Pronóstico del tiempo II

C. Baines

-¿Sabe que hemos despertado mi apetito, a poco que unos pasos nos han oxigenado? -dice, ya ante la mesa de la acogedora taberna vecina-. Tomaré algo. Camarero, ¿es usted tan amable, por favor?

La etiqueta que el juez mantiene con David, al que trata por lo menos en un par de ocasiones al día, solo por su apariencia podría interpretarse como un modo de fijar las distancias y levantar barreras. Quien lo conozca tan bien como el propio David, con quien se relaciona desde hace décadas, sabe que es el gesto de mayor respeto hacia su persona que el camarero recibe cada jornada.

-La condición nubosa -prosigue, ya con su plato por delante- cualquier banda la adquiere gracias a la delicuescencia que fluye desde los centros de baja presión. Por muchas borrascas que haya en una misma familia, su condición, temperamental e impulsiva, les impide actuar como encubridoras. Al contrario, es más probable que sean un estímulo para la precipitación. La propiedad nubosa está en el ser de todos los bancos de niebla, invisible por evidente. De ahí que sea el centro de presión el núcleo de la formación de las bandas.

-¿Cree que los bancos pueden estar interesados en la existencia de las bandas? ¿que los centros de presión se atrevan incluso a promoverlas?

-¿Qué haría una caritativa asociación de lucha contra la malaria si la enfermedad, inopinadamente, se extinguiera? Sería catastrófico para ella. El equilibrio espiritual de sus afiliados quedaría deshecho. ¿A dónde dirigirían su tierna conmiseración? Y los hospitales que atienden la enfermedad ¿qué sería de ellos, de sus empleados? ¿Sabe cuántos enfermos por este contagio hay regularmente? Millones. ¿Qué cantidades de trabajo y suministros demandarán? ¿Y qué me dice de la más altruista promoción y reparto de su vacuna? ¡Necesita que la enfermedad exista!

“¿Depositaría usted sus ahorros en un banco, si tuviera la certeza de que en su casa no corren peligro? Salvo que deseara, por su mediación, entrar en negocios, ser el único que puede tomar decisiones sobre la riqueza propia siempre será motivo de mayor confianza. Si se comparte, aunque sea de forma limitada, es porque no se tiene la seguridad de mantenerla a resguardo. Nada como un clima de abundantes precipitaciones para que los bancos sean imprescindibles.

“Confiarlas a bandas permite esperar que estén bien organizadas y sean regulares. “Mañana otra banda nubosa recorrerá el país”, pronostica una y otra vez, sin miedo al error, el parte diario. Incluso faculta para prever sus movimientos. “Por el norte entrará una banda nubosa”, afirma en otras ocasiones la misma fuente. Disponer del orden de la banda amplía los efectos de las precipitaciones, si se alcanza a enviarlas alineadas en sucesivos frentes, como regularmente ocurre en aquellos territorios. Actuar encubiertas, gracias a su condición nubosa, las protege de la vista y la enemistad.

-Eso equivale a la impunidad.

-Hasta tanto consigan imponerse los grandes claros. No es menos transitoria su presencia. Nada hay que no lo sea. Tienen a su favor que devuelven la calma, y el tiempo que transcurre sereno, como la melodía que evita la síncopa, es denso y parece que dura más.

-Solo si los vientos cambian radicalmente de orientación puede esperarse tal consecuencia.

-En otra ocasión me ha oído denostar el carácter tormentoso. No modifico mi convicción. Es amargo, como amarga es la guerra. Jamás me verá celebrar sus gestas, ni aun sus héroes, que merecen reconocimiento solo si lo son a su pesar. Ninguna catástrofe será jamás una bendición para la humanidad.

“La muerte, cataclismo absoluto que arrasa cuanto hay, de la que no se puede ser cómplice ni aliado, para sí todos la desean fulminante, y entonces hasta les parece justa. Cuando el propósito es el fin de las bandas nubosas, porque el tránsito sea más breve, los vientos de carácter tormentoso son deseables.

-¿No sería preferible que evolucionaran de flojos a moderados? Desparecería la amenaza cruenta.

-Los vientos se mueven gracias a los cambios de presión. Hay quien piensa que al paulatino de la que acumulan y emiten los centros, sus responsables finales, conviene una moderación ponderada, primero poco intensa, a lo sumo de mediano embate. Si el carácter tormentoso amenaza con la destrucción, el flojo con la inmovilidad. Puede ser en sí mismo ninguno, al primer obstáculo desiste y este ni su empuje causa. Aún no conozco carácter flojo capaz de hacerse oír en su república doméstica.

“El carácter moderado es condenable sin remisión. Si el tormentoso es destructor y el flojo ridículo, el moderado está marcado por el estigma más denostado, que los más benevolentes llaman hipocresía. No confunda jamás la moderación con la serenidad. Esta la genera una corriente que va del corazón a los actos, y aquella otra alimentada por una energía distinta, que conecta el rostro con el bolsillo. Ambas emplean los mismos gestos, las mismas palabras. Solo las podrá distinguir calibrando sus respectivas consecuencias. La moderación está reñida con el valor.

-Para que soplen vientos tormentosos antes debe enrarecerse el ambiente, la temperatura subir. Conseguir el progreso de estos fenómenos puede resultar peligroso. Sin desearlo, se pueden alentar precipitaciones catastróficas.

-Olvida usted que es necesario, para que así sucedan los fenómenos, que por encima de todo domine la frialdad.

El juez Osborne, cuya formación es compleja, como los filósofos modernos herboriza, preferentemente en la ciudad, de donde casi nunca sale.

-Le sorprendería saber cuántas especies han encontrado un lugar en el medio urbano. Y no tendría por qué. Mírese al espejo. El hombre es una de ellas. En el fondo de mi retina conservo cientos. No son las más numerosas las que radican en cornisas y tejados, sino las más visibles. Tampoco las que encuentran un lugar en las llagas del pavimento. ¿Qué le parecen las que acumulan en las floristerías? Bellísimas todas. Es su obligación, al menos antes de la venta. Cada día exhiben más y más atractivas.

No tiene la menor idea de plantas, pero sí dispone de una buena colección de sus nombres, adquirida por lecturas. La sobremesa, sentados en la terraza del bar, saboreando un café sin azúcar, puede ser un medio adecuado para herborizar.

-Busquemos aristoloquias.

-¿Por alguna razón?

-¿Puede sugerir alguna planta mejor? Sería perfecta para emblema.

-Señor, no sólo ignoro cuanto se refiera a toda aristoloquia que habite en el mundo, sino hasta los rudimentos del herborizador.

-Lo más difícil ya está resuelto, gracias al sobrenatural esfuerzo del más remoto de nuestros antepasados. Acometió el informe universo de los seres, que encontró innombrado, y los discriminó con el propósito de hacerlos tan inconfundibles como su vista. Más tenemos que agradecerle la exhaustividad que el catálogo, en el que se cruzan hasta enredarse lenguas y significados. A partir de aquí solo nos queda actuar como el doctor Frankenstein.

-Corremos el peligro de que el producto sea monstruoso.

-Si algo así ocurriera, solo nosotros seríamos culpables. Procedamos con ánimo jovial y pantocrático. Para tallo tengo reservado uno esbelto, firme, cuyo grosor contraste con el airoso porte de su coronamiento. Dos clases de hojas lo compondrían, un par encrespadas y arrogantes, como los pétalos carnosos de las flores tropicales, y las otras en haz abierto y simétrico, estilizadas, planas, muy largas, feliz servicio que la cima no ignora.

“Sería toda verde, de distintos grados de intensidad, el menor en el tallo, para desposeerlo de una parte de su volumen; a excepción de las hojas más altas. Sin prescindir de él, hacia el centro lo degenerarían hasta extinguirlo. No admitiría flor visible, y su fruto, dentro de una diminuta cápsula, también quedaría oculto.

“¿Qué le parece?

-Inmejorable.

-Como los claros, si aspiran a la condición de grandes. La sabiduría de los antiguos así lo instituyó. A ningún hombre público se le exigía perfección, aunque sí virtudes. De entre todas, la primera generosidad, puesto que había de abandonar lo suyo en beneficio de los demás. Aquí radica toda la gloria de la entrega, si es que los contemporáneos la reconocen. Al contrario, los nuestros la ignoran y tratan la abnegación con desprecio, lo que es fuente de la más grave de las consecuencias constitucionales. Piensan, como en un principio, sin ponerlo en duda ni examinarlo, que la dedicación pública es lucro y vanidad. Con esta premisa ¿habrá alguien capaz que opte por prestarse al juego político? Solo un insensato. Consecuencia: que únicamente los vanidosos y los cegados por la codicia, que dan por descontadas sus pasiones, aventuran fama y vida al azar de la opinión, que la mueven los vientos.

“Nada obsta a que exijan con arrogancia, atrincherados tras su permanente censura -arma con la que agredir-, que el pavimento de las aceras esté limpio, las calles iluminadas, los semáforos coordinados, los hospitales atendidos, los delincuentes a recaudo, los precios asequibles, las rentas aseguradas, los derechos humanos impolutos y la paz, el bien más precioso, en la más inexpugnable cámara acorazada; entre otra pacotilla que cualquiera que se lo proponga, solo con un pequeño esfuerzo, puede encontrar en la tienda de chinos más próxima.

“Nadie puede discutir que los asuntos de interés común son tan reales como imprescindibles. ¿Cuánto tiempo les entregaría cada uno de nuestros contemporáneos? ¿Sería posible acompasarlos todos? Hay que aceptarlo, como admitimos que el dominio de ciertas técnicas, que exige atención completa, es una conquista de la humanidad. Es necesario que unos, de entre todos, se entreguen por completo a la administración de los bienes comunes, de los cuales son más apreciables y delicados los inmateriales, demandan más destreza y exigen más perspicacia. Desengañémonos, Baines. Jamás en una comunidad, aun siendo pequeña, todos sus miembros podrán dedicarse equitativamente a la resolución de lo que es bueno para todos. A cualquiera se le puede habilitar una posibilidad para intervenir, como es un bien de alto valor que a nadie le falte el acceso a la instrucción. ¿Sería prudente, gracias a esta, que todos recibieran los mismos conocimientos? De nada valdría que el dominio absoluto de una profesión fuera universal. Tampoco puede sostenerse la completa y perenne dedicación de todos a la política, tan agotadora. Nunca, población alguna, podrá constituirse de manera más eficaz que asegurando, con sus normas y costumbres, que de entre ella, para entregarse a lo que es del beneficio común, sean decantados sus grandes claros, en modo alguno perfectos, sí inmejorables. Desconfío que esto llegue a ocurrir entre nosotros. Tanto ha decaído la vida pública entre nosotros que ni siquiera literatura genera. ¿Sería usted capaz, tomándose el tiempo que necesite, de mencionar un buen relato, escrito en los últimos años, sobre este asunto? Inapelable prueba de lo bajo que ha caído entre el público la actividad.

-Ignoraba, hasta aquí, que cupiera, en algún lugar de su alma, el desaliento.

-Las nubes se han adueñado de la parte baja de la atmósfera.

-Por ellas las precipitaciones se suceden.

-Aún peor. Sirven como ariete a las borrascas. En el teatro sacro, que tanto alentaron a un lado y otro de la querella religiosa, la nube comparecía regularmente en escena. Era imprescindible para dar referencia de espacio a la irrupción del Dios todopoderoso, que sin empacho, atributos del imperio en sus manos, juzgaba a los humanos, infligía castigos, lanzaba rayos ante los ojos de los espectadores. El varón que la encarnaba, en cada compañía, era aquel joven, por su tez y delicadeza de rostro y miembros, reservado a los papeles del sexo opuesto. Vestía todo de gasas celestes. Una compleja teoría de alambreras, de las tejidas en hexágonos que aún usan para las jaulas de los pavos, evocaba la parte etérea que identificaba al personaje. El intérprete se la ceñía a la cintura y su cuerpo quedaba libre para gestos, de los brazos, y desplazamientos, tan sueltos e imaginativos como deseara, sus piernas libérrimas bajo tan singular tontillo.

“La comparecencia de la nube era tan celebrada, con tan fija certeza como en mi infancia aplaudíamos, en los bancos del cine, la llegada al galope del séptimo de caballería. Eran otros entonces los medios por los que el regocijo elegía expresarse. La chocarrería, cuya oportunidad el actor garantizaba, en modo alguno podía sorprender ni aun la inspirada por las más brutales fiebres. Frutos de temporada -tomates en verano, membrillos en invierno-, huevos de toda ave, infames sustancias, ni del todo líquidas ni por completo sólidas, festejaban con discutible libertad el ridículo tipo.

“Ha descendido mucho la estima pública de las nubes. No está consentida la licencia de género, hasta extremos que rozan el fanatismo, y los eligen, antes que por sus aptitudes, por la cordialidad de una instantánea.

-¿Debo entender, señor, que la condición de nube, a la que se llega por enrarecimiento, solo la adquiere una mitad de quienes se nutren del aire que en la atmósfera encuentran?

-Al contrario. Por desgracia, no hay límite para la caída en la condición de nube. Cualquiera puede llegar a ese estado. Como la muchedumbre ciega arrastra cuanto se le oponga, sin distinguir forma o color, la oportunidad evanescente puede sobrepasar a cualquiera. Recuerde que la multitud de los que a nube llegan, antes que su nación, los elige la arrogancia o el deseo de medrar. No es mucha la degradación que debe transformarlos. La corrupción de los cuerpos la garantiza la materia que los forma.

“La desviación que ha impuesto la barrera del género procede, de ninguna manera de atributo natural, mucho más de un vicio de las costumbres. Los receptores del gobierno, en su condición de ingenuos espectadores, deben satisfacer su regocijo eligiendo a los más felices broncas, que ante ellos se traban en combate. Para atraerlos, los candidatos insisten en aparecer como aparatosas nubes, antes que como claros. Les resulta más eficaz, corriendo entre las gentes aquel criterio, ensombrecerse, pintarse con el gris cristalino, con el amenazador ceniza opaco.

“Así como el siniestro rugido del mar negro, que ha de tragarse las naves, lo personificaron en seductora sirena ¿habrá discurso de nube más atrayente que el encarnado por una naturaleza de este género? Creo que por esta razón, con insistencia, se las ve desfilar con indumentaria ceñida y haciendo generosa ostentación de sus atributos.

-Que el tiempo tarde en devorar.

-Amén, por lo que a esa parte de la naturaleza se refiere. No convendrá su perpetuación, si sobreviven como nubes, a la naturaleza toda, pues tanto más probables serán las precipitaciones.

-¿Cómo detener el ciclo que nos arrastra?

-Solo nos cabe esperar en los pronósticos menos desfavorables, al menos de más nubes que claros, mejor de más claros que nubes. Estoy persuadido de que allí no puede aspirarse a nada más alentador.

-¿Es usted religioso, Baines? No es necesario que me conteste, si le resulto indiscreto.

-De ninguna manera, por toda respuesta. Tuve la fortuna de que llegara hasta mí, pronto y en las circunstancias más favorables, un venerable ejemplar, encuadernado en tela roja, de las Cartas filosóficas, proveniente de la biblioteca de mi abuelo. Aprendí, llevado en volandas por su exquisita prosodia, a observar las religiones desde sus iglesias, su parte visible; gracias a lo cual supe que todo en ellas, comunidades y creencias, es por completo humano. Nada de cuanto las religiones defienden o pretenden explicar me resulta imprescindible.

-Vivo la edad provecta, como puede ver.

-Está, señor, en la mejor edad.

-Para organizar, antes que mis fuerzas se dispersen, una retirada en orden.

-De nuevo lo veo sombrío.

-Consciente, amigo; consciente. A muchos ocurre, llegados a este tránsito, que les urge una creencia trascendente. Estoy convencido que esta reacción, para la práctica totalidad de los neófitos viejos, replica a su fracaso. La vida es un campo de minas, que hay que atravesar con Anquises sobre los hombros, Penélope del brazo y los Dióscuros siguiendo nuestras pisadas. Es difícil que no sucedan desgracias en la travesía. Cada golpe, que acopia con fidelidad el pozo de la memoria, en otro lugar de la conciencia llena una pompa de anhelo. Cuando la masa de burbujas es tan densa que una más no cabe estallan. Los efluvios que liberan inspiran el deseo de una vida tras la muerte, el único espejismo que mantiene vivas las religiones.

“Tampoco me tengo por religioso, y me he propuesto conservarme, en esta materia, incontaminado hasta el final. No porque ignore mis fracasos, que los cuentos por decenas, sino porque no me desalientan. Solo me entristecen. Jamás he podido admitir un juez severo que castiga con crueldad, por sentencia inapelable y mediante penas irredimibles, los errores de los hombres, tan naturalmente humanos.

“Reconozco, a la vez, que el pronóstico del tiempo urge, según pasa. Desalienta mucho saber que es previsible, día tras día, y que nada de su comportamiento, mientras el propio se agota, cambiará. La creencia en que otro mundo es posible se recupera y recibe el más entusiasta impulso cuando, inesperadamente, se oye: “En el transcurso del día se irán aclarando los cielos”, “Ojalá”, se oye retumbar en la bóveda del cráneo, gritado por algún automatismo. “Eso espero -continúo para mí-, porque de lo contrario los mortales seguiremos padeciendo su aturdimiento”, sin ser del todo consciente de cuanto mis pensamientos reflejos están dando por supuesto.

“Es posible, sin que hasta aquí lo haya advertido, que mi esperanza se esté rebelando; que quiera admitir la existencia de poderes excepcionales que todo lo subviertan. Me asusta padecer una tentación de este calibre.
“Si llegara el caso, y tales poderes fueran consentidos, antes cargarán con mi censura. Si tales son los cielos ¿les está permitido ocultarse a los hombres, admitir que sobre ellos discurran nubes y borrascas, frentes dirigidos desde centros de bajas presiones, que difundan las precipitaciones y hasta se desaten devastadoras tormentas? ¿Pueden los cielos desistir de sus responsabilidades, dejar que se emboten sus sentidos e incurrir en falta de claridad? ¡Su obligación es actuar siempre como cielos despejados!

-Los cielos, señor, siempre están presentes. Son las nubes las que se interponen entre ellos y la tierra. Otra cosa es que tengan los poderes que usted teme.

-Un cielo despejado permite que el aire sea sereno y el ambiente apacible. Se adueña de los espíritus, cuando se admira limpio, por su alta profundidad. Claro que es muy poderoso. Si está siempre ahí, lo que merece condena es que no se emplee de manera benefactora para todos. Con demasiada frecuencia tenemos que oír que en el norte los cielos estarán nublados, mientras que en el sur permanecerán despejados.

“Al menos nos queda el consuelo de vivir en el sur.



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