Colosos de Coptos
Publicado: noviembre 14, 2013 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |Deja un comentarioGastón Barea
En Coptos, ciudad próxima a Tebas, en pleno Alto Egipto, excavando en la zona del templo, el famoso Flinders Petrie encontró en 1894, entre otras piezas de alto valor, los fragmentos de tres estatuas gigantescas talladas en piedra caliza. Lo sorprendente del hallazgo aconsejó a su descubridor especular con aquellos seres monstruosos. Dedujo que eran imágenes de uno o más dioses de la fecundidad, conclusión para la que se vio obligado a desplegar su singular perspicacia.
Representaba cualquiera de ellas un cuerpo de varón desnudo, incluso más que desnudo. Cada imagen solo estaba vestida con el consabido ceñidor, la prenda que la imaginería más antigua tenía reservada para subrayar el contraste con lo que al desnudo pudiera quedar, algo de lo que las buenas costumbres enseñan que conviene no exhibir aun en la mejor edad. Sostenían aquellos extraordinarios hombres con una mano una vara de madera, o un objeto similar, hoy desaparecido, y con la otra con seguridad su propio pene erecto, fabulosa pieza tallada aparte en piedra y que desgraciadamente en todos los casos también había desaparecido, pero de tal manera alojada en la imagen cuando se talló que representaba sin duda ser propio, porque el ánima donde encajaba el cilindro ha quedado como mudo testimonio, horadado en el lugar correspondiente al pubis, de la grandeza del miembro.
Aquí paró todo su análisis, e incluso se podría decir que inopinadamente en aquel estado quedaron detenidas las investigaciones sobre estas piezas. Quienes conocen bien el asunto creen que cualquier iniciativa en otro sentido hubiera sido vetada. A Petrie, o a quien patrocinaba sus trabajos, no debió parecer correcto que fuera incluida en la correspondiente memoria de la generosa excavación de aquel año imagen alguna de los restos de tales seres portentosos, como su publicación demuestra efectivamente.
Gracias a una feliz concurrencia, que afecta al tráfico de esta clase de tesoros, fotografías satisfactorias de las dos piezas que llegaron al museo Ashmolean, de Oxford, donde aún son conservadas, más el encuadre de la cabeza de una de ellas, cuyo rostro se ha perdido, sí fueron poco después difundidas. De la tercera pieza, guardada en El Cairo, jamás han sido dados a conocer ni dibujo ni fotografía. En este caso proceder así habría sido la consecuencia de una forma de pensar que los menos juiciosos calificarían de primitiva, pero que otros reconocen prudente y sabia. El temor a que los que aún mantienen fe en las fabulosas creencias que provocan estas imágenes la pierdan, al verse sorprendidos por la evidencia, más que la aún más supersticiosa persecución de cualquier clase de imagen de los dioses, habría aconsejado mantener oculta tan insolente representación de la divinidad.
Lo más sorprendente de todo es que, hasta la fecha en que recogimos nuestras notas, no había sido publicado un estudio que hiciera justicia a estas excepcionales piezas, un fatal estancamiento que nos deja en un incómodo estado de desamparo. Llegados a este punto, nos creemos en la obligación de sacar todo el partido posible a la escasa información hasta aquí circulada. Aunque pueda parecer remoto, estas imágenes contienen el germen de una parte nada despreciable de las explicaciones que buscamos cuando investigamos sobre el poder. El principal obstáculo que hay que vencer para avanzar, si queremos apurar los seguros indicios que proporcionan tan sorprendentes figuras, está en trabajar casi exclusivamente sobre lo que sus formas indican, aunque puedan hacerse algunas deducciones complementarias por concordancia con los materiales obtenidos con fundamento estratigráfico.
Ciertos detalles de estas figuras han permitido a los arqueólogos deducir ideas útiles. De una de las que hoy están en el Ashmolean la parte que se conserva corresponde aproximadamente al torso, o más exactamente solo al trozo de pectorales hacia abajo, más las piernas hasta las rodillas. Todo su volumen puede ser inscrito en un cilindro algo aplanado, de una longitud total de casi dos metros. Contando con esta porción y sus proporciones, es posible restituir tentativamente el estado original de toda la figura. Debió representar un cuerpo que tendría poco más de cuatro metros de altura, tamaño al que correspondería un peso de casi dos toneladas. Extendiendo esta reconstrucción a los tres ejemplares conocidos, se podría afirmar que en todos los casos se trató de representaciones verdaderamente colosales. Es casi imposible que estas estatuas estuviesen en el interior de un edificio cubierto.
La pieza de Oxford tiene todavía otros detalles de interés, unos referidos a la calidad de su acabado y otros a ciertas formas que pretenden ser muy descriptivas. En la fabricación de los colosos casi ni se empleó un segundo tallado, después del sumario desbastado que ya proporcionó las imprescindibles referencias anatómicas. Tan es así que en muchas partes ni siquiera fueron pulidas las irregularidades que dejara la primera cinceladura. Que fueran deliberadamente toscas pudo ser intencionado. Tal vez se quiso, con este medio expresivo, darles un sentido o significado no inmediato.
Pero tan sumario acabado es compatible con un concentrado interés por ciertos detalles. Aunque tenía la cabeza completamente calva, el rostro del personaje estaba cubierto por una barba poblada, y su amplio ceñidor figuraba estar plisado. La relativa minuciosidad llegaba aún más lejos. Al costado derecho, sobre el muslo, inscritos en un panel algo sobreelevado, fue esculpida en relieve la siguiente colección de símbolos: la cabeza de un venado, conchas de un molusco endémico del mar Rojo, un rayo en la parte superior de una vara, un elefante, una hiena y un toro con las patas apoyadas sobre unas colinas.
Conocida la evolución de la escritura de la lengua egipcia, aquella serie de precisas imágenes, que además aparecían en lugar destacado, inicialmente hizo pensar en un epígrafe, aunque aún en un estado muy elemental. La fácil identificación de alguna de aquellas imágenes con otras que más adelante serían símbolos asociados a determinadas divinidades, como el rayo sobre una vara, emblema del dios Min, hicieron excluir esta posibilidad. Pero posteriormente, un examen más detallado de la mayor parte de aquellos símbolos ha llevado a concluir que debían corresponder a un sistema de escritura distinto al que terminó imponiéndose en la escritura jeroglífica.
Estos son cuantos datos que puedan ser relacionados con el momento de su creación el análisis formal de estas imágenes proporciona. Con ellos es difícil decidir sobre la fecha, dentro de unos límites cronológicos medianamente ajustados, o siquiera aproximados, en la que fueron concebidas. Son lo suficientemente diversos e imprecisos como para desconcertar. Menos aún sirven para pronunciarse sobre el sentido de aquellas esculturas y las creencias con las que pudieron estar relacionadas.
Está justificado el esfuerzo por precisar cuanto sea posible el tiempo en que fueron hechas aquellas obras. Supuesto que tales imágenes eran las de un dios de la fecundidad -lo que parece muy aceptable-, la exactitud en el análisis destinado a ponerles fecha es en realidad un trabajo dirigido a localizar con la mayor precisión el principio de uno de los más reveladores hechos de cuantos confluyen en la formación de la República. Las pasiones que pudieran haber inspirado la conversión original, de manifestaciones elementales de la naturaleza del hombre en fuente de creencia en fuerzas que a su dominio escapan, no tienen por qué ser descubiertas en los tiempos de las primeras expresiones de un hecho. Puede haber suficiente indicación del origen de las ideas en posteriores actos a propósito de las mismas creencias, y eso es lo que pudo ocurrir en este caso, o al menos ciertas pruebas hay que aconsejan reflexionar en aquella dirección sobre ellas.
Los mismos juiciosos expertos de aquella cultura que han organizado por primera vez toda esta información han llamado la atención sobre un hecho, tan evidente como escasamente valorado desde este punto de vista, tal vez porque afecta al conjunto y no a los detalles. Las formas toscas de aquellos colosos son evidentemente anteriores a lo que ellos mismos denominan la regulación, aquellas reducciones geométricas que un aspecto tan inconfundible y estable dieron siempre al arte egipcio antiguo. Parece correcto pensar que pudieron hacerse por los tiempos durante los que la monarquía unitaria tuvo su principio, entre fines del cuarto milenio y comienzos del tercero, y porque entonces aquella iniciativa estatal uniformadora todavía no había sido tomada. Dados los criterios que sirven de justificación a estas fechas, deberíamos tener presente que son tentativas y provisionales. Como más arriba quedó indicado, hay indicios paralelos que resultan concordantes. Algunos de los materiales que fueron descubiertos al tiempo que los gigantes de piedra pueden ser clasificados de manera bastante aceptable como productos elaborados a comienzos de la primera dinastía egipcia.
Con razón, otra parte de los analistas ha hecho notar que las técnicas de extracción y labrado de la piedra prima solo pueden ser equiparadas a las habituales a fines de la segunda dinastía, lo que desplazaría la ejecución de estas piezas unos doscientos años como mínimo. Incluso todavía hay quienes enfatizan que algunos de los recursos formales que han sido observados en nuestras esculturas aún están vigentes durante la tercera dinastía, es decir, todavía otros cien años después, aunque este último argumento es menos sólido. Para entonces el lenguaje formal ya se había transformado sustancialmente, ya estaba dentro de lo que más arriba se ha denominado regulación, y aunque nada impediría que sobreviviera la antigua manera de dar forma a las ideas, también es cierto que las posibilidades de que tal cosa ocurriera en los tiempos de la tercera dinastía serían menores. Desde esta última posición, una inquietante duda contamina todo el análisis precedente: la tosquedad de las formas no tiene por qué ser indicio de mayor antigüedad.
Pero finalmente se ha impuesto un análisis. Sobre el figurado cuerpo de los colosos de Coptos, sus insistentes estudiosos han observado unas pequeñas cuencas, que no obstante no podrían pasar desapercibidas. Son esporádicos rehundimientos de la superficie regular del cilindro en el que los volúmenes se inscriben, hechos por frotación, por lo que aparecen muy pulimentados y con una clara tendencia a formar esferas. Distintas explicaciones han querido darse a estas dispersas abolladuras que de ningún modo pueden ser atribuidas al azar. La que tiene mayor aceptación parte de una deducción incontrovertible. Por la zona donde algunas están localizadas, es imposible que hubieran sido hechas antes de que aquellas colosales estatuas estuvieran en posición horizontal, aceptada su altura original.
Tan certera observación ha dado origen a una sensata y fundada secuencia especulativa. Habiendo recibido culto aquellas imágenes en un lugar secundario del Alto Egipto, como era Coptos, durante siglos debieron mantenerse sostenidas y veneradas en su estado original. Unas creencias serían favorables a la pervivencia de unos primitivos ritos, que por otra parte desconocemos, aun cuando el paso del tiempo hubiera ido arrinconando aquellas elementales ideas. Probablemente en algún momento del llamado imperio antiguo, o segunda mitad del tercer milenio, la autoridad pública debió decidir que aquellas vulgares imágenes debían ser reemplazadas. El efecto de la decisión oficial pudo ser que los colosos fueran derribados. Pero es posible que por efecto de las acendradas y provincianas creencias, incluso después de que el culto a aquellas imágenes fuera abandonado, la gente de Coptos siguiera considerándolas una extraordinaria fuente de poder. Derribadas las estatuas, sus devotos aún acudían a ellas, y entonces las frotaban para conseguir unas partículas de su materia, a la que suponían propiedades vigorizantes. Qué aplicación culinaria tenía aquel cuerpo pulverizado del dios, que tendría que se digerido, se desconoce. Pero a juzgar por la cantidad de marcas de esta clase sobre los trozos conservados, aquellos supersticiosos hábitos debieron prolongarse durante cientos de años. Aquellas imágenes debieron ser objeto de marginal veneración durante mucho tiempo.
No obstante desconocer los ritos que de todo esto pudieran derivar, los hechos demostrables son lo bastante precisos como para permitir alguna deducción, en el sentido que es de interés para el asunto que perseguimos con ahínco. Disponer de la materia de la imagen de colosales proporciones es un acto que indica deseo de identidad. En el origen de aquella manera de concebir la divinidad pudo estar el deseo de infinita virilidad, que no es exactamente lo mismo que la estable fecundidad. Es muy probable que en Coptos ya hubiera germinado un primer núcleo de fieles republicanos. En favor de su potencia depone que los gigantescos bloques de piedra sobre los que hubieron de tallarse los colosos tuvieron que ser llevados a Coptos desde muy lejos. Incluso opinan algunos que las pesadas rocas fueron transportadas hasta allí desde las canteras de Turah, en las afueras del Cairo, lo que significaría un penoso desplazamiento de unos quinientos kilómetros río arriba. Como la demolición de los colosos habría coincidido con el principio de la Monarquía unitaria, el lector tendrá que denostar, entre los excesos de los que tal forma de dominio se nutrió, que combatiera que el poder espontáneamente emergente entre los iguales estaba justificado por el tamaño, un hecho preternatural.
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