La renovación del poder

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Pasarán décadas, tal vez siglos, y las antiguas instituciones egipcias, sabiamente constituidas, aún se resistirán a mostrarse vírgenes, víctimas de la timidez a la que las redujo el silencio, que devuelve a la infancia a los ancianos. Sabemos que fueron engrosando sobre una esquelética Monarquía unificada, cuyos principios se remontaban a los comienzos del tercer milenio. Aunque tampoco los indicios más remotos sobre sus articulaciones, una vez recuperada la palabra, son demasiado veraces. Porque para entonces los anales hieráticos ya pudieron presentar continuo el tiempo, puesto que en sus referencias a los siglos primitivos, en las listas levíticas conservadas, unos a otros se sucedían con satisfactoria regularidad los nombres de los faraones de la primera y la segunda dinastías, habría de admitirse la vigencia ininterrumpida de la institución. Su función garante de la continuidad del poder personal único estaría demostrada por tan modestas relaciones de nombres. Es más probable que fueran los autores de las fuentes, al representar por el procedimiento de las listas la continuidad del tiempo, quienes consumaran mucho más tarde su particular aval a una primitiva solidez de la institución monárquica que de otro modo nunca ha sido autorizada.

     Pero, aun admitiendo que desde sus orígenes la Monarquía tuviera bien fundada su continuidad, carecemos de pruebas fehacientes sobre algo tan decisivo, para reconocer la validez de cualquier fórmula política, como las instituciones que permitían la renovación del poder. Es más lo que se sabe sobre su restauración en circunstancias al margen de la ley que lo que se ha recopilado sobre la continuidad pacífica y ordenada, tal como la hubiera previsto su constitución.

     Es cierto que disponemos de informes muy valiosos sobre los medios de renovación del poder, una vez agotadas las virtudes de un monarca, cuando se justificaba único por ser dador de lluvias. Pero aquella fórmula, brutalmente expeditiva cuando las sequías se prolongaban, corresponde a una época preconstitucional que justamente se opone al efecto civilizador que universalmente le es reconocido a las instituciones ideadas en el Egipto antiguo, de tanto ingenio que fueron capaces para mantener durante siglos y siglos un poder monárquico. 

     Los indicios sobre las fórmulas renovadoras civilizadas hasta ahora más fiables son los que se relacionan con una oscura celebración, conocida como fiesta sed; una liturgia que la historiografía, cuando decide ser más descriptiva, cree conveniente llamar fiesta del jubileo del faraón. Casualmente, sus primeras noticias también remiten a los comienzos del tercer milenio, y en las fuentes asimismo coinciden con el origen de la Monarquía unificada. Se sabe positivamente que también durante la tercera dinastía, la que marca el comienzo del imperio antiguo, hacia mediados de la primera mitad del tercer milenio, aquella fiesta quedó justificada con unos fundamentos y regulada con una forma que permaneció en lo esencial invariable durante siglos. Parece que elementos de distinta procedencia, y es posible que hasta autorizados por ideas divergentes, vinieron a encontrarse entonces para fijar las formas que prevalecerían.

     De los documentos de aquellos primeros tiempos monárquicos se deduce que el fin de la fiesta sed era conmemorar la revitalización o renovación física del faraón, un ser vivo que había llegado a tal estado de deterioro material que necesitaba restauración urgente, porque era necesario que siguiera cumpliendo con su cometido. De donde se deduce que ya la constitución política egipcia había aceptado que ni al estropeado faraón solo por esta causa se le podía eliminar, sin más, como se había hecho en tiempos precedentes; ni a la naturaleza se le podía negar su papel como regulador final de las sucesiones. Para que cada uno fuera sustituido antes tenía que morir sin mediación humana de signo alguno. Al contrario, el esfuerzo de la comunidad política debía dirigirse a mantener su vida en el mejor estado posible con los medios a su alcance.

     La primitiva fiesta sed debió ser una gran ceremonia, compuesta con una meditada secuencia de ritos significativos. El momento principal de su liturgia debía representar que la vida del monarca reinante había quedado restaurada, para que se consintiera que sus poderes se habían renovado. Por tanto, en una primera parte de la alegoría moría simbólicamente, para que en la siguiente volviera a nacer. Mas la elaboración ritual de la transición entre uno y otro momento se encargó de envolverla un acto mágico, cuyo mecanismo quedaba oculto, por la misma razón que su efecto solo era alegórico.

     Por lo demás, solo de otra representación, que no es fácil situar en la secuencia de los actos, se sabe que formó parte de la liturgia original de la fiesta sed, que el rey fuera identificado como señor de las tierras que dominaba, por gestos inequívocos y reiteradas alusiones simbólicas. Hasta aquí los testimonios directos sobre los contenidos de la primitiva celebración del jubileo.

     Al principio esta ceremonia se organizaría sin periodicidad regular, aunque también desde muy pronto quedaría instituido que la primera renovación de cada reinado fuera celebrada una vez transcurridos sus primeros treinta años. Por tanto, durante los primeros tiempos de la antigua monarquía regiría el mérito temporal acumulado, o tiempo de servicio, como condición necesaria para que un rey a los beneficios políticos de la fiesta sed accediera. Incluso es posible, dada su indispensable contribución constitucional, que el jubileo, en su estado primigenio, fuera una celebración obligada transcurrido aquel tiempo de un reinado. Dando por supuesto que la sucesión de descendientes, porque pertenecían al linaje del monarca precedente, era ya el otro mecanismo previsto para la renovación constitucional y pacífica del poder, si la primera celebración sed se retrasaba al trigésimo aniversario de un reinado, a la naturaleza, con su comprobada liberalidad, le era concedida amplia capacidad para que cumpliera con tan alto cometido espontáneamente, y así ordenar la sucesión, y por tanto permitir la estabilidad que por su condición la fórmula monárquica necesitaba. Solo en el caso de que se mostrara remisa a reemplazar a un rey por otro, el pertinaz faraón reinante tendría que ser revitalizado recurriendo a la ley de los actos mágicos.

     Tanta era la honra a la que un faraón se hacía acreedor, habiendo sido capaz de mantenerse sin interrupción al frente del reino unificado durante treinta años, que solo un reconocimiento de su sobrehumana aptitud era poco. De ahí que para celebrar las siguientes conmemoraciones, una segunda y hasta una tercera, al parecer  se ganaban méritos sobrados con la celebración de la primera. Se puede demostrar que las sucesivas fiestas sed de un mismo reinado tenían lugar a intervalos más cortos, cuando la oportunidad se presentaba, a elección del superviviente, ya tan cargado de años como de razones para festejar que aún estaba vivo y sentirse urgido por la necesidad de revitalizarse.

     Sorprende sin embargo que por la reiteración fuera alcanzada la aceptación de un hecho tan extraordinario. A los egipcios, aunque antiguos, no les estaba negada la capacidad de razonar, y por muy ritualizada que estuviera la envoltura de la revitalización nadie podría aceptarla seriamente como un hecho veraz. Es posible que la responsabilidad de la alegoría fuera propiamente institucional, porque el papel que le había reservado la constitución de la Monarquía antigua era más delicado.

     Los ritos y liturgias antiguos, así como las teologías y las religiones, que generaban iglesias, comunidades públicas o políticas, cargaban con el mismo deber regulador que los parlamentos. Precedentemente, ha sido fácil colegir, del sentido dado a la fiesta sed, así como del hecho de que se trate de una celebración jubilar, que esta conmemoración debió ser una ventajosa sustitución ritual, y muy civilizada, de la primitiva fórmula constitucional que el lector de estas páginas virtuales ya conoce, la que reguló la sucesión de los reyes productores de lluvias fundándose en la desaparición física del rey, sucedida su pérdida de las virtudes en las que fundaba su extraordinario poder. Como la fiesta sed estuvo destinada a la renovación de los poderes del monarca reinante, buena parte de los egiptólogos, capaces para el análisis más riguroso de las pocas informaciones disponibles, en su origen descubren la persistencia de la constitución política que hubo de sufrir el dador de lluvias. La conmemoración ideada cuando se instituía la Monarquía unitaria sería solo una traslación litúrgica del anterior regicidio ritual. Solo gracias a que la liturgia la hizo incruenta, se habría sido civilizado, excelente justificación del jubileo y de las teorías de la revitalización.

     También en opinión de sus más expertos analistas, otra meta que los promotores de aquellos actos simbólicos deseaban alcanzar, aun cuando tuvieran cuidado en no declararlo, fue que la Monarquía quedara realzada en el sentido político, que no era distinto al religioso. Basta sin embargo con reconocerle méritos como mecanismo constitucional para la renovación de la solución política llamada Monarquía, orden sin embargo por naturaleza efímero, precedente a la infinita República. Porque así como la Monarquía está ligada a una persona, cuya existencia debe tener fin, República es toda la comunidad, universo absoluto del orden político. Si la comunidad se extinguiera, no solo sería absurdo mantener las instituciones, sino que ni siquiera podrían existir, puesto que no habría vida que las sostuviera.

     La fiesta sed sería la primera responsable de la solidez del poder personificado triunfante, un ingrediente constitucional que era necesario para su existencia y para que en lo sucesivo sobreviviera. Indudablemente su contribución al magno fraude que culminó en la Monarquía sería mucho mayor que el de las listas. Se dispone de datos suficientes como para afirmar que los ritos que en ella fueron reunidos con el tiempo serían modificados, y probablemente el sentido que sus promotores pretendían que los gobernados dieran a esta manifestación pública iría evolucionando; y hasta es posible que fuera alterado, por este procedimiento, su efecto constitucional. Pero que en lo fundamental se mantuvo como el original responsable de la renovación civilizada de sus poderes. La intriga que persiste, incluso a pesar de las más brillantes elaboraciones teóricas, es la de sus contenidos rituales, cómo representaba la revitalización del faraón para que fuera posible aceptar tan inverosímil hecho y, lo que resulta más sorprende aún, que por esta causa se pudieran perpetuar los poderes exclusivos del faraón.

 

El famoso complejo de Saqqarah, dominado por la pirámide escalonada, en cuyo interior el cuerpo exánime y eviscerado del faraón debía yacer, fue levantado durante el segundo cuarto del tercer milenio, en plena tercera dinastía. Habiendo atrapado el discurso de la fama el fúnebre edificio, ha pasado casi desapercibida un área descubierta al sur, inmediata a ese lado del monstruo mortal. Las pruebas que ha proporcionado la arqueología demuestran que los arquitectos la reservaron para un inmenso y desolado patio con planta de rectángulo, de poco más de cien metros por casi doscientos, anexa al cual, por su lado este, edificaron una serie de frágiles mamposterías, tal las membranas con las que la naturaleza concedió volar a las mariposas.

     En el patio, la moderación constructiva solo se permitió una plataforma y dos parejas de unas extrañas marcas. Aquella fue levantada en el extremo septentrional de la gran superficie, inmediatamente al pie de la pirámide, como una pequeña meseta cuadrangular, de algo más de cinco metros de lado, a la que se subía por un par de gradas de piedra. Las marcas, que formaban parejas, eran unas pequeñas elevaciones, también construidas con piedra, cada una con la característica forma que los especialistas en su momento certeramente evocaron diciendo que parecían una enorme pezuña de caballo. Ordenadas todas las obras del patio sobre su eje longitudinal, cada pareja de grandes pezuñas quedó centrada en una mitad, una ante la plataforma, a cierta distancia de ella, y la otra, separada de la primera por una distancia similar a la anterior, al otro lado, el más alejado de la pirámide.

     Las obras más visibles fueron concentradas en el lado este. Formaban una batería a lo largo de un estrecho patio secundario, delimitado por un muro que lo separaba del espacio mayor en toda su longitud. Eran obras modestas, de planta y alzado rectangulares, aunque de construcción sólida. De ellas destacaban dos grandes pabellones y otros tres más pequeños. Pero todos eran idénticamente ficticios, solo simbólicos, de ningún modo útiles a celebración alguna o para ser usados como dependencia en la que alojar una imagen determinada o cualquier otra pieza de un mobiliario ritual. Al exterior, sus detalles decorativos y la forma de su cubierta recreaban en mampostería, a escala pero en tres dimensiones, como si los elementos de una gran maqueta fueran, los llamados santuarios temporales, también conocidos como santuarios de campaña, edificios sagrados, originalmente construidos de madera y estera; una arquitectura perecedera, habitual entre los egipcios, a su vez origen del depósito reservado a la guarda y transporte de la imagen divina itinerante, obligada compañía de todas las empresas que aspiraban al éxito.

     Se ha deducido, además, sobre pruebas sólidas, que en uno de los extremos de este patio secundario también hubo otra plataforma o meseta cuadrada, asimismo con dos tramos de escaleras, para que en ella fuera colocado un doble sitial o trono. Originalmente estuvo cubierta con una pequeña construcción de piedra, que sería parte de la arquitectura de un gran dosel, a abarcar toda la superficie de la plataforma destinado, así como a garantizar que el trono quedara acogido bajo su sombra.

     El uso que de toda esta obra se hiciera, y el sentido que tuviera reunirla en aquel lugar, a la fúnebre memoria destinado, han sido discutidos con la pasión que caracteriza a los egiptólogos, gente agreste y emprendedora, inmejorables conyugados si cruzan su estirpe con las descendientes de hidras, seres de rostro angelical y dientes de hiena. Los mejores conocedores de la primera civilización finalmente han deducido, con satisfactoria certeza, partiendo tanto de imágenes anteriores a la construcción de Saqqarah, talladas durante el protodinástico o el dinástico antiguo, los tiempos más remotos de la primera civilización de la alta antigüedad, como de otras posteriores, la posible función de ambos espacios, tanto del enorme patio rectangular como de las edificaciones ficticias levantadas al este de él.

     Por una de las más remotas se averigua que un patio de grandes dimensiones con escasas marcas y una plataforma con escalones era el lugar donde el faraón pasaba revista a los animales que entraban en su patrimonio gracias a una batalla, así como a los prisioneros que tras las victorias capturaba. Otra ilustra, aunque de manera menos explícita, un marco similar pero con una actividad distinta. En esta ocasión el faraón está imaginado en un gran patio corriendo o caminando, pero con seguridad dando zancadas, entre dos pares de las mismas marcas de piedra.

     De estos testimonios se puede concluir que parece probable que una parte del primitivo palacio real, ya desde el dinástico antiguo, fuera un gran patio ceremonial en el que habían construido unas marcas. El objeto de aquella arquitectura sería acoger una ceremonia a la que los arqueólogos han llamado de los grandes pasos, ideada a su vez para proclamar los derechos del faraón sobre el territorio que satisfacía su dominio, cuya duplicidad original quedaba reconocida por las parejas de marcas.

     Se da la afortunada circunstancia, poco frecuente cuando se insiste en explotar los documentos más remotos, que el tema del faraón moviéndose entre marcas también está representado en el propio complejo de Saqqarah. Aquí es Zoser, predestinado a la tumba de escalones de pesadilla, quien corre o camina dando pasos muy amplios entre los dos pares de marcas, dibujados con la característica forma de pezuña de caballo. La feliz coincidencia de esta imagen con un par de jeroglíficos, que aparecen tras el protagonista, los empleados para escribir la palabra egipcia mdnbw, que significa límites, permite aseverar su sentido. Las marcas con forma de pezuña de caballo indicarían límites territoriales, hitos en un lenguaje más frecuente.

     Concuerda esta aclaración con referencias posteriores a estas mismas representaciones públicas, que al tiempo que corroboran el sentido deducido para aquellas marcas, permiten saber que aquel patio ceremonial, solo por tales pares de hitos interrumpido, era llamado el campo, y que al rito de los trancos entre las marcas con forma de pezuña de caballo, que desde tiempo atrás en él era representado, se le llamaba abarcar el campo o presentar el campo.

     Por tanto, así de los precedentes como de los documentos propios se puede colegir con certeza que el gran patio del complejo de Saqqarah, al sur de la pirámide, el que ha sido llamado la plaza eterna de la exhibición real, fue habilitado para que hubiera, junto al lugar del entierro del monarca, un área donde pudiera ser representado el acto ritual que por último ha sido conocido como ceremonia de la reivindicación de los derechos sobre el campo o ceremonia de abarcar el campo tal como hasta entonces era conocida. Sin duda, también aquí, en Saqqarah, el faraón caminó a zancadas entre dos pares de montículos para celebrar que era señor de un extenso territorio.

     También en la primera documentación gráfica que informa sobre aquellos espacios, el rey, vestido con ropas que lo distinguen, aparece sentado en un trono doble que ha sido instalado sobre una plataforma y está cubierto con un dosel. Y en una de las instantáneas del protrodinástico en las que está imaginado en un gran patio, corriendo o caminando dando zancadas entre dos pares de marcas de piedra, asimismo el rey aparece sentado en un trono doble, colocado sobre una plataforma con gradas y a  cubierto de un dosel. El par de asientos suele estar grabado en posiciones opuestas, dándose la espalda uno a otro, una manera de presentarlos que sin duda es un procedimiento convencional de expresión. La crítica lo admite como el recurso habitual de la obra gráfica egipcia que se propone explicar que ambos tronos representan dos mundos distintos e independientes, e incluso opuestos. El trono doble sería otra manera de simbolizar la duplicidad original del territorio dominado por el faraón. De todo esto se puede deducir que también, como parte del primitivo palacio real del dinástico antiguo, donde estuviera el gran patio ceremonial en el que habían construido las reiteradas marcas, en uno de sus extremos levantarían una plataforma para emplazar sobre ella el trono real, al que daría sombra un pabellón de característica forma, para que sirviera como estrado en las grandes ocasiones, como la recepción del tributo o la ceremonia en la que el monarca caminaba dando pasos largos entre marcas rituales.

     Los antecedentes sobre los edificios construidos al este del área sur del complejo de Saqqarah también ayudan a deducir determinadas certezas. Los primitivos testimonios gráficos que se han mencionado tienen, como fondo sobre el que desarrollar los actos de la ceremonia de abarcar el campo, una fila de santuarios, cuando menos dos, idénticos entre sí. El dibujo que los refleja no permite dudar sobre su modelo, que habría sido el santuario de campaña que más arriba se ha descrito.

     Así como los dos tronos indicarían que el faraón lo era del alto y del bajo Egipto, una referencia ya materializada en las dos marcas del patio, los santuarios esquematizados serían otra reiteración simbólica de la misma dualidad original del poder del faraón. Para las construcciones fuente de los dibujos habría dos estilos, uno propio del bajo Egipto y otro del alto, y cada uno de los edificios representaría las respectivas provincias. Su construcción como santuarios temporales, junto al doble trono del monarca, sería una prueba del homenaje que los territorios bajo su poder le rendían.

     La verificación del significado que debe reconocerse a la presencia de los santuarios de campaña en aquella ceremonia de nuevo la proporcionan escenas posteriores y muy explícitas, tanto que el sentido que tenían en el complejo arquitectónico construido alrededor de la pirámide escalonada puede quedar definitivamente aclarado por otra escena contemporánea. En una estela, Zoser, visitante de los santuarios del mismo patio que es el objeto de nuestra atención, hace un alto ante uno de ellos, el que es identificado como el de Horus de Behdet.

     Las arquitecturas que al este del gran patio de Saqqarah imitaban los santuarios también eran representativas de las provincias. Las dos edificaciones de mayor tamaño simbolizarían respectivamente los reinos del sur y del norte, o mínima arquitectura a la vez suficiente para indicar la totalidad del mundo egipcio por medio de una abstracción, mientras que los tres edificios más pequeños podrían ser alusiones a la totalidad de los santuarios de los dioses de los nomos, espacios originales de la monarquía egipcia. En cuanto al otro elemento arquitectónico del patio menor, es difícil no concluir que era la versión en piedra del estrado para el trono doble que era cubierto con un pabellón característico.

 

El examen de la arqueología de Saqqarah, a la luz de los primeros datos sobre la fiesta sed, permite afirmar que la parte meridional de la magna obra fue construida para que en ella Zoser dispusiera de un marco conveniente para las fiestas sed que hubiera de celebrar, fuera mayor o menor la duración de su reinado. El espacio reservado en Saqqarah, un lugar donde amenazaba la muerte, fue pensado para aquella fiesta, que momentáneamente la alejaba. Allí donde finalmente yacería, el faraón Zoser podría celebrar que aún estaba vivo, excelente oportunidad para hacer zapatetas ante la funesta mole que recordaría su inevitable destino.

     Es fácil explicar por qué sería escogido un lugar, acotado como espacio funerario, para dar un sitio a la celebración de la fiesta sed. La síntesis de sus actos simbólicos, donde tenía cobijo la más triste solución a los problemas derivados de la muerte, problemas sobre todo políticos en el caso de la persona del faraón, finalmente resueltos con su elaboración como tránsito, allí parecería prudente, porque la renovación de la vida que el jubileo deseaba representar, o renovación del gobierno en el exacto sentido constitucional de la celebración, debía contar con el previo recuerdo de que la particular reencarnación venía a ser una necesidad, si es que parecía práctico asegurar su dominio único para todas las tierras egipcias.

     Dar así una respuesta al sentido que tendría como parte de aquel complejo la obra anexa crea buenas bases para resolver de manera satisfactoria las dudas más arriba expresadas sobre la veracidad de los contenidos de esta celebración, así como sobre la solidez de su trascendencia constitucional. Están contenidas en la arquitectura del patio principal, para que en él fuera celebrada la ceremonia de reivindicación del campo, pero sobre todo en la levantada en el anexo, donde fueron construidos los escuetos santuarios simbólicos.

     El recorrido del faraón entre los santuarios representativos de los nomos, acto principal de la fiesta una vez meditado su significado, sería un rito de retorno de la supremacía sobre el espacio a sus legítimos dueños, los dominios provinciales representados por sus dioses y estos por sus santuarios. Así debía reconocerlo el faraón y de este modo lo aprobaba por prudente cortesía, siendo que así su autoridad superior de ningún modo resultaba deteriorada.

     Reconocido el origen de su dominio sobre el territorio, la ceremonia de reivindicar los derechos sobre el campo, en origen independiente, y que con toda probabilidad, en los primeros tiempos de la monarquía egipcia, tenía lugar con cierta asiduidad, siempre dirigida a declarar el dominio del faraón sobre todo el valle del Nilo, pareció conveniente que quedara absorbida por la más elaborada pompa de la preeminente fiesta sed porque así se haría evidente la restauración del poder del faraón sobre el alto y el bajo Egipto. Con la gran plaza ante la pirámide escalonada se le proporcionaba al faraón el marco necesario para mostrar su grandeza durante la ceremonia de su revitalización.

     La reencarnación consistiría en devolver ritualmente el poder a sus legítimos dueños, para de ellos poder recibirlo de nuevo, por tanto renovado. Morir sería acudir a los santuarios de los nomos y renacer sería recorrer el campo y, finalmente, sobre el estrado, sentado en el sitial doble, de ellos recibir el reconocimiento, a través de sus representaciones, como a él llegaban los trofeos de las victorias en la guerra o los tributos de los súbditos.

     A partir de estas decisiones cargadas de simbolismo, la imitación de los edificios del lado este de Saqqarah se convertiría en parte obligada del decorado regular de la fiesta sed clásica; como obligado sería levantar marcas separadas en espacio abierto, para que el faraón corriera de unas a otras, o disponer de un estrado con el doble trono, los dos asientos uno al lado del otro durante la celebración viva, cubierto por un dosel especial.

     Solo quedar especular sobre el cerebro de tan perfilada síntesis alegórica de la renovación del poder.

     El área sur del complejo de Saqqarah fue levantada por el responsable de toda la obra, el renombrado arquitecto Imhotep, sabio calculador de las formas adecuadas para que la arquitectura expresara lo que convenía a la Monarquía faraónica. Siendo cierto que la arquitectura del área sur fue inventada como escenario para la celebración de la fiesta sed por Imhotep, tienta la idea de atribuirle todo aquel trabajo de eficaz asimilación de significados de trascendencia constitucional en un adecuado marco arquitectónico. De su análisis hemos deducido las pruebas más sólidas de los hechos probables, lo que demostraría la temprana plenitud de la liturgia de aquella excepcional celebración. Con aquella parte de su magna obra el arquitecto habría cumplido, aparte la visible, otra obligación, ser un político previsor.

     La palabra arquitecto, que en esta lengua ha retenido uno de los más altos y nobles designios de la humanidad, el que al hombre obliga a sobreponerse a la naturaleza que su origen le impuso mejorándola, semeja un mecano. Por esta causa el lector contemporáneo de los textos que en castellano son escritos puede incurrir en el error de pensar que un arquitecto solo un artefacto vivo es. Ya sean formidables seres barbados, vigorosos hirsutos por su hormonas desbordados, ya frágiles criaturas, apenas metro y medio de anatomía de vidrio, en el origen de cualquiera de ellos está su alta responsabilidad política, puesto que a dioses se equiparan.

     Capital en la definición estable de aquella fiesta fue la elaboración de un acto cargado de sentido alegórico. Si la fiesta sed debía contener una liturgia envolvente de un acto mágico de orden superior, llegar a la abstracción política por medio de la ejecución de un símbolo arquitectónico podría pudo resultar la más convincente demostración material de que por la alegoría se podía llegar a un lugar cierto, sin necesidad de recurrir a pases ni extravagancias. La confianza en que la forma de la conmemoración fue, ya entonces, la clásica, así como la certeza de que aquel acto empezó entonces a celebrarse, está fundada en un sólido indicio arqueológico, el famoso complejo de Saqqarah.

     Hasta aquí, en la medida en que han podido ser restituidas a su estado primitivo, las justificaciones de las formas que recogieron aquella ingeniosa representación de los principios de la Monarquía, parte pretérita de la historia política.



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