Anexo a la teoria de las migraciones
Publicado: mayo 1, 2013 Archivado en: Recopilador | Tags: migraciones Deja un comentarioRecopilador
Era un hecho sumamente característico de las zonas de poblamiento indoeuropeo, donde los ritos de iniciación de los jóvenes guerreros eran frecuentes, que un grupo de jóvenes, que a sí mismos se identificaban como lobos, fuera separado de la comunidad, y que a su vez los segregados organizaran una fraternidad guerrera. En los mismos grupos también los fugitivos, los exiliados y los proscritos a causa de sus hábitos inciviles fueron asemejados a lobos. Tales tipos, y los símbolos que retenían las ideas que los explicaban, con el tiempo anudaron un lazo entre ellos, seres marginales, y los guerreros antiguos que evolucionó a identidad, como con el tiempo ocurrió con la legión extranjera de los colonizadores europeos en las tierras de otros continentes. Incluso es probable que aquel nexo diera origen a una forma recíproca, de manera que representar la condición de fugitivo, exiliado o proscrito pudo allanar el acceso a las iniciaciones rituales que daban crédito para el ingreso en las cofradías secretas de guerreros.
En la península ibérica, en plena antigüedad, tuvo que existir esta clase de fraternidades justificadas por la iniciación en la guerra. Se han recuperado testimonios figurados que avalan la posibilidad, unos en verdad imprecisos pero otros razonablemente directos. De Levante procede la imagen de un guerrero que lleva un pectoral adornado con una máscara de lobo, y la cabeza de un lobo adorna un escudo de Minerva hallado en el mismo litoral bastante más al norte. El rostro del lobo es el tema principal de los bronces procedentes del cerro de Máquiz, modesta eminencia localizada en Mengíbar, un pueblo en la actual provincia de Jaén, que documentan el uso del rostro del lobo como una máscara que cubría la faz de los efebos.
Del área de la península que habitualmente se relaciona con la cultura indoeuropea proceden testimonios que hablan en favor de la misma posibilidad. En una jarra hallada en el centro de la zona celtibérica aparece una cabeza humana cubierta con la piel de un animal que probablemente sea un lobo, y en una estela hallada en un lugar de la costa norte figura un guerrero también bajo la piel de un lobo. A causa de aquella simbólica investidura los combatientes figurarían haberse transformado en este animal.
Parece pues probable que en la península ibérica, antes de que los romanos la ocuparan, una vez que se sabían insuperables en occidente, el lobo fuera un símbolo que identificaba a los jóvenes guerreros. Al menos, entre una parte de los hispanos anteriores a la conquista debió naturalizarse la costumbre de presentarse con apariencia de lobo. Algunos defienden que este signo externo aspiraba a manifestar que quienes así actuaban en público estaban bajo protección divina.
Pero también es posible que la identidad entre guerrero y población marginada, en algunas zonas al menos, llegara algo más lejos. Entre lusitanos y celtíberos, que vivían ahora acosando a las tropas romanas ahora llevando sus rapiñas a donde mayor riqueza había, se mantuvieron primitivas asociaciones de jóvenes que se comportaban como lobos, se vistieran o no con la piel de este animal, no exactamente con fines bélicos. Las noticias antiguas sobre el bandolerismo y el latrocinio lusitano, tantas veces explicadas invocando la pobreza de quienes los practicaban, también podrían justificarse como actos de iniciación de los jóvenes, tal como era habitual entre las hermandades guerreras de los grupos indoeuropeos, para que con la experiencia que adquirieran en aquellas agresivas actividades ganaran en la combatividad que necesitaban para mantenerse aptos en un medio hostil. Así una parte de las fuentes de la conquista romana presenta a quienes quedaban al margen de sus poblaciones. Además, hay otras pruebas que indican que los jóvenes lusitanos, cuando vivían de la rapiña, se sometían a cierta ordalía de iniciación, una de cuyas facetas era la imitación de los lobos. Son citadas con reiteración y coinciden en considerarlos vinculados con el mismo sanguinario animal.
Probablemente, de esta vertiente de los ritos de identificación con el lobo derivó que con medios similares fuera sacralizada la emigración. La segregación ritual de los jóvenes lobos, sumamente característica de las zonas de poblamiento indoeuropeo, como similar en determinados elementos al ver sacrum civilizado, también ha sido documentada como una evocación de las causas de la migración errática en los territorios extremos. Tanto los celtíberos como los lusitanos que emigraban de sus comunidades y buscaban nuevas tierras donde vivir, o que simplemente huían como fugitivos en busca de otro lugar donde asentarse, se comportaban como lobos, eran llamados lobos o se encontraban bajo la protección de un dios lobo; lo que explicaría que se difundiera desde los antiguos la creencia en la licantropía, la cual sin embargo llegaría a ser solo un rito de imitación del aspecto exterior de aquellos animales y de sus comportamientos, porque su finalidad, en el momento en que permiten conocerla las fuentes invocadas, está lejos de ser agresiva y es exclusivamente alegórica.
Tras el tópico de la licantropía hispana parece haber una referencia al comportamiento al margen de la civilización, que sin embargo se consuma como origen de nuevas poblaciones. Fugitivos, exiliados y proscritos, que pudieron elegir estas desviaciones, serían asimilados a un lobo porque quien se vestía con la piel de tal animal pretendía hacer evidente su deseo de quedar relevado de las costumbres y obligaciones que a los hombres los mantiene solidarios. Con este símbolo se cerraría un ciclo iniciado como consecuencia de la expulsión de miembros excedentes de una comunidad, indicio reconocible en las pretensiones de licantropía, y la creación de nuevas poblaciones.
Según cierta teoría, que sea usado el nombre de un animal para denominar a un pueblo es indicio seguro de significado religioso, por la misma razón que en las características privativas de cada tipo irracional los egipcios más antiguos creyeron ver fuerzas sobrenaturales a las que se rindieron. Se explicaría este hecho porque sus conceptos religiosos serían tan primitivos que de aquella manera encontrarían una alegoría acertada. Así, la tribu hispana de los saefes, que era un grupo étnico que tenía a la serpiente como figura evocadora de la protección que para ellos deseaban; la cual pudo cargar también con el papel de epónimo, porque saeph es una raíz, común a determinadas lenguas del continente, cuyo significado es serpiente. Es una teoría más convincente que la similar que explica la presencia de animales en el ver sacrum civilizado.
Por la misma razón no habría inconveniente en suponer que un pueblo hubiera tomado su nombre de un dios que en su opinión se hubiera manifestado bajo la forma de un lobo, o de un ancestro mítico igualmente licomorfo. En las monedas de una antigua ceca del noreste de la península era representado el lobo, en opinión de los exégetas a consecuencia de que también su condición era la de tótem. De Ilteraka, un lugar sin localización definitiva pero que con seguridad estaba cercano a Mengíbar, procede una moneda en cuyo reverso también aparece representado el lobo. De ambos casos se deduce que este animal pudo ser indicativo del origen de sus respectivas poblaciones, y que tal forma de poblar pudo ser frecuente en el área oriental de la península.
La asociación del lobo a los excedentes de las poblaciones no es un fenómeno exclusivamente hispano. Con acierto ha sido señalada la relación etimológica que hay entre los dacios y los lobos. Similares a otros pueblos indoeuropeos también en este rasgo, pudieron conocer las cofradías de guerreros que se transformaban en animales salvajes para estimular su capacidad de agresión. La creencia en la inmortalidad que por esta causa admitían, porque previamente, como ocurría entre germanos, vinculaban el disfrute del mejor más allá a la muerte en combate, además de aumentar el coraje en la guerra debió actuar en favor de la asimilación al lobo. Una fraternidad guerrera pudo estar en el origen de los dacios mismos, consecuencia de la escisión de un grupo de jóvenes sedicentes lobos.
En Irán existían ciertas sociedades secretas, que pervivieron hasta época parta en el noroeste de la región y en Armenia, compuestas por jóvenes guerreros y militares pertenecientes a la nobleza, a cuyos miembros se les llamaba lobos. Veneraban a un héroe debelador de dragones, conocido como Garsap, también mencionado en los ritos mitológicos del año nuevo de aquella región, cuyos patronos eran Mitra y Vayu. Los miembros de estas sociedades se dedicaban a cultos muy excéntricos. Reconocían como deidad a la tierra, se entregaban a ritos de fecundidad y se abandonaban al éxtasis, lo que los arrastraba a una vida tan licenciosa que más tarde sería condenada por los seguidores de Zaratustra. Además sembraban el terror en la región. Hacían ostentación del pánico que despertaban utilizando como emblemas el dragón y el lobo, y adoptando el negro como color de su armadura y de sus vestidos. Pero también era privativo de esta peculiar confraternidad celebrar holocaustos que estaban relacionados con los ritos de fundación de una ciudad, durante los que se deleitaban en la ofrenda de víctimas humanas. Conmemoraban así que Garsap, el fundador de la ciudad de Sistan, sacrificó tres mil prisioneros tomados en la batalla de Kabul porque había votado que si fundaba la ciudad mezclaría la sangre con la tierra.
La trágica confusión del principio de las poblaciones con la versión de sangre humana, que comportamientos como estos justificaron, alcanzó probablemente también a la península ibérica. Un depósito de exvotos de gran importancia, de hacia el siglo octavo antes de la era, fue hallado al otro lado de la frontera occidental de las tierras para las que se pretendió la población a principios del siglo décimo cuarto posterior, a un tiempo patrocinada por la guerra y por el comercio del trigo. Estaba contenido en una fosa abierta con forma ovalada, cuyo fondo había sido revestido con lajas de esquisto. Además, en el lado norte de la fosa habilitaron una pequeña cista cúbica, también con placas de piedra, para que sirviera como depósito reservado a un cráneo humano. El que rescataron los excavadores de aquel lugar tenía indicios inequívocos de trepanación. Para los responsables del rescate, aquella prueba permite creer en un sacrificio de fundación, por el que el depósito de los objetos votivos que a continuación se hiciera quedaría sacralizado.
A los orígenes de un poblado del valle del Guadalquivir, acogido a una meseta, fundado con seguridad hacia el siglo noveno anterior a la era, cuyos vínculos primordiales aún no han sido del todo esclarecidos, corresponde el siguiente hecho. En un lugar próximo a donde serían construidas sus murallas, en el que hasta entonces no había hogar estable radicado, a fines del siglo octavo fue depositado un niño. Los arqueólogos han rescatado sus restos, que no están acompañados por prueba alguna de ritual funerario. Aparecieron sin piernas y sin parte de los brazos, con el cráneo aplastado y con la mandíbula rota. Es posible que las mutilaciones y las heridas que le fueran ocasionadas haya que atribuirlas a una consecuencia inevitable. Durante algún tiempo habría permanecido al aire, como un expósito menospreciado, aunque no es fácil admitir como causa de tales agresiones una impiedad universal que lo mantuviera por tiempo indefinido a la intemperie. Según otras opiniones, tanto la desmembración como las aparentes lesiones pueden ser el testimonio directo de un rito de fundación. Conmemoraciones como esta obligan a reconocer que las antiguas confraternidades militares, a las que pudieron asimilarse movimientos de población, proporcionaban medios para justificar el sacrificio infantil. En la inmolación de los niños, previa la renuncia a la vida, por tratarse de un recién nacido, o a lo sumo de un individuo que aún no ha alcanzado la juventud, habría encontrado refugio la iniciación en su grado extremo.
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