Pronóstico del tiempo I

C. Baines

Al principio transitoriamente, luego con la garantía de estabilidad llamada indefinida, fui empleado en el juzgado del distrito. Apenas empezaba mi juventud y ya disponía de un medio para ganarme el resto de mi vida. Me ocuparon en recibir las denuncias y redactar las declaraciones de quienes pretendían amparo del tribunal. El señor juez me tomó a su cargo y fue instruyéndome en la ciencia del oficio, perfectamente descrita en los manuales, incomprensible para quien jamás haya vivido entre campesinos. Ahora, pasados nueve años, sigo bajo sus órdenes, y aún aprendiendo cada día de él. Es tanta la formación que le debo, tanto lo que tengo que agradecerle, y temo tanto que sus ideas, tan estimadas por mí, a causa de mi olvido pasen sin dejar rastro, porque él jamás se ocupará en perpetuarlas, que me he impuesto como obligación registrar cuantas sea capaz.

-Por naturaleza, el futuro es incertidumbre. Es tan común la ansiedad que despierta que las previsiones de toda clase, porque hacen presente y definido lo que no está en el tiempo ni tiene cuerpo, son informaciones cotidianas que satisfacen y tranquilizan a millones de personas.

“Algo tan elemental como el pronóstico del tiempo, cuando lo sirve -reiteradamente, a lo largo del día- por ejemplo la información de la radio o de la televisión, suspende la conversación, concentra las miradas y, sobre todo, induce decisiones. Los espectadores atentos pretenden adelantarse al futuro, afrontarlo convenientemente provistos. Enorme satisfacción causa volver del trabajo, aun con los pies empapados, la gabardina calada y el paraguas chorreando porque el pronóstico nos permitió adelantarnos a los hechos y equiparnos convenientemente para sufrir una derrota. Nada más perjudicial para la confianza que el previsor necesita que un error en su pronóstico. ¿Usted atiende las previsiones del parte meteorológico?

-Raramente. No es que lo haya desacreditado. Mi horario y el de los informativos no coinciden, ni en la circunstancia de tiempo ni en la de lugar.

-Hace mal. No es solo que se expone a una pulmonía, o al mucho más terrible golpe de calor. Es que desatiende un comportamiento que debe convertirse en hábito.

-Los riesgos que pretende, señor, son extremos, incluso se podría decir que sujetos al azar, y por tanto imprevisibles hasta para el más perspicaz anticipador. Las oscilaciones del tiempo son moderadas y, con pocas alteraciones, se ajustan al calendario.

-Creo, Baines, que descuida lo superfluo en detrimento de lo trascendente. Se deja seducir por las apariencias y les entrega rendida su voluntad. El hábito al que me refiero no tiene nada que ver con su ropero, menos aún con la temperatura o la humedad. Debe saber anticiparse, en beneficio de su salud política. Atender al pronóstico del tiempo es un buen campo para dar tono al músculo de la convivencia.

-He deducido antes, gracias a sus palabras, corríjame si me equivoco, que la ansiedad por representarse el porvenir satisface con poco más que un fantasma de apariencia amable.

-Al principio, a personas poco reflexivas, a quienes interpretan a la letra los pronósticos. Prestarles atención sostenida y continua permite descubrir, en poco tiempo, que se reiteran; con ritmos variables, en secuencias melódicas, cambiantes, en periodos de duración flexible.

-Lo que lleva a concluir que el trabajo de los pronosticadores, salvadas las excepciones que honrarán el oficio, es obra de embaucadores. Solo los incautos quedarán atrapados por su fraude. Siempre ha sido así, para cualquier forma de la previsión.

-Es posible, incluso que ni siquiera se puedan encontrar saludables excepciones.

“Bien. Ya tenemos a todos los arúspices, astrólogos y brujos condenados a la hoguera. ¿Qué hacemos con la enseñanza que puede deducirse de la reiteración? ¿No hay en la reiteración actos? ¿No serían los más trascendentes, puesto que se reproducen obstinadamente? Con sus palabras: para que un fantasma sea admitido entre los vivos, más aún si su apariencia es amable, al menos debe representar con veracidad. ¿No será que bajo la repetición de imágenes actúa la parte de la existencia que más interesa conocer?

“De ser afirmativa la respuesta que merece la última pregunta, deducidas todas las versiones de los pronósticos gracias a la observación paciente, anticiparse equivaldría a desentrañar las causas de la apariencia que el fantasma haya tomado. Estoy persuadido de que este hábito puede ser sumamente útil, al menos a la parte pública de la vida.

“Vengo observando -continuó el señor juez- que el espacio en el que transcurre la vida, porque hemos aprendido a observarlo en un mapa, nos hace sujetos de una obra de la naturaleza que nos abruma, excesiva para nuestra supervivencia; lo que no impide que nos comprometa. En modo alguno por nuestra voluntad, trágicamente por nuestro nacimiento.

“Voy conociéndolo y sé de usted lo bastante para encomiarle, entre otras virtudes, su serenidad, su aplomo en cualquier situación, y que prefiera juzgar a los demás del modo más generoso.

-Gracias, señor.

-No las merece. El dueño de ellas es usted, y no hago más, cuando hablo de este modo, que ser justo. Sé positivamente que perdonaría errores de todo tipo.

“Dígame ¿qué piensa de la precipitación?

-Que las personas atolondradas jamás obran con mala intención. Un comportamiento precipitado es sólo consecuencia de hábitos irreflexivos.

-Póngame un ejemplo de precipitación débil.

-La taza de café sobre la solapa. Lo he visto esta mañana. En la cafetería, cuando todos salen a desayunar, la gente se agolpa en la barra. El camarero va llenando tazas que pasan de mano en mano, hasta la segunda o tercera filas de clientes presos de la impaciencia. Uno, que creía ocupar la última, se ha vuelto apresuradamente, taza en mano, con la intención de ocupar una mesa, y se ha encontrado con alguien que no esperaba.

-¿Usted juzga débil esa precipitación? No sé a qué tintorería manda sus trajes. Todas las que conozco son caras porque limpiar es tan barato como antipático. Supongamos que la mancha de café se ha limitado a la solapa, que no hay salpicaduras en la manga ni en las perneras del pantalón. Aceptemos también que el sujeto alcanzado dispone de más de un traje -cosa poco habitual entre los empleados de banca, carne de cafetería-, y que por tanto no debe pagar un suplemento por servicio exprés. Aun así, el trastorno le habrá resultado algo más que débil.

-No crea. Todo se ha solucionado con una disculpa. El autor de la mancha ha ofrecido a su víctima, anticipándose a cualquier demanda, correr con los gastos de limpieza del traje. Con una sonrisa, quizás algo forzada -es necesario reconocerlo- el afectado prefirió declinar el ofrecimiento y ha dado por supuesto que todo pertenece a los hechos puramente accidentales.

-Bien. Ha sido una suerte que todo haya quedado así. Que se hubieran enredado en una disputa tal vez habría añadido trabajo al que ya tenemos. Pero es evidente que la precipitación no deja de serlo, aun grave, porque su víctima haya preferido resignarse. De esa precipitación, vistos los hechos, lo único débil es su carácter.

“Podría ocurrir que nuestro hombre, eficaz gestor, a juzgar por sus muestras de condescendencia, llevara un expediente de un departamento de la administración a otro; se cruzara con un transeúnte que saliera precipitadamente, sin poner atención a que algo o alguien pudiera cruzarse en su camino, de esa misma cafetería de la que usted habla; que el encuentro tuviera como consecuencia la pérdida del expediente y que nuestro gestor no la advirtiera. En ese caso la precipitación podría suponer que una importante inversión se esfumara, al menos por un tiempo, en detrimento de quienes viven en un lugar. Por débil que hubiera sido la precipitación, hay que admitir que sus efectos serían graves.

“Aún más. Si la precipitación no saliera del departamento administrativo, si tuviera como resultado la omisión de un deber por nuestro funcionario, siendo el mismo el efecto, habría que calificarla de manera todavía más grave.

“Desengáñese, no hay precipitaciones débiles. Una precipitación que alguien califique así, que perfectamente los premonitores del tiempo pronosticarían para el norte, donde son más frecuentes de cuanto fuera deseable, sería interesada; tendrá siempre efectos en todas las direcciones de la rosa de los vientos, dadas las dimensiones de nuestro mapa, el mismo sobre el que se hace el pronóstico y en el que estamos incluidos, aun a costa de nuestra voluntad.

La convivencia con el juez me obliga a reconocer en él, sobre un hombre ecuánime y sereno, lúcido, aunque en ocasiones pueda parecer obtuso. Solo quien no lo conoce, que tuviera alguna referencia de sus ideas, se atrevería a tanto. A una opinión así, todo lo más, se le podría conceder que a veces resulta hermético, tal vez que otras algo oscuro, nunca desviado.

Confieso que esta impresión tuve cuando recapacité sobre su teoría de la precipitación pronosticada, que en días sucesivos, en el transcurso de nuestras muchas horas de convivencia, fue completando.

-¿Qué me diría usted de una precipitación de carácter débil? -vino a decirme-. ¡Ah, las precipitaciones de carácter débil! De un padre se podría admitir que fuera blando, que evitara, cuanto estuviera en su mano, reprender a su hijo, para evitar humillarlo. Nada deja huella tan profunda en la infancia como la severidad de quien se espera cariño. Cualquier reprensión, cuando el carácter aún no ha creado sus medios para la defensa, puede impresionar hasta el extremo de invertir su efecto. Pero nada más inmoral que un padre débil. El padre que desiste de sus deberes es el origen de todas las flaquezas del hijo.

“Con cuánta frecuencia se pronostican, para el norte del país, precipitaciones de carácter débil. No son necesarios mucho criterio, masas de información cualificada, análisis que se demoren en cada circunstancia, para cada momento. Se puede tener la seguridad, con antelación sobrada, que acertarán. La fragilidad del carácter de quienes han de tomar las decisiones, partícipes en sus consecuencias, abre a sus pies un abismo si reflexionan. Se pararían a considerar sus parentescos, sus múltiples y largos vínculos, el peligro al que las ancianitas, de frágiles canillas, podrían verse expuestas por una bajada a toda prisa del autobús, y quedarían incapacitados para tomar una decisión. Prefieren, antes que una acción serena y consecuente, salir del paso. El efecto es que jamás nada se soluciona. Este es el fruto de cualquier precipitación de carácter débil.

– ¿Preferiría que las precipitaciones fueran de carácter tormentoso?

– En modo alguno. Los antiguos encontraban la causa de la ira en la hiel, a la que asemejaban aquella pasión no por sus colores, que pueden resultar atractivos, sino por su sabor. La actuación de los atormentados es siempre causa de amargura, tanto más si se emplean de manera precipitada. También la experiencia desautoriza a quien así procede. ¡Cuántas veces, para aquella misma zona, la del norte, se habrá pronosticado esta reacción, que el ambiente hosco y estancado carga! Las mismas que la previsión ha resultado acertada. Y otra vez, aunque sean otros los heraldos, será anticipada y otra vez ocurrirá, bien que tome cuerpo por otros nombres. El pronóstico tiene asegurado el acierto y los acontecimientos que le corresponden, que el tiempo reproduce; el fracaso, porque igualmente al orden de las precipitaciones pertenece.

-Puesto que los pronósticos son como el conjuro, a juzgar por sus efectos inexorables sería conveniente excluir toda precipitación de las previsiones referidas a aquellas tierras.

-Las precipitaciones son inevitables y hasta imprescindibles, y callar un hecho no lo anula. De sobra lo sabe. Cuando el ambiente se carga de los humores que transpiran los cuerpos de un lugar, si al mismo tiempo su temperatura conoce cierto grado, no hay barrera que las contenga. Por fortuna, en su mayor parte ocurren al azar, con interrupciones, con cierta moderación, en lugares separados entre sí. Mientras así se emplean sus efectos son limitados, y para nuestros tiempo y lugar hasta podría admitirse de consecuencias moderadamente saludables. Así como la lluvia obstaculiza el movimiento en la ciudad, y en el campo la reciben como la corriente que transporta la fortuna, aunque a todos moja, las precipitaciones, idénticamente molestas por igual, que en donde se concentra la población puede tener efectos adversos multiplicados, para ciertos elementos puede ser un arma útil a la descarga del ambiente. Solo bajo esta manera de observar los hechos públicos podría tomarse por imprescindible. ¿Seremos igualmente tolerantes con ellas cuando se generalicen, descarguen en cantidades abrumadoras y se desplacen en tromba? Arrasan todo a su paso. Nadie puede permanecer impasible ante ellas. Cualquiera ve en peligro la vida de los suyos y la propia, su patrimonio amenazado; es la peste, es la guerra.

-Si estamos condenados a vivir con ellas, tendremos que desear las precipitaciones débiles y aisladas. Por la primera condición, aunque en ocasiones adquirida a causa de una injustificable falta de carácter, resultarán las menos violentas. La segunda garantiza el mayor grado de dispersión, que la fuerza que por la suma se adquiere quede excluida.

-Lo deseable es acometer su origen.

-¿Que es?

-Las bajas presiones. Tal es, expresada del modo más directo y resumido, la fuente regular de las inevitables precipitaciones. Quizás le resulte en exceso expeditiva una afirmación como esta, demasiado rotunda, en sí misma condenatoria, apasionada. Creo estar enunciando, antes que un juicio, la parte expositiva del problema, con la misma frialdad que el forense actúa sobre el cadáver, sea deforme, apolíneo, con aromas de almizcle o de vapores deletéreos.

-Cualquier presión es el resultado del acopio de fuerzas sobre un punto. No avanzamos mucho seleccionando de ellas la clase de las bajas, porque el plural aún encubre orígenes y responsables.

-Por su origen, el efecto baja presión es un producto de los que en propiedad debemos llamar centros de bajas presiones.

-¿Cree usted que las bajas presiones son obra de maquinadores, de gente que conspira en la sombra?

-Demasiado novelesco. Los centros de baja presión son visibles para todos, se pueden localizar en el mapa, actúan sin ocultarse. Una baja presión no es un hecho delictivo, no tiene por qué enmascararse. Puede provocar la condena de buena parte de la población, cuya anuencia moral, cargada con este signo, otorga admitiéndola como baja. Nadie podrá declararla responsable de acto alguno. La baja presión puede pasar por inmaterial. El hecho es la precipitación, autora directa de las consecuencias, sean leves, graves o incluso fatales.

-Pero está prevista la responsabilidad que se llama inducción…

-…cuya existencia, para el procedimiento más ecuánime, obliga a demostrar la relación que vincule al inductor con el agente, que el primero puede ser responsable de los actos del segundo y que la causalidad, en determinadas circunstancias, unió una afirmación y un acto. Algo tan complicado como estéril, habitualmente. Si el esfuerzo se saldara con éxito, a lo sumo el inductor sería objeto de una reconvención.

-Permítame que le diga que la responsabilidad del inductor, hasta donde alcanza lo que sé, suele liquidarse con algo más que la reprimenda del tribunal.

-No cuando es una simple presión. Un hombre ha cometido un robo, en circunstancias que añaden gravedad a sus actos. Se enmascaró, portó un arma -de la que no hizo uso, por suerte para él-, rompió cristales, forzó cerraduras, trepó. Apenas hubo premeditación, se movió a un impulso. La noche anterior, entre lágrimas, su mujer dramatizó el estado de sus existencias, amenazó con abandonarlo. El precedente, sin dejar de ser una presión, para el delito puede ser admitido como atenuante, y nadie lo consideraría una razón para inculpar a la mujer.

“¿No recuerda usted, para algún momento de su vida, que fuera arrastrado por la tentación de un comportamiento similar?

-No sé. En mi conciencia no hay rastro de vínculo con ladrón alguno.

-Estoy seguro. ¿Nunca presionó con llanto a su madre?

-La infancia es irresponsable. De nada puede ser culpable un niño.

-Ante la ley.

“La infancia es el reino de la inmoralidad. El desconocimiento de los principios que armonizan, en cuanto pueden, las relaciones, en contra de lo que parece razonable, es justificación de comportamientos desastrosos, hasta brutales. Es altamente cotidiano, mucho más, que las criaturas aprovechen la inconsecuencia de las costumbres (de la que adquieren, gracias a la experiencia, conciencia perfecta) para la permanente extorsión de sus progenitores. ¿O no?

-Son muchas las formas de presión a las que recurren los niños, y no solo en el trato con sus padres. El llanto que les sirve de soporte tal vez no las degrada hasta el orden de bajas.

-Recuerde usted que la infancia toda transcurre en el limbo de la falta de moral.

-La presión, por sí misma, no es causa de las precipitaciones, el nexo que pueda unirlas no es fácil documentarlo, es posible que incluso sea por completo irresponsable. Tanto más necesario es, y hasta urgente, desenmascarar los centros de baja presión.

-No se deje llevar por sus convicciones. Es mucho más útil atenerse a la realidad. Ya le he dicho que los centros de baja presión, antes que invisibles, son manifiestos. No hay nada que poner al descubierto. Al contrario, son tan ostensibles que ellos mismos se proclaman.

-Debe ocurrirme que los tengo tan cerca que no alcanzo a verlos.

-Es posible, y que su tamaño los camufle. Ante la puerta de un rascacielos, en la acera, de su volumen sobrecogedor no tendría una noción distinta de la siguiente, también armónica con la estatura regular del hombre, que da entrada a un edificio de una planta.

“¿Tiene novia, o esposa, Baines?

– Convivo, desde que este trabajo me lo permite, con la mujer a la que amo.

-Bendita condena; la del trabajo, claro está, porque siendo detestable le habilita su secreta felicidad.

-Gracias, señor.

-¿Viste toca su cónyuge?

-¿Toca? ¿En estos tiempos? Déjeme que haga memoria… Sí. Debieron ser las puritanas que se instalaron en Norteamérica, huyendo de la restauración, las últimas que mantuvieron su uso. Como mucho hasta el siglo XIX.

-Creo que confunde usted toca y cofia. No tiene la menor importancia. El error censurable, en su caso, es el anacronismo. La toca convive con nosotros, tras siglos, nunca interrumpidos, de existencia. Es aquella prenda que solo deja al descubierto el rostro. ¿Aún no rescata la imagen de quienes la usan combinada con un velo?

-Y se cubren con vestido talar.

-Exacto, todavía algunas. Está tan consentida su presencia, en cualquier lugar, que apenas reparamos en ella. ¿Le resulta coactiva?

-¿Cómo podría serlo, tratándose de vestales ingenuas y desinteresadas?

-Al menos mientras son jóvenes. Solo que persistir en una indumentaria que las segrega, a iniciativa de la institución que representan, las convierte, sean los que quieran su voluntad y deseo, en un ostensible medio de presión.

-¿Usted cree?

-¿No le parece que lo es el pordiosero desarrapado, pestoso, que lo acosa hasta que consigue arrancarle una moneda?

-Sin duda.

-¿Piensa que está justificada la supervivencia de la vida contemplativa, y aun la levítica, que igualmente se esfuerza, esta vez con alzacuello al menos, por hacerse visible, sin ser más activa? A su juicio dejo si estas formas de presión, cotidianas, ostensibles y sin apariencia causal, son de la clase baja o no.

-Dudo que haya inmoralidad alguna en el origen de estas formas de vida.

-Tal vez en ningún caso. A pesar de lo cual la institución, sobrepasada por las costumbres, pugna, con aquellos y otros medios materiales, por la supervivencia.

-Comprendo.

-¿Es usted lector de prensa?

– De al menos un diario.

-¿Cuál?

-El me resulta más afín.

-Permítame que le diga que su error, a mi parecer, es doble. ¿No le resultaría más provechoso enfrentarse, cada día por la mañana, a opiniones diferentes a la suya?

-Antes necesito disponer de la mía.

-¿Y se la proporciona un periódico? Hasta ahora he creído que el juicio, en cada hombre, se nutre de un filón, no diré que imperecedero, aunque sí persistente. ¿Debo recibir una opinión autorizada, una vez lanzada una bomba nuclear, antes que enjuicie al autor de la orden? No es necesario que responda. La evidente contestación pone al descubierto el segundo error.

“Mi padre, celebrado entre nosotros por sus virtudes, encarnaba entre otras la del excelente catador, condición tan alejada de la ebriedad como el valor del comportamiento temerario. La adquirió ateniéndose a un principio elemental.

“Habiendo vinos buenos -repetía- ¿a qué beber los malos?”. ¿Cuánto tiempo le ocupa la lectura de la prensa?

-No todos los días el mismo, ni todos merece la misma atención.

-Unos con otros.

-Pongamos una hora.

-Sé que es usted un lector regular y con criterio. ¿Compromete la lectura de la prensa la atención que le merecen los clásicos?

-He conseguido garantizarme, sin desatender mi trabajo, entre dos y tres horas diarias íntegramente dedicadas a la lectura, a toda clase de lectura.

-Ahí lo tiene. Cuanto más tiempo dedique a la prensa menos tendrá para consagrar a los sabios. ¡Y qué diferencia! La informativa es literatura de urgencia, concebida y elaborada como el pan, para que sea útil solo un día. Ni los diarios con mayor disciplina de estilo resisten la comparación con cualquiera de las otras lecturas.

-Completamente de acuerdo.

-Y aún nos queda lo sustantivo. En cada información va incluida una parte, solo una parte. Usted y yo bien lo sabemos. Nada habría que objetar a la evidencia, puesto que la escritura es tan limitada como cualquier obra humana. Está en la condición de los enunciados tener principio y fin. Cualquiera que se exprese, por escrito o de palabra, selecciona un escenario, unos personajes, una acción, y nadie toma o desprecia elementos de manera desinteresada. No me cabe la menor duda, en el caso de la prensa, sobre los principios de su natural selección. Son lucrativos. ¿Los clasificaría usted en el orden de los altos o en el de los bajos?

-Nunca la codicia me ha parecido una virtud, ni aun la ambición.

-¿Diría usted que los periódicos no se cuentan entre las presiones obvias, y tan sobrehumanas, por su tamaño, que pueden pasar desapercibidas?

-Tengo que reconocer que a su demostración sobre esta clase de presencias, gracias a los dos ejemplos que ha elegido, nada puedo replicar.

-Baines, debería reflexionar con más tiempo sobre los ejemplos elegidos, tratándose de los centros de baja presión. No creo que puedan mencionarse muchos más. Me consentiré ser más explícito.

“¿Confiaría su dinero a un banco de niebla?

-¿Un banco de niebla? De ningún modo.

-Con enorme frecuencia, el parte meteorológico, para las tierras septentrionales, los pronostica. Hay razones de sobra para que actúe así. La parte más sólida del negocio financiero de nuestra economía, que por volumen y solidez ocupa, en el orden internacional, puestos irrisorios, tiene su origen en aquella región. Estoy persuadido de que la niebla es la clave de su descrédito, de la nutritiva reproducción que el pronóstico del tiempo adelanta, hace presente y avala.

“¿En alguna ocasión se ha perdido en la niebla?

“Afortundamente no conozco la guerra, y no dispongo del término de comparación, avalado por crónicas y memorias, que me permitiría calibrar el tamaño de la angustia. Solo puedo afirmar que la noción, confirmada por un instante pasajero de vértigo e inseguridad, en mí se hizo realidad cierto día, al volante, solo. Era la nada, una cápsula vacía en ninguna parte. En aquel limbo flotaba mi coche y yo dentro de él. Donde solo el vacío es visible caben todos los temores. Tuve la certeza de que mis días terminarían allí, por obra del primer coche en dirección opuesta.

“Nuestros contemporáneos una impresión semejante, no sé si en un grado inferior, la han sentido, al menos una vez, al ver el extracto de su cuenta, bien en estado de conciencia bien por revelación onírica. Una cifra por debajo de la esperada causa un vértigo abismal. Sea consecuencia de un gasto inesperado o de un error, hasta tanto la explicación llega, la angustia se apodera del imponente.
-El banco, incluso, podría hacer y deshacer, aunque fuera por unos segundos, según le resultara oportuno. Un instante de sustracción de una cifra ínfima de miles de cuentas, porque puede sumar una cantidad importante, tal vez sirva para completar una operación que solo al operador beneficia. Al siguiente, las cantidades pueden ser repuestas y quedar justificadas como un error pasajero, sin la menor consecuencia para los depósitos, cometida por un empleado negligente.

-Así puede ser porque el dinero con el que operan los bancos, su dinero, el mío, el de todos los que estamos en la obligación de confiárselo, es ficticio. No la moneda, asimismo convencional pero monopolizada por la autoridad pública, que de este modo adquiere el derecho a perseguir la falsificación, en otro tiempo castigada con las penas más severas. Su dinero, el mío, el de todos, es solo un registro, del que nada más que una porción, que sus gestores compran en la especie de moneda a la autoridad, ponemos en circulación. El resto, que igualmente representa nuestro preciado trabajo, por obra de su alquimia, para nosotros, es solo una pompa de jabón, mientras que para ellos es trabajo ajeno con el que operar a lo grande en donde la luz no llega.

-Luego… ¡todos los bancos son de niebla!

-Veo que he provocado, sin que fuera mi voluntad, el fin de una etapa de su vida. No se preocupe. El dinero no es más convencional que tantas cosas. La civilización toda, conquista tan inapreciable como frágil, también es un enorme globo en equilibrio sobre la punta de una aguja.

“Por esta vez me he propuesto hablar con la mayor claridad. He aquí mi afirmación. El mayor de los centros de bajas presiones; si hay una cima para ellos, tal lugar lo ocupan los bancos de niebla, los máximos responsables, en consecuencia, de todo tipo de precipitación, de uno o de otro carácter.

-Nadie lo diría. Su actitud, al contrario, parece el paradigma del sosiego. Insisten en que el horizonte diáfano, sin asomo de nubes, es el medio conveniente para que crezcan, sobre la abundancia, la paz y la concordia.

-Tendría que analizar más, sin el prejuicio moral, el discurso que reincide en él. A menudo es el más explícitamente adverso. No necesita que rescate, para que sirva como comparación, el proverbial fluido del discurso que usa, para justificar su necesidad, cualquier casta sacerdotal. Condenan el mal como quien formula un conjuro, para desprenderse de él.

“Ha de saber, Baines, que el negocio bancario es el más portentosamente cínico que jamás haya inventado el hombre. Sale de aquí. Se ha hecho tarde. Decide tomar un taxi, auxilio de los urgidos. Monta, el conductor le demanda su destino, que queda en sus manos, y hasta él le traslada, si la fortuna, criatura imprevisible, os favorece. El contador marca la cantidad que hay que cobrar. Antes de bajarse, se la solicita al taxista y espera que se la liquide. ¡El mundo al revés! ¿Cómo cree que reaccionaría el hombre? Gritaría, no le dejaría bajar, demandaría la presencia de un agente de la autoridad, si es templado. Todo hasta conseguir que se resigne, devuelto al juicio, a cumplir con su parte del intercambio.

“El banco no solo maneja el dinero de los depositantes a su antojo, tomando riesgos que a cualquier mortal causarían escalofríos, manipulando asientos contables, entrando en negocios que no siempre el beneficio absuelve. Les concede además del favor de cobrarles por ello, justificándolo, sin que se le mueva un músculo de su verde rostro, como servicio prestado. Claro que sus empleados atienden con obsequiosidad, a cambio de lo cual reciben, tal como está estipulado, el sueldo que les corresponde; obligación contraída por quienes los han contratado. Las ganancias que con nuestro dinero consiguen, en las que no nos dejan participar equitativamente, satisfacen sobradamente, entre otros gastos, este.
-Resulta escandaloso, verdaderamente. Pasa desapercibido, tanto como que puedan estar en el centro de la génesis, por bajas presiones, de toda precipitación.

-Los centros de baja presión no actúan a rostro descubierto. Se sirven de familias de borrascas. Con una eficacia alarmante. ¿No ha observado usted que el deseo es la fuente de toda la norma civil?

-¿El deseo carnal?

-El mismo.

-Francamente, no.

-El derecho de propiedad, que al presente es su columna vertebral, defiende la acumulación de bienes en beneficio de la progenie. ¿Dónde tuvo esta su principio? La supervivencia de la sociedad matrimonial, las garantías a sus partícipes si se disolviera, la acumulación de patrimonio, ¡su transmisión más allá de la vida de quien lo acopió (por increíble que parezca)! ¿tienen una fuente distinta?

-Es un punto de vista.

-Más bien, creo honradamente, la única posición que permite una correcta perspectiva. Tal vez convenga entregarnos más, con el arma de la reflexión, a esta incruenta y saludable batalla. Puedo aceptar que alguien, como recompensa a su esfuerzo, acumule bienes. Si aceptamos que los transmita a su descendencia, le estamos negando a este acto la legitimidad que le conviene, supuesto que es el esfuerzo personal la razón de la reserva personal de los bienes. Quizás en otro momento podamos analizar mejor estas ideas. Ahora, estoy seguro, nos desviaría en exceso del objetivo al que hemos concedido, aun sin decirlo, la precedencia. Olvidémonos, pues, por el momento, del deseo, que vence a la voluntad. Concentremos nuestra atención.

“Sabe usted que la norma civil, exageradamente nutrida por ese magma anterior a la civilización que por costumbre llamamos fuero, por esta causa, no solo varía de lugar a lugar, sino que puede llegar a ser extraordinariamente injusta, lo que es más grave. Supongo que bastará con recordar los derechos acumulados, en la sucesión de los bienes, por razón de primogenitura. Hay territorios donde el factor orden de nacimiento deformaba brutalmente la equidad para con los descendientes, más razonable si no es posible evitar la transmisión de los bienes de la familia a lo largo de la cadena de las generaciones.

“¿Resultado? En algunas regiones las familias, que en cualquiera siguen nutriendo la raíz de todas las instituciones, disponen de una fuerza extraordinaria. Son las mismas que han abastecido, entre otras, las financieras a las que vamos refiriéndonos. Estoy seguro que en este momento a su memoria han retornado viejos casos de identidad entre ambos hechos -denominación de la familia y del banco- como una localización muy precisa.

-Así es.

-Y dígame ¿qué familia está libre de borrascas?

-La mía, al menos, no. Remitía mi padre al hijo de una hermana, en el que se reconocía tan poco que jamás pudo tenerlo por sobrino. Resultó demoledor. Lo adjudicaron a su carácter. Es posible que la educación impartida en su beneficio desde posiciones pragmáticas, por entusiastas profesores de convicciones conservadoras, además lo condujera a menospreciar la vida reglada y el bienestar.

-Exagerada trascendencia conceden las familias a la formación de sus hijos, en descargo de sus conciencias. Una mamá chimpancé que decidiera, por efecto de un trastorno o inusitada desviación de conducta, consentir que su cría fuera secuestrada por un domador, hábil y delicado, de elegida escuela, la veríamos como una criatura desnaturalizada.

-Fueran cualesquiera las infaustas circunstancias, primero fue un significado genio destructor de la paz del hogar. Su expansiva juventud condujo a sus padres a una vejez prematura. Bolchevizó su capital, estalinizó a sus semejantes.

-Comprendo.

-Ignoramos si sus días han terminado. Todo permitía pronosticar que su vida sería breve. Nadie ha arriesgado aún, cuando se refiere a la estela de su existencia, una última palabra. El mundo conoce un rastro, semejante al que el olfato detecta cuando en suspensión el azufre carga el aire, que denuncia su presencia sucesiva, ya en lugares próximos ya en rincones ocultos del planeta.

-No es necesario entonces que haga énfasis, insistiendo en detalles, de cuánto puede esperarse cuando borrascas imprevisibles se concentran por familias. Porque ocurre, por efecto de la peculiar constitución civil de aquellas gentes, que entre ellas sea más alta la frecuencia de borrascas, como usted mismo, a través del pronóstico, puede verificar. Una suerte de matriarcado se ha instalado allí. Borrascas nutren las familias, por ellas se perpetúan, en ellas descansa su identidad y el sustento, el empuje, la iniciativa, el coraje irreducible que blinda aquel estado civil.

-Portentosas hembras.

-Magníficas, amazonas. Linajes enteros hay que solo borrascas, generación a generación, han conocido.

-No es fácil ponerles rostro.

-No combaten en vanguardia, como los más curtidos infantes romanos. Su responsabilidad es alentar bandas nubosas, las inmediatamente responsables de las precipitaciones.

-¿Desea comer algo, señor? Llevamos aquí toda la mañana, apenas nos hemos dado un momento de respiro. Según ha ido creciendo mi atención, los signos de agotamiento se han ido apoderando de mi estómago.

-Aún no tengo hambre. Vaya usted.

-¿No le gustaría acompañarme? Al menos estiraría las piernas.

-Lo que me convendrá. Vayamos.

Sería indiscreto si describiera cómo anda el juez Osborne. Debo, aun así, porque deseo que sus palabras sean rectamente entendidas, hacer determinadas salvedades. Desde antiguo está reconocida una suerte de nexo secreto entre la motilidad y el pensamiento. Siendo esbelto, y hasta flaco, no es todo lo pausado que se podía esperar. Las personas de esta complexión, porque sus proporciones nos inducen, al menos aparentan largos miembros y trancos amplios. El juez más bien camina a la oriental, con impulsos fragmentados en cadenas de pasos de duración desigual. Resulta difícil acompañarlo.

La vida de sus ojos no es más serena. Usa gafas, tal vez más de las recomendables. Cuando lee tantea con un viejo juego las que le convienen a los tipos y las letras. Parpadea, cierra alternativamente uno y otro ojo, a veces los deja en blanco, antes de que por fin tome una decisión y aun después. Mientras habla, alzada la mirada, si no olvida cambiar de par sus ojos se agitan detrás de unos cristales que los realzan. Apenas ven lo que miran sin fijeza. Están examinando ideas. Entonces, dicho sea con todo el respeto, el juez bizquea.

Nada es comparable, siendo todo tan revelador, a la agitación de sus manos. Dividen el espacio, como si bendijeran, cuando acomete el discurso. A un lado desplaza los invisibles argumentos favorables, al otro los adversos, y de uno y otro, más adelante, los va extrayendo, según convenga, a puñadas. Las secuencias lógicas ruedan ante él, sobre la mesa, impulsadas por el índice de su mano derecha. Cuando la idea amenaza con evaporarse la atrapa, por encima de su cabeza, con un gesto decidido y certero, similar al de quien atrapa una mosca.

Nadie crea que alguno de estos hábitos del juez los valoro como falta. Si he decidido mencionarlos es porque los considero la emergencia, cuando menos visible, de un espíritu generoso, que se entrega sin medida. La fuerza de sus ideas, el acierto de sus criterios, las valiosas enseñanzas de sus reflexiones sobrepasan cualquier artificio y neutralizan la materia. En compañía del juez se ingresa en el orden metafísico.



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