Orígenes de la República I.1

Gastón Barea

Para corresponder a su hallazgo, edificaría Hiram un santuario dedicado a Melqart, convencido de que las grandes ideas parecen eternas si las retiene la arquitectura, que en apetencias compite con la naturaleza, y que si se lo propone puede durar siglos.

El santuario sería edificado en el lugar donde, según una tradición inestable, ya se había manifestado el dios a su predecesor, el Viejo Rey. No se le habría hecho presente bajo la forma de manantial o cueva, ni elegiría un meteoro o un cataclismo para irrumpir. En aquella ocasión parece que fue una inspiración verbal, a través de la cual la divinidad ya habría revelado su origen genuino, la que a su receptor sorprendió, mientras descansaba sobre una prominencia al sureste de la isla, dedicado a la lectura, desde la que veía la ensenada que ahora los visitantes eligen para su esparcimiento porque creen que es la más hermosa de un litoral único.

A decir de una de las escasas fuentes que registran estos acontecimientos, que no obstante afirma haber recogido buen número de testimonios de sus predecesoras, el Viejo Rey, una vez que conociera al dios por infusión, antes de abandonar este mundo, creyendo que a la revelación convendría un edificio que la conmemorara, todavía hizo algunas previsiones. Para que en la elección de su emplazamiento, y en la posición relativa del edificio sagrado, quedara claro su origen semita dio indicaciones precisas. Dado que para erigir la ciudad, sus pobladores habían elegido el lado oeste de la isla prevista por el designio colonizador, entonces próxima a la costa, la misma que la leyenda aceptaría como una de las Piedras Ambrosianas, el lugar preciso donde se levantara el santuario debía ser una colina rocosa que estaba al este. A su lado pasaría el canal que la separaba del continente, cuya orientación correspondía aproximadamente al actual trazado de la calle que lleva el nombre de Mohammad El-Zayyat. Aquel extremo de la isla podía ser segregado. Carecía de habitantes porque hasta entonces había acogido enterramientos.

Designó además el sitio exacto donde debía levantarse el edificio, el campo que labraba un hombre de estirpe ugarita al que sus contemporáneos conocían con el nombre de Baesa, y todavía arrasó la casa en la que se cobijaba, desmontó las cepas de los cedros que en la parcela habían sobrevivido y niveló para meseta su cima. En opinión del Viejo Rey era el lugar adecuado para representar la ciudad, tal como un faro el santuario donde el dios residiría. El templo que se levantara indicaría a los navegantes de la urbe la ruta que debía conducir a buen puerto sus vidas, hasta entonces consumidas por el comercio.

Pero solo una parte de estas previsiones contribuyó a la obra que después se propuso Hiram. Para concordarla con su idea de la Monarquía, quiso, en primera lugar, al santuario sumar el palacio, y para edificar ambos eligió a Nekao, hijo de Nebal, egipcio de Pi Ramsés, y de la viuda Arbida. Había llegado hasta el Líbano en una de las caravanas que hacían la ruta por el litoral, a través del Sinaí y el Neguev. Para entonces, ya conocía Hiram la calidad del trabajo que ejecutaba para otros, y tan valioso le pareció que desde el principio contó con su confianza. Primero lo puso al frente de la leva de la casa de Barca, una vez que el rey hubiera decidido que con trabajo de levas, requerido a los linajes como un servicio debido, se levantara la obra. Después, le otorgó el puesto de mayor responsabilidad en el proyecto, previa garantía de que durante los trabajos no se oirían martillazos, ni en el solar sagrado ni en su edificio, ni sierras, ni ruido de instrumento de hierro alguno, porque desde la cantera las piedras hasta donde fuera levantado el santuario llegarían preparadas.

Para adecuar la colina al complejo, aun habiendo sido en parte preparada para aquel fin por un rey -si bien cuando ya era anciano-, Nekao tuvo que transformarla por completo. El resultado de este esfuerzo fue un gigantesco soporte para la fábrica que los textos llaman Zócalo. En algún lugar, los comentaristas de las fuentes, sirviéndose de las palabras más frecuentes, con abuso de la confianza que en todas el lector deposita, y queriendo ocultar el sentido recto que Zócalo sugiere, dicen que Hiram mandó erigirlo para cerrar la brecha abierta por la ciudad que su padre había proyectado. Expresándose así, querían significar que con aquel bloque quedaría colmado el abismo que Melqart había abierto entre los propósitos del Viejo Rey, el precursor de la obra, y la magnificencia que para ella ansiaba su hijo.

En realidad, el Zócalo fue un recurso ideado para crear el plano horizontal que sirviera de cimiento a la parte edificada del complejo. La forma de la colina, si se quería partir de una superficie nivelada, obligaba a desmontar de un lado mucha más tierra de la que el Viejo Rey ya había removido, y a Hiram no le pareció conveniente que una obra sagrada estuviera asentada solo sobre tierra removida. Era mejor que descansara sobre una masa de piedra compacta. Una mampostería tan ambiciosa solo podía contenerla un muro, de impresionante grosor, que bajara hasta la roca del valle. Tendrían que sostenerlo gruesos contrafuertes de insuperada potencia, elevados desde las más profundas gargantas hasta la cima del monte.

Concluido el muro, que alcanzó cierta altura por la parte occidental y escasa por el norte, pero tanta por sus lados oriental y meridional que parece poco verosímil, su arquitectura fue suficiente para contener toda la tierra y los bloques de piedra desmontados de un lado y acumulados en otro. Así se creó un terraplén, que se apoyaba sobre los restos de la colina rocosa, sobre el que el arquitecto podría levantar el santuario y la casa del rey.

Si antes que Hiram pisara la tierra en aquel lugar hubo un monte, la obra que por iniciativa de aquel hombre se hizo mejoró lo que cualquier otro ser, injustamente tenido por superior, allí hubiera levantado. Al desorden espontáneo sustituyó la regla de la arquitectura, y donde antes la mirada no se detuviera, ahora la ambición de un hombre enamorado de la divinidad habría conseguido colmar la vista. Si enorme era lo que había compuesto la obra ingente de la naturaleza, gigante fue lo que un hombre, por aproximarse a su dios, le sobrepuso.

Para emplazar el templo en la parcela fue elegido su lado norte. Allí unos anticuarios encontraron el rastro del edificio hace unos cuatrocientos años, y dejaron constancia que de él no se había conservado vestigio arquitectónico alguno. Por esta causa, la responsabilidad de conocer su características ha recaído íntegramente sobre las fuentes escritas, y como la lengua es por naturaleza ambigua, nada de lo que se refiere a esta iniciativa parece del todo resuelto. No obstante, solo queda exponerse al riesgo.

Así pues, del caos tradicional en el que con el tiempo el templo cayó solo las palabras lo pueden rescatar, para llevarlo por una vía más segura, hasta donde la imaginación pueda figurarlo. Eso es lo que nos proponemos, previo examen de los testimonios escritos que hemos podido coleccionar. Para evitar que una inadecuada elección de las palabras desvíe la atención de quien pueda aprovechar lo que la escritura inevitablemente inmortaliza, a lo largo del relato que sigue habrá que referir algunas medidas, forma del lenguaje cuya reiteración resulta enojosa, y por cuyo uso continuado es obligado pedir disculpas de antemano.

De las afirmaciones sobre la invención del santuario debidas al ingenio de los logógrafos, la primera que resulta particularmente oscura es la que hace referencia a su titular. Dice que en Tiro había un templo dedicado al dios Molok-Cronos, único testimonio que literalmente se expresa así. Es una simplificación no del todo desinteresada, a juzgar por lo que luego repetirían las escrituras sagradas. Depurada la transmisión de injerencias tan comprometidas, puede interpretarse como una referencia a que el templo desde su origen estuvo dedicado a Melqart, lo que por los demás era previsible.

Sobre cuándo fue tomada la iniciativa, algunos de los que siguen la cronología más alta creen que el origen de la decisión se remonta a la guerra de Troya, por lo que cualquier obra de las erigidas sobre el Zócalo tendría que ser anterior a la fundación de la ciudad, lo que carece de sentido. Tal vez por eso Herodoto, que quizás tuviera contacto con estas transferencias menos juiciosas, con más sensatez sostiene que el templo sería el origen de la ciudad. Actuaría así aconsejado por su sentido crítico, no porque dispusiera de informes positivos sobre el orden de los hechos.

El templo, para cuya ejecución Hiram se atuvo al dibujo primitivo, también inspirado, según los textos, a su progenitor por el propio Melqart, ocupó una superficie de algo menos de cien mil metros cuadrados. Su perímetro exterior dibujaba sobre el solar preparado un cuadrado de poco más de trescientos metros de longitud por cada lado, cada uno de ellos orientado hacia uno de los puntos cardinales.

Observada completa, podían distinguirse en la fábrica del santuario dos partes, los atrios y la más importante, la que legítimamente los autores llaman la casa del dios o templo mismo.

Ante la obra quedaba libre un espacio llano y con suficiente amplitud, como un patio que todo lo circunvalara, que lo abarcara todo a la vez, un lugar abierto, nombrado el gran patio por oposición al que a veces es llamado patio interior, o patio dentro del cual estaba alzado el templo.

Pero estas denominaciones inestables pueden llevar a error, más aún cuando tan semejantes son a las que el primer testimonio usa para presentar partes similares del palacio. Los atrios del santuario, al margen de lo que uniera todo el complejo, formaban dos series de recintos que pueden distinguirse con precisión, los atrios exteriores, que eran el de los paganos y el de los tirios, representación en aquel universo de la mansión terrestre en la que viven los hombres, y el atrio interior o de los sacerdotes, reservado para las celebraciones, cielo en cuyo centro brillaba el edificio principal.

La anchura de la lonja que rodeaba todo el complejo terminaba por su lado interior en un potente muro, tal como un pilono, que habrá que llamar exterior, levantado sobre el solar siguiendo el dibujo de un cuadrado. Cada uno de sus lados tenía una longitud de doscientos cuarenta metros. En todo el contorno exterior los muros fueron esculpidos con relieves de grifos, palmeras y capullos abiertos, asuntos que también fueron tallados en sus paredes por la parte de dentro. Envueltas por el muro, y apoyada en él la primera fila, había en sentido de la profundidad galerías cubiertas, formadas con columnas a distancias regulares. Delimitaban y sostenían cuatro pórticos, uno por cada lado del cuadrado, los llamados pórticos de los paganos, después denominados en conjunto pórtico de Hiram. Fueron elogiados por los materiales de su fábrica, su bella construcción, la suntuosidad que los distinguía y sus dimensiones.

El espacio inmediato a estos pórticos, entre la última fila de columnas y el otro muro -el muro interior- de nuevo quedaba al descubierto. El área así delimitada fue distinguida con el nombre de atrio de los paganos, el atrio periférico o más alejado del centro del santuario. El acceso a estos pórticos y a su atrio era libre. Estaban abiertos a quien aun no siendo tirio hacia el imponente edificio se sintiera atraído.

El muro interior, envuelto por el atrio de los paganos, marcaba el espacio reservado en exclusiva para los melqaritas, un área en la que a los extranjeros el acceso estaba prohibido bajo pena de muerte. Este muro menor también delimitaba un cuadrado, ahora circundante de una superficie de cuarenta mil metros, todo él elevado sobre una gran meseta. Para pasar a su interior era por tanto necesario subir unas gradas, acceso precedente a cada una de las tres puertas, que fueron abiertas al centro de tres de los lados del muro, el oriental, el sur y el norte, y luego cerradas con batientes revestidos de bronce. Un espacioso y profundo pasillo acogía tras cada una a los que podían transitar al otro lado.

Ante ellos, a partir de allí, se extendía todo el espacio de los tirios, ordenado por división de la superficie en nueve cuadrículas iguales, tres por cada lado. De todas las cuadrículas, siete componían en conjunto lo que hay que denominar el atrio de los tirios, que también ha sido llamado atrio exterior, atrio grande, atrio del pueblo, gran pórtico y gran basílica, aunque la última denominación procede ya de las versiones tardías del texto. Fue elegida con la intención de evocar al lector más reciente que los pórticos que envolvían y distinguían este atrio eran triples, como los que eran levantados en las basílicas de los romanos, según cierta literatura arquitectónica a su vez versionada.

El atrio de los tirios sobrepasaba a otro cualquiera en muchos aspectos. Su extraordinaria hermosura era consecuencia de que aquel orden de siete cuadrículas iguales había sido dotado de similar arquitectura, siete zonas regidas por la misma regla de elementos elegidos y de relación entre ellos, las mismas en que todo el atrio podría ser descompuesto sin que parte alguna desdijera del todo.

Cada una de las siete zonas fue delimitada con pórticos, uno por lado, lo que daría un total de veintiuno, porque todos los interiores servían a un tiempo a lados compartidos por dos zonas. No obstante, otros dos más fueron levantados, los que daban paso a la zona más reservada, la asentada sobre las dos cuadrículas restantes.

Cualquiera de aquellos veintitrés pórticos fue edificado con tres órdenes de piedras labradas, tres filas de piedras, unidas entre sí mediante entablamentos de cedro o filas de vigas de cedro. Con aquellas maderas que formaban la armadura que cubría cada pórtico también los soportes quedaban con más firmeza unidos entre sí y las columnas con el muro que envolvía el atrio, y toda la trabazón así aseguraba la estabilidad de la obra. Además, aquellas cubiertas, porque eran planas, permitían recorrer toda la red de los pórticos a su altura, y desde allí observar desde lo alto todo el templo.

A partir de aquí la construcción sería de ladrillo, y es probable que subiera más de una planta, aunque su número sería distinto y su altura variable según las necesidades. Pero su existencia por encima de los pórticos, incluso sobre los pórticos de los paganos, la certifica la alusión de la fuente a las escaleras hechas con madera de cedro que servían para comunicarlas.

Allí habrían sido habilitadas las cámaras para toda clase de trabajos de la casa del Señor de la ciudad; cámaras para los sacerdotes, cantores y otros oficiantes, así como dependencias para el consejo de ancianos, para la escuela de teología, para las prostitutas sagradas y otros oficios imprescindibles del templo. Y también tendrían como destino estos aposentos guardar cuantos utensilios necesitara el desempeño del culto divino, enseres que ocasionalmente debían encontrar dispuestos en el correcto lugar litúrgico los celebrantes, y a los que luego bastaba con que fueran conservados.

El resto de la superficie de cada una de las siete áreas -el que entre los pórticos quedaba- permaneció como zona descubierta o patio. Cada uno de ellos podía denominarse por su posición relativa a la rosa de los vientos. El situado en el ángulo suroccidental podía llamarse el que mira al ábrego; el inmediato en dirección este, que ocupaba el centro del lado sur, el que da al austro; el del ángulo entre el sur y el este, patio orientado al euro; el que estaba al centro del lado este, el patio que mira al levante; el inmediato en dirección norte, mitad del lado septentrional y mitad del este, patio del aquilón; el del centro del lado norte, patio del septentrión; y el del ángulo noroeste, patio que afronta al cauro.

Tres pórticos quedaban interrumpidos por los pasillos de entrada desde el atrio de los paganos, y otros tres más hacia el interior, los correspondientes en paralelo a los tres inmediatos al muro, también lo estaban por razones semejantes. Así quedaban organizadas tres vías de entrada, que franqueaban el paso al área más reservada, cada una de ellas abierta sobre el mismo eje que sus correspondientes más alejadas, las que daban entrada desde el exterior del santuario. A la entrada del oriente correspondía otra al oriente, a la del sur otra al sur y a la norte la suya.

Dos de las cuadrículas, de las nueve iguales e imaginarias en que fue dividido el espacio de los tirios, estaban ordenadas de otro modo con el fin de acoger la parte más destacada de toda la obra. La superficie que entre las dos sumaban fue aún más elevada que todo lo demás, y el pórtico que tendría que haberlas separado no fue construido, para que la vista del edificio principal allí levantado no quedara interrumpida por obstáculo alguno. El espacio más alto estaba partido, en el sentido de su longitud, en dos zonas, una menor, cuadrangular, de superficie idéntica a la de cada patio adyacente, y la mayor, de la misma anchura pero más larga, porque añadía a una superficie como la otra la que hubiera ocupado el pórtico intermedio que se había dejado de construir. La primera parcela estaba sobre el lado este del área ahora descrita y la más grande sobre el oeste.

Solo una cerca separaba ambos dominios. Aunque la marca construida era la menos visible por su masa, era la más llamativa por la posición de sus vanos. Ninguna de las dos pequeñas aberturas que en ella habían sido habilitadas, para que de una a otra zona fuera posible el paso, estaba situada en el centro de la cerca, alineada sobre el eje que los vanos de aquel lado oriental regían. Semejante eje era solo un lugar geométrico invisible que ordenaba la simetría de los dos vanos, pero ninguno había en aquel lugar central afrontado a la puerta principal del templo. Así se hizo por razones de respeto y reverencia, para que quienes al atrio salieran desde el edificio insigne no dieran la espalda a la puerta del lugar sagrado, que indicaba la posición, al fondo, del sitio más santo.

La zona cuadrangular estaba descubierta. Era el último de los atrios o patios, el interior según los Crónicas, de los sacerdotes, según la precisión de las Memorias. Estaba en medio del santuario, ante el templo mismo, y su denominación más restringida viene de que allí encontraba su espacio casi toda la función sacerdotal. De ahí derivaba que solo estuviera abierto a quienes la desempeñaban, bien a título pleno bien a sus ministros, y que al contrario su acceso estuviera prohibido al resto del pueblo, los monarcas incluidos. En el atrio de los sacerdotes eran celebrados los sacramentos del sacrificio en todas sus versiones.

Centrado en la otra parcela, la rectangular, la última que de todo este espacio queda por describir, estaba el templo sagrado, la obra concentrada de un lugar santo. A él se podía llegar desde el palacio por un acceso que sin embargo es desconocido, incluso para Newton, y sobre el que no resulta fácil conjeturar. Por la forma del edificio, que era de planta alargada o rectangular y por sus cuatro costados libre o exento, nada serio puede deducirse sobre una posible vía de acceso, fuera a ras de suelo o volada porque usara las plantas más elevadas de los pórticos. Al contrario, parece que la posibilidad queda del todo excluida, salvo que la entrada reservada desde el lugar donde el monarca vivía fuera subterránea; extremo no improbable, habida cuenta de que entre los cimientos habían encerrado volumen bastante para habilitar mundos inferiores.

Las descripciones conservadas distinguen en el edificio del templo tres piezas, partes o recintos principales, sucesivos en el sentido de la profundidad. Para explicarlos al lector contemporáneo, resulta adecuado llamarlos nártex, nave y cella respectivamente. De todos, sus medidas, su arquitectura y el revestimiento de sus muros son conocidos.

El nártex que estaba delante de la nave hacía de vestíbulo o tránsito desde los sucesivos atrios abiertos a la parte del todo cubierta del santuario. Tenía ocho metros de longitud en el sentido del ancho del edificio del que formaba parte, y de profundidad en el sentido del largo cuatro y medio, o algo menos, aunque no faltan textos que dicen que solo tenía cuatro. A él se entraba por una puerta única, única entrada al templo, afrontada al este; de modo que la cabecera, justo el lado opuesto del edificio, estaba orientada a occidente. Hiram decidió que todo aquel pórtico fue recubierto por dentro con láminas de oro puro.

Unas cámaras anexas a uno y otro lado, respetando el orden simétrico de los sitios edificados, con toda probabilidad servían para guardar los vasos y los utensilios de más valor. Estas serían las cámaras que el Cronicón llama despensas, no porque en ellas fueran guardados alimentos o bebidas, sino porque entre sus destinos pudo estar el de alacena de las vestiduras sagradas, y al construirlas fueron trabadas las mismas formas con las que aquellos magistrales ejecutores de la divina voluntad hicieron las más comunes despensas del trigo, del vino o del aceite, de las que luego será preciso fijar un texto que deje constancia de que existieron.

La fachada del nártex era la más importante de todas las del santuario. Su altura al exterior era la mayor, cuarenta y ocho metros. Estaba levantada con un triple orden, cada uno de ellos tetrástilo. Cada orden correspondía a una planta. La primera acogía el vestíbulo y cámaras ya descritos, la segunda estaba reservada a los cenáculos y la tercera solo era torre. Las plantas de estas dos eran en todo semejantes a la del piso inferior.

Nave y cella formaban un cuerpo diferenciado de veinticuatro metros de longitud, ocho de anchura y diez de alto, según la versión griega, o doce, según la fenicia. Pero la nave sola, aunque de ancho fuera igual a la cella, tenía dieciséis metros de longitud, el doble que la cella, y así entre los dos sumaban los veinticuatro. La altura más probable de la nave tal vez fuera diez metros. En torno al cuerpo único que las dos dependencias formaban, adosada al muro común que las encerraba, fue además construida una galería de habitaciones que lo envolvía por completo.

La nave delante de la cella estuvo destinada a gran sala de culto. Al interior estaba adornado con pilastras y fue revestida de madera de ciprés, recubierta con láminas de oro fino, tras haber tallado sobre ella palmas y cadenillas. Los montantes de la puerta de la nave, y tal vez el cabecero, eran de madera de acebuche y ocupaban la cuarta parte del vano. Sobre los montantes fueron instalados dos batientes de madera de abeto, cada uno a base de dos planchas giratorias, sobre los que los hábiles artífices habían esculpido grifos, palmeras y capullos abiertos, y luego embutido oro sobre la decoración. La puerta de la nave era en todo semejante a la que guardaba la entrada a la cella.

En esta sala de culto alzaron un altar de cedro, el conocido como altar del incienso. Estuvo colocado justo delante de la entrada a la cella, haciendo coincidir el eje de ambos, altar y entrada. Era el segundo altar del santuario, porque dos eran también los altares de los santuarios itinerantes, el del holocausto y el de los perfumes. Así se garantizó que los dos altares sobrevivieran en el templo.

En la nave también estaban las mesas y los candelabros. Entre las mesas, los textos citan la de los panes de oblación o panes de la presencia. Los candelabros eran diez, y debían arder en la nave, según el rito, delante de la cella, cinco a la derecha de su entrada y otros cinco a su izquierda.

Ha sido motivo de controversia dónde fueron colocadas dos estelas o columnas fundidas en bronce para adorno del santuario. Las fuentes no son a este propósito definitivas. Serían dos labores independientes y exentas, que equivaldrían a las estelas de los santuarios cananeos o a las que tuviera el templo de Jerusalén o el Idalion chipriota, documentadas por medios escritos o arqueológicos. Algunas referencias al lugar donde estaban son muy imprecisas. Se contentan con declarar que las dos columnas se hallaban en el pórtico del santuario, sin que sea dado precisar en cual porque los pórticos fueron muchos. Quizás pudo ser que en aquella indicación se hubiera deslizado la palabra pórtico en lugar de atrio, más exacta, no por error sino con evidente falta de propiedad. Cada atrio, en sentido general, estaba compuesto con dos piezas, los pórticos que lo rodeaban y el patio, zona descubierta o atrio en sentido particular. De ser así, sería fácil interpretar que quien de esta manera escribió pudo pretender una indicación del atrio en el que con más facilidad podría pensarse solo hablando en singular, el atrio de los sacerdotes. Coincidiría entonces con aquellas otras referencias que se limitan a decir, también con una económica administración de las palabras, que nunca son un gasto inútil, que las dos columnas fueron alzadas ante el atrio. Sin que deje de parecer innecesario demorarse en escrúpulos, valdrá especular con que esta mención puede también tomarse por una reducida del atrio de los sacerdotes.

Pero los que así hablan añaden una pista valiosa para iluminar la exégesis, aunque de nuevo su forma de explicar cree la duda. Dicen que las columnas estaban una a un lado de la entrada y la otra al otro. Tal precisión podría tomarse por un deseo, no bien satisfecho, porque no es ejecutado con fortuna, de evocar la entrada al nártex. No puede quien de este modo escribió referir la entrada al atrio de los sacerdotes, porque a él se llegaba por tres vías distintas. Debió redactar de manera que la entrada referida no fuera nunca tomada por entrada al atrio, sino por entrada desde el atrio; si bien con más facilidad pudo decir que hablaba de la entrada al templo en sentido propio.

No le habría faltado justificación para hablar con palabras sencillas. Son bastantes los que declaran sin dudas que aquellas dos famosas columnas fueron erigidas jalonando la entrada al nártex de la nave, ante la fachada del vestíbulo, como los obeliscos egipcios eran levantados ante el pilono. Las refieren llanamente diciendo que había dos pilares libres o entregados flanqueando la entrada al templo.

Pero aún hay quien va más allá, aunque quizás sin intención de llegar tan lejos, y dice que las columnas fueron erigidas delante de la nave, una a la derecha y otra a la izquierda. La interpretación recta de esta topografía debe deducir, por consecuencia de la escueta expresión, que también hay quien cree que las dos columnas estarían dentro del nártex mismo, ante la puerta de la nave.

Y todavía algunos complican el rescate de aquella fábrica con otras indicaciones, tal vez insuficientes, tal vez sinceras opiniones separadas, que sin embargo invitan a localizar las columnas en algún lugar próximo a la nave. Unos dicen sencillamente que delante de la sala fueron levantadas las dos columnas, mientras que otros que a los dos lados de la entrada al espacio sagrado estaban las dos estelas. Así como la primera forma lleva a pensar en el espacio inmediato a la entrada a la nave, la segunda admitiría, al tiempo que esta misma interpretación, otra aún más restringida: que de este modo es mencionada la entrada a la cella. Esta, expuesta de manera sencilla, es por fin la posibilidad más admitida, porque está apoyada en el texto primordial, que las dos columnas estuvieron a cada lado de la entrada a la cella.

Si no resuelve el problema de manera definitiva, el testimonio métrico, mucho más estable, al menos puede contribuir a formar una opinión más sólida. Cada columna, dicen las fuentes, tenía una altura de dieciocho codos, un hilo de doce medía su circunferencia y sobre cada una había un capitel, que en cada caso tenía por única longitud de la vertical cinco codos.

Otro testimonio afirma que las columnas eran de treinta y cinco codos de alto. Debe tratarse de un error, a consecuencia de una lectura precipitada, que después ha llegado hasta el copista como lección deficiente. Dieciocho más doce son treinta, y cinco, treintaicinco. Porque ya leía con la idea del canon clásico, el que copiaba se vio en la obligación de sumar a la altura del fuste la del capitel, y por precipitación sumó también el perímetro de aquel.

Tal deducción, a la vez que puede tomarse por la prueba de aquel error, se convierte en aval indirecto de la certeza del primer testimonio. La lección correcta sería dieciocho más cinco, veintitrés codos, si lo que se desea es saber la altura total de la pieza. Veintitrés codos equivalen a poco más de nueve metros. No es concluyente el dato, pero es una dimensión que parece más proporcionada a los espacios cerrados que a los abiertos, lo que concentraría las posibilidades de localización en las entradas a la nave y a la cella.

La cella, cámara del fondo o templo en sentido propio, era la parte excelente del edificio. Ha sido además llamada de muchas maneras, santuario en sentido propio, oráculo, sala o casa del propiciatorio, sala del santo de los santos o simplemente santo de los santos; y, con la claridad a que el lugar invita, también fue llamado el lugar más sagrado. Fue construido en la zona más reservada del edificio para depositar en medio el testimonio de la epifanía de Melqart, protegido por dos grifos. Tenía sus tres dimensiones idénticas. Su longitud, correspondiente al ancho de la casa, era de ocho metros, y su anchura de otros ocho. También su altura era la misma cantidad de las mismas unidades, lo que significa que entre la altura de la nave y la de la cella había dos metros de diferencia en favor de aquella. De ahí habrá que deducir que el pavimento de la cella debió estar más alto que la nave un par de metros, y aún más alto que el vestíbulo. El suelo de la cella debía ser el más elevado de todos para que formara como un estrado para el testimonio.

El interior de este lugar más santo fue revestido de planchas de cedro desde el suelo hasta las vigas, y luego la madera fue recubierta con oro fino o puro, oro de Parvayim. Absolutamente todo fue así enriquecido, las vigas, los umbrales, sus paredes y sus puertas; hasta el piso fue pavimentado con oro, al interior y al exterior [?]. Tal cantidad de metal fue necesaria emplear con este fin que alcanzó hasta los seiscientos talentos de peso, incluidos los cincuenta siclos que fueron consumidos en la fundición de los clavos.

Pero no terminó ahí el rico adorno que debía engrandecer el lugar más santo. Para darle más brillo, sobre el oro fueron incrustadas piedras preciosas.

Hay quien dice que para separar nave y cella solo había una mampara. Pero, además de que esta posibilidad no concordaría con todo lo que sobre este lugar hasta aquí por lo escrito ha sido posible rescatar, puede presentarse un testimonio distinto más rico en detalles, minuciosidad de los datos que le da una apariencia que lo hace más aceptable. Explican que en el lugar correspondiente al velo que había en los santuarios itinerantes, de estirpe egipcia, en el templo fueron instaladas unas puertas de madera, las que comunicaban el santo de los santos con la nave. Su dintel y sus jambas ocupaban la quinta parte del vano, sus dos batientes fueron hechos de madera de acebuche, sobre estos fueron esculpidos grifos, palmas y capullos abiertos, y los grifos y las palmeras fueron por último revestidos con láminas de oro.

Recorridos ambos cielos, el atrio interior y el santo, parece que se entrara en el tercer cielo al llegar al santo de los santos, cuya penumbra durante el día recordaba el crepúsculo durante el que se manifestó el dios al Viejo Rey, según este dejó relatado. Pero allí se asentaba el mismo Melqart sobre los grifos, y la luz lo representaba. La cella recibía luz del exterior a través de unas ventanas situadas sobre el muro del fondo. De esta manera, los rayos del sol entraban sin ser interrumpidos, sin que mediara objeto de reflexión, desde occidente, a la hora del atardecer, al ocaso, cuando el día estaba para morir. Entonces la luz se posaba sobre el testimonio.

Fueron tallados para la cella dos grifos sobre madera de acebuche, o de olivo simplemente, por último cubierta de oro. Cada grifo, figurado pasante, de diez codos de altura, fue colocado en aquel recinto con su cara vuelta hacia la sala. Como los toros asirios, tenían sus alas, de cinco codos de longitud cada una, desplegadas sobre el testimonio, como si lo protegieran. Desde la punta de un ala hasta la punta de la otra del mismo grifo había diez codos de distancia, de modo que la abarcada por las cuatro alas extendidas era de veinte. El ala de un grifo tocaba una pared lateral de la sala y la opuesta del segundo la pared opuesta, mientras que las dos interiores se tocaban entre sí en el centro del espacio sagrado.

El testimonio conservado en la cella era el que insistentemente es llamado en los textos primordiales testimonio de la epifanía. Con este nombre lo distinguían porque representaba la elección hecha por el dios a favor de la ciudad. Estaba contenido en una caja de madera de acacia, chapada en oro y con anillas para que los sacerdotes pudieran transportarla. Ocupó el lugar preferente del templo, tras un acto solemne.

Los cenáculos estaban construidos sobre el edificio principal del templo, en una segunda planta. La superficie que ocupaban era equivalente a la de todo el cuerpo unitario en el que estaban fundidos nártex, nave y cella en la planta baja. Debían estar separados en al menos cinco partes, para coincidir con la organización de la fábrica que tenían debajo, ya separada en vestíbulo con dos dependencias a su lado, sala de culto y santísimo. Todas estas partes pueden ser consideradas genéricamente cenáculo, aunque aquella división debió responder a diversos usos. Pero en realidad se ignoran la finalidad, los nombres y otros datos de cada una de las posibles dependencias segregadas. Como la cella, todo el cenáculo fue recubierto de oro.

Recíprocamente, aprovechando el espacio liberado por el cimiento de los muros, fue habilitado bajo el santuario un edificio interior, donde fueron localizadas ciertas dependencias subterráneas, según ratifican diversos testimonios escritos. En aquellas estancias hubo espaciosos habitáculos, abiertos por vaciado de la masa de tierra y piedra que la mole construida descargaba. Quedaron situados bajo los pórticos del atrio de los tirios y del atrio de los sacerdotes, y también, respetando la anchura que exigían los cimientos, debajo del templo mismo. Para todos, el acceso único era una entrada abierta en el ala derecha del edificio.

La obra hecha entre los cimientos quedó para almacenes o tesoros, y como despensas y alacenas para uso de las cocinas. Eran muchos y grandes aquellos almacenes y tenían capacidad en primer lugar para guardar el vino, el aceite y el trigo procedentes de los diezmos y primicias que por todos los súbditos eran pagados. Las impresionantes cantidades que por ellos eran recogidas en el templo pueden deducirse de que servían para alimentar a los sacerdotes, que eran treinta y ocho mil con sus respectivas familias. En aquellas dependencias subterráneas también era almacenado la madera y todo lo necesario para el culto.

Por dentro no era posible ver la piedra. Los paramentos fueron revestidos con planchas de madera de cedro, desde el suelo hasta las vigas del techo. Paredes y puertas fueron talladas con grifos, palmeras, capullos abiertos, calabazas y otros adornos florales. Las habitaciones fueron cubiertas con artesonados de cedro y los suelos fueron pavimentados con planchas de ciprés.

Visto todo el santuario desde el lado oriental, el que permitía admirar las construcciones más elevadas y de mayor dignidad y majestad, aparecían en primer término la valla exterior, de dos metros y medio de altura. Por detrás, el muro exterior y la planta alta del pórtico de los gentiles, y en lo más alto los pórticos de los tirios, que sobresalían soberbios por encima de cuanto los rodeaba. Era el cuerpo más extenso, ordenado como galería de tres alturas, del que destacaba sobre todo la serie de ventanas con celosías que adornaban sus muros. Pero todavía más alta aparecía la portada del templo, fachada del vestíbulo o nártex, que había quedado levantada con un triple orden de columnas.



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