La Señora Llamas
Publicado: noviembre 19, 2013 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
1. Preocupaba a los estados la alimentación de sus habitantes. De ella dependía su vigor. Ninguno podría aspirar a constituirse en potencia si careciera de la masa que en las guerras, ocasión para que los pueblos sean grandes, porta los artefactos, sostiene las posiciones, se camufla entre las líneas, ocupa los territorios que serán moneda con la que comprar la paz del día siguiente a los sucesos luctuosos, nutre las conmemoraciones solemnes que después perpetran los vivos en presencia de los muertos. La fuerza frente a los competidores se mide por el número de brazos capaces para la acción, recurso detractor si la energía no los sostiene. Como al amanecer, cuando una lámina de luz rasante secciona los somnolientos cuerpos que han arraigado en la tierra y los recupera para la vida, una benefactora hoja de bisturí que estimula la piel al contacto con la arista, saturando de sangre el músculo en beneficio de su dueño enfermo, el alimento agresivo y poderoso, capaz para separar las células dispuestas de las insanas, apelante a las fuentes de las decisiones para que alineados queden en posición de combate los hombres. En los días de bruma, cuando cada paso es incierto, solo quienes se arriesgan a caer en el vacío encuentran tierra en la que posar sus cuerpos. Si la abstinencia, que nutrió a quienes justificaban por la pasividad contemplativa sus vidas, fue admitida como causa de fuerza fue porque de su valor hicieron juicio jueces inhumanos, seres ingratos poseídos por la barbarie religiosa. En el vacío no hay fuerza ni luz; en la carencia, beneficio ni gloria. La olla colmada, que no es garantía para ningún efecto premeditado, patrocina cualquier función que se proponga que en el escenario, ante el espectador que permanezca atento, expande los cuerpos, satura de alegría, ensancha el horizonte.
Sin política de alimentación ningún gobierno obtendría consenso. Los botes que en el litoral aguardan la llegada del crepúsculo, como a la convocatoria del alba se mantienen atentos los danzantes de ritos más cargados de agradecimiento que de superstición; la siesta que del umbral de las prospecciones en la conciencia cuelga, para que avance por alegorías; el membrillo que ya sin piel, a una compota destinado, del tesón del cocinero pretende su gloria; tienen cifrada su esperanza en los proyectos de los hombres elegidos para que arriesguen en el transcurso de sus vidas la responsabilidad que barcos, sueños y frutos prefieren eludir. Confían en que sus magistrados hayan cooperado con los poderes inmanentes que la naturaleza despliega, garantes de que las hembras submarinas aoven, la temperatura de la tarde deprima la circulación de la sangre y los cinco pétalos de la flor se entreguen abiertos, para que la fuerza de los hombres quede restaurada.
Contó entre las más felices iniciativas de Porfirio Carranza, afamado patrón de sicarios mientras tuvo la responsabilidad de un ejecutivo, su promoción de la siesta. Actuó guiado por convicciones personales, medida infalible de las decisiones públicas. Porque no era tan aplicado gobernante como excelso comensal, entre sus aportaciones a la cultura de occidente, que será la que prevalezca aun bajo los escombros de innumerables edificios, obra y víctima de la barbarie arrasadora del negocio sin orden, deben contarse los almuerzos ejecutivos, nunca degradados por la cantidad, bendecidos por la duración. A su ingenio se debe una fórmula combinada de actos elementales, que con el tiempo se ha recuperado y enaltecido, nexo que unió el buen comer al buen dormir. Contiguo al comedor en el que reunía a quienes con él habían de tomar las decisiones, para eludir las actitudes atrabiliarias mantenía dispuestos dormitorios individuales tras puertas herméticas, donde los agasajados podían recuperar el tono de su reflexión si antes relajaban el músculo. Al buen criterio de su conciencia podían regresar, tras que un mole poblano hubiera sustraído todo el bombeo de su corazón, con autonomía o con solidaridad cómplice. Está probado que la parte más optimista de la generación humana procede de las horas posteriores a la comida principal del día y anteriores a la decadencia de la tarde, cuando el abandono de los códigos expande, más que el vigor, la libertad de los actos, el entusiasmo por el pubis. Los anfitriados de Carranza, si admitían acompañante en la intimidad de sus siestas, calibraban sus proyectos, despedían en silencio las poco calculadas palabras de los verbosos, se mostraban complacientes con las observaciones gubernamentales; entregada su evocación al pasado reciente, para el olfato sostenido por las emanaciones de los cuerpos que aún flotaban en el aire.
Hay cálculos que prefieren ver en las políticas de nutrición el esfuerzo público en beneficio de quienes se lucran con el trabajo, dador de rentas. Tal vez alguno haya decidido dedicar una parte de su esfuerzo a restringir el que los inversores deben hacer para detraer sus beneficios. Porque su iniciativa es caución y purga para todos, reconstituyente público de las acciones de un torneo que nunca concluye, de quienes tienen la responsabilidad de mantener el tono muscular de todo un pueblo ha de esperarse su colaboración subsidiaria.
Si un promotor ha de invertir en banquetes para jueces, árbitro, camilleros, montadores, responsables de propaganda y promoción, estando también obligado a cuidar de la dieta del púgil, quien metaboliza por decenas las libras de carne que ha de registrar la báscula, la bolsa se verá mermada, el incentivo para la contienda decaerá y la sangre que ha de verterse sobre la lona convocará adictos febles. No se formarán largas filas ante las taquillas, los espectadores domésticos optarán por otro plan, y quienes cargan con una parte del gasto que causa la emisión de la señal invisible, que se transmite a través de las ondas por unos impulsos que el hombre no percibe a cambio de la expansión sin control de sus ingresos, desistirán del esfuerzo.
Nadie gana con que se detraiga gasto privado en alimentación, y todos pueden sacar partido de que un costo tan imprescindible quede cargado sobre la deuda pública, elástica y primordial como la materia que dio origen a la vida. La salud ha sido aceptada como un gasto que se debe consentir entre quienes prevén el incremento del tamaño de la actividad que la humanidad necesita. Hasta crean cargas, sostenidas por los contribuyentes, que deben proporcionar al erario una parte de sus satisfacciones.
2. Había en la Bonaerense un manuscrito que el catálogo, a pesar de los escrúpulos de su director, admitió como un diálogo. Realmente es un tratado que se sirvió de los recursos del drama, como Hesiodo prefirió la reconvención para exponer sus conocimientos agropecuarios. Hay sistemas penales que para curar la enfermedad cortan el miembro, padres que educan a sus hijos azotándolos. Menos inapropiado debe parecer que un maestro cocinero instruya con admoniciones sobre las consecuencias nocivas de las cargas de nutrientes saludables.
El lector atento descubre en él muchas maneras de cocinar espárragos, calabacines, pepinos y nabos, sabia y no obstante impostada manera de aludir a las adversas propiedades afrodisíacas de los nutrientes, para una parte de los sexos, de su respectiva frecuentación.
Si está prescrito que deba morderse el espárrago por la punta -dice-, se está limitando el placer que su degustación proporciona. Porque los incisivos, porción del dispositivo dental a cuya merced queda la vanguardia del cilindro cuando alcanza la cavidad bucal, se muestran incapaces para contener la segmentación, dolorosa para el objeto mismo, aun insensible e inanimado, parcial para el paladar. Si con los labios se rodeara, a semejanza de los círculos de cuyo tracto es posible esperar una progresiva penetración hasta el muro que limita el placer, la ingestión completa del vástago aseguraría toda clase de recompensas, fueran o no conseguidas. Para la crítica, la evocación de que pudiera ser fascinante una mordedura en el glande, retenida en la propuesta de sección con los dientes de la punta del espárrago, porque por grosor y resistencia, ya que es la porción más blanda, parece la parte más sabrosa, procede de una época en la que el horror de las torturas se apoderó de la humanidad. En la composición del espárrago, acuoso y flácido, nada seductor hay. Cuando, una vez ingerido, el riñón lo haya destilado, al desalojar el detrito, nadie podrá decir que su efecto haya sido saludable, puesto que huele de manera detestable. Pero en el artificio de sus elaboraciones todas las satisfacciones que se puedan imaginar caben. Sobre el calabacín, el texto es más neutro. Su carencia de sabores no lo patrocina, y hasta lo relega a un orden alejado de cualquier exaltación.
En las subastas que las casas que captan objetos extraordinarios celebran, a las que concurren dispendiosos coleccionistas víctimas de su estupidez, también presentan libros. La Señora Llamas, llevada por su ambición de saberes culinarios, pujó por una copia de aquel venerable texto y lo consiguió.
Al atardecer, cuando los días sin nubes el sol se despide de su monótona jornada, los cuerpos convexos se convierten en focos que iluminan el paisaje. Su aptitud para la reflexión la incrementa la grasa. Ningún instituto capilar, hasta hoy, ha conseguido una explicación que satisfaga el alcance de los comportamientos en materia de calvicie. Estas fundaciones son las que más arriesgan, entre los que arriesgan mucho, invierten sumas que nadie reconoce. Es posible que la higiene pueda resolver más sobre la calvicie del marido de la Señora Llamas.
El cruce de la calvicie con el cabello rubio, sea su pigmentación obra de la naturaleza o responsabilidad de una experimentada obra humana, puede dar frutos muy estimables. Están descritos casos en los que por esta afortunada convergencia fueron deducidos descendientes de cabellera encrespada, crines abundantes, melenas tan procelosas como las que cuelgan entre las ancas de las yeguas.
3. Cierto día el abad de Saint-Germain-des-Prés descubrió que uno de sus tonsurados, hasta aquel momento encargado del archivo, tenía un comportamiento extraño. Otro de los clérigos evadía obligaciones con su connivencia. Indagaron la causa de sus comportamientos y descubrieron que era la frecuentación de la carne pilopitrópica, recurso culinario de cenobios y otras sociedades herméticas. El hermano boyero proveía a la castración de los animales para el tiro del lagar, fuente de los placeres que proporcionaba el sacrificio, con el concurso de los legos que cargaban con los cantorales, engendros de tamaño monstruoso al combate de la presbicia de los profesos al coro asistentes dirigidos.
El varón que aspira al trofeo de sus atributos debe luchar contra los toros. No es importante que sean encastados, ni que respondan con empuje contra el peto del caballo cuando la puya, adelantada de la saña contra las fieras, los desangra. Basta con que sucumban al flujo del acero, que los penetra cuando mortal como el cuchillo en la tarta. El estofado de carne pilopitrópica también es muy apreciado entre gimnastas.
Ha descendido tanto la clase de los artistas en la consideración pública a causa de su conversión en profesionales. De haberse mantenido hombres libres, exentos de cualquier deber aún serían admirados. Así la cocina, que es una arte, según la teoría que defiende la Señora Llamas. Ningún recetario ha colmado las posibilidades de combinación de los elementos nutritivos, como no hay laboratorio que haya podido satisfacer toda la combinatoria de los principios químicos elementales. Sobre las maneras de confitar nadie podrá decir jamás la última palabra. El verbo expresa una idea que está en permanente movimiento. Para descubrir sus arcanos, la Señora Llamas incurre en combinaciones arriesgadas y creativas. Entre ellas, en su opinión, tiene que haberlas de espárragos, calabacines, nabos y pepinos con carne pilopitrópica. Las celebraciones familiares son una ocasión inigualable para exhibir los resultados de la investigación culinaria propia.
En las embarcaciones la demora de las campañas, el tiempo que consumían sus singladuras, causaban escorbuto en los tripulantes. Está demostrado que el escorbuto, causa fatal, entre los indonesios procede de la persistencia en el consumo de la carne pilopitrópica. Su fanatismo, que para ellos veda el consumo de carnes que podrían ser magras y saludables, los mantiene consumiendo aquella casquería, oval y elástica, tarada con la superstición de la potencia, saturada con las toxinas que acumula la excitación. Caen exhaustos de la materia vitamínica que conecta a la salud.
¿Han considerado alguna vez las reacciones que en el mundo occidental, saturado de cámaras para la seguridad, pueden provocar las importaciones de alimentos? Pongamos los langostinos, que llegan de Madagascar o de Ecuador. He adquirido el hábito, desde que me intereso por las cuestiones culinarias, de su disección. El intestino que traen es innombrable, longaniza de heces, sentina de los metales pesados.
Si un langostino, no privado de su colon, entrara en combinación con carne pilopitrópica, el resultado sería fatal. Cuando el antimonio entra en reacción con la testosterona, actuando el vinagre de Jerez como precipitante ácido, quienes ingieran la ensalada pueden darse por obitados.
4. La difusión de las noticias sobre muertes por envenenamiento es una buena oportunidad para sondear la moral. No es fácil encontrar alguien que deponga a favor del placer que la muerte le proporciona. La lectura de un buen texto necrológico es un excelente sucedáneo.
Aunque lo pretendan, los médicos forenses no podrán reunir argumentos suficientes a su favor para arrogarse la última palabra sobre las causas de una muerte. Menos aún un narrador omnisciente. Podríamos considerar la responsabilidad que a la Providencia toca en el acto más decisivo de la vida, siendo muerte. Muchos autores confiesan que gracias a los mundos que ingenian consiguen ser como Dios. Probablemente Dios sea uno de los mayores errores de la humanidad. La perspicacia de los teólogos solo alcanzó a trazar el mapa de su parte inhumana.
No se averigua la causa de la muerte de los comensales que acudieron a la mesa de la Señora Llamas, ni ha sido posible descubrir la responsabilidad de la Señora Llamas en la causa de la muerte de los comensales invitados a su mesa. ¿Actuó la Señora Llamas consciente de sus decisiones sobre el menú de navidad? ¿Descubrió en el tratado de la Bonaerense la receta fatal? Tampoco se deduce con certeza el placer que a la Señora Llamas haya causado la muerte de sus parientes, entre los que se han contado sus descendientes directos, aunque haya sido la consecuencia de su estupidez y no de su deseo. Hay homicidas que han calculado el placer que les proporcionará reducir su mundo a las dimensiones de una celda.
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