El banquete funesto

Recopilador

Como parte del rito funerario que se popularizó a partir de la dinastía décimo octava, y que durante el imperio nuevo se extendió aún más, para decorar las tumbas privadas entre egipcios fue habitual recurrir a la representación de escenas alusivas al renacimiento.

Es cierto que de ellas hay indicios que corresponden a los imperios antiguo y medio. Pero es indiscutible que durante la última fase de la plenitud egipcia idénticos mensajes, con una frecuencia que carece de precedentes, con la misma intención serían repetidos en las pinturas murales de las cámaras donde eran depositados los sarcófagos, cajas fuertes.

Una manifestación de estas convicciones, probablemente la más inocente, fue el recurso a ciertos principios expresivos. Como la norma ya era un medio que podía preservar la explicación de una idea, si cuanto fuera prescrito era cumplido con parsimonia, porque las creencias sobre la posibilidad de recuperar la vida tras la muerte habían llegado a ese estado, en la decoración de las tumbas la idea del renacimiento llegó a estar codificada en una gama de colores, y hasta reglado su uso.

Puede demostrarse que ya durante la décimo novena dinastía amarillo, negro y rojo, aplicados en vivos colores planos, no eran usados con criterios que se puedan llamar cromáticos. Aún estaban muy lejos del pensamiento de los decoradores los efectos que sobre la retina pudiera tener el espectro. Entonces a cada color se había delegado un sentido simbólico, y no propiedades de luz o de contraste.

La tesis puede ser discutida, y se podría citar un buen número de textos, entre ellos algunos de egiptólogos consagrados, que impugnan el prejuicio iconológico que ha contaminado la interpretación contemporánea de los testimonios.

El autor, tras examinar las pruebas y los argumentos, porque su origen, que en su momento le valió decepciones, aislamiento y hasta ostracismo contra el que se rebeló, combatiendo por su causa en el corazón mismo de la hidra, ahora ciega y solitaria e impedida, fue suficiente para que fuera excluido del continente en el que quiso naturalizarse, entonces carente de conocimientos de economía, desposeído de patrimonio que le permitiera invertir en iniciativas empresariales aptas para proporcionarle tiempo libre durante el que ejercer como gentil egiptólogo, fatalmente marcado por ascendientes que habían dado con sus huesos en campos de concentración, tras apostar al caballo perdedor, aun a sabiendas que cargaría con demasiado peso, sus patas trabadas, toda la iglesia de los católicos en su contra y el ejército que hubiera debido defenderlos corrompido por las ansias de poder, ha decidido impugnarlos con la colecta de las pruebas que en la dirección opuesta militan, carente de avales más favorables que los de las pasiones declaradas, que deberían aconsejarle discreción a su punto de vista, moderación en el uso del lenguaje.

El negro, naturalmente un color, asociado al cementerio, colmaba el perfil de un cuerpo humano cuando al pintarlo se quería expresar que antes había existido, que ya había agotado las etapas sucesivas de vida y muerte, y que por lo tanto había madurado para acceder al anhelado renacimiento, así como alcanzado el instante anterior a la recuperación de la vida. El amarillo expresaba que se había satisfecho con éxito la metamorfosis deseada, la que permitía nacer de nuevo, y el rojo, extremo y superior, radical y disconforme cuando desplegado en banderas, fue reservado para significar que se había conseguido el don más singular, la existencia eterna.

Quizás un economista, porque hubiera evolucionado a empresario, y en su beneficio hubiera atesorado el trabajo ajeno, en parte recibido gracias al patrimonio heredado, espurio puesto que procedente de la más feroz venganza que en la sierra conocieran los siglos, estaría nunca incapacitado para ser miembro entusiasta y generoso de una sociedad de egiptología, aun con responsabilidades directivas, pudo impugnar esta idea presentando la siguiente prueba.

También desde la dinastía décimo octava fue costumbre que el cuerpo del hombre se pintara de rojo, mientras que el de la mujer se representaba casi siempre de amarillo. En su opinión, cargaba con sentido biológico el uso de los colores que eran regulares en la decoración de las tumbas, en modo alguno instantes de una secuencia vital cíclica.

El autor, habiendo observado tiempo atrás esta diferencia cromática, sobre cuya trascendencia pública ha coleccionado otras interpretaciones, sabe también que existe determinada explicación sobre el peso que entre egipcios para cada sexo tenía el matrimonio, un convenio del que ya le resultaba imposible escapar al varón, permanente esperanza de recuperar la vida, gracias al feliz tránsito de la viudedad, para la mujer.

No es necesario polemizar más sobre la cuestión cromática, prolongar una disensión que tampoco ya podría resolverse, por cuanto hasta a los miembros de las sociedades de egiptología les puede sobrevenir su final, brutal quiebra más que de proyectos de ideas, cuyo aprovechamiento podría valer importantes conquistas para el patrimonio de las familias cuya fusión ha sido sellada ante el altar. Tampoco el lenguaje de los colores es la respuesta completa al éxito que finalmente tuvieron las creencias sobre el renacimiento entre los egipcios antiguos.

Para propagarlas, algunos creadores de las escenas, siguieran o no una pauta de significados cuando recurrían a los pigmentos funerarios, prefirieron expresar el concepto principal no mediante un código cerrado sino por analogía, sirviéndose de relatos que con el tiempo también se consolidaron como tópicos. Representaciones a gran escala en los muros de las tumbas expresaron una y otra vez la creencia en el renacimiento, pero ahora contando determinadas historias.

La crítica, durante demasiado tiempo, ha preferido aceptarlas como escenas de la vida cotidiana. Ateniéndose a esta interpretación, algunas sociedades de egiptología las han perpetuado como valiosos y encantadores cuadros de la actividad común de los egipcios de hace más de tres mil años. No hay razón para contradecir que bajo este criterio puedan ser estimadas. Pero el observador independiente solo hasta cierto límite debe entenderlas de un modo tan ingenuo.

Una escena de este tipo es la que representa al inexcusable titular de la tumba pescando en la marisma. El pez, o aún con más frecuencia los dos peces que el protagonista de la escena cobra, clavados en el arpón que sostiene, son del tipo tilapia, unos animales que tienen la curiosa costumbre de tragarse a sus crías cuando les sobreviene algún peligro, y que las regurgitan una vez que vuelven a sentirse tranquilos. Tan singular hecho pudo convertirse en una escena frecuentada en las tumbas porque era una perfecta alegoría del deseo de recuperar la vida y alcanzar una existencia recurrente.

La caza con bumerán, en un ambiente similar, otra escena sin grandeza, por lo común simétrica a la de pesca, expresaba de una manera equivalente la misma idea, gracias al explícito valor simbólico del proyectil que retorna a las manos del cazador, una vez lanzado contra la pieza deseada. Podía señalarla de modo aún más directo porque evocaba el mito según el cual el don de la caza le había sido concedido a Osiris, a la vez que las facultades de comer y hablar, tras su resurrección.

Sin embargo, si el punto de vista correcto para interpretar los relatos figurados es su inequívoca referencia simbólica al renacimiento, de todas las escenas que eran habituales en la decoración de las tumbas en aquellos tiempos la más sorprendente sería la del banquete, puesto que es una de las más repetidas y probablemente la que más fortuna tendría, sin abandonar el ambiente fúnebre, durante el resto de los siglos de la antigüedad.

No parece que puedan relacionarse satisfactoriamente la celebración de un banquete y una tumba, salvo que se piense en el canibalismo, bárbaro acto en absoluto no adecuado al civilizado Egipto, aun del imperio nuevo.

Pero tampoco pudo Carson, cuando le fueron pedidas las justificaciones que el reglamento prescribía, decir por qué en la sierra brotaban los egiptólogos, como el cerezo tardío o las margaritas espontáneas, en prados tarde cercados, sin recurrir a una serie de argumentos tan divergentes que todavía hacen dudar de su veracidad.

La hidra, solo a la procreación reservada, en el goce de su madurez, entre cada acto fecundante de su hidro extenuado, disponía de tiempo suficiente para toda clase de cálculos. Desde que le naciera su primer descendiente femenino supo a quien sería destinada, un varón proveniente de pobladores antiguos, eslabón de una linaje a las dehesas de más encinas adscrito.

Gracias a que el hidro ejercía donde nacían las decisiones, disponía de informes que trasladados a su cónyuge, nativa de tierras próximas a donde se extingue la existencia, aun de ratas, crecida entre las carencias con las que beneficiaron a la humanidad sus defensores, le permitieron posar el índice donde los nombres tenían tanta fuerza que alcanzaban hasta el confín de las tierras acotadas.

Ningún combatiente errante, entre malezas refugiado, el mayor de los héroes condecorado por la derrota, quien hubiera arriesgado su vida sabiendo que el desastre la completaría, no tendrían a los ojos de la hidra tanto valor.

La abnegación preterida, sin aprecio la virtud, ¿que hubiera triunfado el patrimonio a cambio podía justificar la emergencia de un egiptólogo donde solo piedras informes, sin proporción alguna ni estereotomía definida, emergían?

Carson hubo de confesar primero que carecía de argumentos que pudiera defender, salvo la evidencia de los hechos. Con otras ideas debía especular, en otra dirección tendría que llevar sus indagaciones.

Habiendo sabido que el egiptólogo sobre el que debía interesarse tenía la formación que permite tomar la iniciativa en la creación de las empresas, averiguó que con insistencia había capitaneado iniciativas de toda índole, corchotaponeras unas, de cerdo autóctono otras, incluso de anisados fuertes, ninguna de las cuales había remunerado sobre el riesgo el capital invertido. Sospechó en consecuencia que la egiptología montaraz tenía un sentido más profundo.

Del mismo modo, otra razón justifica que la escena del banquete formara parte de la decoración funeraria. Estudiando con detalle sus variantes, ha podido demostrarse, aunque con la opinión en contra de una parte de las sociedades de egiptología, que contiene un valioso mensaje codificado relacionable con la idea de renacimiento. Entre todas acumulan suficientes indicios que con limitadas variantes acentúan insistentemente el sentido erótico del momento representado. Esa es la clave alegórica, ese es el objeto de la discusión.

La flor de loto en estas escenas es un elemento persistente, y en ellas siempre ocupa un lugar protagonista. La llevan las mujeres en torno al cuello, en las pelucas o en la mano, aunque hay ocasiones en las que quienes la portan son hombres, unos sobre la oreja, su tallo adaptado a la curva del pabellón auricular, otros entre los labios, su tallo mordido por los dientes de las sonrisas.

El loto, que también era para los egipcios lo que para cierta imaginación contemporánea la intocable rosa, podía actuar como símbolo de resurrección de nuevo gracias a un aval mítico, el mismo que permitía que la caza con bumerán llevara a esa idea. Se aceptaba, a partir de una de las leyendas de la creación, que el dios del sol había nacido de una flor de loto. Dado que tan principalísimo ser celeste cada día retornaba, el loto pudo convertirse en símbolo por excelencia del renacimiento.

Sin embargo, hasta aquí la escena del banquete, incluyendo estas referencias, no habría pasado de la forma simbólica de expresar las ideas mediante el mismo procedimiento alusivo que se empleaba en las composiciones de pesca o caza. La pendiente hacia referencias más explícitas del sentido recto de estas escenas la fueron formando otros detalles de los murales que las representaban, enriqueciendo la idea de renacimiento con la fecunda ambigüedad.

Las damas que comparecen en las escenas no solo hacían ostentación del loto sino que también llevaban mandrágoras, aspiraban su aroma o unas a otras se las ocultaban. La mandrágora destila un savia tan enajenante que tanto podía ser utilizada como veneno, todavía en la antigüedad clásica, como feliz afrodisíaco, manipulada con prudencia.

Las vestiduras transparentes, que revelaban más de lo que ocultaban, los afeites y las joyas de aquellas seductoras mujeres, de turgentes semiesferas nativas, subrayaban asimismo la atmósfera propicia a saciar con la copulación complementaria el apetito despertado por los manjares servidos.

Sobre sus cabezas llevaban pesadas pelucas trenzadas y rizadas, un aditamento cargado de sentido en un ambiente como el evocado solo por un hecho común a todas las civilizaciones antiguas, en las que el cabello estaba relacionado con el vigor de la edad. Entre los egipcios su importancia estaba subrayada por el frecuente recurso a las pelucas en cualquier situación, y en particular cuando una mujer se preparaba para la intimidad.

Todavía las pelucas estaban coronadas por un cono de ungüento, porque también el olor tenía una importancia considerable en la cultura copulativa de los egipcios. Poco a poco la grasa depositada dentro del cono que remataba la peluca se iba fundiendo, según subía la temperatura del cuerpo, hecho a partir del que liberaba el perfume que debía impregnar la estancia donde el encuentro estuviera ocurriendo.

A las hidras, aun habiendo agotado por el vínculo a sus hidros, les ocurre que se muestran celosas de su intimidad hasta el punto de creerla exclusiva, como el ciego convencido de que la humanidad vivía condenada a las tinieblas. Inducen a sus hijas, habiendo contraído matrimonio con dirigentes de sociedades de egiptología, incapaces de mantener a la sombra iniciativas empresariales en las que las hidras, antes aún de la pubertad de su descendiente, habían cifrado sus proyectos, a que nieguen ante sus cónyuges, sumisos a la voluntad complementaria en la lid del tálamo, que el placer de la cópula sea común, menos aún que pueda ser publicado.

Se aseguran así, puesto que promotoras remotas de ideas insensatas, una vez consumado su tránsito, que el más animoso de los contradictores de las tesis de la egiptología societaria elija el memorial de mármol que cubra el féretro donde yazca, feliz meseta de sonoros ecos, como el lugar idóneo para emplearse en zapatetas.

Aunque se siguiera recargando el sentido de las alusiones, de seguir por este camino la escena del banquete no habría trascendido la efusión simbólica. La clave que la saca de esos límites, la que justifica que sea asunto frecuentado en la decoración de las tumbas, que gane el sentido trascendente que hereda el culto funerario común de los ritos faraónicos y que explica toda esta asociación de elementos; la que descubre el lugar de donde toman cada uno de ellos su significado, y no a la inversa, porque no sería correcto pensar que por tener ese significado fueran elegidos para la representación, es de orden lógico, similar a la que se venía aplicando a la escritura.

(Continuará)



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