Desnudos de Tell Judeideh
Publicado: noviembre 7, 2013 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: constitución Deja un comentarioCosme Pettigrew
En la llanura de Antioquía, Siria del norte, en una pequeña colina llamada Tell Judeideh, fueron halladas seis estatuillas de bronce, tres femeninas y otras tres masculinas, todas peculiarmente desnudas. Estaban en estratos contemporáneos a la primera mitad del periodo protodinástico de Mesopotamia, aproximadamente correspondiente a los años comprendidos entre 2900 y 2600. Se ha supuesto que fueron obras autóctonas, pero por completo consecuencia de la influencia que Súmer tuviera sobre aquella zona. De allí habría sido importado sobre todo el sentido que a estas figurillas se daba, y con él la técnica de fundición de las mismas, que fue la de cera perdida. Juzgar con acierto sobre el sentido y los posibles vínculos de los que estas figuras pudieran hablar es del mayor interés para conocer la condición original del héroe, porque una parte de la investigación ha defendido que es posible hallar, siguiendo este rastro, uno de los caminos por el que una parte de la cultura que debe ser restaurada, para la correcta precipitación del arrojo fecundante en el matraz transparente de los precios, pudo llegar hasta Levante y sus inmediaciones.
Las figuras de Tell Judeideh son esquemáticas y sumarias y están hechas con recursos primitivos y poca destreza. Pero, gracias a los eficaces medios expresivos que les fueron aplicados, tuvieron fuerza suficiente para crear una imagen que fuera recordada como una manifestación veraz de seres vivos. De cualquiera de ellas sus cabezas son desproporcionadas por exceso, en relación con el tamaño regular del cuerpo. La figura tipo femenina, que representa a una mujer por completo desnuda, cruza sus brazos bajo el seno y con cada una de sus manos levanta la mama del lado opuesto. Un simple rasgo marca de manera muy explícita su sexo prominente. En cuanto a la masculina, aparte el singular gorro de plata que lleva el ejemplar más característico, viste un potente cinturón de siete vueltas con hebilla, que le ciñe y ajusta con fuerza la cintura. Ofrece levantados los antebrazos en la dirección frontal, la única para la que están pensadas todas las composiciones, y dos reducidas semiesferas marcan el lugar de sus pectorales. En contraste, su sexo, ahora en reposo, está ejecutado con una calidad descriptiva solo equiparable a aquellos rasgos del rostro que mejor lo representan, como la barba, los ojos o la boca. Habiendo prosperado la creencia en que la cara es el espejo del alma, a consecuencia de una sólida tradición, algunos teóricos aún suscriben como principio la emergencia del ser a través partes privilegiadas de la anatomía. Del autor de aquella obra, por esta causa, algunos dicen que estaría convencido de otra localización para el reflejo del ser.
Cuando el análisis se detiene algo más en las figuras masculinas, las conclusiones no son muy favorables a la posibilidad de que aquellos productos sean objeto demostrativo de una influencia cultural llegada de lejos. Por detalles en apariencia insignificantes excelentes analistas dedujeron que estas figuras representan de manera intencionada gente siria. Los hombres, enfatizan, son representados con el potente cinturón metálico que más tarde usarían hititas, cretenses y asirios, y el gorro de plata que distingue al más característico de ellos probablemente represente, en su opinión, el gorro cónico utilizado hasta tiempos contemporáneos en el norte de la región, el mismo que aparece en monumentos de aquel país de todas las épocas. Por si esto no fuera suficiente, un par de rasgos, que son habitualmente valorados como distintivos de las poblaciones antiguas, marcan de manera aún más directa las diferencias. Los hombres aparecen con el pelo corto y el bigote afeitado, siendo que sus contemporáneos sumerios bien se afeitaban rostro y cabeza por completo bien se dejaban crecer cabello y barba. Con tan precisos argumentos no queda lugar para la duda sobre la intención del autor de aquellos moldes. Su deseo era que en las estatuillas fueran reconocidos hombres del país, lo que parece acabar de manera decisiva con la posibilidad que sin embargo ha contado con más atención de los especuladores.
Las manos de las figuras masculinas están fundidas de manera que forman un hueco cilíndrico. La intención de este acabado sería que cada figura sostuviera algún objeto, de cuya forma o tema no ha llegado el menor rastro. Tomando este principio, se ha propuesto que pudo tratarse de objetos añadidos fabricados en otro metal, como por ejemplo la plata, razón que pudo ayudar a que desaparecieran. Pero el verdadero problema está en dilucidar si lo que estas estatuillas llevaban en las manos eran atributos que permitían distinguirlas como imágenes con un significado definido o si eran piezas votivas. En el primer caso los representados evocarían dioses y en el segundo serían donantes virtuosos, atenidos a la moral que los hombres deben seguir cuando reconocen la existencia de seres superiores.
Entre los dioses sirios de épocas posteriores los hay de una categoría tal que para permitir que sean reconocidos como pertenecientes a ella son imaginados siempre con un hacha en la mano. Del inmediato Líbano parecen provenir otras figurillas bastante toscas, fundidas en cobre, que también representan dioses, y que llevan una lanza para que como seres de esta condición puedan ser aceptados. Pero, como ocurría con las anteriores, estas, para que sean emparentadas con las analizadas, han de superar antes un obstáculo, que son de una época bastante posterior, probablemente ya del primer tercio del segundo milenio, lo que en términos generales significa que son unos mil años posteriores.
Para reconocer la posibilidad de que pudiera tratarse de imágenes votivas, o representación de donantes heroicos que portan ofrendas o votos con destino a ser depositados ante un ser superior, basta sin embargo con valorar algo tangible, el aspecto de estas figuras. Que los hombres comparezcan desnudos prueba que se encuentran ante la divinidad. La refrescante sumisión, común a todo el mundo antiguo, sobrevivió con alguna carga supersticiosa por siglos. Cuando estaba siendo procesado, entre sus faltas, Prisciliano confesó, algunos creen que estimulado por una tortura sabiamente dosificada, que oraba desnudo. Tal circunstancia es tanto más probable cuanto que los que representan las figuras de las que se trata visten un ancho cinturón y su sexo es ostensible. Bien es verdad que lo que hasta aquí se ha comprobado es que tal cosa solo ocurría en Súmer. Tanto mejor. No solo de esta manera se puede reconocer con mayor fundamento que puede tratarse de figurillas de donantes heroicos, sino que se aporta al tiempo la primera prueba seria en favor de que su origen esté próximo, por cualquier concepto, al mundo de los demonios benevolentes. Las referencias a un mismo tiempo a los rasgos locales y a los elementos significativos son lo bastante directas y sencillas como para pensar con más razón que el autor no quiso o no pudo escapar a aquella influencia.
Si parecen convincentes las primeras pruebas a favor de los hilos que pueden unir las figuras masculinas de Tell Judeideh con la cultura sumeria, podrá aceptarse que las tres figuras femeninas están creadas a partir de las mismas ideas, aunque también en este caso se haya dudado entre que sean imagen de diosas o de donantes. Si porque van desnudas y la desnudez está subrayada los ejemplares masculinos pueden ser genuinos, sin necesidad de otro indicio, como versión de ideas cuyo origen es posible rastrear en Mesopotamia, las femeninas deben ser apreciadas del mismo modo, porque las mujeres que representan comparecen igualmente por completo desnudas y con el sexo muy marcado, incluso se diría que rasurado. No obstante, en este caso hay aún más fundamento para reconocer como posibles los lazos repetidos. El característico gesto con el que estas mujeres comparecen, con los brazos bajo el seno, de tal manera cruzados que con cada mano levantan la mama del lado opuesto, también puede verse en pequeñas figuras o placas de arcilla mesopotámicas contemporáneas a estas imágenes. Ningún rasgo formal más concluyente. El gesto es tan elaborado, probablemente para convertirlo en signo distintivo de algún rito, que no es fácil aceptar una coincidencia en las formas por azar.
Sobre que parece que puede darse por descontado que se trata de representaciones de fieles íntegros, destinadas a ser colocadas ante los dioses, del análisis de las características de estas figuras parece también desprenderse su más que probable vínculo directo con la baja Mesopotamia contemporánea. La más elemental consideración de las técnicas así lo había adelantado.
Pero todavía otros hechos que con ellas pueden ser relacionados ponen sobre el rastro de una prueba de mayor envergadura. El primero es una confirmación directa por medio arqueológico de cuanto los análisis técnico y formal de las piezas indican. En los mismos estratos de Tell Judeideh en que fueron encontradas las seis estatuillas los arqueólogos también encontraron sellos mesopotámicos, unos originales y otros que los imitan. Es una buena demostración de los lazos culturales y de la manera en que estos eran anudados en el lugar de destino. Si los sellos eran importados y al tiempo imitados, es posible que las piezas en cuestión fueran a un tiempo autóctonas y de imitación, solo que en este caso lo conocido es el producto derivado.
Pero el hecho que definitivamente explica el valor de estas piezas es otro. En la misma Mesopotamia, en Tell Agrab, cerca de donde el Diyala se junta al Tigris, fueron rescatadas tres figuras de cobre similares. Una representaba a una mujer enteramente desnuda y las otras dos eran de hombres también desnudos pero con cinturones. Realmente este grado de concordancia entre lo que ocurría en las dos zonas, después de lo que se ha examinado, se podía esperar. Lo que resulta revelador es que las tres estatuillas de Tell Agrab fueron descubiertas en el transcurso de la excavación de un templo, a cuyo cargo hay que suponer un sacerdocio.
No hay por el momento testimonio de templo de Tell Judeideh al que puedan ser vinculadas las valiosas figuras de bronce que su excavación proporciona. Pero, a juzgar por los restos encontrados en Tell Brak, un lugar a unos cuatrocientos kilómetros al este de Tell Judeideh, allí sí hubo pronto un templo y por tanto sacerdotes. Al parecer su edificación fue emprendida en tiempos algo anteriores a los que corresponderían las figurillas en cuestión, aproximadamente entre fines del cuarto milenio y comienzos del tercero. Para los arqueólogos los testimonios proporcionados por la excavación de los restos de aquel edificio fueron suficientes para afirmar que el origen del tipo allí levantado estaba en las tierras sumerias.
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