Orígenes de la República II.1.2

Gastón Barea

He aquí cómo se consumaba el sacrificio del unigénito entre los antepasados de los tirios.

Obediente a una llamada de El, cuando un hijo varón era único y por más amado lo tenían, su padre lo ofrecía en sacrificio. Para entonces ya había sido admitido entre sus contemporáneos como temeroso del dios, por quien la tierna víctima, que al menos tres años cumplidos debía tener, le era aceptada para que le sirviera de expiación. Si le era ofrecida en holocausto, a cambio el ser supremo debía colmar al padre de bendiciones, y acrecentar muchísimo su descendencia, tanto como las estrellas del cielo, así como las arenas de la playa. Por obra del número, su linaje se adueñaría de las ciudades de sus enemigos, una consecuencia que si había sido calculada correctamente era bastante para recompensar el sacrificio invertido.

Decidido el día de la consumación, padre e hijo, juntos, tomaban una senda que los alejaba del lugar donde vivían. El sitio donde el sacrificio debía tener lugar era cierto monte al que habían puesto un nombre que conmemoraba el de la divinidad.

El oferente, la víctima y algunos mozos de la casa, aconsejados por su buen juicio, partían aún de madrugada, antes de que el sol alumbrara la tierra. En un asno cargaban la impedimenta, y la leña del holocausto ya con ellos iba, en un haz atada. No eran necesarias ramas lustradas. Bastaba con que las tomaran del mismo almacén que alimentaba y mantenía vivo el fuego del hogar.

A tres jornadas de distancia estaba aquel monte. A su vista, aún de él apartados, los mozos acampaban y quedaban al cuidado del asno, mientras que padre e hijo continuaban hasta el formidable altar con el que la naturaleza los apremiaba para que completaran el rito al que obligados habían quedado. Quien había de morir cargaba con el haz de leña y quien a él iba a renunciar llevaba el fuego y el cuchillo de la ofrenda.

Ignoraba siempre el hijo que estaba destinado a ser la víctima, no obstante tener la certeza de que a celebrar un sacrificio se dirigían. Si andando acaso preguntaba dónde estaba la víctima que habían de ofrecer, respondía el padre que el dios mismo sería el encargado de proporcionarla. Así tan primitivos hombres justificaban ante los sentenciados hijos de su sangre que al monte elegido lo llamaran por referencia a esta provisión; y, si era necesario, añadían una historia sobre la fecundidad de aquel monte.

“Hay tanta vida allí -registra una de las versiones del texto que nos informa sobre estas costumbres- que nuestros antepasados lo tuvieron por la fuente de la vida. Las plantas permanecen siempre frescas, no les faltan flores en ningún tiempo, aun sin dejar de proporcionar excelentes frutos, y la descendencia de toda clase de animales es tan abundante que generaciones enteras de progenitores la conocen toda hasta el sexto grado”.

Llegados a la cumbre, el padre preparaba el sacrificio. Levantaba el ara y sobre ella disponía la leña. Ataba al hijo y lo colocaba encima de ramas y altar. Luego, ya anocheciendo, consumaba la ofrenda. Con pulso firme cogía el cuchillo, imponía la mano libre sobre la cabeza de su único descendiente y le asestaba en el cuello el calculado corte.

El homicidio culminaba con el holocausto. La sangre de la víctima era derramada alrededor del altar y sobre él, su cuerpo era partido por la mitad encima de la leña, sobre ella cada medio era depositado frente al otro y la antorcha pasaba entre ambas partes. Extinguida por completo la luz del sol, en medio de las densas tinieblas, irradiaba el horno humeante, y el cuerpo sin vida del sacrificado, dividido y sobre el altar, era quemado completo porque toda la grasa debía arder como manjar abrasado de calmante aroma para el dios.

Consumida la víctima, volvía por fin el padre junto a sus mozos, y emprendían padre, mozos y asno el camino de regreso. Es posible que ya fuera costumbre erigir en la cumbre donde se había consumado el holocausto un alto en memoria del sacrificado.



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