El forense, el pájaro más civilizado de la creación

J. D. Ansón

Lo vi pasar erguido por el patio de la audiencia. Por eso puedo describirlo. Era exactamente igual que un avestruz, solo que de mayor tamaño, dos o tres veces mayor que el avestruz. Su estatura se podía calibrar con bastante aproximación porque su oscilante cabeza alcanzaba la segunda planta del patio de la audiencia, el claustro de un antiguo monasterio de doble, alta y amplia arcada. Su piel era verde, del verde vivo e intenso que solo los saurios que viven en los trópicos pueden tener; verde desde la cabeza a los pies, verde desde el pico a las garras. Era una piel escamada, de las mismas escamas regulares de algunos tejados orientales. Pero en uno de los costados, el izquierdo, a la altura donde los avestruces tienen sus torpes alas, tenía plumas. Se trataba de las mismas plumas vistosas que los papagayos y los loros tienen en sus alas, en parte rojas, en otra mancha irregular amarillas. Su agraciada cabeza tenía el atractivo de la inocencia, porque conservaba rasgos de pollo de ave superior: redondeada, desnuda, con párpados prominentes y gruesos. El pico, de perfil preciso, ennoblecía su porte.

Mas le sobrevino adversa fortuna. Durante una de sus peritaciones desató la rigidez de su cuello con tan poca gracia que su cabeza cayó sobre la tierna cría de una gallina. La aplastó. Cuando fue consciente del terrible efecto que había tenido su falta de cálculo, antes de separar su cabeza del suelo de sus ojos ya caían lágrimas. El animal examinado efectivamente estaba estampado contra las losas.

No tuvo tiempo para reflexionar. La gallina madre, que por lo demás era gran ponedora y en poco tiempo podría reemplazar su cría con creces, comenzó a cacarear por encima de su dolor. A sus gritos de todas partes acudieron animales que juzgaron sin aguardar juicio alguno, ateniéndose a la sentencia que la gallina madre ya había dictado. El forense, el pájaro más civilizado de la creación, debía ser lapidado.

La verdad es que estuvo a punto de perecer. Pero finalmente lo salvé yo, que lo monté, lo conduje como una caballería y al trote nos pusimos ambos a salvo.

Si vieran pasar al forense, y hubieran juzgado solo por su porte, jamás le concederían virtud alguna. Camina levantando en exceso los pies, oscila su cuerpo adelante y atrás al ritmo de sus pasos, y su largo y serpenteante cuello acusa ese movimiento por reacción, de modo que cuando el buque de su masa se adelanta la cabeza alcanza su extrema elongación posterior, y a la inversa cuando la rígida cola está en su máximo retroceso. Su aspecto es hasta cierto punto severo, y por el aspecto de su piel despierta el espontáneo rechazo de todos los reptiles.

Sin embargo, es uno de los tipos más dotados por la naturaleza. El secreto de sus virtudes deriva de la conservación de la especie. Procede de cuando estaba empezando la vida en el planeta, y gracias a su metódica y escrupulosa segregación, dictada por su radical misanfaunía, ha conseguido sobrevivir a toda clase de adversidades.

Millones de años de existencia obligan a convivir con toda clase de miserias. Si el registro genético del forense pudiera ser leído espantaría. Allí ha quedado constancia de la más sanguinaria lucha por la supervivencia. Ha descendido a lugares más profundos que los abismos sin luz.

Mas el cerebro del forense ha destilado de forma sorprendente toda esta barbarie, porque su cerebro es como las antiguas fábricas de jabón, que de las más sucias borras obtenían el más delicado cosmético.



Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.