Apeles y Diomedes


 Bartolomé Desmoulins

1. Quedan consagrados por la docencia aquellos a quienes la vocación elige. No entra en el número de los santos todo el ejército que nutre en el día tan abnegada obra, como no todos los marineros, aun leales combatientes, alcanzan la gloria que, por la batalla sobre las olas, solo en el fondo aguarda. No basta el deseo para llegar al grado excelso, y muchos son los que solo por la oportunidad que una satisfactoria pensión justifica buscan en aquella dedicación refugio. Son los hijos impuros de una impura relación, cuya existencia por desgracia es independiente de la repugnancia que inspiran.

     Actúa la alta selectora con la circunspección de las más extraordinarias damas, hembras portentosas siempre. Jamás deja ver sus intenciones. Como el arrebatado amante, que nunca llega a la conciencia de que fue seducido, los elegidos por la vocación solo sienten que su dedo los ha tocado como generosa entrega y fruto de una impulsiva voluntad, por la que se sienten poseídos. Acuden solícitos a su presencia, a ella se rinden, y ella como sobrecogida por el inopinado efecto de su natural existencia solo con un estremecido rubor los recibe.

     No era Apeles de la clase de los elegidos. Sobre la vocación tenía ciertas ideas que he podido rescatar gracias a los relatos de gente con la que convivía, por más que deba declarar mi duda sobre la veracidad literal de algunos de los textos recibidos; como en general mantengo mis dudas sobre todos los datos con los que he podido redactar esta memoria, un asunto sobre el que en este momento no creo oportuno demorarme pero que en alguna ocasión habrá de ser tratado, en ningún lugar mejor que en estas fictivas páginas que tan amablemente me han sido ofrecidas, y ahora con generosidad por primera vez me acogen, con todo el detalle que merece.

     Había llegado hasta aquel empleo por un camino secundario. Ya muy joven se había convencido de que su puesto estaba en la banca, en el lugar más próximo a la caja fuerte. Su padre prefería localizar la felicidad en un lugar más próximo a donde dormían, y su madre, dotada de excelente sentido de la orientación, había decidido localizar la suya no mucho más lejos del lugar elegido por su marido. Por eso fue que para sus ambiciosos proyectos no contó con el aliento de su familia, ni de ella quiso apartarse en la derrota.

     Sin saber bien por qué, se vio envuelto en una alocada carrera que finalmente lo  había llevado hacia un insensato trabajo, al menos en su opinión. ¿O no era una pérdida de tiempo empeñarse en mantener a las criaturas apartadas del mundo a la edad a la que más deseos de mezclarse con él tienen? Era trabajo condenado al fracaso, como demostraba que a la menor aprovecharan para invertir todo el tiempo del que podían disponer en enredarse en una vida vertiginosa. ¿No resultaba trabajo inútil volver cada día a repetir tareas cuya única finalidad era crear las condiciones apropiadas para de nuevo empezarlas, para así indefinidamente poder emprenderlas con el único objetivo de otra vez reiniciarlas? A este sinsentido conducía el fin no declarado de aquella actividad, mantener a los inquietos jóvenes recluidos.

     No es necesario insistir en que su dedicación era muy tibia, que su esfuerzo solo lo justificara por la necesidad. De ahí derivaba que de la vocación pensara que era una estúpida manera de proporcionar gratis trabajo suplementario. De los que se declaraban en público hombres con vocación, personas que por otra parte no le resultaban especialmente confiables, solo había oído que aun después de la jornada laboral seguían preocupados y activos para el trabajo.

     La falta de fe en la que tenía que vivir había derivado a un estado de venganza que sostenía con admirable decoro. Detestaba explicar. Para darse una recompensa por estar obligado a violentarse a diario, de continuo mentía. Enseñaba propagando mentiras.

     Cuando, por ejemplo, le preguntaban por el origen del oráculo fabulaba en términos parecidos a estos: “Hay lugares en donde la piedad, un don natural del que los hombres más virtuosos se benefician, se ve favorecida. Lo achacan algunos a la composición de la roca, pero creo que se alcanza por transferencia de las ideas sobre el magnetismo. Otros sostienen que deriva de las condiciones atmosféricas habituales en el lugar donde este fenómeno se experimenta, lo que por otra parte parece que es pensar con el deseo de bienestar. Pero lo cierto es que hay puntos del planeta en los que se verifica el espontáneo deseo de rezar. Al pasar por ellos, cuando se detienen, los hombres piadosos, una vez desnudos, enuncian con elocuencia altas ideas dirigidas a un anónimo ser, en ocasiones tratado en singular, en otras como ser plural, de entidad indefinida pero al que se interpela dando por supuestas su altura y su nobleza. Tales son los oráculos.”

     Si el asunto sobre el que se le pedía una explicación era el orden dórico afirmaba que aquella forma del despotismo solo podía explicarse como consecuencia del deshonesto proceder de ciertos hombres belicosos, que por su temida arrogancia podían actuar al margen de cualquier control. Habían llegado hasta las tierras civilizadas con las armas en la mano y mediante el terror habían impuesto su desorden.

     Su fortuna era que en la improvisación estaba todo el secreto de su placer, lo que le permitía consumar su perenne fraude con la mayor naturalidad y cierto aire grave que le valía un vago prestigio. Los alumnos oían sus explicaciones boquiabiertos, y esto era bastante para que el demagogo se creciera. Pero reconocía que en aquel estado llevaba toda la ventaja, y que el placer que podía proporcionarse en uso de su preeminencia no pasaba de ser moderado. La calma del placer absoluto la alcanzaba cuando tenía la certeza de que sus acciones eran provocativas y en modo alguno percibidas por los alumnos.

     No obstante, siempre conservó un prudente fondo de duda, porque el descreído radical necesita de una fundamental falta de certeza que dé sentido a su proceder. Hacía memoria y recordaba cómo había llegado a detestar radicalmente a quienes de entre los que le enseñaron durante su juventud había llegado a detestar radicalmente. Estaba seguro de haber descubierto en ellos su maldad, más allá de cuanto aparentaran. ¿Habría ocurrido alguna vez algo parecido en su caso?

 

2. Cierto día le sobrevino la urgencia de cortarse el pelo mientras paseaba. Entró en el primer establecimiento que encontró al paso, un lugar de excelente aspecto en uno de los mejores barrios de la ciudad y con unas tarifas realmente interesantes.

     Apeles era discreto en todo, y la parte pública de su felicidad la cifraba en no ser visto, propósito que conseguía colmar con el éxito solo cuando se cruzaba con los ciegos. Al tratarse con los demás, aceptaba como recompensa suficiente ser educadamente ignorado. Para Apeles era suficiente para espiar el mundo en el que vivía y conspirar contra él con entera libertad. Mas a la vez, convencido del alto valor moral de los buenos modales, detestaba que la correcta frialdad en el trato llegara hasta el ofensivo silencio. Saludó al entrar en el establecimiento y a cambio recibió la bienvenida de al menos sus empleados.

     Antes de que hubiera tomado asiento, uno de ellos, desocupado en aquel momento, acudió solícito junto a él para ofrecerle su atención. Correspondió a la amabilidad de la que le hacía objeto con una cortés aprobación, y tomando el asiento que le presentaba se abandonó a sus actos.

     Había algo en su mirada que le resultaba familiar. Mientras el muchacho lo disponía todo, a través del espejo escrutaba su rostro. La ansiedad que esta certeza provoca lo mantuvo errático durante un buen cuarto de hora. Colocó la cara detrás de algunas ventanillas, aunque lo cierto era que muchas no había frecuentado recientemente. Probó con mostradores, algo más presentes en su vida. Tampoco consiguió radicarlo con certeza. Imaginó entonces distintos uniformes y los fue poniendo sucesivamente bajo aquel rostro, aun teniendo la certeza de que el que actualmente le correspondía era otro.

     Mientras tanto, el muchacho ya cortaba entusiasmado. Exhibía una sonrisa de satisfacción que le llenaba toda la cara, y manejaba con asombrosa rapidez tijera y peine. Los mechones caían como copos a un lado y a otro de su rostro. El peluquero permanecía en silencio y no manifestaba el menor deseo de mantener una conversación con su cliente, en contra de lo habitual. Solo pelaba y pelaba a una velocidad que por momentos se incrementaba.

     Parecía padecer un estado febril. Sí, sobre el labio superior tenía una cadena de diminutas gotitas transparentes. Algo le ocurría. Repetía más de lo habitual, con nerviosos gestos, el velocísimo chasquido de las tijeras al aire, con el que los barberos tonifican la agilidad de sus dedos. Y lo hacía cada vez más cerca del rostro de Apeles.

     Una idea cruzó como fulminante su cabeza. “¿Habrá sido alumno mío?”, temió.

     Aún no había terminado su trabajo cuando aquel muchacho de mirada enfebrecida por fin rompió su silencio. Le ofreció rasurarlo. Ya tenía la navaja preparada y sonreía indicándosela, mientras lo miraba a través del espejo.

     Antes de que hubiera transcurrido el tiempo necesario para dar una respuesta satisfactoria, Apeles había alcanzado el umbral del establecimiento. Una última torva mirada fue toda la despedida que prodigó por su parte, mientras enojado se arrancaba del cuello el lienzo con el que lo habían preservado de sus propios pelos y lo lanzaba contra el suelo. Liquidó la cuenta a un aprendiz que salió tras sus pasos, sin importarle que tan humillante escena pudiera ser vista por los transeúntes.

 

3. Pasaron los días, tantos que sumaron meses. En el entretanto todos habían completado el periodo del anual descanso, que a quienes a aquella actividad se dedicaban correspondía. El recto Diomedes, rétor capaz a quien Apeles estimaba con sinceridad y de quien recibía en correspondencia una leal amistad, al verlo entrar de nuevo en el despacho que compartían apostrofó:

     -No corresponde a tu edad tu presencia.

     -¿Acaso crees que puede haber alguna presencia ajena a la edad? –replicó Apeles.

     -Al contrario. Una y otra son mitades que encajan y se complementan, como el amo y el esclavo. Y así como la condición de amo se desvanecería al faltar el esclavo, hay  que reconocer que el sostén del esclavo es el amo.

     -De modo entonces que edad sin presencia no podrían existir, porque de no haber edad no habría presencia.

     -Desde luego. Y aún más. Del mismo modo que el amo prevalece sobre el esclavo, porque ese es el orden necesario para la existencia de ambos, la presencia debe quedar sometida a la edad.

     Las clases que Apeles impartió aquel curso resultaron mucho más monótonas de lo habitual, y más todavía las del curso siguiente. Se limitaba a breves explicaciones y solo si era reiteradamente requerido para que las diera. Decididamente había entrado en la decadencia, y como tantos se resistía a aceptar la llegada de la vejez. Motivos había para pensar así. En el colmo de su indignidad, tal vez con la inútil pretensión de parecer joven, había decidido dejarse crecer el pelo.



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