La cara oculta de la Luna

Emendatio ope ingenii et retitutio textus per divinativo

Sentía Inanna imperiosos amores por el pastor Dumuzi, de aquellos que a la voluntad imponen el deseo y a los actos la pasión, a consecuencia de la gallarda figura de quien con el sexo de los varones cargaba entre sus piernas, pendiendo de su vientre, henchido cuando en reposo. Mas ocurrió que el lánguido Dumuzi, a pesar de contar con la predilección de una diosa, murió y hubo de domiciliarse en el mundo subterráneo. Decidió entonces Inanna bajar a los infiernos para rescatarlo, para lo que se veía obligada a competir con su hermana, de nombre Ereshkigal, por la soberanía que a ella le estaba reconocida sobre el mundo inferior. Derrocada de su negra posición, sustituida por ella, podría liberar a su amado según le conviniera. Ocurría sin embargo que aun para dioses estaba rigurosamente prohibido entrar en la morada de los muertos.

No obstante, avanza Inanna decidida por aquel sórdido dominio, y conforme atraviesa una a una sus siete puertas el portero que las custodia la va despojando de sus adornos y vestidos, aditamentos cuyo brocado degradaba su hermoso cuerpo. Era el precio que el rijoso portero exigía para consentir que quedara expedito lo que para los demás estaba cerrado. No contaba con el atrevimiento de Inanna. Para satisfacción del vigilante, cuando atraviesa el último umbral se exhibe desnuda, encarnación del estado primigenio de la materia lúbrica.

El atento guardián mientras la observa se da por satisfecho, a pesar de que con su ardid finalmente ha traicionado la fidelidad que a la señora del mundo inferior debía.

Ereshkigal, que ha permanecido a la expectativa de las sumisas evoluciones de su hermana, tanto como a las lascivas declinaciones de su portero, mientras observa ha conseguido averiguar el propósito que lleva a Inanna a comportarse de una manera tan descarada. Nada importa a la señora del último lugar que sea el amor hacia un apuesto varón el que induzca a la intrusa a emplearse así, ni que seduzca a su vigilante simplemente cumpliendo con exactitud las rigurosas reglas que quien debía atender a su deber le impone. Más le indigna que invada sus dominios e intente suplantarla. Su negro corazón concibe el lúcido temor de que más allá de sus apasionados gestos se ocultan planes ambiciosos. Decide acabar con Inanna. Tanta es su ira, y con tanta fuerza consigue concentrarla en sus ojos, que solo con una certera mirada Ereshkigal la mata.

Prudentemente, Inanna, antes de emprender el descenso a los infiernos, había declarado sus propósitos a su fiel amiga Ninshubur, a quien le había confiado instrucciones precisas sobre cómo actuar para el caso de que los acontecimientos le fueran desfavorables. La ocasión era la prevista y Ninshubur lo supo en su corazón antes que noticia alguna de los sucesos inferiores le llegara.

Siguiendo las indicaciones recibidas, en vista del retraso de Inanna, Ninshubur del viaje que su afectuosa amiga ha emprendido informa a Enlil y Nanna-sin, los dioses a quienes pide su socorro. Mas estos no quieren saber nada de lo que en aquel momento por lealtad se les demanda. Ya ha llegado a su conocimiento que Inanna ha contravenido un principio sagrado, que a pesar de saber que estaba prohibido penetrar en el mundo de los muertos ha osado adentrarse en aquel territorio oscuro dispuesta a emplear medios arteros. No obstante, el gran Enlil, aun viéndose en la obligación de ser fiel a lo que era aceptado por todos los dioses, meditaba la manera de aliviar la situación a la que se había visto arrastrada Inanna.

Supo así, más adelante, encontrar la manera de ayudar a la bella hembra, sin que su auxilio fuese una afrenta para su hermana afrentada. Indiscutible era el dominio de Ereshkigal sobre los infiernos, y en todo debía ser respetado. Pero no había sido consumado daño irreparable contra ella, salvo la invasión de un territorio, con fines que podían admitirse como legítimos y sin causar mayor daño. Severa en exceso parecía una irreversible condena a muerte de Inanna como reparación al allanamiento. Ereshkigal sin duda se había excedido.

Decidió Enlil, en consecuencia, algo sencillo y a su alcance para corregir el rigor de aquel castigo, crear dos mensajeros y enviarlos al mundo inferior con el alimento y el agua de la vida, para que a Inanna, una vez encontrada, la reanimaran y la retornaran al mundo de los vivos, sin mayor innovación en el que había sido su estado previo. Con seguridad Ereshkigal no podría oponer objeción alguna a tan justa salida.

Afrontaron su destino quienes, porque ya adultos hubieron de nacer, apremiados por el tiempo vivían, y emprendieron al instante el descenso. No está declarado por quienes conocieron los hechos cómo fue, esta vez, que sortear la vigilancia de quien tenía encomendado que nadie vivo franqueara las puertas -cuya reiterada desconfianza se sucedía- consiguieran los enviados. Pero sí consta que fue a fuerza de engaños que pudieron llegar hasta el cadáver de la diosa.

Arrebatada por la cegadora crueldad, su propia hermana había decidido que quedara colgado de un clavo indefinidamente, como si la envuelta de un cuerpo hubiera sido vaciada. En aquel penoso estado la hallaron los mensajeros que Enlil había enviado. Cuando, descendido, se hubieron hecho con él, imposible les fue no suspender sus actos para admirarlo, hermoso aun a pesar de su lividez, sin ropa alguna, puesto que había sido condenado a permanecer en aquella escarnecedora impudicia para mayor afrenta de quien lo poseyera.

De inmediato la reaniman con el divino viático, del que los mensajeros son portadores, y los tres emprenden el camino de vuelta a la vida.

Todo transcurre según lo previsto. Mas ahora que llegan a las puertas que deben franquear, los siete jueces del infierno, que, como las siete puertas, a entorpecer el paso se dirigen, no quieren que Inanna salga. “No basta con que haya retornado a la vida por voluntad de Enlil”, dictan severos. “Si quiere abandonar este lugar, antes debe traer a alguien que la reemplace, porque el número de los muertos de ningún modo puede disminuir”. Nada de esto había entrado en los cálculos de quien tan sabiamente había trazado aquel plan.

Devuelta a su conciencia, renace para la acción, y consigue la decidida Inanna a los jueces arrancarles un pacto que le permite, por fin, abandonar los infiernos, aunque con la condición de por el momento. En sustancia fue este. Podría retornar a la tierra para buscar a quien la sustituyera (así lo aceptaban sus jueces) pero a cambio de que el candidato fuera seleccionado de entre los seres divinos. En caso de que no consiguiera encontrar entre los dioses a quien la reemplazara, Inanna tendría que retornar a ocupar su desesperante plaza.

Para asegurarse de que así se cumpliría, pusieron los jueces por escolta a Inanna una legión de demonios. Debían cuidar del respeto a lo acordado y, llegado el caso, ejecutores tendrían que ser de la sentencia que aquel pacto contenía; si la necesidad obligaba, que por la fuerza fuese llevado a los infiernos quien la señalada plaza ocupara. Traían, además, el encargo expreso y secreto de hacer volver a Inanna a los infiernos, igualmente de manera forzada, si así fuera requerido por su resistencia, si es que la diosa renacida no encontraba en plazo moderado a un sustituto entre las divinidades.

De tan inesperado modo fue cómo Inanna volvió a la tierra, por primera vez, después de haber habitado en el mundo de los muertos.

No pone gran empeño Inanna en buscar a quien la reemplace durante los primeros días de su renacimiento. Con astucias se prodiga en visitas y entrevistas, y en ellas se demora, sirviéndose de la excusa de estar tentando a quienes cree capacitados para sustituirla; como si aun entre los inmortales fuese fácil hallar alguien dispuesto a jugar con la muerte. Los circuitos se amplían, las detenciones de dilatan, los días de recuperada vida se prolongan formando una cadena que entusiasma solo porque se suceden.

Desde que retornara, reservaba el momento más apacible para el reencuentro con su fiel Ninshubur, a quien deseaba expresar vivamente su agradecimiento, y con quien en secreto pretende urdir algún ardid para deshacerse de su apremiante escolta, que le sigue a todas partes, que la urge a cada instante con el recuerdo de la obligación que tiene contraída; ahora por la boca de un demonio de voz estentórea, luego con una mirada que ensombrece el siniestro rostro de otra criatura deforme. Sinceros sentimientos de mutua estima inspiran el reencuentro entre las amigas, y los delicados gestos, ante quienes por instante alguno renuncian a su celoso cerco, los manifiestan de la más contenida forma. Mas no escapa a la codiciosa mirada de aquellos seres inferiores el intenso sentido fraterno de las recíprocas muestras de la mayor alegría, que en su presencia las amigas intercambian. Con manifiesta maldad concluyen los demonios, a la vista de la tierna escena, que a ellos debe corresponder la iniciativa, puesto que quien debe tenerla nada hace por cumplir lo que ha prometido. Ningún candidato para sustituir a Inanna mejor que su querida Ninshubur.

Con tan torcida pretensión los demonios trazan un plan para apoderarse de la fiel amiga y precipitarse con ella a las cavernas ínfimas. Pero, por fortuna, la diosa lo descubre a tiempo y consigue impedirlo en el último momento, cuando a punto están de consumar su fatal designio los seres que bajo la dictadura de la muerte viven. Al sentirse descubiertos, antes que ceder a cualquier súplica de Inanna, la urgen una vez más, aunque ya en los términos más explícitos y apremiantes; y de la manera más severa, para que cumpla con la obligación que fatalmente ha contraído.

Marcada por este pertinaz destino, Inanna, desesperada, va de un lugar a otro. Llama a una y a otra puerta divina, desolada por saber que será imposible encontrar entre los seres superiores quien esté dispuesto a unirse a los mortales, aun después de haber colmado su indefinida vida. Marchan Inanna y la rigurosa caravana, que siempre la sigue, primero a la ciudad de Bad-Tibira y luego, con el mismo triste designio, a la de Umma. Los dioses protectores de cada una de ellas, sucesivamente, se arrastran suplicantes ante Inanna, tras oír su demanda, pidiéndole que los releve de tan exigente muestra de los deberes fraternales. A su pesar, Inanna los comprende, cede a sus angustiosas súplicas y de una y otra triste se ausenta.

Por fin llega a Uruk, su patria. Aunque ya desespera de encontrar a alguien que se apiade de su estado extremo, es su último recurso. En su ciudad es querida.

Al cruzar sus puertas queda sobrecogida por hechos inexplicables. Dumuzi está allí y está vivo. Signo precursor del indeseado curso por donde van discurriendo los acontecimientos, su corazón no salta de alegría al verlo. Allí está, ante sus ojos, vestido ricamente. La creciente incredulidad de Inanna se convierte en indignación cuando descubre que está sentado en el trono y se ha convertido en el rey de la gran urbe. El infiel amado no solo ha retornado a la vida, sin que ella lo supiera, sino que además goza de la mejor vida que a un mortal quepa, mientras ella pena y se arrastra por haber intentado rescatarlo de las entrañas del infierno aun siendo divina. “¿Cómo habrá podido volver a pasar las fronteras del lugar de donde jamás se regresa?”.

No pudo contener Inanna su airada reacción. Concentró en Dumuzi la mirada de la muerte, la antigua propiedad que las divinas mujeres mantienen en reserva, ella también con toda la potencia de su deseo cargada en la voluntad de fulminarlo.

Viéndose Dumuzi fatalmente acorralado por los más hirientes ojos, y a punto de sucumbir a la fascinación, decide pedir a su cuñado, Utu, diestro en artes mágicas, que lo convierta en serpiente. Ninguna humillación le parece más oportuna que arrastrarse por la tierra, con tal de contener la concentrada ira de la diosa. Ejecuta Utu lo que de él se espera, y con este silbante camuflaje Dumuzi no solo elude el asfixiante hipnotismo con el que Inanna está a punto de fulminarlo, sino que escapa también a la asimismo amenazante mirada de su hermana Geshtinanna, la esposa de Utu, mudo testigo del sortilegio.

Busca el maleable Dumuzi refugio en el redil de las ovejas, al que acude porque conoce, y donde espera acogida natural. Pero, entre sus tiernas compañeras, su nueva condición espanta. Huyen poseídos por el miedo los jóvenes corderos, cobijan en su seno las madres recientes sus crías, mientras vuelven el rostro presas del pavor. Todo queda desolado en torno al retorcido pastor que cubierto de polvo se arrastra.

Atraídos por su nueva naturaleza, escalofriante, hasta él llegan los demonios, pero ahora capitaneados y conducidos por la mismísima iracunda Inanna. Su decisión ya está tomada, de la manera más concluyente, no la aplazará más. Con aquellas siniestras criaturas ha llegado a un acuerdo. En vista de que ningún dios está dispuesto a reemplazarla, renuncia a su deseo de liberar a Dumuzi de la muerte. Por lo que a ella respecta, puede ser de nuevo conducido a los infiernos.

Allí los demonios lo detienen y allí mismo lo torturan, sin dudar que así cumplen con lo que a ellos estaba ordenado. Y, antes que pueda reaccionar, ya lo llevan de camino al mundo inferior.

En doloroso estado queda el gentil pastor, postrado, sin esperanza, despojado de cualquier bien, y persuadido de que jamás la vida volverá a colmar su cuerpo. Desconocía Dumuzi que la clase de odio concebido por Ereshkigal contra su hermana incluía el ardid de competir por su amado. Pero así debían ocurrir las cosas por el momento, porque aún la severa señora de los infiernos no había satisfecho la parte principal de su venganza.

En vista de los sufrimientos del condenado, Ereshkigal proclama ante todos que siente una profunda y sincera compasión por él. Declara, en consecuencia, que ha decidido que en lo sucesivo quede su condena reducida a solo la mitad de cada año. Durante la otra mitad le estaría permitido abandonar los infiernos y retornar al mundo de los vivos. Pero su vuelta a la vida estaría limitada por una condición. Durante el tiempo que Dumuzi estuviera ausente, tendría que ser sustituido por la imprudente Inanna. De esta manera debía ser castigado su atrevimiento, sin que alguien, por eso, contraviniera lo que Enlil había dictado, para que por todos fuera respetado y cumplido.

Y así fue cómo Inanna, morada celeste, se convirtió en la primera divinidad en ser también huésped periódico del infierno, y cómo su vida quedó a un tiempo separada y unida a la de Dumuzi, el primer ser en morir y resucitar.



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