Los fundamentos de la literatura
Publicado: abril 10, 2014 Archivado en: Recopilador | Tags: constitución Deja un comentarioContinúa El banquete funesto
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No comparten todos los egiptólogos la misma teoría sobre los fundamentos de la escritura jeroglífica. La que aquí se va a defender, inspirada por el deseo de rebatir que en su momento originó una reyerta sorda, en cuyo transcurso los contrincantes jamás se vieron las caras, pretende desenmascarar a quienes han ocultado, tras sociedades científicas sin ánimo de lucro, intereses bastardos, sirviéndose al tiempo de las posibilidades societarias que derivan del matrimonio.
Parece que la escritura jeroglífica egipcia, hasta donde es conocida, se regía por principios algo inestables, aunque no tan lejanos a los que hoy resultan familiares, puesto que inspiran también las normas de la manera actual de escribir. Los usos vigentes son herederos de otros remotos anteriores, aunque realmente próximos en el tiempo, y la impresión que del aparente empleo universal de pictogramas pueda deducir el observador que empieza a interesarse por la forma jeroglífica de escribir aquella lengua no debe conducir a un error por simplificación. En ocasiones es económica, y casi de inspiración taquigráfica, y en otras es premiosa y reiterativa hasta cansar, e incluso absurda.
Puede adjudicarse esta divergencia a que al analista contemporáneo han llegado inevitablemente prácticas distintas, seleccionadas por el azar certero del hallazgo arqueológico, que tanto puede revelar la aplicación disciplinada de unas normas con claridad aprendidas, si es que alguna vez fueron dictadas, como su uso abierto, flexible y hasta incorrecto, aun ejecutadas de forma precipitada y no deducida de los buenos fundamentos que debieron distinguir a los buenos escribas. Pudiera ser que todas estas posibilidades, paradigmas extremos al servicio de una explicación esquemática, sean prueba de que en aquella antigua escritura el estado normativo asiento de su práctica, si es que fue alguna vez elaborado, no había alcanzado el rigor que la fácil difusión de las reglas contemporáneas termina imponiendo.
En el egipcio medio o clásico, que puede ser identificado sin dificultad por quien vea los textos escritos sobre piedra desde fines del imperio antiguo, los jeroglíficos son ya en lo fundamental fonéticos, por lo que no es impropio llamarlos signos, aunque antes pudiera parecer más correcta otra denominación. Tales representaciones de sonidos, que por deseo de generalizar algunos llaman también fonogramas, como puede esperarse de la escritura estaban destinadas a reproducir los sonidos de las palabras utilizadas por el habla, de los que eran su traslado convencional.
Según una clasificación hoy admitida, tales signos en lo esencial podían ser alfabéticos o silábicos. Los alfabéticos equivalían a una parte de los sonidos que admiten su reducción a solo un signo de los que son usados por lenguas como la que en estos momentos se está usando, y con ellos componer un alfabeto artificial, muy parecido a los vigentes, también denominado pseudoalfabeto egipcio.
Formando juicio por la herencia gráfica recibida, pero también por los documentos que fundan con seguridad la tradición de la equivalencia entre los diversos signos que sin embargo pueden representar idénticos sonidos, no resulta desacertada la valoración alfabética de aquellos trazos, aunque habrá quien piense, con justificado sentido crítico, que es anacrónica. El estado de elaboración gráfica en el que se encuentra la lengua egipcia escrita por los antiguos admite la sospecha. Por aquella razón los signos alfabéticos también son llamados unilíteros o monolíteros.
Los otros signos expresaban sílabas compuestas con dos o tres letras del pseudoalfabeto, de donde los gramáticos conocedores de aquella forma escrita de la vieja lengua los creen especie de abreviaciones, ya que uno solo puede equivaler a dos o tres alfabéticos. A este propósito es adecuado tomar en consideración, aunque no sea relevante para la demostración deseable, para que el lector esta sí en especial considere, que la escritura jeroglífica del egipcio no representaba las vocales intermedias de las palabras, y en ocasiones hasta omitía algunas de las finales, por lo que en conjunto puede tomarse por una escritura predominantemente consonántica, aunque de ningún modo ignorante de las vocales.
Todo signo silábico egipcio se supone que tomaba su valor fonético de la palabra que en aquella antigua lengua servía para designar el objeto que representaba. Recurriendo a la analogía con el castellano, ocurría algo así como si la representación de una mesa sirviera para escribir la secuencia de sonidos mesa, y solo con ese fin podía ser elegida para la escritura. Lógicamente, cuando fuera utilizada la imagen con propósitos fonéticos, tan solo tendría que representar la secuencia de sonidos, sin que forzosamente hubiera de referirse al objeto en cuestión. En el uso regular del jeroglífico, la imagen de la mesa podría ser utilizada para escribir, por ejemplo, una parte de la palabra promesa. De ningún modo quien procediera a leer la frase en la que se encontrara esta imagen, completada por otro signo para que fuera posible escribirla entera, en el supuesto aducido, durante la lectura tendría que tomar en consideración aquel mueble en sentido alguno, ni siquiera acordarse de él; solo tendría que identificar por la imagen la cadena de sonidos adecuada.
Sería, en consecuencia, un uso de los signos que se podría aceptar como perfectamente actual, porque la condición de su correcto empleo es que hace posible, y hasta recomendable, olvidar que el dibujo mesa tenga algo que ver con el objeto que por la pronunciación exclusiva de esos sonidos debe ser identificado.
Lo mismo habría ocurrido en el supuesto de que en el origen de la actual letra a estuviera el dibujo de una cabeza humana, y se hubiera alcanzado el estadio de su uso en el que ya todo el mundo actuara sin necesitar la conciencia de que aquella forma fuera la justificación del rasgo que hay que trazar para escribir el signo, que sin embargo parecería perfectamente abstracto y convencional, directo y limpio capricho que por su singular pureza puede ser colmado con el contenido que se desee, aun sin dejar de ser la representación simplificada de una cabeza humana.
Hasta aquí, aunque se hayan deslizado algunos argumentos discutibles, todas las teorías pueden convivir. Lo que sigue es el centro de la controversia
La propiedad de la lengua escrita en la que es necesario detenerse, porque no es decididamente respetuosa con esta regla del juego de la escritura jeroglífica, deriva del principio de su práctica que ha sido expuesto, razón además justificativa de que se haya demorado el relato de forma tan escolar en la precedente llamada de atención.
Según la finalidad que tenga su uso, procediendo de nuevo a clasificar con el método analógico, los signos silábicos egipcios pueden ser separados en dos grupos, los sonoros y los determinativos. Los primeros, como ocurre que unos pueden representar por sí dos y hasta tres sonidos equivalentes a dos o tres signos alfabéticos, son denominados, cuando quien explica desea ser extremadamente preciso, bilíteros y trilíteros, modo de llamarlos que mantiene el criterio inicialmente elegido para separar los tipos de signo que en el jeroglífico egipcio clásico suelen distinguirse.
Puede sorprender que sean utilizados estos dos tipos de signo existiendo los alfabéticos o monolíteros, que podrían cargar con todo el trabajo, deducción sintética a la que podría haber llegado el escritor antiguo. Sin embargo, este modo de observar el problema no tiene en cuenta el principio de economía de la escritura, un criterio elemental, deducible desde humildes estimaciones paleográficas, de especial valor cuando se trata de esta modalidad de escritura. Dada la lentitud con que cada signo debía ser trazado, porque la formalidad figurativa siempre fue mantenida y respetada, aun en la más cursiva escritura hierática, dibujar uno que representara más de un sonido ahorraría trabajo. La razón de la economía del esfuerzo sería bastante para justificar el uso de la amplia batería complementaria de signos no alfabéticos.
Siendo bilíteros e incluso trilíteros los signos silábicos, también ocurre, para mayor paradoja, que ocasionalmente puedan ser complementados o auxiliados por signos alfabéticos. De la función que tienen reservada en la escritura esto es lo que del modo más sorprendente los caracteriza, que precisamente no solo puedan ser utilizados para representar el sonido inmediato que se les reconoce, sino que también pueden complementar el valor fonético de los signos considerados silábicos. Tal abuso de la regla deducida revela la supervivencia de anomalías, que solo por generosidad pueden ser llamadas excepciones, y sitúa sobre la acertada pista que podría explicar la emergencia de equívocos a consecuencia del recurso a medios expresivos innecesariamente redundantes.
Había razones gramaticales que aconsejaban la composición híbrida de las palabras, aunque estas actuaran desde una posición de dudosa solidez normativa. En la lengua egipcia escrita puede suceder que dos palabras, o distintas secuencias de sonidos, y a veces tres y hasta más, sirvan para designar un mismo objeto. Es una consecuencia derivada de que el origen de los signos silábicos, con toda probabilidad, remonte su valor a un ideograma, y que para dar nombre a una cosa la idea que la sugiriera fuese en unos casos una y en otros otra; como desde distintas ideas, por una asociación en secuencia de pensamientos vertiginosos, para la que no es fácil encontrar una explicación satisfactoria, feliz fuente de toda la imaginería de la palabra, es posible llegar a la explicación justificada de un mismo hecho correcto, más aún de un objeto, distintas palabras, de extracción diversa, distintos caminos señalados por distintos sonidos pueden llevar hasta el mismo lugar. Para evitar esta desviación, y hacer más precisa la lectura del signo silábico, existía la costumbre de escribir, al lado de la mayor parte de los de esta clase una o todas las letras que formaban la sílaba que representaba el signo en cuestión. Parece justificado, pues, que por esta razón fueran usados signos alfabéticos asociados a los signos silábicos, y de este modo asegurar su comprensión y evitar la ambigüedad.
Algo distinto son los determinativos, signos que son en todo idénticos, por apariencia, a los anteriores, aunque su sentido es distinto y no obstante próximo al recién examinado. Su existencia está justificada por una razón igualmente específica. Más que en ninguna otra, en la escritura egipcia es posible que llegue a emplearse con mucha frecuencia una misma forma escrita de una palabra para expresar conceptos diferentes. El procedimiento común en el que está basada la escritura es razón suficiente para explicar la alta frecuencia con la que puede presentarse esta posibilidad. Pero también ocurre, al estar compuestas con dos letras las que se pueden considerar las raíces de la mayor parte de las voces, que no hay muchas posibilidades para multiplicarlas, o que por necesidad los signos elegidos pueden ser pocos.
Para ser rigurosos, hay que añadir que el interesado, aun así, puede documentar un buen número de signos silábicos dispuestos a representar sonidos, y que estos signos efectivamente representan una amplia gama en cantidad significativa de casos, lo que por tanto impide tomar cuanto se está afirmando como una regla cerrada. Pero la práctica se alía también en esta ocasión con la tendencia espontánea o previa de la escritura para conducirla hacia la economía de signos. El sistema de escritura adoptado debió tener medios fundados para llegar hasta una correcta elección de cuáles debían ser los mejores jeroglíficos para representar cada par de sonidos, aunque no están del todo claros los criterios que pudieron ser los decisivos. En la mayor parte de las expresiones, una vez elegidos, a unos signos sí y no a otros los fue convirtiendo en representantes preferentes y reiterados de aquellos determinados sonantes grupos cerrados. Lo definitivo fue que tan solo cerca de un centenar de esos posibles signos, sobre todo bilíteros pero también trilíteros, fueron los comúnmente usados.
Para evitar el riesgo de ambigüedad, el mayor defecto de los usos de la escritura jeroglífica, fue necesario, en consecuencia, recurrir a los determinativos, signos colocados después de la parte fonética de una palabra que el lector debía interpretar aunque de ningún modo pronunciar, porque no estaban destinados a modificar en algo el enunciado sensible de las voces. Su objetivo único era distinguir los diversos sentidos posibles de una misma raíz.
En la composición de las frases, la secuencia de las ideas podía cargar con una parte de la responsabilidad para evitar la ambigüedad, pero el peso de aquel duro trabajo terminó recayendo en la invención paralela y ciertamente ortopédica de los signos adicionales, encargados decisivos de evitar las confusiones cuando se hacía necesario, llamados determinativos.
Llegadas las expresiones de sentido abierto, tales signos auxiliares eran decisivos, si no obligados, para permitir la correcta interpretación de las palabras que habían sido escritas con signos que representaban determinada secuencia consonántica pero cuyos significados no estaban resueltos. Era, por ejemplo, el caso de la solución jeroglífica de los sonidos smn. Si iban acompañados del pictograma de una oca significaban oca del Nilo, pero si iban acompañados de un trazo horizontal con una pequeña muesca en el centro significaban establecer.
Dos son las clases en las que ahora, a partir de este criterio básico, suelen separarse los determinativos, la de los especiales y la de los genéricos. Son especiales los que se aplican solo a un número muy restringido de palabras de la misma naturaleza, mientras que genéricos son los que están destinados a referirse a grupos muy numerosos. Debió bastar su representación, como si de una advertencia paralela se tratara, no del todo explícita, como la que los símbolos contienen, para que el intérprete pudiera encontrar el sentido específico que la palabra en cuestión quería expresar. Indicaba simplemente una categoría o grupo en el que la voz podía ser encuadrada y al que por tanto, por este medio, se consideraba que pertenecía, porque igualmente en esa familia el objeto al que la palabra hacía referencia era con facilidad localizable.
Por esta razón hay quienes apellidan a los determinativos semánticos, porque efectivamente en este orden rinden todo su servicio. Es verdad que el uso de los signos alfabéticos con un sentido fonético puede admitirse también como determinativo, valoración particular del signo que no sería incorrecta, porque tiene en cuenta que, así como el determinativo semántico evita que se extravíe el sentido, aquel matiz evitaría que se errara en la pronunciación. De considerar de este modo el uso de los signos alfabéticos asociados a los bilíteros o a los trilíteros, debería tenerse presente que su consecuencia, para la práctica de la lectura, sería sobre todo gramatical, y que por tanto su efecto primordial sería morfológico, y que tal vez desde alguna de estas maneras de ver también podría apellidarse el legítimo determinativo deducido. De ahí que pueda resultar prudente, aunque parezca redundante, hablar de determinativos semánticos, y así evitar innecesarias confusiones donde ya de por sí la ambigüedad tiene sobradas posibilidades de ensombrecerlo todo.
También justifica esta manera de hablar otro uso del jeroglífico, al que por ahora solo se ha hecho alusión, el último que por el momento hay que examinar, el ideográfico. La correcta comprensión de su valioso papel, y del significado que de este deriva, debe partir de la constatación de que el determinativo semántico, según se ha denominado, para distinguirlo con precisión, por más que parezca inmediato, es el usado con menos frecuencia, y hasta llegó a ser excepcional su presencia en los textos epigráficos.
Hay un uso común de la solución que el determinativo proporciona, más frecuente tal vez por aún más sencilla. En lugar de escribir una palabra entera con su desarrollo fonético más o menos completo, o sus signos sonoros comunes, más su determinativo de una o de otra categoría, toda la compleja serie es con ventaja sustituida por un solo jeroglífico. Semejante tipo de representación figurativa, también llamada ideografo, ideograma o pictograma, está destinada a expresar palabras enteras. Normalmente, aunque no siempre, para ganar en precisión estos jeroglíficos suelen estar seguidos del signo |, que hace de indicador de que la imagen que ha sido representada tendría que interpretarse en su sentido propio. Cualquier nombre de animal o planta, o cualquier objeto, cosas que puedan ser representadas por medio de un jeroglífico claro e inequívoco, son escritos de manera preferente usando solamente este signo.
Pero no solo el determinativo específico puede resolver la escritura de hechos materiales, sino que igualmente puede servir a la representación directa de ideas, aunque bajo ciertas posibilidades que por el momento se dejan abiertas pero que conviene que advertidas queden.
Tales jeroglíficos pueden tomarse en sentido estricto por determinativos específicos, tan exactos que no pueden ser confundidos con otros y que por eso hacen innecesaria cualquier aclaración fonética. En realidad no son nada distinto a los semánticos, con la única y significativa diferencia de que el jeroglífico único absorbe todas las funciones gramaticales que debe representar la serie de imágenes reducidas a signos en el otro caso.
De su existencia podría derivarse con fundamento la teoría de que el camino seguido por el desarrollo de la escritura jeroglífica egipcia pudo ser el inverso al que ha seguido esta explicación. Pero de lo que no hay duda es de que todos los determinativos, sean morfológicos, semánticos o específicos, porque en el fondo comparten la condición de pictograma, en conjunto son la prueba de la convivencia de elementos ideográficos con los fonéticos en la lengua egipcia antigua, aun en tiempos de su plenitud clásica.
No era obligada la indefinición para que estos pictogramas complementarios fueran utilizados. Solo por afán de precisar, en ocasiones, las palabras eran completadas con el determinativo, y de este modo quedaba advertido el lector, al entrar en un texto, cuál era el dominio semántico en el que debía situarse para interpretar correctamente los sonidos consonánticos que habría de ir identificando. Era usual que fuera dibujada una imagen solo para advertir que se estaba escribiendo de dioses, un aspa encerrada en una circunferencia cuando la frase estaba referida a ciudades o una línea quebrada, en posición vertical, cuando el asunto era algún pueblo extranjero.
Desarrollado el sistema jeroglífico de escritura, debió ser posible, para quienes escribieran aquella lengua, utilizar la imagen de cierto objeto para enunciar palabras sin ninguna relación semántica con él, y que conservaran como único vínculo, aunque incluso en el habla fueran expresadas con una pronunciación distinta a la correspondiente a la forma que se dibujaba, una secuencia de consonantes idéntica. Pudo justificarse este procedimiento como el medio más seguro al que se podía llegar para expresar en la escritura los conceptos abstractos, que efectivamente mal podían quedar resueltos por la fórmula descriptiva elegida para expresarse por escrito. Es más que probable que esta necesidad estuviera en el origen de aquella extensión de la regla. Aunque se perdiera precisión en la expresión escrita, a cambio se ganaba la extensión del horizonte, hasta unos límites desconocidos, de lo que era posible presentar a los ojos de quien leyera.
Además, la aparición en fecha bastante temprana del estilo cursivo o hierático, versión de la escritura jeroglífica que recibe un nombre derivado de la palabra griega reservada para distinguir a la casta sacerdotal, estilo impuesto con probabilidad por la necesidad de que el curso de los signos sobre el papiro fuera rápido, e inspirado en principios sintéticos que también tendrían efectos económicos, debió facilitar la evolución esquematizada. Gracias a este recurso, pronto estaría al alcance de quienes escribieran, por ser a un tiempo sintética y sencilla, la solución que de forma más resumida se puede llamar bilítera, según la nomenclatura empleada más arriba.
Pero, a pesar de la extensión del modo hierático de trazar los signos, una característica del estilo que aplicaban los textos oficiales, que probablemente hicieron más por la selección de las formas supervivientes que otros cualesquiera, fue conservar con delicadeza todo el detalle y la forma natural de los símbolos empleados por referencia a sus fuentes materiales. Fue así posible que los fundamentos figurativos del sistema de escritura jamás se perdieran y que se prolongara indefinidamente una tradición gráfica que legítimamente admite ser llamada pura.
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