Teorías de las migraciones
Publicado: abril 30, 2013 Archivado en: Recopilador | Tags: migraciones Deja un comentarioRecopilador
En Varrón, escritor del siglo primero antes de la era, se lee que dos iugera, medida originada en los campos de Roma, hacían un haeredium, nombre cuyo sentido procedía de una decisión anterior. A cada quirite el legendario Rómulo habría asignado aquella cantidad de tierra incluyendo el derecho a su transmisión libre. La generosa dádiva, antes que un plan que buscara corromper las voluntades, sería un ardid para abolir definitivamente la tragedia del ver sacrum, expresión a la que en castellano se le ha dado el significado de primavera sagrada. En tan bárbara celebración, inspirada por la tiranía de la creencia en la divinidad con la que pervirtieron los antiguos las ideas que causadas por ciertas impresiones, los problemas de población y sus representaciones confluyeron hasta identificarse con el más infantil de los sacrificios.
El ver sacrum desarrollado fue una celebración dedicada a Marte, para la que algunos liturgistas sintetizaron los atributos del dios a los que se rendían sus seguidores. Sobre todo conocido como ser bélico, e incluso como potencia agrícola, de él también se admitía que proporcionaba la fecundidad, prisma del que apenas algunas caras se han hecho visibles hasta ahora, condición por la que fue apelado cuando se trataba de aquella celebración.
En su origen fue una ofrenda de primicias, presentadas al dios como prueba de reconocimiento y con la esperanza de que a sus adoradores, resignados a perder una parte de su trabajo, devolviese con creces los frutos que le consagraban. Mas si solo fuera esto lo que al ver sacrum le dio carácter, poco podría distinguirse de otras liturgias insensatas. Había acumulado suficientes rasgos peculiares como para separarlo de ceremonias religiosas que se le pudieran asemejar, fueran ritos de ofrendas de los primeros frutos o representaciones atenidas a la conmemoración de la primavera. Es probable que sus características las adquiriera porque en él, desde muy pronto, se refugiaran creencias más oscuras, ya próximas ya semejantes, relacionadas con celebraciones excesivas de la potencia para fecundar.
En una población, cuando ocurría una catástrofe, tanto natural como provocada por el hombre, así una sequía como una hambruna, una epidemia o una guerra, la respuesta prevista por el rito, dada su inspiración política, era ofrecer un sacrificio a Marte. En primavera se le entregaba todo el producto de aquel año, decisión que le daba sentido al nombre con el que fue conocida la costumbre y que la consagraba. La primavera, justo porque el esfuerzo de todo el año quedaba contenido por los bienes a los que se renunciaba cuando habían alcanzado su valor más alto, se identificaba con el transcurso completo del ciclo anual. Víctimas obligadas de aquel sacrificio eran los productos de la tierra y las crías del ganado, pero sobre todo el más preciado de los que tenían su origen en la fecundidad, los niños nacidos durante el año crítico. Los recién nacidos debían ser inmolados porque era inexcusable cumplir la promesa que sus padres le habían hecho a Marte en el momento que el destino eligiera para delegarlos al mundo, cuando eran comprometidos a cambio del éxito en el parto. En el instante mismo de cada nacimiento su progenitor, replicando al don recibido gracias a los poderes del dios, quedaba obligado a renunciar al descendiente habido cuando Marte diera pruebas de sus crueles exigencias, transmitidas sirviéndose de los sucesos adversos.
La lectura más despiadada opina que el rito, descontado el teatro de la liturgia, se puso al servicio del problema de la sobrepoblación de las comunidades que habían de acoger a los recién nacidos resistentes a la mortalidad perinatal, y no obstante carecían de medios para naturalizarlos en ellas, aunque la decisión fuera extremadamente cruel. Los adultos, porque habían alcanzado la madurez, decidían deshacerse de aquel modo de los elementos vivos más recientes cuando la supervivencia de los que ya existían estaba amenazada por la subsistencia de los últimos en llegar; como cuando se detesta el último negocio urdido en la selva de la especulación, la llegada más reciente de mercancía ganada en mercados desconocidos, el logro próximo en el tiempo de quienes decidieron ignorar a quienes junto a ellos se habían esforzado por conseguir metas similares, aun cuando arriesgaran con dinero ajeno o pretendieran salvar a sus contemporáneos sirviéndose del esfuerzo que hubieran atesorado tras años de trabajo. Tan bárbaras costumbres, que condenaban al exterminio el grano de la fecundidad, su fruto recién brotado, todavía eran mantenidas a fines del siglo décimo primero antes de la era, tiempo remoto y casi olvidado, a pesar de los esfuerzos de los documentalistas que han consumido sus vidas en perpetuar de él la memoria.
Pero a partir de un momento que no ha sido posible precisar, que pudo coincidir con el cambio de milenio, la primitiva costumbre se civilizó. Fuera en aquel momento fuera siglos después, ya en la época histórica los niños que habían nacido durante las situaciones difíciles, en lugar de ser sacrificados, eran consagrados a Marte de por vida, una manera diferida de fenecerlos.
Según aquella versión definitiva, por el ver sacrum al dios severo era consagrada la generación de jóvenes que correspondiera. Solo ellos adquirían literalmente la condición de sagrados y bajo el peso de esta carga crecían. Contando con la conciencia de sus raíces, y gracias a la satisfacción que con aquel rito se le venía proporcionando al ácido inspirador de las guerras, a cuyas simas por esta causa podían precipitarse, a partir de aquel compromiso se le quería estimular para que en recompensa actuase como protector de la juventud; papel no del todo ajeno a sus otros significados primitivos, antes a tal distancia de ellos que se podría decir que se convertía en el tercer vértice que le otorgaba el equilibrio necesario para sostenerse adorado a pesar de su sorprendente justificación como ser divino.
Llegados a la adolescencia, los que así habían sido consagrados debían recompensar la distinción en la que habían crecido, que les obligaba aun sin contar con su voluntad; como ocurriría a los bautizados al gusto romano, nacidos en las generaciones procreadas por los antepasados más inmediatos de los habitantes actuales de la parte meridional de occidente, que por decisión de sus paternidades precedentes quedaban obligados a copia de actos cuyo sentido ignoraban. Como la guerra era excepcional, y sobrevenía solo cuando el control de las voluntades estaba muy concentrado, en las condiciones habituales los elegidos, antes que abocados al holocausto, eran expulsados de la población y enviados en expedición colonizadora, cargando con el deber de encontrar una tierra en la que asentarse, excelente salida al uso atrabiliario del semen. Donde antes había muerte, gracias a tan sabia mutación, hubo emigración adulta, muerte postergada por las leyes de la movilidad. Con el nuevo ver sacrum, que los exégetas prefieren denominar ver sacrum civilizado, quedó reglada una permanente salida al comportamiento expansivo de la fecundidad, o irresponsable causante del crecimiento insostenible de las poblaciones.
Pero la superstición nunca fue ajena al movimiento, embarcados los hombres al nacer en navíos sin rumbo, ni brújula, ni radar, ni sonar, ni astrolabio, ni murciélago retenido con una cuerda que subviniera a los medios orientadores. La expedición de los jóvenes que por causa sagrada emigraban, para una parte de los analistas, la guiaba un animal asociado a Marte. Con más probabilidad pudo representarla un animal a cuyo amparo ritual, porque se le admitiera también valor simbólico de la divinidad, se desplazaría el grupo sometido a la experiencia. Representando el papel de conductores, las fuentes mencionan el toro, el lobo y un ave que durante siglos conocieron con el nombre de pico, detalle del relato de esta liturgia que los intérpretes explican con fortuna diversa.
Según la más admitida por quienes incluyeron el mito en sus explicaciones, los adolescentes consagrados a Marte que habían de emigrar seguirían a un ejemplar de alguna de estas clases salvajes, y allí donde se detuviera pararían. Ahora parecen más acertados los que aventuran que el animal conductor de la marcha de los consagrados en los textos fue la recreación literaria de la insignia que en los desplazamientos guiaría a los emigrantes.
Pero fuera viva o alegórica, creían que por aquella señal el dios indicaba cuál era la tierra que había elegido para que se establecieran los que a él habían sido consagrados. A consecuencia del ver sacrum civilizado, generaciones de jóvenes se establecerían fuera del territorio del que eran originarias. El problema que a la supervivencia de todos pudiera crear su nacimiento, en los casos cuya particular gravedad era percibida por la población germinal como una catástrofe, quedó resuelto habilitando esta válvula.
Se tratara o no de una invención propia, el ver sacrum civilizado llegó a naturalizarse como rito entre los pueblos que habitaban la península itálica. Su vigencia se detecta en buena parte de sus pobladores antiguos, especialmente los samnitas. Por el procedimiento del ver sacrum, según una antigua tradición, los sabinos habrían colonizado el Samnio. Sus primeros pobladores siguieron desde una legendaria Sabina a un toro, extraordinario hecho repleto de vigor y valentía, en memoria del cual una de sus capitales recibió el nombre de Bovianum, topónimo con el que a un tiempo se conmemoraban potencia y cuernos. La causa de aquella iniciativa se explica porque en algún momento de su existencia los primitivos sabinos se vieron afectados por un problema de sobrepoblación especialmente grave, por lo que gran parte de sus ciudades tuvieron que ser consecuencia de un ver sacrum. Por la misma causa, otro grupo de sabinos, que en los textos fueron llamados sacrani, asimismo por haber sido consagrados durante un ver sacrum, había ocupado el solar de la mismísima Roma, adelantándose a la fundación de la ciudad por Rómulo, y había sido el responsable de la expulsión de aquel lugar de sículos y ligures, sus anteriores pobladores.
Del núcleo originario de Sabina partió otra expedición, movida por idéntica necesidad a la que había recomendado las anteriores, ahora conducida por un pico. Marcharon en dirección al Adriático y en su proximidad se establecieron. A consecuencia de aquella iniciativa tuvo su origen el pueblo justamente llamado piceno o picente, para conservar la memoria del animal que había servido de guía y medio de expresión de la voluntad divina.
De los samnitas también se desprendería la tribu de los hirpinos, esta vez guiados por un lobo, según una de las tradiciones, por un cabrón según otra. La historia sobre el origen de los hirpinos, transmitida por medios diferentes, se repite para explicar la radicación de los lucanos, y entre los umbros sobrevivió una parte de los ritos del ver sacrum antiguo porque mantuvieron la costumbre de sacrificar animales recién nacidos. Los mamertinos, que tenían al dios Apolo como su divinidad principal, hasta el punto que lo habían hecho objeto de un culto civil, lo erigieron en el actor protagonista de su propia versión del ver sacrum. Todavía durante la primera mitad del siglo tercero anterior a la era mantenían tan activa la misma costumbre que fue un ver sacrum, según sus leyendas, el que los condujo a la ciudad griega de Mesina, en la isla de Sicilia, donde constituyeron un estado propio por algún tiempo.
Los contemporáneos de aquel rito tan particular, cuya práctica sorprendía a otras gentes, en especial a los griegos, vivieron convencidos de que la población de aquella península había sido consecuencia de su aplicación genuina. Por eso se puede admitir como una costumbre por completo original de Italia, aunque algunos indicios, como los que algunos han encontrado en cierto mito celta, cuyos protagonistas se dirigen hacia Italia y el Danubio en busca de tierras emancipadoras, permiten pensar en una raíz aún más remota de esta manera tan peculiar de poblar.
Pero la excelencia de estos hechos radica en que la tradición recibida sobre los ritos aplicados al origen de las poblaciones, a causa de la reducción racional de las similitudes, fue injertada por los etruscos en sus procedimientos migratorios. Sus ceremonias pobladoras, conocidas con suficiente detalle, sin enmascararlo por completo decidieron distanciarse del ver sacrum, y ateniéndose a ellas en el Lacio fueron creadas ciudades.
La fidelidad con la que pueden ser restauradas hay que agradecérsela a que entre los etruscos la literatura ya había ganado la posición política que por derecho propio consolidó con el tiempo. Gracias a esta conquista, fueron redactados ciertos libros que prescribían el rito que se debía respetar para fundar acertadamente las nuevas poblaciones. Habiendo previsto los promotores que no hubiera obstáculo alguno para la obra, se preparaba todo lo que había que emplear en los sacrificios y los festejos apropiados; de modo que llegado el momento conveniente, revelado por signos, era elegido el día adecuado a la representación del ceremonial programado y solemnemente designado para el comienzo de las actividades de la urbe nueva.
Lo primero era ponerse a bien con los dioses. Tras celebrar sacrificios en su honor, el jefe de la nueva comunidad ordenaba a quienes habían decidido acompañarlo en el inicio de la población hacer lo mismo que él, cada uno según sus posibilidades, cada cual según sus necesidades. Después tomaba los augurios divinos y a continuación ordenaba que se hicieran hogueras delante de las tiendas. Sacaba al pueblo fundador de donde transitoriamente se había cobijado. Entonces todos debían pasar por el fuego, cada uno saltando por encima de su hoguera, acto que alegorizaba la purificación de las culpas de las que pudieran ser portadores y que parecía necesario cuando se trataba de reanudar la vida en otro lugar. Las llamas carbonizarían cuanto les hubiera contaminado y traído consigo. Contaban también con que aquella exposición al riesgo sería razonablemente grata a los dioses.
Acto seguido, llamaba a todos los concurrentes al lugar elegido para delimitarlo con perpendiculares. Equipado con un arado, del que debía tirar un yugo al que se habían uncido un buey o un toro y una vaca, cualquiera de ellos capaces para el trabajo, y que él mismo había de conducir, abría un surco profundo que marcara el perímetro de la ciudad nueva. Porque el surco estaba destinado a recibir la muralla que protegería la población, cuando el tiro llegaba al lugar donde tendrían que ser construidas las puertas su guía levantaba la reja del arado. Finalizada la obra, sacrificaba buey y vaca fundacionales y acometía las primeras ceremonias de otros sacrificios. Por último, ordenaba a todos los primeros pobladores que se pusieran al trabajo.
Prescribían también los libros lo que era correcto para que las calles de la nueva ciudad fueran trazadas y sus edificios levantados; cómo debían consagrarse las aras, construirse las murallas y localizarse las puertas; cómo habían de distribuirse las gentes primeras que poblaran, en cuántas tribus, curias y centurias; cómo formar y ordenar el ejército y todo lo referente a la guerra y a la paz. Además, concorde con tan minucioso ritual, también estaba escrito en los libros sabios el de fundación de las instituciones civiles y militares, cómo firmar tratados y cómo declarar la guerra.
Era parte de las ceremonias que en el lugar que luego sería el centro civil y político, coincidente con el centro geométrico del cuadrilátero que había sido marcado para solar de la ciudad, fuese abierta una fosa delimitada por una circunferencia, la que sería llamada mundus en latín, para sembrar la buena voluntad donde la vida colectiva, una vez que la nueva población se hubiera consolidado, estaría concentrada. Allí eran arrojados las primicias de todo lo que apreciaran los primeros pobladores y testimonios de lo que les pareciera necesario para la vida, un acto de renuncia en el cual sobrevivía el último eco del ver sacrum primitivo. Los mismos que habían acompañado al líder del grupo en el trazado del surco que había de rodear el espacio de la ciudad, concluían echando a la fosa abierta las pellas de gleba que había arrancado el arado, de modo que nada quedara fuera. Para terminar, cada uno de los presentes arrojaba a la fosa el puñado de tierra que había traído de su lugar de procedencia.
Los etruscos conservaron con escrúpulo las formas de este rito fundacional y sus entendidos fueron solicitados por los romanos para que lo ejecutaran en su favor. Gracias a ellos, los magistrados de la primera ciudad del orbe preservaron la costumbre de abrir un surco que delimitara el terreno que elegían para fundar una ciudad, y cuando su ejército levantaba un nuevo campamento, quizás porque era un espacio consagrado a Marte, el rito que debía cumplir mantenía en lo fundamental el de la fundación de colonias y ciudades al estilo etrusco, por lo que en su interior erigía altares para hacer sacrificios.
Pero en la leyenda de la fundación de Roma, Rómulo, el personaje ficticio que precisamente encarna los papeles destinados a autorizar el origen de la gran urbe, aunque actúe refiriéndose a prototipos latinos, que incluirían la asimilación de las costumbres etruscas a la de otros pueblos itálicos, fue finalmente modelado con criterios griegos. Con el tiempo, a la leyenda le fueron añadidos elementos procedentes de la cultura oriental para que adquiriera el prestigio que para los antiguos romanos, a partir del siglo cuarto, espontáneamente confería cualquier contacto con el mundo helénico. En el relato, Rómulo encarna la figura del oikistés, el fundador de las ciudades griegas, un noble al que la metrópoli designaba como guía de la expedición con el encargo expreso de fundar una colonia, la que por esta razón desde el primer momento adquiría el rango de polis.
Los trabajos reservados al fundador griego eran bastante completos, tan extensos como las necesidades que pueda originar una ciudad civilizada. Aunque también debía delimitar los espacios que ocuparía, sus obligaciones preferentes eran distribuir la tierra entre los colonos, proporcionarles leyes para que pudieran gobernarse e instituir los primeros cultos públicos, a imitación de los que en la metrópoli las creencias comunes mantenían. Por eso a Rómulo no solo le es atribuida la fundación física de Roma, para la que actuó siguiendo rigurosamente los preceptos etruscos, sino que ateniéndose al modelo griego también promovió las instituciones políticas de la ciudad, el orden social a partir de la división entre patriciado y plebe y la concesión a los primeros romanos del que habría de ser su medio de vida, mediante el reparto de tierras, como haría el fundador de una colonia griega, acto en cuyo transcurso Rómulo instituiría el haeredium que pretende Varrón.
Aun así, la tradición sobre la vigencia del rito del ver sacrum la llevan al límite de lo verosímil sus intérpretes más entusiastas. Recuerdan que, a pesar de la adopción del rito etrusco de población y su contaminación con el elemento griego, el ver sacrum nunca fue del todo ajeno a Roma. En el año 215 antes de la era, porque así lo habían prescrito sus Libros Sibilinos, allí fue necesario prometer solemnemente un ver sacrum a Júpiter, previa la aprobación de sus quirites mediante consulta. En consecuencia, una ley prescribió el voto del ganado nacido durante las siguientes cinco primaveras.
Probablemente la costumbre del ver sacrum había perdido, a fines del siglo tercero anterior a la era por la que se rige la cronología occidental, su sentido originario, del que solo sobreviviría el amor por la liturgia. Por eso la iniciativa entonces se limitaría a tomar la forma de una decisión legal. También se puede pensar que estos ejemplos tardíos son explicaciones muy intervenidas por el propósito de conseguir una buena elaboración textual para el pretendido momento original de los hechos narrados. En ellos casi todo sería recreación literaria. Pero cualquiera de estas explicaciones ignoraría que el comportamiento primitivo, que emergía sirviéndose de las pasiones, fue la constante que consintió la ramificación imprevisible de cualquier creencia sobre la fecundidad. Otras visiones retrospectivas de hechos similares, igualmente alentadas por el prestigio del ascendiente helénico y la pasión literaria, desbordaron la contención y permitieron que emergieran con toda su violencia.
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