Orígenes de la República I

Gastón Barea

Era en Tiro, la primera entre las poblaciones fenicias, el siglo décimo anterior a la era. Allí había alcanzado la Monarquía, que en el orden de la civilización precede a la República, el poder que a sus súbditos obligó a consentirla. El que unos hombres ganan sobre otros, que a comienzos del milenio en aquel lugar estaba preparándose para que lo acumulara una persona, aspiraba a perpetuarse sirviéndose de las creencias religiosas; porque su dueño lo hallara conquista de la civilización, para un más recto gobierno de la comunidad de los sumisos o como un agravio despótico que sobre ellos cayera, consciente de que cualquier teología era una construcción verbal, diestra, si ejecutada de manera recta, siniestra, si torcida, encaminada a ordenar el desconcierto en el que degeneraba la falta de certeza sobre el porvenir que a los vivos aguardaba, una abstracción que la existencia defraudaba cada amanecer con un persistente e insobornable presente.

Como Hiram fuera el promotor de este cambio, y en Tiro entonces empezaba el culto a Melqart, la invención de este dios se le atribuye. Esta habría sido la clave de su ardid, aunque la transmisión de los textos ha ignorado hasta aquí la responsabilidad que en su origen tal vez deba reconocérsele a su predecesor, a decir de algunos el verdadero fundador de la primera dinastía real entre los tirios, sobre cuya existencia las fuentes conjeturan; a quien, por los pocos datos que los textos proporcionan, solo podemos llamar el Viejo Rey.

La astucia de tan sabio precursor habría consistido en identificar al dios con el monarca. La habría consumado sirviéndose de un epónimo, procedimiento que antes elegía una parte de los investigadores más versados para explicar el origen de una ciudad. El nombre que distingue un lugar, de etimología oscura casi siempre, porque en los topónimos, como en los cementerios ocurre con los cuerpos, van quedando aprisionadas todas las lenguas que han pasado por él, incluidas las desconocidas y herméticas, aprovechando las sombras de la ignorancia, tan aliadas del sabio como del ladrón, era personificado, y esto bastaba para explicar el principio de sus habitantes.

En el caso de Tiro el ardid fue aplicado en una dirección no del todo torcida y que no despreciaba lo que las costumbres ya tenían consentido. Todo consintió en llamar Melqart al nuevo dios, palabra que vertida a nuestra lengua equivale a la expresión señor o rey de la ciudad. Más que como topónimo, porque su significado podía ser interpretado por afinidad con los nombres de los vivos, la palabra podía parecer el nombre de una persona.

Si por su apariencia de patronímico podía representar un ser que hubiera vivido, el ingenioso creador pudo presentarla como la primera persona de la población, así como el antepasado único de todos los habitantes entonces presentes en ella. Luego, bastaría forzar la coincidencia de la condición divina con la de epónimo para que el nombre cobrara ventaja. Como, además de una representación del antepasado común, por su etimología podía ser aceptado como señor o rey de la ciudad, el rey de aquel momento, porque gobernaba sobre ella, tendría que aparecer ante sus contemporáneos como su descendiente en línea directa. Así Melqart quedaba constituido como el antepasado más remoto del rey actual, y de esta manera tan sencilla, sin otros artificios, por pura contaminación verbal también el rey vivo de la ciudad, que era Hiram, quedaría inmediatamente divinizado.

Aquella ingeniosa combinación de recursos ya fue recibida con justas reflexiones por Herodoto, quien sostenía que Melqart era inseparable del principio de Tiro, que sus antigüedades respectivas eran una y que en aquel caso templo de Melqart y ciudad eran la misma cosa. Valiéndose de su autoridad, se naturalizó después una opinión, que aquellas noticias habían sido recogidas por el incansable viajero de boca de los sacerdotes del dios, custodios de tan venerable leyenda -parte interesada en una explicación así, diestros, si no siniestros, manipuladores de una lengua-, en beneficio del primer pensamiento metafísico, que fue el teológico, a cuyas manos había sido confiada.

Con el tiempo, los más esforzados pensadores del clero primitivo habrían adornado aquel principio con fábulas alegóricas. Para una de ellas idearon que un dios había ordenado a Melqart llegar hasta unas enigmáticas Piedras Ambrosianas. Según su versión canónica de la leyenda, aquellas piedras eran dos rocas a la deriva sobre las que había un olivo en llamas por encima del cual un águila amenazadora volaba. Melqart, para completar la orden del dios, capturaría el águila, cortaría el olivo y se adueñaría de las rocas y las inmovilizaría. Así habrían quedado ancladas al fondo marino y podría fundarse sobre ellas Tiro, la primera de las ciudades de los fenicios.

No es posible justificar el sentido del adjetivo que por obra de los sabios teólogos correspondió a las Piedras. He indagado sobre ambos y he llegado a una conclusión sobre la que sin embargo mantengo reservas. Tal vez tenga el mismo que inspiró la elección del nombre del único Ambrosio que he conocido. Era el último vástago de una larga familia, conocida entre sus convecinos como Los Cipotillos. Toleraba mal el responsable de su generación, hasta entonces padre solo de hembras, que sobreviviera en lo sucesivo, por la única línea de varón que podría combatir el paso del tiempo, un apelativo que consideraba una ofensa. Decidió llamar a su última esperanza Ambrosio, convencido de que nadie repararía en su malsonante filiación cuando a él se refiriere, dada la singularidad del nombre que había elegido; y de que tal decisión tendría, para todo el linaje, tan feliz consecuencia profiláctica que bendeciría a progenitor, antepasados y futuros descendientes.

Es posible que el traductor griego del mito que explicaba el origen de Tiro, porque encontrara un nombre que no pudo verter a su lengua, para enfatizar su valor elevara a la inmortalidad las piedras que había encontrado en el relato, sentido propio del adjetivo por el que se había decidido; así como el padre de Ambrosio, porque pretendía que su obra alcanzara hasta las generaciones futuras, ofuscado por una enemistad sorda que no podía justificar, retó a sus contemporáneos con un nombre que previó inmune a su maledicencia. El magnetismo de la palabra elegida en ambos casos accionaría un beneficio que en el primero nadie se habría propuesto.



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