Principios de la población agrícola

Redacción

1. Entre 1290 y 1520 las administraciones que tenían la jurisdicción, para proveer poblaciones, tomaron muchas decisiones ajustadas a la radicación de comunidades humanas. En cada circunstancia combinaron unos instrumentos, de cuyo efecto poblador estaban convencidas. En la declaración de los principios que los inspiraron quedó contenida tanto la teoría que pudo alimentar sus políticas como su conciencia de las circunstancias que para sus propósitos eran un obstáculo.

Un proyecto, ejecutado entre 1290 y 1315, que afectó a varios lugares, lo habrían activado factores de orden militar y político, aunque en parte pudiera estar aconsejado por criterios económicos. Que el área estuviera localizada en el confín oeste confería valor estratégico a los límites competidos con otros reinos y otras jurisdicciones. La preocupación por la defensa del territorio y la seguridad de sus habitantes estaba entonces muy viva y alentó la suscripción de hermandades entre las grandes poblaciones, interesadas en la persecución de los malhechores allí refugiados. Para los responsables de esta clase de iniciativas, poblar sería dar seguridad al territorio por la presencia humana.

La constitución de señoríos jurisdiccionales en la misma zona y el deseo de evitar enfrentamientos entre ellos por el uso de la tierra, o que los campesinos bajo otro poder primitivo fueran atraídos con mayores compensaciones hacia las nuevas jurisdicciones, pudo también acelerar aquella iniciativa. Captar habitantes era deseo y final de cualquier poder porque todos se convertían en vasallos. La permanencia en el tiempo de esta actitud estaba tanto más justificada cuanto que se trataba de épocas de limitado crecimiento biológico de las comunidades humanas.

Para el promotor de estos primeros proyectos autónomos, aunque menos probable como causa, porque por naturaleza es inerte o inactiva, que como fuente de ideas, los repartos de bienes inmuebles promovidos a partir de 1262, tras la ocupación del territorio por las tropas patrocinadas por el rey de Castilla, al parecer resultaron insuficientes, al menos para la porción septentrional de la zona que quedó bajo jurisdicción de la primera población del centro oeste, antigua sede de un reino tan débil y degradado que fue rendido por la vía diplomática. Las heredades entonces concedidas no habrían prosperado, quedando en su lugar las tierras desocupadas; una forma de referirse al estado al que habían degenerado que aconseja aceptar como causa del poco éxito de la iniciativa de 1262 el abandono voluntario de las parcelas que recibieron los beneficiados por los repartos. La convicción sobre que tales habían sido los hechos al menos actuó como una premisa a partir de la cual argumentar. Si además se aceptara el fracaso de la repoblación de 1262, habría que admitir que una parte de las tierras ya habría sido roturada y ganada para el terrazgo. La agricultura, habiendo comenzado en aquella parte, pronto habría retrocedido porque las tierras que hubieran conocido este principio luego no habrían sido cultivadas.

Del proyecto de 1290-1315 además es posible pensar que no fue ajeno a las condiciones en las que se efectuaba el comercio del trigo en la zona. De las que inspiraron sus cálculos cuando se pretendía atraer habitantes un par de datos valiosos proporcionan los documentos de una época tan lacónica como formalista cuando se expresa por escrito. El primero está fechado en 1313. Entre otras concesiones, ese año la primera población del litoral obtuvo de la corona derecho a exportar nada menos que un tercio de su cosecha de cereales, en las mismas condiciones que ya lo disfrutaba la población principal del interior. El otro dato se refiere a 1326. Se trata de la confirmación a esta de la licencia que menciona la concesión de 1313, que así revalida un derecho activo en su caso al menos desde los primeros años del siglo décimo cuarto.

Para encontrar una explicación a la posibilidad concedida a la población del litoral, los analistas están dispuestos a reconocer alguna relación entre su señor y la salida de trigo con destino al oriente cantábrico, supuesto que el señorío de aquella ciudad portuaria lo había conseguido su titular mientras era miembro de una familia que también ostentaba el de Vizcaya. Por tanto, el objetivo de la licencia concedida en 1313 sería la exportación de trigo desde el primer puerto de la zona con destino al norte de la península. La identidad de este caso con el de la primera población del interior es tan evidente -las prerrogativas de uno se extienden al otro- que la posibilidad con la que se especula en relación con la población litoral o puerto podría aplicarse, aceptado el principio de reciprocidad absoluta que inspiran los documentos, también a la del interior y su tierra. No aclara la fuente cuándo esta consiguió tal régimen comercial, pero se tendría que aceptar que el derecho consolidado durante el primer tercio del siglo décimo cuarto también tendría como objetivo al menos una exportación similar. Dadas las premisas de su tenor, es posible afirmar que ya en 1313 en las tierras del centro oeste de la región podía ser una práctica consolidada fijar anualmente un cupo del producto de trigo para destinarlo a la exportación, que dependía del volumen de su producto bruto de cereales y que podía alcanzar hasta un tercio de este.

Puede dudarse si el contingente facilitaba la exportación o por el contrario la detenía. Lo primero es más probable para el tiempo del que se trata, porque supone que entonces sería un recurso común de la política de los mercados limitar la salida de los cereales. Así lo indica que el derecho privativo de la población del interior se obtuviera como licencia. La escasa población de sus tierras, de la que ya hay algún testimonio y sobre la cual en lo sucesivo se irán acumulando más, efectivamente no sería obstáculo para la exportación en aquellos tiempos. La demanda interna en su dominio sería muy baja.

Sin embargo, refiriéndose a la decisión de 1326, los analistas se proponen llevar más allá de la exportación las posibles causas de estas concesiones. Para una parte de ellos habría que interpretarlas asimismo como un incentivo para que en la zona fuera ampliado el terrazgo y así incrementar el producto bruto de trigo. Que la producción reciba un estímulo como consecuencia de las facilidades para la exportación casi puede admitirse como un efecto mecánico. Si se acepta el segundo vínculo que la interpretación precedente propone, realmente no se habría salido de los dominios de la idea de partida. Pero que a su vez el contingente sea un factor que potencie la roturación de tierras no parece tan inmediato. Dado que no hay indicios que permitan pensar en una mejora de las técnicas que favorezcan el aumento de la producción, por vía de mayores rendimientos, si se cree que el crecimiento del producto debe estar relacionado con las roturaciones, debe aceptarse que aumenta el número de explotaciones, que en buena medida tiene que depender del de pobladores que se incorporan a la agricultura. En estos términos deben haber ideado su análisis, porque presentan el proyecto de población correspondiente como el resultado de la forzada obligación de incrementar el número de habitantes y el aprovechamiento del suelo.

Para alcanzar a reconocer el vínculo que desde el régimen comercial lleva a las roturaciones a través de los proyectos de población, entre fines del siglo décimo tercero y comienzos del siglo décimo cuarto, es necesario pensar en las posibilidades para el comercio del trigo en la zona más allá de la exportación de grano. Precisamente porque se trata de un régimen particular para el comercio del cereal más demandado, adaptado a una zona de escaso atractivo, es posible esperar un efecto específico sobre su población. Si es cierto que en el momento en el que se toma la decisión a favor de la salida de grano la escasa población de las tierras de la primera población del interior no es un obstáculo para la exportación, porque la demanda interna en su dominio sería muy baja, hay que admitir que la atracción de pobladores puede llegar a ser un obstáculo a la exportación porque aumentaría el consumo interno. Si la zona consiguiera estar más poblada, la exportación podría ser una vía para las tensiones, un medio de desequilibrio. Una zona de escasas posibilidades con pocos efectivos puede alcanzar pronto el límite máximo de población. No valdría la pena regular hoy la exportación para mañana tener que limitarla. Si hay relación con la población en el comercio del trigo que activan las licencias este debe incluir, además de la exportación, la importación y el tráfico interno, el movimiento del trigo en todo el centro oeste de la región. Por tanto, para la población, más importantes que las expectativas en los mercados de otras economías, son las que crea el desigual mercado comarcal y regional, que como los demás de su tiempo asimismo no puede evitar la irregularidad. Debe incluir la notable posibilidad de la importación. La idea de la fuente indica un punto en el mapa que puede ser atractivo, con el que se pueden tener relaciones no solo de exportación sino también de ingreso. Los puertos deben estar abiertos para atender la demanda de cereal en el interior, en las altitudes mayores.

No es complicado demostrar que en cualquier circunstancia el producto de trigo desciende con la altura. Está al alcance de este texto defender que el incremento de la pendiente es inverso al de los rendimientos del cereal. En las tierras más al oeste, donde la pendiente se incrementa de manera constante de sur a norte, la respuesta económica a este límite es el avance de norte a sur de la población en busca de mejores rendimientos de los cereales. No es probable que opere ya en el siglo décimo cuarto en esta dirección el factor, dada la escasez de elementos pobladores. La regulación de la exportación obliga a aceptar que desde al menos 1313 es posible tener la certeza de que el del trigo es en esta zona marginal un mercado abierto, extraordinariamente abierto para un producto de subsistencia y con tantas propiedades económicas, acumuladas durante siglos. El mayor valor explicativo podría tenerlo el flujo de sur a norte de las producciones locales y de las importaciones. Entre fines del siglo décimo tercero y comienzos del décimo cuarto, cuando el espacio está escasamente poblado, el interés del comercio del trigo puede estar en que estimula el movimiento de la población. El comercio del trigo en el espacio oeste pudo ser un factor de población que debería tenerse en cuenta. El movimiento de la población del centro oeste tuvo siempre relación inmediata con el comercio del trigo. Por tanto cumple mejor con el objetivo de roturar si es un estímulo para los movimientos. Si se pone en relación la posibilidad de exportar trigo, vigente al parecer al menos desde comienzos del siglo décimo cuarto, con la política pobladora de la primera población del interior, cuyas instituciones tienen contenidos señoriales, concordarían ambas circunstancias en la insistencia por atraer población acotando dehesas boyales, pero no en la radicación mediante la siembra de vides; siempre que al mismo tiempo el trigo pudiera circular no solo hacia los puertos, al sur, sino aún más, al principio, desde estos hacia el norte.

2. Observadas las iniciativas pobladoras de la zona desde un proyecto acometido en 1311, parece más acuciante el deterioro de su población. El concejo de su núcleo más poderoso, que poseía la jurisdicción de buena parte del centro oeste, decidió crear en aquel dominio una puebla inmediata a un castillo. Algunas personas ya se habrían instalado en el lugar y se deduce que tal decisión en parte pudo ser consecuencia de una iniciativa pobladora anterior, de 1299, aunque para esta fecha es posible que allí también hubiera ya alguna gente asentada.

Los vecinos que en 1311 componían la comunidad que existiera, a la que pretendía atender el concejo con su iniciativa, vivían en condiciones de mucha pobreza. Tantas eran las dificultades en las que debían sobrevivir que decidieron amenazar con el abandono del lugar y quemar lo que hubiera de poblado. Puede que el estado que el documento describe sea una obra expeditiva de la retórica diplomática del momento, puesta al servicio de prejuicios interesados, con el propósito de ampliar privilegios a costa de la condescendiente actitud del concejo promotor. Pero es inapelable que se trata de un sitio para el que ya se había intentado, pocos años antes, una atracción de pobladores que no había satisfecho a sus promotores.

A fines del siglo décimo tercero se había decidido conceder al lugar una dehesa boyal, uno de los instrumentos para la población al que insistentemente se recurrió. Estimular la radicación humana con una dehesa común para el ganado vacuno innovó los procedimientos usados en aquel territorio, tomando como término de comparación el modelo que para el mismo fin aplicaron los primeros repartos tras la conquista castellana, concluidos cuando terminó el reinado de Alfonso X (1284). En estos la atracción de pobladores había sido confiada a la oferta de lotes individuales.

No está claro si las dehesas que se utilizaron como estímulo de la población fueron siempre y solo boyales. Datos algo posteriores permiten pensar que las acotadas con fines pobladores eran también cultivadas, pero no parece posible ofrecer con pruebas documentales una descripción que alcance hasta tales detalles de esa clase de espacios en el momento del que se trata. Serían pues al menos áreas destinadas en exclusiva a un ganado que al menos se aplicaba al trabajo del campo. Aceptando esta única premisa cierta, se puede deducir que las dehesas delimitadas tendrían como destino al menos suministrar la energía diaria que el ganado para la actividad agrícola consumía. Como se trata de un instrumento que pretende poblar, pudo hacerlo atractivo que su interposición permitiera que el consumo energético del trabajo animal no recayera sobre la renta de los campesinos.

Pero una dehesa boyal era tanto un servicio común como una renuncia particular. Desde el momento en el que se decidía su creación, la dehesa ocuparía un lugar en el espacio, por definición único y excluyente. La calidad de la dehesa, como la de cualquier otro lugar, sería irrepetible, aunque para hacerla útil al propósito poblador tendría que estar modificada por uno de los factores decisivos para conferir valor a una tierra, el de la distancia a los lugares habitados. Como la distancia se traduce en costos, y por tanto está en relación inversa con la estimación cualitativa de los espacios explotados -a mayor distancia más costos, y por tanto menor calidad-, si realmente la dehesa debe absorber gastos de la producción, porque los de tiempo empleado en el movimiento deducen cantidad de trabajo al que se pueda invertir en el suelo, siempre hablando en términos económicos, que son los de la enajenación, para con ella radicar población debe localizarse en las inmediaciones del lugar habitado.

Es muy probable que en aquel lugar simultáneamente hubiera tierras de la misma calidad disponibles para la población atraída con aquel medio en cualquier momento. De la misma manera que la dehesa no gravaría ninguna de las economías familiares, las economías concretas, tampoco cargaría sobre toda la economía de la zona ni sobre la común, de comunales o de propios, mientras hubiera espacio vacío o áreas sin colonizar de la misma calidad. Y como el ganado de labor también era utilizado para el transporte, igualmente hay que deducir que con la fórmula de la dehesa boyal el concejo patrocinador, más allá del propósito de colonizar, pretendería promover la producción agrícola a la vez que el transporte del que tuviera que servirse.

De ser correcto el contenido que para la dehesa queda supuesto, y nada aconseja pensar que se trata de una reconstrucción abusiva o que deforme de manera grave lo que ocurriera, habría que buscar en el espacio acotado las razones del fracaso que contiene el cuadro descrito para 1311. El deslinde de la dehesa hecho años antes también hubo de cargar con algunas carencias, aunque a causa del exceso verbal de los escribanos medievales permanezca la duda sobre cuáles pudieron ser las que condujeron al extremado balance que entonces por sus letras los vecinos presentaron.

Pudieron ser causa directa de la pobreza que invocaron, menos circunstanciales, más estables y constantes que las imprevistas, y en consecuencia contribuir a la crisis de la población, la insuficiencia de la extensión de la dehesa deslindada o la inadecuación de un recurso agropecuario a las actividades al alcance de los posibles pobladores. Pero es más probable que las razones del fracaso hubiera que buscarlas directamente en la deficiente producción del cereal, en las dificultades para el desplazamiento del producto en su territorio o en las dos causas al mismo tiempo. Las propiedades físicas de la zona permiten señalar la pobreza del suelo como la principal responsable de la baja producción, bien porque el espacio que fuera acotado estuvo por debajo de las necesidades energéticas bien porque el rendimiento del suelo aplicado al terrazgo fuera bajo. La tierra devolvería bajos rendimientos a cambio de altas cantidades de energía invertidas por pocas personas y pocos bueyes. Además, en el caso de que pudiera aspirarse al movimiento del cereal, más remoto, las características del espacio añadirían al transporte una dificultad que redundaría en la caída del beneficio. El error de la fórmula usada por el concejo poblador pudo estar en una inconsecuencia, el deseo de extender el crecimiento económico fundado en la agricultura a unas tierras con poco suelo. Todavía se puede sospechar que la receta aplicada alcanzaría a interesar menos aspirantes a trasladar su residencia que la alfonsina porque no modificó al instante su riqueza personal. Pero por el momento no es posible decidir si el procedimiento de la dehesa boyal complementó o mejoró aquel modelo. En cambio, se puede afirmar que la fórmula no dio el resultado que de él se esperaba.

La concluyente actitud de los vecinos, suficiente como para concederles el margen de crédito que permite tomarlos en serio, puso al descubierto algo distinto sobre las causas de la pérdida de población en la zona y por tanto del fracaso completo con el que amenazaron. Cuando expresaron sus razones no culparon a la dehesa boyal, sino que señalaron como responsables inmediatos de su amenaza los problemas de seguridad derivados de la presencia de las guarniciones encargadas de la conservación del territorio, así como las contribuciones que hubieron de pagar para costear las huestes destinadas a las campañas del Estrecho.

La guarnición territorial habría cargado sobre los vecinos deberes militares que les valieran alguna clase de gravamen. La retracción de pobladores en un ambiente naturalmente bélico pudo alentarla además el incremento no previsible de una tensión bélica habitual en la zona, descargada sobre el castillo del lugar. La que antes pudo parecer causa que invitaba a la iniciativa pobladora, la misma preocupación por asegurar la posesión del territorio, habría venido a convertirse en causa de lo contrario. A esto se añadiría la circunstancia fiscal provocada por otro deber militar. No pudo ser un objetivo declarado, aunque sí consecuencia de la sumisión al concejo con jurisdicción en la zona; consecuencia y objetivo evidentes, que sin embargo poco después también se volvieron a causa de pérdida de población. La ecuación despobladora avalada por el documento se enunciaría completa, por tanto, sumando a las iniciativas orientadas a garantizar la posesión del territorio el pago de contribuciones extraordinarias. Ambos términos acumulados originarían pobreza, y esta se convirtió en un factor de despoblación activa, movimiento negativo o emigración. De estas dos razones, la segunda desde luego era imprevisible, aunque no la primera, tratándose de un lugar contiguo a un castillo fronterizo. Lo incorrecto pudo ser aplicar un modelo general, el de la dehesa boyal, al caso.

Ante los fracasos, el procedimiento que se pretende aplicar por el plan de población de 1311 probablemente sea su mejor reconocimiento. Como indica alguno de los analistas que han sometido a examen el caso, recurre a viejas formas de reclamo de población, que basaban su atractivo en la posibilidad de incrementar el patrimonio personal. El concejo promotor exigió a los que se constituyeran en pobladores del lugar para el que se deseaba la población, si querían alcanzar la condición de vecino, plantar en dos años como máximo una parcela de viña. El patrimonio personal era al mismo tiempo que una causa o factor de población, una condición y un mecanismo de radicación. La siembra de vid otorgaría derechos a partir de la presura, un principio que nunca dejó de estar vigente como favorable a la creación de poblaciones.

Además concede a los vecinos la exención de las tributaciones concejiles durante diez años, de manera tal que pone al descubierto que la exención fiscal es su mayor atractivo. Pero la decisión, incluso para los promotores, era solo relativa o diferencial porque incluía el defecto de su limitación temporal, evidencia de que el promotor de la población no renunciaba al ingreso fiscal equivalente al reconocimiento de que el pago de servicios era un iniciador de la despoblación.

Se pretendió crear condiciones que hicieran atractiva la inmigración sin renunciar al que se reconocía como objetivo primordial del proyecto, que seguía siendo conseguir mediante la población garantizar la conservación de lo que entonces se consideraba genéricamente sierra. No se entiende que se empeñaran en dar preferencia a guarecer la tierra cuando habían debido reconocer que esta empobrecía a los vecinos y era causa de que amenazaran con destruir lo habitado e irse. El empeño estratégico de quien tenía la jurisdicción y la iniciativa pobladora, al que no deseaba renunciar tratándose de un castillo, aunque conservarlo pudiera ser causa de la despoblación y se opusiera al objetivo final de nuevo perseguido y declarado, que en consecuencia parece imponerse sobre cualquier otra consideración, pudo ser entonces el principal responsable de la despoblación, más allá de sus buenos propósitos colonizadores.

Dada además la amenaza de los vecinos de aquel lugar en 1311, ¿se puede admitir que actuaba entonces en la zona una despoblación activa o de tierra quemada? El teorema común sobre el origen de la despoblación supone el abandono o muerte lenta, una emigración paulatina hasta la extinción, que nunca es absoluta durante siglos. Según esta idea, la despoblación llevaría de la aldea al despoblado. Si se considera la posibilidad de que las amenazas contenidas en el documento se cumplieran, al contrario se podría pensar tanto en la desaparición instantánea de poblaciones como en la inmediata aparición de otra en otro lugar, si es que no se diluyen los emigrantes en una o varias poblaciones ya consolidadas. Tal supuesto permite también admitir la existencia de poblaciones itinerantes. Porque, en lenguaje demográfico ahora, no en el sentido primitivo de la palabra población, que es raíz o espacial, tal comportamiento supondría a la misma población, el mismo grupo humano, y dos lugares distintos en el espacio. De actuar la despoblación activa, el tiempo que separa la desaparición de un grupo humano de un lugar y su aparición en otro tendría que ser necesariamente corto.



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