Publicado: octubre 27, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |
Gastón Barea
Melqart no permaneció invariable mientras fue reconocido como dios. Como le ocurre al tronco del árbol, que año tras año responde al tiempo, una vez que le ha tocado arraigarse, y lo fija, sobre su nombre fueron acumulándose los epítetos que para él sus fieles fueron imaginando, los mismos que han retenido los hechos de su historia.
Sin dejar de ser un exigente dios solar, que se crecía con la egersis, ya en plena primera mitad del milenio anterior a la era sería venerado como dios del mar, protector de las grandes empresas marítimas y del comercio de los tirios, más arrojados que los troyanos, y fundador de colonias.
Pero aunque el símbolo fuera el mismo, y para ambas hubiera de ser reconocido como dios marino, no está claro qué responsabilidad tocó en esta innovación a Tiro, la metrópoli de donde era originario, y cuál se debe atribuir a sus fecundas colonias, porque tanto las razones que aconsejaran su promoción marítima, como las consecuencias de alentarlo, serían distintas para una y las otras.
El problema incrementa su dificultad si los mitos referidos a este cambio, que siguen siendo el principal medio para conocer tan remotos tiempos, se entrecruzan con los hechos informados por las otras fuentes, mucho más parcas. Según estas, gracias a las enormes posibilidades que el comercio ofrecía, en Tiro se había formado entonces un poderoso grupo de mercaderes, con fuertes intereses en las empresas que arriesgaban en la navegación a lo largo del Mediterráneo, actividad a la que casi exclusivamente estaban dedicados.
Avanzado ya el primer milenio, aquellos pujantes hombres, para satisfacer sus ambiciosos proyectos, alentaron la idea de un gobierno de la ciudad nuevo, sostenido sobre el consenso de los comerciantes más ricos, una iniciativa que colisionaba con el principio de la Monarquía. La disyuntiva con el tiempo sería el germen de la crisis política más importante que conociera Tiro a lo largo de toda su historia. Pero lo más valioso de ella, y lo que por tanto obliga a llevar tan lejos como sea posible el análisis, es que estaba llamada a convertirse en el primer impulso en favor de la República, un arrojado proyecto que antecedería en siglos a cualquiera similar concebido en las afamadas tierras helénicas, que con tanta dificultad, desde el comienzo de los tiempos geométricos, sostenían sus penosos negocios, injustamente consagradas como sus promotoras.
La profundidad de la pionera pugna es reconocida por todos en la leyenda de la invención de la púrpura, una de las que ilustran la condición marítima de Melqart y la de mayor interés de las referidas al dios, a la que se le supone una transliteración del combate abierto entre ambas opciones.
Según la versión canónica, la amante a la que Melqart siempre se mantuvo fiel, la seductora ninfa Tyros, que lo abrumaba con exigencias que al dios agotaban, provocó el descubrimiento de la púrpura, una manufactura cuya fórmula hermética la convertiría en producto único y monopolio de la ciudad. Por efecto del vehemente deseo de la ninfa, fecundado por el ingenio del dios, a partir de tan singular obra, ya en la primera época colonial, porque sería usada para teñir el hilo con el que se bordaba la indumentaria, la púrpura sería muy estimada y pagada a buen precio.
Como la condición política está en el origen de esta divinidad, y, si se prescindiera de ella, o desapareciera ese alma, el dios mismo desaparecería, porque está escrita en su nombre, y es la razón de su existencia, no obstante la breve versión de la leyenda, de acuerdo con la premisa de la que parte la crítica se ha discutido cuál de las dos partes en conflicto pudo ser su creadora, y por tanto defensora de su proyecto político, o si pudo ser la representación del equilibrio que entre las dos fuerzas momentáneamente se alcanzara. O, si fuera elaboración posterior al momento en el que la disensión entre la nueva aristocracia de los negocios mercantiles a larga distancia y la primitiva Monarquía quedó abierto, porque la versión conocida del texto es tardía, explanación alegórica a la que se entregara algún autor posterior a los hechos, interesado en dejar constancia del triunfo de una de las partes enfrentadas.
Legítimamente, tomando a la letra sus términos, se puede pensar que la fábula fuera la expresión de una agresiva respuesta monárquica a la crisis política abierta por la ambiciosa aristocracia, que habría permitido que Melqart, que en ningún momento había abandonado su condición de señor y epónimo de Tiro, extendiera su dominio hacia la riqueza y la prosperidad que alcanzaban más allá del mar sus ciudadanos, de las que sería su principal benefactor y protector. Así se manifestaría lo que una parte de la crítica ha llamado peculiar nacionalismo religioso. Como Tiro era la metrópoli promotora, su monarquía habría convertido a Melqart en dios patrocinador del ambicioso proyecto de expansión comercial en el que la aristocracia mercantil invertía, con el deseo de imponerse sobre sus aventurados planes constitucionales.
Esta manera de pensar estaría justificada por un hecho que al mismo tiempo pondría a salvo de cualquier discusión la preeminencia que siempre Tiro mantuvo sobre sus colonias, un principio político que no admite discusión. Aun en los tiempos en los que dominó en la metrópoli la aristocracia gestada y crecida gracias al comercio exterior, en Tiro Melqart siguió siendo reconocido como señor de la ciudad, y su ascendiente sobre las colonias fue explícitamente aceptado por estas. El principio irrenunciable de su Monarquía, que allí, aun después de la crisis política de plena primera mitad del milenio anterior a la era, no se había extinguido, alcanzaría hasta la constitución de las colonias.
Otra interpretación posible, que no violenta los términos en los que se expresa la fuente legendaria, aunque es más neutra en sus términos políticos, podría ser la que reconociera que Tiro, la metrópoli personificada en ninfa, pudo conducir a Melqart a actuar como promotor de su primer producto de exportación, y a la larga como divinidad marinera, porque debía proteger las empresas de emancipación de su población. La misma riqueza que el comercio exterior estaba permitiendo habría estimulado el crecimiento biológico, al que la ciudad, justo como consecuencia de que aquel negocio se mantuviera sobre un orden aristocrático, no podía proporcionar espacio vital. El excedente de población que así se generaría, que en Tiro ya no podía sobrevivir, habría nutrido la migración colonial.
En cualquiera de los supuestos, hay razones suficientes para que una tercera interpretación deduzca que la lectura correcta de la leyenda sería que la púrpura había sido inventada por el Señor de Tiro pero por demanda de su amante ciudad. Si Melqart, Señor de la ciudad, había sido una invención del rey de Tiro, Melqart dios del mar pudo ser el uso aristocrático de aquella primitiva divinidad.
A la expansión de Melqart como divinidad marina habría contribuido no solo la primera de las ciudades fenicias, sino asimismo las demás. Por contagio de lo que ocurría en Tiro, también dedicadas pronto al comercio colonial, usaron de Melqart como dios del mar, y contribuirían a que terminara siendo reconocido como el protector del comercio y de la expansión de los fenicios en el Mediterráneo, un fenómeno muy posterior a los orígenes de la monarquía en Tiro y a la invención del dios.
Es cierto que fue en las colonias de Tiro donde, de todos los atributos y significados de Melqart, cuando en ellas recibió culto, desde el principio, por encima de cualquiera de ellos, fue apelado como divinidad marina. Pero la historia y la suerte de Melqart, a partir de cierto momento de la primera mitad del milenio anterior a la era, se nutrió de la historia y la suerte de las colonias que todos los fenicios fundaron en occidente. Hasta tal punto que se puede sostener que Melqart tutor del comercio y los mercados y protector de sus actividades económicas sería algo genuino de la colonia, y lo que en cualquier caso dio origen a un dios conocido fuera de Tiro con estos rasgos particulares. Estos significados, que encajan con el sentido que tenían las empresas fenicias, ultramarinas y comerciales, desde el origen de cada una sostenidas gracias al comercio a larga distancia, fueron más inmediatos en las colonias, ciudades preferentemente marineras, que en cualquier otra parte. En pocos lugares pudo estar tan justificado como en ellas.
Pero para descubrir el fondo político que siempre tiene que haber en Melqart, en el caso de las colonias estas explicaciones no son suficientes. Si se buscaran en los términos de la leyenda, dando por supuesto que es un relato para legitimar la ascensión de la aristocracia republicana, al mismo tiempo habría que reconocer que se pretendería reivindicando en su favor la legitimidad de un dios de fundamentos monárquicos. No sería válida esta legitimación de la esencia política del dios en el origen de las constituciones inspiradas por el comercio que sostenía la aristocracia mercantil. Sin embargo, cualquier premisa que pretenda alcanzar una explicación satisfactoria debe aceptar que, al menos en las colonias tirias de mayor rango, el vínculo entre Monarquía y Melqart fue completamente desconocido.
Así como en la ciudad primitiva Melqart era indisociable de su origen, y su antigüedad era la de la metrópoli, tal como explicaba Herodoto, y en el lugar donde tuvo su origen el dios podía tomarse por epónimo de Tiro, en el principio de cualquier colonia debió desempeñar un papel similar. Es obligado suponer que también en cada una Melqart y el régimen político que en ella fuera instituido debieron estar unidos.
Por las fábulas particulares que documentan su actuación como dios principal del comienzo de una colonia se sabe que actuó como fundador del asentamiento, creador y señor de la ciudad también en sentido literal, en cuyo caso se convertía en su patrono y protector, y por esa razón era representado con atributos humanos. Pero estos símbolos no resuelven el problema del origen de su poder en las colonias.
Si consideramos la situación original preferida para estas, la isla próxima a la costa, es fácil imaginar que su primer problema público tuvo que ser garantizar las relaciones, de manera duradera y pacífica, con las poblaciones indígenas. Al intercambio permanente y satisfactorio con ellas estaba dirigida la empresa colonial. A quienes se arriesgaban a permanecer en el extremo opuesto del mundo interesaba, por razones vitales, más que a nadie, que perpetuamente se dieran las más favorables condiciones de seguridad. El problema constitucional de los orígenes tuvo que ser dar un orden a la ciudad, entre los colonos estables, en beneficio de las mayores garantías para las relaciones con las poblaciones indígenas. No parece probable que existieran en las primitivas colonias fuerzas civiles lo bastante sólidas para garantizar cualquier clase de relaciones. El tamaño de la comunidad primitiva no haría posible contar con la fuerza como medio de imposición o de defensa, ni el desconocido y variado mundo indígena permitiría que una forma institucional importada fuese universalmente eficaz.
En esta situación, la instancia en la que todos podían confiar para acreditar sus relaciones, instancia única, podía ser la divina, idea fácil de extender y compartir, tanto entre los inmigrantes como entre los colonizados. El dios, y todo el aparato que lo rodeara, neutralizaría la desconfianza inicial de los habitantes primeros de la ciudad entre sí, cuando se asociaran para emprender un negocio; la de estos hacia los de fuera y, lo que es más importante, la de los indígenas hacia los recién llegados.
Melqart en la colonia pudo ser algo más que un dios. Allí su peso pudo ser excepcionalmente considerable. Pudo representar, más allá de lo religioso, pero bajo la protección fundamental de las creencias religiosas, papeles comerciales y civiles.
La institución que representara, entre los símbolos alegóricos de las creencias, la ciudad en las colonias, de la que sin duda el dios era la principal personificación y su símbolo, no está del todo clara. Desde luego no sería nítidamente política, porque de las de esta clase, para buena parte de ellas, en su población más antigua no hay ni rastro.
Pero he aquí una costumbre, mantenida en una antigua colonia de estirpe tiria, que parece representarla, una versión de la ordalía aplicada al comercio.
Se celebraba en el templo principal de la ciudad, dedicado a Melqart, aunque el contenido ritual del acto, su forma litúrgica precisa, no está descrito en las fuentes con la precisión deseable. Solo sabemos que tenía el aspecto de una ofrenda religiosa, y con toda probabilidad cualquier transacción comercial estaría sometida a ella. Así formalizaban las partes que se atenían en los tratos al arbitraje del dios. Su auspicio lo atraían por la ofrenda. Los bienes donados eran la escritura y la condición divina del ser supremo el derecho en el que se asentaría el convenio.
Así el templo de Melqart haría las veces de una cámara de comercio, donde propios y extraños acordarían sus compraventas, amparados por el dios tutelar del comercio y la ciudad; actuaría como garante de la buena fe de las partes, como fiel de la balanza en los litigios. En las colonias, Melqart sería el dios mercantil a cuyo cuidado quedaba la justicia de los intercambios entre las naves comerciantes y la población indígena. El templo de Melqart se ofrecería como un medio cierto de relación entre la colonia y las poblaciones previas del área, relación sobre todo comercial, por necesidad pacífica.
Tal pudo ser el germen de la republicana constitución colonial, primera de las de esta clase.
No obstante, todos los argumentos que aducen cualquiera de las interpretaciones de las leyendas, tanto la de la púrpura como las que aluden a la fundación de las colonias, son lo bastante frágiles como para no concederle a ninguno todo el crédito, y solo con estos medios tomar una decisión sobre este momento crucial del origen de la República. Para dilucidar, una pista mucho más sólida sobre tan importante tránsito la crítica la ha encontrado en el mito de Elisa.
Publicado: octubre 20, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |
Gastón Barea
1. En el último tercio del siglo IV, mientras Alejandro asediaba Tiro, sus habitantes creyeron llegada la ocasión para renovar los ritos purificadores que habían heredado de los fundadores de la ciudad, cuya memoria no se había perdido.
Había el rey de Macedonia atacado y sometido las principales ciudades fenicias, y Tiro, también por su obra, sufría un prolongado cerco. Durante el asedio, para evitar las humillaciones de la toma, embajadores de los cercados se dirigieron al sitiador para que les informara sobre qué debían hacer con el fin de protegerla. Alejandro les respondió que su propósito era celebrar un sacrificio a Heracles en el primer templo de Melqart, el que en tiempos remotos había sido levantado en Tiro.
Oída por la asamblea de los tirios la pretensión de quien estrechaba el cerco, su propósito le resultó inaceptable y a él se opuso con el arrojo que solo los desesperados arrostran. Probablemente fue argumentado por algunos que sería el ultraje de un lugar sagrado, y con seguridad hubo quien así lo interpretó. Pero estando próximo el fin de la libertad, esta objeción, dictada por un inútil exceso de orgullo, sería superflua. A la asamblea de los tirios le pareció inaceptable el propósito de Alejandro porque, siendo Melqart símbolo de la autonomía de la ciudad y de su independencia, sobre todo de su identidad, aquella exigencia podía tomarse por un insulto. Pretendía hacer algo que solo al rey de la ciudad correspondía. En Tiro era el rey, personalmente o por medio de otros, como el clero de Melqart, quien ordenaba y regía toda la vida de la ciudad, incluida la religiosa. El sitiador lo sabría. Su propósito, pues, era decididamente político.
En tan crítico estado, como airada respuesta a la soberbia de Alejandro, algunos de sus habitantes propusieron la inmolación en el fuego de un niño de condición libre, en honor del viejo dios de los exigentes sacrificios. Sin la oposición de los ancianos, cuyo consejo era decisivo en todos los asuntos públicos, el plan se impuso sobre otras consideraciones menos severas, y fue consumado.
Pero fue completada la conquista, y la ciudad sufrió una dura sumisión. El cerco había costado la muerte a miles de tirios y la ocupación convirtió en esclavos a los supervivientes. De aquellos trágicos sucesos solo salieron indemnes quienes se habían acogido al templo de Melqart.
Más adelante, entre fines del siglo IV o principios del III, la recuperación de la antigua costumbre se vio favorecida por la difusión del hábito de prometerle al exigente dios la consagración de un hijo en holocausto, aunque no para el beneficio público, sino cuando para su vida privada los agraciados por este derecho deseaban que les concediera un favor o correspondiera a un voto. De este modo, el viejo rito consiguió extenderse aún más y ser más frecuente que nunca en Tiro.
2. Mientras tanto, en occidente, el rescate de los principios rituales del sacrificio, que de modo tan portentoso había sido avalado décadas antes, debió conferirle tanto prestigio que entre fines del siglo IV y principios del III en Cartago, para la piedad común, fue recuperado lo que antes había sido espurio o extraordinario. Los ciudadanos, con su insistente reiteración del hábito, instituyeron el sacrificio de sus descendientes como una transacción. Al viejo dios que exigía víctimas infantiles, sin que hubiera de mediar alguna circunstancia excepcional, le proponían la concesión de uno de sus hijos cuando de él querían obtener algún beneficio.
Con esta manera de proceder pudo abrirse la puerta para que actuaran de la misma manera todos, al margen de los derechos políticos que los distinguieran y los autorizaran. En consecuencia, renunciando a uno de sus descendientes, a lo mismo todos aspiraron. En el sangriento intercambio la iniciativa debía corresponder al proponente de la compensación, mientras que al dios era reservado el papel de inmaculado benefactor pasivo. Si una transacción de aquella clase era propuesta por quien esperaba granjearse alguna ventaja a costa de sus hijos, bastaba con que acudiera al lugar donde debió permanecer la escultura en bronce del dios. Ante ella el sacrificio se consumaba según estaba prescrito.
Aprovechando el ímpetu de la corriente que le era favorable, la ceremonia consiguió expandirse aún más. Aparte cuanto la iniciativa de las familias esperara de la renuncia a uno de sus descendientes, la autoridad pública adquirió el compromiso de sortear cada año, entre las casas que por razón de estirpe estaban obligadas a la ofrenda, el sacrificio de dos de sus hijos que ya hubieran alcanzado la juventud.
De aquella decisión se alimentó la intriga política. En el tiempo comprendido entre las dos guerras con los romanos, Hannón, que competía con Aníbal por los más altos poderes magistrales de Cartago, hizo cuanto estuvo a su alcance para que sobre su oponente recayera la obligación de entregar al sacrificio a uno de sus hijos. Los designados por sus vínculos de sangre serían confiados a templos que las fuentes no precisan, los mismos que serían cómplices de la consumación del acto; aunque es más probable que, cuando creyeran llegado el instante, los encargados de la ejecución acudirían ante la abrumadora estatua de bronce.
Fue así como el primer estado republicano contribuyó a sostener aquel rito y a que fuera corroborada la idea de que actuar de aquel modo era inevitable. Por estos actos cualquier amenaza pública era conjurada; con ellos, cuando las inevitables ofensas de los hombres causaban la ira de los dioses, se tenía garantizada su misericordia. Entre los habitantes de la ciudad se había extendido la convicción de que la ofrenda de los descendientes era el pago que en concepto de rescate los hombres tenían que hacer a los dioses, que para con ellos se conducían de manera vengativa cuando sus actos no les satisfacían. Así habían sido alentadas las fórmulas espontáneas de consumación de la renuncia, y al dios que tenía acreditada aquella exigencia fueron ofrendadas víctimas infantiles en altares distintos al levantado ante la gigantesca representación en bronce del poderoso dios, profusión de lugares sagrados donde aquel rito podría alcanzar el grado más alto de intensidad.
3. Entre los siglos IV y II, sobre todo durante el III y el II, y es probable que hasta más tarde, un rápido proceso democratizador abrió a todos los cartagineses el rito del sacrificio de niños. Pudo extenderse de la misma forma que los atributos políticos de la personas cambiaron con la extinción de la Monarquía y la consolidación del sistema aristocrático que llamamos República. Curiosamente, la libertad acrecentada al final significaría que cualquiera, o poco menos, podía matar a sus hijos, a condición de que el acto quedara encubierto por el sacrificio que hasta entonces era ofrendado a Melqart.
Era aún comienzos del siglo II cuando todavía en Cartago se mantenía, si no todo lo que las circunstancias de fines del siglo IV habían provocado, lo esencial de los hábitos adquiridos. Los descendientes de las familias, que ahora precisamente debían ser varones, eran sacrificados. Según una corriente interpretativa, aquel acto había dejado de ser patrimonio de una divinidad, antes se consumaba en honor de todo el panteón. Durante el siglo III se habría extendido la idea de que con los sacrificios panteístas se atendía una demanda que todos los dioses hacían.
No todos los indicios disponibles permiten opinar del mismo modo, mientras que sí es indiscutible que reiteró la tradición el comportamiento de la mujer de Asdrúbal el último día de Cartago, primavera del año 146 antes de la era. Tan infausto día, ante los ojos de Escipión, habría decidido arrojarse a las llamas, en vista del trágico final que se avecinaba tanto para la ciudad como para sus responsables. La insistencia de los textos en estos hechos revela el propósito de significar que estas costumbres fueron mantenidas mientras la ciudad conservó su independencia.
4. La historia del sacrificio de niños concluyó una de sus fases a mediados del siglo II, a consecuencia de la conquista y destrucción de Cartago por los romanos.
Que la cultura cartaginesa quedara bajo el control de Roma tuvo, entre otros efectos civilizadores, aparte el arrasamiento de la ciudad, que terminara la celebración política de aquel rito antiguo. Los legados de la república latina, tras los hechos bélicos que decidieron el futuro del Mediterráneo para el resto de la antigüedad, dictaron a la nueva Cartago la prohibición de los viejos sacrificios, conscientes de que así minaban el consenso de su sistema.
Con aquella habría ocurrido lo que con tantas imposiciones. Aunque los nuevos responsables del gobierno de la ciudad se esforzaran en perseguir el hábito adquirido, los sacrificios al dios que los requería continuaron celebrándose, incluso sin ocultarse de quienes tendrían que haberlos castigado. Los devotos que los frecuentaban solo se tomaron la molestia de cambiar el lugar donde preferían consumarlos, aquel en el que la afamada estatua de bronce estuvo durante siglos erigida. El sitio al que la ceremonia decidió trasladarse fue un templo, lo que le otorgaría reserva y, en concesión recíproca, tolerancia de la nueva autoridad. La zona quedó marcada con árboles plantados en un jardín, en los cuales los fieles que a él acudían colgaban los testimonios de los votos que a la divinidad a la que se entregaban hacían.
Y aún pasó algún tiempo antes de que las cosas dejaran de suceder de este modo.
Cuando, casi coincidiendo con el cambio de era, Tiberio ejerció el proconsulado, siendo aún Octavio el emperador, actuó de manera mucho más decidida contra aquellos hábitos. Ordenó detener a los sacerdotes que ostentaran la máxima autoridad de aquella iglesia cada vez que un sacrificio de este tipo fuera celebrado. Gracias a uno de los pocos testimonios directos que sobre aquellas prácticas están a nuestra disposición, proporcionado por los soldados que actuaron siguiendo las órdenes del procónsul, sabemos que se procedió, cuando algunos de los sacerdotes celebrantes incurrieron en la circunstancia prevista por el legislador romano, con el mayor rigor, y fueron sentenciados a la crucifixión. Los mismos árboles que en el templo servían para que los fieles prendieran los objetos que representaban sus votos, para ellos fueron utilizados como cruces. De sus ramas fueron suspendidos vivos, aunque ninguna de las noticias disponibles permite afirmar que allí quedaran expuestos hasta que sus vidas terminaran.
El escarmiento no fue suficiente para provocar el efecto deseado por el nuevo poder, o al menos no tuvo eficacia definitiva. Más adelante, el propio Tiberio, ya emperador, y aun otros de los que le sucedieron, por castigar la contumacia en lo que ya la ley romana calificaba como crimen; por perseguir con la mayor severidad a quienes en él perseveraban, o simplemente por persuadirlos atemorizándolos, decidieron instituir la pena de muerte para los padres cartagineses que voluntariamente entregaran a sus descendientes, aún niños, para que fueran sacrificados.
Tampoco tan drástica decisión bastó para erradicar las convicciones sobre la eficacia de las antiguas prácticas y acabar con ellas. Los ritos del sacrificio infantil, aunque finalizarían en el templo en el que se habían refugiado, tras la persecución y castigo de sus sacerdotes, continuaron celebrándose. Para protegerlos de la policía criminal romana se practicaron de forma secreta en algún lugar reservado, y gracias a que eran disimulados pudieron continuar por más tiempo.
Como consecuencia, sobre sus características la información que podemos seguir empieza a ser frágil. Refiriéndose a pleno siglo I de nuestra era, algunos textos hablan ya de manera imprecisa. Unos simplemente identifican como víctima humana el objeto de cierto sacrificio que todavía en Cartago tenía lugar, y otros, que hacen afirmaciones más comprometidas, no dejan de añadir una referencia genérica al sacrificio humano como práctica arraigada entre los cartagineses. Se propondrían invitar al lector a que comparara las referidas con prácticas similares, igualmente frecuentadas en otras culturas, que para entonces también, porque ya hubieran sido difundidas sus noticias escritas, se habrían convertido en un asunto de obligada mención por los autores cuando trataban esta materia.
No obstante, es posible saber que en el transcurso de aquel siglo, en Cartago, el objeto ofrecido durante el peculiar sacrificio que se acostumbraba celebrar era precisamente un niño pequeño, y que sus destinatarios, según la práctica entonces lo autoriza, y tal como ocurriera en los momentos más próximos a los tiempos romanos, serían unos indeterminados dioses, a quienes se intentaría satisfacer con aquellas ofrendas. Y, como también nos enseñó la última versión del procedimiento, el sacrificio aún se celebraba sobre altares. Además, para que el rito que sobre ellos se desplegaba fuera correcto, era necesario mantenerlos alimentados con el fuego destinado a consumarlo.
Igualmente, aún se mantenía un principio que en la época de expansión del sacrificio infantil se había promovido desde el estado. El deber de cumplir con las obligaciones contraídas por quienes tenían depositada su confianza en aquella manera de actuar era sorteado cada año. El objeto preciso del sorteo eran los jóvenes de las familias, si bien no sabemos con exactitud en qué número preciso, ni entre qué estirpes eran seleccionados. Ni siquiera nuestros medios de información aclaran si en esta nueva fase el sorteo estuvo restringido a ciudadanos. Sometidas las instituciones de la Cartago independiente a la autoridad de quien había sido su principal competidor en occidente, los antiguos derechos, si no extinguidos, tendrían vigencia secundaria, de modo que la representación de las diferencias mediante un rito exclusivo tendría una relevancia muy limitada. Si además las actividades que las hacían visibles estaban perseguidas, sus fieles habrían quedado efectivamente reducidos por primera vez a una sociedad de iguales, dentro de la cual sería innecesario discriminar.
5. Para lo sucesivo, la información sobre la fortuna de la política romana en materia de sacrificios infantiles se extingue, así como la referida a las iniciativas legales conducentes a erradicar las antiguas costumbres. Ningún silencio puede ser admitido como indicio de que la convicción de los administradores romanos, y la fuerza que las ideas políticas proporcionan, decayeran.
Frente a este silencio, nuestros textos se esfuerzan por reiterar las afirmaciones a favor de la supervivencia del hábito cruento. Tomándolos como referencia, se puede admitir que a fines del siglo II todavía continuaba, de manera indiscriminada, entre quienes vivían en Cartago, la práctica de un sacrificio que se consideraba sagrado, que seguía celebrándose en secreto, cuyas víctimas eran niños pequeños; aún se consumaba en honor de un dios determinado, el mismo que había sido su destinatario desde que tuviera su origen, y que tal hábito había permanecido en la región, aun estando bajo control romano, porque procedía de los tiempos en los que la hegemonía sobre aquel territorio correspondía a la ciudad independiente.
Publicado: octubre 7, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Desiderio Iparraguirre | Tags: historias |
Desiderio Iparraguirre
1. Sobre la pólvora, he aquí lo que escribieron los romanos del bajo imperio.
Entre los getas, pueblo de vida precaria, veneran como alma de la tierra lo que llaman arena ardiente. No conocen su origen ni por qué medio obtenerla. Solo saben que si, por imprevisión, su itinerante campamento es instalado en lugares de fino polvo negro, encendido el hogar alienta en ocasiones un estertor que pone en fuga a quienes a él están plácidamente acogidos.
En la Germania puede leerse que entre los pueblos que habitan lado allá del Rhin utilizan con fines terapéuticos una sustancia, negra y brillante, que toman de ciertos lugares del monte. Sobre la herida abierta vierten un fino hilo del mineral, apenas una cadena de granos. Prenden el reguero por un extremo, las chispas trepan sobre la piel y en un instante la llaga cauteriza. Solo el guerrero más íntegro soporta la cura sin perder el sentido. La velocísima llama provoca un intenso dolor que desata los miembros de los sujetos a la cura. Pero el crudo procedimiento bien vale por sus efectos. Al instante los hombres que han sufrido una sola herida son recuperados para el combate, y los más bravos ni aguardar quieren a que la carne se enfríe.
Son los escitas pueblo entre el que rigen leyes aún más ajenas a la constitución de la ciudad. La vida errante, la falta de gobierno en materia civil, tiranizan a tribus innumerables. Entre los dominios del desorden no es el menos perjudicial el del alimento. Ingieren lo nutritivo mezclado con lo que causa mal, no disciernen el alimento que germina en vida del que la drena, y todo en mezcla casual devoran sin concierto. Por efecto del recto sentido natural, que se impone al curso de las cosas, sobreviven. Pero hay ocasiones en las que en masa caen víctimas de su monstruoso apetito.
Gustan sazonar las carnes, que devoran crudas, con cierto polvo que encuentran en áreas minerales, no lejos de donde otras sales se forman. Consumido en pequeñas dosis, no tiene otros efectos que los habituales entre los que sufren desórdenes gástricos. Pero el exceso tiene efectos letales cuando se ingiere acompañado de alcoholes muy vivaces.
No ignoran que este puede ser el desenlace. Así como conocen que otras sustancias en depósito sobre las carnes que cazan las corroen, saben que el polvo brillante, como lo llaman por expresión, arde y explota al calor. El resultado del brutal abuso es un mortal desgarro del estómago.
2. El cuidado de los animales es civilización. Domesticar es ganar para el orden humano lo que en su estado primitivo permanece disperso y sin fin propio; lo que es tanto como decir organizar. Porque no hay más armonía que la que el hombre impone con sus actos. Allí donde la mano del ser humano alcanza toca el dedo de Dios, porque de Dios la obra se realiza en el hombre y este es su agente.
Como la ciudad, la obra más grandiosa del hombre todo, así el beneficio de lo humano se extiende; de forma asimétrica, algo más por allí, un poco menos por acá, con lentitud, a veces con dudas e incluso con dolorosos retrocesos. Pero el bien avanza inexorable, seguro de sí, en la dirección única posible.
El bosque es húmedo y tenebroso. Conserva en estado latente el medio en el que el principio de la vida germinó. Es lo que ha sobrevivido del caos original en tierra firme. Con razón el bosque es refugio de alimañas y seres horribles. El campo cultivado, que es ya obra del hombre, es sin embargo grosera obra; y concesiva. Recrea el medio hostil en cantidad y tamaño que pueda el hombre doblegarlo. Pero así multiplica las especies parásitas que, como la yedra al coloso, sin agresión aparente puedan minarlo.
Con la cría de animales las cosas ocurren de modo muy distinto. La acción es directa. Cada ejemplar de cada especie que es sometido al rigor de la disciplina doméstica es una conquista. Una pesada serpiente de masa asfixiante, que destila gélido veneno por sus colmillos, cae a este lado apenas se aplique una correcta ortodoncia. Nada en exceso violento, nada que desnaturalice la animal virilidad. Los efectos pueden ser benéficos para todos. La serpiente podrá gozar de una vida regalada, que no es el peor producto del mundo conducido por los caminos del hombre. Este, con este eslabón, será, si no más grande, más extenso.
De todos los animales, el más apto para la civilización es el perro. Reproduce como ninguno los hábitos del hombre. Qué decir de su capacidad para expresarse. El rostro del perro puede figurar todos los estados del alma. Así como la voz del hombre presta su timbre a la reproducción más amplia de los sonidos, la cara del perro, como la del histrión, fija el sentimiento de su dueño. Nada causal hay en este sensible registro. Siglos de paciente educación han ido ideando las máscaras que el buen can con satisfacción se pone.
La virtud que lo distingue es, más allá de la fidelidad, la obediencia. Obsérvese la generosa reacción de aquel perro que a un gesto de su dueño indaga el aire, recorre en horizontal el trayecto equivalente al tiro curvo, acude al lugar y retorna a sus pies perplejo y con la boca vacía. ¿Es que hay otro animal capaz de ponerse al servicio de los efectos de un acto que no siquiera empezó? Cuanto más tiempo emplee el hombre en amaestrar perros, menos tendrá que invertir en hacer cosa alguna. El perro, de todos modos, actuará.
3. El aire no aloja los cuerpos como la cera al bronce. Ni la resistencia es tanta ni la impronta tan indeleble. Por fortuna. Viviríamos de lo contrario en una selva peligrosa, próxima a la parálisis. Pero qué duda cabe que el dulce aire acoge de distinto grado lo que debe envolver. Basta con experimentar el efecto que a nuestra vista causan unos y otros cuerpos. Con la vista se mide la rectitud de la presencia de los cuerpos en el espacio, y así como la enfermedad se deja ver solo por los estragos perceptibles en la figura, un lugar inadecuado mancha el aura del objeto. No es visible por sí misma, pero afecta a su reflexión de la luz. El cuerpo mal puesto resulta más opaco, consume más energía, queda relegado a la condición de objeto oscuro.
Es cierto que como hay mujeres que se arreglan para parecer jóvenes, piezas hay que pugnan por salir a la luz. No obstante, el aire las trata con la misma crueldad que la cosmética. Acusan el exceso de maquillaje y el pulso ya es incapaz de conseguir un perfilado exacto.
Porque el aire es, con su gentileza y su amabilidad, con ese no ser capaz de negarse, el sutil indicio de todo. Se adensa osco donde una masa es excesiva, y allí donde el cuerpo es digno de caricias lo rodea ligero, sutil y transparente. De ahí que deba admitirse que hay un lugar correcto para cada cuerpo. El arte de encontrarlo es la poética del espacio.
Amante del orden es quien recibe placer de la justa posición. Está dotado por naturaleza para percibir lo que bien está, y acusa al instante la colocación dislocada o cualquier alteración de la debida armonía. Donde vive se respira calma y luz, y el equilibrio todo lo domina.
Claro que también hay genios desastre del lugar. Bien son torpes radicales, bien convictos conspiradores. También los hay que trabajan en la mesa de al lado.
El primero tiene el sentido local embotado. Poca disposición al nacimiento, la falta de tacto y cultivo, una escandalosa desorientación, escasa frecuentación del espacio urbano, todos estos y más pueden ser agentes responsables y coadyuvantes a la atrofia. No es este el medio donde el demonio crece. Antes bien, la conciencia de la virtud, el recto sentido de la luz, la percepción eficiente del lugar adecuado son aptitudes que inspiran y nutren el mal. Gozar de ellas en grado inferior a otros, alcanzar hasta la conciencia de la inferioridad, son fuente de su tortura y motor de sus malévolos actos.
Quien trabaja en la mesa contigua mezcla con sabiduría fatal ambos tipos, y aún añade algún carácter más. Su tiránico imperio se levanta sobre un negro fondo de licor demoníaco puro, viscoso e inestable. Más sabio que el común de los localizadores, aunque no el que más, alcanza a verter su saber en torpeza, con exactitud tal que el más topo parece. Pero añade alevosía a sus actos. Actúa a hurtadillas, aprovecha cualquier ausencia del compañero de la mesa contigua –por la izquierda– para enfollonarle el escritorio.
Un día es la goma, que debe estar a la derecha, algo por encima del ángulo de la hoja, al auxilio de la mano que escribe y suelta el lápiz cuando quien la manda acusa el error o decide la corrección. La mano actúa automática y encuentra el vacío. Otro día es un clip, el clip del borrador del informe. Quien repasa el proyecto, sentado en la mesa contigua por la izquierda, debe acudir al despacho para confirmar cierto extremo. El fatídico dislocador hurta la fíbula. El compañero de la mesa contigua –por la izquierda–, ya vuelto, cree volverse loco. Correcto localizador, bien conoce la imposibilidad de que un cuerpo se extinga sin un destello de luz.
Así se van acumulando las agresiones al buen orden.
No sabe a lo que se arriesga quien trabaja en la mesa contigua –por la derecha. Los correctos localizadores, gente educada y de genio estable, que prestan atención y hasta cuidado a todo lo que a su alrededor se mueva, reaccionan de forma airada e imprevisible cuando el orden debido se trastoca. En particular, si han de vérselas con un compañero de la mesa contigua, por la derecha.
4. De la alimentación del animal doméstico podría discutirse su papel agente. Hay pruebas positivas sobre la reducción de hipopótamos criados en piscina, por ejemplo. Cierto compuesto de almidón y viruta tiene virtudes menguantes. Administrado en dosis adecuadas, convierte el bulto ingobernable en poco más que una cómoda colchoneta. El producto no se consigue de un día para otro, pero el premio compensa la paciencia.
Más aún la literatura especializada ha descrito la acción del alimento sobre el carácter. Agresivos caimanes, violentos cocodrilos, sanguinarios tigres quedan reducidos a discretos camaleones o gatos falderos cuando tratan con el vecindario. Las recetas específicas en algunos casos son complejas y hasta peligrosas. Algunas incluyen sedas ilegales, pero tienen la ventaja de sus resultados, casi infalibles en plazos brevísimos.
No faltan experiencias negativas y hasta contrarias. También abundan en los textos descripciones tales. Pero parecen interesadas, patrocinio de temerarios promotores de la alimentación espontánea y natural, no siempre aceptables. Aquella defensa a favor de la alimentación instintiva del león, por ejemplo, eludió describir las heridas de su cuidador.
Otra cosa es que se discuta el doble efecto de la comida sobre el animal, empeño complejo que a un tiempo amaestre y modifique la constitución física de cada pieza. Estamos en condiciones de afirmar que esa simbiosis es posible. Está al alcance del hombre el perro bomba inteligente.
Tómese un cachorro de perro salchicha. Es importante la raza por la relación entre volumen y masa útil. A la comida diaria añádasele, desde el primer instante, un condimento de pólvora. Al principio la dosis será suave, para evitar una indigestión prematura. Pero con idéntico mimo, jornada a jornada, se irá graduando la sazón en orden creciente. El animal irá asimilando con la ración el explosivo, y tal como su masa integra metabolizada pongamos por caso la pata de una gallina, está comprobado que hace con la pólvora, con la novedad que nutre sus carnes en estado casi puro. Carbón y azufre no modifican su estado a consecuencia de la ingestión, mientras que el nitrato potásico inicialmente se pierde por efecto de los jugos gástricos caninos. Basta completar la dieta con una dosis rica en sales naturales para que se recupere el nitro. No es defecto el excesivo consumo de agua que resulta, ni las consecuencias que a la larga pueda tener esta parte del consumo para el motor de la circulación. Agua no debe faltarle a un perro jamás y es un insumo barato. En cuanto al corazón, no se arriesga nada. De tener prevista una vida de duración regular es posible que se viera acortada por un accidente cardiaco. Pero estando destinada esta crianza a un fin más próximo, el riesgo queda al margen de cualquier cálculo.
Porque la materia explosiva se forma en apenas unos meses. Se sostiene el tiempo del proceso sobre una correcta gradación de la dosis de pólvora, que ha de ser de incremento constante. La causa estimula la consecuencia y es cada día mayor la proporción asimilada. Ayudan a un acelerado metabolismo unas carreritas después de una breve siesta tras las comidas. Muscula el ejemplar más, y más adquiere la apariencia de un contundente cartucho.
Lo notable del procedimiento es que basta esta dieta para que el animal desarrolle el instinto concordante. Por sí mismo acude a lugares aptos para cualquier modalidad de sabotaje: pedestales de próceres, estratégicos postes de la red de alta tensión, torres de comunicaciones. Eleva a refinamiento la receta que vela su premeditado fin con los gestos de alguna evacuación.
No se inclina sin embargo al trato humano. Si se desea el afectivo contacto con las piernas, de hombre o de mujer, es necesaria una doma aplicada. Admite la fórmula que sea paralela al régimen. Debe elegirse persona conocida, familiar al trato, de modo que clasificarla pueda por su medio común, que es el olfato. Los reiterados encuentros, la repetitiva llamada del conocido y sus invariables caricias conseguirán en un plazo razonable lo que se desea, ver al diminuto y simpático ejemplar diligente, en trazo recto, meneando el rabo, hacia su objetivo.
5. El regalo es el bálsamo de la belicosa convivencia. La diplomacia desde antiguo lo eligió como heraldo. No hay objeto por sí mismo apto. Puede valer cualquiera, siempre que a su acreedor llegue en aquel momento, el único.
Cuando el regalo es tentativo, conviene algún dato sobre las inclinaciones de quien lo recibe.
Un regalo perfecto es una botella de orujo. Mejor aún, alcohol de noventa en una botella de anís. El lugar, la plaza al atardecer, cuando vecinos, conocidos y compañeros de la mesa de al lado –por la derecha–, impenitentes fumadores, conversan y pasean. El gesto adecuado, una entrega torpe, la botella contra el suelo, el licor evaporándose.
“Qué consuelo sería ver que Gurú, diligente, caminara en línea recta hacia donde la botella se hubiera estrellado.”
–Vamos, chuchito. Vamos.
6. El levantamiento de un cuerpo destrozado es una operación delicada. Nos referimos a la parte forense. Deben acopiarse los trozos con mimo de relojero. En cada porción puede haber una prueba para la causa.
Cuando sucede a una explosión siempre hay un centro, el lugar que con más intensidad sufrió la honda. Pueden distinguirse destrozos con o sin diana. Se denomina en el habla legal presa cazada el cuerpo que experimentó el impacto del proyectil. Se distingue así de la pieza alcanzada solo por la honda o por la posible metralla. Es discernible la distancia a la causa por grado de carbonización. Las tablas de Durrell y Loman resuelven en longitud, mediante un escueto análisis al microscopio y la adhesión a un reactivo ácido.
Habiendo sido pólvora la raíz del absoluto desgarro el olor ambiente contribuye. Pero la costra chamuscada es menos gruesa. Si los agentes judiciales demoran, solo por testimonio podrá tomarse el dato. El análisis físico y la degradación corrosiva, al disponer de una masa más limitada, dan resultados imprecisos.
7. Decae de un tiempo a esta parte el feliz hábito de rendir homenaje a la memoria del amigo, bien sea solo conocido, puesto que en la mesa contigua –por la derecha– mantuvo su fugitiva presencia. Deo volente, este hábito habrá de ser recuperado. Por desgracia, la impiedad ha llegado a grados insostenibles.
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