Pasto de las llamas

 

Pasto de las llamas

Nicomedes Delgado

Gracias al esfuerzo de los cronistas modernos, aún podemos recordar que en las alturas que las llamas eligen para vivir crecía una planta tan desconocida en Europa como las llamas mismas, antes de que ambas llegaran a noticia del mundo. No despertó la especie vegetal por su valor botánico mayor interés durante los primeros años de la relación colonial con América, ni por tanto fue mucha la literatura que engendró. Tampoco fue descrito uso útil de la planta, razón por la que algunos juzgan que su memoria degeneró al olvido en poco tiempo. Pero el afortunado Hernán Díaz de Bobadilla, en su Descripción de las excelencias del Perú, alcanzó a registrar uno. Dejó escrito que con ella los indígenas fabricaban una pasta que legítimamente quien observaba los hechos se creía obligado a llamar papel, aunque la composición del producto difiriera de la que ya prevalecía en Occidente.

Cuando se conoció la novedad en la parte del mundo que habitamos los europeos, como otras de su clase provocó la natural polémica sobre si debía aceptarse que oriente había sido el origen de la fórmula que tanto éxito ha tenido, o si por el contrario el mérito de la invención tendría que corresponder a los habitantes de las montañas medias de la América meridional.

La polémica siguiente ya dio origen a una estimable copia de escritos, y el eco que despertó ganó cierta audiencia más allá de los textos. Pero lo que resulta a nuestro propósito más relevante es que de ella se valió un naturalista del siglo décimo octavo para llevar los datos hasta entonces disponibles a un lugar insospechado. Gracias a que rescató lo que se había escrito durante el siglo décimo sexto, todavía alcanzó a observar el sorprendente efecto que aquel producto provocaba en las llamas. Sus extraordinarias observaciones pueden ser resumidas en la más exacta de sus frases. “Cuando la recibían como alimento, las encendía”. Para que el lector calcule el tamaño de su trabajo y el alcance de sus descubrimientos es necesario que conozca el relato de sus esfuerzos.

Siguiendo la pista que le trazaban los citados escritos, el naturalista ilustrado subió hasta las alturas donde habitaban las llamas, donde lamentablemente pudo comprobar que la planta descrita por quienes le habían precedido se había extinguido. El efecto visible de la pérdida era que las llamas languidecían. No se podía decir que la supervivencia de los animales estuviera amenazada, ni que en la complexión de los ejemplares vivos algún indicio hubiera de carencia de algún compuesto vital. Pero la falta de energía de sus movimientos era indudable. Bastaba ver cómo evolucionaban en el prado, cómo cortejaban, con qué espíritu acometían el apareamiento tanto machos como hembras.

Había llegado su experiencia al estado de estancamiento cuando recordó la noticia sobre la pasta de papel que se fabricaba con la hierba que mencionaban sus predecesores. Para su proyecto, tal como lo había concebido a este lado del Atlántico, la discutida pasta no habría de ser uno de los objetos de su exploración. Pero la vía muerta por la que venía avanzando le aconsejaba tantear otras. Indagó entre los indígenas para confirmar las noticias que poseía, y para su satisfacción pudo saber que las cosas eran tal como las había leído. Con la hierba referida se había fabricado entre ellos la pasta de su papel.

La respuesta afirmativa animó su trabajo, siguió investigando en la misma dirección y todavía pudo averiguar más. Si la hierba había desaparecido había sido a causa de una encomiable pasión, la que los jesuitas habían puesto en la infinita tarea de la evangelización. Aconsejados por su espíritu misionero, habían elaborado unos alfabetos que permitían convertir los toscos signos con los que era transcrita la lengua indígena al latín. Pretendían de este modo tender el delicado puente entre la civilización y la tosca vida de los primitivos, de los que conocían sus ansias por declinar los verbos deponentes.

Llevados por tan legítimo afán divulgador, los buenos padres de la compañía habían impreso miles de cartillas de alfabetización. Mas la iniciativa editorial de los misioneros había sobrepasado las necesidades. Había agotado los recursos que el monte ofrecía para disponer del soporte de la impresión, y más adelante la febril decisión originó el efecto de inhibir el crecimiento de la planta que proporcionaba la materia prima. Desde que los jesuitas mandaran segar todas las matas no había vuelto a salir ninguna en toda la zona, y no se tenían noticias de que en otras subsistiera.

La mayoría de los folletos entonces impresos estaban almacenados a la espera de que fueran solicitados por los nuevos padres. Pero la misión ahora otra vez estaba bajo control de una orden distinta, la misma que extendía su autoridad sobre toda la región. Desde que recuperara el dominio sobre aquellos territorios, los folletos que los jesuitas habían mandado imprimir en ningún momento habían sido solicitados, y permanecían donde habían sido depositados hacía ya más de cincuenta años.

Nuestro analista dedujo con rapidez. Aquel mismo día dio a comer unas cartillas a las llamas, que las recibieron sin señal alguna de rechazo.

Repitió la experiencia al día siguiente, y tampoco entonces los animales repudiaron porción alguna de la letra impresa. Lo mismo ocurrió al tercer día. Mas para entonces nuestro hombre, buen observador, ya apreciaba que no era la misma parte de la manada la que acudía cada día a su reclamo. No dejaba de ser chocante. A su parecer, los animales deberían retornar atraídos por el instinto, si es que el alimento recuperado era idóneo.

Decidió marcar las llamas que acudían cada jornada al reclamo de los libros. Intencionadamente restringió la cantidad de folletos que depositaba en los improvisados comederos, y con más ingenio que habilidad consiguió, con una brocha al extremo de un largo vástago, sirviéndose de elementales pigmentos disueltos en cal, marcar con un color distinto las de cada tanda.

Al cabo de una semana había acabado con sus recursos cromáticos. Ninguno de los días de su experimento había vuelto al lugar donde les proporcionaba el que a su parecer era exquisito alimento ejemplar que ya lo hubiera comido. ¿Lo rechazarían? ¿Habría cambiado su metabolismo? ¿Serían presa de una enfermedad por efecto de la inesperada ingestión? ¿Morirían entre espasmos?

Decidió averiguar qué estaba pasando.

Al octavo día se las compuso para que las llamas entraran en una corraleta, en cuyo suelo había arrojado dos o tres cubos de uno de sus pigmentos. Cuando hubieron comido las llamas el papel, a lo que aguardó paciente nuestro hombre, todo consistió en seguir las huellas que las criaturas iban dejando. Mientras caminaba siguiendo el rastro de las pisadas, nubes amenazaban con la tormenta del fracaso el experimento de nuestro valiente empirista. Por fortuna no descargaron.

La manada que aquel día se alimentara con las cartillas no se había dispersado. Pero eso no era lo más sorprendente. Habían acudido a un lugar al que estaban acogidas las demás que habían comido papeles. Allí estaban las llamas verdes, las rojas, las amarillas, las celestes, y todas actuaban de manera extraordinaria. Unas cabriolaban, otras piafaban, las había que saltaban y aún en el aire eran capaces para juntar las cuatro patas y adoptar excelentes figuras de levitantes.

No tardó en encontrar la explicación buscada. A partir de aquel momento toda su atención se concentró en aquel lugar, y durante días y días, regulando meditadamente el gasto de papel de aquellos animales, a escondidas, fue observando el extraordinario comportamiento de las llamas, el cual, finalmente, describió en un sorprendente libro que decidió titular Pasto de las llamas. No he conseguido rescatar más que su referencia. No hay rastro del texto en colección literaria que conozca. Solo me queda, como homenaje y reconocimiento a tan extraordinaria obra, imponerme el deber de restaurar aquel título.

 

Cuidado con el perro

Desiderio Iparraguirre

1. Sobre la pólvora, he aquí lo que escribieron durante el bajo imperio. Entre los getas, pueblo de vida precaria, veneran como alma de la tierra lo que llaman arena ardiente. No conocen su origen ni por qué medio obtenerla. Solo saben que si, por imprevisión, su itinerante campamento es instalado en lugares de fino polvo negro, encendido el hogar alienta en ocasiones un estertor que pone en fuga a quienes a él están plácidamente acogidos.

     En la Germania puede leerse que entre los pueblos que habitan lado allá del Rhin utilizan con fines terapéuticos una sustancia, negra y brillante, que toman de ciertos lugares del monte. Sobre la herida abierta vierten un fino hilo del mineral, apenas una cadena de granos. Prenden el reguero por un extremo, las chispas trepan sobre la piel y en un instante la llaga cauteriza. Solo el guerrero más íntegro soporta la cura sin perder el sentido. La velocísima llama provoca un intenso dolor que desata los miembros de los sujetos a la cura. Pero el crudo procedimiento bien vale por sus efectos. Al instante los hombres que han sufrido una herida son recuperados para el combate, y los más bravos ni aguardar quieren a que la carne se enfríe.

     Son los escitas –dice Aufronio– pueblo entre el que rigen leyes ajenas a la constitución de la ciudad. La vida errante, la falta de gobierno en materia civil, tiranizan a tribus innumerables. Entre los dominios del desorden no es el menos perjudicial el del alimento. Ingieren lo nutritivo mezclado con lo que causa el mal, no disciernen el alimento que germina en vida del que la drena, y todo en mezcla casual devoran sin concierto. Por efecto del recto sentido natural, que se impone al curso de las cosas, sobreviven. Pero hay ocasiones en las que en masa caen víctimas de su monstruoso apetito.

     Gustan sazonar las carnes, que devoran crudas, con cierto polvo que encuentran en áreas minerales, no lejos de donde otras sales se forman. Consumido en pequeñas dosis, no tiene otros efectos que los habituales entre los que sufren desórdenes gástricos. Pero el exceso tiene efectos letales cuando se ingiere acompañado de alcoholes muy vivaces.

     No ignoran que este puede ser el desenlace. Así como conocen que otras sustancias en depósito sobre las carnes que cazan las corroen, saben que el polvo brillante, como lo llaman por expresión, arde y explota al calor. El resultado del brutal abuso es un mortal desgarro del estómago.

2. El cuidado de los animales es civilización. Domesticar es ganar para el orden humano lo que en su estado primitivo permanece disperso y sin fin propio; lo que es tanto como decir organizar. Porque no hay más armonía que la que el hombre impone con sus actos. Allí donde la mano del ser humano alcanza toca el dedo de Dios, porque de Dios la obra se realiza en el hombre y este es su agente.

Como la ciudad, la obra más grandiosa del hombre, el beneficio de lo humano se extiende; de forma asimétrica, algo más por allí, un poco menos por acá, con lentitud, a veces con dudas e incluso con dolorosos retrocesos. Pero el bien avanza inexorable, seguro de sí, en la dirección única posible.

El bosque es húmedo y tenebroso. Conserva en estado latente el medio en el que el principio de la vida germinó. Es lo que ha sobrevivido del caos original en tierra firme. Con razón el bosque es refugio de alimañas y seres horribles. El campo cultivado, que es ya obra del hombre, es sin embargo grosera obra; y concesiva. Recrea el medio hostil en cantidad y tamaño que pueda el hombre doblegarlo. Pero así multiplica las especies parásitas que, como la yedra al coloso, sin agresión aparente puedan minarlo.

Con la cría de animales las cosas ocurren de modo muy distinto. La acción es directa. Cada ejemplar de cada especie que es sometido al rigor de la disciplina doméstica es una conquista. Una pesada serpiente de masa asfixiante, que destila gélido veneno por sus colmillos, cae a este lado apenas se aplique una correcta ortodoncia. Nada en exceso violento, nada que desnaturalice la animal virilidad. Los efectos pueden ser benéficos para todos. La serpiente podrá gozar de una vida regalada, que no es el peor producto del mundo conducido por los caminos del hombre. Este, con este eslabón, será, si no más grande, más extenso.

De todos los animales, el más apto para la civilización es el perro. Reproduce como ninguno los hábitos del hombre. Qué decir de su capacidad para expresarse. El rostro del perro puede figurar todos los estados del alma. Así como la voz del hombre presta su timbre a la reproducción más amplia de los sonidos, la cara del perro, como la del histrión, fija el sentimiento de su dueño. Nada causal hay en este sensible registro. Siglos de paciente educación han ido ideando las máscaras que el buen can con satisfacción se pone.

La virtud que lo distingue es, más allá de la fidelidad, la obediencia. Obsérvese la generosa reacción de aquel perro que a un gesto de su dueño indaga el aire, recorre en horizontal el trayecto equivalente al tiro curvo, acude al lugar y retorna a sus pies perplejo y con la boca vacía. ¿Es que hay otro animal capaz de ponerse al servicio de los efectos de un acto que ni siquiera empezó? Cuanto más tiempo emplee el hombre en amaestrar perros, menos tendrá que invertir en cosa alguna. El perro, de todos modos, actuará.

3. El aire no aloja los cuerpos como la cera al bronce. Ni la resistencia es tanta ni la impronta tan indeleble. Por fortuna. Viviríamos de lo contrario en una selva peligrosa, próxima a la parálisis. Pero qué duda cabe que el dulce aire acoge con distinto agrado lo que debe envolver. Basta con experimentar el efecto que a nuestra vista causan unos y otros cuerpos. Con la vista se mide la rectitud de la presencia de los cuerpos en el espacio, y así como la enfermedad se deja ver solo por los estragos en la figura, un lugar inadecuado mancha el aura del objeto. No es visible por sí misma, pero afecta a su reflexión de la luz. El cuerpo mal puesto resulta más opaco, consume más energía, queda relegado a la condición de objeto oscuro.

Es cierto que como hay mujeres que se arreglan para parecer jóvenes, piezas hay que pugnan por salir a la luz. No obstante, el aire las trata con la misma crueldad que la cosmética. Acusan el exceso de maquillaje y el pulso ya es incapaz de conseguir un perfilado convincente.

Porque el aire es, con su gentileza y su amabilidad, con ese no ser capaz de negarse, el sutil indicio de todo. Se adensa osco donde una masa es excesiva, y allí donde el cuerpo es digno de caricias lo rodea ligero, sutil y transparente. De ahí que deba admitirse que hay un lugar correcto para cada cuerpo. El arte de encontrarlo es la poética del espacio.

Amante del orden es quien recibe placer de la justa posición. Está dotado por naturaleza para percibir lo que bien está, y acusa al instante la colocación dislocada o cualquier alteración de la debida armonía. Donde vive se respira calma y luz, y el equilibrio todo lo domina.

También hay genios desastre del lugar. Bien son torpes radicales, bien convictos conspiradores. Los hay que trabajan en la mesa de al lado.

El primero tiene el sentido local embotado. Poca disposición al nacimiento, la falta de tacto y cultivo, una escandalosa desorientación, escasa frecuentación del espacio urbano. Todos estos, y más, pueden ser agentes responsables y coadyuvantes a la atrofia. No es este el medio donde el demonio crece. Antes bien, la conciencia de la virtud, el recto sentido de la luz, la percepción eficiente del lugar adecuado son aptitudes que inspiran y nutren el mal. Gozar de ellas en grado inferior a otros, alcanzar hasta la conciencia de la inferioridad, son fuente de su tortura y motor de sus malévolos actos.

Quien trabaja en la mesa contigua mezcla con sabiduría fatal ambos tipos, y aún añade algún carácter más. Su tiránico imperio se levanta sobre un negro fondo de licor demoníaco puro, viscoso e inestable. Más sabio que el común de los localizadores, aunque no el que más, alcanza a verter su saber en torpeza, con exactitud tal que el más topo parece. Pero añade alevosía a sus actos. Actúa a hurtadillas, aprovecha cualquier ausencia del compañero de la mesa contigua –por la izquierda– para desordenarle el escritorio.

Un día es la goma, que debe estar a la derecha, algo por encima del ángulo de la hoja, al auxilio de la mano que escribe y suelta el lápiz cuando quien la manda acusa el error o decide la corrección. La mano actúa automática y encuentra el vacío. Otro día es un clip, el clip del borrador del informe. Quien repasa el proyecto, sentado en la mesa contigua por la izquierda, debe acudir al despacho para confirmar cierto extremo. El fatídico dislocador hurta la fíbula. El compañero de la mesa contigua –por la izquierda–, ya vuelto, cree volverse loco. Disciplinado topólogo, bien conoce la imposibilidad de que un cuerpo se extinga sin un destello de luz.

Así se van acumulando las agresiones al buen orden.

No sabe a lo que se arriesga quien trabaja en la mesa contigua –por la derecha. Los correctos localizadores, gente educada y de genio estable, que prestan atención y hasta cuidado a todo lo que a su alrededor se mueva, reaccionan de forma airada e imprevisible cuando el orden debido se trastoca. En particular, si han de vérselas con un compañero de la mesa contigua por la derecha.

4. De la alimentación del animal doméstico podría discutirse su papel agente. Hay pruebas positivas sobre la reducción de hipopótamos criados en piscina, por ejemplo. Cierto compuesto de almidón y viruta tiene virtudes menguantes. Administrado en dosis adecuadas, convierte el bulto ingobernable en poco más que una cómoda colchoneta. El producto no se consigue de un día para otro, pero el premio compensa la paciencia.

Más aún la literatura especializada ha descrito la acción del alimento sobre el carácter. Agresivos caimanes, violentos cocodrilos, sanguinarios tigres quedan reducidos a discretos camaleones o gatos falderos cuando tratan con el vecindario. Las recetas específicas en algunos casos son complejas y hasta peligrosas. Algunas incluyen sedas ilegales, pero tienen la ventaja de sus resultados, casi infalibles en plazos brevísimos.

No faltan experiencias negativas y hasta contrarias. También abundan en los textos descripciones tales. Pero parecen interesadas, patrocinio de temerarios promotores de la alimentación espontánea y natural, no siempre aceptables. Una defensa a favor de la alimentación instintiva del león, por ejemplo, eludió describir las heridas de su cuidador.

Otra cosa es que se discuta el doble efecto de la comida sobre el animal, empeño complejo que a un tiempo amaestre y modifique la constitución física de cada pieza. Estamos en condiciones de afirmar que esa simbiosis es posible. Está al alcance del hombre el perro bomba inteligente.

Tómese un cachorro de perro salchicha. Es importante la raza por la relación entre volumen y masa útil. A la comida diaria añádasele, desde el primer instante, un condimento de pólvora. Al principio la dosis será suave, para evitar una indigestión prematura. Pero con idéntico mimo, jornada a jornada, se irá graduando la sazón en orden creciente. El animal irá asimilando con la ración el explosivo, y tal como su masa integra metabolizada pongamos por caso la pata de una gallina, está comprobado que hace con la pólvora, con la novedad que nutre sus carnes en estado casi puro. Carbón y azufre no modifican su estado a consecuencia de la ingestión, mientras que el nitrato potásico inicialmente se pierde por efecto de los jugos gástricos caninos. Basta completar la dieta con una dosis rica en sales naturales para que se recupere el nitro. No es defecto el excesivo consumo de agua que resulta, ni las consecuencias que a la larga pueda tener esta parte del consumo para el motor de la circulación. Agua no debe faltarle a un perro jamás y es un insumo barato. En cuanto al corazón, no se arriesga nada. De tener prevista una vida de duración regular es posible que se viera acortada por un accidente cardiaco. Pero estando destinada esta crianza a un fin más próximo, el riesgo queda al margen de cualquier cálculo.

Porque la materia explosiva se forma en apenas unos meses. Se sostiene el tiempo del proceso sobre una correcta gradación de la dosis de pólvora, que ha de ser de incremento constante. La causa estimula la consecuencia y es cada día mayor la proporción asimilada. Ayudan a un acelerado metabolismo unas carreritas después de una breve siesta tras las comidas. Muscula el ejemplar más, y más adquiere la apariencia de un contundente cartucho.

Lo notable del procedimiento es que basta esta dieta para que el animal desarrolle el instinto concordante. Por sí mismo acude a lugares aptos para cualquier modalidad de sabotaje: pedestales de próceres, estratégicos postes de la red de alta tensión, torres de comunicaciones. Eleva a refinamiento la receta que vela su premeditado fin con los gestos de alguna evacuación.

No se inclina sin embargo al trato humano. Si se desea el afectivo contacto con las piernas, de hombre o de mujer, es necesaria una doma aplicada. Admite la fórmula que sea paralela al régimen. Debe elegirse persona conocida, familiar al trato, de modo que pueda clasificarla por su medio común, que es el olfato. Los reiterados encuentros, la repetitiva llamada del conocido y sus invariables caricias conseguirán en un plazo razonable lo que se desea, ver al diminuto y simpático ejemplar diligente, en trazo recto, meneando el rabo, hacia su objetivo.

5. El regalo es el bálsamo de la belicosa convivencia. La diplomacia desde antiguo lo eligió como heraldo. No hay objeto por sí mismo apto. Puede valer cualquiera, siempre que a su acreedor llegue en aquel momento, el único.

Cuando el regalo es tentativo, conviene algún dato sobre las inclinaciones de quien lo recibe.

Un regalo perfecto es una botella de orujo. Mejor aún, alcohol de noventa en una botella de anís. El lugar, la plaza al atardecer, cuando vecinos, conocidos y compañeros de la mesa de al lado –por la derecha–, impenitentes fumadores, conversan y pasean. El gesto adecuado, una entrega torpe, la botella contra el suelo, el licor evaporándose.

–Vamos, Gurú. Vamos.

 

Exoftalmía

Daniel Ansón

Cicero, suburbio al este de Chicago, porque estaba al margen de la jurisdicción de su policía se había convertido en el refugio del hampa que lideraba Alfonso Capone, alias Scarface. Allí había organizado su centro de operaciones mientras estuvo vigente la Ley Seca, allí disfrutaba de su riqueza, en aquel rincón se solazaba con actos inconfesables. Pero llegó a ser tan expuesta su evidencia que la tiranía de los excesos encontró mejor refugio en Stickney, entonces una aldea al sur de Cicero. Entre sus hallazgos en beneficio de la clandestinidad, más favorable a los delincuentes que a él se confiaban, sobresalió La Empalizada, la casa que Capone, cuando se supo demasiado observado en Cicero, mandó habilitar en la aldea. Estaba a un lado de la carretera, poco transitada aunque recta, siempre en parte cubierta con la arena de las cunetas, que comunicaba con el distrito meridional del condado. Su obra primitiva era antigua y la habían erigido sobre un zócalo de mampostería, capaz para sostener hasta tres plantas que aún eran de madera. Necesitaba reparaciones, pero tenía a su favor su tamaño. Para aprovecharlo, su nuevo dueño decidió que su aspecto formidable fuera mantenido. Para desconcierto de sus perseguidores, concluidas las reparaciones, dispuso de un café donde se consumían los licores prohibidos, y de un casino que ocupaba las salas principales de la planta baja. El resto del espacio público estaba ocupado por las habitaciones reservadas al primero de los destinos privados. Pero su peculiaridad consistía en que fuera del alcance de las miradas, gracias a la magnitud del edificio, disponía además de una red de compartimentos secretos entre el muro exterior y el revestimiento de las habitaciones, entre el techo y el cielo raso, entre el pavimento y el suelo. La secuencia de todas las cámaras ocultas formaba un laberinto que solo sus guardianes, habitantes permanentes del inframundo hermético, que ingresaban comida y bebida a través de un torno habilitado en el café, eran capaces para transitar con alguna certeza. A través de puertas camufladas en las falsas paredes, los camareros que dispensaban el destilado clandestino, los crupieres que atendían en las mesas de juego y las mujeres dedicadas a la prostitución especulativa, versión venal de la sagrada, a la que allí la primitiva había degenerado por la aplicación intransigente de los principios del liberalismo, cuando la policía hacía la inspección del edificio encontraban refugio. Entre las cámaras, las había acorazadas con acero, donde la mejor banda guardaba un poderoso arsenal de pistolas, revólveres, escopetas, rifles, ametralladoras de tambor, sus correspondientes municiones y cilíndricos cartuchos de expansiva dinamita, que al ciego hacían ver, al sordo, oír. Entre el techo y el cielo raso del salón principal, en una cámara insonorizada con el importado corcho de los alcornoques, poco habituales en las riberas de los Grandes Lagos, habían habilitado el centro de las operaciones invisibles. Allí confluía toda la teoría de los tubos, asimismo tendidos a lo largo de los dobles fondos, a través de los cuales los custodios del lugar podían comunicarse entre sí desde cualquier punto de la obra paralela sin ser advertidos. En aquella cámara podían permanecer cuanto tiempo desearan, entregados a sus pasatiempos. El común consistía en mirar. Todos los techos falsos de las habitaciones privadas estaban decorados con atractivas mujeres, a través de cuyas pupilas transparentes, simuladas con vidrio, era posible ver cuanto ocurría en su interior. Frecuentaba el local, cuando aún regía la paz que había acordado con Capone, Edward J. O´Donell, apodado Spike, de origen irlandés, quien usufructuaba en el cuarto sur de Chicago el crimen de la cerveza, fluido que, mientras rigió la Ley Seca, pasada la medianoche podía costar el juicio a los menos prudentes. Era dueño de una personalidad titánica. Habiendo sido objeto de decenas de intentos de acabar con su vida, obra de quienes se atenían con rigor salvaje al principio de la competencia, otras tantas había conseguido sobrevivir, aun habiéndose visto obligado a convalecer víctima de heridas fatales, en hospitales clandestinos, en manos de carniceros que poco podían justificar que de las paredes de sus consultas, apenas ocultas por un papel que la humedad levantaba a cada tanto, colgaran títulos de medicina al parecer expedidos en Heidelberg. Tan favorable le había sido el azar en tales ocasiones que con encomiable sentido del humor llegó a postularse como blanco profesional. Su pasión era Donita Dunes, empleada en La Empalizada. La fascinación de la que era víctima, a causa de sus desproporcionadas mamas, egregios globos oculares que impasibles devolvían la mirada de quien por ellos quedaba subyugado, cuyos iris emitían rayos protáctiles tan rígidos y comprimidos como vástagos de pernos, no le privaba de la conciencia delincuente.  Tras el placer, el hábito del cálculo retornaba, capaz para urdir el modo de restituir a la humanidad lo que de la condición humana procedía. Acordó con Capone sacar partido a la parte oculta de la obra clandestina. Llegó el momento en el que, cada tarde, la población del doble fondo duplicaba a la del burdel, a veces más. Los ingresos de La Empalizada se cuadriplicaron. Aun repartiendo en razón de tres a uno, porque Capone era el dueño del local, los beneficios que le franquearon sus hombres, delegados tras la paredes más como supervisores que como vigilantes, relevo compensatorio del trabajo que antes hacían los de Scarface, a O´Donell le proporcionaron una fortuna. Cierto día, con la intención de concederle una recompensa a sus desvelos, Spike decidió llevar a su hijo Patrick, entonces de siete años de edad, a ver una procesión organizada por la comunidad católica activa en Chicago, de la que era miembro benefactor. El cortejo había de discurrir por la avenida Michigan, en las proximidades del lago, en el centro de la ciudad. Pasaba la procesión y la contemplaban el padre de pie, el hijo a horcajadas sobre sus hombros. Ostentaba la presidencia del cortejo George W. Mundelein, arzobispo titulado de la ciudad, a la sazón recién elevado al cardenalato por el papa Pío XI; un hombre de aspecto refinado, origen neoyorquino y buena cuna. Cuando la presidencia del cortejo llegó a la altura de ambos, el prelado saludó a Spike apenas intercambiando miradas. Una nube de incienso envolvía al supremo sacerdote y una multitud de angelicales acólitos, de blanco inmaculado, revoloteaba entre el desfile y los espectadores pidiendo limosna. Una vez transcurrida la procesión, Patsy preguntó a su padre por la identidad de aquel hombre extraño, que sin que pareciera importarle comparecía en público vestido con una túnica roja y frágiles zapatos de tacón. Antes de dar una respuesta a la curiosidad de su hijo, O´Donell, guiado por su sexto sentido, indagó el bolsillo de su pantalón donde solía llevar su pequeña fortuna cotidiana, un rollo de billetes grandes. Hasta entonces se había considerado invulnerable. En aquella ocasión no tuvo la misma suerte que cuando se había expuesto a las balas, aunque su vida, mientras la envolvió la nube de incienso, estuviera en vías de salvación y nunca en riesgo. El bolsillo derecho de su pantalón estaba vacío, no obstante estar persuadido de que antes de acudir al desfile había guardado en él nueve mil dólares. “Probablemente era un carterista”, respondió por fin O´Donell. A continuación, padre e hijo abandonaron el lugar. El cardenal Mundelein, para su comunidad de creyentes, terminó siendo un benefactor singular. Gracias a su munificencia, con el tiempo, fue levantado un gran seminario para la formación del clero católico en una pequeña ciudad residencial a pocos kilómetros al norte de Chicago. Por esta causa, en reconocimiento a su patrocinio, la modesta población decidió a fines de 1924 tomar el nombre de Mundelein, el mismo por el que todavía se la conoce.

 

Resistencia de materiales

Daniel Ansón

No atrae la resistencia de materiales la atención de los hombres, estando presente en cualquier circunstancia, a la que cualquier acto está sujeto, por encima de la voluntad. El pavimento, condenado a acatar el trasiego de un número indefinido de viandantes; la lámpara del alumbrado público, que pasa la noche -y aun en ocasiones los días- en atenta vigilancia; el anónimo pasamanos, imperturbable planta que sembraron hace décadas hombres de la ciudad y que ha renunciado a crecer; delegan su presencia a su respectiva capacidad para afrontar el efecto de los agentes detractores con razonable entereza. El cuerpo mismo debe adecuar sus gestos y estados al modo en que sobre la piel repercuten el sol y el aire, la violencia con que ambos en ocasiones se emplean, el decreto que contra él dictan las autoridades que calculan la capacidad de los vagones del metro. Por fortuna solo en apariencia es frágil. Por su aspecto protege la elasticidad, que es su principal virtud, capaz para soportar la punta de un afilado abrecartas sin que penetre los tejidos o el electrodo a alta temperatura sin que sobre ella levante ampolla alguna.

Todo el saber sobre la resistencia de los materiales ha de tener como objeto primordial el cuerpo del hombre. Debe tratar de la medida en la que cada objeto -ya de espontánea existencia, porque así la naturaleza haya decidido ponerlo a nuestro alcance; ya deducido del deseo de hacer el bien o atender a la necesidad a la que voluntariamente se entregan los pensadores- se le puede oponer sin dañarlo, cómo pueden todos entre sí convivir y en qué modo los pasivos elevan al grado de bienestar la monotonía de la existencia.

Dos en mi opinión son materiales de trascendental efecto sobre la felicidad humana, el hormigón armado y el acero.

Pocos productos del ingenio podrán ser equiparados en grandeza al hormigón. Quienes lo inventaron no actuaban aconsejados por cálculos de costos, aunque consiguieran hallar un suministro que apenas gasto generaba, en un tiempo sobre el que existe la falsa creencia de que el cálculo del monto de la inversión no era parte tenida en cuenta por quienes las obras promovían. Más bien trabajaron dirigidos por el deseo de hallar material al que en cualquier lugar pudiera recurrirse y que cualquier forma, de cuantas la arquitectura propone, fuera con él ejecutable. Además, como ocurrió con el hallazgo de la electricidad, de la que nadie esperaba tanto poder, obtuvieron una masa de una dureza imprevista.

Cierto fabricante de bollos a principios del siglo vigésimo se aventuró a experimentar con una harina que importaban de la Pampa. Estaba decidido a fabricar cantidades ingentes (en la dimensión industrial) de una pieza única con el propósito de acaparar el mercado de los desayunos en París. El ardid de su plan lo satisfacía la compra a un precio bajísimo de un producto, pagado en una moneda muy débil e importado a costos irrisorios. Puestas en venta las primeras elaboraciones, a las que para enfatizar la diferencia había dotado de la característica forma circular con agujero que luego ha sido tan reconocida, fueron denunciados algunos casos de ingestión accidentada, levemente trágicos. El más grave fue la obstrucción del esófago, que hubieron de remediar con chorros de café au lait a presión, administrados en la trastienda de un bistrot durante una cura de urgencia, precedente al ingreso en el hospital. Fueron denunciadas varias fracturas de molares y un número indeterminado de irritaciones de la cavidad bucal.

Pero la producción de bollos a gran escala había sido acometida. Era imparable. El curso de los acontecimientos amenazaba, aparte la estabilidad del negocio -que era al mismo tiempo empresa y por eso fuente de riqueza y bienestar, trabajo y rentas para quienes lo ejecutaban y el estado- la vida misma de su promotor, quien al segundo mes de estancamiento de las ventas acariciaba ante la apacible chimenea de su hogar unas pistolas de cañón con trazo helicoidal, fabricadas por encargo de su esposa; iniciativa inspirada por el deseo de colmar la sucesión imparable de los cumpleaños de quien con ella había compartido nada menos que una vida.

Por suerte para el entusiasta emprendedor estalló la gran guerra, incierta por bélica, cargada de esperanzas por tamaño. El futuro que los disparos originan cuando los gobiernos dan la orden de fuego rescató su porvenir para los años inmediatos. Podría ensayar convertirse en abastecedor del ejército. Buscó medios para entrar en buenas relaciones con los servicios de intendencia, y los encontró; y en cuestión de días contrató la venta exclusiva de sus bollos para el abasto de las tropas instaladas en el frente. Nadie pudo comerlos, ni en la primera línea ni en la retaguardia, pero la producción de su fábrica no solo no decayó sino que mes tras mes, mientras la guerra duró, fue creciendo.

Como el enfrentamiento había degenerado a conflicto de posiciones, el hostigamiento mutuo consistió en destruir cada día las trincheras del enemigo, que invariablemente durante la noche eran reconstruidas. Los bollos, ensartados en recias varas de abedul, el preferido desde la antigüedad para la fajina, y amalgamados con mortero del país, formaban altos y seguros parapetos frente a las balas que peinaban los sacos terreros. No eran invulnerables a la acción de la artillería, pero permitían mantener posiciones cuando las partes cruzaban el fuego de los fusiles.

Nunca cada contendiente supo que también la otra parte recibía aquel suministro, que nuestro hombre había conspirado para vender su producto (definitivamente presentado como equipamiento poliorcético) a quien estuviera dispuesto a pagarlo. Los que hayan recorrido los campos de Verdún a pie, como visitantes de uno de los memoriales más sobrecogedores que se hayan erigido a las metas ganadas por las civilizaciones -con el propósito declarado de que nunca en lo sucesivo, ninguna de las generaciones que nazcan, las conquisten- habrán podido comprobarlo. A pesar del tiempo transcurrido aún pueden verse a ambas orillas del río restos, razonablemente conservados, del legendario engrudo.

La empresa no pudo sobrevivir a la guerra, ni era necesario en opinión del fiel contable de la casa, quien prefirió cobrar un sueldo modesto antes que ceder su responsabilidad a cualquier advenedizo. Con la liquidación que preparara al año de finalizar el conflicto, habiendo quedado detenida la producción meses atrás, terminó la afamada historia de la manufactura que empezó llamándose L´épi d´or y terminó siendo conocida bajo el nombre de Fournitures Dunquerque.

Algo equiparable ocurrió con el hormigón. Quienes en los venerables tiempos antiguos acometieron sus obras confiados en su mansa plasticidad jamás llegaron a imaginar que los siglos verían sobrevivir hormigón allí donde los ejércitos romanos habían llegado. Puede que nada de cuanto hace cientos de años fuera construido haya podido mantenerse en pie, que de aquellas atrevidas cadenas de cuerpos suspendidos a gran altura alguno haya conseguido seguir levitando. De la obra tiempo atrás concluida con seguridad hasta aquí ha llegado la compacta masa de hormigón que vertebró las elegantes combinaciones, las aspiraciones más altas de los divinos arquitectos; aunque aparezca derrotada, informe y a ras de suelo.

Recibió el beneficio del alma de hierro la fornida masa después. No parece sin embargo que deba ser admitida como una bendición para los que con tan poderosa combinación conviven. Nada nocivo hay en el inofensivo acto del juego. Quienes lo mezclan con la ambición lo convierten en un pertinaz ejercicio de la peor de las pasiones.

Han sido practicadas pruebas sobre la resistencia de esta combinación ante las más variadas embestidas. Moles mecánicas accionando voraces arcas dentadas, que actuaran contra compactas bandas de mezcla en las que el metal hubiera sido embutido; infatigables martillos neumáticos, cargas explosivas colocadas en los puntos concebidos para mantener la integridad, batallones enteros de obreros provistos de felices medios minadores, como si oleadas de voraces e infatigables animales que carcomen fueran. Hay productos que resisten a la iniciativa de tan eficaces agentes de la destrucción, aun actuando de manera combinada y simultánea.

No debe llegarse a tanto, no puede ser bueno para la humanidad. La obra del hombre debe ser perecedera, como perecedera es su existencia. Así como a los grandes varones, de magnitud tan alta cuando están en la edad plena que parecen a sus semejantes seres superiores, y es bueno que seres superiores parezcan; les llega el tiempo en que todos creen que la más alta condición de la especie en lo sucesivo será inalcanzable, porque degeneran y decaen; y sin embargo son sucedidos por otros vigorosos varones que renuevan la raza y la esperanza; a un edificio debe suceder otro, el puente un día debe llegar que por la corriente sea arrastrado, para que otro puente de nuevo una lo que no debe estar separado. Hasta la imponente fábrica que al subsuelo está confinada debe desaparecer de la vista para que toda la obra humana pueda ser una y otra vez de nuevo fundada. Nada debe permanecer, menos aún pretenderlo.

Alcanzados lugares donde el riesgo para lo que el hombre vivifica es tan alto el pensamiento debe dirigirse a recuperar el espacio para su esencia, que es la desaparición. En el orden de la resistencia de los materiales los esfuerzos deben ser orientados a encontrar el fin de los que pretendan ser imperecederos.

De la resistencia del hormigón reforzado con gruesas barras de hierro para el porvenir del bienestar del hombre interesa investigar su capacidad de oponerse pasivamente cuando ha sido fijado como masa en posición vertical, no en horizontal. En ambos casos los agentes que activan el movimiento sobre la esfera que habitamos son los mismos, y actúan de idéntica manera, pero su efecto sobre la masa tiene que ser distinto.

Compongan conmigo la imagen para que el análisis sea tan preciso como las deducciones acertadas necesitan. En estos casos, como en todos en los que la física es responsable de la evocación lógica que el interesado vaya componiendo para sí, cualquier error puede tener consecuencias desagradables. Una previsora corporación -supongamos- decide blindar hasta el extremo que esté a su alcance un lugar, porque en él pretende depositar la mejor parte de su patrimonio. ¿Qué cota elegirán para localizar aquella extraordinaria dependencia? Los antiguos colegios funerarios, cuyo patrimonio más valioso eran cadáveres -para cuya supervivencia debían ser conservados-, patrocinaban criptas para depositarlos, para que allí permanecieran serena e indefinidamente y a salvo de cualquier accidente. Así las modernas previsoras corporaciones, que igualmente decidirán habilitar el lugar que desean por debajo del nivel del suelo, con el acertado convencimiento de que el tránsito de los cuerpos en el orden vertical es más esforzado, y en consecuencia menos probable, que el horizontal.

Elegido el lugar donde debe ser localizada la cámara, comprobada la consistencia del subsuelo y excavado el hueco donde debe ser alojada, ¿cómo harán para blindar el lugar que desean? Es más probable que habiliten un volumen cúbico con hormigón armado. Un potente lecho homogéneo sin fisuras, asentado sobre el cimiento, hará de suelo; cuatro gruesos muros, también sin vano alguno, serán los cuatro lados; y una masa similar a la que sirve de base cerrará la cripta por arriba. Durante la forja de esta última, su autor habrá tenido una precaución, habilitar un vacío, para que se convierta durante la vida activa del búnker en el único lugar que permita acceder a él. ¿Lo ven?

¿Qué dirán ahora del programa previsto por el artífice para resistir de manera pasiva la iniciativa minadora de su obra? De sus decisiones habrá dependido que la greda envuelva el cubo, para evitar en lo posible la acción corrosiva de la humedad; que más allá de la masa construida, a calculada distancia, muros de contención eviten corrimientos de tierra que presionen en exceso cuerpo tan bien concertado.

Son las tres menos diez. No queda nadie en las mesas.