Precios
Los precios deciden
Abel Émerson
De los precios de hace casi trescientos años se conservan algunos registros. Uno de ellos está coleccionado en unos cuadernos de tamaño folio, en los que sus autores fueron anotando los precios mínimo y máximo que cada semana alcanzaban bienes vendidos entre enero de 1752 y diciembre de 1799 en un mercado, la población donde se conservan; cuarenta y ocho años de información regular de cuando aún las estadísticas apenas existían.
El plan fue concebido para once productos (trigo, cebada, habas, garbanzos, aceite, lana, carnero, vaca, cerdo, tocino y macho cabrío). Es posible que proviniera de una decisión administrativa. A mediados del siglo décimo octavo las autoridades de la región suroccidental insistían en pedir información sobre precios semanales. Incluso es muy probable que el origen de esta preocupación haya que atribuirlo a los sucesos de 1750. Aquel año, en plena crisis, la administración regional una vez más quiso coleccionar informes de precios. Tal vez las crisis, que podían ser esperadas, que excitaban las compraventas, inspirasen las decisiones más ambiciosas, incluidas las administrativas. Pero solo durante las dos primeras décadas se cumpliría un programa tan extenso. Después, quedaría reducido a los cinco productos que proporcionaban los ingresos más estables de las empresas que se concentraban en la agricultura (trigo, cebada, habas, garbanzos y aceite).
Para la cotización del trigo, la mercancía en la que por el momento he decidido concentrar mi atención, la colección estadística tiene cinco lagunas. Tres solo afectan a una semana: una de junio de 1766, otra de diciembre de 1779 y la tercera de noviembre de 1792. La cuarta es de medio año, el comprendido entre el 25 de noviembre de 1758 y el 11 de mayo de 1759. La más importante es de un año nada menos, del 31 de diciembre de 1790 al 29 de diciembre de 1791. No son inútiles las lagunas, como no lo son los errores. Los vacíos, junto con las secuencias caligráficas de los manuscritos, así como que los cuadernos no tengan las formalidades propias de los documentos, aun tratándose de un depósito administrativo, son razones suficientes para creer que se trata de una colección de copias compuesta a partir de uno o varios originales, estos sí probablemente creados por el gestor público, que no se han conservado en aquel depósito o que al menos fueron reunidos en una colección aparte.
De todos los testimonios que hablan en favor de que sean copias, es resolutiva la laguna más importante, probable error consecuencia de un salto de igual a igual. Es posible que los copistas de los precios fueran varios, aunque es seguro que todos estaban formados en la caligrafía de los amanuenses de fines de la época moderna. Por el depósito que ha conservado la colección, se puede conjeturar que pudieron ser empleados de un municipio, que tenían acceso a la documentación relacionada con la gestión de los asuntos públicos, con la posibilidad de dedicar una parte de su tiempo a la copia por encargo. Tal vez trabajaron para una sociedad económica, un club interesado en esta clase de informaciones. La que hubo en la capital de la región, que prefirió calificarse a sí misma de patriótica, en el primer volumen de sus memorias, que salió de la imprenta en 1779, entre las páginas 129 y 134 publicó una estadística similar; precios máximos y mínimos del trigo, tal como habían cotizado en su alhóndiga entre 1649 y 1778. Pudo ser un registro oficial de mercados semejantes a la alhóndiga el responsable remoto de los valores utilizados por los autores de los cuadernos locales. Tal vez los encargos a los copistas se fueran sucediendo, y esta fuera la causa de los cambios en la caligrafía. Pero se puede asegurar que el último tuvo que completarse con posterioridad a 1799, porque la serie se interrumpe coincidiendo con el final de este año, una cifra expresiva del límite de un ciclo, no en los hechos, sí para los cómputos. Esto permite suponer que la serie, bien de los originales bien de las copias, pudo extenderse hasta los comienzos del siglo décimo noveno al menos, y que tal vez fue coleccionada en otro legajo que no ha tenido la fortuna de sobrevivir.
La unidad de tiempo que usa la estadística es la semana. Pudo ser una parte nada despreciable de la experiencia que se adquiría en los mercados, no digamos del comportamiento de los especuladores. Una y otro fueron descargados en su estadística por los responsables más remotos de la redacción de los cuadernos al elegirla. Pero excluye la posibilidad de observar las oscilaciones del valor de los bienes durante menos tiempo. Al tomar esta decisión, sus autores impidieron sobre todo el análisis de los cambios de los precios del trigo a lo largo de un día, en cuyo transcurso se efectuaban las operaciones de compraventa.
Aquella decisión de los autores de la estadística no es un imponderable. La duración de la semana no está borrada por completo; en los cuadernos el rastro del día solo ha desaparecido parcialmente. Al decidir que se registraran hasta dos valores por semana, el mínimo y el máximo, sus redactores permitieron que fueran observables los cambios de valor durante la unidad de tiempo menor posible, y así describir del mejor modo las oscilaciones de los precios del trigo en el tiempo concreto. En la convivencia de ambos valores en la misma unidad de tiempo verían contenida suficiente elocuencia para explicar el fenómeno regular de los permanentes cambios de valor de aquella mercancía. Así pues, al considerar máximos y mínimos nos hacemos partícipes de la experiencia de los autores de la estadística.
Se puede sospechar que sobre el registro de ambos valores carga la rutina. Anotar una diferencia de dos reales entre ellos durante una semana, tal como es frecuente, puede ser una manera convencional y expeditiva de expresar la oscilación habida, sin perder el tiempo en más detalles, ni creerse en la necesidad de buscar información más precisa sobre un hecho que al fin y al cabo era de sobra conocido. Pero con más frecuencia que la diferencia de 2 reales se registran las de 3, las de 4, que son las mayores absolutamente, y hasta las de 5. Es verdad que los valores pares se imponen sobre los impares, como es regular en cualquier secuencia de anotaciones estadísticas, y que el registro de los valores enteros se impone sobre el de sus respectivos decimales, a excepción del valor 1.5. Aunque nada de esto es distinto a lo que se observa en las tablas de precios de cualquier mercado al por menor, de acuerdo con esta descripción tendríamos que reconocer que tal vez hayamos perdido en precisión. Pero gracias a la dispersión de los casos podemos estar seguros que la amplitud de la observación, en sustancia, ha sido retratada con sus rasgos habituales más visibles.
Los precios están denominados en vellón, una carga métrica que puede tener consecuencias para la correcta apreciación del fenómeno. La inflación del vellón a partir de 1772, y no los cambios en el aprecio de los bienes, pudo ser responsable de una parte de las oscilaciones registradas. De ser así, habría que neutralizar su efecto, para evitar que el cambio de valor de la moneda contaminara la observación del cambio de valor de las mercancías. Pero examinada la tabla bruta de los precios registrados, se aprecia que las alteraciones de la denominación en moneda de cuenta del valor de los bienes se comportan con autonomía en relación con el paso del que sea de los valores del tiempo. Antes y después de la inflación de 1772 se observan valores extremos, tanto en un sentido como en otro, y también antes y después se los puede encontrar moderados. Máximos y mínimos son pues aleatorios, y cualquiera de ellos lo es respecto de la duración de su ciclo. Los efectos de la inflación estarían por tanto absorbidos o serían indiferentes a la cotización del trigo.
Hasta donde llega mi información, creo que para el suroeste estos precios semanales contienen el grado más alto de observación de un mercado del trigo hasta ahora conocido, así como su descripción continuada más completa. El elegido tenía alcance comarcal. Tal vez de ahí vino la atención que decidieron concederle a sus cotizaciones unos contemporáneos interesados en los fenómenos mercantiles. De su valor eran tan conscientes al designarlo como observatorio que de ellas encargaron copia, y luego quienes las vieron anotadas, aunque reconocieran que no eran documentos propios de aquel depósito, decidieron conservarlas en él. No es frecuente encontrar colecciones de precios con estas propiedades. De su condición extraordinaria se tiene la certeza si se la compara con las descritas en las obras clásicas sobre la historia de esta materia, incluida la mercurial de París de E. Labrousse.
La historiografía tal vez le haya concedido demasiada importancia a los precios. En su origen hay un interés que le es ajeno. El que hubiera cuando se formaron las primeras grandes colecciones tenía objetivos de política económica. La atención que en su momento se concentró en el estudio de la revolución de los precios del siglo décimo sexto no es indiferente, al menos en el tiempo, a las primeras formulaciones keynesianas ni a la política de New Deal. Las elaboraciones literarias referidas al pasado, aun sin considerar su papel de mediador técnico para determinadas elaboraciones teóricas, le confiaron la responsabilidad de termómetro de los síntomas económicos, de donde a veces dedujeron comportamientos y causas que los datos por sí mismos no ponen al descubierto. Cuesta trabajo aceptar muchas de sus deducciones, buena parte de ellas basada en elaboraciones estadísticas que van dejando atrás los datos originales según van avanzando; ahora dejan a un lado los valores excepcionales, luego toman los que describen unos movimientos según los principios del modelo A o el B, e ignoran los demás. Tales métodos pueden ser útiles para ciertas demostraciones, pero crean un artificio que oculta los comportamientos espontáneos. Son lamentablemente tautológicos en la medida en que incluyen en los instrumentos de análisis las premisas de las que parten, a veces cínicamente presentadas como hipótesis. Ni siquiera el año-cosecha, el artificio más neutro que se consintió la historiografía de los precios antiguos es suficiente para respetar las oscilaciones que describen los números. Siguió la pauta que trazaban los textos contemporáneos a los hechos estudiados, que estaban tan interesados en crear una opinión homogénea como en encubrir las tácticas que efectivamente permitían los mejores beneficios. Así los relatos historiográficos se convirtieron en una parte anacrónica de aquel orden.
Para ganar una posición independiente puede bastar un axioma incontrovertible a partir del cual inducir. Los precios, cuando los propone quien oferta, están destinados a contenerlo todo: las inversiones y los gastos, los beneficios y las rentas, las detracciones y los intereses, y por supuesto la satisfacción de las necesidades inmediatas a la supervivencia y los deseos menos perentorios. Cuando acepta un precio, quien vende aspira a cubrir con el ingreso que obtenga esa totalidad. Lo hará o no, tendrá que resignarse a una cantidad por debajo de la que desee o podrá completar una operación que le proporcione una ganancia por encima de la más optimista de las previsiones. Pero en todos los casos sus aspiraciones a alcanzar aquella totalidad estarán siempre en el origen de las decisiones mercantiles que tome. Todo su esfuerzo se concentrará en alcanzar el mejor orden de monopolio para el medio en el que actúe; de la dimensión y de la duración que sea, pero que permita en algún momento dictar el precio para aquel ámbito, una aspiración que le quedará tanto más lejos cuanta mayor sea la capacidad del comprador para elegir oferta. Así concebido, el precio es mucho más que un indicador. Es el que finalmente decide. Si el analista retrocede a lo largo de su composición y de sus avatares, puede recorrer el camino que lleva hasta el último de los esfuerzos acumulados para crear el bien que lo permite y obtener el beneficio.
Por ahora, mi objetivo es reconstruir, sirviéndome de los precios, con la mayor fidelidad posible, los comportamientos que confluyeran en el mercado del trigo. Parto del principio de que el relato más detallado de las oscilaciones de los precios es el que permite la restauración más completa de los actos que es posible conocer tomando como pauta estas colecciones de números, sin que la cantidad garantice que el rescate sea más fiel solo por cumplir esa condición. Pero, tratándose de hechos cuantificados, la masa permite llevar su ponderación hasta el límite, que por definición es el lugar hasta donde alcance la información conservada. La reiteración de los números registrados descubre lo que en aquel mercado había de anodino y gregario. No hay evidencias sobre que los comportamientos discurrieran al margen de estos límites. Su examen desde el principio demuestra que los actuantes se atenían al principio de razón, por cuya causa se comportarían tal como los demás presumieran y tuvieran consentido. Sobre este principio se sostiene lo que la teoría económica llama el comportamiento racional de los agentes; el fatídico principio racional de la enajenación, que es también ambición compartida, según el cual es más probable que los bienes se precipiten al mercado cuando asciende el precio, tanto más cuanto más ascienda. Según el comportamiento de este, y no a la inversa, no porque concurrieran, acudirían a emparejarse con su comprador resignado y pasivo trigos de todas las clases, viejos y jóvenes, atrojados y desembarazados. Los comportamientos más probables serían los inducidos por las oscilaciones de los precios, tanto más cuanto más se aproximara el orden de monopolio. La oscilación de los precios es la prueba más directa de que los agentes también decidían según principios distintos al racional cuando la posibilidad de monopolio se alejaba.
El método debe imponerse violentar los números proporcionados por la estadística con la menor cantidad de premisas, para observar el comportamiento espontáneo del mercado del trigo, con la intención de eludir cualquier modelo de análisis que inyecte prejuicios en los hechos. Probablemente la descripción de las oscilaciones de los precios sin manipulación estadística no permita llegar demasiado lejos; tal vez resulte monótona y poco instructiva. Sin embargo, estoy convencido, porque parto del principio del comportamiento enajenado por la ambición, de que es suficiente para descubrir razones, aunque sean muy elementales, que permitan reconstruir los comportamientos gregarios que insistentemente concurrían a la compraventa del trigo.
Para homologar la información y no perder el tiempo en matices insignificantes, antes que nada, he revisado una por una las cotizaciones registradas. Los valores expresados por un número entero no han necesitado adaptación alguna. Las fracciones, cuando el valor registrado no era un número entero, las he concentrado en el medio real, equivalente al redondeo menos distorsionante posible. La fuente me permitiría ser más preciso, pero me entretendría demasiado y no conseguiría nada serio a cambio. Basta esta manipulación de los datos, además de los errores de transcripción, para que se acumulen cálculos erróneos, aunque se ponga todo el cuidado, lo cual ya es deformación sobrada.
La representación de todos los valores en una sola imagen es la otra parte del método. Sin su auxilio la detección de los cambios resulta tan penosa como expuesta al error. Sobre cualquier decisión arbitraria, tiene la ventaja que permite valorar, cuando se representa la serie completa, qué oscilaciones tienen entidad para el comportamiento general y cuáles no. Atenerse a este procedimiento, aceptada la necesidad de la mediación gráfica, impone manejar una sola cifra para cada unidad de tiempo, la única elaboración estadística que debe consentirse. La semana, en la estadística representada por un mínimo y un máximo, así queda reducida a un valor, el precio medio semanal, y reducida a esta dimensión permite delinear las oscilaciones.
Para servirme de ella durante los análisis y hacerlos avanzar, he elaborado una nomenclatura provisional, frágil, probablemente no demasiado ortodoxa, aunque redactada bajo la convicción de que resulta clara y útil. La piedra angular de mi léxico es ciclo, un concepto siempre cargado por el punto de vista. Habiendo decidido que la semana, unidad de tiempo, quedara representada por un solo valor, solo es posible observar ciclos agregando semanas. Pero todos los ciclos, aunque agreguen las semanas como quieran, conceptualmente pueden aceptar un modelo universal, el más elemental, el incluido en la idea misma de ciclo. Cualquiera es el compuesto por una primera secuencia de crecimiento y una segunda de retroceso; o viceversa, porque para la observación tanto da una como otra forma. Todo depende de donde tenga que partir el observador. Si la primera secuencia de valores que aprecia es descendente, los ciclos podrán sucederse en V; en caso contrario, valdría esta misma imagen, solo que invertida. A esta idea no habría nada que objetar. Explica lo que podemos denominar ciclo espontáneo cuando se manejan las cifras originales. Aunque sea el fruto de una abstracción, es el único principio que se puede dictar cuando se desea observar el fenómeno sin contaminación.
Pero cuando el punto de vista de verdad interfiere es cuando hay que identificar un máximo y un mínimo absolutos en cada ciclo. A partir del examen de los números, para aceptar una inflexión como irreversible he optado por valores que estén separados por una diferencia superior a los cinco reales. Cuando una secuencia de valores se está incrementando y se mantiene con ese comportamiento sin que esa parte de la serie conozca una inversión del incremento superior a tal cantidad, acepto que el sentido de la evolución se mantiene y que el retroceso momentáneo ha sido intrascendente. Cada una de esas orientaciones puede incluir pequeñas oscilaciones, de duración variable, aunque todas limitadas a cambios en la cotización inferiores a los cinco reales. Actuando de este modo, he descubierto treinta y siete ciclos para aquellos casi cincuenta años, base suficiente para la observación del fenómeno cíclico más inmediato.
Mas si desisto del cinco como límite a partir del cual reconocer inflexiones, que en realidad es tan arbitrario como el cuatro o el seis, y que solo aprovecha que las posibilidades de que se opongan máximo y mínimo van descendiendo según se va incrementando el factor, y me atengo ahora a la observación gráfica de toda la serie, descubro solo nueve ciclos completos. Creo por tanto que desde ahora es necesario aceptar que, observando todas las oscilaciones, se descubren dos clases de ciclos espontáneos, el que convencionalmente, por comparación, puedo llamar corto, el primero que he descrito, y el que ateniéndome al mismo criterio debo llamar largo.
Para completar la nomenclatura, duración de un ciclo será el tiempo que consuma en agotar todo su movimiento, el que suma un ascenso a un descenso, o viceversa, y llamaré fase a cada una de las secuencias de tiempo o duraciones ininterrumpidas bien de incrementos positivos bien de caídas; antes de que se alcancen un mínimo o un máximo absolutos, tal como quedan marcados por cada secuencia cíclica, sea estadística o gráfica. También podría decir que una fase es la mitad de un ciclo o un semiciclo, siempre que por mitad no se entienda una duración sino la persistencia en el signo de los incrementos. Amplitud de los ciclos será el nombre conveniente a las diferencias entre el máximo y el mínimo de cada uno. Definida así, expresaría la escala a lo largo de la cual vendedores y compradores podrían satisfacer o defraudar sus aspiraciones. Un mayor recorrido o longitud de la escala serían más oportunidades, mientras que cuando el recorrido fuera corto, las oportunidades serían menores. Por último, habrá que denominar factor multiplicador a cuantas veces el máximo contenga al mínimo. Expresaría las mayores ganancias efectivas que podrían alcanzar los poseedores de grano que lo sacaran al mercado cuando se llegaba a la mayor amplitud; o las mayores pérdidas de oportunidad, si fuera necesario vender al mínimo, una vez escapada la del máximo.
El ciclo largo
Para satisfacer las mayores expectativas que se podían esperar de todas las oscilaciones del precio del trigo, era necesario aguardar como mínimo dos años y tres meses, y podía llegar el caso que fuera necesario poner a prueba la paciencia de los concurrentes durante casi nueve años. Esto sería extraordinario, pero no lo sería mantenerse a la expectativa entre cuatro y cinco años y medio, o en torno a siete.
Para contar con el viento de cola del alza era necesario arriesgar mucho. Las semanas de alza eran casi dos tercios del total. Aunque no hay que despreciar el otro tercio, el recesivo, una amenaza ante la que a quien concurriera con su trigo al mercado le obligaría a permanecer en guardia para evitar depreciaciones encadenadas de su producto.
De los nueve ciclos, en cuatro el máximo se alcanzaba en otoño, normalmente entre ocho y nueve semanas después de su comienzo, es decir, en la segunda mitad de noviembre, más que mediado el otoño, casi en vísperas del invierno. Si tomáramos como referencia de suministro de los mercados la cosecha precedente, un supuesto que no está desorientado porque acepta el principio del tamaño del mercado inmediato como pauta para decidir el volumen del producto, así como la ley de la responsabilidad del costo del transporte en el precio final del producto que se moviera, tendríamos que admitir que con más frecuencia en favor del máximo trabajaría la contracción del producto debido a la cosecha local inmediatamente anterior, y que para combatirla no se ha recurrido a la importación de choque.
En el orden de las frecuencias del máximo, al otoño le sigue la primavera. Como ocurre en tres de los ciclos, no sería una deformación de los hechos admitir que era un fenómeno tan probable como el máximo de otoño. Era más probable que ocurriera unas seis semanas después de empezada, esto es, en abril. Respetando el mismo modelo de comportamiento de los mercados locales, porque si es aceptado para una situación tiene que serlo para cualquiera de las demás, un máximo de primavera tendría que significar que la reserva apta para concurrir al mercado local, cualquiera que sea su edad, amenaza con retraerse, más probablemente por agotamiento, y no se ha recurrido a importar grano; o si se ha hecho, no ha sido suficiente para contraer los precios.
Las otras dos posibilidades, que el máximo sea de verano o de invierno, justo porque son excepcionales, ganan un significado valioso si nos atenemos al mismo modelo. Un verano de máximos es la prueba de una cosecha completamente perdida, la mejor de las oportunidades para quienes tengan reservas; y que sea en invierno puede ser la consecuencia de que la caída del producto previo pudo quedar atenuada por un volumen que no fuera catastrófico o por la llegada de grano exterior.
Así como el máximo más probable es el de otoño, el mínimo más probable es el de verano. Más de la mitad de los mínimos se observan en esta estación, y no habría que esperar mucho para que ocurriera. Bastaba aguardar a que llegara como mucho un par semanas desde su comienzo. Si nos mantenemos fieles al esquema lógico que nos ha parecido válido para explicar los máximos, cualquier mínimo de verano sería el reconocimiento de una cosecha que puede colmar las expectativas de la demanda local hasta el grado de la saturación.
Algo similar podría decirse de los mínimos de primavera, que suceden casi con la misma frecuencia que los de verano. El mínimo de primavera reconocería que las expectativas que la cosecha que está madurando parece garantizar pueden satisfacer el mismo objetivo, aunque sin alcanzar el grado de la certeza. El mínimo de primavera sería un adelanto de los mismos comportamientos consecuencia de que la excelencia de la cosecha local era una evidencia antes de que se hubiera consumado su siega.
Los mínimos de invierno, que aunque son algo menos frecuentes pueden imponerse en la quinta parte de los casos, serían la consecuencia de un mercado local colmado hasta la saturación, que a la cosecha local pudo sumar importaciones contingentes, no del todo previstas, quizás a su vez consecuencia de las imprevisiones de los planes locales destinados a prever el producto que se pudiera demandar. Y que no hubiera mínimo en otoño por tanto debe significar que tales modificaciones del mercado local tardarían en llegar y tendrían un efecto moderado.
Hasta dónde podía llevar sus expectativas quien tuviera capacidad para aguardar la mayor cantidad de tiempo para satisfacerlas lo expresa con exactitud la amplitud del precio del trigo durante los ciclos largos. Oscila entre un factor 1.36 y 6. Alguien que tuviera depositadas sus esperanzas en estas duraciones, porque la experiencia le hubiera demostrado la ventaja de ser el más paciente, en el peor de los casos, cuando después de tanto esperar el ciclo hubiera sido en exceso calmado, apenas si podría esperar incrementar un tercio sus ganancias. Pero si el ciclo fuera de la mayor amplitud conocida, su apuesta por la paciencia podía valerle multiplicar por 6 sus posibilidades iniciales de ganar dinero con la venta del trigo. Si hubiera adquirido una partida de 500 unidades de capacidad al precio menor del ciclo, incluso si lo hubiera obtenido a ese costo produciéndolo, supongamos de 15 reales cada una, su inversión sería, expresada en las mismas unidades monetarias, de 7.500, mientras su venta en el momento más oportuno le valdría un ingreso de 45.000. Es verdad que para alcanzar este óptimo tendría que esperar mucho tiempo, la mayor cantidad que le enseñara la experiencia. Pero los incrementos más frecuentes, cuyos factores estaban comprendidos entre 2.4 y 4.88, también proporcionarían beneficios en modo alguno despreciables. Como mínimo más que duplicarían la inversión, y sin demasiada dificultad casi la quintuplicarían. Además, en estos casos no sería necesario fiarse a plazos excesivamente largos. No solo no hay correlación directa entre mayores incrementos y mayores duraciones, aunque es evidente que a mayor duración mayores posibilidades para que oscile el precio del trigo, sino que incluso la experiencia enseña que el segundo mayor incremento (factor 4.88) coincide con una de las menores duraciones (poco más de 3 años). A todo lo cual aún hay que añadir que los máximos colmarían las expectativas más ambiciosas cuando hubiera transcurrido una de las fases del ciclo, la de alza, que convencionalmente podemos situar a la mitad de su transcurso. Luego la mayor satisfacción podía obtenerse aguardando como máximo entre 4 y 5 años, pero sería más probable y aun altamente satisfactorio esperarlo entre 2 y 3 años. Dadas las enormes ganancias que gracias a estas oscilaciones se podían obtener, parece consecuente admitir que nunca faltarían interesados en fiar a estos comportamientos del mercado del trigo sus ganancias. Es más, serían una parte estable de su orden comercial, porque los hechos demuestran que invariablemente llegaban tan excelentes oportunidades.
A satisfacer tan altas expectativas se opone sin embargo un imponderable decisivo, la conservación del trigo. Ninguno podría superar la frontera de la existencia. Cualquier grano, para consumar sus aspiraciones vitales, había de estar vivo. El ciclo biológico lo decidía su capacidad para resistir el paso del tiempo. Una tabla de mortalidad del grano la resumiría en cifras. Pero no creo que sea necesario ensayarla. Sabemos que a lo sumo, con los medios que se le aplicaban a la conservación en esta época, la supervivencia del grano alcanzaría los dos años. Luego ni la menor de las duraciones del ciclo largo quedarían al alcance de quienes almacenaran su cosecha a la espera de estos óptimos. Si lo hicieran, sería su ruina. Podrían arriesgarse, esperar un tiempo, pero no demasiado, porque la humedad y el gorgojo enseguida amenazarían la conservación de su tesoro. Ningún labrador, ni aun los de mayor capacidad de almacenamiento, que serían los mayores productores, podría llegar tan lejos contando solo con sus medios. Aquellas condiciones óptimas solo estarían al alcance de los grandes comerciantes, que a través del mar podrían movilizar en poco tiempo las partidas compradas en el exterior en el momento oportuno. Habitualmente operaban bajo la protección pública, temerosos los responsables políticos de los efectos que pudieran tener los precios excesivos del trigo. Como hay que suponer, para aceptar esta explicación, que el importador tendría que conectar con un productor igualmente externo que le proporcionara el trigo, debemos admitir que la situación recíproca también sucedería, y que por tanto algunos labradores, trabajando de manera coordinada con los comerciantes exportadores, podrían deducir en su favor una parte del beneficio que estos momentos extremos aseguraban cuando sucedían fuera, no necesariamente en otro país.
Si es acertado este punto de vista, eso significaría que las iniciativas que terminaban en el mercado del trigo tendrían que planificarse a un plazo mucho mayor que el año, superior incluso al trienio, un límite que incluiría la obtención de una cosecha completa en los casos de ordenación en dos o tres hojas de la explotación, los órdenes del sistema más habituales. No bastarían los sistemas comunes para garantizar la experiencia del precio óptimo inmediatamente.
El ciclo corto
No había ciclo corto de los precios del trigo inferior a los tres meses, y apenas significan algo los que duran entre tres y cuatro. Serían más probables los que duraban entre un semestre y dos. Sin embargo, hasta aquí todos los ciclos cabrían dentro de un año. Todos ocurrirían durante el ciclo productivo completo. Serían menos de la mitad. Las duraciones comprendidas entre uno y dos años tampoco serían las más probables. Pero es que todo lo demás, todo lo que dure más de dos años, es aún más disperso y poco probable. Es cierto que hay una duración de tres años y nueve meses, que marcaría el máximo, una duración extrema, muy llamativa. Pero es casi tan singular como la de cerca de tres años, aunque no tanto como las que giran en torno a los dos, cuya frecuencia relativa, superior a la décima parte de los casos, las coloca en el segundo puesto de las posibilidades. Luego las duraciones superiores a un año son todas extraordinarias, aunque en total serían las más frecuentes. Sería pues más probable lo excepcional, y no es una paradoja.
A las duraciones extraordinarias hay que reconocerles impulsos diferentes, o no derivados de los que pudiera originar el ciclo productivo, a los cuales se sumarían. Pero son tan dispares que no sería legítimo atribuirles, aunque fuera por la vía de la suposición, causas similares. Se puede concluir primero que el patrón de tiempo que parece más adecuado al análisis de las duraciones de los ciclos cortos es la estación o trece semanas, decidida por la naturaleza, a la que debía atenerse el ciclo productivo de los cereales. Pero como no hay ciclos de duración inferior a las doce semanas, todos los ciclos eran de duración superior a la de una estación. El fenómeno biológico, la estación, era trascendido por las oscilaciones, cuya prevalente composición humana queda así en evidencia. Como son treinta y siete ciclos cortos para casi cincuenta años, entre crecimiento de los precios del trigo y año natural tampoco habría correlación. No es un descubrimiento positivo pero obliga a pensar asimismo en factores distintos al encadenamiento estacional de las cosechas locales como responsables de aquel comportamiento. Si partimos de las premisas que hemos aceptado para deducir comportamientos asociados al ciclo largo, que no tienen por qué ser distintas porque el tiempo durante el que ocurren todos los hechos es el mismo para cualquiera de nuestras abstracciones, podemos aceptar que quienes esperaran el beneficio del ciclo corto espontáneo tendrían más posibilidades si apostaran porque duraría en torno a un año. De no ser así, es probable que en dos años vieran satisfechas sus aspiraciones. Tampoco es necesario reiterar las premisas del análisis precedente para afirmar que el ciclo corto sí quedaría al alcance de los labradores locales porque estaban en condiciones de almacenar el trigo hasta el máximo biológico de dos años. El ciclo corto sería su oportunidad. Su volumen de producción les permitiría adquirir ventaja en el mercado local cuanto más se prolongara el ciclo, y adquirir ventaja en esa duración con ese alcance no incluiría la necesidad de invertir en transporte.
Los ciclos marcados por el alza, que son los ciclos en los que se prolonga más el incremento que la caída, son dos tercios. La duración de los incrementos en condiciones de prevalencia del crecimiento positivo es sin embargo muy abierta, y lo mismo ocurre con la de sus correspondientes caídas. Los ciclos marcados por el descenso, que son aquellos en los que se mantiene más la fase de caída que el incremento, suman el otro tercio. Es suficiente para reconocer inmediatamente que la prolongación de la caída cuando domina la caída responde a una gama de duraciones más restringida y que también ocurre lo mismo con la del incremento cuando domina la caída. La tensión a favor del alza domina, y lo que es más importante, las duraciones de los incrementos positivos se prolongan mucho más que las caídas. El resultado de esta experiencia es lo que podríamos llamar el ciclo corto tipo. Para cualquier unidad de tiempo, las posibilidades de que el precio se incremente son el doble que las de que disminuya, y el tiempo durante el que se puede disfrutar de las condiciones al alza se prolonga casi una quinta parte más. Sin embargo, la proporción de semanas de subida es 58.9, mientras que la de semanas de bajada es 41.1, un resultado que no es del todo sorprendente.
Los máximos de primavera son los más frecuentes, un tercio. En primavera se encontrarían las mayores oportunidades. Los de otoño son algo menos probables, poco más de un cuarto, y los de invierno tampoco quedan muy lejos, son un cuarto. Sin embargo, los máximos de verano son solo un décimo. Así pues, la estación parece bastante indiferente al máximo, excepto cuando se trata del verano, que raramente lo permite. En cuanto a los mínimos, los de primavera y los de verano, cada uno de los cuales son poco más de un tercio, contrastan con los de invierno, que son casi una quinta parte, y mucho más con los de otoño, que son menos de la décima parte. Luego los mínimos son más probables en primavera y verano, raramente ocurrirían en invierno y mucho menos en otoño. Luego el otoño sería la mejor época para vender.
Hay un buen número de ciclos en los que el factor multiplicador indica que apenas se puede esperar incentivo de su transcurso. Está comprendido entre 1.1 y 1.3. Son la tercera parte. Las expectativas se incrementan razonablemente cuando queda comprendido entre 1.4 y 1.6. Son otra tercera parte. Las expectativas son buenas en los ciclos que desarrollan uno entre 1.7 y 1.9, pero solo son una quinta parte. Las excepcionales son casi únicas. El factor 2 está esperando en dos ciclos, y nada menos que en torno al cuatro, otros dos: uno 3.9 y el extraordinario 4.2.
En el ciclo corto, que era el que quedaba al alcance de los labradores, apenas se podría aspirar a duplicar las ganancias, porque la práctica totalidad de las posibilidades estaban bajo ese techo. Ahora bien, con un almacenamiento local, se podía esperar que la fortuna sonriera alguna vez, en cuyo caso a lo máximo que se podría llegar es a cuadruplicar las ganancias regulares. La verdad es que las expectativas del hecho extraordinario no quedaban demasiado lejos de las semejantes del ciclo largo. Aunque los labradores, restringiéndose a su alcance local, no pudieran aspirar a multiplicar sus inversiones tanto como los grandes comerciantes, con bastante menos riesgo podrían llegar a beneficios no demasiado lejos de los extraordinarios de estos.
El semiciclo o fase semanal
Ni siquiera el deseo de representar los valores semanales a partir de una única cifra debe ser causa para descuidar la atención a los datos brutos, que son el máximo y el mínimo de la cotización que ha tenido el trigo en el transcurso de una semana en el mercado local, tal como la fuente los proporciona, más aún si hemos aceptado que la semana puede ser una parte nada despreciable de la experiencia de los mercados. Desde luego ambas cifras son una síntesis demasiado comprimida de cientos de actuaciones semanales, en las que el comportamiento inmediato de los precios correspondería a la concurrencia del trigo a los mercados según calidades. Aunque no sea fácil saber cómo se graduaba el flujo del trigo a los mercados según este criterio, es posible especular con las posibilidades y aceptar premisas para formarse un juicio. Bajo estas condiciones el relato se podría prolongar extraordinariamente. Para evitarlo por ahora basta reconocer que los cambios que se conocieran durante la semana serían de muy corto alcance. Su efecto, por esa misma razón, sería muy limitado; muy limitado en el tiempo, aunque no en sus efectos, a los que nada le impide ser los más afortunados o los más catastróficos.
Pero habría comportamientos gregarios, para unos y para otros, y para todos a la vez, tal como los garantiza el principio de razón. Bajo esta premisa es posible deducir comportamientos propios de la cantidad menor de tiempo que está a nuestro alcance observar. Como el análisis de máximos y mínimos ya está tenido en cuenta en los ciclos, y tenemos la ventaja de que para la semana no es posible hablar de duraciones, porque el autor de la estadística la designó unidad de tiempo, sino solo de fases y por tanto de amplitudes, o diferencias entre mínimo y máximo habidas en el transcurso de una semana, todo lo que podemos hacer con aquella información es estudiarlas. Si la diferencia es incuestionable, según la estadística, seguro que habría quienes participaban en aquel mercado confiados a las posibilidades de las oscilaciones más cortas.
Las amplitudes bajas, que son las comprendidas entre 0 y 2 reales, son poco frecuentes, quedan por debajo de la décima parte. Pocas posibilidades habría de que el precio del trigo oscilara poco de una semana para la siguiente. Más bien cabría afirmar que no estaba en la naturaleza del precio del trigo permanecer invariable, y que por tanto poco se podrían fiar los agentes a esta posibilidad. Por el contrario, las diferencias comprendidas entre más de 2 y menos de 7 serían las más frecuentes, más de la mitad de las posibles, y cualquiera de los valores que pudiera tomar (2, 3, 4, 5 y 6), enteros o no, tenía unas posibilidades similares. Por tanto, cualquiera podía esperar como hecho más probable que el precio del trigo, a lo largo de una semana, ganara entre dos y siete reales, una diferencia nominal nada despreciable.
Es probable que esta diferencia de cotización dependiera de la calidad del trigo ofertado. No cotizaría igual el de la campaña reciente que el de la anterior. También cotizaría en el mercado inmediato la maduración del grano, visible en las marcas que en él quedaban, y que los corredores del comercio local, al mismo tiempo medidores de las cosechas, exhibían cuando querían incentivar una compraventa al por mayor. Con ellos siempre llevaban una muestra que probaba la granazón que cada cosecha bajo su control había alcanzado. Aunque también cotizaría, y no en el mismo sentido, el trigo apresurado, al que le urgía alcanzar el mercado y saldar costos y deudas. La concurrencia de una oferta tan abierta y tan diversa sería suficiente para ampliar las opciones en una banda que a quienes la tuvieran almacenada les podría recomendar tentar la suerte en esos momentos.
Las amplitudes entre 7 y 8 reales ya verían seriamente reducidas sus posibilidades, poco por encima de la décima parte. Solo los tacticistas empedernidos permanecerían atentos a que surgiera esta oportunidad. Quizás todavía quienes esperaran una oscilación de 9 reales aguardaran, porque aún le podría favorecer en algo más de la vigésima de las semanas, una de cada veinte. La verdad es que no era nada despreciable la posibilidad de acumular casi diez reales por una oferta de grano a poco que se aguardara entre dos y tres semanas a que la oportunidad apareciera. Pero solo los más contumaces tendrían justificado esperar un incremento del precio del trigo entre 10 y 20 reales, máximo observado, dentro de la misma semana. Ninguna de esas posibilidades llegaba ni siquiera a la cuadragésima parte de las posibilidades, algo que solo podría ocurrir una vez en el transcurso de un ciclo agrícola. La posibilidad extrema, que en una semana el precio del trigo conociera una diferencia entre máximo y mínimo de 20 reales, era solo de un 2.5 por mil, algo muy remoto.
Ahora bien, esa oportunidad extrema, sería grandiosa. Estaría al alcance de cualquier ofertante de cualquiera de las clases que concurrieran al mercado del trigo, desde el almacenista hasta el labrador, desde el labrador hasta el más modesto campesino, soñar con ella. Porque acceder al mercado local con los costos de transporte mínimos en las duraciones inmediatas estaba al alcance de todos. Este era el espejismo al que todos estaban expuestos. Cualquiera podría rendirse a él. Para el tiempo inmediato no sería tan importante el valor relativo del incremento como el valor nominal. Incrementar de manera tan rápida los ingresos era hacer frente a toda clase de costos que no oscilaban, ni mucho menos, con idéntica violencia. El enriquecimiento rápido y coyuntural, por un medio tan sencillo, acechaba cada semana, y en cualquier momento podía agraciar a alguien.
Las posibilidades especulativas eran múltiples, en el ciclo largo, en el corto o cada semana. Todos, cualquiera que fuese el tamaño de su cosecha o de su reserva, podían arriesgar apostando por la ganancia sirviéndose de la duración que quisieran, porque cualquiera de ellas les podían dar satisfacciones. Es verdad que no todas del mismo alcance ni de iguales rendimientos. Tampoco las posibilidades de las ofertas eran las mismas para todos. Tales son al menos una parte de los comportamientos mercantiles regulares que la observación directa de los cambios espontáneos del valor del trigo permite inducir.
Precios diarios
Abel Émerson
Para vender el trigo, la cebada o el aceite, en las poblaciones cuyos municipios contaban con la gama más completa de las instituciones locales, el corregidor, en ejercicio de su autoridad judicial, debía conceder las licencias respectivas. Era general la que amparaba las operaciones de temporada. Cada interesado iba vendiendo el producto que poseyera ateniéndose a sus términos. Para las ventas que no estuvieran autorizadas por una licencia general, debía pedirse una especial a iniciativa de parte. En respuesta, el corregidor le concedía comerciar los efectos que parasen en su poder.
Cualquiera de las licencias obligaba a la intervención de un corredor profesional, que mediaba entre el productor primario y su cliente. Aparte su negocio, el procedimiento le tenía reservado un papel. Debía declarar cada venta, una vez efectuada, ante el escribano de cabildo.
Los términos de la declaración del corredor no serían demasiado exigentes, es posible que por contagio de las licencias, que probablemente también eran lo bastante imprecisas como para amparar la variedad de las transacciones. A un corredor se le podía acusar de haber incurrido en defecto cuando en su declaración no constaban las cantidades vendidas cada día y sus precios. Pero cuando los intereses se enfrentaban, una parte podía impugnar la obligación que licencias y declaraciones de los corredores tenían de expresar por menor las partidas a las que daban garantía.
Además, quien vendía, en el diario que tendría que llevar, debía dejar constancia de la salida de las partidas comercializadas, el precio obtenido por ellas, las personas a quienes fueron vendidas, corredor o corredores que intervinieron y la autorización judicial que para ello precedió, para que cotejados los asientos de las partidas con licencias y declaraciones se verificase, en caso necesario, cada compraventa.
Tan esforzado control permanente de los mercados locales de trigo, cebada y aceite estaba al servicio del cobro de alcabalas y cientos, servicios integrados en el sistema de recaudación de los ingresos de la corona conocido como rentas provinciales. A su administración local, con el fin de liquidarle los pagos correspondientes, había que dar cuenta de todas las ventas, haciendo constar, por medio de los justificantes de la licencia y la declaración del corredor, que se habían atenido a las condiciones impuestas por la autoridad.
A pesar de tantas previsiones, o quizás como consecuencia de sus excesos, la recaudación de las rentas provinciales se prestaba a la defraudación.
Para relajar las obligaciones contributivas de sus vecinos, los municipios solían recurrir al encabezamiento, en el que a los derechos de alcabala y cientos causados por razón de las ventas se le adjudicaba de antemano una cantidad a ingresar. Cuando los que no habían declarado alguna operación eran sorprendidos en falta, ante la administración de las rentas provinciales justificaban haber actuado de aquel modo diciendo que la real hacienda, dado el encabezamiento, no salía perjudicada si se vendía más o menos.
Era una simplificación no siempre sostenible. La gestión local de las rentas provinciales, al margen de la que fuera la cantidad comprometida por el encabezamiento, y justo buscando superarla, aunque solo fuera para deducir algún beneficio a favor del municipio, podía combatir las defraudaciones a que el gravamen directo de las compraventas conducía optando por cargar las tarifas del servicio sobre las superficies cultivadas cada año, dando así por supuesto que todo el producto terminaría buscando los mercados para optimizar su rendimiento.
Las dificultades para controlar todas las operaciones efectuadas, aparte la voluntad defraudadora, en buena parte serían también consecuencia del comportamiento espontáneo de los mercados. Era frecuente que un lote se vendiera en el momento en el que surgía la oportunidad, antes de expedirse los libramientos judiciales o sin intervención ni declaración de los corredores, e incluso sin que constara licencia para la venta.
Para salir al paso, si una operación ejecutada de esta forma quedaba al descubierto, con posterioridad a la venta el corredor se apresuraba a hacer su declaración ante el escribano, una iniciativa que pretendía suplantar la autorización judicial. Aunque la declaración del corredor se refiriese a ventas efectivamente hechas y fuese fidedigna, carecía de legalidad. No había precedido la licencia y la declaración forzada del corredor probaba la venta defraudadora. El tiempo transcurrido entre la venta efectiva y la declaración del corredor era suficiente para probar la falta ante la autoridad que la perseguía.
Cualquiera que fuese la eficacia de aquel procedimiento fiscalizador, o el efecto coercitivo que tuviera la persecución de los defraudadores, en los libros de la recaudación de las rentas provinciales del municipio quedaban registradas todas las operaciones que hubieran cumplido con las formalidades requeridas. A partir de este fondo documental, el contador de las rentas provinciales, entre otros informes fidedignos relacionados con los mercados, estaba en condiciones de emitir certificados con valor testimonial de las cantidades de trigo, cebada y aceite que constaran vendidas cada día, de cualquier procedencia, y del precio que hubieran alcanzado durante el periodo para el que se solicitaran.
Entre la documentación contable de una casa, aparece un certificado de la contaduría de rentas provinciales del municipio donde tenía su residencia, solicitado a instancia judicial para completar las pruebas de un proceso y emitido el 8 de febrero de 1727. En él constan los precios que tuvieron en aquel lugar los granos y el aceite determinados días del periodo comprendido entre el 8 de febrero de 1725 y el 20 de julio de 1726.
Ahora no será fácil encontrar libros de cuenta de los vendedores que cumplan con las exigencias de la justicia local, y de conservarse solo estarían en condiciones de acreditar las ventas particulares de un productor, dispersas entre las ventas de una temporada. Los libros de la recaudación de las rentas provinciales, si se han conservado, están en mejor posición para proporcionar información continuada y al detalle sobre los precios. A partir de ellos sería fácil elaborar estadísticas de su tiempo como las que se han conservado en los depósitos municipales del sudoeste, algunas de las cuales ya hemos presentado en estas mismas páginas.
Con el certificado de 8 de febrero de 1727, aunque sea parcial, es posible descender hasta el comportamiento diario de los tres mercados, un estrato de las transacciones que nos niegan las estadísticas que hasta ahora conocíamos, y que hasta aquí solo habíamos podido suponer. Gracias a él se puede reconstruir el proceso de las ventas cotidianas, y comprobar hasta qué punto esa escala inferior o dimensión mínima del tiempo de los mercados rurales tenía algún efecto sobre las ganancias. De su virtualidad al menos es una prueba directa que para cualquiera de las cotizaciones registradas por la administración de las rentas provinciales el cuartillo de real de vellón sea la unidad monetaria que marca las diferencias. El día sería la dimensión del tiempo que permitiría el ajuste fino de los precios.
En el certificado, los precios a los que se vendió la arroba de aceite son demasiado discontinuos para llegar a alguna conclusión segura sobre el alcance de sus cotizaciones diarias. De ellos solo se pueden obtener algunos indicios parciales.
Las fuerzas que concurrieran al mercado del aceite en un población no serían tantas como para mantenerlo activo a diario. De los once días sobre los que informa el certificado, en tres no hubo compraventas de aceite, una proporción que aunque las posibilidades de observación sean tan limitadas parece alta.
En los que sí hubo, las denominaciones apenas añaden algo a lo que pude averiguarse a través de informes referidos a una escala del tiempo mayor. El precio diario es único en seis de los ocho casos, y en los otros dos la oscilación se limita a entre un cuarto y medio real. El mercado diario del aceite también debió ser muy estable.
Lo que más valor tiene es saber, gracias a las especificaciones del certificado, que el día que había concurrencia podía ser doble. Una parte de las ventas se consumaban en el campo y la otra en la ciudad. Debió ser la consecuencia de la localización de las instalaciones para la fabricación del aceite. Como de los ocho registros seis se refieren a precios alcanzados por el aceite en el campo, podemos pensar que estaban preferentemente localizadas en el lugar o cerca de donde se producía la aceituna, y que las transacciones se cerraban tan a ras de tierra para que el costo del transporte del aceite vendido quedara descargado sobre el comprador.
Por el único día del que consta que estuvieron abiertos a la vez el mercado rural y el urbano, se puede pensar que este incrementaba los precios, tal como lo confirma el único en el que funcionó él en solitario. Su denominación de la arroba reincide en la más alta de la escueta colección. El aceite comprado en la ciudad sería producido en ella, tendría que hacer frente al costo del transporte, que se descargaría sobre el precio, o simplemente agregaba al valor del bien la localización urbana de la compraventa, se hubiese o no producido allí, porque la red de vías de comunicación que llegaba a la ciudad era la mejor. Como cuando abrían los dos mercados la diferencia es de medio real, es posible el incremento de costo del hecho urbano llegara a ser algo significativo aun en operaciones de poco volumen.
El certificado de los precios de los granos se refiere a 69 días, de los cuales se vende cebada en 22. En las semanas previas a la cosecha, el mercado de la cebada estaba abierto todos los días, incluidos los domingos. Pero desparecía a fines del verano y se extinguía en pleno invierno. Podemos aventurarnos a creer que tal vez estuviera operativo solo una tercera parte del año.
Cuando más venta de cebada había cotizaba a dos precios, y excepcionalmente a tres. La diferencia entre el mínimo y el máximo, en cualquiera de los casos, solía ser de entre un cuartillo y medio real, y solo en una ocasión alcanza los tres cuartos. Pasada la primavera, si había venta de cebada, el precio era único.
El mercado del trigo, según afirma positivamente el certificado, era urbano. Si quedaba concentrado en la ciudad, y bajo su control, era porque a pesar del costo que originaba, el trigo que producía cada explotación su promotor lo transportaba a sus almacenes de la ciudad, localizados en el domicilio propio mientras en él hubiera espacio, en donde lo suponía al mejor recaudo.
De los 69 días a los que se refiere el certificado del precio de los granos, solo en 5 no hubo ninguna transacción de esta mercancía. La frecuencia de la excepcional falta de compraventas se dispersa por toda la serie. No se concentra en una época definida, y siempre afecta a solo un día, que es la duración máxima de la interrupción de este mercado. De él se puede decir que no solo está abierto todos los días, incluidos domingos, sino que es el único de los agropecuarios permanentemente activo. La enorme diferencia, por frecuencia de casos, con los otros dos productos protagonistas de aquella agricultura está lo suficientemente marcada como para justificar que las economías rurales de fines de la época moderna concentraran sus esfuerzos en la producción de trigo. La preferencia por el trigo la colmaba su mercado. Cuando cotizaba más alto, su precio triplicaba al de la cebada, y cuando menos era más del doble.
Todas las explotaciones, de la clase que fueran, en las poblaciones suroccidentales contarían con que a lo largo del año podrían disponer de su oportunidad para la venta en el momento que decidieran. No solo podían contar con que encontrarían comprador, sino que además la mayor parte de las veces tendrían la oportunidad de optar a varios precios. Solo en 30 días de cada cien el precio es único. Era doble en 42, triple en 16 y cuádruple en 4.
Aunque en el mercado legal las diferencias de precio en un mismo día solo excepcionalmente podían llegar a ser interesantes, la gama de las posibilidades estaba muy abierta. No había diferencia, porque el precio era único, en 30 días, y era de menos de un real en 22 (de ½ real en 16 y de ¾ en 6). Pero era de entre 1 y 1 ½ en 26 (de 1 en 16, de 1 ¼ en 1 y de 1 ½ en 9), de 2 en 9, de 3 en 3, de 3 ½ en 1 y de 4 en 1.
Aunque el certificado solo reconoce como causa que marca la diferencia de valor entre los granos que estén zarandeados y limpios, es fácil suponer otras, como el aspecto del grano o su rendimiento en harina. La exhibición de la primera, de la que se encargaban los corredores cuando ofrecían el producto, era más frecuente que la segunda, que aun así los dueños del producto, tal como iban almacenando las partidas, se apresuraban a comprobar en los molinos domésticos.
Quizás tampoco sea necesario especular con argumentos que excedan a los que utilizan los testigos. Las oscilaciones diarias de cualquiera de las tres series que recoge el certificado las explica uno de los intervinientes en el proceso en lenguaje directo. Cada uno compra y vende como puede, y según la urgencia y coyuntura y la calidad de la cosa, y por esto en un mismo día suele venderse el género a tres o cuatro precios.
Antes que la calidad, era la percepción subjetiva del transcurso del tiempo la que activaba los mecanismos de los mercados rurales. Una constatación tan inequívoca tiene consecuencias de método. Los mercados de los productos principales de la economía rural, cualquiera que sea la dimensión del tiempo que tomemos, llevarán invariablemente como marca original su percepción subjetiva. Cualquiera de las cotizaciones de las que podamos disponer distinta a la diaria solo puede ser una interferencia estadística elaborada desde premisas a partir de la observación diaria de los hechos.
Parece que no es mucho, salvo que se recapacite sobre la condición relativa del tiempo. Siempre es obra de cada cual, de su capacidad para percibir los fenómenos. El juego del mercado rural, el del trigo sobre todo, era el resultado del fuego cruzado de las aspiraciones y las percepciones. Si se tiene en cuenta el inevitable componente de enajenación de los comportamientos, que a los mercados llegan de la mano de las creencias, las supersticiones, los sistemas o, de manera más perentoria e inexorable, de la mano de los poderes, que tienen capacidad y medios para imponer sus decisiones, el desasosegante abismo de las decisiones individuales, que angustiarían al analista con el infinito, queda algo más cerca de las explicaciones que puedan ensayarse.
Pautas de economía libertaria
Bartolomé Desmoulins
En Aragón y Cataluña, donde los sucesos de aquel verano habían permitido el control del territorio a quienes seguían a Buenaventura Durruti, los comestibles con los que los comerciantes especulaban, aprovechando la carestía que la inseguridad provocó, eran incautados y luego distribuidos entre quienes los necesitaban. Tan íntegra y revolucionaria manera de actuar no fue obstáculo para que la columna de aquel esforzado varón, concentrada en el asalto a Zaragoza, alcanzara su autonomía de suministros de la siguiente manera.
Una vez recogida la cosecha del cereal en las tierras dominadas, sus miembros, a los comités locales, formados en cada pueblo para administrar también el patrimonio territorial común, compraban el trigo al precio corriente de los respectivos mercados. Guardado en bolsas y cargado en los camiones de la columna, lo conducían a la provincia de Valencia, donde podían venderlo a un precio que les favorecía porque el cereal era más caro. Con el beneficio que la diferencia entre costo e ingreso les reportaba compraban frutas y verduras, que los camiones traían de vuelta, y aún les sobraba para renovar en origen la adquisición del trigo que necesitaran para su avituallamiento, comprar madera para las hogueras del vivac, ropa para los hombres y tabaco que, junto con el alimento, era cuanto juzgaban indispensable para la agotadora guerra que casa por casa estaban librando.
Justificaba esta manera de actuar que el principal responsable de aquellas prácticas, que había sido destinado al cargo de furriel en la columna de Durruti, era sacerdote de la iglesia católica. Habiendo huido en su moto a las montañas, días después del golpe de estado, fue detenido en Candasnos y trasladado a Bujaraloz, desde donde Durruti dirigía su columna, con la intención de encomendarlo a su protección. Este le ofreció que se convirtiera en su escribiente y en lo sucesivo gozó de toda su confianza. Entre los papeles que llevaba al ser detenido, apareció la siguiente versión de Génesis, 47, 13-26, probable borrador a un sermón destinado.
No había pan en todo el país. En todos los lugares el hambre era gravísima, todos estaban muertos de hambre. En aquel estado, un hombre, el único que poseía grano, tuvo una feliz ocurrencia, cambiar una parte del grano que tenía y que los demás necesitaban, convertido en pan, por toda la plata que en el país hubiera. De esta manera consiguió para su casa toda la plata que había.
Agotada toda la plata del país, en masa acudieron los necesitados ante aquel hombre, diciendo:
–Danos pan. ¿Por qué hemos de morir en tu presencia, ahora que se ha agotado la plata?
Les respondió:
–Entregad vuestros ganados y os daré pan por vuestros ganados, ya que la plata se ha agotado.
Trajeron sus ganados quienes deseaban comer, y aquel hombre les dio pan a cambio de caballos, ovejas, vacas y asnos. Los abasteció de pan por aquel año a cambio de todos sus ganados.
Cumplido el año, acudieron de nuevo ante él y le dijeron:
–No disimularemos a nuestro señor que se ha agotado la plata, y tampoco que los ganados le pertenecen. No nos queda a disposición de nuestro señor nada, salvo nuestros cuerpos y nuestras tierras. ¿Por qué hemos de morir delante de tus ojos, así nosotros como nuestras tierras?
Armados de valor, le propusieron por fin:
–Aprópiate de nosotros y de nuestras tierras a cambio de pan, y nosotros con nuestras tierras pasaremos a ser tus esclavos. Pera danos simiente para que vivamos y no muramos, y el suelo no quede desolado.
De este modo pasó a manos de aquel hombre todo el suelo del país, cada uno vendió su campo porque el hambre le apretaba: toda la tierra vino a ser suya. En cuanto a las personas, las redujo a servidumbre, de cabo a cabo de las fronteras del país. Pero las tierras de los sacerdotes no se las apropió, tan solo el territorio de los sacerdotes no pasó a su jurisdicción. Los elegidos no se vieron en la precisión de vender sus tierras. Tuvieron tal privilegio de su parte y comieron del privilegio que el señor les había concedido.
Dijo aquel hombre al pueblo para terminar:
–He aquí que os he adquirido hoy a vosotros y a vuestras tierras. Ahí tenéis simiente: sembrad la tierra. Y luego, cuando llegue la cosecha, me daréis el quinto, y las otras cuatro partes serán para vosotros, para siembra del campo y para alimento vuestro y de vuestras familias, para alimento de vuestras criaturas.
Contestaron ellos:
–Nos has salvado la vida. Hallemos gracia a los ojos de nuestro señor y seamos sus siervos.
Y aquel hombre les impuso por norma, vigente hasta la fecha para todo el campo del país, entregar el quinto.
El nombre de aquel benefactor no se ha conservado.
Geografía de los precios
Bartolomé Desmoulins
La mejor encuesta moderna, por si no fuera ya grande el reconocimiento al que queda obligado quien la consulta, también acredita valor digno de encomio al suministrar informes sobre los precios que regían los mercados de cada especie cultivada por cada población. Aunque la información no es tan depurada como la que proporcionaría un cuadro de cotizaciones, o la contabilidad que registrara unos gastos efectivos, porque los declarantes hablaron, cuando les tocó expresarse sobre este asunto, de manera muy grosera, promediando, con unas exigencias que se pueden presumir relajadas, los valores, según dicen, de nada menos que un quinquenio, con ajuste a determinadas cifras, que más parecen obra de los redactores del documento que de sus informantes, no es obstáculo para, además del cálculo propuesto, reconstruir la conciencia que de la fragmentación de los mercados de los productos agrarios, uno de los mayores lastres del crecimiento económico antiguo admitido por la teoría, tuvieran entonces quienes convivieran con ella. La atención que ahora es obligado dedicarle puede ser útil, llegado el momento, para alentar argumentaciones de distinto alcance. El análisis de los precios sobre un fondo geográfico, a consecuencia de que sea necesario tomar este punto de vista, descubre factores que pueden revelar ideas que de otro modo quedarían ocultas, caudal de información secundario o derivado, en modo alguno de menos valor. A su favor se podría afirmar, en sentido opuesto, que tienen toda la solidez de los juicios, capaces para imponerse sobre opiniones y apariencias. Con los datos del análisis de los precios que suministra la encuesta, aun actuando con las precauciones que recomiendan las salvedades adelantadas como advertencia, a la clase de los hechos inapelables podrían enviarse las habituales observaciones sobre la fragmentación de los mercados.
Si se toman como testimonio más revelador los precios de los dos cultivos principales cuando alcanzan a convertirse en mercancías, a mediados del siglo décimo octavo las diferencias de cotización entre mercados locales serían de órdenes muy distintos a los que pudiéramos observar entre bienes de similar estimación para la misma escala de concurrencia ahora. En el marco de las 31 poblaciones de la muestra el precio de la cebada, donde se cotiza más es más de la mitad mayor del que tiene donde se paga menos por ella, y el del trigo casi se duplica. No pueden caber dudas sobre que existía conciencia del valor que tenían las distancias para el comportamiento de los mercados, ni de las oportunidades que para el negocio comercial por esta razón estaban siempre al alcance, aun partiendo del supuesto de la estabilidad de los precios que las declaraciones incluyen porque promedian, el menos probable de las economías que son objeto de observación en estos análisis. Avanzar en el esclarecimiento de lo que justificaba que pudieran los contemporáneos concebir esperanzas de lucro por esta causa, porque el documento es desabridamente hermético cuando debiera afrontar estas explicaciones, es lo que permiten moderadamente, mediante aproximaciones de flanco, los juicios que se pueden fundar sobre un mapa, más aún si se combinan con otros instrumentos de cerco asequibles.
En el dominio de la dispersión la sierra septentrional, otra vez, parece un mundo tan equilibrado y homogéneo, tan constantes se presentan sus cadenas de circunstancias, que alienta el enunciado tentativo de algunas como si fueran las reguladoras de los fenómenos que ahora se aspira a desvelar. Si se exceptúa por el momento un caso, que igualmente es el más aislado, sus poblaciones son las que a un tiempo descubren los precios regulares más altos y con menor distancia entre sí. Mientras que el trecho entre la cotización más alta y la menor era en los mercados del trigo de dos unidades monetarias de cuenta, equivalentes a una décima parte de la base o precio más bajo, en los de cebada la diferencia se reducía a solo un real contable, también décima parte del valor de la cifra menor. La mayor cantidad de tiempo que consume el movimiento en tierras con mayores pendientes relativas, porque el análisis topográfico enseña que es un hecho generalizado en la zona, es el factor común que cuenta con mayores posibilidades explicativas, dados los medios disponibles para restituir ahora la época. Si se añade a esta posibilidad una conclusión precedente, que se trata del dominio natural de las rozas o agricultura itinerante, que aquí los precios sean regularmente algo más altos habría que atribuírselo al costo añadido que en tiempo exige la producción de los cereales. Y aunque se trate de tierras con reserva de espacio, la práctica de las rozas, que consume grandes cantidades de tierra expuestas permanentemente a la pérdida de suelo a causa de las pendientes, incrementa el valor relativo del espacio cultivado con cereales hasta límites equiparables a los de otras zonas, en la mayor parte de los casos; a límites muy altos en los términos, o dominios disponibles para la población radicada, más pequeños. No sería correcto sin embargo alentar, con afirmaciones como las precedentes, la idea de que la satisfactoria correspondencia entre las dos constantes, pendientes y rozas, y un modo de agotar las posibilidades agrícolas del suelo disponible para cada población es capaz para dar cuenta de la homogeneidad de los mercados de los que se trata. A similares comportamientos de los precios podían corresponder estados opuestos del aprovechamiento del suelo: cuatro quintas partes de todo el posible frente a poco más de la quinta. Solo el caso que antes quedó apartado, por comparación con los otros observados, parece indicar cierta consecuencia entre precios de los cereales y espacio dedicado a su cultivo. A un bajo aprovechamiento del suelo con este fin, algo superior a la décima parte, correspondían los precios más bajos de la zona. Si se recurre a un cuarto factor, el tamaño de las respectivas poblaciones, también disponible, no se avanza mucho en el aislamiento tentativo de razones que permitan construir un relato plausible del comportamiento en el espacio de los mercados básicos. Sin salir del ámbito de la población moderada (poco más de 2.500 habitantes es el tamaño de la mayor y algo más de 500 el de la menor) tampoco es posible descubrir dependencia directa entre cantidad de habitantes de un lugar y los precios de sus cereales. Justo los dos casos extremos mencionados se atenían a las mismas cotizaciones medias de los cereales. Teniendo en cuenta, por lo que se refiere a los precios, que se trata de cifras groseras, depuestas por interesados, solo queda retornar al punto de partida y reconocer, aunque falten buenas razones para explicarlo, que los contemporáneos al fenómeno en la sierra del norte vivían conscientes de que en sus mercados del trigo y de la cebada regía la conexión mutua. Es lo que significa el hecho del que ha quedado constancia al principio. Si entre los precios de los mercados de la zona, tanto en los que se comerciaba con trigo como en los que cotizaba la cebada, la diferencia mayor era de la décima parte del menor, en la sierra septentrional al menos a mediados del siglo décimo octavo sus mercados habían creado ya un área estable de intercambios por encima de la dimensión local.
Cuando algo así ocurre deben existir, según enseñan los principios generales, una red de comunicaciones, un sistema de transportes y comerciantes interesados en el beneficio que proporcione colocar en otro las mercancías captadas en un lugar. Sobre la red de comunicaciones entonces hábil en la zona hace unos años fue ensayada una experiencia para recuperar sus itinerarios con resultado satisfactorio. Aunque preocupada por sus conexiones con el sistema de primer orden de la región, que localizaba su nudo en latitudes más al sur, pudo demostrar su densidad en el confín occidental y sobre todo cuál era su trazado. No había rincón del espacio regional, por lateral que fuera, que estuviera aislado, aunque sus vías, como cualquiera entonces, solo fueran transitables durante una parte del año a lomos de caballerías. Tampoco en ninguna población faltaban arrieros que sostuvieran la fracción regular del sistema de transportes, a los que se sumaban, cuando los trabajos agrícolas lo permitían, quienes disponiendo de ganado de labor apto para el transporte deseaban complementar con el comercio sus ingresos anuales. Es posible perfilar los rasgos del comerciante interesado en el grano de aquella sierra porque se han difundido pruebas de su existencia. A mediados del siglo décimo octavo el arzobispo, que cuando menos detraía para sí una cantidad algo por debajo de la sexta parte de los diezmos, prefería liquidar los de la sierra del norte cobrados en especie –precisamente los que cargaban las cosechas de los cereales con la décima parte de su volumen– en el lugar donde eran recaudados, antes que transportarlos a su sede, localizada en la capital de la región. El costo de una operación así, porque el precio del transporte, calculado por unidad itineraria, era entonces muy alto, hubiera sobrepasado la mejor compensación que pudiera permitir su venta, en las condiciones de comercio habituales en los mercados con demanda más a favor del comerciante que operaba en la región. Siendo regular esta decisión, si se recapitula se puede obtener una secuencia explicativa de la peculiaridad de aquellos mercados a poco que se inviertan los términos. Pudiendo contar las poblaciones de la zona con la salida a la venta de esta fracción del producto, su captación por quienes estuvieran interesados en su posterior expedición, que actuarían en todos los mercados locales, podrían ser los responsables directos de una primitiva homogeneidad de los precios que al final podría dar origen también a los precios medios más altos y generalizados de la región. La pendiente, que puede proponerse como responsable del incremento de los costos de la producción de las rozas, con más probabilidad pudo actuar como el estimulante al alza de los precios de transporte, al menos en el interior de la zona, que repercutió en el valor final que el grano alcanzaba en los mercados locales. Todo esto sería satisfactorio si las demandas locales, expresadas por el tamaño de sus poblaciones, fueran correspondientes al comportamiento de los precios, o si el estímulo al espacio cultivado con cereales pudiera reconocerse como obra inmediata de cualquiera de estos dos factores. Ya se sabe que los hechos no ocurrieron así. Es probable que el comportamiento del arzobispo fuera más consecuencia que causa.
La experiencia que permitió restaurar parte de la red de comunicaciones de aquellos territorios, cruzada con informes que enlazaban con decisiones estratégicas tomadas en la baja edad media, puso al descubierto la vigencia continuada de un eje de comunicaciones norte-sur, que partía del pie de la sierra septentrional para ganar en línea recta la costa, por donde se drenaba el cereal. Su captación por comerciantes, similares a los que se pueden detectar en las compraventas episcopales, tendría la ventaja, como origen de las explicaciones sobre el comportamiento de los precios, que podría dar cuenta de la reacción de todo el producto, y no solo de la décima parte, y podría emancipar definitivamente los precios de las demandas locales, estimadas por el tamaño de las respectivas poblaciones, y de la diversa respuesta de los espacios dedicados por cada una al cultivo de los cereales. Incluso tal atracción podría explicar, con una dosis mayor de flexibilidad, una gama de iniciativas sobre el uso del suelo útil tan abierta, siendo las poblaciones a la vez modestas y divergentes en tamaño, que podía aconsejar a más de la mitad de ellas emplear en la siembra de cereales en torno a la mitad de sus espacios cultivables. Hasta las rozas, que todas practicaban, casi exclusivas de las tierras comunicadas con el eje referido, podrían ser concebidas como recurso límite, próximo al agotamiento de las posibilidades biológicas, al servicio de una atractiva economía comercial.
En el área del gran valle central, donde los precios, tomados como un todo, son más moderados que en la sierra del norte, los comportamientos mercantiles que se pueden observar por medio de las cotizaciones eran al mismo tiempo muy distintos, tanto que coincidían en el mismo espacio máximo y mínimo absolutos del trigo. Parece aconsejable, para esta parte de la geografía de los precios, antes que una explicación única, frente a la cual los datos se muestran celosamente herméticos por contradictorios, aproximaciones a los argumentos más capaces para representar buenas razones con los datos disponibles en cada situación, estrategia que puede permitir por acumulación depurar las ideas a las que se conceden las mayores posibilidades para dar cuenta de las divergencias de aquellos comportamientos de los precios de los cereales. Las esperanzas del analista pueden ser tan legítimamente ambiciosas cuanto quieran, a condición de que sepan resignarse a los medios disponibles. El desgaste, el acoso paciente, la dosificación de las fuerzas propias sin agotar nunca la reserva, que alimenta la perseverancia, no son reconocidos como grandes virtudes, las que elevan a los hombres hasta el grado de la admiración, los hace dignos de la confianza de sus semejantes, hasta el punto que lo gratifiquen con la capacidad para decidir por ellos, en héroes pueden convertirlos, cumplido todo este tránsito sin ser sorprendidos en actos indignos, a horas inapropiadas, en brazos no tan cálidos como los que tonifican el contacto cotidiano en el lecho del hogar.
Debe ser una meta moral, exigible a cualquiera, aspirar a una condición tan alta. Pero en las maniobras de aproximación actuar siempre con espíritu aventurero puede ser contradictorio, porque el precio a pagar por el esfuerzo, aun tratándose de una operación secundaria, puede equivaler al aliento. Cuando debe ser tan largo y amplio que ha de pasar por teorías de la dehesa, cálculos sobre inversiones en simiente y hasta discusiones sobre unidades métricas, aspirar a cada vuelta de página a que las ideas desfilen deslumbrantes, como el alférez al mando de su sección, el camarero que sirve en convenciones o las olas que se suceden ante la mirada indiferente de los veraneantes, puede ser, aún más que agotador para quien se esfuerza en maniobras con argumentos seductores, bandera bajo la cual se vayan reuniendo los desertores.
Dejar constancia de que allí donde se pagaban los precios más altos, tanto de la cebada como del trigo, para producirlos la población aprovechaba su unidad territorial solo en una quinta parte puede ser suficiente aunque resulte modesto, porque identifica una relación inmediata entre factores que parece posible. Si disponiendo de espacio, para satisfacer el consumo de dos bienes básicos no se incrementaba su producción, fuera porque el suelo que se hubiera formado no fuera capaz o porque no se había invertido en prepararlo, los hombres se exponían a sus precios altos, porque la oferta del producto local podía quedar por debajo de la necesidad que de él hubiera. Concurría además una circunstancia que hace aún más verosímil esta afirmación. El número de habitantes del lugar donde se observan estos fenómenos era el mayor de los analizados, dentro de los límites de la encuesta, entre los de su tercio de la región. Pudiendo con legitimidad identificar tamaño de la población con dimensión de la demanda, al menos por lo que se refiere al trigo, porque su harina panificada era el alimento común, tanto más la presión de los compradores del producto local pudo estimular al alza los precios de su mercado. Solo una objeción podría oponérsele a esta cadena de sucesos que parece tan real. Se trataba de una población litoral, clase de posición para la que se reconoce una mayor capacidad para abastecerse de grano, dado que su transporte en masa entonces lo absorbía la vía marítima. Esta otra circunstancia podría explicar que sus hombres volvieran la espalda al uso agrícola del suelo, que prefirieran obtener por el comercio lo que tendrían que aguardar del cultivo, pero no que los precios fueran altos. Al contrario, la llegada de mercancía a través del mar tendría que facilitar su moderación. Pero ocurría que el lugar observado como punto de encuentro mercantil, además de localizarse a orillas del mar, era fronterizo. Por esta circunstancia su tamaño, el del mercado, crecería con la afluencia de transeúntes en busca de la oportunidad que les pudiera ofrecer situar la mercancía al otro lado de la línea, donde el valor lo medía otra moneda cuyo manejo para el cambio, porque era otra operación de compraventa, que cuando coincidía con la precedente era apodíctica, podría añadir incentivo y beneficio.
Analizar a esta escala quizás reduzca los hallazgos a las causalidades directas, distantes de la brillantez de las abstracciones, las responsables de los enunciados legales más sólidos, de eficacia apreciable; tanto más si una parte de las ideas ya argumentadas, habiendo resistido razonablemente la confrontación con los hechos, pueden ser útiles para entender lo que ocurría en otros lugares. Una pequeña población, que no disponía de mucho espacio que aprovechar, casi lo había agotado dedicándolo al cultivo de los dos cereales básicos. Tal como era presumible, sus precios, en su mercado, eran altos, en un orden de magnitud inmediato tras el mayor. Su localización lejos de la costa, en un área bien comunicada pero con una de las frecuencias más altas de lugares habitados, junto con su débil población, casi la menor absoluta, comprimía sus posibilidades de abastecimiento exterior hasta los límites que causaban el efecto observado.
Que en un lugar deshabitado hubiera un mercado de cereales parece un contrasentido, a pesar de lo cual la fuente insiste en que tal cosa ocurría. Durante décadas se discutió sobre el significado que había de atribuirse a la clasificación por este documento de un lugar como deshabitado, y no obstante lo registrara. Cuando se aplica a la región, es muy probable que el primitivo sea legal y no biológico, aunque tenga que incluir el segundo, porque, como para identificarlo en todos los casos recurre a un topónimo, siempre designará –con la misma precisión que el enunciado de unas coordenadas– la posición discreta de una célula humana. Aunque la palabra elegida para expresar la categoría de la presencia de los hombres en el espacio, que fue la voz despoblado, con el tiempo consagrada por los trabajos censales hispánicos, parece incluir una precisa historia de cada uno de tales lugares, a pesar de lo cual invariablemente hubiera concluido con la extinción de una comunidad precedente, se puede demostrar que el objeto primitivo de ese modo de enunciar fue dejar constancia de que el lugar así designado disponía de jurisdicción propia, distinta a la de todo el espacio que lo envolvía, cuando aquel no disponía de término propio y por tanto estaba incluido en otro municipio, un asunto, el del señorío jurisdiccional, que preocupaba especialmente a los promotores de aquella encuesta y que con la distorsión, a quien después la utiliza como medio para restaurar la plenitud del siglo décimo octavo, amenaza constantemente.
Para muchas unidades de explotación agropecuaria sus dueños compraron a la corona, con servicios de toda clase, tanto más útiles si habían sido vertidos al instrumento que regulaba la medida del valor, en el siglo décimo séptimo más que en épocas precedentes, la jurisdicción completa sobre ellas, lo que, si les permitía la esporádica administración de justicia, incluía habitualmente el mucho más cotidiano derecho de cerramiento, que también pudo adquirirse por separado, aunque no tuviera tan altas consecuencias institucionales, por el cual aquellas tierras quedaban exentas del costo, en modo alguno despreciable, que solía llamarse derrota de mieses, interesante para el aprovechamiento comunal de al menos los rastrojos propios. La vertiente agraria de esta composición legal obliga por tanto a impugnar el prejuicio sobre la población al que condena el sentido administrativo de la voz elegida para designar el tipo, cuyo propósito literal pudo ser que no cupieran dudas sobre la inexistencia de siervos en aquella clase de señoríos. Ya se ha reconocido, en otro lugar, que en las instalaciones que eran comunes en el sudoeste, a la descripción de cuyos atributos a mediados del siglo décimo octavo también se dirige este texto, si estaban activas tenían que sostenerse sobre un ciclo biológico humano pautado por el movimiento. No eran en ella probables los nacimientos, las defunciones eran esporádicas, pero las migraciones eran constantes; desde las llamadas pendulares, si la explotación soportaba los costos del desplazamiento cotidiano hasta el hogar estable, hasta las que el análisis clasifica, aun con las escalas contemporáneas, entre regiones. El flujo permanente de personas hasta aquellos nódulos de la población, a falta del crecimiento vegetativo, garantizaba que ninguno de estos lugares, si permanecía activo, estuviera en momento alguno despoblado. El tamaño de sus poblaciones, si bien que toda fuera transeúnte, conocía un ciclo anual cuyo máximo coincidía con la plenitud del verano, cuando la mies era segada y la parva separada del grano, actividades que consumían la mayor cantidad de trabajo del año, absoluta y en relación con el tiempo que exigían, y cuyo mínimo venía con el invierno durmiente, cuando en las instalaciones de la explotación solo tenían que asistir quienes habían cargado con la servidumbre al ganado de labor, cuya alimentación diaria era insoslayable. En algunas instalaciones rurales había días de invierno (es conocido porque se han conservado testimonios documentales que lo relatan con la debida puntualidad) tan sonámbulos que toda la actividad que en ellas hubiera podía quedar a cargo de una persona, a lo sumo auxiliada por su familia. Bajo su responsabilidad había quedado la guarda y vigilancia de la empresa, lo que en modo alguno le impedía proveer a las necesidades del ganado.
Es suficiente reconocer la existencia de este núcleo mínimo de población para aceptar que en las instalaciones rurales pudieron mantenerse mercados de cereales, imposibles sin la presencia humana. Pudieron actuar como lugares comerciales pasivos. Cualquier instalación rural servía como almacén del producto. Las denominaciones de sus espacios, subdivisiones del volumen único, porque eran funcionales demuestran que cobijaban grano. Colindantes se encontraban los pajares. Un comprador podía acudir a ella con la esperanza fundada de una oferta de grano, y con la certeza del monopolio, porque en sus coordenadas era única entre las de una escala que agotaba todo el espacio disponible en los cultivos del trigo y la cebada. Como el caso de la muestra enseña, tendría que pagar por cualquiera de los dos granos un precio relativamente alto.
En el orden siguiente, el de las poblaciones radicadas con idénticos comportamientos de los mercados, tal como expresan los mismos precios que se pagan en la explotación, el análisis debe reconocerse incapaz para elegir causas posibles que ayuden a explicarlos. Los elementos puestos a su disposición para esta experiencia –vías de comunicación, tamaño de las poblaciones (porque son, en este caso, de los mercados en potencia) y proporción del suelo dedicado por cada una al cultivo de los cereales– se muestran erráticos en los tres casos que lo representan. Solo es posible reconocer, como argumento común, que la aproximación a los comportamientos más frecuentes durante las compraventas, muy probablemente porque son por naturaleza los más gregarios, bien son de una complejidad que desborda la provisión de elementos bien tienen su origen en otro orden de razones, que podrían ser menos previsibles por más elementales. Habiendo preferido que el esfuerzo se dirigiera al aislamiento de las raíces del fenómeno, de nuevo se corre el peligro de no tomar en consideración lo que es una evidencia en la superficie. Los tres casos a los que se ha hecho referencia no estarían en la obligación de explicar variaciones de los precios en el espacio de clase alguna, puesto que son idénticos. Al contrario, son otra prueba de que entre los mercados locales podía haber conexión, de la que se encargaban comerciantes y arrieros y a cuya actividad, en este análisis, aun así no se le ha concedido papel alguno. Tampoco es inconveniente para seguir poniendo a prueba el plan previsto, que como todos los experimentos está en la obligación de consumarse ateniéndose al principio de ensayo y error. Además de la justificación de método, a su favor militan las covariaciones que es posible seguir observando.
Una población próxima al centro regional, de las que habían descargado una parte de su actividad económica sobre su abastecimiento de pan, el de la capital, aprovechando a la vez su posición y la norma que se preocupaba desde antiguo por que no faltara un suministro al que también desde siglos atrás se le había concedido un alto valor político, proporcional a los poderes concentrados en los lugares, que empleaba la mitad de su espacio en el cultivo de los cereales y que concentraba algo menos de 5.000 habitantes, un tamaño poco más que medio para los tiempo y lugar, mantenía los precios de su mercado local en una posición muy próxima a los valores centrales. Puede pensarse, con estos datos, que había conseguido un estado de equilibrio. Contando con que la molturación del grano y su panificación, así como el transporte a la capital del producto elaborado, para el que era suministro energético útil la cebada, no saldrían del dominio de la población, a la que le permitirían obtener el valor más alto de una línea productiva única, que se hubiera mantenido una reserva muy importante de espacio, gracias a un cálculo ajustado a la doble demanda, la local, importante, y la externa inmediata, de dimensiones tales que no era capaz para satisfacerla por completo, había permitido nivelar los precios del cereal de tal modo que no fueran un costo que asfixiara tan próspera industria y su comercio. La importación de granos hacia el lugar, si en su caso pudiera verificarse, aunque sería responsable de una parte de la contención de los precios, solo reduciría el alcance de la explicación que ha sido posible imaginar con los datos usados, de total a parcial, pero no la invalidaría.
Como asimismo se pueden presentar como razón unos hechos, aunque se asemejan a los descritos precedentemente para un nivel de los precios próximo algo superior, se someten con relativa disciplina a cierta lógica. Eran los mismos para el trigo en tres poblaciones, descendientes, una unidad monetaria tras otra, para la cebada si se ordenan con el criterio del comprador optimista. Casi en el mismo orden eran descendentes los espacios que cada una de las poblaciones destinaba al cultivo de los cereales. El incremento relativo del espacio dedicado a la cebada, en el limitado campo de observación ganado gracias al descenso de su precio, tensaba las cotizaciones del trigo para mantenerlas a un nivel tonificante, para que pudieran aprovechar las demandas locales, cuyos tamaños, de las poblaciones respectivas, una vez más, en dos de los tres casos eran casi idénticos. Podrían ser buenas demostraciones de las agriculturas de los cereales sostenidas sobre el ajuste a una demanda local modesta y cerrada a consecuencia de su limitado tamaño, aunque pudieran recurrir a ejes de las comunicaciones, factor, tratando de las interiores, que parece del todo relegado cuando se desciende por debajo de cierto grado de uso del espacio. Si al cultivo de los cereales solo se le dedicaba la cuarta parte del disponible o menos, aun siendo las que tomaban tales iniciativas poblaciones de un tamaño notable, por encima de mil, los precios de los dos cereales se hundían idénticamente. De ahí que sea obligado deducir que la demanda local, porque el espacio disponible era todavía mucho, estaba satisfecha por la producción propia, y aún sería capaz para cubrir más si aquélla se incrementara.
Al contrario, el orden más bajo observado era una obra directa de las comunicaciones fluviales, un clásico del comportamiento de las variaciones de los precios del cereal en el espacio. Una población con casi dos mil habitantes a orillas del primer cauce de la región, río arriba de la capital, tenía más de la mitad de su espacio agotado por los cultivos dominantes, a pesar de lo cual el precio del trigo que en ella se comerciaba era menos de la mitad que el de donde se pagaba más, mientras que el de la cebada, en relación con el más alto, solo perdía la mitad de su valor. El grano que descendiera por el río, para alcanzar el codiciable mercado de la capital, en parte derivaría a la población para satisfacer desde fuera sus necesidades. Llegaría a una cotización tan capaz para competir, porque aún una parte de la población lo demandaría, que esta prefería aceptar el precio que finalmente fijara el mercado local antes que invertir en su producción sobre la reserva todavía disponible, así liberada para otros usos; gracias a que el transporte fluvial, rápido y al que se oponían menos barreras fiscales, cargaba el precio definitivo con unos costos muy inferiores a los que soportaba el terrestre.
Así como se identifican ciclos en el tiempo parece que los hubiera en el espacio, como si la sección transversal del valle fuera igualmente la representación simplificada del movimiento de las cosas según pasan días o meses, las horas y las vidas enteras. Porque los precios antiguos, que en las estribaciones del norte se portaban de una manera tan homogénea, una vez completada la experiencia de su paso por el valle, que los aproximaba al abismo del desorden, de nuevo ganaban una apariencia de equilibrio cuando ascendían las primeras pendientes de la alta muralla suroriental. Allí las cotizaciones más altas, que para el trigo lo eran en el mismo grado que en su par del norte, algo menos para la cebada, parecían directamente estimuladas por el tamaño de las poblaciones. La del mayor absoluto que haya entrado en el campo de observación permitido por la muestra, que reunía poco menos de 27.000 personas, localizada muy cerca del límite este de esta tercera porción del espacio regional, es también la de los precios del trigo más altos. Con la mitad de su espacio local dedicado a cultivar cereales, también parece materializar cierto equilibrio. Permite descomponer al detalle el mayor grado de diversidad en el uso del espacio agrícola cuya observación haya sido posible. Del mismo modo que cualquier división del trabajo era inevitablemente germen de mercados, la apertura de la producción agrícola a bienes distintos al cereal obligaba a quienes así decidían a convertirse en demandantes de trigo, si se atenían a las reglas de consumo alimenticio que se reconocen como habituales. La dedicación de la mitad del espacio disponible al cultivo de los cereales, porque es la cifra en torno a la cual puede reunirse un tercio de los casos de la muestra, al tiempo que cualquiera de las demás proporciones posibles significaría, para todos los analizados, frecuencias muy inferiores, representaba para aquellas agriculturas una frontera consciente, a la que decidían atenerse para de este modo desactivar en parte el alto riesgo económico cargado en la concentración en un producto, el cereal de consumo común, cuyo valor conocía fuertes oscilaciones. Podría tratarse de una frontera correspondiente al tamaño de la población que tomara una decisión así, por la vía intelectual convencionalmente llamada sistema de cultivos, si a su vez todo el espacio del que pudieran disponer sus hombres se hubiera constituido, bajo el estatuto de término, proporcionado a un número de habitantes. Está demostrado que las poblaciones de la época son estables, cuando no estacionarias, lo que añadiría verosimilitud al supuesto, y convendría a reconocer que causa directa de cierta tensión al alza de los precios, como ocurre en este caso, pudo ser un incremento positivo reciente del crecimiento de la población.
Hay otras dos, de un total de tres que inmovilizan el escalón inmediato inferior del nivel de los precios, que podrían avalar este cuadro de circunstancias. Aunque una de ellas parece haber agotado algo más su reserva de espacio, las dos, en la jerarquía de las poblaciones según tamaño, ocupan las posiciones segunda y tercera, quedándoles la frontera de los 6.000 habitantes por debajo. Dar por bueno que cierta tensión al alza de los precios del cereal, tanto mayor cuanto más grande es el tamaño de las poblaciones, es consecuencia de alguna propensión a su incremento, sostenida durante algún tiempo y simultánea a un estancamiento en el uso del espacio, es también reconocer el aislamiento relativo de las comunidades humanas que pasan por esta experiencia. A ellas no llegaría del exterior la masa de grano suficiente para contrarrestar la presión añadida a los mercados por el incremento del número de personas que alimentar. Es una razón que de nuevo puede parecer adecuada a las pendientes que tendrían que vencer las acémilas, que incrementan el precio del grano en razón directa a la cantidad de tiempo que necesitaban consumir en el esfuerzo para vencerlas. En la otra población cuyos precios eran altos este factor pudo actuar porque estaba localizada donde la sierra era más severa. Pero es más probable que fuera un sumando disuasorio absoluto, al margen de todas las decisiones. Una concentración humana moderadamente alta, como respuesta a los obstáculos al movimiento, y una aplicación al cultivo de los cereales por debajo de la cuarta parte del espacio del que dispusiera, consecuente con las dificultades para conservar el suelo que añaden las pendientes, cuya demolición obligaría a invertir cantidades fuera del alcance de los beneficios que reportan los ciclos productivos, son bastantes para explicar de manera convincente, en aquel medio, tal comportamiento del precio, como no es necesario mucho más argumento que el del sistema de transportes para dar cuenta del último comportamiento de los precios en el espacio.
El primer puerto del Mediterráneo en el litoral del sur, a solo unos 20 kilómetros del límite este de la región, se había convertido en un importante polo hacia el que fluían bienes desde el valle. Es probable que empresas de arriería consolidadas se hubieran constituido en las poblaciones que jalonaban otro de los ejes del sistema de comunicaciones meridional, que unía el centro de la región con el mencionado puerto a través del tercio de su espacio en el que ahora la atención debe concentrarse. Tres de las poblaciones de esa ruta, una parte de cuyos habitantes se declaraba dedicada de manera estable a la modalidad de comercio referida, han quedado incluidas en la muestra. Sus precios de los cereales son los más bajos de la zona, tanto para el trigo como para la cebada. El tránsito sostenido de recuas por sus calles, habitadas por comunidades de menos de 2.000 personas, permitiría que se beneficiaran de precios asequibles, aun teniendo los recursos agrícolas de sus espacios casi agotados. Una de las poblaciones había conseguido hacer compatible la dedicación de casi todo su suelo a la producción de los cereales, la mayor presión de un grupo humano sobre el espacio que permite documentar la muestra, con la bonanza de las cotizaciones, coincidencia singular.
Aún queda por mencionar un par de mercados locales, cuyos precios son en un caso casi idénticos a los que se relacionan con la primera ruta del comercio oriental, en otro solo algo más altos. Las poblaciones que nutren sus demandas eran muy similares en tamaño, poco menos de 3.000. Del uso del espacio que en una de ellas hacían no hay buena información, y del que hicieran en la otra se puede afirmar que se aproximaba al que ha quedado reconocido como comportamiento más probable, el que prefiere limitar a la mitad del espacio disponible su empleo en el cultivo de cereales. Su respectiva vecindad al primer puerto mediterráneo del sur, aunque no fueran nudos del eje de comunicaciones terrestres que conducía hasta él, permite presumir que pudieron beneficiarse también, en sus mercados de cereales, del tránsito por sus caminos de quienes estaban interesados en la actividad comercial que atrajeran las línea secundarias que llevaban al eje de la red.
Portes
Bartolomé Desmoulins
A mediados del siglo décimo sexto, para corresponder a la tasa del grano, la administración de la corona tasó el transporte de las fanegas de trigo y cebada. El objetivo declarado de las tarifas públicas era marcar un límite máximo para los precios, algo finalmente tan complicado como descansar los lunes, pedir perdón, sonreír a la madre del cónyuge o envasar el vacío en una botella con el encomiable propósito de ponerlo a la venta. El de los gobernantes que tomaron estas decisiones, según quedó escrito en las declaraciones de los motivos que pretendían justificarlas, era evitar que se incrementara en exceso el costo del bien de consumo básico.
Para el transporte, aquellas decisiones impusieron un modo de calcular los costos del servicio, llamados portes, que en lo sucesivo marcaría la formación de su precio. Simplificaron el procedimiento para que fueran acordados en unidades monetarias por legua y fanega. Por cada saco regular, origen de la persistente unidad de capacidad, variable como todas las antiguas, pero equivalente en cifras groseras a poco más de 50 litros, que contuviera cualquiera de aquellos dos bienes mientras eran desplazados se podrían pedir, a causa del esfuerzo, como máximo 6 maravedís por cada legua recorrida, medida itineraria también sujeta a cambios de valor según territorios pero cuyo tamaño tipo se aproximaba a los 5,5 kilómetros. Cercano ya el fin de la misma centuria, la misma tasa fue actualizada a 10 maravedís por legua y fanega, lo que equivaldría a unos 42 maravedís por tonelada y kilómetro, para conceder reconocimiento legal a la presión al alza que los precios en aquel mercado estaban imponiendo.
La vigencia de esta una manera de acordar lo que había de pagarse al demandante del transporte la demuestran los precios documentados en contratos no sujetos al máximo, suscritos durante la época moderna. Para una parte de ellos rigieron valores comprendidos entre 10 y 20 maravedís por legua y fanega, aceptados a mediados del siglo décimo octavo. Un acuerdo entre partes, completado en 1769, por los mismos conceptos aceptó como canon 14 maravedís.
Pero los precios conminatorios, tan exigentes como poco sensibles a los cambios, dejaron de usarse ya en el mismo siglo décimo sexto, y cien años después de acordada la tasa ya no la tenían en cuenta ni arrieros ni comerciantes. No era más respetada que la que regía para los granos, idénticamente inútil. Por la misma razón que causan baja en los ejércitos totalitarios los más incapaces, arguyendo volumen del tórax, déficit de la estatura o pie cavo. León Hernández, astuto mediador de negocios transnacionales en un despoblado, tanto que llegó a ser desnombrado, fue excluido del servicio a causa de la deformidad de su pie. Plasmó en un secante su planta, y los doctores jurados certificaron que cargaba con un puente de un ojo tan abierto que su radio era mayor que la suma de las superficies sobre las que descargaba el peso de su cuerpo, respectivamente anterior y posterior a la comba. Había concertado con su novia de entonces, tricotadora hábil y modesta, de cuerpo redondeado por masas discretas, acogedoras, con tienda abierta por cuenta propia en las dependencias exteriores de una casa propiedad de su madre, por las que jamás le pidió nada, salvo una promesa de que sus días no terminarían en un asilo de caridad, anticuado, atendido por monjas, exigentes de la pensión que a causa de la agonía de su tiempo la beneficiaria percibiera, fuera del estado o de un fondo en el que los ahorros invertidos permitieran deducir ingresos, cumplidos los requisitos de la póliza; que lo esperaría, si fuera necesario. Había alcanzado ya la plenitud de su astucia, y acordó una sociedad con otro negociante, cuya actividad se había consolidado en poblaciones más próximas al centro de la región, incluidas actividades recreativas. Fueron las relaciones con aquel hombre de ardides las que le permitieron la natividad de sus días de ternura. Vivía convencido de que ya los conocía, gracias a la hábil tricotadora, que recompensaba sus encuentros con cálculos y conversaciones sobre el costo del hogar que compartirían en el futuro. Pero, gracias al conocimiento adquirido, tuvo conciencia del alcance de su apostura.
No obstante, a mediados del siglo siguiente, décimo séptimo, fue restaurada la tasa del transporte, nunca del todo derogada porque la ficción de la norma entonces era capaz para sostener la percepción de una autoridad cándida. La tasa del transporte había tenido un efecto inverso al buscado, aceptando que fuera el mismo que el declarado paternalmente en los documentos. El encomiable plan para evitar que se disparara el costo de los dos consumos básicos sirvió durante siglos a la justificación para incrementar el precio tasado de los cereales. El procedimiento para el cálculo del precio del movimiento que la tasa habilitó, a quienes traficaban con los portes, si querían obtener un beneficio fácil les permitía manipular la declaración de los trayectos recorridos, aunque fuera escasamente, gracias a que era ponderado a partir de unidades mínimas de volumen y longitud.
Una cuenta de arrieros de fines del siglo décimo séptimo enseña impúdicamente el huevo de los beneficios generados por el transporte durante la época moderna, una vez que se había naturalizado la opinión de que era un costo alto. Para mover 600 arrobas de mercancías entre el prelitoral cantábrico y la capital donde ya había radicado su sede una corona que unificaba los territorios de casi todos los reinos hispánicos, evaluables como la parte mayor de la península occidental del continente clásico, no tanto su contenido, que acumulaba injertos hérulos, tracios, eslavos y hasta arios, fueron empleados 12 arrieros y 50 mulos. Los gastos de los arrieros ascendieron a 300 reales, 400 hubo que emplearlos en la cebada para las bestias y 250 para el resto de necesidades surgidas a lo largo del viaje. Dado que los transportistas cobraron ateniéndose a la fórmula regular, a razón de 34 maravedís por tonelada y kilómetro, el total de sus ingresos ascendió a 2.400 reales. Deducido el gasto, el ingreso neto resultante fue de 1.450 reales. Gracias a la nota se descubre que la voracidad de quienes arriesgaban moviéndose, petrificado el principio de cálculo por unidades de capacidad e itineraria, conquistó margen para descargar los factores del costo.
Pero, por si no fuera suficiente, el ingenio para multiplicar las oportunidades del costo se mostró fecundo, porque la capacidad para inventar carece de límites. Así León Hernández, que recibió la comunicación del tribunal médico una vez que hubiera decidido, porque era incapaz de sobreponerse a una renuncia temporal al tráfico de frontera que le inyectaba dinamita en las venas, exrostrarse con un clavo su ojo izquierdo. Había evaluado sus ingresos en una cantidad muy por encima del horizonte, al otro lado de la línea entre los dos estados, que le permitía alcanzar su vista. Así como Aníbal, por haberse expuesto a las aguas estancadas del lago Trasimeno, una vez recibidas innúmeras heridas, curadas de urgencia en campaña, perdió un ojo, trofeo que le valió más fama que cualquiera de sus victorias, conseguidas con un equipo limitado, esperanzas defraudadas, cálculos transportados por la orina a lo largo de la uretra, alcanzó la cima de su gloria, León ganó el corazón de la secretaria de su socio, cuya madre, que había enviudado joven, estaba a su cargo.
Una vez que fuera equiparado a Robert de Niro, por aquella época en la plenitud de sus días, tal como aún es posible admirarlo como Travis Bickle en Taxi Driver, admitió el costo que la persistente salud de Isadora, en casa de pocas plantas viviendo, contigua a la de su hermana, no tan felizmente viuda; cuyo cónyuge, empleado en una fábrica de cerveza, durante años se había resistido a cambiar de domicilio, afrontado a la factoría, puesto que todavía amaneciendo, ya el verano vigente, el aroma del lúpulo lo despertaba, aunque por último había consentido tomar un piso en la misma planta, hacer las tareas del hogar, gestionar los pagos mensuales, pasear en solitario, una vez perdida buena parte de su olfato; añadía a la servidumbre de los tuertos.
Si se deseaba incrementar aún más el beneficio, ya entonces se podía recurrir a cobrar el transporte por jornadas empleadas en la operación, en vez de por unidades de carga y longitud. Gracias a este precedente, se fue naturalizando la fórmula de los conciertos ponderados, para la que se tomaron como factores formadores del precio del transporte una serie tan dilatada de circunstancias imprevisibles que el precio final difícilmente se podía homologar.
Las características topográficas y materiales de la vía de comunicación podían justificarse como modificantes inmediatos. Eran más baratos los transportes en llano que en cuesta, y a consecuencia de la falta de buenos caminos podía, según un testimonio, recaer sobre el precio del grano el sobrecosto de 10 reales por legua en cada carga, sin contar con que el transporte por vía fluvial era más barato que el terrestre.
Para mediados del siglo décimo octavo, cuanto más largo era un desplazamiento, fuera en tiempo o en distancia, más caro debía resultar. Obtener mayores ingresos por razón de distancia, aceptado el procedimiento común de cálculo de los costos, no presentaba inconvenientes. Pero para incrementar los ingresos en función del tiempo, entre quienes ofertaban el servicio regía una evidencia, que la velocidad era inversamente proporcional a la duración del viaje, de modo que cuanto más durara mejores debían ser las caballerías y mayores los riesgos de cualquier clase, matices que podían ser ocasión de incremento de los gastos.
Movilizado por etapas, el precio del transporte del grano era algo más alto que si se desplazaba sin paradas, aunque los trayectos fueran más largos. Así lo demuestra la comparación de valores referidos a una misma distancia. Mientras que el costo de un transporte continuado era de 15 reales 28 maravedís por fanega, en dos etapas la primera costaba 9 reales/fanega y la segunda 7 reales 27 maravedís. Luego la diferencia entre una y otra modalidad era de 1 real menos 1 maravedí. Parte del beneficio que podía originar el incremento más remunerativo derivaba hacia las posadas, donde hacían sus estaciones los transportistas.
El carro era aproximadamente el doble de caro que el animal. Para una distancia entre 70 y 75 kilómetros, un vehículo con una capacidad para 36 arrobas cobraba entre 7,5 y 8 reales, mientras que una bestia que cargaba 7 arrobas cobraba 30 maravedís. Esto suponía un gasto de más de 7,5 maravedís por arroba, cuando se optaba por el carro, frente a solo 4,3 si se optaba por el traslado a lomos de animal. Los costos que para los transportistas ocasionaban las diferencias a favor del traslado en carro, a mediados del siglo décimo octavo, eran la manutención del ganado y la de los mozos. Por eso, en su momento, el precio del transporte a lomos de animal, más que alto, a quienes lo pagaban llegó a parecerles excesivo.
Nunca la tricotadora presumió, mientras transcurrieron sus días serenos, que el tiempo que había empleado en complementar el suministro de su tienda, a cargo de textiles del nordeste, tuviera que convertirlo en un gasto deducible. Llegaba por correo ordinario, cargado en vagones mercancía, y León, con el documento por el que ella lo autorizaba, pasaba a recogerlo, con el beneplácito de los empleados de la oficina, a cargo del tío de un amigo con el que compartía ocios y deportes, juegos de esfuerzo, antes de que fuera llamado a filas.
–De poco te servirá demorarte –le oí decirle, una vez que acudí al estanco frontero, repuesto de fumadores ahorrativos, previsores del costo que el suministro a granel, a economías dependientes y de ingresos limitados, suponía; porque pasaba por la puerta y rechacé justificar con un mal disimulado despiste seguir sin saludar; el escaparate colmado de colores, apenas del ancho de una ventana, la luz de plena mañana segregando cada cual para que cada ojo infantil los agregara en una suma, cuyo resultado cada plexo solar desbordaría.
Cuando, conocida la secretaria, tuvo que pagar los portes, la tricotadora los incluyó en su declaración de gravámenes.
Pero existían circunstancias que permitían que el transporte de mercancías en vehículos, por razón de volumen, fuera más asequible que el que se hacía a lomos de animales. El transporte en carro podía ser más barato que el transporte en animal cuando la densidad de la red era alta y las vías muy accesibles por razón de estado del firme. Al menos, esta era una de las convicciones con las que se hacían planes para la innovación de las comunicaciones en la época.
Al contrario, encarecía aún más el transporte que en algunos sitios fuera necesario trasvasar la carga a lomo de animal. En ocasiones, podía parecer conveniente pasarla de carro a bestia, porque lo impusiera el estado de las vías de comunicación. Pero sobre todo era una operación ineludible cuando el producto llegaba a través del mar envasado en barricas. Entonces, para cumplir con el transporte desde los puertos del litoral al interior, debía ser enfardado, envase necesario para adaptar la mercancía al transporte de herradura.
Las precedentes cosechas de forrajes y legumbres, que modificaban tanto el precio de estas como de los pastos con los que se combinaban, concurrían al costo de la alimentación del ganado para el transporte. A mediados del siglo décimo octavo, para hacer frente a este gasto, cuando había que cubrir largas distancias era un recurso habitual vender algunos animales en el trayecto. Y también eran contabilizados como costos, tratándose del desplazamiento a larga distancia, las reparaciones del medio de transporte y la sustitución de los mulos que morían.
Composición del gasto de las familias modernas
Redacción
Contra la opinión favorable a la composición de un gasto tipo o cesta de la compra, hay analistas que mantienen que las familias con capacidad media de consumo dispersaban su demanda por muchos bienes, y que tampoco los de las familias de quienes obtenían su renta solo con la venta de su trabajo era muy homogénea. Las leyes de la estadística les quitan la razón, porque ponen al descubierto, sin sobrepasar nunca el límite de la descripción, que el comportamiento de las poblaciones es bastante más gregario de lo que pretenden los defensores de la capacidad individual para decidir y actuar. Alimentación, indumentaria, hogar, iluminación y alquiler de la vivienda eran los componentes regulares del gasto de cualquier familia en cualquier población.
El alimento básico era el pan. Si se toma como referencia el continente, el menos habitual era el que se elaboraba con trigo candeal. Para la mayor parte de la población, incluso el consumo de trigo estaba limitado por su renta disponible hasta el punto que puede afirmarse que el pan blanco era un lujo. El consumo del pan de centeno, el otro cereal panificable, era bastante mayor. También se recurría a la cebada para satisfacer la necesidad más perentoria del alimento imprescindible, en especial cuando escaseaba el trigo, aunque el pan que con ella se elaboraba era pesado e indigesto.
No era frecuente que los panes fueran puros. Para su elaboración solía recurrirse en primer lugar a mezclar el trigo con otros cereales, y más aún se frecuentaban combinaciones inferiores. Se consumían más, por este orden, panes de centeno con salvado y de centeno y cebada, e incluso familias en buena posición decidían alimentarse con pan de mezcla después de haber renunciado al de centeno solo.
Pero ninguna de estas excepciones parece un buen medio para explicar lo que ocurría en la región. No hay constancia de que la cebada fuera panificada en ella, menos aún de que los cereales menores llegaran al mismo fin, lo que en modo alguno obliga a excluirlo. Tal vez sea aconsejable, tal vez solo con fines especulativos, considerar la expresión pan terciado, en la que insisten las fuentes para referirse a todo el producto del cultivo de los cereales, en su sentido literal. Si la cebada era una fracción constante del combinado que se recaudaba cada cosecha, pudo ser la consecuencia de que estuviera admitida como posible agregado a la panificación del trigo. Tampoco parece probable que el consumo de pan de centeno fuera importante, entre otras razones porque su cultivo era marginal en la región.
Alimentos equiparables al pan eran la torta o las gachas de trigo sarraceno, también conocido como alforfón, los mismos preparados de maíz y la sémola de avena. Igualmente era habitual que el pan se consumiera como ingrediente de una sopa más o menos consistente, elaborada con tocino, legumbre, col, rábano, cebolla y huevo. La avena, aunque como la cebada solía ser alimento animal, podía consumirse en forma de papilla, si bien con bastante menos frecuencia que cualquiera de los alimentos derivados de los otros cereales. Las algarrobas, en caso de que faltaran los cereales panificables, podían sustituirlos, aunque solo en años de extraordinaria carencia, cuando se consumían como un sucedáneo del alimento diario.
Algunos cálculos sostienen que una libra de grano por persona y día era el umbral alimenticio que permitía mantener la vida y la capacidad de trabajo en la agricultura de las zonas de clima templado. Otros estiman que el consumo de cereal por persona y año oscilaba entre 150 y 200 kilos. Teniendo en cuenta que una libra equivale a 0.46 kilos, el consumo anual estimado se situaría entre 326 y 435 libras, lo que da un valor medio de 380 libras, algo superior al precedente.
En la armada, hacia 1725, el costo de una ración alimenticia diaria se estimaba en 92 maravedís. Si se toman en cuenta los precios tipo del trigo en la época, el consumo por persona y día todavía daría un valor algo inferior. Ciertas proyecciones, referidas a los ejércitos de la primera época moderna, llevan a concluir que la ración mínima o de subsistencia por soldado era de 700 gramos al día, que proporcionaban 1.875 calorías; pero que, si no se complementaba con otros alimentos, podía conducir a la inanición. Cuando los ejércitos se desplazaban, para que un soldado pudiera caminar entre seis y ocho horas diarias necesitaba entre 3.400 y 3.600 calorías.
En Francia, para la plenitud del siglo décimo octavo, una familia de seis miembros que se mantenía con una cantidad modesta de trigo necesitaba cuatro kilos al día. También se estima que una familia de entre cinco y seis miembros consumía al año unos 15 quintales de trigo y centeno. Como el quintal son 46 kilos, el consumo de los 15 equivale a 690 kilos, y por tanto la estimación da un resultado que es la mitad que la anterior, porque 4 por 365 es 1.460. Luego habrá que suponer que la familia citada en primer lugar tendría entre 10 y 12 miembros. En otra familia rural, compuesta por la pareja y tres hijos de seis a nueve años, el varón adulto consumía entre 2 y 3 libras de pan diarias porque de él obtenía regularmente su energía. Puede afirmarse con exactitud esta cantidad porque esta ración es al mismo tiempo el elemento en especie del salario agrícola. El consumo de la mujer adulta era similar, y el de los niños se deduce del consumo total diario para esta familia tipo, que se estima comprendido entre 8 y 10 libras. Otros creen más realista situar el consumo diario de pan de una familia tipo en un valor comprendido entre 6 y 8 libras. Pero probablemente el cálculo correcto es el inverso, al menos para nuestra región. No es tan factible calcular la cantidad de alimento que cada día se necesita para obtener el suministro energético cuanto averiguar la cantidad de energía que efectivamente es suministrada por día a cada trabajador: una fanega por persona y mes.
Hacia 1750, para una población de 150.000 habitantes, se calcula un consumo diario de unas 2.000 fanegas de trigo. No parece exagerado porque 2.000 fanegas son unos 111.000 kilos o 241.304 libras. De donde resultaría un consumo por persona de 1,6 libras.
La carne que se consumía era de cerdo salada. En la región la fresca se llamaba tocino y su suministro a los mercados se aseguraba mediante el sistema de abastos. Lentejas, habas y judías eran las legumbres de consumo preferente. Ajo, cebolla, rábano y col también eran habituales, así como la leche y el queso. Sal, grasa, aceite y manteca eran suministros estables de las cocinas. El vino era una parte estimable de la dieta allí donde se producía.
El déficit de renta inducía a comer alimentos poco saludables. Ocurre ocasionalmente la sustitución prolongada durante días de la comida de pan por exclusivamente frutas, lo que, en opinión de los observadores contemporáneos, puede ser causa del incremento de la morbilidad de crisis en la región. Probablemente se refieren a sus efectos sobre el tracto intestinal y sus coléricas consecuencias. También puede suceder abstenerse de la dieta de carne durante meses y reiterar la de legumbres, hierbas y frutas poco nutritivas y en cantidades escasas, lo que tiene el mismo efecto, según la misma opinión. La carencia de alimentos llevaba al consumo de hierbas silvestres.
Para la indumentaria común se utilizan paño grueso o telas de lana del país, y para el trabajo tejido de cáñamo mezclado con lino o con algodón, materias estas últimas a las que también se recurre para la lencería. De lino y de lana se hacen los sombreros y las cofias. Como calzado, en el campo se usan los zuecos de madera o galochas. Los zapatos quedan reservados para las ocasiones. La leña sirve para la calefacción y la lumbre, y las velas de sebo son la base del sistema de iluminación artificial. Gasto común imprescindible era el alquiler, medio corriente de acceso a la vivienda.
Solo el producto del precio medio del pan por el consumo estimado alcanza a superar el 90% de los ingresos que proporcionan los 200 días de trabajo al año que aportaría el varón adulto cuando se alimenta de pan de centeno. Panes de calidad inferior hacen descender la proporción, pero siempre la mantienen por encima del 60%, aunque también hay quien concede al consumo de pan un valor relativo próximo al 50%.
Algunas estimaciones, al tiempo que conceden un menor valor relativo al consumo del pan, próximo al 50% del gasto, creen que el total del gasto alimenticio alcanza los dos tercios del gasto total, lo que implícitamente otorga un 16% al agregado vino, hortalizas, legumbres, etc.
Las mismas estimaciones que conceden al gasto en pan el valor relativo del 50%, y al del agregado vino, hortalizas, legumbres, etcétera el 16, a la indumentaria conceden un 15, a la energía doméstica un 5 y al alumbrado un 1. Debemos suponer que el resto (13%) habrá que atribuirlo al alquiler de la vivienda. No obstante, en los analistas que leemos, parece más probable que tal resto se esté concediendo implícitamente al pan. Pero, tratándose de la región, tal vez es más acertado tener en cuenta el alquiler de la vivienda como un gasto general.
Por su parte, para avalar la escasa diferencia entre el comportamiento diacrónico de un índice de precios aritmético y otro ponderado, uno de los más representativos observadores, partidario de la primera forma, optó por los siguientes valores ponderales para la época de nuestro interés. Trigo, 4; vino y aceite de oliva, 3; cebada, queso, garbanzos, carne de vaca, cordero, azúcar, huevos y arroz, 2; el resto de su larga serie de bienes, 1.
La formación del precio del pan
Abel Émerson
El fuerte control público del mercado del pan, que alcanzaba hasta sus menores detalles –como averiguar el rendimiento de la fanega de trigo, el número de piezas que con cada una se podía fabricar o la vigilancia de los puntos de venta– pretendía garantizar cuanta concurrencia fuera posible.
En el centro de esta estrategia estaba su precio. En las grandes ciudades del continente, desde antiguo, se formaba a partir del rendimiento de cierto volumen del cereal panificable en harina, masa y pan, por este orden y en unidades de peso. A esto se añadían gastos diversos, los más importantes de los cuales eran los salarios o los beneficios del molinero, y los de cocción, este último derivado del precio de la madera. Además, se debía consentir un beneficio modesto a los panaderos.
Cualquiera de estos cálculos partía de que en los mercados se ofertaban distintos tipos de pan, cada uno de ellos con una composición, y por tanto un precio ya consolidado. De ahí que en el fondo todo dependiera del precio del grano, y que la iniciativa política se concentrara en lograr que el grano fuera barato para que también lo fuera el pan.
Pero no era fácil conseguir que las cosas ocurrieran con una causalidad tan directa. El cambio de precio de la materia prima escapaba a cualquier control administrativo, y no siempre que el grano era barato también lo era el pan, e invariablemente la escasez de granos impulsaba al alza los precios de los productos de la panadería.
Para evitar los efectos de esta fatídica razón, una de las iniciativas de las administraciones era que el cambio en el precio de la materia prima fuese compensado con un cambio de peso en el tipo de pan correspondiente, por lo que el precio podía permanecer nominalmente invariable. No dejaba de ser una componenda grosera, pero podía evitar las tensiones y las protestas.
Otra era tarifarlo, lo que era factible allí donde, como en Castilla, estaba dentro de lo posible imponer la tasa del precio del cereal. La tarifa para la libra de pan que fijaban los municipios tomaba como referencia el precio de la fanega de trigo y regulaba un margen para el beneficio del panadero, al que se aplicaba la regla del maravedí por real. Por cada real que el precio del trigo aumentara, el panadero podía incrementar un maravedí para asegurarse una tasa de beneficio, que por tanto era del 2,94 % (1/34). Como el pan se cotizaba en cuartos por libra, según calidades, con la tarifa del maravedí por real, que parece que fue estable y duradera, las diferencias de precio entre las calidades del pan no podían ser grandes.
Pero la fuerza del precio del cereal podía ser tanta que llegara a ser capaz de imponerse por encima de la tasa. Entonces las autoridades locales debían recurrir al fuerte control al que sometía la compraventa del pan, su arma exclusiva, justo para contener la libre concurrencia de abastecedores que pretendía.
En 1734, año de escasez de grano, una de nuestras poblaciones había contratado con un comerciante de la capital un suministro de trigo de la mar. Había alcanzado el precio de 42 a 43 reales cada fanega, y su rendimiento fue estimado de 21 a 24 hogazas de a tres libras. Las autoridades, que habían comprometido el dinero público en la compra, directamente obligaron a modificar el precio del pan. Hasta entonces se había vendido a 40 maravedís la hogaza de tres libras.
De mantenerse este precio, calculó el gobierno local, solo se ingresarían por cada fanega unos 22 reales (en realidad, entre 24,7 y 28,24 reales). Temía que por esta casusa se originara en las arcas públicas una quiebra tan grande que los arbitrios que pudieran imponerse para enjugarla no podrían resanarla. Para salir al paso de la amenaza, decidió que a partir del 14 de julio siguiente se vendiera a 60 maravedís la hogaza de pan blanco y a 30 la de bazo, el pan que se elaboraba con salvado. Con los rendimientos que así se podían conseguir, los panaderos obtendrían un ingreso de entre 42 y 43 reales por fanega, correspondientes al precio de la fanega de trigo de la mar que se había contratado con el comerciante de la capital que lo había suministrado. Para esta ocasión, el margen de beneficio del pandero quedaría relegado.
Una vez que se decidía ejercer el poder de una manera tan directa, tampoco era infrecuente que el precio del pan fuera la consecuencia inmediata de la posición de monopolio que la autoridad local podía ocupar en el mercado local del trigo. El instrumento permanente del que disponía para conquistarla eran los pósitos locales. El procedimiento que se seguía para su formación, que les daba preferencia en la adquisición del grano, les garantizaba esa posición cada vez que la oferta de grano se contrajera. El monopolio podía complementarlo con otro que no era del todo ajeno al del pósito, el del peso de la harina, que en las poblaciones meridionales podía ser un bien de propios.
Pero tan drástica intervención podía ser paradójica. En condiciones de alza de precios, el pósito debía concurrir a las compras ateniéndose a los precios del mercado, aun habiendo tasa. En contra de lo proclamaban las autoridades públicas, el ejercicio de su monopolio podía contribuir al incremento del precio del pan y la consiguiente contracción de la demanda, y si optaba por sostener la demanda de pan a bajo precio podía llevar la institución a la ruina.
Cualquiera que fuese la táctica de las administraciones, o la situación que se viviera, el ingenio ya las acosaba con sumarias composiciones teóricas, alguna de ellas germen del primer pensamiento liberal hispánico y otras precursoras de Malthus. Había quien pensaba que si se conseguía que el grano fuera barato para que también lo fuera el pan sería perjudicial al fin que se perseguía. La reducción del precio del pan causaría desempleo agrícola y emigración de trabajadores de la agricultura, que en las grandes ciudades se convertirían en mendigos y vagabundos. Y si la solución por la que se optaba era subvencionar el pan mediante cualquiera de las formas de intervención en su mercado, se provocaría un incremento excesivo de la población, en especial de la inmigrante.
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