Vive oculto

Bartolomé Desmoulins

Entre los antiguos, fue difundida con éxito la siguiente creencia. Habitaban en algunos lugares de África unos hechiceros que secaban árboles, e incluso daban muerte a niños, si los encomiaban. Por esta causa algunos temieron ser elogiados por un hechicero, fuera que las palabras salieran de su boca o de la de otro pero en su presencia, porque a su alabanza cualquiera de ellos podía añadir palabras de hechizo o de encantamiento que pasaran inadvertidas. De la misma creencia provino la superstición de referirse a uno mismo con denuestos y desprecios, porque el elogio pronunciado con vanidad podía hechizar.

Investigada por quienes aceptaban aquella especie, descubrieron que la cualificada capacidad de aquellos antiguos hechiceros no provenía de sus palabras, que en sus sortilegios eran solo un ardid embaucador, sino de un hecho singular. En la visión poseían cierta cualidad emponzoñada y casi corpórea, inductora de la enfermedad o la muerte.

El alma de alguien profundamente inclinado al mal tenía la marca de hacer daño, y el cuerpo, unido al alma mediante los movimientos del corazón, también se veía transformado, y su transformación llegaba hasta los ojos. El mal había sido introducido por la naturaleza para castigo de las mentes embrutecidas. Le pareció bien a la naturaleza, así como engendró en el hombre la costumbre de alimentarse con entrañas humanas, tomada de los animales salvajes, producir en todo el cuerpo y también en los ojos de algunos una especie de veneno, para que no existiera ningún mal que no lo tuviera también el hombre. El cuerpo era empujado por el alma y, afectado por el mal, se convertía en causa o instrumento del daño. El alma o la imaginación dañada empujaban los cuerpos, que parecían desprender venenos después que veían. Desde los ojos se podía emponzoñar algo que estuviera fuera de él, sobre todo si era fácilmente mutable, como el niño, más débil y por eso con más facilidad víctima de aquella señal. Como réplica, dada su especial virulencia contra la infancia, había quienes colgaban del cuello de los niños dijes deformes para alejar hechizos y fascinaciones, que tenían el efecto de apartar los ojos de los que contemplaban a las criaturas fijamente.

Se temió la vileza del que miraba, pero también fue motivo del recelo fascinante solo la exagerada fealdad, porque era concebida como imagen del mal. Presentaron como ironía cruel de esta superstición la que por obra del destino se obró en cierta hembra, nacida en matrimonio legal, a quien su padre decidió poner por nombre Bárbara, mujer buena y de carácter apacible, que con el tiempo resultó de una fealdad extrema. Algo similar que le habría ocurrido a una buena madre, que por incontinencia, y exceso de celo en el cumplimiento de sus compromisos familiares, puso a su hijo por nombre Emiliano Adrián, siendo que el apellido del padre era Cristóbal. Decisión tan desaforada obró a través del metabolismo del muchacho. Resultó de una fealdad triple, fruto de la deformidad que su cuerpo había adquirido a causa de su enorme tamaño. Al mismo orden correspondió lo que ocurriera con el esclavo Esopo, el más feo de todos los hombres que haya descrito la literatura antigua. Su dueño lo regaló a un vecino con la esperanza de que su casa quedara encantada.

Cuando se trataba de mujeres hechiceras, poseían tan gran maldad en su corazón como en su mismo cuerpo, y fácilmente emponzoñaban con la fuerza de su imaginación natural. Tan poderosa era su imaginación que llegaban a dañar a los niños más débiles, igualmente cuando se dirigían hacia ellos con los ojos, mientras los contemplaban fascinadores. Hasta podían matar a quienes eran capaces de concebir en su mente mediante su imaginación penetrante, e incluso a sí mismas.

Un efecto moderado tal fuerza era que los ojos de la mujer en menstruación, el estado en el que la condición femenina acumulaba más poder, eran capaces de emponzoñar el espejo, aunque, por lo que se refiere a los espejos manchados por mujeres en periodo de menstruación, aún no se había dilucidado del todo si se debía a la vista o al aliento.

Fue buscada la razón de tan portentosa manera de manejar así la adulación como la mirada, tanto en hombres como en mujeres, y encontraron que sus causantes genuinos, los primitivos hechiceros africanos, eran híbridos descendientes de dos etnias singulares. Una la de los tribalios, gente tracia que se movía en zonas bajo influencia del cauce inferior del Danubio. La otra la de los ilirios, asentados en la costa oriental del Adriático. Cualquiera de ellos había hechizado con la vista y provocado la muerte, con más facilidad a los muchachos, cuando miraba atentamente durante largo tiempo y con ojos particularmente airados.

Evolucionaron estas creencias a la idea de que a quienes hablan de sí de manera elogiosa les sobreviene la envidia como desgracia, un hallazgo cuya convergencia con los precedentes más remotos registró la cultura griega antigua con una palabra, la que eligió para expresar la acción de fascinar, que indica a la vez envidiar. Por eso a quienes actuaban movidos por la envidia se les tenía por instrumentos de la fascinación.

Por tanto, el daño de la fascinación procedería de los ojos, y no de los labios de quienes elogiaban a personas objeto de sus alabanzas, por fascinar definitivamente se entendió apropiarse por la mirada y se tuvo por fascinado al que quedaba sujeto por lo que veía.



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