Sepelio in blue

Nicomedes Delgado

Todos los días, porque cada uno es idéntico a otro, cuando se vuelve al hogar acecha la monotonía. Cada día pueden suceder encuentros inesperados. Porque no son imprevisibles, castigan con una elaboración de la conciencia que nos resignamos a admitir como sorpresa.

Siempre sale al paso un transeúnte que reconocemos, con el que en algún momento mantuvimos relación, luego extinguida. Se cruza con nosotros y nos corta la mirada en el peor momento. El principio del comportamiento gregario, en parte por herencia biológica, en otra a consecuencia de los hábitos consentidos, faculta para prever en esos casos los diálogos. Jamás he podido imaginar un diálogo en el que yo no dispusiera de la palabra y mi interlocutor, inteligente y aprobatorio, oyera atentamente mis argumentos. Ninguno de los diálogos entre él y nosotros que nos habíamos anticipado ocurre cuando se verifica el encuentro inesperado. Corridos, seguimos nuestro camino.

En aquella ocasión se trataba de un hombre que convivía con alguien que su conocido había conocido. Por una vez, se detuvieron y le dio la trágica noticia, como cumpliendo un encargo. La buena mujer padecía una irreversible y trágica pérdida de memoria. Los buenos sentimientos arrastraron al antiguo amante hasta su puerta. Una visita puede ser consoladora y hasta lenitiva. Quizás le ayudara a recuperar algo del pasado.

Se reiteraron las visitas y hasta el visitante se sintió dispuesto a liberar al varón prominente activo, aunque fuera por unas horas, de la pesada carga que había caído sobre sus hombros. Lo invitó a que saliera, mientras él cuidaba de la enferma.

Fue la enferma hasta la cocina, para beber. Al cabo de unos segundos, el visitante sintió en su espalda el trazo frío de la punta de un cuchillo, la hendidura sangrando. Cuando volvió el rostro, reconoció la dulce sonrisa en la que en tantas ocasiones se había deleitado. No fue necesario dar demasiadas explicaciones al médico que practicó las curas de una herida superficial, poco más que un rasguño.

No desistió el visitante de la obligación que se había impuesto. Volvió a la casa de la enferma, reiteró su ofrecimiento liberador y lo extendió a la administración de las dosis de los medicamentos que durante las ausencias de su compañero, ahora más prolongadas, eran necesarias.

La muerte no fue inmediata. Han pasado semanas y nada indica que deban practicarse pruebas forenses para averiguar su causa.

No conozco cementerio en despoblado, como tampoco tengo noticias de sombras en la oscuridad o de los afamados sonidos del silencio. Carezco de cultura doliente, porque me he impuesto la obligación de no concurrir a entierro en el que no sea imprescindible, un acontecimiento único e inexcusable.

Nadie podrá tomar en serio cuanto digo porque carece del valor del auténtico testimonio. Propiamente es una conjetura, que no obstante juzgo bastante fundada.

Incurriría en un injustificable error el cerebro de las operaciones que interpretara -habiendo calculado peso, posición y declive del cuerpo a cuya apropiación aspira-, a sabiendas de los costos de energía inexcusables, que la circunstancia de concurrentes al hecho, por la que un juez no podría encausarlo, es irrelevante. Así los urbanistas, que se encargan de pensar, e imaginar de manera que los sentidos lo perciban, los predios dotados de servicios a la población, viva o funesta. Aunque el más previsor de los planeadores haya pretendido segregar el campo de los bienaventurados, en previsión de que puedan sufrir el contagio de los cuerpos activos, desterrándolo a lugares apartados donde descarnarse en paz, la población, voraz como los insectos que trituran las maderas, lo cerca, hacia él se dirige y por último lo coloniza.

Terminado el sepelio, al jardinero del cementerio le hice un encargo:

-Por favor, que en esa tumba jamás falten las flores.



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