La libertad de la mentira

José D. Ansón

 Era cierto callejón, que bien recuerdo, mas de cuya descripción relevo.

     Allí estaban ellos, los dos, ambos de buen porte, los dos simpáticos y desde tiempo queridos, aunque por motivos diferentes. Me acerqué a ellos y les revelé el secreto, que atendieron con delectación. Este era: Mariví, la Mariví que ellos bien conocían, era miembro del espionaje. Inaudito, aunque se podía esperar de aquella criatura. Conseguí admirarlos.

     Inesperadamente, sin que hubiera motivo para ello, y sin que nadie pudiera preverlo, después de años de ausencia, Mariví volvió a aparecer entre nosotros. Demoledor. Ninguna falta hacía en aquel momento. El más sorprendido fui yo.

     La invitamos a que se sentara con nosotros en la terraza de un café, alrededor de una mesa de forja con una tapa redonda de piedra, grande, los asientos también de forja. Mariví, la única mujer entre nosotros, cuatro o cinco hombres jóvenes, contó extraordinarias historias y nos mantuvo sin tregua admirados y atentos a ella.

     Cuando hubo terminado uno de sus relatos, uno de los dos del principio, el moreno de rasgos groseros, simpático y espontáneo, sin mediar prólogo ni transición que anunciara lo que tramaba, saltó con la intención de comprobar la veracidad de lo que yo les había contado en el callejón. Pésima recompensa al aprecio que sinceramente le profesaba y que afortunadamente aún hacia él conservo.

     A Mariví solo por un instante pude verla sorprendida, aunque sonriente. Mantenía silencio.

     Antes de que pudiera considerar la posibilidad de hablar, me adelanté y repliqué a quienes cuando menos ya inevitablemente veía como escépticos interlocutores:

     –La mentira es indemostrable, a fortiori –dije.

     El más filósofo de nosotros, que no estuvo en el callejón y actuaba por tanto como juez que podía valorar nuestros argumentos, asintió, admitiendo mi réplica como indiscutible.

     Así quedó zanjado el asunto.