condenatorio. Salvo que se demuestre que la vocalización de bst precede a la de mlk, esta idea carece de sentido, puesto que cualquiera de las dos vocalizaciones es una operación derivada con el objeto de verter la lengua semítica a la clásica. Por tanto, con este cambio de vocalización, por mucha fortuna que haya encontrado en la literatura que lo sigue, en realidad nada ha cambiado respecto de la situación anterior.

Pero admitir una variante a partir de la vocalización ha contribuido a flexibilizar la denominación del dios hasta límites que no han dejado de ser fecundos. Por ejemplo, Mólek es leído por algunos como Mélk, y otros incluso se atreven a interpretarlo como Milkom, un dios ammonita. Para el fin de vincularlo con el holocausto infantil además es presentado por la exégesis como el dios del mundo subterráneo al que eran sacrificados los niños.

Otro de los experimentos provocados por el mismo estímulo ha llevado a un ensayo bastante más complejo, porque pretende que cuando el sacrificio infantil fue objeto de la lengua hebrea habría sido alterado el significado común del término –mlk– probablemente a consecuencia de su semejanza con la palabra hebrea que significa rey –mélek–, que no pocas veces sirve también como epíteto divino y que por tanto con facilidad pudo dar origen a la correspondiente personificación. Presenta como prueba de que las cosas pudieron ocurrir así la singular expresión Puede haber preparado un tofet también para el rey, que puede leerse en el Texto Sagrado. A su parecer, en esta frase la alusión al rey sería solo un juego de palabras, puesto que en el texto original realmente se leería simplemente mlk. El sorprendente sentido que finalmente tendría la expresión en la lectura que hemos copiado, además de su condición extraordinaria, más bien parecen prueba de la forzada interpretación. Resulta más admisible la lectura de la palabra mélek sencillamente como personificación.

En la misma línea, otros han elaborado una tesis aún más comprometida. Parte del principio de que en realidad la vocalización Mélek, el rey, es una deformación de la vocalización que juzga correcta, Mólek, porque pudo entenderse que el sacrificio era ofrecido a Mélek, un epíteto divino que en este caso se pretende relacionado con la cultura yebusea. Lo que sabemos sobre los epítetos de la divinidad de la Jerusalén anterior a la llegada de los hebreos más bien indica que prevaleció el de Adonai, como se averigua a través del nombre conocido del rey yebuseo de Jerusalén. Pero sí es cierto que adonai, mi señor, en su forma singular se aplicó también en el sentido de rey, aunque no estamos seguros de que esto ocurriera entre los yebuseos.

La verdad es que los ensayos inspirados por los cambios en la vocalización resultan en exceso complejos y el balance de los respectivos esfuerzos es cuando menos confuso. Pero cualquiera de ellos comparte una virtud, que salva y respeta la personificación de la palabra, un imponderable dictado por el Texto Sagrado, al que la filología bíblica no renuncia porque gramaticalmente es inapelable. Es una obligación aceptar la personificación de la palabra porque así obliga a deducirlo la forma en que el Texto está redactado.

Gracias a esta conservadora actitud, en nuestra opinión se abre la vía más útil para explicar el uso que de la palabra mlk hacen los Autores Sagrados, el problema que realmente hay que dirimir. Probablemente la crítica está forzando la interpretación cuando quiere que la palabra rey –mélek– identifica a la divinidad a la que era ofrecido el sacrificio infantil. Pero persistiendo en la vía de la evidencia textual devuelve a la vía de la interpretación que la palabra rey efectivamente denomina en la tradición religiosa que desciende de Ugarit una divinidad, Melqart ya en el primer milenio y en la lengua de Tiro, la misma que antes ha sido con preferencia conocida como Señor o Baal. Eso obligaría a aceptar que es muy probable que el Autor Sagrado no fuera muy descaminado cuando identificó mlk con una divinidad, por más que efectivamente nunca existiera dios de nombre Moloch, Mólek o Mélek. Lo correcto sería leer Baal donde en el texto sagrado aparece Mlk.

Nada de esto contradice la conclusión de Mosca. Ninguno de estos argumentos niega que molk designe en la lengua de los cartagineses el acto del sacrificio. Lo que a nuestro parecer ocurrió en términos textuales fue que la peculiaridad del sacrificio infantil, que legítimamente pudo ser denominado con aquella palabra común, fue retenida por el Autor Sagrado justo manteniendo esa palabra, procedente de una lengua distinta a la que utilizaba. Esto, y la conciencia de que aquel acto era ofrecido a una divinidad definida, hicieron que ya él mismo decidiera divinizar la palabra. Actuando así, si nuestras interpretaciones son correctas, el Autor Sagrado habría conseguido expresar de la forma más directa posible que en Palestina en la época a la que nos referimos el sacrificio infantil era ofrecido a un indeterminado Baal, que nosotros hemos de interpretar como la divinidad que representaba el principio masculino en los cultos a la fecundidad.

La verdad es que nuestra conclusión no lleva a ningún lugar desconocido. Aunque pueda sorprender, es un hecho que la mayoría de los intérpretes, por más que hayan recorrido con la palabra mlk otros caminos, aceptan que el sacrificio infantil era ofrecido en honor de ese mismo indeterminado Baal sobre el que hemos descargado toda la tradición. Algunos, haciendo gala de unos recursos de erudición suministrados por medios muy precisos, señalan exactamente que estaban dedicados a Baal Hammón. En el Texto Sagrado hay párrafos que afirman positivamente que los niños eran sacrificados a las imágenes, las cuales eran destinatarias directas o inmediatas de ellos porque para ellas representaban el papel litúrgico de alimento. De manera más general, hay quien interpreta que los inmolaban a los dioses de Canaán, y otros se limitan a señalar que eran ofrecidos a dioses extranjeros. Las conclusiones más indefinidas son las que expresan quienes, queriendo marcar las distancias, hablan en términos negativos. Dicen que los sacrificios infantiles estaban solo dirigidos a divinidades extrañas al dios único o a la religión que distinguía al pueblo elegido. Ninguna de estas inconcretas opiniones es incompatible con que el dios al que preferentemente fueran ofrecidos estos sacrificios, o de cuyo ritual puede proceder, fuera Baal.

Pero en el origen, sobre el destinatario de los sacrificios de niños, la opinión de los intérpretes está dividida. Una parte opina que además los hebreos ofrecían sacrificios infantiles tanto a Baal como a Yavé. En modo alguno resuelve algo útil a nuestros fines entrar en esta polémica, pero no es inconveniente indicar que en el Texto Sagrado puede leerse una justificación dogmática del sacrificio infantil que fuera practicado por los seguidores de la religión del dios único. Que el sacrificio infantil llegara a convertirse en una institución de los elegidos está allí argumentado en los siguientes términos.

Amenazaba Yavé con que si no le servían como dictaba, servirían a los enemigos que contra ellos enviaría, una nación venida de lejos, de los extremos de la tierra, amenazadora desde lo más lejano como el águila que se cierne desde lo alto del cielo; una nación de rostro fiero de la que ni su extraña lengua conocerían. Asediaría todas sus ciudades, en toda la tierra que le hubiera dado Yavé los cercaría.

Tendrían que comer entonces el fruto de sus entrañas, la carne de los hijos y las hijas que Yavé les hubiera dado, a consecuencia del asedio y de la angustia a que les reduciría aquel enemigo. El más delicado y tierno de entre los suyos miraría con malos ojos a su hermano, e incluso a la esposa de su corazón y a los hijos que le quedaran, hasta en el odio extremo de negarse a compartir con todos la carne de sus propios hijos se vería. Porque inevitablemente tendría que comerse a sus hijos, al no quedarle ya nada que llevarse a la boca, a consecuencia del asedio y la angustia a que les reduciría el enemigo en todas sus ciudades.

La más tierna y delicada de las mujeres tiernas y delicadas mirará con malos ojos al esposo de su corazón, e incluso a su hijo y a su hija, hasta a las secundinas salidas de su seno y a los hijos que dé a luz. Pues inevitablemente los comerá a escondidas, por la privación de todo, durante el asedio y la angustia a que los reduciría el enemigo en todas sus ciudades.

Pusieron sus monstruos abominables en la casa que llaman por mi nombre, profanándola, y fraguaron los altos de Baal que hay en el valle de Ben Hinnom para hacer pasar por el fuego a sus hijos e hijas en honor de Moloc –lo que no les mandé ni me pasó por las mientes–, obrando semejante abominación con el fin de hacer pecar a Judá.

Incluso llegué a darles preceptos que no eran buenos y normas con las que no podrían vivir, y los contaminé con sus propias ofrendas, haciendo que pasaran por el fuego a todo primogénito, a fin de infundirles horror, para que supieran que yo soy Yavé.

Están ensangrentadas sus manos, han cometido adulterio con sus basuras, y hasta a sus hijos, que me habían dado a luz, los han hecho pasar por el fuego como alimento para ellas. Han llegado a hacerme hasta esto: han contaminado mi santuario en este día y han profanado mis sábados; después de haber inmolado sus hijos a sus basuras, el mismo día, han entrado en mi santuario para profanarlo. Esto es lo que han hecho en mi propia casa.

Los Textos Sagrados con frecuencia son producto de añadido de piezas de distinta procedencia. En este caso es evidente que así ocurre, y el resultado es cierta falta de consecuencia en la argumentación. Pero son demasiado terminantes y directos los términos de los últimos párrafos como para ignorarlos. Para imponerse por el horror Yavé habría decidido convertir en precepto la inmolación del primogénito.



Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.