Origen de la vida levítica

Redacción

Estaban los judíos sufriendo su esclava existencia en Egipto cuando emplazó Yavé a Faraón. Le dijo que Israel era su primogénito y que debía dejarlo en libertad para que le diera culto. “De lo contrario –amenazó– mataré al tuyo.”

El señor de Egipto se negó a obedecer lo que Yavé le ordenaba. Tan poderoso y arrogante como debía ser, ni siquiera estaba a su alcance la idea de que alguien, dios o mortal, pudiera apremiarlo con un deber. Nada hizo. Desconocía el poder de la ira de Dios.

Cumplió Yavé su amenaza con creces. Murió en el país todo primogénito, desde el primogénito de Faraón, que en su trono se sentaba, hasta el primogénito de la esclava encargada de moler el trigo, hasta el primogénito del preso en la cárcel, así como todo primer nacido del ganado. Mas todos los primogénitos de Israel quedaron a salvo. Porque también Yavé había decidido esto.

A consecuencia de aquel severo castigo, Faraón supo que un poder mayor que el suyo existía. De inmediato Israel quedó libre.

Pero he aquí que Yavé exigió una compensación a los liberados. Si había protegido a los primogénitos de Israel, aquel afortunado día en que hirió a los de Egipto, fue porque a cambio de la libertad quería consagrarlos a Él, todos, tanto los de hombre como los de ganado.

Terrible decisión. Perdida ya la memoria de los ritos ancestrales, habituados a las relajadas costumbres de los hombres del Nilo, ahora vueltos a la libertad, para conmemorar el fin de la esclavitud debían instituir una condena. A partir de aquel momento los israelitas tendrían por obligación consagrar a Dios todo primogénito varón o macho, fuera de hombre o de animal, todo el que abriera el seno materno.

Empezó la conmemoración del castigo a Egipto y la libertad de Israel. Los judíos sacrificaron a Yavé todo lo que abría el seno materno. Todo primer nacido, el primogénito de los hijos, el de las vacas y el de las ovejas, si era varón o macho, pertenecía a Yavé. Podía estar hasta siete días con su madre, pero al octavo había que entregarlo. Pertenecía a Yavé y debía entregársele.

Pero ocurrió que el pueblo judío, de camino a la tierra que Yavé les tenía reservada, cayó en la idolatría. No consintió su dios aquella deslealtad.

Por fortuna, los hijos de Leví pronto se dieron cuenta del sacrilegio. Al instante se pusieron a las órdenes de Yavé. Cada uno su espada se ciñó al costado. Recibieron el encargo de pasar y repasar por el campamento del pueblo desenfrenado. Debía cada uno matar a su hermano, a su amigo y a su pariente.

Con sumisa obediencia cumplieron la dura obligación. Aquel día cayeron unos tres mil hombres del pueblo.

Pero para gloria de Israel, también aquel mismo día, los hijos de Leví, como premio a su lealtad, recibieron la investidura como sacerdotes de Yavé; cada uno a costa de sus hijos, cada uno a costa de sus hermanos.

El escarmiento había sido bastante. El pueblo quedó arrepentido de su pecado. Yavé decidió recompensarlo. Pero fue a costa de los sacrificados hijos de Leví, que otra vez dieron muestra de su generosa entrega y de su capacidad para sufrir. Los primogénitos de los israelitas, los que abren el seno materno, ya no se le entregarían más. Lo concedía a cambio de la tribu de Leví.

Así lo decidió Yavé y con esta justificación fueron cargados con tan pesado deber. Los levitas fueron para Él porque todo primogénito le pertenecía, fueron tomados para Yavé en lugar de todos los primogénitos. Y hasta el ganado de los levitas fue tomado en lugar de todos los primogénitos del ganado de los israelitas.

No obstante, Yavé no se los llevó al momento. Con generosidad los cedió como donados, para que sirvieran de intermediarios y guardia. Deberían permanecer indefinidamente, en exclusiva, en el sacerdocio.

Quiso Moisés ejecutar con justicia aquella transacción. Los primogénitos varones de los israelitas que tuvieran de edad un mes o más debían ser registrados por sus nombres. Así se hizo bajo la dirección de aquel sabio varón. El registro de todos los primogénitos de los israelitas, el primero de esta clase que se hacía, dio como resultado la cifra de 22.273, todos varones de un mes para arriba.

Pero era que entonces los levitas sumaban 22.000 exactamente. Si los de aquella tribu habían sido tomados por Yavé a cambio de todos los primogénitos, el cambio no era del todo equitativo. A los hombres en la tierra les corresponde ajustar las pequeñas cifras. Hasta ahí llega su idea de la justicia. Los grandes números son de un orden que los excede.

Entre unos y otros vieron que la siguiente composición resultaba buena. El resto 273, número en que los primogénitos sobrepasaban a los levitas, sería rescatado. Bastaría con pagar cinco siclos de plata por cabeza, abono al que estarían obligados los que obligados estaban a entregar sus primogénitos.

Para entonces los hijos de Leví ya eran responsables del santuario, el servicio principal del sacerdocio que sobre ellos había reacaído. Entre sus prudentes decisiones domésticas estaba la del siclo del santuario. Habían acordado que fuera de veinte óbolos, veinte óbolos por siclo. La previsión resultó feliz. Entregaron, quienes obligados estaban al rescate, 1.365 siclos de plata, siclos del santuario. Los recibieron los sacerdotes, que eran sus cuidadores.

Pronto se vio sin embargo que el problema del principio permanecería indefinidamente. Así como el grupo de los levitas sería reemplazado, generación tras generación, por razones biológicas, y su número podría permanecer aproximadamente constante, por las mismas razones siempre habría nuevas criaturas cuyo seno sería abierto por primera vez. La necesidad del rescate se renovaría cada día. Pareció lo más prudente reconocer la evidencia. El rescate, al principio una transacción, quedó instituido como un deber.

Para lo sucesivo quedó acordado que el primogénito del hombre podía rescatarse al mes de nacido. Su valor sería de cinco siclos de plata, siclos del santuario, que eran veinte óbolos. Era la única tarifa del principio, y permaneció invariable. No obstante, ningún ser humano consagrado como anatema podría ser rescatado, debía morir. Era declarado anatema quien no que se consagraba de modo absoluto a Dios. Su usufructo pertenecía a los sacerdotes.

A partir de entonces también pudo rescatarse el primer nacido de un asno. En este caso habría de cambiarse asno por cordero; de lo contrario, debía desnucarse.



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