Orígenes de la República II.1.1
Publicado: mayo 1, 2013 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |Deja un comentarioGastón Barea
Sobrevivía entre los tirios una creencia: que en tiempos de la guerra de Troya, antes de que terminara el segundo milenio que precedió a nuestra era, los príncipes de las ciudades fenicias tenían por costumbre sacrificar a sus hijos más queridos. Actuaban así en casos extraordinarios, como la guerra y los otros desastres que causan las calamidades humanas, en honor de un dios cuyo nombre era El. Su mito lo representaba como un monarca que había reinado sobre su país y había sido padre de un hijo, nacido de su unión con una ninfa coterránea llamada Anobret, al que por los signos que lo distinguían había llamado Ieud o Ieoud, nombre que entre los antiguos semitas estaba reservado a los unigénitos. En el transcurso del reinado de El, ante una inminente amenaza al país, para conjurar la adversidad el rey preparó un altar, impuso a su hijo los atributos de la condición que el destino había cargado sobre sus hombros y lo sacrificó. Muerto el padre, gracias a los méritos a los que por su crueldad se había hecho acreedor, ganó la condición divina y fue reconocido en el astro que después representaría a Cronos.
Tomando autoridad de este precedente, a El quedó asociada la idea de que el sacrificio de una vida humana cuando empieza es una renuncia tan alta que a los dioses puede arrancar las más generosas decisiones a favor de los hombres, aun tratándose de los trances más inopinados. Para sucesivas generaciones, cuando entre los fenicios ocurrían grandes calamidades, fueran guerras, pestes, plagas, sequías o desabastecimientos, los príncipes de sus ciudades se atenían al deber del sacrificio de alguno de sus hijos, más aún si eran de los más queridos. Lo presentaban al dios con el deseo de apaciguar los demonios vengativos, convencidos de que actuando así evitaban la destrucción de todos. Los elegidos eran inmolados en el curso de una ceremonia misteriosa, una parte de la cual consistía en degollarlos.
A partir de entonces esta manera de proceder se convirtió en costumbre. Llegadas las adversidades habituales, la aristocracia fenicia, que mantenía la creencia en aquella manifestación divina y en las exigencias que le convenían, frecuentó el sacrificio en su honor de los hijos más hermosos de las mejores familias, y la historia de los semitas del Líbano se llenó de esta clase de celebraciones.
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