Orígenes de la República III
Publicado: mayo 3, 2013 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |Deja un comentarioGastón Barea
Poco antes del año 820 previo a la era ocupaba el trono de Tiro el rey Matan I. El poder que por consenso de sus súbditos había adquirido le había permitido erigirse también en señor de la vecina Sidón, algunas millas al norte de Tiro, en la misma costa, así como en dueño de las riquezas de una isla que igualmente había quedado sujeta a su dominio, Chipre, en una posición mucho más septentrional, al oeste del golfo de Alejandreta.
Siendo grandes sus poderes, la sensatez a Matan le recomendaba dar más valor a la vida que de sus allegados recibía. Colmaban su existencia dos hijos, Elisha o Alashiya, cuyo nombre, adaptado al código castellano, ha dado Elisa, la mayor de sus descendientes, y Pumayyaton, que en la misma lengua es conocido como Pigmalión. Con sus nombres celebraban los hijos de Matan el poder que el monarca había ganado sobre aquella isla, puesto que Elisa derivaría del antiguo de Chipre, Alashiya, y el de su hermano habría denominado a un dios de aquel lugar.
Aunque en su vida privada se regocijara con esta felicidad, a la que no deseaba poner nombre para evitar contaminarla, no era completa la dicha de Matan. Tenía que compartir su poder con Acherbas o Zakarbaal, nombre transformado en Asdrúbal, personaje rico y poderoso, dueño de extensísimas tierras en Fenicia. Probablemente por esta causa acumulaba además la autoridad religiosa de Tiro, el sumo sacerdocio de Melqart, nombre de un dios que vertido a la lengua corriente equivale a la expresión señor o rey de la ciudad.
A la suprema responsabilidad sacerdotal la constitución de la ciudad reservaba un lugar inmediato al del rey, en el orden de las autoridades, y a su dueño además le otorgaba el primer lugar del rango social, jerarquía de la que solo estaba exceptuado el monarca. Pero más todavía lo equiparaba al soberano que aquel hombre, miembro de la familia real, al mismo tiempo fuera tío de sus dos descendientes, Elisa y su hermano Pigmalión.
Sobraban razones para que Asdrúbal y Matan fueran rivales. Los acontecimientos que decidieron el futuro de ambos, así como de las instituciones que representaban, transcurridos ya casi tres mil años, han llegado hasta el presente por conductos diversos, unos literales y otros alegóricos, todos tan interesados por la verdad como fragmentarios. Con las piezas que cada uno suministra es posible ensayar la composición de la secuencia narrativa más ajustada al rescate de los hechos útiles al fin principal de este texto, que debe interesarse por el origen de la constitución de los estados.
Fue el dominio sobre Sidón, así como la posibilidad de extenderlo hasta Chipre, que obligaba a organizar empresas coloniales, el motivo próximo del enfrentamiento declarado entre los dos rivales, aunque nada hacía prever que hasta el origen del poder pudiera alcanzar la crisis. Dos opciones políticas pugnaban por garantizar los medios que permitieran el control simultáneo de la metrópoli y los territorios separados de ella por el mar a los que ya era posible aspirar. A una le parecía que el mejor modo de asegurarlo era mantener el orden estatal inalterado, porque inalterada permanecería la sumisión de los que se habían mostrado débiles ante la fuerza que había llegado de lejos. Otra pretendía la renovación de los principios del poder, porque eran más las tierras descubiertas y distintas las personas que las habitaban. A la cabeza de la primera estaba quien tenía a un tiempo la mayor autoridad religiosa y un extenso patrimonio, y la segunda quedó personificada por el rey legítimo.
Aun contando a su favor con su posición preeminente, acertó a eludir por el momento la pugna Matan aprovechando una feliz iniciativa de Asdrúbal. Había decidido formalizar ante el rey la solicitud en matrimonio de Elisa, su sobrina. Con satisfacción el monarca decidió entregarla, haciendo ponderación de que era virgen intacta, dulce deber que hacía únicas las primeras nupcias. No formaba parte del plan institucional que Asdrúbal fuera el esposo feliz de Elisa, ni que Elisa lo amara. Mas habiendo discurrido de este modo el azar de los deseos, la crisis pareció mejor resuelta y más improbable el enfrentamiento entre rivales.
Porque creyó Matan llegado el momento para descargarse del peso con el que lo abrumaban las instituciones, satisfecho por haber cumplido a un tiempo sus deberes paternos y políticos, para completar la bendición que las nupcias habían resultado tuvo el propósito de transferir el trono a sus dos descendientes. Vivía convencido que ninguno se sentiría relegado por el padre compartiéndolo ambos, y que cada uno, convertido en líder, podría encauzar los respectivos proyectos de las facciones organizadas. Porque el poder quedaría repartido, para tomar cualquier decisión sería necesario alcanzar el acuerdo entre ellas.
Fue suficiente para que se reactivara la crisis entre quienes pugnaban por imponer su respectiva solución constitucional. Los que en las instituciones decidían se opusieron a tal salida y optaron por Pigmalión como sucesor único. Con tal arte actuaron, presionando a favor de la opción encarnada por el hombre, que hacia el año 820 el rey Matan I, incapacitado ya para retroceder en su proyecto de abandonar el poder, cedía el trono de Tiro a su hijo varón, entonces apenas un muchacho de once años.
A partir de entonces en Tiro quedaran enfrentados el joven monarca, apoyado por la parte reformista de sus súbditos, y un grupo de la aristocracia hasta entonces no interesado en el comercio colonial, a cuya cabeza se colocaría Asdrúbal, por su matrimonio partícipe en los derechos sucesorios, por su condición sacerdotal dueño de los poderes más sagrados.
Pasaron siete años, durante los cuales Pigmalión también creció en aversión a su oponente. Había concebido contra su adversario tal odio que la codicia bastó para que la rivalidad política degenerara a conspiración. Para colmar sus deseos de dominio, y al mismo tiempo arrebatarle sus riquezas, decidió acabar con Asdrúbal y encargó su asesinato a un sicario.
Estaba el sumo sacerdote oficiando solo ante el altar que le valía su poder mientras que tras él permanecía oculto el emisario fatal. Sin que la solemnidad del acto o la condición del lugar fueran bastantes para detenerlo, decide actuar y consuma el homicidio, doblemente sacrílego. Luego, levanta el cuerpo exánime, que había caído sobre el ara y, completando las instrucciones recibidas, lo entierra en un lugar inhóspito, con el deseo de ocultar cualquier rastro de la afrenta.
Aunque durante su transcurso permaneciera sentado en su trono, todo el peso del crimen había recaído sobre Pigmalión, cuyas circunstancias su ignominia arrastraban hasta límites infrecuentes. No solo había acabado con un hombre significado y había destrozado su bienestar y el de los suyos. Se trataba además de su tío, que por vía de matrimonio se había convertido también en su hermano civil. Pero aún más multiplicaba su infamia que el asesinato lo hubiera consumado sin dejar de ser rey de Tiro y con el único propósito de perpetuarse en aquel estado.
Para mantener oculto el crimen, con sus propias manos se deshizo Pigmalión del instrumento de su odio, único depositario del secreto. Aliado al silencio, llevó al extremo su maldad. Con frecuencia acudía al hogar desolado para consolar a su hermana y hacerle concebir esperanzas sobre el retorno del esposo desaparecido.
Pero una noche Elisa, mientras dormía, recuperó la imagen de Asdrúbal. Estaba demacrado y en su pecho una herida permanecía abierta. Por sus venas ya no corría la sangre y sus ropas estaban desgarradas. Le relató los hechos de los que había sido víctima y le permitió ver los rastros que su muerte había dejado en el lugar ultrajado. Su sangre, derramada sobre el altar, se había confundido con la vertida por las víctimas propiciatorias que a diario ofrecía.
Le advierte además que debe huir de inmediato y dejar su mundo, porque ella también corre peligro, y le da señas de tesoros sepultados bajo tierra, cuya existencia ha sido ignorada durante mucho tiempo. Le adelanta que es una cantidad enorme de oro y plata, de la que puede servirse para el viaje que la ponga a salvo, hasta un lugar lejos de la muerte. Días después, el hallazgo de las riquezas ocultas, prefiguradas por la infusión onírica, verifica y da alas al conocimiento adquirido por el sueño.
Decide Elisa huir de su hermano y recluta socios para la empresa. Se le juntan quienes ya han dejado que su adversidad degenere a temor o alcance el grado de desprecio a Pigmalión. Sobresalen, en el grupo de los que ya saben que el sumo sacerdote ha muerto, y aun así le son fieles, una parte de los que se apellidan príncipes a consecuencia de la responsabilidad que en la jerarquía del poder la constitución de Tiro les reconocía. Al tomar una decisión a favor de aquel proyecto, dada su condición, son conscientes de que se convierten en exiliados.
Resignados a reconocerse perdedores de la contienda política, más aún que de sus derechos civiles, sabedores de que viajaban para apartarse de Tiro, porque sin embargo no la detestaban proyectaron crear una colonia inmaculada, clase de población que al preservar las relaciones con la metrópoli no les obligaba a renunciar a derecho alguno y podía satisfacer todas sus aspiraciones: el negocio comercial, las económicas; la supervivencia de los vínculos entre la patria y la nueva población, las políticas.
Bajo estas convicciones, antes de partir rindieron homenaje a Melqart, ya divinidad protectora de las aventuras marítimas. Una parte de los relatos afirma que a continuación Astarté, la diosa que entre los fenicios simbolizaba la fecundidad, les proporcionó un augurio. En el lugar que eligieran para establecerse debían encontrar una cabeza de caballo, que sería el signo inequívoco de que por siglos la ciudad que levantaran quedaría invicta en la guerra y en la paz permanecería fecunda.
Se adueñan de naves que estaban en el puerto, las llenan con el oro y la plata rescatados y, acogidos a la noche, salen de Tiro huyendo en secreto. Comandaba la flota tiria en la que Elisa huía Bitias, uno de los príncipes de la ciudad, y con ellos iba también, entre otros, Barcas, igualmente de la clase aristocrática. Una importante cantidad de riquezas y hombres escapaban a la tiranía de Pigmalión, con Elisa se iban por el mar caudales que el avaro rey ansiaba. El caudillo de aquella hazaña una mujer estaba siendo, su propia hermana, poniéndose a la cabeza de un grupo de fieles al esposo muerto. Transcurría el año 814, séptimo del reinado de Pigmalión, treinta y ocho antes de la primera olimpiada.
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La primera escala de la expedición fue Chipre, aunque no con la intención de poblar en aquel territorio, demasiado próximo a Tiro. Los fugitivos anclaron allí en busca de alianzas. Demandaron primero el apoyo del templo que tenía dedicado en Kition la diosa Astarté, al que debían creer, con fundamento en la legitimidad, obligado a prestarles su concurso para cumplir el proyecto de fundar la colonia que habían proyectado. No defraudó las esperanzas de los prófugos. Se unió a los aristócratas que huían quien ostentaba en aquel templo la responsabilidad del sumo sacerdocio. Consintió arriesgarse a la aventura a cambio de que allí donde se establecieran, cumplida la travesía, el oficio sacerdotal quedara limitado a su familia, para la que permanecería hereditario. Además, impuso que en aquel lugar regiría la prostitución sagrada, rito consecuente con una parte de las creencias sobre la fecundidad que se habían naturalizado en Levante. Con ambos dictados pretendía garantizar que el poder de la religión que compartían continuara en el sitio que eligieran para quedarse.
Los compromisos contraídos con los exiliados, que por necesitar apoyo no tuvieron otra posibilidad que resignarse a las contraofertas sacerdotales, anudaron la alianza de la isla con ellos y equivalieron a un acuerdo que a los chipriotas permitía participar en las instituciones que en la colonia proyectada fueran creadas. La población promotora de la nueva ciudad tendría una doble procedencia, un grupo aristocrático de Tiro, que además representaba una opción política distinta a la reinante, y otro originario de la isla de Chipre, asimismo con raíces teocráticas. Así lo acordaron y así la primera ciudad de la isla, por medio de su autoridad religiosa, también tomó distancias de Tiro y debilitó la posición del fatal rey metropolitano. Antes de zarpar, todavía reclutaron en la isla las ochenta niñas que habrían de entregarse a la prostitución venerable.
Salida de Chipre, tras dura travesía la expedición paró en el lugar del norte de África donde está el golfo de Túnez, similar al bucle que en los abridores que también descorchan, no así en los que reducen a la palanca más elemental su trabajo, permite que salte la chapa de la botella que contiene la cerveza, no néctar de dioses mas apta para héroes. En donde atracaron fueron acogidos los viajeros con saludos y regalos por los de Utica, una colonia creada por la misma Tiro años antes en aquella costa. Pero tras ellos estaba la región de Libia, menos hospitalaria, poblada por los muxitanos, aguerridos combatientes que se mostraban intratables en cualquier contienda. Su rey era Hiarbas, quien no obstante decidió dar libre entrada en su territorio a los que llegaban, causa de que los navegantes también fueran bien recibidos por los naturales que vivían próximos al litoral. En aquella circunstancia a Elisa la llamaron Deido o Dido, que quiere decir La Errante.
Una familia de los relatos explica que fue entonces cuando los exiliados encontraron la cabeza de caballo que Astarté les había pronosticado, y que por eso decidieron comprar en aquel sitio un solar. Otra cree que este paso es un injerto tardío derivado de las posteriores monedas cartaginesas, una de cuyas figuras fue la cabeza de un caballo, y no un remoto y poco probable augurio. Pero todos coinciden en que Elisa y los suyos, en aquel momento, viéndose vagar sin rumbo por aquellas tierras, ajustándose a las leyes de Hiarbas, para erigir sus hogares le compraron suelo inmediato a la playa, sin más recursos que los que pudiera proporcionarles la ventura en las aguas del litoral.
Tal vez fuera Hiarbas, a pesar de su predisposición favorable hacia ellos, quien impusiera un límite a los inmigrantes: para establecerse solo podrían adquirir el terreno que cubrieren con una piel de buey. Pero también es posible que los recién llegados, sintiéndose en realidad repelidos por el derecho que los africanos les habían reconocido, se limitaran a acordar con ellos la compra de un trozo de terreno tan grande como pudiera contener una piel de toro, razón por la cual se proveerían de una.
Fuera por una o por otra causa, los nativos se rieron ante la insignificancia bien de la concesión bien de la demanda, y creyeron una vergüenza negar cualquier posibilidad a una composición tan ridícula. La consintieron y a ella se comprometieron mediante juramento, urgidos por conocer cuál sería el plan concebido para crear la nueva población. No podían imaginar cómo una ciudad podía construirse en una porción de terreno tan exigua.
Elisa, como respuesta, cortó en tiras finísimas la piel del animal y con ellas delimitado un amplio perímetro, suficiente para erigir una ciudad, al tiempo que para respetar el acuerdo de adquirir a los nativos tanto terreno como abarcarse pudiera con la reiterada piel. El campo acotado para ciudad decidieron llamarlo Byrsa, según todas las versiones de la leyenda, porque era el espacio que la piel de un buey había podido circundar.
Se ha demostrado que toda esta parte de la historia en realidad está sostenida por una etimología popular, ideada desde la lengua griega. Byrsa, que efectivamente significa cuero o piel de buey en aquella lengua, es el nombre con que fue conocido en griego el lugar más fuerte de la ciudad que se creara. Es probable que los griegos eligieran la palabra byrsa para denominar aquella colina por semejanza de sonidos con determinada voz semítica. Brt, cuyo significado los autores de los relatos antiguos ignoraron, en la lengua de los fenicios significó ciudadela fortificada o fortaleza, lo que en latín se entiende por oppidum o arx. Brt se habría asimilado a la palabra griega byrsa y tal convergencia fonética habría dado origen después a la leyenda de la piel cortada en tiras.
La amplificación griega sería un buen ejemplo de cómo, en tantas ocasiones, procede la literatura de los mitos, que explica las causas por las palabras, que es tanto como deducir la causa por el efecto: primero existe la palabra y luego una historia sugerida por el significado de aquel nombre en la lengua que la usa. De la palabra byrsa habría derivado el momento de los acontecimientos primitivos de la nueva ciudad que al relato pasó como una de los más ingeniosos. En realidad, toda la inventiva habría que reconocérsela a algún narrador en griego.
Pero, por paradójico que parezca, la modesta elaboración legendaria de un griego antiguo por la crítica contemporánea ha sido reconocida como garantía de autenticidad de una parte del relato, porque acoge con la fábula un testimonio que es incapaz para no respetar, continente de una etimología tan sólida que la convierte en una irrefutable prueba. Aquella colina fue el lugar donde los tirios disidentes fundaron su ciudad, y aquel lugar terminaría siendo la acrópolis de la población una vez crecida, el mismo que por naturaleza separa del llano la colina desde antiguo conocida con aquel nombre.
Pero tan significativo como el rastro arqueológico que la reliquia filológica ha conseguido salvar es el hecho de que Elisa, una mujer que guía una expedición de cualificados prófugos políticos, nacida en la primera de las ciudades fenicias como miembro de su aristocracia, actúa sin embargo en esta parte del relato como el oikistés griego. Tal como los romanos y los propios cartagineses transmitieron, consumada su arriesgada actuación, efectivamente fundó una colonia sobre el solar adquirido, del cual marcó sus límites para que fueran levantadas unas murallas que protegieran el área habitada y, para completarla, a su obra la llamó Qart-hadasht, que significa ciudad nueva, queriendo evocar que se trataba de la nueva Tiro, nombre con el tiempo transformado en Cartago para adaptarlo a esta lengua.
Justo por la concordancia entre el testimonio lingüístico y el papel de oikistés, esta manera de proceder a una parte de los analistas le hace dudar de la autenticidad de muchos de los sucesos precedentemente expuestos, todos coincidentes con la condición que conviene a los protagonistas de las fundaciones de las polis. El lector contemporáneo, más aún el que se interese por los orígenes de la República, debe aceptar que buen número de elementos de cultura helénica, contaminados por los medios de transimisión, mediaran en ella los latinos o los cartagineses, han podido deformar y hasta condenar a las sombras elementos de aquel hecho principal que habrá de dar por irremediablemente perdidos.
A juzgar por los elementos del relato más explícitamente orientales, que a pesar de todo son reconocibles y suficientes, no obstante es posible conjeturar que los autores originales del mito que documenta la fundación de la primera república de la antigüedad tal vez pertenecieran a la familia real de Tiro, y que con más seguridad se los pueda encontrar entre quienes, perteneciendo a aquella rama, se mantuvieron incontaminados porque en ellos prevaleció su fidelidad al templo metropolitano de Melqart, magno depositario de relatos según testimonia Herodoto, una filiación muy precisa que incrementaría el valor de los hechos verosímiles que contiene.
La decisión sobre la empresa colonizadora se habría tomado en oposición a la bárbara autoridad reinante en la metrópoli. Sería consecuencia directa de las luchas políticas que a fines del siglo noveno en Tiro ocurrieran, y del ascenso allí de grupos de activos ciudadanos que no encontraban en la metrópoli saturada un lugar institucional satisfactorio a sus apetencias de dominio, estimuladas por el comercio a larga distancia. La pujanza que habían adquirido la prueba en el relato que la zona donde Cartago fue fundada era conocida por los emigrantes, puesto que allí, por iniciativa de Tiro, antes había sido creada la ciudad de Utica. La nueva colonia sería por tanto el éxito de estos, y la obra política que la sostuvo mérito de una de las partes enfrentadas en la metrópoli, justo la que al principio había sido derrotada, a la que los comerciantes más decididos se habría coaligado.
Es probable que los nuevos ciudadanos, o más propiamente cartagineses, al principio rompieran su contacto con las instituciones tirias a consecuencia de aquella crisis, a su vez efecto de sus luchas civiles, y así se mantuvieran durante las primeras generaciones, como prueba en la leyenda la decidida voluntad de permanecer independientes en el lado occidental del Mediterráneo.
Tan claro deseo de emancipación, y no su sumisión a una autoridad, es el que permite considerarla desde el principio entidad institucional autónoma. En términos que resultan muy explícitos, una rama de una de las versiones de la leyenda afirma que Elisa se constituyó en la única rectora de aquel lugar y sus habitantes, a los que administraba justicia, y que quienes con premura a ella obedientes huyeron en su obediencia a continuación se deleitaron.
Mas la peculiaridad del nuevo régimen no fue la soberanía femenina, de la que en oriente ya existía buen número de precedentes. Habría sido el injerto teocrático, emergencia del grupo derrotado en la metrópoli, que por iniciativa de los aristócratas exiliados fue agregado a la constitución de la ciudad nueva. El orden institucional que en su origen a Cartago le fuera adjudicado sería obra de familias desprendidas de la nueva aristocracia tiria asociadas a grupos también conservadores, tanto de la metrópoli como de Chipre, y solo a ellas permanecería vinculado.
Por lo poco que se sabe de las relaciones entre Tiro y Cartago, la colonia nunca se consideró una entidad política del todo independiente. Aunque la decisión de ruptura con la población del origen fuera inequívoca, y al principio se evitaran las relaciones, con el templo de Melqart de Tiro jamás se rompió, lo que se puede explicar por el origen de uno los grupos comprometidos, que no habría renunciado a los fundamentos de su poder, e interpretarse como que aquel hizo de institución matriz, o fuente que confería legitimidad a la colonia; como antes, porque las consagraba, había hecho con otras.
Aunque no esté recogida por ninguna de las versiones del relato del principio, otra tradición explica que desde la fundación de la ciudad los cartagineses, cada año, enviaron una embajada a Tiro para llevar una ofrenda al templo de Melqart. Consistía en la décima parte de las ganancias obtenidas por la colonia durante cada ejercicio. Varios siglos después de su fundación, Cartago aún pagaba el tributo a Tiro, en unas condiciones similares a las que sometían a las pequeñas ciudades y aldeas del reino original. Aunque la nueva ciudad no se considerase obligada a la autoridad metropolitana, de la que era enemiga declarada, sí se reconocía en el orden de las colonias porque a la ciudad matriz se vinculaba a través del templo de la divinidad que personificaba la ciudad, por una vía de autoridad que sería admitida como superior.
La consecuencia más importante de este peculiar injerto teocrático, para la historia de la constitución de los estados, fue que imposibilitó que Cartago fuera gobernada por un rey, tal como en las ciudades autónomas fenicias. Si la unidad indivisible de la monarquía procedía del principio constitucional según el cual el rey era la residencia transitoria de Melqart, auténtico señor o rey de la ciudad, imposible que ningún otro lugar pudiera disponer de la misma soberanía. Tendrían que ser los magistrados valorados como jueces por los observadores clásicos, que a través del latín en castellano fueron llamados sufetes, los encargados de la responsabilidad de gobierno en la ciudad nueva, tal como ocurría en las demás ciudades subordinadas a la metrópoli.
Con la fundación de Cartago habría triunfado otra constitución de la ciudad antigua, admirada por la reflexión política más cualificada entre los clásicos. A la circunstancial relación que dio origen a la República genuina, porque así los antiguos la valoraron, por encima de la romana, incluso por autores que contribuyeron a la cultura latina, que permitió la participación de un poderoso templo, hay que concederle más importancia que a la iniciativa de disidentes dispuestos a aventurarse en negocios por cuenta propia.
Afortunadamente la lejanía, con el tiempo, hizo que las colonias terminaran siendo independientes de hecho, y por tanto inexcusablemente ciudadanas. Así fue instituida la Primera República, tierra de tirios, estirpe de Agenor, y así juzgará un lector leal cuál debe ser la enseñanza que se extraiga de tan singular acontecimiento.
. . .
El final de esta historia oscila según cuál sea la versión seguida. La canónica virgiliana, que una tradición inapelable ha consagrado, concluye en los siguientes términos.
Quiso Elisa edificar en su solar, donde luego estaría el centro de Cartago, un inmenso templo en honor de Astarté, tan rico en dones como la augusta protección de la diosa merecía. Por todo él lució el bronce; en el umbral, realzado con majestad por una extensa escalinata, en la reluciente trabazón de las vigas y en las puertas de hoja doble y rechinantes quicios. En aquel mismo lugar hubo con el tiempo una arboleda de sombra acogedora. Con idénticos criterios levantó Elisa su palacio y en él un templete de mármol, dedicado a prolongar la memoria del marido muerto. Era su propósito guardar en él las prendas que por su ausencia adoraba y que con ella había traído. Con amorosa dedicación lo mantuvo adornado de ínfulas blancas y guirnaldas verdes.
Dos temores convivían con Elisa en Cartago. Uno, que Pigmalión, su hermano, se abalanzara a arrasar la ciudad por ella creada; otro, que Hiarbas la arrastrara a Getulia prisionera. Lo más duro era el acoso de quienes le pedían matrimonio, el rey de Libia el primero. Concluida la fundación, loco de celos por la viva memoria de Asdrúbal, quiso desposar a Elisa aun recurriendo a amenazas, y todavía con insistencia la solicitaba sin éxito. Persistía en recordarle las circunstancias de su llegada errante y la astucia que le perdonara, y que le había aplicado con generosidad sus leyes y permitido que consumara la fundación. En todo había consentido porque ya para entonces había concebido su amor por ella.
Ana, su hermana, le hacía ver el peligro de persistir en aquella actitud, tenazmente fiel a un fantasma; aunque comprendiera que, enferma de dolor, no la atrajera novio alguno, de Tiro o de Libia, y que despreciara a Hiarbas y a otros jefes de África, en sus trofeos tan ilustre.
Ante la amenaza de una guerra, no pudo mantenerse firme y en beneficio de su pueblo se vio forzada a aceptar.
Aterrada por sus hados, la infeliz Elisa al fin invocó la muerte y un espantoso prodigio impulsó más la fatal intención contra su vida. Sobre el ara donde el incienso humea, al colocar su ofrenda se le antoja ver ennegrecida la sagrada linfa y el vino convertido en sangre impura. Del templete de mármol dedicado a Asdrúbal, al llegar la noche, oye que salen voces, llamadas del esposo ido. Un triste búho, al lanzar solitario desde los tejados su sollozo funeral, parece que prolonga en llanto aquel quejido. Y de nuevo la aterran pronósticos terribles de antiguos vates.
Vencida por el dolor, Elisa da entrada en su alma a las furias y firme determina morir. Consigo acuerda el momento y el ardid para su ejecución. Finge aplacar los manes de su esposo. Dice a su hermana que en secreto, dentro del palacio y al aire libre, erija una pira; que amontone junto a ella las prendas que aquel hombre que amara dejó suspensas en la estancia, el feliz tálamo ¡ay! en que ambos yacieran. Pretende Elisa que será un consuelo acabar con las últimas memorias de aquel ser para siempre ido.
Cumple presurosa Ana lo mandado. La reina, cuando ve ya hacinada en el patio la gigante pira de pino y roble, engalana el recinto con guirnaldas y fúnebre follaje. En lo alto coloca el lecho con todas las vestiduras, con la espada abandonada y la efigie del marido. Bien sabe a dónde se encamina. Altares hay en torno. Una hechicera, suelto el cabello, con voces atronadoras a cien divinidades apellida: Erebo, Caos, Hécate triforme y el triple rostro de la virgen Diana. Primero vierte agua, que parece la fuente del Averno; luego toma unos tallos verdes, segados con segur de bronce a la luz de la luna y que una leche de veneno letal destilan; y por último un mechón cortado de la frente de un potrillo, arrancado a las ansias de su madre.
Elisa, con el vestido desceñido y un pie desnudo, en sus manos piadosas ante las aras presenta la mola. A la vista de la muerte, por sus testigos pone a los dioses y a los astros, conocedores de su lamentable hado; y si algún numen en su guarda tuviera a tan desgraciada amante, le suplica que, justo brazo del destino, le ayude entonces. A Barce, la nodriza de Siqueo, dice:
-Ve, querida, que Ana pronto me busque aquí; que antes rocíe con agua lustral su cuerpo, y que traiga con las víctimas los dones que fueron prescritos; que así venga, y tú también ciñe tus sienes con las ínfulas. Quiero, dile, poner fin a los ritos ya empezados a honra de Jove Leteo, y con ellos dar un término a mi afán, al ver las llamas cebándose en los restos de aquel descendiente de la estirpe de Agenor.
Aprovecha Elisa y se lanza al patio del palacio. Presa de súbito furor, de un vuelo sube la gradería de la pira. Está en su cima cuando las llamas son más altas. La espada desenvaina, no destinada a tan fatal intento. Sobre el lecho nupcial se tiende, y grave pronuncia sus últimas palabras:
-He vivido mi vida, el noble curso que me abrió la Fortuna he recorrido. He levantado una gran ciudad; sus regios muros, los míos, vi surgir. Vengué a mi esposo y castigué a mi hermano por su crimen.
Hablaba aún y la ven sus doncellas desplomarse sobre la espada. El hierro espuma con la sangre, sus miembros se desatan. Todavía pudo Elisa oír a su hermana llamarla a gritos por su nombre. Desmayada de terror, lastimándose el rostro con las uñas y con los puños el pecho, Ana se abalanza entre la servidumbre. Escala la pira. Contra el seno acaricia a Elisa moribunda y restañar quiere, entre abrazos y gemidos, los brotes de la sangre con sus ropas. Inútil su piadosa cura, inútiles sus maldiciones y lamentos.
La muerte de Elisa las llamas de la hoguera consumaron. Fiel a la memoria de su marido, había eludido el matrimonio con Hiarbas. Por haberse inmolado de esta forma, sus acompañantes la divinizaron, y sus descendientes conservaron su culto hasta los últimos días de la Cartago púnica.
Para la crítica que acepta esta versión, la certera evocación del principio de independencia a través del símbolo de la inmolación en el fuego, a iniciativa de la promotora de aquel nuevo estado, hace sospechosamente original la conclusión de la vieja historia sobre la fundación de Cartago. La raíz política de la ciudad nueva estaría fielmente representada por un rito que tomó la forma de sacrificio humano, bajo la variante específica de la inmolación ritual. Así serían conmemorados a un tiempo el acto heroico de la huida, la aventura de la travesía y la feliz semilla de una población nueva. El bien de una comunidad superior justificaría la inmolación por fuego que se impone la protagonista.
Es necesario reconocer el acierto de esta teoría y habrá que aceptar que pudo ser en honor de la heroína, que es tanto como decir a mayor gloria de la independencia de la ciudad, que se hicieran los primeros sacrificios humanos en Cartago, y que estos quedaran reservados a las familias vinculadas directamente con las instituciones de gobierno.
La segunda versión, que procede de la parte menos autorizada de las tradiciones, mantiene pequeñas variantes que sin embargo son decisivas para la interpretación de los asuntos que interesan.
Quiso Elisa edificar en su solar, donde luego estaría el centro de Cartago, un inmenso templo en honor de Astarté, tan rico en dones como la augusta protección de la diosa merecía. Por todo él lució el bronce; en el umbral, realzado con majestad por una extensa escalinata, en la reluciente trabazón de las vigas y en las puertas de hoja doble y quicios chirriantes; en el mismo lugar donde con el tiempo hubo una arboleda de sombra acogedora. Con idéntico canon levantó Elisa su palacio y en él un templete de mármol, destinado a perpetuar la memoria de su difunto marido. Era su propósito guardar en él las prendas que por su ausencia adoraba y que con ella había traído. Con amorosa dedicación lo mantuvo adornado de ínfulas blancas y guirnaldas verdes.
Dos temores convivían con Elisa en Cartago. Uno, que Pigmalión, su hermano, se abalanzara a arrasar la ciudad por ella creada; otro, que Hiarbas la arrastrara a Getulia prisionera. Lo más duro era el acoso de quienes le pedían matrimonio, el rey de Libia el primero. Concluida la fundación, loco de celos por la viva memoria de Asdrúbal, quiso desposar a Elisa aun recurriendo a amenazas, y todavía con insistencia la solicitaba sin éxito. Persistía en recordarle las circunstancias de su llegada errante y la astucia que le perdonara, y que le había aplicado con generosidad sus leyes y permitido que consumara la fundación. En todo había consentido porque ya para entonces había concebido su amor por ella.
Ana, su hermana, le hacía ver el peligro de persistir en aquella actitud, tenazmente fiel a un fantasma; aunque comprendiera que, enferma de dolor, no la atrajera novio alguno, de Tiro o de Libia, y que despreciara a Hiarbas y a otros jefes de África, en sus trofeos tan ilustre.
Ante la amenaza de una guerra, no pudo mantenerse firme y en beneficio de su pueblo se vio forzada a aceptar.
Aterrada por sus hados, la infeliz Elisa al fin invocó la muerte y un espantoso prodigio impulsó más su fatal intención contra la vida. Sobre el ara donde el incienso humea, al colocar su ofrenda se le antoja ver ennegrecida la sagrada linfa y el vino convertido en sangre impura. Del templete de mármol dedicado a Asdrúbal, al llegar la noche, oye que salen voces, llamadas del esposo ido. Un triste búho, al lanzar solitario desde los tejados su sollozo funeral, parece que prolonga en llanto aquel quejido. Y de nuevo la aterran pronósticos terribles de antiguos vates.
Vencida por la angustia, Elisa da entrada en su alma a las furias y firme determina acabar. Consigo acuerda el momento y el ardid necesarios. Finge aplacar los manes de su esposo. Dice a su hermana que en secreto, dentro del palacio y al aire libre, erija una pira; que amontone junto a ella las prendas que aquel hombre que amara dejó suspensas en la estancia, el feliz tálamo ¡ay! en que ambos yacieran. Pretende Elisa que será un consuelo acabar con las últimas memorias de aquel ser para siempre ido. Desea que Hiarbas sea testigo de su renuncia y solicita su presencia.
Cumple presurosa Ana lo mandado. La reina, cuando ve ya hacinada en el patio la gigantesca pira de pino y roble, engalana el recinto con guirnaldas y fúnebre follaje. En lo alto coloca el lecho con todas las vestiduras, con la espada abandonada y la efigie del marido. Bien sabe a dónde se encamina. Altares hay en torno. Una hechicera, suelto el cabello, con voces atronadoras a cien divinidades apellida: Erebo, Caos, Hécate triforme y el triple rostro de la virgen Diana. Primero vierte agua, que parece la fuente del Averno; luego toma unos tallos verdes, segados con segur de bronce a la luz de la luna y que una leche de veneno letal destilan; y por último un mechón cortado de la frente de un potrillo, arrancado a las ansias de su madre.
Elisa, con el vestido desceñido y un pie desnudo, en sus manos piadosas ante las aras presenta la mola. A la vista de la muerte, por sus testigos pone a los dioses y a los astros, conocedores de su lamentable hado; y si algún numen en su guarda tuviera a tan desgraciada amante, le suplica que, justo brazo del destino, le ayude entonces. A Barce, la nodriza de Asdrúbal, dice:
-Ve, querida, que Hiarbas pronto me busque aquí; que antes rocíe con agua lustral su cuerpo, y que traiga con las víctimas los dones que fueron prescritos; que así venga, y tú también ciñe tus sienes con las ínfulas. Quiero, dile, poner fin a los ritos ya empezados a honra de Jove Leteo, y con ellos dar un término a mi afán, al ver las llamas cebándose en los restos de aquel descendiente de la estirpe de Agenor.
Aprovecha Elisa y se lanza al patio del palacio. Presa de súbito furor, de un vuelo sube la grada de la pira. Está en su cima cuando las llamas son más altas. La espada desenvaina, no destinada a tan fatal intento. Sobre el lecho nupcial se tiende, y grave pronuncia estas palabras:
-He vivido mi vida, el noble curso que me abrió la Fortuna he recorrido. He levantado una gran ciudad; sus regios muros, los míos, vi surgir. Vengué a mi esposo y castigué a mi hermano por su crimen.
Al oírla hablar así, Hiarbas teme lo peor. Se apresura a contener la furia de Elisa, que contra su vida atenta. Se abalanza entre los presentes y escala la pira. Cuando abraza a Elisa para inmovilizarla, el hierro espuma con su sangre, sus miembros se desatan. Lo ven las doncellas desplomarse sobre la espada. Pudo entonces Elisa oír a su hermana llamarla a gritos por su nombre. Desmayada de terror, lastimándose el rostro con las uñas y con los puños el pecho, Ana corre en auxilio de Hiarbas. Contra el seno lo acaricia moribundo y restañar quiere, entre abrazos y gemidos, los brotes de la sangre con sus ropas. Inútil su piadosa cura, inútiles sus maldiciones y lamentos.
La muerte de Hiarbas las llamas de la hoguera consumaron. Fiel a la memoria de su marido, había eludido Elisa el matrimonio con quien tanto la hostigaba. Por haber actuado de esta forma, sus acompañantes la divinizaron, y sus descendientes conservaron su culto hasta los últimos días de la Cartago púnica.
Los elementos comunes del final del relato remiten a la arquitectura original tiria, que combinaba templo y palacio, e incorporaba espacios destinados a servir a los ritos semíticos más característicos, como los jardines evocadores de bosques sagrados. Al contrario, es muy probable que sea un anacronismo adjudicar el primer templo de la ciudad a Astarté. Sería mucho más verosímil su dedicación a Melqart. Con el tiempo, el templo del dios tirio edificado en Cartago, de cuya existencia los testimonios son reiterados, será también en la colonia el lugar donde se concentren las actividades que son una parte imprescindible de este relato.
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