Beneficios de la civilización
Publicado: diciembre 20, 2013 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioD. Ansón
Tienen en la cafetería la desastrosa costumbre de servir en doble fila. Ocurre cuando más gente hay. Los camareros, aleccionados por el dueño, desde el momento en que un posible cliente atraviesa una de las puertas, lo siguen con la vista hasta donde se detiene, para ver si algún espacio libre en la barra queda. En ese instante, mientras recorre con su mirada la larga y quebrada línea, el camarero que tras el mostrador justo enfrente ha tomado posiciones ya ha posado el servicio para el café y le pregunta cómo lo quiere. Solo los más arrogantes rechazan el amable ofrecimiento. La cortesía obliga a responder con el pedido sin más consideraciones.
A un Señor de Gris le ocurrió cierta mañana esto.
Vino a quedar detenido tras una Señora de Rojo.
Cuando tuvo su café servido, solicitó, con cuanta amabilidad su voz era capaz para representar, un poco de espacio, de manera formularia:
–¿Me permite?
Ignoraba el Señor de Gris que la Señora de Rojo padeciera enfermedad alguna. Pero al instante pudo deducir que debía padecer una severa lesión de oído, por más que la lesión debía afectarle a un solo oído, justo el que tenía frente a su boca el Señor de Gris, porque, sirviéndose del otro, mantenía con toda naturalidad una regular conversación con quien la acompañaba. “Es algo que le ocurre a bastante gente”, pensó el Señor de Gris.
El Señor de Gris, a pesar de la dificultad que la proximidad de la Señora de Rojo era para él, consiguió verter el azúcar dentro del café. Pero hubo de hacer tantos equilibrios que se manchó el traje. Aun así, se lo tomó con calma. A cierta distancia, aislado, el único que permanecía en aquella ridícula posición a lo largo de toda la barra, pretendía naturalidad tomando a pequeños sorbos el espléndido café que hasta allí lo llevaba todas las mañanas. Justificó con la calidad de la infusión el insostenible estado de quienes sufren el acceso de espalda tabla de roble.
Pero todavía le quedaba algo más por padecer. Cuando fue a devolver taza, plato y cucharilla al mostrador, todo adelantado con una sola mano entre dos espaldas, la de la Señora de Rojo y la de un Señor con Camisa Celeste, aquella hizo un movimiento brusco ante el que fuera de control reaccionó el brazo del Señor de Gris. Taza y cucharilla fueron a parar al suelo, con el efecto que se puede prever. Acudió el camarero, miró hosco al Señor de Gris y este le pidió disculpas. Aprovechó para rogarle que le cobrara, y el camarero tuvo la deferencia de tomarle en cuenta solo el café, como corresponde a una cafetería de esta clase. En cuanto tuvo el cambio en su poder, el Señor de Gris salió del local cabizbajo, algo corrido, confundido.
Ya en la calle, recuperó algo de su calma habitual y recapacitó. Reconstruyó mentalmente los hechos y dedujo las causas de cuanto lo acusaba. Valoró de otro modo la amabilidad del camarero, consideró bajo otras posibilidades el alcance de la sordera de la Señora de Rojo.
Apenas había recorrido unos metros, la Señora de Rojo y su compañera lo adelantaron. Él retuvo el paso. Cuando las dos mujeres hubieron llegado a la altura del semáforo se despidieron. Una se preparó para cruzar al otro lado y la Señora de Rojo siguió adelante por la misma acera. El Señor de Gris se mantuvo tras ella a una distancia discreta, tal que le permitía observarla sin ser visto ni llamar la atención por ello.
Cuando ve que la Señora de Rojo emprende la subida de las escaleras del banco inmediato, el Señor de Gris acelera sus pasos y entra rápidamente por la puerta de servicio. En el mismo instante en que la Señora de Rojo llegaba ante la ventanilla el Señor de Gris tomaba asiento al otro lado. Cruzan las miradas. Sonríe el hombre tímidamente. No obtiene respuesta. Saluda y la Señora de Rojo responde con indiferencia. Parece que no lo reconoce. Vuelve a sonreír el Señor de Gris y confirma que no es reconocido.
–¿Qué desea? –le pregunta.
–Cobrar este cheque.
–Imposible. No hay modo.
Primero hay problemas con las líneas, luego bloqueo por sobrecarga de operaciones, más adelante algo extraño. Por último, la cuenta de la Señora de Rojo no tiene fondos.
El Señor de Gris se ha servido de un truco que utilizan los empleados para especular instantáneamente con las cuentas, algo peligroso, que él jamás se había atrevido a intentar, pero que de sobra conocía y que esta vez se fue deslizando hacia él sin que hubiera separación consciente entre el deseo y el acto.
La Señora de Rojo monta en cólera. El Señor de Gris ejecuta todas las operaciones que son necesarias para comprobar la veracidad de aquel hecho y efectivamente nuestro hombre le demuestra que en su cuenta no hay nada.
–Véalo usted misma. Cero.
A la Señora de Rojo la cabeza le da vueltas. Finalmente se rinde.
Cuando ya ha desistido y emprende la salida, una sirena sobrepasa todo lo que puede ser oído y paraliza todos los movimientos. Pasa ante el banco una ambulancia a toda prisa.
–¿Qué ha ocurrido? –pregunta el Señor de Gris.
–Nada de importancia –le contesta un compañero que entra de la calle–. Un camarero de la cafetería, que ha resbalado y al caer se ha abierto una brecha en la frente. Ha estado conmocionado unos minutos, y la verdad es que manaba sangre en abundancia. Pero no parece que sea grave.
Cuidado con la velocidad
Publicado: diciembre 19, 2013 Archivado en: J. García-Lería | Tags: agraria, economía Deja un comentarioJ. García-Lería
Si se admite que las pequeñas diferencias entre las clases locales de medidas de capacidad las iría aboliendo el comercio del grano, para adelantar en el análisis de los rendimientos es posible soslayar el problema originado por las medidas de superficie. Basta con relacionar el producto con la cantidad de semilla que se invierte en cada cultivo, ambos expresados en las mismas unidades de capacidad, para obtener una versión razonablemente sólida de los rendimientos, no por unidad de superficie, sí por unidad de grano invertido, una forma de expresarlos también utilizada en la época. No sería demostración inmediata del rendimiento del suelo, el objeto que sale al mercado de las cesiones, pero sí de otro factor de costo, tan responsable de los cálculos de la empresa como el precio del suelo; que representa igualmente la capacidad productiva de este, aunque sea a causa de la mediación de otro elemento; y, sobre todo, permite el análisis comparativo necesario. Dados los medios disponibles, parece que es la mejor vía posible para avanzar.
Pero acometer por este frente la experiencia obliga, antes de iniciar los cálculos, a tomar otra precaución. La cantidad de simiente invertida cada año está, en cada explotación, modificada por su sistema de cultivos, expresión con la cual la literatura de las materias objeto de este texto distingue la estrategia productiva que cada empresa agrícola se trazaba. Combinando los elementos primordiales de su capitalización cíclica, que son suelo, simiente y abonado, con la decisión que se hubiera tomado sobre el cultivo o cultivos que en el transcurso de las estaciones le convenían, concebía un plan para ejecutarla.
Al ajuste entre las piezas elegidas se le suele reconocer una precisión difícil de alterar. Sin embargo, es posible contradecir esta idea con las decisiones que las empresas productoras del cereal tomaron en el otoño de 1749, de las que hay disponible información suficiente como para desesperar de leerla, reconocer la incapacidad para anotarla y estimular el espíritu de la contradicción. El sistema, para la cadena de los acontecimientos y las decisiones de cada empresa, era solo un fondo de conocimientos, servidos por una tradición iletrada, a pesar de lo cual pretendía sumar todos los saberes tecnológicos aceptados. Sería un error confundir su aplicación, que también era crítica, con el enunciado de los principios de aquel cuerpo de conocimientos, que la encuesta fuente, consultada en esta parte, también permite analizar. Sobre todo consiente que los sistemas de cultivo sean observados según velocidad.
Esta magnitud, en el orden de las composiciones técnicas reflexivas aplicadas al cultivo de los cereales, puede aislarse como la frecuencia con la que una misma unidad de suelo, objeto con el que se comercia en el mercado de las cesiones, era requerida para que proporcionara una cosecha. Aceptando esta abstracción, solo en el ámbito de la muestra se pueden reconocer hasta dieciséis velocidades distintas.
La más alta era la que permitía obtener cada año, sin interrupción alguna, cosechas de las dos modalidades regulares de producto, verde o alcacer y maduro. Era un recurso técnico asociado a este efecto, que la fuente al menos alude y que si no en todo en parte contribuía a él, la proximidad a la población de la parcela cultivada, una circunstancia descrita de manera sumaria llamándola genéricamente cortinal o localizándola en el área que insistentemente nombra ruedo. Quizás el valor de la distancia fuese menor en el primer caso que en el segundo, pero se puede dar por seguro que en cualquiera de los dos era despreciable como costo, no actuaba como factor que modificara la decisión a favor de esta velocidad, y que el limitado tamaño de la parcela permitía concentrar en ella trabajo. También se puede reconocer responsabilidad en su sostén al cercado, combinado o no con cualquiera de las dos localizaciones identificadas, que capacitaba para poner el suelo a salvo de las servidumbres ganaderas que limitaban su uso. Tras cualquiera de las dos posiciones en el espacio, o del aislamiento del cultivo, operaría además como causante común la posibilidad de recurrir al abonado con garantías de éxito y sin arriesgar un costo insostenible, porque para suministrar la masa orgánica consumida podía ser suficiente el estiércol que proporcionara el ganado que al mismo tiempo aportaba la energía animal requerida por los trabajos del campo; en cuyo caso el precio del fertilizante, que aparentemente sería ninguno, formaría un todo con el de la alimentación del ganado, justamente mejorable con incrementos pequeños de inversión para conseguir más riqueza nutritiva del horizonte orgánico del suelo.
Pero a favor de esta velocidad más aún actuaban, por el orden en que son enunciados, medios como el regadío y la cultura promiscua. Para servirse del primero, habitualmente bastaba con incluir el cultivo de los cereales en el espacio reservado al uso del agua como factor productivo, lo que daba origen al complejo que solía conocerse en las poblaciones del área con el nombre de huerta. Era compatible durante el mismo año, cuando estaba al alcance recurrir a este medio, el cultivo del cereal con el de las hortalizas, aunque también había localizaciones y comunidades que decidían una combinación de cultivos, durante el mismo plazo, con leguminosas, lino o cáñamo. Tanto en una posibilidad como en la otra parece incluida una dimensión de la parcela pequeña, dado que para referirse al tamaño de estos espacios se prefiere la medida con aranzadas, la menor de las unidades cuando el sistema métrico superficial es mixto.
Mayores debían ser las parcelas que daban cabida a los cultivos promiscuos, porque una parte de ellas al menos recurría a la fanega. Un hospedaje regular para los cereales era el espacio vacío entre árboles frutales, a su vez cultivados también en las huertas, lo que por tanto sumaría a la combinación el recurso al agua, entente compleja con la que ni los frutales ni el cereal sufrían menoscabo alguno. Bastante más frecuente era que el cereal ocupara también la parcela ya sembrada con olivos, incluso si estos aún no habían dejado de ser jóvenes estacas y garrotes, momentos del árbol inmaduro tan infructíferos que carecían de valor contable; aunque, si bien no en todas las situaciones, ocurría que esta combinación al producto obtenido del cultivo arbóreo podía causarle detrimento, que algunos cifraban en la cuarta parte de la cosecha anual. El de los cereales, en recompensa, era equiparable al que se deducía de tierras similares en las que se hubiera cultivado solo.
También era posible, aún más que la convivencia con frutales, allí donde se conservaba bosque autóctono, que el cereal fuera sembrado entre sus árboles. Aunque esta fuente no utiliza la expresión, en alguna parte al menos debió tratarse de lo que otras, contemporáneas suya, llaman con naturalidad dehesas de pasto y labor. El bosque había llegado a un estado de degradación controlada contenido en aquella forma de expresarse justo para permitir, entre otros objetivos, la convivencia de frutos referida cuando fuera necesaria. El documento prefiere siempre evocar estos espacios, de la manera más sucinta, llamándolos encinares. Actúa así porque desea que conste que los frutos que dan las dos especies, la bellota y el grano, compatibles, tampoco conocen degeneración alguna porque compartan la misma parcela, como no degenera el texto porque incluya relatos expansivos, amplificaciones no demasiado justificadas o cierta tendencia a la especulación con los hechos demostrados, aun reconociendo que la historiografía realmente debe huir de estas tentaciones, tan atractivas como estériles, porque, de caer en ellas, la única víctima es el autor, que así ve minado su crédito.
Mediante análisis comparativo, tal vez se podría añadir que el producto de cereal, por tratarse de tierras fertilizadas regularmente por el ganado, sería excepcionalmente estimable. Si ocurriera también que el aprovechamiento del fruto de la encina, en cada espacio, se hiciera en montanera, la presencia de los cerdos en la parcela contradiría la incompatibilidad entre esta especie y el ganado de labor, imprescindible para el cultivo del cereal, que pretende una parte del arbitrismo hispánico de mediados del siglo décimo octavo, para el que la tierra en la que hubiera hozado el cerdo, aparte los destrozos que alimentar así causaba al suelo, repelía a los demás animales.
Más de la mitad de las poblaciones de la encuesta, en cierta porción de los espacios que aprovechaban, aplicaban alguna o varias de estas combinaciones de recursos. Para ellas -las poblaciones-, y para los límites y propiedades que contiene la experiencia, era el grado de aprovechamiento del espacio para cereales que hay que admitir intensivo, quizás mejor de intensidad en el grado más alto. Al contrario, porque las combinaciones de recursos, dado que cada uno era un costo, tenían que ocupar los lugares más altos de la escala de los gastos, su valor relativo en el espacio siempre tuvo que ser bajo.
Eran raras las velocidades altas de transición, del tipo cinco cosechas en seis años o dos en tres. La responsable de ellas que menciona la fuente era la formación del suelo catalogado como vega. Porque era un producto observado como la consecuencia del depósito aluvial en las riberas, expresaba una vez más la creencia en la rara fertilidad natural como causante de las altas posibilidades para el cultivo. No llegaba a la conciencia del momento el papel que correspondía al depósito aluvial o al bosque de las orillas de los ríos, tan espontáneo como en otras áreas el autóctono, en la formación de sus horizontes.
Tres de cada cuatro poblaciones, para la fracción mayor de las tierras que regularmente eran cultivadas con cereales, recurrían a la velocidad media: de una misma superficie cada dos años obtenían una cosecha completa. En muchas de ellas, además, a otra parte de las tierras aplicaban la velocidad inmediata inferior, que proporcionaba la cosecha cada tres años; frecuencia que en algunas era única, aparte el concentrado cultivo ininterrumpido, y que en total era utilizada en algo menos de la mitad del área que la muestra representa. Por tanto, una cosecha cada dos años y una cada tres eran las velocidades intermedias, que a mediados del siglo décimo octavo se aplicaban a la obtención de la parte sustantiva de los cereales del suroeste. Podía ocurrir que en algún caso, para extraer el mayor producto a estas velocidades, se recurriera al riego, pero es un matiz técnico insignificante para el conjunto.
No es incorrecto afirmar que para conseguir aquellas masas de producto, dado que las gramíneas absorben disueltos sus alimentos, componentes del suelo requeridos con la siembra, decidía el agua acumulada en los horizontes hasta donde alcanzan las raíces de las plantas herbáceas, cuyo suministro remoto correspondía a los sucesos atmosféricos. Como con el ciclo de estos acontecimientos se compone la abstracción del clima, de cuya vigencia, si es que no de esta denominación, existe plena conciencia hacia 1750; y esta es una constante para la experiencia productiva humana, el valor diferencial de las tierras, cuando se tomara como razón el factor humedad, lo decidiría la capacidad para almacenar agua que los suelos tuvieran.
Cada unidad de explotación atenida a las velocidades dominantes, cuya contribución era decisiva sobre el producto bruto final, solía dividirse en dos partes, que raramente serían dos mitades. Una, la menor, con sentido rotatorio se ponía en cultivo cada año, en la cantidad recomendada por las expectativas que alentaba el ciclo de los precios, como mínimo trienal.
Sobre el empleo de esta fracción, la encuesta para la Única todavía sorprende, desvelando una vertiente de los sistemas de cultivo a la que llama el orden de las sementeras, algo que a otros observadores contemporáneos pasó desapercibido. Los promotores del cuestionario, sirviéndose de aquella expresión, pretendían obtener de los peritos de cada población una idea sintética de cuánta superficie, de la reservada para el cultivo, se dedicaba a trigo y cuánta a grano de cebada cada año. No la podían deducir de otras respuestas, aunque ya dispusieran de información sobre la velocidad de los sistemas o de la porción del espacio cultivado que se destinaba al cultivo de los cereales, porque los dos que cumplían el ciclo vegetativo completo en la mayor parte de los territorios se cultivaban en el transcurso del mismo año por imposición del canon.
La respuesta que obtuvieron fue casi siempre la más general, una fracción expresiva del reparto entre ambos cultivos de todo el espacio cultivado en cada municipio. Los informes sobre las empresas, muy descriptivos y precisos, aunque por naturaleza parciales; más el sistema de cobro que para estos cultivos mantuvieron durante siglos los perceptores del diezmo, rígido, esquemático y grosero pero común a todos los lugares, confirman que esta manera de proceder fue estable y estuvo extendida por todo el suroeste: el cultivo del trigo se combinaba con el de la cebada seca, aquel para satisfacer el consumo humano y el otro para mantener al ganado que suministraba la masa mayor de la energía que las actividades económicas vigentes necesitaban.
La proporción en la que cada cultivo ocupaba el espacio destinado a cereal no era la misma en todas la poblaciones, y en buena parte de ellas en unas tierras era una y en otras otra. La decisión más común, en cada población, era destinar dos terceras partes del espacio cultivado con cereal maduro a trigo y la restante a cebada. En más de la mitad de las tierras esta era la combinación que regulaba tal sementera. En la preeminencia de esta costumbre debió estar el origen de la expresión pan terciado, para referirse a todo el producto que daban estos cultivos, muy habitual en el lenguaje administrativo vigente entre la baja edad media y fines de la moderna. Para una quinta parte, sus promotores optaban por el equilibrio, mitad de trigo mitad de cebada, y para una vigésima preferían apurar las posibilidades del primer producto, bien concediéndole tres cuartos de la superficie bien incluso cuatro quintos. Las demás decisiones -un tercio, cinco sextos y siete octavos de trigo- eran singulares.
Estos valores pueden quedar algo modificados si se complica la observación con todas las combinaciones que se practicaban en cada pueblo. La innovación más importante procedía de cultivar, en algo menos de la vigésima parte de los casos, solamente trigo. La decisión de ocupar solo con cebada el espacio para el ciclo largo del cereal era esporádica, lo que en consecuencia proporcionaba una mayor presencia relativa a las opciones a favor del tercio y de la mitad de este cultivo.
Tampoco sería tan poderosa cualquiera de las normas como para imponer su rigor a todos los comportamientos. Hay indicios que permiten suponer que la porción destinada al cultivo de la cebada pudo ser explotada, aun en las empresas en las que se daba preferencia al cereal maduro, para que produjera alcacer. Nada impediría a una parte de las unidades al menos usar el espacio sembrado de cebada como prado, en caso de que lo estimaran necesario para su ganado. Todos los usos, en la agricultura de los cereales, convivían con excentricidades, fueran de abonado, recurso a herramientas, crianza de animales para labrar o inversión en simiente. La forma que eligieron los declarantes para expresarse, cuando se refirieron a las proporciones reguladoras de esta parte del cálculo empresarial, porque en todos los casos generalizaron demuestran sin embargo que el orden de las sementeras era también una pieza angular de los sistemas.
La otra fracción de las explotaciones permanecía en reserva, también correspondiendo a las expectativas que estimulaban los precios. Probablemente lo más adecuado sería denominarla eriazo, respetando el vocabulario más exigente que entonces fuera utilizado, nombre rigurosamente propio solo al comienzo del ciclo productivo anual, porque la unidad sin cultivar, que tampoco se trabajaba en aquel momento, se nutría en primer lugar del manchón, o espacio sembrado con los cereales durante la campaña anterior, que podía ser utilizado como pastizal exclusivo de la explotación desde el momento de la nueva siembra, porque a partir de este acto quedaba acotada.
Una parte del espacio sin sembrar podía permanecer inactiva en términos agrícolas, y así prolongar su existencia como erial puro. Año tras año podría ser el pastizal de la explotación, también exclusivo durante todo el tiempo que la cosecha del cereal empleara en germinar, crecer y madurar. Llegada la ocasión propicia, que el reloj de los precios marcaba inexorablemente, era un banco de tierras de la mayor capacidad productiva, porque el ganado lo había abonado reiteradamente, aunque la calidad de aquella parte del suelo, a la que recurrir para obtener el beneficio óptimo, fuera la peor. Las piezas se irían combinando a criterio de cada labrador, cada cual a partir de la información de la que dispusiera, cada uno interpretando los signos que el comportamiento de sus competidores dejara al descubierto.
El barbecho en sentido estricto era el área de la reserva acumulada que se había seleccionado para ser puesta en cultivo durante el ciclo siguiente. Es por tanto obligado aceptar que las decisiones tomadas a partir de las expectativas incurrían en el deber de imponerse alcance al menos bienal. Una decisión así exigía, una vez concluida la siembra de la campaña vigente, emprender en esta porción del terreno la secuencia de trabajos preparatorios del suelo, paralelos y subordinados a los que el cultivo en curso iba requiriendo.
Opcionalmente, ya avanzada la campaña, el barbecho podía ocuparse de una manera sumaria y poco exigente con cultivos subsidiarios. Pero esto ocurría en un número de casos bastante limitado aún. Incluso hay un par de lugares en los que se declara sin ambigüedad que sus barbechos, en cualquier clase de suelo, son exclusivamente laborales, no admiten ningún cultivo transitorio.
La nómina de las semillas que ocupaban el barbecho, combinándose con el cereal maduro para completar los ciclos del aprovechamiento del suelo, en los límites de la encuesta alcanza casi la veintena de plantas, aunque la diversidad es solo aparente. En las dos terceras partes de las poblaciones se recurría con preferencia solo a dos leguminosas, habas y garbanzos, y en más de un tercio también a otras dos, arvejones (quizás más exactamente guisantes, en la mayor parte de los casos que prefieren utilizar el arcaísmo) y yeros. Del resto de las decisiones solo suman cantidades algo importantes la linácea tipo (lino), dos gramíneas (centeno y zahína) y las dos cucurbitáceas del verano (melón y sandía). Las demás -tres leguminosas (almorta, judía y lenteja), cuatro gramíneas (avena, escaña, heno y maíz) y una canabínea (cáñamo)- solo aparecen ocasionalmente, en uno o dos casos.
Si se pensara que el producto de estos cultivos estaba decidido por la adscripción de las especies a sus familias se incurriría en un error. Lo sería dar por supuesto, por ejemplo, que un cultivo como el centeno, porque proporciona un fruto gramíneo, estaba condenado a la molturación y a ser tratado como un cereal. Como en casos similares que al hombre bienintencionado atormentan, el prejuicio que incluyen las clasificaciones ensombrecería la observación. El centeno podía ser utilizado como cereal, y con él se fabricó pan en buena parte de Europa, también en la región y durante el tiempo de referencia. Pero, si era un cultivo alternante con los que estaban predestinados a convertirse en los cereales maduros, no es seguro que siempre fuera aplicado a la panificación.
Los principios técnicos que inspiraban el recurso a estos cultivos menores, a los que se refiere la fuente una y otra vez, eran dos. Ocupaban los barbechos en el transcurso de los años que el sistema concebía como descanso, porque el suelo no estaba ocupado por el cultivo principal. Ahí encontraba su razón que su ciclo vegetativo empezara tarde, en la primavera cuando más temprano, tiempo para el que ya al menos una parte de las vueltas a la tierra vacía se había completado. Su intromisión bajo ningún concepto obstaculizaba la siguiente siembra del cultivo preponderante, lo que aplazaba el fin del ciclo vegetativo de los subsidiarios a pleno otoño como máximo.
Melones y sandías, capaces para convertirse en contenedores de agua, no tendrían inconveniente para alcanzar el estado de la madurez. Habas y garbanzos, que eran las leguminosas preferidas, y todas las plantas de esta clase, a un tiempo resistirían el déficit hídrico en los suelos arcillosos y, si se deseaba, comparativamente podían tener una vida corta. El ciclo del centeno, que cabía entre el deshielo y las lluvias del prematuro otoño en las tierras más al interior del continente, en el sur no disponía de las condiciones que en buena parte de Europa le permitían su pleno desarrollo en un intervalo limitado. Es probable que tampoco la avena y el maíz en las mismas condiciones de humedad, y del heno se sabe, porque era el tratamiento habitual que debía recibir este cultivo, que regularmente era segado aún verde.
Seguramente lino y cáñamo suministraban a satisfacción lo que de ellos se esperaba, las fibras de sus tallos, además de las semillas conocidas como linaza y cañamón, de las que hace mención expresa el testimonio cuando se refiere a los rendimientos, útiles respectivamente para fabricar un aceite de uso industrial y proporcionar grano con el que alimentar al ganado avícola; demandadas en la región para fabricar velas y jarcia, el lino para los lienzos, el cáñamo para cabos, cables y maromas, en los tiempos de plenitud de la navegación propulsada por el viento.
Los límites impuestos por el procedimiento, aunque no los impedían en absoluto, acortarían los desarrollos de todas estas plantas en beneficio de sus propiedades herbáceas, las más próximas a la germinación, durante la parte del año que las decaídas reservas de humedad también serían un obstáculo para la plenitud del crecimiento. Las condiciones en las que debían desarrollarse las predestinaban a responsabilidades subsidiarias. Exceptuando las dos mencionadas en último lugar, todas las demás podían converger en utilidades tan sencillas como estimables por el balance de las empresas, sobre todo completar la alimentación del ganado de la explotación que se decidiera por este recurso. Con las gramíneas y las leguminosas, incluso con los tallos de las cucurbitáceas, se podía agenciar forraje, paja y pienso que fueran suministrados a los animales al servicio de la empresa. Para el primero, si se deseaba fresco, cualquiera de los cultivos era apto cumplida su germinación, y había plantas que además, bien almacenadas, permitían disponer del mismo producto seco en la época que el rigor del clima negaba el pasto vivo o la posibilidad de apacentar. Al incremento de la paja disponible, cuyo suministro era responsabilidad directa del cultivo principal, fuera de trigo o de cebada, podía contribuir cualquiera de las plantas cuyos tallos en forma de caña se hubieran secado antes o después de cortarlos, e igualmente hubieran sido almacenados. Con cualquiera de los frutos, si es que a los cultivos se les consentía llegar tan lejos, al margen del grado de madurez que hubieran alcanzado, era posible fabricar pienso, tal como se hubieran obtenido o, en los casos más exigentes, molturándolos y componiendo nutritivas combinaciones. Si además estos cultivos permitían enriquecer la capacidad productiva del horizonte orgánico en beneficio del cultivo del cereal al año siguiente, lo que parece bastante discutible para una parte de ellos si el siguiente iba a ser también gramínea, probablemente era más una consecuencia inopinada que un propósito.
La contribución de estos mediadores al valor diferencial de los precios de la tierra tratada con velocidades intermedias debió ser casi nula, dada su dimensión en el espacio. Los observadores a través de cuyos ojos, aun cegados por los siglos, es posible ver lo que ocurrió entonces advierten, también con insistencia, que no todos los barbechos admitían este requerimiento, que solo en las tierras de más calidad era posible sostenerlo. Calculada la relación entre toda la dedicada a sembrar cereales para obtener una cosecha con estos plazos y la parte que en ella cada año se ocupaba con los cultivos de transición, se deduce que ni aun en los casos más expansivos consumían la décima parte de aquella. Además, en cuatro de cada cinco poblaciones el valor de aquel índice es inferior al tres por ciento de la superficie agraria utilizada bajo las condiciones referidas. Solo se alcanzaban valores comprendidos entre la vigésima y la décima parte del total cuando todo el espacio disponible era poco.
La declaración que desciende a precisar la intensidad con que eran solicitados los suelos, cuando les tocaba aceptar la producción subsidiaria, pone al descubierto otro límite que reduce aún más su alcance. Con estos cultivos solo se ocupaba la octava parte de la tierra en la que eran sembrados, opción local que confirman los datos sobre inversión de simiente de la mayor parte de las poblaciones. Las unidades de capacidad que se empleaban en la siembra podían estar tan por debajo de las invertidas en el cultivo regular, aun tratándose de granos con características semejantes, como uno de seis.
Llegados por voluntad propia a la precisión de cuantificar explícitamente esta forma de actuar, algunos declararon que eran muy pocos los labradores que se esforzaban en estos trabajos, y otros, eligiendo la manera contable de hablar, antes que demorarse en detalles y descripciones, afirmaron que en las poblaciones a cuyos rasgos se estaban refiriendo efectivamente se acometía esta clase de cultivos, pero en tan escasa cantidad y con tan poca trascendencia que su producto no alcanzaba a modificar el que se obtenía con el que daban el trigo y la cebada, una manera taxativa de resolver la aportación de estas especies a la renta. Equivale a declarar que era constante y por tanto irresponsable para las diferencias del precio del suelo. Eran cultivos tan poco serios como inestables, a decir de otro declarante, porque los que un año se decidían por uno en años sucesivos preferían otros. No pueden caber dudas sobre que quienes recurrían a estos cultivos preferían emplearlos de manera marginal.
Así como la altitud se iba incrementando, más aún por el confín norte, y cuanto más periféricos eran los territorios, no solo en el valle sino igualmente por el sudeste, las velocidades, como si acusaran el esfuerzo al que obligaban las pendientes, disminuían ateniéndose a un gradiente definido. Entre una cosecha de cereal maduro cada cuatro años y una cada siete se componía una secuencia de posibilidades que incluía también los valores cinco y seis. Era responsable de una parte de la producción local en un tercio de la región. Tan bajos esfuerzos, más que con la cambiante topografía o con las calidades del suelo, parece que tenía una relación inmediata con la escasez de población. A aquel tercio del espacio solo se puede adscribir la quinta parte de los habitantes. Tal vez la menor cantidad de trabajo humano disponible relajara la presión sobre el suelo hábil, probablemente sin menoscabo sensible de la renta proporcionada por la tierra. Hacen algunos referencia, más indirecta de lo que convendría para una deducción satisfactoria, a la mayor responsabilidad que a los cultivos intermedios corresponde en estos casos, dado que disponen de entre tres y seis años para reiterarse.
En el margen inferior de las velocidades estaba la roza, recurso técnico al que la fuente lo asimila. El procedimiento consistía en quemar el matorral para desbrozar con la menor inversión y aprovechar la ceniza que resultaba, puesto que permanecía en la parcela como fertilizante, costo incluido en el único gasto. Desde la edad media al menos, la legislación del campo amenazaba con penas severas a quienes descuidaran la incineración controlada del bosque bajo, por lo que no parece incorrecto suponer que la parte sustantiva de la inversión necesaria tuviera la forma y el valor del trabajo. Para rozar, además de la vigilancia jurada y la supervisión judicial, en el área de la región donde una parte de la agricultura se resolvía de forma tan sumaria la técnica incluyó otras condiciones jurídicas y administrativas, parte de cuyos detalles es posible conocer gracias a que algunas poblaciones que la utilizaron estaban subordinadas al centro político de toda el área.
La tierra tratada con roza era baldía, calificación que en el lenguaje documental moderno no parece una condición biológica. En cada término o espacio bajo la jurisdicción municipal, baldías eran las tierras en las que con su dominio no se había inmovilizado en su grado más complejo la ficción, de cuantas crearon estas convenciones, que consistió en separarlas por estratos, como si fueran lascas del lomo de un pescado emparedadas por grasa de calmante aroma; para repartirlos y servir a obligaciones, servicios y nexos estables entre las personas interesadas en la perpetuación del mismo ser de las instituciones.
Se presumía separable en eminente, directo y útil. El primero, reservado a la corona, salvaba la unidad de la soberanía, principio doctrinal que cualquier monarquía preservaba como justificación de su existencia. Antes que la capacidad para ejercerlo, o del alcance de su explicación, a este poder le interesaba que fuera universalmente reconocido, y así era aceptado por el sistema de las ideas jurídicas. El directo, admitida la prevalencia legal del eminente, capacitaba para disponer de los bienes, salvado en cada caso aquel límite, con el mayor grado de autonomía permitida por las adquisiciones hechas bajo condición de subordinación o dependencia; que llegado el caso, dada la manera de concebir el primero, ante los tribunales podían ser todas. A mediados del siglo décimo octavo había llegado a equivaler al juro de heredad, o plena capacidad para transmitir los bienes, porque solo excepcionalmente eran interferidas las decisiones que pudieran afectar a su transferencia. El útil, en aplicación del poder reconocido al titular del directo, por decisión de este podía ser traspasado a otro solo para hacer uso del bien sujeto a aquella condición. Aunque había fórmulas que podían enajenarlo, su inclusión en el directo, puesto que la cama ha de estar en el dormitorio para que la habitación se pueda llamar así, siempre fue reconocida por la norma, y por tanto no era fácil que abandonara su refugio y adquiriera independencia.
Rozar un área era hacer uso de ella con fines productivos. Si su condición jurídica era la de baldío, el dominio directo estaba tan degradado que los antiguos analistas, e incluso buena parte de los letrados que durante siglos con ahínco pleitearon ante los jueces, habían llegado a naturalizar una ficción normativa más, la que pretendía que aquellos espacios eran comunales. Más allá de cuantas sentencias, apelaciones y revistas fueran conseguidas ante la magistratura judicial, medios literarios aptos para acoger y patrocinar la idea en cada caso deseada, parece que al menos en el espacio observado los baldíos, de tan bajas posibilidades de aprovechamiento que habían arrinconado la competencia por su dominio, quedaron bajo la jurisdicción del señorío limitado a cada población o municipio, que así quedaría instituido como titular del dominio directo sobre ellos. Si incluso a mediados del siglo décimo octavo los protagonistas de estos hechos los admitieron como comunes, sería más consecuencia de una decisión política acendrada, el uso colectivo de estas áreas, que de un título fundado. Los informes del momento demuestran que era preceptiva la licencia expresa de la autoridad del municipio para que se procediera a rozar.
En la región, incendiar el matorral con aspiraciones productivas creaba circuitos en el espacio semejantes a las posiciones que en el reloj tienen las marcas que indican las horas, la dimensión de cuya circunferencia, enunciada en unidades de equivalencia al tiempo de magnitud mayor, la expresaba un valor comprendido entre los 10 y los 20 años. Por eso la agricultura de las rozas también ha sido llamada itinerante. El tiempo transcurrido entre el momento que una parcela era sembrada y de nuevo conocía esa experiencia, porque ocurría lo segundo estaba justificado sobre todo por el que la misma tierra debía emplear para recuperar la vegetación que otra vez debía ser quemada. Las clases de especies espontáneas que en cada lugar restauraban el monte podían ser responsables de las variaciones en la amplitud de los ciclos.
Pero los valores particulares de aquel transcurso no siempre se resignan a una explicación tan directa. Con más frecuencia habían calculado el tiempo de la recuperación en 10 años, para al décimo cultivar, módulo que a la vez no puede ocultar su condición estimativa ni la interferencia de factores más convencionales. También era habitual, aunque no tanto, que hubieran aceptado el transcurso de hasta 15 años para completar todo el circuito, incluido el que destinaban al producto. Además, todavía en otras poblaciones podían durar los ciclos completos 12, 14 y 16 años.
Otra parte de la responsabilidad sobre la variable amplitud de los retornos, aunque sea menor que la aparentada por la regeneración del matorral, hay que atribuírsela a la clase de los cultivos que cada canon patrocinaba. Aunque era común que en las rozas el año lleno fuese dedicado al cultivo de los cereales maduros que sostenían la economía agrícola, en algunas poblaciones al de la plenitud podía seguir al menos otro más de cultivo, aprovechando que la capacidad productiva ganada por la tierra con tan amplios periodos de recuperación no siempre sería agotada por la sementera principal durante los meses que la ocupaba. En esos casos los cultivos añadidos primero fueron los mismos que actuaban como intermedios en las áreas dominantes de la región, donde se habían impuesto las velocidades tipo de la agricultura moderna. Quizás a consecuencia de las dificultades que pudieran añadir las rozas, o porque donde las practicaban hubieran ajustado sus cálculos a un número restringido de producciones, los cultivos agregados a ellas que se mencionan son pocos.
Esa no era razón para que habas y guisantes también impusieran sus valores, con idéntica justificación que en los otros paisajes. Pero la relación no podría extenderse mucho más allá del lino, que en estos espacios, más próximos y mejor comunicados que otros con el litoral, parece haber ganado una posición que entonces poco se le discute. Solo se le podrían añadir la avena y el centeno, cuyos desarrollos ahora no estaban limitados por los rigores del barbecho. Como en las tierras que antes o después de nuevo iban a ser rozadas nada les impedía que alcanzaran la madurez, allí irían emancipándose de la condición de cultivo subordinado, tanto que: pudieron sumarse a los otros dos cereales que consumaban su ciclo vegetativo hasta ese grado con idéntica responsabilidad; alguno o los dos tuviera a su alcance sustituir con ventaja, en el mismo orden, a la cebada; el centeno pudiera decantar en su favor la competencia con los dos principales, como demuestra que en las rozas de una población efectivamente se había convertido en el cultivo único. Si en las áreas de velocidad alta relativa no tuvo la oportunidad de ganar la posición que había adquirido en latitudes más al norte y longitudes más al este, en los territorios de las rozas del suroeste hispánico, concentrados en su noroeste, el centeno pudo alcanzar la condición de cereal panificable.
Como el argumento del tamaño de las poblaciones servía para justificar las velocidades de transición, igualmente debe admitirse para razonar sobre las causas que pudieron converger para que un estado tan peculiar como el de las rozas se mantuviera. Un tercio de las poblaciones de la muestra, que eran sus practicantes, buena parte de las cuales ya recurría simultáneamente a los ritmos descendentes, acogía algo menos de un cuarto de la población que acumula la misma escala de la experiencia. Podría recordarse otra vez, a este propósito, la regla general que habitualmente se enuncia para admitir la relación entre el espacio y la población que lo emplea. Pero hay rasgos del fenómeno que permiten depurar con más claridad esta conexión. Todas las poblaciones que en la muestra representan el área serrana septentrional recurrían a este procedimiento, y las otras tres que hacían lo mismo, más al sur, se mantenían con predios litorales y próximos a la frontera oeste, de valor estatal; factores que añadirían inestabilidad y riesgos mayores a los que bajo las mismas apreciaciones pudieran afectar a las localizadas más al interior y más al este.
La renta del suelo y su metrología
Publicado: diciembre 18, 2013 Archivado en: J. García-Lería | Tags: agraria, economía Deja un comentarioJ. García-Lería
La renta del suelo agrícola, para quienes convivieron con ella durante la época moderna, era una deducción al producto justificada por la cesión de su fecundidad, materia de la narración que a los más fervientes lectores desalienta, sea porque de su aridez huyeron ellos, como del Neguev las víctimas del Éxodo, sus padres o sus antepasados; sea por la más frívola razón del interés, un tipo inmoral que en cualquier época ha patrocinado decisiones tenebrosas y beneficios cifrados fuera del alcance del número mayor de los mortales, el mismo que deglute el caos.
Observado con criterio productivo, para los primeros analistas de los principios económicos el patrimonio territorial era la misteriosa fecundidad que acumulaba el suelo agrícola, un secreto guardado por la naturaleza; que prodigaba a su capricho, unos años con generosidad otros tasándolo, pero cuyos origen y control escapaban a los más arriesgados traslados de capital a la empresa y a los más esforzados inversores de trabajo humano. Gracias a esta idea, la fecundidad pudo ser al mismo tiempo una imagen precisa de la Providencia, alud capaz para sepultar las mejores voluntades, las vidas más aguerridas y un buen argumento a favor de la posición económica de la agricultura como actividad, a medio camino entre la depredación controlada y la capacidad creativa del hombre.
Con los siglos, quienes aceptaron la doctrina de la fecundidad terrestre sin encontrar argumentos que oponerle actuaron de una manera que creyeron consecuente.
Sin negar el derecho a la apropiación de la riqueza creada, porque era trabajo personal, cuya acumulación sería legítimo conservar traspasándolo a bienes que lo preservaran del deterioro que causa el transcurso del tiempo, capaz para descamar la piel de los dinosaurios y trasladar el emplazamiento de los montes; creían injustificada la posesión privada de la tierra, puesto que su fecundidad, causa del producto agrícola, no era la obra del esfuerzo de quienes se aplicaban a extraérsela. A lo sumo, como en el caso de las minas, que con buen criterio, como todo el subsuelo, permanecía como un bien público, el trabajo justificaría la apropiación del producto.
Es posible que quienes así se expresaron escribieran cegados por su aversión al modo en que el dominio se había constituido, porque lo creyeran injustificable, porque previeran que la supervivencia del principio limitaría el crecimiento, porque lo calcularan incapaz para vencer el déficit nutritivo de una parte de la demanda en potencia. Entre ellos estuvo Álvaro Flórez Estrada, el esforzado traductor de la primera teoría económica a esta lengua, tal vez el primer economista de la cultura en castellano, quien por tal causa debió afrontar, a pesar de sus honradas convicciones liberales, una injusta difamación, de las que también están naturalizadas en la vertiente escrita de este idioma.
Al principio de fecundidad al servicio de la teoría de la renta se le puede objetar que fuera epidérmico, e ignorara los estratos humanos que en ella se habían acumulado. Pero tampoco sería justo no considerar las posibilidades de documentación que tenían al alcance aquellos pioneros del racionalismo contemporáneo, que ya preferían investigar sobre informaciones estadísticas.
Cuando pretende referirse a las diferencias en los rendimientos de las tierras, cualquier fuente de la época moderna, como máximo, recurre al argumento de sus diferentes calidades, causa inmediata de aquellos para su modo de suministrar la información. Los primeros teóricos, en parte, se habrían resignado a intercambiar su punto de vista con la observación contemporánea, y a continuación acomodar en su marco teórico los datos disponibles.
La posición del observador que pretenda restaurar ahora hechos antiguos no es muy distinta. Aunque su aspiración sea levantar de los acumulados en el yacimiento cuantos niveles pueda, está condenado a servirse de los mismos medios de información que ellos porque, aun en las condiciones óptimas, otros no están a su alcance. Tan útil es discutir el punto de vista de los pensadores modernos como puede ser dejarse llevar por su magisterio, curtido en el trato con las fuentes parciales y defectuosas.
El primer cuestionario al servicio de la Única, circulado a partir de 1749, en la región suroccidental fue respondido, antes de que mediara la sexta década del siglo, por las autoridades de 234 poblaciones y despoblados. Entre otras preguntas, como era habitual en los primeros planes estadísticos, incluía una sobre los rendimientos de las tierras de cada municipio. Habiendo admitido que entre la documentación de la época y la teoría de las clases de suelo tuvo que haber dependencia mutua, y que los datos de rendimiento pueden concentrar las opiniones sobre la renta diferencial, estos informes permiten aspirar a una aproximación paralela al mismo problema, hasta aquí no resuelto de manera satisfactoria para las tierras de cereales que antes concurrían a los mercados del arrendamiento.
Las 234 instituciones respondieron por menos de las tres cuartas partes de las poblaciones de la región, más de 300 lugares distintos. En cambio, describieron lo que hacían, y lo que obtenían con su trabajo, la práctica totalidad de quienes vivían en todo el territorio. En el espacio a cargo de aquellas 234 administraciones mínimas habitaban casi 700.000 personas, más del 95 % de las algo más de 725.000 que sumaba el total estimado.
Una muestra de la décima parte de las poblaciones encuestadas tendría un defecto cuanto menos, dejar la representación pretendida muy por debajo del nivel que debería alcanzar si tuviera que ser imagen de todas las localizaciones admitidas. Elegir de modo que la suma de los tamaños de las poblaciones alcanzara el decidido para la muestra, según su correspondiente total, no sobrepasaría el límite de la representatividad de los territorios, condición primordial para resolver los problemas que hasta aquí no han encontrado respuesta, que seguiría siendo solo del 7 % de las poblaciones. La salida más equilibrada, que hace compatible el reflejo de toda la magnitud de la población y de la mayor gama de clases de territorio dentro de la región con la economía de esfuerzos, porque solo el principio de pereza justifica cualquier muestra, puede ser coleccionar los datos de 31 poblaciones y despoblados elegidos al azar. Esta dimensión de la parte, hecha la selección, habilita una acumulación de informes que representan en torno al 10 % tanto del territorio como de la población.
Para tomar la muestra con el rigor de la premisa ha bastado con elegir todas las poblaciones encuestadas cuyos sustantivos empezaban por A, las dos primeras cuya inicial era B y la que encabezaba la relación correspondiente a la C. Valoradas según su localización, representan bien la diversidad del espacio regional, si es reducida a tres unidades: la sierra que hay al norte, el valle con el litoral que lo corta y el complejo de las cordilleras en posición sureste. La correspondiente distribución de todas las coordenadas sobre el mapa permite una imagen bastante equilibrada, según número de localizaciones: 8 para el norte, 14 para el centro y 9 para el sureste.
Es posible que la unidad intermedia, aun siendo la más relevante en cantidad, no esté bastante representada, porque la parte mayor de las poblaciones de la región había preferido el valle para radicarse. Al contrario, aunque sea la porción más pequeña, es seguro que las del norte han ganado en la muestra una presencia relativa superior a la que tuvieron en el conjunto de los municipios encuestados. Para el análisis, la consecuencia no es exactamente una deformación porque así queda compensada la carencia de la fuente, que con más frecuencia, quizás porque las comunicaciones con ellas eran más complicadas, dejó sin documentar poblaciones de aquella parte.
En el primer cuestionario de la Única, la respuesta a la pregunta sobre los rendimientos, cuando se refiere a las tierras dedicadas al cultivo del cereal, en todos los casos es tan directa y limpia que merece, si se la considera expresión de la conciencia compartida que anima los comportamientos en los mercados, llamada propensión al consumo por el clásico que analizó los elementos que formaban las opiniones necesarias para crearlos, todo el crédito del analista. En un lugar se puede afirmar que las tierras de primera proporcionan cada año el trigo contenido en 12 unidades de capacidad, en otro que las de segunda 5, en otro más que las que se siembran con cebada en las de tercera dan 8 y en otro que de las tierras de quinta incluso se pueden obtener 4 cuando el cereal cultivado es el centeno. Y así en todos, de manera que las clases de tierra, y por tanto de renta diferencial, podrían deducirse con facilidad.
Si se da por buena esta sencilla evidencia, se incurre en la obligación de enunciar un principio, referido a las tierras en las que se cultivaba el cereal. Los rendimientos, porque eran valores dados por la experiencia anterior a la oferta de la tierra que se cedía, debieron actuar como un factor común y constante en la formación del precio que aquella alcanzara al cierre del contrato descargado sobre las expectativas. Cualquier otro elemento que interviniera en este proceso genético, cuya interferencia siempre se debe esperar, solo debería valorarse como parte de las circunstancias, a cualquiera de las cuales nunca hay que concederle papel decisivo. Un aspirante a la producción de estos cultivos podría aventurarse en su proyecto, en dondequiera, confiando en que en el mercado de la tierra podría encontrar unidades de explotación cuyos precios en cesión vendrían decididos por los del cereal en ellas cultivable, versión a la concurrencia específica, donde se evaluaba el bien en moneda corriente, de los rendimientos previsibles.
Pero debía ser cauto, porque la homogeneidad del principio era solo aparente. Entre la unidad de superficie ofrecida y la expresión nominal de su rendimiento mediaban tales cantidades de refractores, y tan diversos, sustantivos, de ninguna manera perieconómicos, que diluían las posibilidades de aplicación práctica de una norma universal. Aunque en una población el rendimiento estimado del trigo en tierras de primera fuera 8 fanegas de capacidad por unidad de superficie y en otra se admitiera exactamente lo mismo, sus respectivos productos, expresados en una moneda común, podían ser diferentes. Solo las unidades monetarias eran universales, lo que, en sentido complementario, derivaba en un estimable número de ramas. La más conocida era la que llevaba al laberinto de las unidades de superficie, un problema que no se resigna a la disciplina de una solución satisfactoria del principio de homogeneidad métrica. Basta el análisis sumario de la muestra para demostrarlo.
Según ella, en la región convivían dos formas distintas de percibir cuantitativamente el espacio agrícola, la simple y la mixta. En la primera era suficiente con un convencionalismo, generalmente la fanega espacial, que no se debe confundir con su homónima de capacidad; aunque el propósito, al adoptar esta denominación, hubiera sido indicar que entre ambas existía una relación necesaria. En la mixta regían dos unidades distintas, cada una de ellas justificada porque medía una superficie con una dedicación diferente. Una solía ser también la fanega, mientras que la otra con preferencia era la aranzada, unidad menor, habitualmente reservada a la medida de las superficies ocupadas por los cultivos hortícolas y arbóreos; sobre la que esta experiencia demuestra, aun así, que también podía aplicarse a los espacios destinados a la producción de cereales.
La diversidad llegaba más allá de las diferencias de nombre. Solo entre las poblaciones que utilizaban la fanega, siempre en el dominio de la muestra, se documentan ocho diferentes, tanto que en su enunciado la mayor comprendía un número de divisores de la superficie que superaba en más de un tercio el valor de la menor (666 2/3 estadales frente a 400). Las distancias se acortaban si al mismo tiempo se incluía en la cuenta el valor de los estadales, presentados de la manera más expresiva como cuadrados con un determinado número de varas de lado; lo que, antes que facilitar la comprensión de la diversidad, la complicaba un poco más. Todas las aranzadas tenían 400 estadales, pero también había tres clases de estos: de 3 2/3, de 4 y de 4 1/8 varas de lado.
El grado de complejidad que alcanzaba este problema, que tanto se resiste a cualquier causalidad directa que se haya simulado, ha sido descrito y analizado reiteradamente, y quien haya empleado algún tiempo en su examen habrá podido detectar tantas inconsecuencias como para renunciar a servirse de un cálculo que pueda desvelar el secreto que las fuentes guardan, los analistas buscan con obstinación y los lectores observan perplejos e insatisfechos. Los argumentos con más capacidad para explicar lo que ahora solo puede parecer un innecesario absurdo, tanto más convincentes cuanto más extraños son a las actividades económicas, hace tiempo fueron recopilados por aquel maestro de la historiografía oriental que los envolvía con un mito. Explicaba que se había naturalizado entre los antiguos la idea de que las medidas las inventó el diablo. No es imprescindible recordarlos, mucho menos exponerse más de lo excusable al trato con los ínferos y los súcubos. Pero sí conviene revisar el origen que la diversidad referida tuvo en el suroeste, donde parece menos hermética que en otros territorios, puesto que es posible restaurarlo de manera bastante precisa.
En Varrón, en pleno siglo primero antes de la era, se lee que dos iugera, medida originada en los campos de Roma, hacían un haeredium, nombre que con toda seriedad admitía como la consecuencia de que a cada ciudadano el legendario Rómulo asignara aquella cantidad de tierra con derecho a su libre transmisión. Aquella dádiva sería un recurso destinado a la abolición definitiva de la tragedia contenida en el rito conocido como ver sacrum, expresión a la que en castellano se le ha dado el significado de primavera sagrada. En tan bárbara celebración, inspirada por la tiranía de la creencia en la divinidad con la que los humanos pervirtieron su concepción de ciertas impresiones, los problemas de población y sus representaciones confluyeron hasta identificarse con el más infantil de los sacrificios.
Dos iugera fue el lote apartado como correspondiente a cada colono cuando, haciendo uso del derecho que daba la conquista, las tierras ganadas eran repartidas. El mismo Varrón explica el valor del iugerum como un área de dos actus cuadrados. Columela, ya en el siglo primero de la era, con el mismo fin elabora una etimología para iugerum que toma como fundamento el verbo iungere, unir. El iugerum sería el resultado de unir dos actus, y así lo acepta literalmente San Isidoro, en el posterior siglo séptimo. Varrón evita la cuestión etimológica y aborda el origen del iugerum desde otra perspectiva, calculando su equivalencia con el patrón scripulum, unidad de peso anterior a la guerra púnica. Columela, además de la filiación que patrocina, no solo respeta este patrón sino que da las correspondencias de cualquiera de las medidas agrarias según un doble criterio, las unidades de longitud y las de peso. Ambos, con esta manera de actuar, estarían pretendiendo que el origen de aquellas medidas habría que buscarlo en el sistema ponderal.
Pero una vez fijado como patrón para los suelos agrícolas, como el actus era una superficie cuadrangular de ciento veinte pies de lado, el iugerum sería un rectángulo de doscientos cuarenta por ciento veinte pies; y dado que el pie romano equivale con seguridad a doscientos noventa y seis milímetros, el iugerum sería finalmente un rectángulo de poco más de setentaiún metros por treinta y cinco y medio. Mantenía la misma dimensión en el siglo primero de la era, según el texto de Columela, y la conservó al menos hasta el siglo séptimo de San Isidoro.
De lo que sigue diciendo Varrón también se deduce que antes de la segunda mitad de su siglo primero ya se entendía por centuria la localización, en un espacio continuo, de cien haeredia, un área cuadrada de dos mil cuatrocientos pies de lado. Es lo mismo que doscientos iugera o un cuadrado de unos setecientos diez metros de latitud y longitud. Al mismo origen se remite Columela, aunque añade, en un descuido impropio de su rigor, que ya en el siglo primero de la era una centuria sumaba doscientos cincuenta iugera porque en su tiempo la centuria había duplicado (sic) su superficie original. San Isidoro recibe esta tradición y precisa, con su elegancia habitual, que centuria ha terminado siendo un campo de doscientos iugera.
Pero Varrón también observa que en la hispana Ulterior la unidad de medida de los campos cultivados es el iugum, unidad distinta a la itálica de nombre parecido que aparenta contaminación por la lengua latina. Lo define como la cantidad de tierra que una yunta de bueyes puede arar en un día. Columela se hace eco de este sistema métrico de los campos cultivados de la Bética, pero no lo conoce en un estado que pueda considerarlo distinto al latinorromano. De la diferencia con este solo anota dos restos, dos nombres, acnua o agnua, término que considera “indígena”, y porca, medida distinta a las itálicas, aunque ya asimilada a los patrones latinos, de ciento ochenta por treinta pies.
Aunque se encuentre ya regulada al estilo itálico, la porca demuestra su independencia porque sus dimensiones no se obtienen por la aplicación de un único divisor a cualquiera de las longitudes de las medidas mayores, lo que sí ocurre con todos los divisores de las medidas latinorromanas, que aplican uno común para obtener a partir de una medida patrón los submúltiplos. Su denominación, que es una palabra que también se aplica a una parte del surco, tal vez indique su relación inmediata con el patrón, el primitivo iugum tal como lo define Varrón, aparte su discutible nombre, del que conservaría la inspiración en la productividad, pero cuyas latitud y longitud nadie transcribe a pies romanos.
Además de las precisiones sobre el nombre de cada tipo, o sobre cuántas sean las unidades que contiene cualquiera de ellos, estos datos permiten aceptar que en la Bética hubo un sistema métrico de la superficie antes de la llegada de los romanos, a la cual sobreviviría y que se transformaría con independencia. Tendría un fundamento distinto al importado. Mientras las explicaciones sobre este se esfuerzan por justificar una relación entre superficie y producto (iría de la medida de peso a la medida de superficie), las referidas al bético se inspiran en la relación entre productividad de las técnicas más comunes -los bueyes y el arado que responden a la resistencia del suelo- medida en unidades de tiempo y la superficie; iría de la medida de la productividad a la medida de superficie.
Hace décadas un arqueólogo creyó ver en la campiña de la región, vertida a una fotografía aérea, por primera vez analizada con los pacíficos propósitos del relato histórico, los restos de una centuriación que suponía hecha dos mil años antes. En el documento que estudió, luego presentado como prueba, son visibles los restos de un trabajo de agrimensores. Lamentablemente en la versión editada los medios habituales no permiten medir las formas regulares que se pueden ver. Si se trasladan a un mapa, tal como él hizo, sobre sus líneas ya es posible deducir que para todas las parcelas descubiertas resulta un módulo aproximado de unos setecientos metros de ancho, quizás algo más, y en algunos lugares cuadrados de la misma longitud de lado; e incluso dentro de estos, a veces, aún pueden verse módulos rectangulares de una vigésima parte.
Las unidades de fragmentación del espacio que se observan en la foto no podrían proceder de una obra agrimensora que solo usara el sistema bético, aunque fuera ejecutada en alguno de los momentos comprendidos entre el siglo primero antes de la era y el séptimo posterior. Como las de mayor dimensión observadas por el arqueólogo se ajustan al concepto de centuria anterior a Varrón, cabe deducir que la obra fuera hecha por agrimensores con cultura latinorromana antes de los años centrales del siglo primero precedente a la era, que en aquel momento más remoto llegaría a la región el correspondiente procedimiento de medida y que a partir de entonces pudo ser uno de sus sistemas aplicados a las tierras usadas con fines agrícolas.
A favor de los órdenes métricos antiguos fueron otra oportunidad los repartos posteriores a la conquista castellana, en el siglo décimo tercero, aunque el silencio sobre los utilizados entre el siglo séptimo y el décimo tercero es demasiado largo. Todo lo que pudiera relacionarse con la llegada de sistemas similares por iniciativa islámica, cuya cultura importaría los suyos para la medida de los campos cultivados, resulta oscuro. No obstante, también es posible recuperar algo sobre su vigencia.
Por los partidores castellanos fueron empleados dos patrones. Donde todo el espacio quedó a disposición del conquistador, se empleó un estadal que la fuente apellida pequeño, y allí donde permaneció población musulmana fue aplicado el que la misma llama grande. Los fundamentos de los dos sistemas permanecen en la sombra. El estadal castellano, con el tiempo, quedó fijado en cuatro varas de longitud o doce pies, y por vía de esta segunda unidad pudo contaminarse del sistema clásico. Incluso cabe suponer que uno de los dos estadales permitiera su versión directa. Es más probable que tal responsabilidad correspondiera al pequeño, porque la población musulmana participó en las operaciones de reparto que utilizaron el grande y por tanto, a través de él, con más facilidad pudo verter a la cultura castellana la metrología islámica.
Por tanto, al menos tres órdenes distintos pudieron llegar al siglo décimo octavo. El anterior a la ocupación romana, aunque tuviera menos posibilidades de supervivencia, pudo mantenerse en algunos lugares. El importado desde Italia ya antes de la era, que pudo servir de inspiración a los posteriores sistemas de medida porque la civilización de los itálicos prevaleció y pudo mantenerse en la misma posición por siglos, se extendió y conviviría con el precedente. A partir del siglo décimo tercero, para la medida de la superficie aprovechada con fines agrarios, es además seguro que dos sistemas distintos tuvieron que convivir. Cada uno de ellos debió heredar una parte de la tradición medieval y es posible que al menos uno, por esta razón, recuperara para el espacio regional uno o los dos sistemas de la antigüedad, mientras que es más probable que el otro recibiera influencia de un estilo musulmán de medir la tierra. Cualquiera pudo reaparecer en las sucesivas operaciones de agrimensura destinadas al reparto del suelo, para la transmisión del patrimonio de las familias, en las contiendas por el derecho a la posesión de los bienes inmuebles que hubieran de resolverse con la intervención de los peritos, que evaluaban las cantidades que debían adjudicarse a las partes.
Las diferencias entre los sistemas que se utilizaron para medir las superficies, porque también tuvieron su origen más reciente en la conquista del siglo décimo tercero, fueron medios que sirvieron a los poderes entonces instituidos. Esta deducción puede postularse además, ya que no como un cálculo decisivo, como el espacio adecuado para dirimir cuantas objeciones se hagan sobre diversidad y paradojas métricas. En términos más convencionales, la misma idea podría expresarse afirmando que fueron parte, aún no extinguida a mediados del siglo décimo octavo, de la jurisdicción que ganaron los dominios o señoríos. Siendo esta la autoridad del hecho disperso, se explica inmediatamente el esfuerzo por mantenerlo, aunque no se concluya en más lógica que la fuerza. Los cambios que afectan a los poderes, con su variable fortuna, pueden arrastrar en su caída a unas medidas y hacer que emerjan otras, e incluso permitir su convivencia, de la misma manera que quienes tuvieron capacidad para decidir retuvieron alguna y quienes aún no la disfrutan alientan esperanzas porque ya les llegan promesas de obediencia. Los poderes, porque los sostiene el ánimo cambiante de las poblaciones, afloran hoy y luego quedan abatidos, con la misma veleidad que cambia el valor del bushel de maíz en la bolsa de Chicago, cuyo movimiento está regido por unas densidades del aire que solo el padre sol decide.
La homogeneidad deseada, y con ella la demolición del primer obstáculo, el que interponen las medidas de superficie, se podría alcanzar si todo se redujera a lo expuesto hasta aquí. Con la vara se llegaría a la medida prácticamente unificadora, aunque todavía se escaparía una población, porque para una de sus fanegas, porque en su caso convivían dos distintas, se prefería la división en peonadas y no en estadales. Bastaría con reducirlas todas a ella.
El problema deriva a irresoluble porque aún queda por incluir en el análisis la última vertiente métrica de las superficies agrarias, la fanega de puño, vigente nada menos que en ocho de las poblaciones incluidas en la encuesta.
Que se utilice como criterio para medir superficies agrarias la unidad de capacidad que se invierte en la producción de cereales facilita el relato que se proponga una secuencia explicativa del origen geométrico de la misma unidad, que por ser más abstracta parece más evolucionada. Porque al genitivo se le pueden reconocer propiedades metonímicas podría ser la figuración expresiva de la técnica común de la siembra, que también de manera muy evocadora era llamada habitualmente siembra a voleo. Acompasando sus movimientos, el sembrador, que marcaba los tiempos con sus pasos, como el infante de la formación cerrada, como el torero cuando destella ante su público, como el hombre que, habiendo entregado parte de sus esfuerzo y voluntad al relajo del alcohol, entusiasta pone a prueba su estabilidad cuando va a comparecer en el hogar; iría rítmicamente cargando su puño en el costal pendiente del hombro opuesto, para abrirlo sobre la parcela y con fuerza batirlo, como el soldado que recurre al machete ante su oponente, como hace el diestro con su arma ante la bestia cuando la desprecia, como el dios creador en su medio doméstico, con airado gesto, animado por fuerzas expansivas, reordena todo el espacio donde vive; con todo el radio de su brazo activo, en todo el arco que le permite su articulación.
Es muy convincente, aunque la experiencia del análisis habilita otro punto de vista, no contradictorio, tampoco un aval de la secuencia genética que facilitan las propiedades de la lengua, no los hechos más visibles. Siete de las ocho poblaciones que utilizaban esta forma de medir estaban localizadas en la sierra del norte, poco habitada, apenas un 15 % de personas para la cuarta parte de las poblaciones. Es más fácil presentar la fanega de puño, que fue contemporánea de la geométrica de otros territorios, como el resultado directo de una baja competencia, entre quienes vivían allí, por el espacio que dedicaban a la producción agrícola.
Una de estas poblaciones tiende un puente hacia el que precipitarse buscando una salida. En su territorio, en las parcelas donde se cultivaban los cereales en cercados, para evitar las agresiones del ganado extensivo, que dominaba, tenían estimado que la fanega de puño equivalía a dos de la marca de la capital de la región, que era de 500 estadales de 4 1/8 varas de lado cada uno, y que en los barbechos y rozas, por lo áspero del país, la misma unidad la hacían equivalente a cuatro fanegas geométricas del mismo marco. Pero una vez más la fatídica ambigüedad lo mina todo por la base. Mientras que en sus tierras de primera y tercera la fanega de puño tenía 12 almudes de capacidad, la que se empleaba en las de segunda solo tenía 8. Ni siquiera la fanega de puño era una unidad estable.
La reflexión sobre los factores que los documentos dejan ver, cuando se refieren a las diferencias que pudo haber entre las unidades de capacidad, última esperanza de alcanzar la homogeneidad métrica que los cálculos necesitan, alerta sobre la importancia que para decidir sobre la diversidad tenían los sistemas de cultivo, una cultura más allá de cualquier razón. Pero si tampoco la fanega de capacidad había llegado a ser exactamente homogénea, a mediados del siglo décimo octavo las diferencias que subsistieran serían más la consecuencia del uso de unos instrumentos de medida, o de las sisas viciosas que su manipulación permitía, que del hermetismo de los dominios comerciales, tanto menos probable cuanto más se extendían los intercambios.
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