Errores sin menoscabo

Nicomedes Delgado

Para el siglo sexto anterior a la era la fuente sagrada permite conocer la atención concedida a las imágenes que en Babilonia eran adoradas. Incluye testimonios que hoy capacitan para restituirlas en su valor material, así como para saber el aprecio relativo que recibían, con un grado de certeza y detalle que por otros medios en modo alguno sería posible.

Se trataba de representaciones de dioses destinadas a los templos, donde recibían culto. Identificaban las creencias que se relacionaban con el resplandor del sol y la luz de la luna, las principales, y otras vinculadas a las estrellas, el relámpago, el viento, las nubes o el fuego. Aunque cada percepción, cuando llegaba a ser un objeto, había ganado una metamorfosis, que era masculina para satisfacer la representación de las abstracciones de este género, femenina si del otro, cada una de las cuales a una parte de los devotos satisfacía su noción del orden trascendente, es probable que ya entonces todas fueran versiones del concepto unitario del ser divino.

En los sexos, por efecto de las nociones más acendradas, que no solo consentían que fueran descripciones explícitas de cuerpos humanos los simulacros cuya condición divina podía ser evocada con nuestra anatomía, y en la distancia que puede separarlos, apenas un palmo, poco más en los casos más extraordinarios, tal vez hubiera una causa de las diferencias entre los precios que unos y otros alcanzaban en sus respectivos mercados.

Las fabricaban artesanos y orfebres especializados, quienes por su trabajo cobraban una cantidad importante. Podría explicar que sus exigencias fueran altas que de la configuración de cualquiera, al menos la cara debía quedar al descubierto, y en ella bien definidos los ojos, e incluso la cuenca natural que ocupan habían de reproducirla con fidelidad. También que utilizaran para ejecutarlas oro, plata y madera. Pero dado que aquellas materias no eran empleadas siempre de la misma forma, ni en las mismas proporciones, su combinación daba origen a distintas calidades de las piezas y, con toda seguridad, a distintos precios, aun siendo todos trabajos resueltos con recursos de alta estimación.

También fueron ofrecidas tres clases, según cantidad y combinación de las materias que elegían autores y clientes para su factura: las de metal precioso, las de madera chapada con oro y plata y las de solo madera dorada y plateada. Aunque de efectos similares, las tres clases impondrían tres costos bien diferenciados y tres frecuencias de demanda, decrecientes según aquellos. Las de oro y plata eran encargadas en pocas ocasiones, las recubiertas de láminas de ambos metales atraían a una porción intermedia de la clientela y las talladas en madera eran las que con más frecuencia adquirían para exponerlas en los templos. El patrón lo imponían las fabricadas recurriendo solo al metal precioso, que luego las más reiteradas pretendían imitar para conseguir un efecto de belleza similar al que con las más apreciadas se obtenía.

De la calidad de los recubrimientos metálicos usados para las del segundo tipo da idea que cuando el oro era aplicado sus conservadores no lograban que brillara, anomalía cuya causa, gracias a un dato deslizado por los informantes, se puede conocer. Las imágenes ejecutadas según este procedimiento eran atacadas por la herrumbre. Luego el hierro, como aleado y en una medida que sería variable, participaba en la composición de aquellos recubrimientos.

De la talla de las imágenes en madera, porque eran las más frecuentes, también los detalles que proporcionan las fuentes permiten aproximar su valor material. Se atenían al mismo patrón, con un grado de precisión anatómica cuyo fin descubre otra alusión, al tiempo que revela los detalles que preocupaban a los autores. Su lengua la limaba un artesano adiestrado para este fin. Gracias a su trabajo especializado, las tallas ganarían el grado más estimado en la descripción de los cuerpos, extrema veracidad necesaria para conseguir la mayor aceptación.

El relato anatómico minucioso no era incompatible con que las imágenes fueran concebidas de manera que sus pies no fueran visibles. Los testigos afirman sin ambigüedad que las tallas carecían de pies. Pudo ocurrir que este efecto no fuera una decisión del autor de la escultura, sino la imposición de una costumbre, una creencia o una superstición, cuyo resultado fuera que el cuerpo representado con madera no pudiera ser por completo visible para quienes lo observaran, y que la anatomía oculta se pudiera resolver de modo sumario o esquemático. Sin embargo, sobre su acabado recaía el mayor costo. Las imágenes lignarias eran policromadas con tonos de oro y plata hasta tal punto que llamaban la atención. Eran tan doradas y plateadas que los pigmentos que les aplicaban evidenciaban que habían sido utilizados con el exceso habitual en las piezas más pobres de cualquier arte.

Una vez terminado el trabajo del escultor, las representaciones de los dioses eran cubiertas con vestidos, con los que eran envueltas, para que poco más que sus rostros quedaran al descubierto. Para su confección se utilizaban paños de púrpura y de lino.

No es seguro que los trajes fueran el resultado de la combinación de las dos modalidades de tejido, puesto que eran compatibles el prestigioso tinte fenicio y el uso con fines textiles de la fibra que de la linaza crece. Pero los medios de información, en algunas ocasiones, al referirse a estos vestidos, mencionan solo la púrpura, de la que dicen que era utilizada para envolver las imágenes de un modo especial. Conocido el celo con el que los tirios reservaron la fórmula para la fabricación de su tintura, es más probable que la púrpura a la que la fuente se refiere fuera al mismo tiempo un tejido, y que por tanto el vestido de lino fuera una modalidad de traje o una prenda distinguida por la confección para que fuera indumentaria de las imágenes.

De la hechura de los trajes que se confeccionaban solo sabemos que eran similares, tanto en corte como en acabado, a las que entonces eran usadas allí, en la propia Babilonia. Porque variaban según sexo, sus diferencias de calidad sobre todo las marcarían las clases de tela que fueran necesarias para consumarlas. Sobre el efecto que causaban, una parte de los transmisores, adoptando una actitud que revela su falta de independencia a la hora de enjuiciar los hechos narrados, afirma que el resultado para su aspecto era tal, una vez acabada, que se la podía comparar con el de los peñascos que sacaban de los montes en las canteras. Así hablaban porque tenían el propósito de enfatizar su tosquedad.

Para proveer a su correcta identificación, completaba cada imagen un juego de sus atributos, así como una colección de lámparas, que ardían junto a ella para contribuir a la iluminación del lugar donde cada una estaba. Porque solo parcialmente es posible conocer tanto unos como otras, el sesgo del texto en este lugar tal vez pretendió inducir la lectura, para que quien la hiciera pensara que el papel que el orfebre tenía reservado en la creación de las imágenes adquiría su mayor responsabilidad llegado este momento.

Para las cabezas de las imágenes fundían coronas de oro, a cuya elaboración aplicaban el mismo criterio o el mismo gusto utilizado en el arreglo de una joven babilonia presumida, de cuyo ajuar las coronas de metal precioso serían una parte. Había imágenes que empuñaban un cetro, similar al que ostentaban los gobernadores de provincia en la baja Mesopotamia cuando impartían justicia criminal hasta el grado punitivo de la muerte, que aplicaban en caso de ofensa a la autoridad que representaban. Era un atributo propio de las imágenes que evocaban fuerzas de la naturaleza desatadas cuando se manifestaban en el grado más elevado de su poder, a su vez símbolo de la más alta capacidad de intervenir en la vida humana que a los dioses reconocían; y del riesgo que se podía correr al dudar de su autoridad, mucho si se llegaba a ofenderla, porque en el colmo de su soberbia soberanía, como los más despiadados jueces, eran capaces para castigar con el aniquilamiento.

Otras imágenes tenían en su diestra espada y hacha, ambas referencia a la fortaleza frente a las amenazas que permanentemente acechaban a la especie humana. Aunque los informantes, llegados a este lugar, otra vez presa de su incontenible intención de denostar, declinan al sarcasmo, pretendiendo que tales medios se entregaban a las imágenes para que pudieran defenderse y hacer frente a los frecuentes robos que sufrían, para los devotos expresaban la necesidad de afrontar las adversidades de la guerra.

Determinada vertiente de los atributos de las imágenes resulta sin embargo oscura. Las fuentes afirman que alrededor de ellas y sobre sus cabezas revoloteaban lechuzas, vencejos y otros pájaros, e incluso que gatos se movían en sus inmediaciones. El modo en que estas compañías son mencionadas no permite decidir si se trataba de la reproducción de animales, cuya presencia en los templos era tolerada por tratarse de formas parlantes de las respectivas virtudes que los devotos atribuían a los seres divinos, o si es una observación que pretende dar idea de la degradación y el descuido en los que caía la atención debida a los lugares sagrados, que los autores radicales utilizan como contrapunto, en apariencia narrativo, a favor de su discurso infamante. Parece más probable que fueran representaciones figuradas, que en cada caso servían para completar o asegurar la identificación correcta del significado de cada dios, para que los ingenuos creyentes consintieran mejor los maniquíes que admitían como presencias de seres superiores.

El balance del análisis de una y otra modalidad de imagen, así como de sus respectivas indumentarias y atributos, tiene que reconocer todavía otra razón del costo diferencial. La fuente afirma que de la ejecución en madera estaban excluidos por completo los orfebres. Renunciar al trabajo de una parte de los especialistas redundaría en un costo inferior.

Todas las decisiones a favor de los niveles más bajos del gasto, a los que preferentemente optaban los encargos, puesto que las imágenes en madera eran las más frecuentes, habilitarían la escala de descenso hasta el grado de ejecución límite. Se alcanzaría cuando se excluyera por completo el trabajo de los profesionales dedicados a la fabricación de las imágenes. Esta posibilidad se advierte tras el excesivo acabado de las piezas policromadas, al alcance de la voluntad de los creyentes sin pudor ni destreza. Una parte de ellas pudo ser fruto del trabajo espontáneo de algunos de sus devotos. No cotizaría en el mercado de los simulacros sagrados, lo que en modo alguno le impediría tener un costo y al mismo tiempo alto valor simbólico. Por tanto, la diferencia de precios también pudo ser el resultado de una constante amenaza de ruptura del marco racional que se esperaba de los mercados.

El costo efectivo que cada imagen tuviera, para quienes actuaban como demandantes en aquellas transacciones, tal vez estuviera modificado por otra circunstancia aún.

A las representaciones de los dioses acudían los devotos en busca de beneficios privados, antes que de asuntos que concernieran a sus semejantes, porque la pugna por la salvación del ser propio ya era entre los babilonios una virtud reconocida a consecuencia de su mejor resultado civil. Les solicitaban riquezas y dinero, que proporcionaran bienes a los hombres, y desde luego que les dieran la lluvia, capital confiado a la naturaleza. También que descargaran a los humanos de cualquier necesidad en la que pudieran hallarse, que arrancaran al débil de las manos del poderoso, que tuvieran piedad de la viuda e hicieran bien al huérfano, y que liberaran y protegieran al agraviado.

Por supuesto que también recurrían a ellas por razones de salud. Cuando un mudo no podía hablar, lo llevaban ante determinada imagen, a la que pedían que le devolviera el habla, porque a ella se le reconocían poderes sobre las lenguas que para todos los fines de su vida emplean los hombres. De manera similar actuaban en el caso de un ciego, para el que se pedía la devolución de la vista, arpón capaz para cobrar presa entre todas las palabras. Incluso incurriendo en el exceso de la exigencia, se les solicitaba que libraran a las personas de la muerte, vecino indiferente que no respeta la vida de nadie.

Hay que reconocer no obstante que no terminaba el recurso a ellas donde se agotaban los asuntos privados. También se las apelaba para las cuestiones públicas a las que se concedía mayor valor, como obtener justicia en toda clase de pleitos y defenderse de ladrones y salteadores. Y se confiaba en su poder cuando había que dirimir sobre asuntos fundamentales de estado, como maldecir y bendecir a los reyes, gestos a cuyas consecuencias prácticas, que eran la deposición y la instauración de los monarcas, se les reconocían ventajas; hacer ver a las naciones señales en el cielo y resistir al rey y al ejército enemigos.

Las evoluciones de los creyentes ante las imágenes, con el objeto de predisponerlas a favor de sus deseos, podían tomar formas diversas. Unos les hacían votos, mientras que otros las favorecían, y adoptaban ante ellas una actitud protectora y curativa. También había quienes en una suerte de rito negativo les hacían daño, probablemente fundados en la creencia de que con un trato así estimulaban mejor su reacción, o quizás confiando en la misma fuerza que alimentaba la magia negra, si lo que esperaban de la divinidad era que su fuerza se desencadenara para causar mal a alguien, beneficio que nunca los seres divinos han negado a los hombres.

El tráfico con las imágenes, con el fin de ganarse su confianza y asegurarse a cambio del gesto piadoso la recompensa a la que sus devotos aspiraban, se completaba presentándoles dádivas. Los datos disponibles dejan abierta una amplia gama de posibilidades, en lo que a bienes objeto de las ofrendas se refiere. Normalmente sus adeptos les hacían llegar recursos materiales que estimaban, entre los que se contaban piezas de oro y plata, y sobre todo adquisiciones que se hubieran hecho para con ellas alimentarse.

El rito que seguían en el transcurso de los actos durante los que sus oblaciones eran presentadas lo comparan las fuentes con las ofrendas que se hacían a los muertos, lo que en apariencia no hace más que cambiar de lugar el problema, puesto que la documentación niega datos sobre la modalidad de manifestación piadosa vigente en aquellos momentos. Pero a este propósito cita accidentalmente un detalle que resulta significativo. Mientras hacían sus ofrendas, quienes las consagraban gritaban ante las imágenes, tal como se hacía en cierta clase de banquetes fúnebres.

La relación entre ambos indicios, que comparten la mención a las ceremonias que inspira la muerte, es suficiente para pensar que a las imágenes tal vez les fueran hechas las ofrendas no solo ostensiblemente, a la vista de todos, en el templo, proclamándolas a viva voz, sino que ante ellas, como en las comidas rituales funestas, los bienes tal vez fueran repartidos entre los partícipes. Es posible llegar a este término porque además es muy probable que el rito de las ofrendas incluyera la renuncia cruenta a determinados animales, que así se convertirían en víctimas propiciatorias.

No obstante, el texto dice que la parte del ritual de las sagradas renuncias que provocaba humo se desarrollaba dentro del templo. Si esto ocurría, resulta inverosímil que los ritos asociados a los sacrificios de seres vivos, que ahora es primordial reconstruir, fueran holocaustos. En las liturgias vigentes durante la plena antigüedad era la parte anterior a los templos, al aire libre, la que habitualmente se utilizaba para exponer al fuego los animales sacrificados, cuya deglución completaba la experiencia trascendente. El humo al que hacen referencia los textos pudo provocarlo quemar incienso, un bien que igualmente era una ofrenda, aunque tal vez el efecto de ese gesto no fuera digno de considerarse ni siquiera estela provocada por una combustión.

Si no de todas, de presentar al menos una parte de las ofrendas ante las imágenes las mujeres eran las encargadas, lo que puede ser vindicativo del preferente culto a las representaciones favorables a la condición femenina. No parece que su participación en estas ceremonias estuviera limitada por normas destinadas a guardar la pureza simbólica que a tales actos suele ir asociada. Tanto las que acababan de dar a luz como las que estaban en el regular estado que los textos sagrados consideraban de impureza tocaban sus víctimas sin ninguna restricción.

De la magnitud de todas las formas de la devoción, de las que eran objeto las imágenes cada día, habla el polvo que en el templo levantaban los pies de los que entraban, prueba de un constante trasiego de personas, mientras que de las que ocasionalmente eran representadas los textos mencionan las procesiones que salían de sus respectivos santuarios, cuando las imágenes eran llevadas a hombros. Tanto por delante como por detrás, a las imágenes las acompañaba una turba que se entregaba a invocarlas con desigual fortuna. A los observadores que no habían vivido esta clase de manifestaciones, los cortejos multitudinarios que en torno a los simulacros divinos se formaban infundían temor.

Cuando sinceramente se aspira a disponer de todos los elementos de juicio que permiten completar una teoría de las diferencias de los precios, más allá de los límites que imponen las visiones parciales a las que se resignan las áreas del conocimiento cuando se compartimentan; puesto que en esos casos cualquier formulación teórica se somete a unos límites que evita traspasar; por tanto, se asegura ser parcial o incompleta, no del todo útil en consecuencia; todas las actitudes de los devotos ante las imágenes deben analizarse. Complementadas, descubren que su valor trascendía del material de su ejecución.

Al culto regular de las imágenes estaban dedicados sus sacerdotes. Para que fuera advertida su condición, vestían túnicas y se rapaban las barbas, así como la cabeza, a pesar de lo cual no tenían inconveniente en exponerla al descubierto, incluso en invierno. La primera lectura de los textos lleva a pensar que su oficio litúrgico era pasivo y estático, en modo alguno productivo, porque cada uno, en sus respectivos templos, cuando comparecía en público permanecía sentado. Pero no sería acertada la exégesis si se mantuviera en estos límites. Los sacerdotes también tenían a su cargo cultos que requerían su actividad.

Muy probablemente eran quienes voceaban delante de las imágenes con ocasión de las ofrendas, lo que les otorgaría un papel protagonista en el desarrollo de tales celebraciones, tal como era común en el oficio. Eran además los responsables de la seguridad y la custodia de los simulacros sagrados, aunque los textos no afirman positivamente que fuera cargo directo del sacerdocio su cuidado, ni que se entregaran personalmente a las tareas a que obligara. Pero sí se puede demostrar que a su cargo estaba encender las lámparas que había junto a las imágenes. Aceptado que su guarda era el fundamento de su estatuto, es posible adjudicarles la responsabilidad material de su conservación, que podrían ejercer mediante delegados.

La parte cotidiana de este cargo consistía en lavarles la cara, limpiarlas y cambiarles la indumentaria. Como sus rostros eran ennegrecidos por la humareda que dentro del templo había, y como el polvo que levantaban los pies de los que entraban lo ensuciaban y lo recubrían espesamente, hasta el punto que podía llenar la cuenca de los ojos, para desprender de él toda la suciedad era necesario asearlas con frecuencia. También, dado que el oro con que recubrían las imágenes para embellecerlas no lograba mantenerlas deslumbrantes, a consecuencia de la herrumbre que criaba, hacía falta pulirlo hasta que de nuevo le saliera brillo. Y a causa del continuado uso de los trajes, que se aprovechaban hasta el extremo que se pudrían encima de ellas, asimismo era imprescindible quitarles y ponerles los vestidos. Decidía pues sobre la responsabilidad diaria de los sacerdotes en la conservación de las imágenes su relativa fragilidad, porque una vez colocadas en el templo, debían permanecer expuestas indefinidamente, sin alterar su aspecto ni su posición, hasta el momento que fueran por completo inservibles.

Además, igualmente a causa de su deber como custodios de las esculturas divinas, los sacerdotes se preocupaban de asegurar todas las entradas a los templos donde recibían culto con puertas dotadas con cerrojos, puntales y traviesas, que cerraban para que no fueran saqueadas por los ladrones, quienes aspiraban a quitarles el oro, la plata y la vestimenta que las cubría. El grado de seguridad que con estos medios desplegaban era similar al que se creaba en torno al rey cuando se trataba de evitarle toda clase de ofensas.

También habían de mantenerse vigilantes ante cierto peligro que siempre las amenazó. Si por algún accidente en los templos el fuego llegaba a prender, las imágenes eran una presa fácil para las llamas. En los recintos sagrados el riesgo de incendio debió ser tan constante que en muchas ocasiones se consumaría del peor modo, puesto que las efigies más vulnerables, las de madera, eran también las más habituales. Tan excepcionales agresiones alcanzaban el grado más terrible cuando sobrevenían guerras o calamidades, circunstancias en las que los sacerdotes se veían obligados a tomar las decisiones más radicales. Entonces deliberaban entre ellos cuál era el lugar idóneo donde quedar ocultos, para garantizar la preservación de objetos tan apreciados, y en él se escondían con los que tenían a su cargo.

Aquellos sacerdotes nunca fueron por completo célibes. La concordancia en plural de las frases que hablan de sus mujeres impide tener certeza sobre una propiedad de sus matrimonios, nada insignificante para sondear otra vertiente de las causas por las cuales los precios cambian de un momento a otro, entre lugares: que al menos a una parte de ellos le estuviera consentida la poligamia. Pero sí es posible saber que la convivencia matrimonial les proporcionaba descendencia, que con sus progenitores compartía el hogar, razón de gasto aún más grave que la originada por el trato conyugal con más de una mujer.

Las fuentes afirman que los ingresos que por medio de las ofrendas obtuvieran los templos no solo atendían la representación de las renuncias ante las imágenes. Igualmente servían para atender las necesidades cotidianas del sacerdote y su familia. Al parecer, aquellos sobrecargados varones justificaban esta manera de actuar manifestando que las raciones que eran ofrendadas a las imágenes eran tan abundantes que no era posible consumirlas al momento, por lo que entre sus ocupaciones debía estar también poner lo sobrante en conserva, para que la donación no fuera defraudada ni en todo ni en parte. Nadie puede hacerlos responsables de que los procedimientos de conserva fueran entonces pocos y limitados, ni de que sus respectivas despensas, embriones unidos por un cordón a los almacenes matrices, se vieran en la obligación de mantenerse siempre abastecidas, sin que por eso decayera la representación pública del sacrificio a la que estaban obligados.

Quizás mal aconsejados por las necesidades que la manutención del hogar origina, que con frecuencia llegan al grado de la exigencia que urge, la custodia sacerdotal de los bienes privativos de las imágenes excedió la vigilia ante la caducidad, y no fue siempre todo lo edificante que se podía esperar de esta clase de sujetos, hasta quedar expuestos a la vergüenza ante sus contemporáneos. Ocurrió a veces, según los textos antiguos, que las víctimas de las oblaciones las vendieron para sacar mayor provecho de ellas, quitaron a las imágenes su indumentaria para emplearla en vestir a sus mujeres y a sus hijos, y tomaron para sí, no ya los bienes perecederos que amenazaban con perderse inútilmente, sino el oro y la plata donados a las imágenes, que entonces estaban ganando propiedades monetarias, para emplearlo en gastos propios.

Como el autor crítico generaliza afirmando que los sacerdotes, cuando comparecían en público, llevaban la túnica desgarrada; y también las fuentes los acusan de que escapaban y se ponían a salvo, en caso de que el templo se incendiara, y de que al llegar la guerra, cuando buscaban el mejor lugar para ocultarse, antes pensaban en salvar sus vidas; se puede creer que todo lo que concierne a la administración del patrimonio de las imágenes los antiguos también lo dejaron escrito con el propósito de agraviarlos.

Cuando se enfatiza que los sacerdotes hacían un empleo discrecional del oro y la plata donados, probablemente se está abusando, previa conjetura sobre el destino de los bienes allegados a los templos, de un hecho que era parte de su responsabilidad. Los sacerdotes eran quienes demandaban las imágenes, y por tanto quedaban obligados a liquidar cada precio que les fuera pedido, recurriendo a los fondos de las fábricas. Ha quedado establecido que el oro y la plata de los que disponían los templos donde las imágenes recibían culto procedían de las ofrendas. Dado que a las imágenes pertenecía un patrimonio tan valioso, que además estaba adquiriendo propiedades monetarias, es posible que una parte de los ingresos obtenidos en estas especies, por iniciativa de los sacerdotes, en ejercicio de la responsabilidad que habían adquirido, asimismo fuera aplicada a la fabricación de otras nuevas, a su conservación y a restaurar las que ya existieran cuando llegara el caso. También pudo ocurrir que una parte de los deberes de los sacerdotes de los templos fuera destinar lo que obtenían como ofrenda, en alguna medida, a la atención de las necesidades de los pobres y los enfermos, lo que justificaría su obligación de almacenar y la posibilidad de que hicieran uso de las despensas a discreción.

Pero lamentablemente, solo recurriendo a los remotos correspondientes, no es posible adquirir la certeza sobre los movimientos de caja de aquellas instituciones. La sombra crece, más que por el lado de los gastos, que podrían ser bastante justificados solo con las indicaciones que hacen las fuentes, que en modo alguno comprometen la honradez de los sacerdotes, por el de los ingresos, aunque resulte paradójico. No es seguro que la donación fuera la única forma de ingreso de los metales más estimados en las arcas de las fábricas.

Las mujeres que por decisión propia en Babilonia se entregaban a las creencias relacionadas con el culto a la fecundidad, solo una vez en su vida, como quien se impone una peregrinación esforzada, formando grupos se sentaban junto a los caminos. Se manifestaban a los transeúntes varones ceñidas con una cuerda, traslación del himen, de la que hacían ostentación mientras permanecía íntegra, para de este modo señalar que en su caso el rito que colmaba sus creencias, discretamente denominado por la cadena que ha transmitido los textos prostitución sagrada, no se había consumado. La espera hasta el momento que cada cual celebraría, mostrando cada cual su peculiar éxtasis, la entretenían quemando, como si fuera un incienso, salvado, procedente de la molturación doméstica de los cereales. A estas emanaciones algunos atribuyen valor afrodisíaco, aunque no está demostrado que la combustión de la cáscara del grano tenga tan alta propiedad. Es posible que en el camino de la tradición se contaminara la inspiración de los vapores del salvado, que obra el aparato respiratorio, con el curso que habitualmente sigue la fibra en el tracto digestivo. Es más probable que mantuvieran aquel rito en la confianza de que así ejecutaban un procedimiento mágico que contribuía a precipitar el fin deseado.

En aquella actitud permanecían hasta que eran solicitadas por algún transeúnte, a quien entonces asistía el derecho a romper la cuerda, sirviéndose del vigor de su edad. Era costumbre que cuando alguna había conseguido que la eligieran, aun antes de acoplarse con quien la designaba, afeara a las que todavía debían permanecer a la espera que no hubieran sido halladas atractivas, y que por tanto su cuerda aún no hubiera sido cortada por algún poderoso varón.

Pero en Babilonia, en el siglo sexto anterior a la era, no solo se ejercía aquel rito en las encrucijadas y sus vías de acceso. El texto menciona también a las prostitutas de la terraza, una referencia que unánimemente la crítica ha interpretado del mismo modo. En las cubiertas de los templos, bajo las cuales recibían culto las imágenes, asimismo tenía su sede un grupo de mujeres que a esta actividad prefería consagrarse. Así pues, aparte las que se entregaran a las creencias relacionadas con el culto a la fecundidad una vez en su vida y por iniciativa propia, en los templos de la gran ciudad había mujeres consagradas a la santa prostitución de manera estable. Por esta razón se adquiere la autoridad para pensar que las primitivas creencias sobre la participación personal en los cultos a la fecundidad habían alcanzado algún grado de sensual regeneración a principios de aquel siglo. Averiguar de quién partió la iniciativa puede ser decisivo para deducir las premisas del comportamiento diferencial de los precios.

Según afirman las fuentes, con ellas corrompían su comportamiento los sacerdotes encargados de la custodia de las imágenes. De ahí que se haya elaborado cierta especie, sirviéndose de los mismos procedimientos razonables de los que se sirve la teoría de los precios. Los sacerdotes, por efecto de aquel trato, tal vez utilizaran el oro y la plata que administraban para incentivar a las prostitutas que mantenían en los respectivos templos. Según este modo de explicar los hechos, que colma el conocimiento del valor que en Babilonia concedían a las imágenes, es muy probable que lo hicieran guiados por el instinto de la inversión, pensando que de este modo atraían la participación de los varones, titulares preferentes de los patrimonios, en las actividades del templo, de tal modo que incrementaran las donaciones.

Los sacerdotes entregarían una parte no despreciable del oro y la plata, ingresados por donación, a las prostitutas sagradas, para de este modo propagar la obtención de nuevos ingresos. La espiral de la demanda incrementaría el número de las consagradas estables, y de este modo, cada vez más, el costo y el mantenimiento de las imágenes se irían socializando. Por tanto, los sacerdotes pudieron incrementar las ganancias de sus sedes sirviéndose de unos medios no del todo ilegítimos, cobertura moral que bastaría para avalar, en caso de que fuera necesario, su desviación al gasto privado.

Si los malos consejos en la administración, o las urgencias de los consumos de las familias levíticas, desviaron una parte de los cuantiosos frutos que aquella actividad atrajera, finalmente habría que reconocer que el precio de las imágenes sería variable en función de: las advocaciones, cada una de las cuales imantaría un número distinto de devotos, y por tanto de donaciones; la figura, complexión y número de las prostitutas sagradas de los templos, que desestabilizarían el factor anterior; y la diversidad de las fórmulas conyugales que a los sacerdotes comprometiera, así como el rango al que correspondiera el tamaño de sus respectivas descendencias. Teorizar con estos factores el valor de la devoción, una vez retornada al mundo material, permitiría aislar una parte no despreciable de los factores que consentirían la variación de los precios.



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