Orígenes de los pósitos
Publicado: enero 6, 2015 Archivado en: Redacción | Tags: crédito, rural Deja un comentarioRedacción
Lo que hacía más extraordinario el negocio financiero rural, durante la época y en la región –el antiguo reino o provincia que abarcaba el sudoeste de la parte española de la península– probablemente era que para el mismo fin convivían dos sistemas, uno que operaba con dinero y otro que utilizaba como instrumento el trigo. En el segundo los principales cedidos al menos estaban denominados en cereal. La obra humana que negociaba con este intermediario del valor se llamaba pósito, nombre quizás no demasiado feliz que aun así permite aislar un hecho. Actualizando la denominación, hay quien prefiere llamar depósitos a los pósitos.
La promoción de este tipo de instrumentos como medios de política económica debieron meditarla otras economías de la época. Con nombre distinto instituciones similares al pósito hispánico las hubo en Italia y Portugal. Un plan de la administración francesa, que se conoce con el pretencioso galicismo de granero de la abundancia, destinado a recoger en beneficio público el cereal que se recaudara a través de un impuesto en especie, iba en la misma dirección. Pero la persistencia de los pósitos hispánicos de promoción pública, sobre todo cuando actuaban como intermediarios para la financiación, los convirtió en un singular atributo de la agricultura peninsular, y en particular de la que se había naturalizado en el sudoeste. Es útil exponer cuanto sea posible de los que a mediados del siglo décimo octavo existían en las poblaciones de esta zona. Tratar con la información que proporcionan no solo permite completar el conocimiento de una de las vertientes más herméticas del sistema financiero antiguo. También habilita uno de los puntos de vista más adecuados a la observación de todas las empresas dedicadas al cultivo de los cereales a mediados del siglo décimo octavo.
Tanto la literatura como la legislación de la época, refiriéndose a los institutos dedicados al mismo fin, recurren a un vocabulario que nunca deja al descubierto que alguno de ellos pudiera ser prestamista, aunque basta su contradictoria mención para reconocer que a lo largo de los tiempos modernos hubo toda una gama de iniciativas interesadas por el crédito en especie; fueran o no la misma cosa, se superpusieran o cruzaran sus actividades. Una parte del trigo que concurriera a las alhóndigas, mercados públicos del grano, entraría en ellas con intención crediticia, y efectivamente conseguiría salir de su estancamiento cuando encontrara un comprador dispuesto a satisfacer por él intereses. Como el objetivo de los alfolíes era almacenar para garantizar la provisión de un lugar, dado que tal manera de proceder también terminaba invariablemente en la venta del bien retenido, es posible que fuera aceptada como una de sus formas de transferencia la que cediera solo el uso temporal del bien. Cambra era ya un arcaísmo que se utilizaba precisamente como sinónimo de cilla, el depósito del grano donde los recaudadores de los derechos cobrados en esta especie los acumulaban. No es imposible que hicieran uso con fines lucrativos del contingente que atesoraban, por el procedimiento del crédito, hasta tanto no fuera obligado su reparto o su aplicación al fin que estuviera predestinado.
Del medio institucional en el que actuaban estas iniciativas se sabe positivamente porque se ha informado, haciendo un uso generoso de la voz reservada para referirse a las fundaciones que no ocultaban su presencia en el mercado de los créditos, que existieron pósitos privados, unos de iniciativa señorial, otros dependientes de instituciones eclesiásticas, además de los organizados por los poderes públicos. Tal vez ha sido reductora esta manera de hablar porque asemeja la diversidad de hechos a un tipo. Aunque clasificarlos por la condición de su titular puede ser útil para obtener un balance estadístico del fenómeno, quizás tampoco sea lo más eficaz para explicar las variantes de las fundaciones a las que hacen referencia las fuentes. Pero permite recordar algo primordial, que durante la época moderna también esta rama de las instituciones civiles pudo mantenerse porque en buena medida se nutrió de la savia que le inyectaba el privilegio canónico. Aunque los fines prácticos a los que con este recurso aspiraban los fundadores probablemente estén por desvelar, parece que actuando así sobre todo deseaban evitar el drenaje impositivo. La exención de servicios de la que disfrutaba la iglesia romana, ampliamente recompensada por esta, hacía atractivos a la iniciativa privada sus medios legales. Sirviéndose de instituciones acogidas a la iglesia, que por justificarse por sus fines caritativos podían ser denominadas obras pías, una forma del comercio de los granos de las fundaciones pudo ser su venta a crédito. Es muy probable que aquí deba buscarse la raíz de los llamados pósitos piadosos, a los que en ocasiones también hacen referencia los relatos de los hechos crediticios modernos, todos los cuales entrarían en la categoría que se ha denominado privada. Como cuerpos prestamistas de grano a labradores amparados por el canon los textos también citan las arcas o casas de misericordia y otras fundaciones igualmente calificadas pías, forma de hablar que una parte de la historiografía ha mantenido para asimismo referirse a institutos de crédito equiparables a los pósitos de promoción pública. Su modalidad más definida es la que se reconoce en los que específicamente llamaban montes de piedad o montepíos de labradores, clasificación que por sus expresiones no quedaba lejos de la que se empleaba cuando se decidía que algunos pósitos públicos también debían conceptuarse montepíos. Bajo la misma cobertura moral, pudieron formarse fondos comunes entre interesados en la agricultura de los cereales para con ellos socorrer a quienes entre sus asociados los necesitaran, según práctica de erarios, las instituciones crediticias que ingresaban comprando a un precio y cediendo a otro mayor. Pudo ocurrir igualmente que la actividad de estos se expandiera en la dirección de los que más adelante comúnmente fueron conocidos como montes de piedad, tipo también citado por las fuentes, de modo que el fondo en grano dedicado a préstamos fuese entregado a cambio de bienes de uso ofrecidos como garantía.
Basta el repaso de los tipos representados por el vocabulario que ha sobrevivido para sospechar que el mundo del crédito en grano fue extenso y que de él, a través de los pósitos en sentido restringido o propio, solo una parte del crédito legal en especie a la agricultura de los cereales puede empezar a conocerse. Para el fin propuesto, no es obstáculo aceptar la denominación más general ni mantener la clasificación básica consolidada.
La frecuencia de estos institutos en las poblaciones de la península es más característica de la vertiente atlántica que de la mediterránea, y proporcionalmente más intensa cuanto más al sur. En toda el área noroccidental y banda cantábrica, abastecidas de grano por el tráfico litoral, no existían. Las poblaciones de la región suroeste acumularían en el mayor grado la acción combinada de las condiciones atlánticas y meridionales, lo que convertiría su espacio agrícola en el más propenso al pósito o negocio financiero con el cereal de los cereales. Los de iniciativa privada, en el momento en el que debe concentrarse la atención, eran muchos pero, por las estadísticas hasta ahora difundidas, se puede estimar que la relación que había entre los de promoción pública y los de instituciones piadosas era aproximadamente de dos pósitos públicos por cada uno de obra pía.
A los pósitos públicos más antiguos hasta ahora descritos también se les llamaba reales. La institución recuperó, probablemente en el siglo décimo sexto del humanismo, una parte de los fines de la antigua anona romana, una de sus fuentes. Regulada por Felipe II para que existiera y se mantuviera activa en los pueblos, primero se limitó a la intervención en el consumo y excluyó el préstamo, que solo toleraba cuando había excedente en los almacenes y el grano amenazaba con degradarse. Para actuar así, los pósitos ya se acogían, como era regular para el negocio del crédito moderno, a instituciones que lo enmascaraban. Posteriormente entraron en decadencia. Parece que sus recursos, durante aquel mismo reinado, cercado por las deudas, eran escasos y estaban administrados con poca integridad.
En 1693 los pósitos de la región estaban defraudados en cantidades importantes, tanto de cereal como de maravedíes, prestados a personas poderosas que no las habían reintegrado. Aprovechando que aquel año había sido de buena cosecha, a la administración le pareció el momento adecuado para que reembolsaran lo que debían. No prosperaría la iniciativa. De 1699 se sabe que importantes pósitos de la región se habían consumido, y de 1708 sigue habiendo noticias sobre pósitos fracasados, informes que todavía se reiteran en 1719. Es probable que fuera en torno a 1735 cuando la administración central decidiera orientarlos hacia la función crediticia, el objeto que reclama mayor atención en este lugar. Solo en caso de extrema necesidad podrían utilizar una parte de sus fondos para el abastecimiento.
Parece pues que para averiguar el origen de los pósitos lo más correcto sea indagarlo de acuerdo con el comportamiento del mercado de los cereales. Las violentas oscilaciones que conoce, al menos durante la época moderna, recomiendan hablar, más que del origen, de los orígenes de los pósitos, porque probablemente aparecen y desaparecen al ritmo que marca la inestable producción de cereales. En plena época moderna parecían naturalmente discontinuos. Según afirmaban los que con ellos convivían, unos años se hacía pósito y otros no. Para ensayar lo que al siglo décimo octavo se refiere, sin negar los rastros que permiten detectarlos en la legislación, puede valer la reconstrucción de un pósito, al que a partir de aquí se puede identificar como pósito de referencia.
Aunque no conste su refundación formal, a partir de 1735, en la administración local se habla del pósito como una entidad activa cuando se describe la reserva de grano del municipio. Se había constituido con el remanente del comprado el año anterior para hacer frente a la caída de la producción de cereales entonces sucedida, un origen circunstancial que había derivado del siguiente encadenamiento de los hechos. A fines de 1734 el municipio había comprado 3.000 fanegas de trigo para atender al consumo de la población durante el siguiente mes de noviembre, dando por supuesto que aquella cantidad equivalía a la demanda pública de cada mes. Se portó el tiempo de manera tan favorable que, a partir de entonces, empezó a bajar el precio del trigo. A primeros de marzo siguiente había descendido hasta 32 reales la fanega, cuando durante el verano anterior se había pagado a 42 y a 43 reales. Ante este comportamiento de los mercados, los panaderos prefirieron ir a abastecerse a la capital y el precio del pan empezó a bajar en correspondencia con el retroceso del precio del trigo.
Las autoridades públicas, en los días inmediatamente posteriores, hubieran podido vender el trigo que habían comprado, para limitar el alcance de la pérdida. Prefirieron no hacerlo. En abasto tan delicado y preciso –decían– no podían dejar de tener alguna prevención, por las contingencias y casualidades del tiempo; más aún durante la invernada, cuando quedaban incapaces para el tráfico caminos y mares. En sus cálculos, la quiebra que para la población iba a resultar la pagaría insensiblemente, a través de los arbitrios sobre el consumo que con este fin se habían concedido al municipio. Como a comienzos de marzo, por las lluvias, el tiempo resultaba favorable, decidió el concejo ayudar a algunos labradores con préstamos del trigo del que disponía, para que mantuvieran a los jornaleros y adelantaran en las labores de la sementera siguiente, previa autorización del consejo de Castilla. Los tomadores de los créditos se obligarían, con fiadores que no gozaran de privilegio, y por tanto pudieran ser requeridos ante la jurisdicción ordinaria, en caso necesario, a satisfacerlos en dinero al precio que con ellos se acordara a primeros de agosto siguiente. Todo hacía prever que la cosecha sería abundante y que los precios, en pleno verano, en consecuencia serían bajos.
Una decisión como esta hubiera sido un medio para hacer más asequibles los créditos en especie en lo sucesivo. Pero aquel ensayo no prosperó porque el municipio prefirió recuperar el crédito en moneda, para con ella liquidar la deuda acumulada por la compra de las 3.000 fanegas de trigo. En abril de 1737 todavía se juzgaba que la falta de pósito era causa de las necesidades, menoscabos y atrasos que experimentaban la mayoría de las labores. Meses después, en julio de aquel mismo 1737, la administración municipal todavía llegó a una conclusión alarmante. Si no había medios que ayudaran a emprender la sementera del otoño siguiente, sería imposible que fuera sembrada incluso la décima parte de lo sembrado el año precedente. Impulsados por tan inquietante estado, a fines de septiembre, un grupo de significados labradores de la población proyectó vender 1.000 fanegas de tierra pública, previa facultad que autorizara el arbitrio, con el propósito de invertir el ingreso que se obtuviera en la compra de trigo y cebada de la tierra con destino a la sementera inmediata, así como de granos ultramarinos para mantener a los sirvientes de las labores y la fabricación de pan. El objetivo final perseguido era alentar otro pósito, que se deseaba solo de trigo, cuya erección estable, en el plan trazado, quedaba fiado a la cosecha de 1738. Siendo buena, se podría organizar la institución, tras muchos años de inexistencia de aquel mediador financiero. A la cabeza de los labradores que al mismo tiempo manifestaban sus atrasos y necesidades, y la imposibilidad de hacer sus sementeras por falta de granos y medios, aparecía el colegio de la compañía de Jesús.
En noviembre, aunque los fondos aún no estaban disponibles, se habilitó el primer plazo para los préstamos del grano del nuevo banco, para que en cuanto llegaran fuera posible emprender los cultivos del año agrícola que empezaba. Hasta tal punto el proyecto alentado prosperaba. En los memoriales que los solicitantes de crédito presentaran tendrían que constar, además de la cantidad pedida por cada uno, la obligación que otorgaran de las fanegas que fueran a sembrar, los fiadores que los avalaban y las fincas que hipotecaban como garantía del préstamo, de las que tendrían que mostrar sus títulos de propiedad.
Las solicitudes llegaron a buen fin. A primeros de diciembre el proyecto despegó. El municipio ingresó 270.000 reales de vellón, importe de la venta de las 1.000 fanegas de tierra que había decidido. El efectivo se puso a disposición de labradores y pegujaleros, para que pudieran utilizarlo, de acuerdo con las solicitudes de préstamo que ya habían presentado, para reiniciar sus labores. El argumento de los promotores a favor de la preferencia por el préstamo en dinero, para que cada cual lo invirtiera en la compra de grano de la tierra, que se podía encontrar en el mercado local, fue lo avanzado de la estación. A los vecinos labradores fueron cedidos por este procedimiento hasta 188.950 reales, por completo invertidos en la sementera de 1737. El crédito en dinero sobre todo permitió a los que tenían grano de la tierra, no tenían ganado y acostumbraban sembrar por obradas y a jornal, es decir, contratando animales, medios de trabajo y a quienes los manejaban, a los que pagaban por día de trabajo, que eran una gran porción, acometer sus empresas. Una parte de la agricultura de los cereales, en aquel momento, había separado la inversión en capital energético de la capitalización corriente de las empresas productoras.
Otra parte del dinero ingresado con la venta se invirtió en la compra de grano en la capital de la región, en donde fueron adquiridas 1.923 fanegas de trigo ultramarino. Sus transporte y almacenamiento, que dedujeron una merma de 20 fanegas, sumados al costo del grano, ascendieron a 68.232 reales y 18 maravedíes. Las 1.903 fanegas netas de la operación, para cuyo almacenamiento el nuevo pósito hubo de usar como graneros los del peso de la harina, un monopolio detentado por el municipio como bien de sus propios, fueron asimismo prestadas con un almud de creces, un interés equivalente al 8,33 %. Más adelante, ya en 1738, con el fondo aún disponible se comprarían para aumento del pósito otras 3.536 fanegas y 11 almudes de trigo, por un total de 88.422 reales y 31 maravedíes. A todo el desembolso solo hubo que añadir el gasto ocasionado por la venta de las tierras y el de la gestión regular del nuevo pósito (obras en los graneros, apaleo del trigo, etc.). Así sería posible que en lo sucesivo siguiera activo el banco de grano en la población de referencia.
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