De Melqart a Heracles
Publicado: mayo 8, 2015 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |Deja un comentarioGastón Barea
1. En una época imprecisa, por causas aún discutidas, Melqart fue infiltrado y confundido con Heracles. Después, el segundo suplantó al primero. Es fácil que al intercambio de hechos y representaciones atribuidos a una y otra figura ayudaran el gusto por el riesgo y la aventura, propio de autores antiguos. Ambos rasgos los comparten, si no Melqart mismo, sí las expediciones comerciales fenicias y las historias del héroe griego. Se podría aceptar que en la mezcla hay un fondo de espontáneo intercambio de hechos y personajes, solo obra del incontenible deseo que puede arrastrar a los que gustan de estos relatos, tomar aquella parte del otro que al admirador insaciable puede resultar más atractiva. Pero parece, más importante que la afinidad y el intercambio de elementos narrativos, la intención política, que a los hombres desconcierta y tienta. Esa sería la interesada responsable de la confusión. Hoy apenas nadie duda que fue calculada; lo que añade más interés al problema, porque al riesgo y la aventura une la intriga; que, si no es más valiosa, porque causa admiración se aprecia más.
El intercambio entre las historias de Melqart y las de Heracles pudo empezar cuando los griegos decidieron participar en la colonización del occidente mediterráneo, años entre la segunda mitad del siglo séptimo y primera del sexto anterior a la era. Así como Melqart, cuando en la primera mitad del milenio los fenicios se lanzan al comercio por mar, toma apariencia de divinidad marítima y comercial, los griegos, cuando después organizan un proyecto colonial parecido, tomarían como símbolo a Heracles, una parte de cuyas aventuras ocurrían en el confín oeste del Mediterráneo. Solo esta circunstancia sería la decisiva, que Heracles fuera y venciera en un lugar a donde querían ir y vencer los griegos. Podría decirse, para simplificar, que al Melqart fenicio, a fines de la primera mitad del milenio, los griegos opusieron su Heracles. Nada más que por razones de competición comercial. No serían, por tanto, aquellos siglos el tiempo de la síntesis, que diluye el antagonismo, sino el del enfrentamiento.
Entre el siglo quinto y el segundo, significados autores en griego, como Herodoto y Polibio, así como un epígrafe bilingüe, que en apariencia tiene propósitos explicativos o de interpretación, asimilan Melqart a Heracles; mientras que ya durante el siglo cuarto Heracles se identifica con Melqart de Tiro sin rodeos. Aquellos autores serían por tanto los responsables de la síntesis, al menos a nuestros ojos. Es muy probable que solo sea una deformación provocada por nuestro punto de vista, que deriva de un más que parcial conocimiento de los textos antiguos. Pero es en sus escritos donde podemos leer ahora la asimilación, y además como algo que se debe dar por supuesto. No obstante, para adelantar en saber las causas, parece recomendable por lo menos separar el principio de esta fase de cuatro siglos del final, y también considerar por separado unos y otros autores. Herodoto es un feliz redactor de historias sorprendentes. Polibio, fiel servidor de Escipión, que como habrá de verse tiene una parte no despreciable en esta historia, tal vez esté inspirado por otras intenciones.
En los hechos del principio, los del siglo quinto, ni en la actitud del escritor que representa aquella época, nada se adivina que parezca interesado. Parece normal, parece hasta obligado, que un autor, que siempre desea que sus lectores lo entiendan, busque la expresión más clara. Una manera eficaz de presentar a cierto dios de nombre desconocido en una lengua, porque procede de otra, es acogerlo al nombre familiar. Es lo que la crítica comúnmente llama interpretación. Por otra parte, si recapacitamos sin precipitaciones, también es verdad que por el momento nada semejante entre Melqart y Heracles ha sido advertido; más bien al contrario. Solo una circunstancia de espacio los ha hecho coincidir. Todo lo más que entonces se enfatice que Heracles es hijo de Zeus. Se destaca su parte divina. De esta manera puede subir de la categoría de héroe a la de dios y puede ser equiparable a Melqart. ¿Sería la inocente interpretación la única responsable, para antes del siglo cuarto, de lo que terminó siendo en la práctica una asimilación? Es posible y hasta lo más probable. Pero, mientras tanto, ha ocurrido que los griegos se han convertido en la potencia comercial que domina el occidente mediterráneo, a costa de los fenicios. La interpretación ha podido ser también asimilación, y así un medio más para extender el dominio griego a zonas bajo control fenicio.
2. Pero a fines del siglo cuarto Heracles se convierte en la divinidad tutelar de Alejandro, el debelador de pueblos y artífice de un imperio con pretensiones universales. Con las hazañas del macedonio fueron difundidas por todo el Mediterráneo las de sus dios protector, convenientemente mezcladas. Lo que el dios hace en sus trabajos, manifestación de su poder y de su fuerza imparables, es lo que Alejandro hace en Grecia y en oriente. Por semejanza, Alejandro aparece como el brazo armado de Heracles en la tierra. Puede pretenderse su descendiente, aspirar a ser considerado divino.
No terminan aquí sin embargo las novedades. Cuando Alejandro se aproxima a Heracles, también procede a una adecuada adaptación de la divinidad, una reinvención, si bien se valoran los cambios. Por sus celebrados doce trabajos Heracles fue convertido en una divinidad que debía abarcarlo todo, capaz de infundir fuerza y poder siempre, de extender su dominio y sujeción a todas las tierras y poblaciones. Es probable que la absorción de Melqart de Tiro por Heracles ya hubiera ocurrido, aparte la equivalencia fácil entre ambas divinidades que podía leerse desde el siglo quinto. Con los cambios de tiempos de Alejandro aparece un Heracles por completo distinto a Melqart, separado de los conceptos en los que el dios fenicio estuvo fundado, pero que la incluye por efecto de como mínimo la interpretación.
Para mayor complicación, por desgracia nuestra observación de los hechos del siglo cuarto no es todo lo directa que sería deseable. Al tiempo que ganaba tierras, poder y fama, Alejandro promovió la forma de civilización que llamamos helenismo. Este fenómeno, aparte otras derivaciones, actúa como una ideología en el proyecto alejandrino de estado. De aquí dos consecuencias. Primera, que el Alejandro que da vida a un nuevo Heracles, además de manifiesto medio de propaganda del conquistador, es un instrumento político de mayor alcance, útil para su inventor y también para quien esté en la posibilidad de servirse de él. Una ideología es una explicación convincente de por qué los hombres deben echarse en brazos de quienes la han inventado. Segunda, que aquella cultura prolongó su existencia, más allá de la vida de Alejandro, un par de siglos más. Las posibilidades de tomar el medio político creado en el siglo cuarto se prolongan mucho.
De nuevo nuestro problema brota de manera imprevista y se ramifica, aunque solo una de las líneas de su crecimiento debe prolongar el asunto que venimos persiguiendo; las otras solo pueden ser diversión. La clave está en decidir cuál es la buena. Porque, como ocurre al jugador forzado a decidir su envite ante las cartas boca abajo, la apariencia de todas es idéntica. Exactamente esto es lo que ocurre por convertir el medio de acumular fama sobre el poderoso general en una ideología. Varias veces podemos contemplar lo mismo, pero solo en un caso estaríamos viendo al Alejandro confundido con el Heracles que a su vez contiene a Melqart. En los demás vemos un retrato intermitente, tras el cual, en momentos inciertos, están otros, entre los cuales puede ocultarse desde el principio el mismísimo Alejandro, utilizando su identidad con el héroe divinizado como medio para la conquista de voluntades, más allá de la conquista militar. Pero no es seguro que el observador elija la apariencia adecuada, lo que le obliga a explorar en todas las direcciones, a ramificar el análisis mismo.
Algunas cosas, no obstante, pueden darse de momento por sentadas, aunque nada deba considerarse todavía definitivo. La más destacada es que ya Melqart aparente tener poco que ver con esta historia. Melqart y Heracles debían estar ya más que asemejados y fundidos; mejor aún, el pez grande Heracles había engullido al pequeño Melqart hacía tiempo. Su presencia en todo este enredo, al parecer, solo se explicaría por aquel antecedente tan remoto.
También puede ser aceptado que, a fines del siglo cuarto, Alejandro y sus inmediatos seguidores o diadocos, más que interesados en una identificación de dioses que ya sería un hecho, estarían empeñados en la difusión de una nueva figura gigantesca de Heracles. Según puede conjeturarse, por combinación de los datos aceptables que dan los textos con lo que se va cercando por deducción, las razones de la probable campaña inicial de promoción, más que deducidas de la guerra en la que el general vivía embebido, proceden de un proyecto político de más alcance. Diversos centros helenísticos serían los responsables de la difusión tanto de la identidad entre Alejandro y Heracles como de su nuevo significado.
3. Desde que en el siglo tercero los Escipión ocupan puestos en la primera fila política romana, por ellos Alejandro es elegido para servir de símbolo del sector senatorial que representan. Se trata de un grupo muy influido por la cultura helenística, y su Alejandro incluye al poderoso Heracles original del siglo anterior. Algunos defienden que fue realmente en esta fase más avanzada del helenismo, que se prolongaría hasta el siglo segundo, cuando aquel Heracles griego, que tanto puede, quedó de manera definitiva vinculado al gran Alejandro, como su patrono y su dios protector. Serían estas gentes las que de verdad difundirían ambos fenómenos. Por lo demás, puede documentarse de manera fehaciente que ahora este Heracles griego desarrollado, o más aún el Hércules romano que le sucede, ya no conservan los dos significados básicos del viejo Melqart, el de dios agrícola, identificado con el sol, y el de dios marino, protector de la navegación y del comercio.
Para este momento, de las potencias griegas ya no queda nada, ni en el orden colonial ni en el político. Han desaparecido del dominio del Mediterráneo occidental, aunque todavía se mantengan vínculos nominales entre primitivas metrópolis y antiguas colonias. Algo similar ocurre, desde antes, en la antigua red tejida por los fenicios. Se han beneficiado de la desaparición de aquel mundo las nuevas potencias, que justamente son occidentales. Las antiguas ciudades griegas están en su decadencia, y hasta caen bajo el irreversible dominio político de occidente desde mediados del siglo segundo.
4. Para resumir. La cultura helenística, en un momento que no se puede precisar, pero que con seguridad tiene su límite inicial en los años finales del siglo cuarto y está consumado para cuando termina el segundo, suplanta del todo al Melqart tirio, ya asimilado a Heracles, con un Heracles griego solo personificación del dominio. El proceso completo de la sustitución, que incluye simbiosis, posterior absorción más metamorfosis, ocurriría entre el siglo séptimo y el segundo, y el momento crítico de las transformaciones se concentraría en la segunda mitad del siglo cuarto sin duda.
Descrito el proceso, el problema que ahora resulta más visible, y que está por resolver, es el de la pretensión del instrumento ideológico puesto en funcionamiento por aquella cultura. Las razones políticas que se indican para justificarlo apuntan hacia proyectos de expansión desde oriente hacia occidente, concebidos en aquel siglo cuarto.
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