Libro de los siglos

Lecciones de historia constitucional

La edición de textos se vale de unos principios de cuyo rigor nunca dejaremos de ser deudores. Gracias a ellos, obras venerables han atravesado el muro del tiempo, han convivido con generaciones y han llegado a nuestras manos.

     Los filólogos tienen establecido que no todos los textos recibidos admiten el mismo tratamiento. Buena parte de los que han conseguido sobrevivir, tras enfrentarse a toda clase de azares opuestos, nos han llegado en estado fragmentario. Nada permite excluir que muchos de ellos, con el tiempo, puedan ser restaurados íntegramente. Son centenares, si no miles, los depósitos por explorar que conservan manuscritos de valor incalculable.

     Pero cada edición debe ser, además de tributaria a la bendición que se recibe por la palabra conservada, hija de su tiempo. ¿Qué hacer con los textos que, aun a sabiendas de que son solo una parte de la obra original, por lo que de ellos se conoce ya pueden ser consagrados como tesoros insustituibles? Una generación no puede esperar a que el azar le depare nuevos fragmentos, a que las nuevas hornadas de pacientes y esforzados filólogos consuman vidas enteras en el servicio gris a nuestros venerables antepasados.

     Durante décadas, Gastón Barea, filólogo formado en Pentasilea, bajo la disciplina de Bárbara Desamples, ha invertido buena parte de sus investigaciones en rescatar la obra de Tácito Córnico, el más apreciado de los etnógrafos antiguos, una fuente insustituible para buen número de noticias, que nos ha llegado en su peculiar lengua céltica, de cuya actualidad y vigencia nadie podrá dudar.

     Desde hace siglos es sabido que su obra, dispersa y precaria, se ha conservado parcialmente. Hace algunos años, G. Barea tomó una decisión de la que Perpendiculares y divergentes se ha beneficiado. Decidió ir entregando a nuestra publicación una serie de colaboraciones, bajo el título genérico de Orígenes de la República, de las que fundamentalmente eran apreciables sus reveladores frutos. No era el mejor de ellos su contenido, con ser insustituible. El tiempo transcurrido desde entonces ha revelado que lo más valioso es el procedimiento filológico del que durante décadas se ha venido valiendo. Con los fragmentos de la obra de Tácito Córnico, antes que una edición que por ahora no es posible, ha redactado una glosa tan extensa como ha creído oportuno, que, al mismo tiempo que los incluye, amplifica y completa con la documentación contemporánea que a propósito de los mismos temas que el sabio tratara ha ido reuniendo.

     Es probable que muchos lo consideren heterodoxo. El resultado, que ha decidido titular Libro de los siglos, es en lo fundamental una obra original, pero con la virtud de  incluir todos los fragmentos conocidos, todos los saberes e informaciones reunidos por Tácito Córnico de los que hasta ahora disponemos. El lector, por el resultado de su esfuerzo, que ahora ofrecemos por primera vez como un relato sin interrupciones, podrá juzgar si su método ha valido la pena.

Marino Allende

Constitución de la Monarquía

Cuando la civilización empezaba, cada ciudad era autónoma y estaba regida por un jefe. El poder de este hombre se sostenía sobre su reputación como productor de lluvias. De ellas dependía el incremento de los cauces, los que cada año debían garantizar la germinación de las semillas, responsables de la vida humana donde las tierras eran trabajadas, aun sin perseverancia. Si era capaz para amontonar las nubes, era que tenía poderes únicos sobre la más remota de las fuentes del caudal de los ríos. Bastaba para que le valiera el respeto de todos sus contemporáneos y lo hiciera estimable a los ojos de sus vecinos, hasta el punto que decidían que fuera inmune. Tan extraordinaria adquisición, que los legisladores contemporáneos han preservado para que de ella se beneficien los gobernados, bien que a través de los poderes que les conceden a sus gobernantes, quienes se apartan de la ley para decidir con más eficacia, parecía justa solo por ser exclusiva, no obstante proceder de una capacidad tan rara, tan concentrada en unas manifestaciones de las fuerzas de la naturaleza que hasta podría parecer escasa, y casi imposible, menos aún una causa suficiente para otorgar la dignidad más alta a persona alguna.

     Tanto como alabados eran aquellos hombres podían ser denostados, y, he aquí lo más sorprendente de cuanto ha sido posible averiguar, gracias a las reliquias de las costumbres que ha salvado el relato etnográfico de Tácito Córnico, el más sagaz de los que se hayan interesado por ellas. En algunas de las ciudades primitivas que se atenían a este principio, el extraordinario poder del que se hacían acreedores semejantes soberanos estaba contrapesado con su muerte a manos de los gobernados, si llegaba la ocasión en la que quienes se sometían a él como súbditos creían que los atributos de hombre tan singular decaían, como con el paso del tiempo declina, sin que nada pueda impedirlo, la sombra de cada gnomon; una crisis que los hechos ponían al descubierto. Tan intransigente podía llegar a ser la versión más primitiva de esta severa prevalencia del principio de soberanía popular, hoy rector de los estados, y de cuya conquista a tan espontáneos constitucionalistas urbanos, de ninguna manera inciviles, hay que reconocer promotores. La crítica ya no cree que fuera brutal o extraordinario el arriesgado juego al que se prestaban quienes ambicionaban ser soberanos íntegros, porque acepta que cualquier aventura de la clase de las políticas es arriesgada, y a ninguna le cabe la gradación de la barbarie que sus promotores, para su garantía personal, desearían mantener bajo control. Nunca fue imposible que la barbarie más radical, tan primitiva como la crueldad de un adolescente, encontrase un lugar al abrigo de las inclemencias de la ley valiéndose del manto de la civilización.

     El procedimiento constitucional genuino para la renovación del poder monárquico, porque no recurría a persona interpuesta, regía en las grandes ciudades septentrionales, por los meridionales postergadas, a pesar de que mientras tanto todas las instituciones del sur brotaban de su germen. El soberano absoluto o rey, según sus principios, justificaba que solo a él correspondiera el poder porque era intermediario entre la comunidad de los hombres y el mundo de los dioses, fueran los que se quisieran la índole y los contenidos de las mediaciones que las circunstancias hicieran necesarias, los seres divinos, sus representaciones imaginarias o sus mediadores. A los linajes reales por sus súbditos les estaba reconocido que estuvieran entroncados con los seres preternaturales, incluso desde antes del comienzo de los tiempos, tal como pretendían sus constitucionalistas, y que esto les valiera su poder y en ellos se concentrara toda la potencia sagrada que permitía las lluvias. El monarca solo podía elegirse entre los miembros de las familias que podían justificar, con los medios de los que desearan valerse, tan exclusiva prosapia, precedentemente apartadas sin objeción de parte para que colmaran con seguridad calculada aquellos fines, que todos deseaban.

     La raíz de la concesión no estaba en una creencia insensata, sino en las felices consecuencias que por aprobar la convención alcanzaban a todos. Por ser consentida como persona sagrada por nacimiento, era obligado suponerla en condiciones de otorgar el bienestar a sus súbditos, y la prosperidad al territorio que habitaban. Pensar en la posibilidad de que no llegara a satisfacer todo lo que se esperaba del ejercicio de su poder era una afrenta a su condición de monarca, que en realidad, por razón de parentesco, también era divina, y hasta delito de lesa majestad algunos de sus pensadores lo creían, tanto que conseguían incluirlo con esa calificación en los códigos que perpetuaban la legislación penal más rigurosa. En la acción benefactora de los hechos quedaba demostrada la conveniencia de tan ventajosa dogmática.

     Además, a consecuencia de esta regalía, debía cumplir con las tareas de sacerdote y sacrificador supremo en beneficio de todos, de modo que relevaba a sus coterráneos de ritos enojosos. Nuestro autor, al que con tanto provecho leemos, pensando en un hecho similar conocido para sus lectores, a propósito pudo decir que actuaba para toda la ciudad como el padre con su familia; una manera de hablar que ahora tal vez resulte oscura porque entre aquella primera institución monárquica y el sacerdocio interfiere, según la misma teología política, una decisión divina que emancipó a los padres de sus deberes litúrgicos. La segregación del sacerdocio gracias a esta iniciativa interrumpió el vínculo natural entre progenitor y prodigio, con la ventaja de que no se cuidó de ser desinteresada. Hasta entonces había sido costumbre entre los primitivos de occidente, antes de que la nueva clase de los sacerdotes redujera cualquier sacrificio a la condición de trabajo especializado, que fuera el padre de cada familia, dueño de su germen, el responsable de celebrar los misterios, en beneficio de todos sus consanguíneos, sin discriminación de grado o clase de vínculo, incluido todo lo que a un varón le sobrevenía a consecuencia de su contrato de matrimonio, complejo, multilateral bajo su aparente e inocente conexión biunívoca entre elementos simples, capaz para ramificarse en direcciones fraternales, tolerables, descendientes, incuestionables, y ascendientes o nocivas. En sus ofrendas, el supremo celebrante soberano debía actuar con pulcritud, y el rigor y la pureza de sus liturgias eran, así como sus mayores responsabilidades, sus mejores garantías.

     A quienes se comprometían con la Monarquía aquello les bastaba para conceder la plenitud y la inmunidad que la realeza concede a uno solo entre todos los hombres cuando el estado monárquico tiene un origen remoto, fuera de su alcance. En tales términos fue fundado el orden constitucional por quienes entre ellos habían originado el pensamiento político, un uso de las palabras a cuya tentación nunca ha podido sustraerse ninguno de los hombres primitivos que durante milenios han pretendido afianzarse en posición de servicio al dominio. Bastaron virtuosas afirmaciones para que resultara avalada la teoría justificativa del rigor con que era aplicada tan sencilla costumbre, consentida por quienes preferían guardar silencio quizás porque carecían de valor para contradecir los excesos de los teoremas, y la osadía de los más atrevidos glosadores, quienes tanto más nutrían sus ingresos cuanto más radicales eran las palabras que elegían para expresar sus creaciones.

     Para sus reyes, quienes estaban sujetos a tanta autoridad, antes pedían que fueran favorecidos por la abundancia que por la victoria, deduce Tácito Córnico. Naturalmente que los mejores eran los que vivían en tiempos prósperos. El ciclo espontáneo de la vida colmaba a quienes bajo su jurisdicción se mantuvieran vivos para el trabajo, y el monarca lucraba los buenos tiempos representando en público sacrificios eficaces, subido a una tribuna, rodeado por sus fieles; unas veces cubierta la cabeza, otras no, incluso sin importarle que en público quedara expuesta a la vista de todos su calvicie irreversible. Tan inequívoco signo de la acción divina veían en esta clase especial de buen gobierno que su recuerdo quedaba perpetuado por el culto que a las tumbas que pretendían preservar su presencia dedicaban las generaciones siguientes. Los herederos de quienes habían recibido el beneficio de sus mediaciones vivían convencidos de que los reyes benefactores favorecían, incluso después de muertos, el lugar en el que estaban conmemorados, y desde allí sus virtudes irradiaban a todas las tierras y a todas las gentes del país. Así la ley tácita o consuetudinaria los convertía en genios tutelares de quienes se mantenían resignados a la vida productiva.

     Pero aquel hombre único en absoluto disponía de la plenitud de los poderes soberanos, hasta tomados en cuenta los legislativos, como nunca ninguno de los soberanos más autoritarios, aunque alguna vez lo pretendiera, dispondría de todos los medios que a uno solo le permiten decidir por los demás. Al contrario, una parte estaba depositada en otro órgano de gobierno, una asamblea, que como cualquier cuerpo colegiado a duras penas conseguía actuar como un solo hombre en las ocasiones críticas. Su constitución había previsto que el poder descargara sobre ella cuando los soberanos no eran agraciados por las circunstancias, que con pertinacia a veces se confabulaban en su contra. Los años de escasez, que recaían sobre aquellos reyes como las maldiciones de los pronosticadores, los convertían en los seres más desgraciados, abrumándolos con sus pérdidas, hasta el extremo de poner en duda la perpetuación de su vida.

     No era insensato ni cruel el control sobre la Monarquía que en esta exigencia tuvo su origen. Como prueba, he aquí, gracias a la memoria salvada por los textos de Tácito Córnico, para que sirviera de ejemplo a la posteridad, el caso del pobre rey que se vio envuelto en una de las más angustiosas tragedias que por estas causas hayan ocurrido.

     Había heredado a su padre y gobernaba la primera ciudad de las tierras septentrionales. Pero, al poco de recaer sobre él tan alta responsabilidad, la escasez y el hambre se enseñorearon de ella. No era desconocida entre los septentrionales aquella calamidad, y para afrontarla habían concertado soluciones. Tal como en ocasiones similares, como la más prudente medida política que primero convenía tomar optaron por organizar grandes sacrificios. Solo se trataba de verificar las aptitudes del rey.

     La ciudad, a elevada latitud, aislada y fría, más concentrada porque el número de sus ateridos habitantes era escaso, designó su ágora para la celebración solemne. Todos concedían al lugar un gran prestigio tocante a la comunicación con los dioses, quienes, a pesar de los poderes que tantas veces les han sido reconocidos por las constituciones, siempre se han visto obligados a sobrevivir sujetos al capricho de las emergencias, a los cambios de humor de sus devotos, que tasan el respeto que les deben por los beneficios que de ellos, directamente o por persona interpuesta, reciben.

     Cuando hubo llegado el siguiente sombrío otoño, más sombrío cuanto más otoño, y más otoño cuanto más abarcado por las sombras que el otoño prolongaba cada día a causa de la inexorable declinación de los astros, allí sacrificaron portentosos bueyes de nulos atributos, para hacerse acreedores de la magnanimidad de quienes por razones constitucionales tenían concedido que decidieran por encima de los hombres. Pero el año que siguió persistió en la adversidad.

     No fueron los septentrionales presos por la impaciencia, aunque por su constitución supieran que sería necesario tomar medidas tales que, por su alcance en el tiempo, con más probabilidad harían volver la vida al curso deseado. Siguieron su orden las estaciones, y no dejaron de manifestarse estériles. Al llegar el siguiente oscuro otoño con las despensas vacías, más drásticos puesto que más acobardados, acordaron un conjuro más cruel. Decidieron sacrificar a un hombre, renuncia que era el siguiente grado de la oblación prescrita para la liturgia de la crisis por la constitución de fundamentos teocráticos de aquella ciudad. Los poderes oficiantes del monarca debían ponerse a prueba con tan extrema ordalía. Prestándose a tan exigente entrega, el monarca celebrante, una vez consumada, si los conservaba debía propiciar la naturaleza.

     Tampoco la consecuencia de una decisión tan radical fue entonces la que todos deseaban. El nuevo año incluso tuvo peor comportamiento que el precedente. Como en todos los sacrificios el rey había oficiado como sacerdote supremo en ejercicio de su alta responsabilidad, de su manipulación habían dependido primero el portentoso holocausto, y luego la ofrenda cruenta de un hombre en la plenitud de sus días. El efecto adverso que ambos ritos habían tenido dejaba al descubierto algo que nadie deseaba mencionar, la posible raíz litúrgica no tanto del mal como de la crisis, más grave aún que la peor de las pestes.

     No era una adversidad que juzgaran superficialmente la que los llevaba a aceptar tan rigurosa explicación. La misma especulación teológica que estaba en el origen de la justificación de su orden político había deducido, para las circunstancias extremas, que la adversidad, si persistía la escasez, podía ser atribuible al ejercicio del sacerdocio supremo que al rey le estaba reservado. Alguna falta litúrgica, aun cometida por descuido, podía ser castigada por los exigentes dioses del modo más severo. En aquella ocasión, por efecto del ingenio que la incertidumbre despierta en los pensadores políticos, que tanto más se mantienen en la cumbre cuanto más atrevidos son cuando deben apresurarse, fue explicado que la ineficacia radical de los ritos, aunque hubieran sido reiterados y recrecidos con toda la intensidad propiciatoria, podía ser consecuencia, no de la falta de pulcritud en las ceremonias, sino de la persona sobre la que hubiera recaído el derecho a la realeza. Podía ser inconveniente.

     Reconocido el bloqueo, no había otra opción constitucional que inmolar al rey. Fue necesario interpelarlo. El único soberano, por el momento, prefirió mantenerse sordo ante las insistentes y cada vez más directas insinuaciones sobre su probable colapso; una réplica gracias a la cual todavía por algún tiempo pudo, en tan crítico estado, contener la descomposición de sus poderes y su persona. Oportunamente, algunos hombres prudentes, conscientes de la gravedad de las situaciones que exigen tomar las decisiones más radicales, al tiempo que ceñidas a la ley, ya entonces habían recordado que aún quedaba el recurso supremo a la asamblea.

     Llegado el tercer negro otoño, los septentrionales de nuevo decidieron reunirse en el ágora, más sagrada según se agravaba la crisis y tanto más gélida. Esta vez hasta allí llegaron los súbditos en un número desconocido. Hasta los abstencionistas radicales, que habían rehusado en los años anteriores participar en las ceremonias santas, allí estaban. Celebraron ante su monarca la asamblea de los hombres, la que solían reservar para las ocasiones únicas. Breves fueron los discursos ante ella declamados, contenidos sus argumentos, escuetas las amplificaciones de los expertos oradores que cautivan a los auditorios. Todos, incluido el propio monarca, sabían de qué se trataba. Estuvo terminada la junta cuando fue unánime la opinión sobre el origen de la escasez. Decidieron, en consecuencia, que la solución definitiva a sus problemas se consumara en el transcurso de un sacrificio definitivo, todo lo solemne que el rito ingeniara, inmisericorde. Estaban convencidos de que así a las calamidades sucedería por fin un buen año.

     En el mismo instante en que fue tomada aquella decisión el rey desapareció, como ante los ojos del espectador atónito se evaporaba el cuerpo de Caryl Chessman, al que un momento antes veía sujetar con correas a su silla ejecutoria. Encarnación del estado, había aceptado considerarse inmune, contando con el aval de los años prósperos y su singular prosapia. Como es consecuencia previsible, discordante con el depurado pensamiento que inspiraba su teología política, no estaba dispuesto a cumplir con el principio constitucional que lo obligaba a inmolarse, una impugnación a cuya regulación la ley hasta entonces se había resistido. Aquella modalidad de ruptura del ciclo de las instituciones, luego llamada por los constitucionalistas cambio de dinastía, entonces, entre los pueblos septentrionales, aún carecía incluso de nombre, porque para ellos era una respuesta esporádica.

     La crisis, como la veda, quedó abierta. Los hombres del norte reunidos en tan  decisiva asamblea acordaron que era necesario sacrificar al rey en el mismo lugar donde la trágica decisión se estaba tomando, para esparcir su sangre sobre el altar que presidía el lugar sagrado y a su alrededor. Pensaban que con aquel rito purgarían la inconveniencia que padecían, que con el sacrificio solemne del rey harían desaparecer una vida que había sido reputada contraproducente para todos. Por ser consecuencia de la opinión de la mayoría, parecía además un imperativo al que ninguna decisión podría mejorar.

     Se juramentaron para capturarlo. Fue buscado por los bosques y en las inmediaciones del lago, entre las aguas empantanadas y los matorrales, en las casas más apartadas, en las grutas ocultas que solo eran refugio de bestias, antes de que fuera dada por concluida la magna convocatoria. Finalmente, exhausto y hambriento, fue encontrado; las escasas ropas que aún vestía desgarradas, el rostro hirsuto, solo reconocible por el puente que desde sus ojos la nariz trazaba hasta su labio. Detenido y llevado por la fuerza al lugar de los ritos públicos, la liturgia que a continuación debía seguirse fue preparada por todos los que estaban interesados en la recuperación del equilibrio dictado por sus normas constringentes, solidariamente. La inmolación de la víctima extraordinaria como consecuencia de la voluntad unánime sería suficiente para cerrar el ciclo de las ceremonias constitucionales prescritas.

     A diferencia de lo que era habitual entre los septentrionales cuando se trataba del sacrificio de un hombre común, a la ceremonia de la ofrenda del monarca no debía seguir un banquete a costa de su cuerpo, porque no había necesidad de ensañamiento, ni parecía lo más procedente su reencarnación valiéndose del estómago de sus súbditos. Tampoco había por qué representar una inútil e injustificada venganza, menos aún un rito de acción de gracias ni de cumplimiento de un débito del que los dioses fueran acreedores. Se trataba solo de un acto en favor de un principio constitucional, la abolición de un linaje real que se había mostrado estéril. De antemano, y él lo sabía, cualquier monarca estaba expuesto al riesgo de la inmolación por tan justos y arcanos principios políticos.

     Bastó la dispersión de la sangre que el cuerpo había vertido para que todo quedara consumado. Cuanta potencia negativa pudiera contener, a consecuencia de un gesto tan apropiado, quedó pulverizada. Con la muerte del rey a manos de sus súbditos, culminaba la crisis. Más alto no podía dirigirse ninguna previsión del orden constitucional. La expulsión por sacrificio de lo que impedía el correcto desarrollo de la vida común a partir de aquel momento permitiría la renovación de la más alta responsabilidad política. Otro linaje reservado para cargar con la realeza podía servir a todos.

El culto a los colosos

Pasarán décadas, tal vez siglos, y las instituciones primitivas, sabiamente constituidas, aún se resistirán a mostrarse vírgenes, víctimas de la timidez, que las reduce al silencio, que devuelve a la infancia a los ancianos. Sabemos que buena parte de ellas engrosaron sobre una esquelética Monarquía, cuyos principios se remontan a los orígenes de la expresión escrita de las ideas en las tierras al norte, asimismo regulación de la servidumbre del pensamiento a las palabras. Para entonces, los hieráticos autores de sus anales ya pudieron representar continuo el tiempo. Aprovecharon que en sus referencias a las eras originales, como en las listas levíticas conservadas se suceden unos a otros sin interrupción los nombres de los reyes de las primeras dinastías, habría de admitirse el triunfo y la vigencia ininterrumpida de la institución que reguló el poder personal excluyente. Su papel garante de la estabilidad estaría demostrado por tan modestas relaciones de nombres; un espejismo, según T. Córnico, para quien es más probable que fueran los autores tardíos de las fuentes, al representar la continuidad del tiempo valiéndose de listas ininterrumpidas, quienes dieran su aval a una supuesta primitiva solidez de la institución monárquica que de otra manera no podría ser autorizada.

     Pero, aun admitiendo que desde sus orígenes la Monarquía septentrional estuviera bien fundada y fuera su mejor fruto su vigencia sin paréntesis, carecemos de pruebas fehacientes sobre las instituciones que permitían la renovación del poder, algo decisivo si hay que reconocer la persistencia de cualquier fórmula política. Es más lo que se sabe sobre su posterior restauración en circunstancias al margen de la ley que lo que se ha recopilado sobre su continuidad ordenada, tal como la hubiera previsto una constitución. Es cierto que disponemos de informes muy valiosos sobre los medios de renovación de los poderes del rey, una vez agotadas sus virtudes litúrgicas, cuando se justificaba porque era dador de lluvias. Pero esta fórmula, brutalmente expeditiva cuando las sequías se prolongaban, corresponde a un estado protoconstitucional que justamente se opone al efecto civilizador que universalmente le es reconocido a las instituciones creadas en su beneficio por la monarquía primitiva consolidada, de tanto ingenio que serían capaces para mantener durante siglos nada menos que un poder único e individual.

     Los indicios sobre las fórmulas renovadoras y ya civilizadas hasta ahora fiables son los que las relacionan con una oscura ceremonia, un rito que T. Córnico, cuando decide ser más descriptivo, cree conveniente llamar fiesta de la exaltación de los reyes. Sus noticias más distantes también remiten al principio de la expresión por escrito de las ideas, y en las fuentes asimismo coinciden con el origen de la primera monarquía septentrional que extendió sus poderes sobre todo un país. Se sabe además que cuando el poder estuvo en manos de una de las dinastías posteriores, aquella fiesta quedó justificada con unos fundamentos, y regulada con una forma, que en lo esencial permaneció invariable durante siglos. Elementos de distinta procedencia, y es posible que hasta autorizados por ideas divergentes, vendrían a encontrarse para fijar las formas que prevalecieron.

     El fin de la fiesta era conmemorar algo realmente singular, la restauración física de los reyes, seres vivos que podían llegar a tal estado de deterioro, si su mandato se prolongaba excesivamente, que necesitaban una reparación urgente. A sus súbditos, según su constitución, les debía resultar imprescindible que continuaran cumpliendo con su cometido, si querían seguir disfrutando de la seguridad que de permanecer unidos y sujetos a su poder obtenían, y no disponían de otro medio civilizado con el que poner en su lugar a uno nuevo.

     Como la fiesta tenía la consecuencia de la actualización de las regalías del monarca reinante, buena parte de los observadores, en una actitud no ajena a la revisión crítica de las informaciones que proporciona T. Córnico, también creen ver en ella la persistencia de la constitución política que hubo de sufrir el dador de lluvias. Ya la constitución política septentrional reconocería que al degradado rey solo por esta imparable causa no se le podía eliminar, como se hacía bajo el peso de la constitución inspirada por las crisis de subsistencias. Por el sentido dado a la fiesta, así como por el hecho de que se trate de una celebración exaltadora, la  nueva conmemoración debía ser una ventajosa sustitución, y muy civilizada, de la primitiva fórmula que regulaba la sucesión de los reyes productores de lluvias consumando su desaparición física, una vez comprobada la pérdida de las virtudes de las que provenía su extraordinario poder.

     La conmemoración ideada cuando se instituyó esta primera monarquía sobre todo un país se propondría ser solo una traslación litúrgica del regicidio constitucional primitivo. A la muerte legal, que debía dar paso a una nueva vida todopoderosa, se le opondría la revitalización por el mismo medio, el ritual, para conseguir idéntico resultado. La representación la hacía incruenta y la habría civilizado. Aunque a la naturaleza no se le podía negar su iniciativa en el final de los reinados, para que cada rey fuera sustituido, antes tenía que morir sin mediación humana. Mientras tanto, el esfuerzo de la comunidad política debía dirigirse a mantener su vida en el mejor estado posible, con los medios que tuviera a su alcance, para impedir que llegara el desenlace fatal, que solo causa de inestabilidad podía ser.

     Como no era fácil admitir una vuelta al origen sin que antes se cerrara un ciclo, la fiesta debía ser una ceremonia compuesta con una secuencia de representaciones que se propusieran significar, de la manera más ostensible, primero el deterioro y luego el rejuvenecimiento de aquel hombre único. En una primera parte de la alegoría, el rey tendría que simular morir, para en la siguiente volver a nacer. Pudo bastar para que pareciera convincente. De la delicada transición entre uno y otro momento tendría que encargarse un acto mágico comparable a un plebiscito, cuyo virtuosismo quedaría oculto a quienes lo presenciaban, como los resultados de los referéndums quedan confiados a la probidad de una junta electoral de poderes singulares. El momento principal de su liturgia debía representar que la vida del monarca reinante había quedado debidamente repuesta, para que a la vista de sus efectos se consintiera que sus poderes se habían renovado.

     También en opinión de los analistas más expertos, otra meta que los promotores de aquellos actos simbólicos se propondrían alcanzar, aun cuando pusieran cuidado en no declararlo, sería que revalorizara su sentido político –que no era distinto al religioso– la Monarquía, orden sin embargo por naturaleza efímero que en el tiempo precede a la República infinita. Porque así como la Monarquía debe estar ligada a una persona, cuya existencia debe tener fin, República, porque es toda la comunidad humana, es el universo imperecedero del orden político. Si la comunidad se extinguiera, las instituciones ni siquiera podrían existir, puesto que no habría una vida que las sostuviera.

     Es suficiente sin embargo con reconocerle méritos como medio constitucional para la renovación del poder que patrocinaba. La fiesta de la renovación fue la primera responsable de la solidez que ganara el poder personificado triunfante, un ingrediente institucional que era necesario para su existencia y para que en lo sucesivo sobreviviera. Qué duda cabe que su contribución al magno fraude que culmina en la persistente Monarquía sería mucho mayor que el de las listas.

     Parece que al principio esta ceremonia se organizó sin periodicidad regular, aunque también desde muy pronto quedó instituido que la primera renovación de cada reinado fuera celebrada una vez transcurridos sus primeros treinta años. Durante los primeros tiempos de la primera monarquía unitaria, la primera monarquía civilizada en absoluto, regiría el mérito temporal acumulado, o tiempo de servicio, como condición necesaria para que un rey accediera a los beneficios políticos de la fiesta que se había ideado para preservarlo. Incluso es posible, dada su indispensable contribución constitucional, que la exaltación, en su estado primero, fuera una celebración obligada cuando había transcurrido aquel plazo de un reinado.

     Dando por supuesto que la sucesión de descendientes, porque pertenecían al linaje del monarca precedente, era el otro medio previsto para la renovación pacífica del poder, si la primera celebración se retrasaba al trigésimo aniversario de un reinado, a la naturaleza, cuya liberalidad cuando imparte la muerte es inagotable, le era concedida toda la capacidad para que cumpliera con tan alto cometido espontáneamente, y así ordenar a su criterio la sucesión, y por tanto permitir la estabilidad que por su condición la fórmula monárquica necesitaba. Solo en el caso de que se mostrara remisa a reemplazar a un rey por otro, aun transcurrido el tiempo en cantidad excedida, el pertinaz monarca reinante tendría que ser revitalizado recurriendo a la norma adicional y transitoria de los actos mágicos. Tanta era la honra a la que un rey se hacía acreedor, habiendo sido capaz de mantenerse sin interrupción al frente del reino durante tres décadas, que solo un reconocimiento de sus aptitudes sobrehumanas era insuficiente. Para celebrar la siguiente conmemoración, según sus inspirados promotores, una tercera y hasta una cuarta, se ganaban méritos sobrados con la celebración de la primera. Las segundas series de fiestas de la regeneración de un mismo monarca tenían lugar a intervalos más cortos, cuando la oportunidad se presentaba, a elección del superviviente, ya tan cargado de años como de razones para festejar que aún estaba vivo y sentirse urgido por la necesidad de revitalizarse.

     Tácito Córnico proporciona datos suficientes como para afirmar que los ritos que en ella fueron reunidos con el tiempo serían modificados, y probablemente el sentido que sus promotores pretendieron, para que los gobernados se lo concedieran a esta manifestación pública, iría evolucionando; y hasta es posible que fuera alterado, por este procedimiento, su efecto para la creación de las instituciones. Pero que en lo fundamental se mantuvo como el responsable de la renovación civilizada de sus poderes. La intriga que persiste, incluso a pesar de las más brillantes elaboraciones, es la de sus contenidos rituales, cómo representaban la revitalización del rey para que fuera posible aceptar un hecho tan inverosímil y –lo que resulta más sorprende aún– que por esta causa pudiera perpetuar impunemente, ante los ojos de sus súbditos, sus poderes exclusivos.

     Sorprende a Tácito Córnico que por la representación fuera aceptado un hecho tan extraordinario. A los súbditos, aunque primitivos, tendría que dejarlos perplejos. Por muy ritualizada que estuviera la envoltura de la revitalización del rey, no muchos podrían aceptarla como un hecho veraz. La alegoría, para que sus efectos fueran aceptados, tendría que dejar claro que correspondía al orden los símbolos. El lenguaje dramático que le tuviera reservado la constitución de la monarquía primitiva sería, al mismo tiempo que el más delicado, estrictamente institucional, nunca descriptivo. Los ritos y liturgias primitivos, así como las teologías y las religiones, que generan iglesias, equivalentes a comunidades políticas, cargan con el mismo deber alegórico que los parlamentos, que extreman la pugna por una soberanía que solo detentan por depósito, como los bancos el capital ajeno.

     Tenemos además indicios sólidos de que sus manifestaciones no siempre alcanzaron el consenso universal. Sobre al menos parte de la reacción que pudo originar entre los súbditos menos resignados, han proporcionado pruebas los mejores anticuarios, que se tienen por los más capaces para el análisis más riguroso de las pocas informaciones que provienen del subsuelo, cuyas especulaciones persisten en competir con las noticias que ya en su momento registrara Tácito Córnico, al que será difícil igualar. Aunque queden lejos de él, debemos contar con ellos. Son gente emprendedora, inmejorables conyugados si cruzan su estirpe con las descendientes de las hidras, seres de rostro angelical y dientes de hiena.

     La prueba señera, que asimismo demuestra el alto valor de tan abnegados y pacientes indagadores, es uno de los hallazgos de Píndaro Mejías, el más arriesgado de los reveladores de restos, quien encontró, excavando en la zona de un templo contemporáneo a las monarquías primitivas del norte, en un lugar periférico de las tierras bajo su dominio, entre otras piezas de alto valor, los fragmentos de tres estatuas gigantescas talladas en piedra caliza. Lo sorprendente del hallazgo le obligó a emplearse durante meses en especular con el significado de aquellos seres monstruosos. Dedujo finalmente que eran imágenes de uno o más dioses de la fecundidad, conclusión para la que se vio obligado a desplegar toda su perspicacia.

     Representaba cualquiera de ellas un cuerpo de varón desnudo, incluso más que desnudo. Cada imagen solo estaba vestida con un ceñidor, la prenda que la imaginería más primitiva tenía reservada para subrayar el contraste con lo que al desnudo pudiera quedar, algo de lo que las buenas costumbres enseñan que conviene no exhibir aun en la mejor edad. Sostenían aquellos extraordinarios hombres con una mano una vara de madera, o un objeto similar, hoy desaparecido, y con la otra con seguridad su propio pene erecto, una pieza fabulosa tallada aparte en piedra y que desgraciadamente en todos los casos también ha desaparecido, pero de tal manera alojada en la imagen cuando se talló que representaba sin duda ser propio, porque el ánima donde encajaba el cilindro ha quedado como mudo testimonio, horadado en el lugar correspondiente al pubis, de la magnitud del miembro.

     Aquí paró al principio todo su análisis, e incluso se podría decir que inopinadamente en aquel dejó detenidas las investigaciones sobre estas piezas. Quienes conocen bien el asunto creen que cualquier iniciativa suya en otro sentido hubiera sido vetada. Al anticuario, o a quien patrocinaba sus trabajos, no debió parecerle correcto que fuera incluida en la memoria de la excavación de aquel año imagen alguna de los portentosos restos de tales seres singulares, como su publicación demostró efectivamente.

     Gracias a una feliz coincidencia, que tanto afecta al tráfico de esta clase de tesoros, fotografías satisfactorias de las dos piezas que llegaron a las instituciones dedicadas a su custodia, donde aún son conservadas, más el encuadre de la cabeza de una de ellas, cuyo rostro se ha perdido, sí fueron poco después difundidas. No es improbable que la mano de Mejías estuviera detrás de aquella afortunada propagación. De la tercera pieza, guardada celosamente en el lugar del hallazgo, jamás han sido dados a conocer dibujo ni fotografía. Proceder de un modo tan hermético habría sido, según la crítica, la consecuencia de un recelo que los menos juiciosos calificarían de primitiva, pero que otros reconocen prudente y sabia. El temor a que quienes aún mantienen fe en las creencias que incentivan estas imágenes la pierdan, al verse sorprendidos por la evidencia, aunque quienes alientan estas creencias hayan decidido que así piensan los que de cuanto piensan nada dicen, más que la aún más supersticiosa persecución de cualquier clase de imagen de los dioses, habría aconsejado mantener oculta tan insolente representación de la divinidad.

     Lo más sorprendente de todo es que, hasta la fecha en que hemos recogido nuestras notas, no ha sido publicado un estudio que hiciera justicia a estas excepcionales piezas, un monstruoso estancamiento que nos deja en un incómodo estado de desamparo. Por su trascendencia para la historia de la oposición a la Monarquía, estamos en la obligación de sacar todo el partido posible a la prudente información difundida por nuestro anticuario, que al protegerse con el anonimato pudo permanecer activo.

     El mayor obstáculo que tenía que vencer para avanzar, si quería apurar los indicios que proporcionan tan sorprendentes imágenes, estaba en trabajar casi exclusivamente sobre lo que sus formas indicaban, aunque podían hacerse algunas deducciones complementarias por concordancia con los materiales obtenidos con fundamento estratigráfico.

     De una de las figuras que hoy están en un afamado museo, la parte que se conserva corresponde aproximadamente al torso, o más exactamente solo al trozo de pectorales hacia abajo, más el fragmento de las piernas hasta las rodillas. Todo su volumen puede ser inscrito en un cilindro algo aplanado, de una longitud total de casi dos metros. Contando con esta porción y sus proporciones, le fue posible restituir tentativamente el estado original de toda la figura. Debió representar, dedujo, un cuerpo que tendría poco más de cuatro metros de altura, tamaño al que correspondería un peso de casi dos toneladas. Extendiendo esta reconstrucción a los tres ejemplares conocidos, pudo afirmar que en todos los casos se trató de representaciones verdaderamente colosales. Era casi imposible que estas estatuas estuviesen en el interior de un edificio cubierto.

     La mejor de las piezas tiene además otros detalles, unos referidos a la calidad de su acabado y otros a ciertas formas. En la fabricación de los colosos casi ni se empleó un segundo tallado, después del sumario desbastado que ya proporcionó las imprescindibles referencias anatómicas. Tan es así que en muchas partes ni siquiera fueron pulidas las irregularidades que dejara la primera cinceladura. Que fueran deliberadamente toscas pudo ser intencionado, pensó. Tal vez se quiso, con ese medio expresivo, darles un sentido. Pero lo más paradójico era que tan sumario acabado fue compatible con un concentrado interés por ciertos detalles. Aunque tenía la cabeza completamente calva, el rostro del personaje imaginado estaba cubierto por una barba poblada, y su amplio ceñidor figuraba estar plisado.

     La relativa minuciosidad llegaba hasta el costado derecho, donde sobre el muslo, inscritos en un prisma algo sobresaliente, fue esculpida en relieve una colección de imágenes que podía llevar el análisis muy lejos, porque todas pretendían ser muy descriptivas. Se trataba de la cabeza de un venado, conchas de un molusco, un rayo en la parte superior de una vara, un elefante, una hiena y un toro con las patas apoyadas sobre unas colinas. Conocida por nuestro anticuario la evolución de la escritura jeroglífica antigua, aquella serie de imágenes, que además aparecían en un lugar destacado de la efigie, inicialmente le hizo pensar en un epígrafe, aunque en un estado muy elemental. La fácil identificación de alguna de aquellas imágenes con otras que más adelante serían símbolos asociados a determinadas divinidades, como el rayo sobre una vara, emblema de un dios posterior, le aconsejaron excluir esta posibilidad. Después, tras un examen más detallado de la mayor parte de aquellos símbolos llegó a concluir que debían corresponder a un sistema de escritura distinto al que terminó imponiéndose en la escritura jeroglífica del norte.

     Estos eran todos los datos proporcionados por el análisis formal de las imágenes que pudieran ser relacionados con el momento de su creación. Con ellos era difícil decidir sobre la fecha, dentro de unos límites cronológicos medianamente ajustados, o siquiera aproximados, en la que fueron concebidas. Eran lo suficientemente dispersos e imprecisos como para desconcertar. Menos aún servían para pronunciarse sobre el sentido de aquellas esculturas y las ideas con las que pudieron estar relacionadas. Pero estaría justificado todo el esfuerzo que dedicara a precisar el tiempo en que fueron hechas.

     Suponiendo que tales imágenes fueran las de un dios de la fecundidad, lo que por sus atributos parecía muy aceptable, la exactitud en el análisis destinado a ponerles fecha era en realidad un trabajo –desde aquel momento lo entrevió– que podía llevar a precisar con bastante exactitud el principio de hechos reveladores de la primera germinación de la República, mientras la Monarquía aún estaba emergiendo y pugnando por eternizarse. Aunque pudiera parecer improbable, estas imágenes, a la luz de sus análisis, contendrían el germen de una parte nada despreciable de las explicaciones que es necesario urdir cuando se investiga, no ya la constitución de la monarquía primitiva, sino sus primitivas debilidades.

     Nuestro juicioso experto, que fue quien organizó por primera vez toda esta información, llamó la atención sobre un hecho, tan evidente como escasamente valorado desde este punto de vista, tal vez porque afectaba al conjunto y no a los detalles, el espejismo que ciega a los anticuarios. Parecía correcto pensar que las formas toscas de aquellos colosos pudieron hacerse por los tiempos durante los que la monarquía primitiva, entre poco antes del comienzo de la expresión por escrito de las ideas en aquellas tierras y poco después, y porque entonces aquella iniciativa estatal uniformadora todavía no había sido tomada, empezaba a caminar.

     Dados los criterios que servían de justificación a esta delimitación del tiempo, tendría que tenerse presente, creyó, que eran explicaciones tentativas y provisionales. Los únicos indicios paralelos que resultaban concordantes eran algunos de los materiales que fueron descubiertos al tiempo que los gigantes de piedra. Podían ser clasificados de manera bastante aceptable como productos elaborados a comienzos de la expresión escrita del pensamiento.

     Con razón, otra parte de los analistas, después, ha hecho notar que las técnicas de extracción y de labrado de la piedra que sirvió como materia prima solo pueden ser equiparadas a las habituales un siglo o dos después. Incluso todavía hay quienes insisten en que algunos de los recursos formales que fueron observados en aquellas efigies por nuestro anticuario todavía estaban vigentes otros cien años más tarde, un argumento que ahora parece menos sólido. Para entonces el lenguaje escrito ya se había transformado sustancialmente, y aunque nada impediría que sobreviviera la antigua manera de dar forma a las ideas, también es cierto que las posibilidades de que tal cosa ocurriera, transcurridos aquellos cien años, serían menores. Una inquietante duda contaminaba todo el análisis precedente: la tosquedad de las formas no tenía por qué ser indicio de mayor antigüedad. Las pasiones que pudieran haber inspirado la conversión original de manifestaciones elementales de la naturaleza del hombre en fuente de creencias en las fuerzas que escapan a su dominio, no tenían por qué haber brotado en los tiempos de las primeras expresiones de un hecho. Podía haber suficiente indicación del origen de las ideas en posteriores actos a propósito de las mismas creencias, y eso pudo ocurrir en este caso, o al menos ciertas pruebas había que aconsejaban reflexionar en tal dirección sobre ellas.

     Finalmente, se impuso el análisis de nuestro anticuario. Sobre el figurado cuerpo de los colosos, sus insistentes estudios observaron unas pequeñas muescas, que no obstante a nadie podrían pasar desapercibidas. Eran esporádicos rehundimientos de la superficie regular del cilindro en el que los volúmenes se inscribían, hechos por frotación, por lo que aparecen muy pulimentados y con una clara tendencia a formar esferas. Distintas explicaciones habían querido darse a estas abolladuras que de ningún modo podían ser atribuidas al azar. La suya partió de una deducción incontrovertible. Por la zona donde algunas estaban localizadas, era imposible que hubieran sido hechas antes de que aquellas colosales estatuas estuvieran en posición horizontal, aceptada su altura original; una certera observación que permitió a nuestro anticuario la sensata y fundada secuencia especulativa de la que todavía nos beneficiamos. Habiendo recibido culto aquellas imágenes en un lugar secundario del interior del continente, durante siglos debieron mantenerse sostenidas y veneradas en su estado original. Determinadas  creencias serían favorables a la pervivencia de los ritos que las reconocían, que por otra parte desconocemos, aun cuando el paso del tiempo hubiera ido arrinconando aquellas ideas elementales. Probablemente en algún momento, cuando ya habían transcurrido más de quinientos años desde el comienzo de la expresión escrita de las ideas, la autoridad pública, que ya era monárquica, debió decidir que aquellas vulgares imágenes debían ser reemplazadas. El efecto de la decisión oficial pudo ser que los colosos fueran derribados, y a partir de entonces yacieran.

     Por efecto de la fuerza con que arraigan las creencias, incluso después de que el culto a aquellas imágenes fuera abandonado, y hasta proscrito, la comunidad del lugar, aun en contra de los propósitos de los reyes, no había dejado de considerarlas una extraordinaria fuente de poder. Derribadas las estatuas, sus devotos aún acudirían a ellas, y entonces las frotarían para conseguir unas partículas de su materia, a la que supondrían propiedades vigorizantes, dada la prominente manera de manifestarse en ellas la divinidad. Disponer de la materia de una imagen de colosales proporciones es un acto que indica deseo de identidad. En el origen de aquella manera de concebir la divinidad pudo estar un deseo de virilidad infinita, que no es exactamente lo mismo que fecundidad estable, algo a lo que todos pueden aspirar, que no todos consiguen alcanzar.

     Qué aplicación culinaria tenía aquel cuerpo pulverizado del dios, que tendría que ser digerido, si se deseaba experimentar sus portentos efectos, se desconoce. Pero a juzgar por la cantidad de marcas de esta clase sobre los trozos conservados, aquellos supersticiosos hábitos debieron prolongarse durante cientos de años. Aquellas imágenes debieron ser objeto de fervor marginal incluso durante mucho tiempo después de que entrara en crisis la monarquía más primitiva.

     No obstante desconocer los ritos que a todo esto pudo quedar asociado, los hechos propugnados por Píndaro Mejías son lo bastante precisos como para permitir alguna deducción, en el sentido que es de interés para el conocimiento de las instituciones que durante siglos rigieron la vida pública, asunto que siempre preocupó a T. Córnico. A juzgar por esta devoción, es muy probable que en aquel lugar ya hubiera germinado un primer núcleo de fieles republicanos. En su favor depone que los gigantescos bloques de piedra sobre los que hubieron de tallarse los colosos tuvieron que ser llevados allí desde muy lejos. Algunos opinan que las pesadas rocas fueron transportadas hasta el lugar desde unas canteras que exigirían un penoso desplazamiento a lo largo de unos quinientos kilómetros por un río con la corriente en contra. Como la demolición de los colosos habría coincidido con el principio de la monarquía unitaria, la que sucedió a la primitiva, el lector tendrá que denostar, entre los excesos de los que tal forma de dominio se nutrió, que combatiera que el poder que espontáneamente emergente entre los iguales estaba justificado por el tamaño, un hecho preternatural.

     ¿Consistía la manifestación original de los ritos de renovación de las fuerzas del monarca en la ingestión por su parte, a la vista de todos, de cierta roca pulverizada? Al usurparla al primer germen de la comunidad republicana, su efecto constitucional sería doble, la derrota de esta, de la que no se repondría durante siglos, y la plácida aceptación de la creencia en la renovación, espontáneamente admitida por quienes ya, a partir de entonces, serían irreversiblemente súbditos.

La lección de la arquitectura

La palabra arquitecto, que ha retenido uno de los más altos y más nobles designios de la humanidad, el que al hombre obliga a sobrepujar la naturaleza que su origen le impuso mejorándola, semeja un mecanismo. Por esta causa quien la lee puede incurrir en el error de pensar que un arquitecto solo es un artefacto. Ya sean formidables seres barbados, vigorosos hombres hirsutos desbordados por su potencia, ya frágiles criaturas, apenas metro y medio de anatomía de cristal, en el origen de cualquiera de ellos está su alta responsabilidad política, puesto que a dioses se equiparan.

     Un famoso complejo arquitectónico de las tierras septentrionales, dominado por una mole funeraria, en cuyo interior el cuerpo exánime y eviscerado del rey debía perpetuarse, incrementa el conocimiento de la fiesta de la renovación en el sentido que necesitamos, probablemente cuando ya había evolucionado a la forma institucional en la que desembocaran sus ritos. En aquellas innovaciones, según Tácito Córnico, quienes idearon la obra construida tuvieron la mayor responsabilidad, y fueron los artífices de que la fiesta de la exaltación por fin encontrara la forma que necesitaba la trascendencia política que había ganado.

     También fue levantado al poco de que allí hubiera empezado la expresión escrita de las ideas. Habiendo atrapado el discurso de la fama el fúnebre edificio, ha pasado casi desapercibida otra construcción, un área al sur, inmediata a ese lado de la mole monstruosa. Las pruebas que han proporcionado los mejores anticuarios demuestran que los responsables de la erección del complejo reservaron el área sur para un inmenso y desolado patio con planta de rectángulo, de poco más de cien metros por casi doscientos, anexo al cual, por su lado este, también levantaron una serie de edificios muy frágiles, como las membranas con las que la naturaleza consintió a las mariposas que volaran.

     En el inmenso patio, la moderación constructiva, expresión de una sensibilidad minimalista, solo se permitió una plataforma y dos parejas de unas extrañas marcas. La plataforma fue levantada en el extremo septentrional de la gran superficie, inmediatamente al pie de la mole, como una pequeña meseta cuadrangular, de algo más de cinco metros de lado, a la que se subía por un par de escalones de piedra. Las marcas, que formaban parejas, eran unas discretas elevaciones, también construidas con piedra, cada una con una forma tan característica que Píndaro Mejías, maestro de anticuarios, inspirado por su singular capacidad pedagógica, certeramente evocó diciendo que parecían una enorme pezuña de caballo. Ordenadas todas las obras del patio a partir de su eje longitudinal, cada pareja de grandes pezuñas quedó centrada en una mitad, una ante la plataforma, a cierta distancia de ella, y la otra, separada de la primera por una distancia similar a la anterior, al otro lado, el más alejado de la mole funeraria.

     Las obras anexas al lado este formaban una batería a lo largo de un estrecho patio secundario, delimitado por un muro que lo separaba del principal en toda su longitud. Eran edificaciones modestas, de planta y alzado rectangulares, aunque de construcción sólida. De ellas destacaban dos grandes pabellones y otros tres más pequeños, aunque todos eran idénticamente ficticios, de ningún modo hábiles para ser usados como una dependencia en la que alojar una imagen o cualquier pieza del que fuera de los mobiliarios rituales. Al exterior, sus detalles decorativos y la forma de su cubierta recreaban en ladrillo, a escala, como si fueran piezas de una gran maqueta, los que algunos anticuarios llaman santuarios temporales, también conocidos como santuarios de campaña, edificios sagrados, en su versión genuina construidos de madera y estera; una arquitectura perecedera, habitual entre los primitivos más remotos, a su vez origen del depósito reservado a la guarda y transporte de una imagen divina itinerante, que era compañía obligada de las empresas militares que aspiraban a la victoria.

     Dedujo nuestro anticuario además, sobre pruebas bastante sólidas, tanto que no permiten dudar de sus conclusiones, que en uno de los extremos de este patio secundario también hubo otra plataforma o meseta cuadrada, asimismo con dos tramos de escaleras, semejante a la que había en el patio grande. Estaba seguro esta vez que había sido levantada para que en ella fuera colocado un trono doble porque originalmente estuvo cubierta con una pequeña construcción de piedra, que sería parte de la arquitectura de un gran dosel destinado a abarcar toda la superficie de la plataforma, así como a garantizar que el trono quedara acogido bajo su sombra.

     El uso que de toda esta arquitectura se hiciera, y el sentido que tuviera reunirla en aquel lugar, destinado a tan fúnebre memoria, lo discutió con la pasión que caracteriza a los especialistas, que siempre dan por supuesta la certeza de sus reservados conocimientos. Como impar conocedor de la primera civilización, finalmente concluyó, con afirmaciones satisfactorias, a partir tanto de imágenes anteriores a la construcción de aquellas obras como de otras posteriores, cuál pudo ser el posible destino de ambos espacios, tanto el del enorme patio rectangular como el de las edificaciones ficticias levantadas al este de él.

     Por una de las más remotas, averiguó que un patio de grandes dimensiones con escasas marcas y una plataforma con escalones era el lugar donde el rey pasaba revista a los animales que entraban en su patrimonio tras la victoria en una batalla, así como a los prisioneros que capturaba. Otra, ilustraba, aunque de manera bastante menos expresa, un marco similar pero con una actividad distinta. En esta ocasión, el rey estaba imaginado en un gran patio corriendo o caminando, aunque con seguridad dando zancadas, entre dos pares de las mismas marcas de piedra que se han conservado en el patio mayor. De ambos testimonios pudo deducir que parecía probable que una parte del primitivo palacio real, ya desde antiguo, fuera un patio en el que se habían construido marcas como aquellas. Su objeto sería acoger una ceremonia a la que con el tiempo él mismo denominaría de los grandes pasos, ideada para proclamar los derechos del rey sobre el territorio que satisfacía su dominio, cuya duplicidad original quedaba reconocida por aquellas parejas de hitos.

     Se daba la circunstancia afortunada, poco frecuente cuando se insiste en explotar los testimonios materiales más remotos, que el tema del rey moviéndose entre marcas como aquellas también estaba representado en el mismo complejo de aquellas singulares arquitecturas. En estas imágenes era el monarca predestinado a la tumba alojada en la mole quien corría o caminaba dando pasos de gigante entre los dos pares de marcas dibujados con la característica forma de pezuña de caballo. La feliz coincidencia de esta imagen con un par de jeroglíficos, que aparecían tras el protagonista, los empleados para escribir la palabra límites, permitía inducir su sentido. Las marcas con forma de pezuña de caballo indicarían lindes, hitos en un lenguaje más frecuente, una interpretación que concordaba con referencias posteriores a estas mismas representaciones públicas. A la vez que corroboraban el sentido deducido para aquellas señales, permitían saber que aquel patio ceremonial, solo interrumpido por los pares de hitos, era llamado el campo, y que al rito de los trancos entre las marcas con forma de pezuña de caballo, que desde tiempo atrás era representado en él, se le llamaba abarcar el campo o presentar el campo.

     Así, gracias tanto a los precedentes como a los documentos propios, nuestro anticuario pudo colegir con certeza que el gran patio del complejo, al sur de la mole, el que por su iniciativa fue llamado la Plaza Eterna de la Exhibición Real, fue habilitado para que hubiera, junto al lugar del entierro del monarca, un área donde pudiera representarse el acto ritual que por último propuso denominar Ceremonia de la Reivindicación de los Derechos sobre el Campo, o Ceremonia de Abarcar el Campo, como antes habría sido conocida. Sin duda, también aquí, el rey caminó a zancadas entre dos pares de montículos para celebrar que era señor de un vasto territorio. Su esfuerzo sería suficiente para demostrar que mantenía íntegro su vigor y que aún no había llegado el momento de trasladarse a reposar en la fúnebre mole que presidía la obra, tan abrumadora como la muerte que se impone sobre la vida.

     En otro documento gráfico que informaba sobre aquellos espacios durante los primeros tiempos, el rey, vestido con las ropas que lo distinguían, aparecía sentado en un trono doble cubierto con un dosel que había sido instalado sobre una plataforma, mientras que en otra instantánea, donde asimismo aparecía sentado en un trono doble colocado sobre una plataforma con gradas y cubierto por el correspondiente dosel, estaba figurado en un gran patio, corriendo o caminando dando zancadas entre dos pares de montículos de piedra. En ambos casos, los dos asientos estaban trazados en posiciones opuestas, de modo que cada uno daba la espalda al otro, sin duda un procedimiento convencional de expresión. Nuestro anticuario concluyó que era un recurso habitual de la obra gráfica primitiva de los pueblos septentrionales cuando se proponían explicar que ambos tronos representaban dos mundos distintos e independientes, e incluso opuestos; otra manera de simbolizar la multiplicidad original del territorio dominado por los soberanos que necesitaban regeneración. De todo esto concluyó que también, como parte del palacio real primitivo, donde estuviera el gran patio ceremonial en el que se hubieran construido las marcas, en uno de sus extremos se levantaría una plataforma para emplazar sobre ella el trono real, al que daría sombra un pabellón de forma característica, para que al monarca le sirviera como estrado en las grandes ocasiones, como la recepción del tributo o antes y después de la ceremonia en la que caminaba dando zancadas entre marcas rituales.

     Los antecedentes sobre los edificios construidos al este del área sur del complejo también le ayudaron a deducir algunas certezas. Los primitivos testimonios gráficos asimismo reproducían, al fondo de donde se desarrollaban los actos de la ceremonia de abarcar el campo, una fila de santuarios, cuando menos dos idénticos. El dibujo no permitía dudar sobre su modelo, el santuario de campaña que más arriba se ha descrito. Así como los dos tronos indicarían que el rey lo era del norte y del sur del territorio, de todos sus confines, una referencia ya materializada en las dos marcas del patio, los santuarios esquematizados serían una reiteración simbólica más de la misma multiplicidad original del poder del rey. Para las construcciones fuente de los dibujos, habría dos estilos, uno paradigma de lo que debería interpretarse como norte y otro de lo que tendría que parecer sur, de manera que cada uno de los edificios representara una mitad de las provincias sobre las que rey imponía su dominio. Su construcción como santuarios temporales, junto al doble trono del monarca, probarían materialmente el homenaje que los territorios bajo su poder le rendían.

     El significado que se debía reconocer a los santuarios de campaña en aquella ceremonia fue verificado una vez más por escenas posteriores, muy explícitas, tanto que el sentido que tenían en el complejo arquitectónico construido alrededor de la mole pudo quedar definitivamente aclarado por otra contemporánea. En una estela, el rey, visitante de los santuarios del mismo patio en el que ahora estamos concentrando nuestra atención, hacía un alto ante uno de ellos, correspondiente al dios de una de las provincias. Eso significaba que las arquitecturas que al este del gran patio imitaban santuarios también eran imagen de las provincias.

     Así como los dos santuarios de mayor tamaño simbolizarían el sur y el norte, epítome de todas, mínima arquitectura, a la vez suficiente para indicar íntegro el universo que abarcaba aquel reino por medio de una abstracción, los tres edificios más pequeños pudieron hacer las veces de alusiones a la totalidad de los santuarios de los dioses de las provincias, espacios originales de aquella monarquía. En cuanto al otro elemento arquitectónico del patio menor, era difícil no concluir que era la versión en piedra del estrado para el trono doble que era cubierto con un pabellón propio.

El examen pormenorizado de aquel complejo arquitectónico, a la luz de los primeros datos sobre la fiesta de la exaltación, a P. Mejías le permitió concluir que la parte meridional de la magna obra se construiría para que en ella el rey dispusiera de un marco conveniente para las que hubiera de celebrar, fuera mayor o menor la duración de su reinado. Erigido en un lugar donde amenazaba la muerte, fue pensado para que momentáneamente la alejara. Allí donde finalmente yacería, el rey podía celebrar que aún estaba vivo, excelente oportunidad para correr y saltar ante la funesta mole que le recordaría su inevitable destino.

     Si contamos con sus deducciones, es fácil explicar por qué sería escogido un lugar, acotado como espacio funerario, para dar un sitio a la celebración de la fiesta de la regeneración. La síntesis de sus actos simbólicos, donde tiene cobijo la más triste solución a los problemas derivados de la muerte, sobre todo políticos en el caso de la persona del rey, finalmente resueltos con su elaboración como tránsito, allí parece prudente, porque la renovación de la vida que la exaltación deseaba representar, o renovación del gobierno en el más exacto sentido constitucional de la celebración, debió contar con el previo acuerdo de que la reencarnación de la persona venía a ser una necesidad, si es que parecía práctico asegurar su dominio único para todas las tierras de un reino.

     Dar esta respuesta al sentido que tiene como parte de aquel complejo la obra anexa permite darla también a algunas de las dudas expresadas sobre la veracidad de los contenidos de esta celebración, así como sobre la solidez de su trascendencia para las constituciones de los pueblos civilizados. Están contenidas en la arquitectura del patio principal, para que en él sea celebrada la ceremonia de reivindicación del campo, pero sobre todo en la levantada en el anexo, donde fueron construidos los escuetos santuarios simbólicos. El recorrido del rey entre los santuarios representativos de las provincias, acto principal de la fiesta una vez meditado su significado, sería un rito de retorno de la supremacía sobre el espacio a sus legítimos dueños, los dominios provinciales representados por sus dioses, y estos por sus santuarios. Así debía reconocerlo el rey y de este modo lo aprobaba por prudente cortesía, siendo que así su autoridad superior de ningún modo resultaba deteriorada.

     Reconocido el origen de su dominio sobre el país, la ceremonia de reivindicar los derechos sobre el campo, en origen independiente, y que con toda probabilidad, en los primeros tiempos de la monarquía septentrional, tendría lugar con cierta asiduidad, siempre dirigida a declarar el dominio del rey sobre todo el territorio, parecería conveniente que quedara absorbida por la pompa más elaborada de la fiesta de la exaltación preeminente porque así se haría visible la restauración del poder del rey sobre el norte y el sur. Con el gran patio ante la mole mortuoria se le proporcionaba el marco necesario para mostrar su grandeza durante la ceremonia que representara la restauración de su vida.

     La reencarnación consistía por tanto en devolver ritualmente el poder a sus dueños legítimos, para de ellos recibirlo de nuevo y, de esta manera, renovado. Morir era acudir a los santuarios de las provincias, y renacer, recorrer el campo y, después, sobre el estrado, sentado en el sitial doble, de ellas recibir el reconocimiento, a través de sus representaciones, tal como a él llegaban los trofeos de las victorias en la guerra o los pagos de los súbditos. Cuando estuviera concluida la restauración, los autores de la liturgia original de la fiesta decidieron que para completarla, y mostrar todo su sentido, el rey debía ser identificado como señor de las tierras que dominaba, por gestos inequívocos y reiteradas alusiones simbólicas, tal como ante el presidente de una república, rendidas a sus poderes, desfilan las tropas y le rinden honores. A partir de estas decisiones cargadas de simbolismo, la imitación de los edificios del lado este del complejo se convierte en parte obligada del decorado regular de la fiesta de la renovación; como obligado es levantar marcas separadas en espacio abierto, para que el rey corra de unas a otras, o disponer un lugar para el doble trono, los dos asientos uno al lado del otro durante la celebración viva, cubierto por un dosel especial.

     Si la fiesta de la renovación debía contener una liturgia envolvente de un acto mágico de orden superior, llegar a la abstracción política por medio de la ejecución de un símbolo arquitectónico pudo resultar la más convincente demostración material de que por la alegoría se podía llegar a un lugar seguro, sin necesidad de recurrir a pases ni extravagancias. La confianza en que la forma de la conmemoración fue, ya entonces, la que prevalecería, así como la certeza de que aquel acto empezó entonces a celebrarse, está fundada en el mismo sólido indicio arqueológico, el famoso complejo arquitectónico. De su análisis hemos deducido las pruebas más sólidas de los hechos probables, lo que demostraría la temprana plenitud de la liturgia de aquella celebración excepcional, así como de la responsabilidad política adquirida por la arquitectura.

     Alude Córnico, en un fragmento que lamentablemente nos ha llegado muy deteriorado, pero cuyo sentido no se presta a equívocos, que tuvo que haber un cerebro de tan perfilada síntesis alegórica de la renovación del poder. El área sur del complejo efectivamente tuvo que ser levantada por el responsable de toda la obra, un sabio arquitecto, calculador de las formas adecuadas para que los edificios expresaran lo que convenía a la monarquía primitiva. Siendo cierto que la arquitectura del área sur fue inventada como escenario para la celebración de la fiesta de la exaltación por él, es difícil resistirse a la idea de atribuirle todo aquel trabajo de asimilación de significados de trascendencia constitucional en un adecuado marco arquitectónico. Con aquella parte de su magna obra, el arquitecto habría cumplido, aparte la visible, otra obligación, ser un político previsor.

Las crisis bélicas y el ingenio

La renovación del poder que ostentaba el rey, en ocasiones un hombre alto de mirada lánguida, otras veces recio y agresivo, nunca muy corpulento, tampoco fornido, en los tiempos en los que regía la monarquía primitiva, aunque habitualmente era la consecuencia de las incontenibles causas biológicas, por buena parte de los súbditos incomprendidas, muy condenadas sin juicio por la mayoría, a pesar de las elaboradas y exquisitas previsiones para asegurarla en ocasiones quedaba en manos de modalidades del cambio decantadas por las pasiones. Con el transcurso del tiempo la ambición fue suficiente para sobrepasar tantos artificios, así como para acelerar el progreso del orden monárquico, el que los hombres sacan al margen de la naturaleza, como ocurre con la industria, el comercio y las finanzas, conquistas de la codicia a favor de los seres más evolucionados que a una parte de nuestros semejantes permite ser grandes y a otra la relega. Y fue más frecuente que un golpe de estado triunfara.

     Para satisfacer tan peculiar avance de las constituciones, al que ni el transcurso de los siglos, que abren abismos entre las vidas, ha podido poner fin, fueron patrocinadas atrevidas y valientes intrigas, obra de criaturas singulares, algunas tan sensacionales que dejaron un rastro largo y visible. Gracias al esfuerzo de Tácito Córnico, una parte de ellas ha llegado hasta el presente. Para el propósito que ahora perseguimos, de cuya inmutabilidad no podemos dar garantías, porque no es muy distinta a la de quienes a plena luz del día se cruzan entre vehículos que circulan por la ciudad, carecen de familia y son capaces para saber que su fin será resuelto con el internamiento en un centro asistencial, si es que alguno de sus allegados no se hicieren cargo de su gasto en suministro de energía; la que resulta más ejemplar, excluido que parezca una licencia excedida por la pasión tomar como pauta esta clase de actos, fue la que hubo de sufrir, en algún momento de la primera mitad de un siglo que con los medios de los que ahora dispongo no puedo precisar, aislado como vivo, porque los recursos a mi alcance hoy son tan limitados como los de quien anda entre los vehículos, los esquiva con variable fortuna y celebra su supervivencia, tras la arriesgada cruzada, sosteniéndose en un mostrador, el rey más grande, memorable debelador de huestes extranjeras, entre las que, mal de su grado, hubieron de contarse las por todos temidas hordas de los dálmatas délficos.

     En la región al norte del territorio que por fin la monarquía primitiva había conseguido mantener bajo un poder único, el momento de mayor tensión hasta ahora conocido había tenido su origen, antes que en la agresividad del rey Precedente, en su actitud pasiva. Amintas, que gobernaba sobre buena parte de aquellas latitudes, había provocado a los dálmatas délficos avanzando hacia el Cimón, muralla levantada por la naturaleza en mitad de la península que habitaban. Cuando los dálmatas replicaron, el rey Precedente, en aquel momento la persona que encarnaba la primera potencia regional, no quiso reaccionar, si bien ya era habitual que su presencia en la zona fuera la decisiva en las desavenencias, puesto que su apoyo a una de las partes enfrentadas rompía cualquier equilibrio que se hubiera pactado, aun a sus espaldas. Estaba absorbido por los asuntos de su reino, que eran los suyos, y poca atención podía dedicar a los acontecimientos del norte.

     Al principio, el prestigio de la monarquía primitiva indujo a quienes ya habían comprometido sus decisiones a actuar con cautela. Pero el reino de Amintas fue arrasado por los dálmatas délficos y su país ocupado por el sur hasta su latitud media. Los dálmatas, aleccionados por la vida en la meseta, al actuar de aquel modo, habían decidido imponerse a una potencia secundaria mejor que enfrentarse con la monarquía meridional. Prefirieron fomentar las intrigas y el sabotaje, por cuantos medios tenían a su alcance, entre los vasallos que en la región tenía la potencia del sur.

     Del poder que entonces los dálmatas délficos desplegaron en la región, y de la eficacia de sus métodos de intimidación y agresión interpuesta, da idea que las ciudades que hasta entonces se mantenían dentro de la órbita de la monarquía primitiva, faltas del apoyo de su potencia, se vieron precisadas a modificar sus lealtades. Mientras se sucedían las defecciones, los aliados y vasallos de la región que consiguieron mantenerse fieles al rey del sur, todavía una parte importante de su territorio, le dirigieron informes alarmantes y peticiones de ayuda. Por el momento, a pesar del peligro al que sus intereses quedaban expuestos, no recibieron la respuesta deseada, y todavía aun más comprometidos pudieron verse.

     El rey de los dálmatas, torpemente inducido a una lucha dinástica con la casa real que encabezaba Amintas, cruzó las montañas, marchó hacia el sur y en campañas que duraron cinco años sojuzgó toda la región intermedia, e incluso es posible que llegara a conquistar el país fronterizo con los territorios de la monarquía meridional. Tan enérgicas iniciativas consiguieron acabar definitivamente con el reino de Amintas, cuando la monarquía primitiva no podía intentar el rescate de su puesto en la región sin antes haber restaurado su orden interno.

     Superada la crisis constitucional abierta por los excesos del rey Precedente, gracias a la feliz iniciativa de su primer general, la monarquía primitiva estuvo en condiciones de dar la réplica al expansivo poder dálmata. Fue el nuevo rey, el Intermedio, reinando entre fines de aquel siglo y principios del siguiente, quien inició la reconquista de las posiciones de la monarquía en las tierras limítrofes. Sus ensayos sucesivos fueron cada año más eficaces y los avances igualmente acumulativos.

     Sería un exceso describirlos con detalle. Baste decir que el nuevo equilibrio en la zona fue impuesto cuando su hijo, nuestro rey, tomó la iniciativa. El alcance y el sentido político de sus acciones militares puede demostrarlos el relato de todas sus batallas, el primero el que fijó en su analística Tácito Córnico, cima del canon para el relato bélico remoto, de las que documentó todas las posiciones de las fuerzas que contendieron por el dominio de la zona, dálmatas délficos al norte, el monarca desde el sur.

     Tal vez los hechos de nuestro rey, así como las decisiones de las que se beneficiaron quienes le sucedieron en el primer trono primitivo, merezcan el mayor reconocimiento, el que a los héroes tributa la épica. No es probable que en la primera antigüedad puedan encontrarse circunstancias, personas y gestos tan dignos de encomio, ni incluso tomando distancia para que bajo la mira queden otros seres y otras épocas. Tan grande, extenso y digno de estima es el curso de sus batallas, cuyas consecuencias por siglos persistieron.

     Como si no hubiera sido bastante el reconocimiento al que se había hecho acreedor, una conspiración cambió el curso de su monarquía, la más civilizada, la que tanto se había valido de la abnegación de sus valientes, forjados en los encuentros más arriesgados. Tuvo su origen en uno de los palacios del harén, cuyo emplazamiento habla de la amenaza que siempre cercó a la antigua y denostada Monarquía.

     Para radicar el complejo que mandó construir, uno de sus precursores había elegido el límite de un desierto gélido, a un lado del cual solo vapores de hielo respiraban quienes se aventuraban en su travesía, en las cantidades asfixiantes que a los hombres aniquilan. Aquel lugar lo había señalado a sus ministros para que a él exiliaran las pasiones que incubaba la corte, y que en el corazón de sus administradores hibernaba. En aquellos retiros recluían el gineceo de las damas reales de más estima, a las que entonces calibraban por el arco de sus caderas, según enseña el arte de poco más de un siglo después. Las acompañaban sus hijos, de cabezas prominentes, sus funcionarios y muchos servidores, así como una plantilla de hábiles tejedoras. Tramando la urdimbre sobre frágiles bastidores, se esforzaban en combatir el tedio causado por los ocios del aislamiento. Las damas y sus egregias obreras en aquel lugar llevaban una vida privada sedante, aunque en reclusión, a la vez que cuidaban de la educación de los numerosos hijos del rey, casi tantos como noches sumaban sus días soberanos, las que le habían permitido disponer de todo su poder, con la atención que la enseñanza de quienes habían de ser futuros dirigentes merecía.

     El resultado de concentrar en un lugar aislado una parte de la vida privada del hombre que reinaba, para que en su casa germinara, allí creciera y quedara recluida, fue que en él la más voraz de las plantas carnívoras, tan insaciable como un orangután, como el hipopótamo que con toneladas de tubérculos mantienen vivo en el zoo, encontraba el invernadero que aceleraba su maduración. Allí las diferencias entre madres estaban cargadas de conflictos, así personales como políticos, tan crueles como violentos. Cada una, no por la ambición llevada, antes celosa de su integridad, creía a su hijo con como mínimo idéntico mérito para que sobre él recayeran los derechos a la sucesión, y compartía con las demás la seguridad de que todas menos una, en el más favorable de los casos, inevitablemente serían defraudadas. Antes de que la monótona secuencia de los días de aquella vida vegetativa acabara con sus sueños, con sus encumbradas aspiraciones a reina madre, una parte de ellas, arrastrada por la violenta pasión del jugador, los precipitaba.

     El complot al que quiero referirme, cuyas pruebas reunió con minuciosidad Tácito Córnico hace casi quince siglos, tuvo su origen, y su principal promotora, en una de aquellas escogidas mujeres, de nombre Teye, una cortesana que había escalado con éxito hasta las habitaciones privadas del rey.

     El padre que la engendró, mientras fue joven había aspirado a progresar en el sacerdocio, para lo que se impuso, así en las tumbas como en los papiros, en el manejo de las lenguas de su tiempo, luego casi extinguidas, mientras estaba siendo formado en las casas de aislamiento de los varones imberbes. Hasta entonces había permanecido célibe, dedicada por completo su vida al estudio y la contemplación, tanto de los jeroglíficos como de los sonidos de la lengua, del cielo como de la tierra. Cuando hubo alcanzado la edad prodigiosa de la polución onírica, que por las mañanas llamaba a su conciencia con efusiones persistentes, tenso el nervio, rígido el músculo, protervo el pubis, la imaginación desbocada, arrasadora su potencia, rindió sus armas a un ejército que ya no creía enemigo. Su renuncia fue providencial. El día que la expuso ante los sumos sacerdotes, asexuados selectores de la casta que dirigía al clero a cada varón imberbe en las casas de aislamiento, comparecientes en línea, como un tribunal impasible y sin misericordia, ya estaba fijada la fecha para su emasculación, a consecuencia de la cual hubiera sido irreversible su profesión primitiva.

     En pocos meses cambió el voto definitivo por una mujer de caderas escuetas, no muy apta para la progenie, severa, calculadora, muy interesada por el derecho que regulaba la transmisión de los bienes, temerosa del avance en paralelo de sus días y su estado, a la que se unió en feliz matrimonio un veinticinco de noviembre. Madura ya, padecía un irreversible estrabismo, que no la hacía tan inequívocamente atractiva como impedía que ante ella su interlocutor se sintiera concernido por su mirada. Pasados los años, tras padecer una prueba que hubieran preferido olvidar todos los de la familia, a primera hora de la mañana, cuando se asomaba a la terraza de la vivienda propia, que por fin ocuparon ellos y sus hijos, arrojaba a la plaza frente al hogar una tésera, cortada sobre el fragmento de un cántaro, hasta entonces conservada en un lugar a cubierto de las miradas, junto al fuego, en la que su marido había inscrito un texto imaginado por él a su servicio.

     Las palabras escritas en la tésera se nutrían del dominio sobre la lengua que había adquirido el joven Uli mientras fue huésped de las casas de aislamiento. No todos los anticuarios que han leído a Córnico comparten su convicción sobre la profundidad de sus conocimientos gramaticales, una vez sabidos los procedimientos de la escritura que practicó y sus relaciones con las lenguas más remotas que entonces se conocían. La que aquí se va a defender, inspirada por el respeto a tan venerable etnógrafo, más el deseo de rebatir que en su momento originó una reyerta sorda, en cuyo transcurso los contrincantes jamás se vieron las caras, pretende desenmascarar a quienes han ocultado, tras sociedades científicas sin ánimo de lucro, intereses bastardos, sirviéndose al tiempo de las posibilidades societarias que derivan del matrimonio.

     Contó con antecedentes a partir de los cuales reflexionar. Había visto en el centro de un bajorrelieve de tiempos de un rey remoto un ancho trazo vertical, rayado a cortos trechos regulares con líneas horizontales, y en el extremo inferior, a cada lado de los rasgos que hacían de eje, un par de lóbulos esquematizados. Era fácil identificar aquella imagen como la representación estilizada de una tráquea y sus dos pulmones. El propósito jeroglífico de aquellos trazos parecía evidente. Observador atento, Uli descubrió que en su aplicación había algo más que el deseo de abstraer. Como las palabras pulmones y unir tenían en la lengua que hablaba la misma secuencia de consonantes, el posible jeroglífico no solo podía emplearse para escribir la primera sino también el verbo.

     En otra pieza muy conocida de los mismos tiempos, para decorar el trono que formaba con el rígido cuerpo sedente del rey una masa continua, imagen de un rey que ya era posible asociar a la celebración de la fiesta de la restauración, aparecía el mismo bajorrelieve, la tráquea y los dos lóbulos. Dedujo que para entonces ya alguien la había convertido en una imagen obligada cuando era necesario hacer referencia a la unificación del reino bajo el poder de los reyes que gobernaban, y que tal licencia había sido reservada a su uso oficial, aunque no era imposible que poco más que el uso oficial de los medios a los que podía recurrir la lengua escrita hubiera entonces. Pero no por eso dejaría de ser cierto que el primitivo abuso de la norma de la lengua al escribirla había encontrado el medio más favorable a sus licencias en su uso asociado al reconocimiento de los poderes del rey, los mismos que necesitaban periódicamente su restauración.

     Era posible que el uso de las posibilidades de la escritura en favor de la abstracción desde el principio se hubiera puesto al servicio de la celebración de la fiesta de la renovación de los poderes del rey. Siendo un ingenio para evocar un acto mágico, cuyo mecanismo debía quedar oculto a los mortales, por la misma razón que su resultado material solo era posible porque era ninguno, pero cuyo efecto político era la regeneración del monarca, llegar a la abstracción por medio del símbolo pudo ser, de manera convincente, una demostración de que por la alegoría se podía llegar a un lugar con apariencia de certeza. Aquellos casos, que demostraban el especial valor que el doble sentido podía adquirir en las imágenes asociadas a la fiesta jubilar que se proponía renovar los poderes del monarca, también ilustraban los límites a los que se había ceñido el recurso al principio.

     Parece que a sus maestros, aún muy joven, Uli propuso que a partir de entonces aquella escritura se rigiera por unos principios no tan lejanos a los que hoy resultan familiares a quienes aprenden las lenguas, puesto que inspiran también las normas de nuestra manera de escribir. Cualquiera de los usos ahora vigentes es heredero de otros remotos anteriores, aunque realmente próximos en el tiempo, y la impresión que del aparente empleo universal de pictogramas pueda deducir el observador que empieza a interesarse por la forma jeroglífica de escribir una lengua no debe llevar al error por simplificación. En ocasiones es económica, y casi de inspiración taquigráfica, y en otras es premiosa y reiterativa hasta cansar, e incluso absurda.

     Puede adjudicarse esta divergencia a que inevitablemente han llegado al analista contemporáneo prácticas distintas del método propuesto por Uli, seleccionadas por el azar del hallazgo arqueológico, que tanto puede revelar la aplicación disciplinada de unas normas con claridad aprendidas, si es que alguna vez fueron dictadas, como su uso abierto, flexible y hasta incorrecto, aun ejecutadas de forma precipitada y no deducida de los buenos fundamentos que debieron distinguir a los buenos escribas. Pudiera ser que todas estas posibilidades, paradigmas extremos al servicio de una explicación esquemática, sean prueba de que en aquella antigua escritura el estado normativo fundamento de su práctica, que aquella vez fue elaborado, no había alcanzado el rigor que la fácil difusión de las reglas contemporáneas terminó imponiendo.

     En su forma media o clásica, que puede ser identificada sin dificultad por quien vea los textos escritos sobre piedra en los tiempos de plenitud de la monarquía de la alta antigüedad, sus jeroglíficos eran ya en lo fundamental fonéticos, por lo que no sería impropio llamarlos signos, aunque antes pudiera parecer más correcto denominarlos de otra manera. Tales representaciones de sonidos, que por deseo de generalizar algunos han llamado también fonogramas, como puede esperarse de la escritura Uli ya las había destinado a reproducir palabras utilizadas por el habla, de las que eran su traslado.

     Según una clasificación hoy admitida, tales signos en lo esencial podían ser alfabéticos o silábicos. Los alfabéticos equivalían a una parte de los sonidos que admiten su reducción a solo un signo de los que son usados por lenguas como la que en estos momentos nos está sirviendo para entendernos, y con ellos componer un alfabeto artificial, muy parecido a los vigentes en las lenguas occidentales consolidadas, también denominado pseudoalfabeto. Formando juicio por la herencia gráfica recibida, pero también por los documentos que fundan con seguridad la tradición de la equivalencia entre los diversos signos que sin embargo pueden representar idénticos sonidos, no resulta desacertada la valoración alfabética de aquellos trazos, aunque habrá quien piense, con justificado sentido crítico, que es anacrónica. El estado de elaboración gráfica en el que se encuentra la lengua jeroglífica escrita por los antiguos admite la sospecha. Por aquella razón los signos alfabéticos también son llamados unilíteros o monolíteros.

     Los otros signos expresaban sílabas compuestas con dos o tres letras del pseudoalfabeto, de donde los gramáticos conocedores de aquella forma escrita de la vieja lengua los creen especie de abreviaciones, ya que uno solo puede equivaler a dos o tres alfabéticos. A este propósito es adecuado tomar en consideración, aunque no sea relevante para la demostración que nos proponemos, para que el lector esta sí en especial valore, que la escritura jeroglífica de la lengua hablada en tiempos de Uli no representaba las vocales intermedias de las palabras, y en ocasiones hasta omitía algunas de las finales, por lo que en conjunto puede tomarse por una escritura predominantemente consonántica, aunque de ningún modo ignorante de las vocales.

     Se supone que para generalizar decidió que todos sus signos silábicos tomaran su valor fonético de la palabra que en aquella antigua lengua servía para designar el objeto que representaba. Recurriendo a la analogía con el castellano, tendría que haber ocurrido algo así como si la representación de una mesa sirviera para escribir la secuencia de sonidos mesa, y solo con ese fin pudiera ser elegida para la escritura. Lógicamente, cuando fuera utilizada la imagen con propósitos fonéticos, tan solo tendría que representar la secuencia de sonidos, sin que forzosamente hubiera de referirse al objeto en cuestión. En el uso regular de su jeroglífico, la imagen de la mesa podría ser utilizada para escribir, por ejemplo, una parte de la palabra promesa. De ningún modo quien procediera a leer la frase en la que se encontrara esta imagen, completada por otro signo para que fuera posible escribirla entera, durante la lectura tendría que tomar en consideración aquel mueble en sentido alguno, ni siquiera acordarse de él; solo tendría que identificar por la imagen la cadena de sonidos adecuada.

     Sería, en consecuencia, un uso de los signos que se podría aceptar como perfectamente actual, porque la condición de su correcto empleo era el que hacía posible, y hasta recomendable, olvidar que un dibujo tuviera algo que ver con el objeto que por la pronunciación exclusiva de unos sonidos debía ser identificado. Lo mismo habría ocurrido en el supuesto de que en el origen de la actual letra a estuviera el perfil de una cabeza humana, y se hubiera alcanzado el estadio de su uso en el que ya todo el mundo se comportara con ella sin necesitar la conciencia de que aquella forma fuera la justificación del rasgo que hay que trazar para escribir el signo, que sin embargo parecería perfectamente abstracto y convencional, directo y limpio capricho que por su singular pureza puede ser colmado con el contenido que se desee, aun sin dejar de ser la representación simplificada de una cabeza humana.

     Hasta aquí, aunque se hayan deslizado algunos argumentos discutibles, todas las teorías sobre las invenciones de Uli pueden convivir. Lo que sigue es el centro de la controversia que en su momento tuvo lugar. La propiedad de la lengua escrita en la que es necesario dirimirla, porque no es decididamente respetuosa con esta regla del juego de la escritura jeroglífica, no obstante deriva del principio de su práctica que autorizó con sus propuestas Uli, razón además justificativa de que se haya demorado el relato de forma tan descriptiva en la precedente llamada de atención.

     Según la finalidad que tuviera su uso, procediendo de nuevo a describir por el procedimiento analógico, los signos silábicos de que la lengua usaba en aquel momento podían ser separados en dos grupos, los sonoros y los determinativos. Los primeros, como ocurría que unos podían representar por sí dos y hasta tres sonidos equivalentes a dos o tres signos alfabéticos, son denominados, cuando quien explica desea ser extremadamente preciso, bilíteros y trilíteros, modo de llamarlos que mantiene el criterio inicialmente elegido para separar los tipos de signo que en el jeroglífico clásico de Uli suelen distinguirse.

     Puede sorprender que fueran utilizados estos dos tipos de signo existiendo los alfabéticos o monolíteros, que podrían cargar con todo el trabajo, deducción sintética a la que podría haber llegado el autor de aquellos ingeniosos recursos; justamente un parte de la crítica que se le opone. Sin embargo, este modo de observar el problema no tiene en cuenta el principio de economía de la escritura, un criterio elemental, deducible desde humildes estimaciones paleográficas, de especial valor cuando se trata de esta modalidad de escritura. Dada la lentitud con que cada signo debía ser trazado, porque la formalidad figurativa siempre fue mantenida y respetada, aun en la más cursiva escritura hierática, origen de las habilidades de Uli, dibujar uno que representara más de un sonido ahorraría trabajo. La razón de la economía del esfuerzo sería bastante para justificar el uso de la amplia batería complementaria de signos no alfabéticos.

     Pero siendo bilíteros e incluso trilíteros los signos silábicos, también ocurrió, para mayor paradoja, que ocasionalmente pudieron ser complementados o auxiliados por signos alfabéticos; otro frente abierto a las objeciones. De la función que tenían reservada en la escritura esto es lo que del modo más sorprendente los caracterizaba, que precisamente no solo podían ser utilizados para representar el sonido inmediato que se les reconocía, sino que también complementaban el valor fonético de los signos considerados silábicos. Tal abuso de la regla deducida revela la supervivencia de anomalías, que solo con generosidad pueden ser llamadas excepciones, y sitúa sobre la acertada pista que podría explicar la emergencia de equívocos a consecuencia del recurso a medios expresivos innecesariamente redundantes. A Uli poca responsabilidad tocaría en la emergencia de unos usos de la lengua escrita anteriores a él, y más bien correspondería reconocerle sus esfuerzos por corregirlos.

     Había razones gramaticales que aconsejaban la composición híbrida de las palabras, aunque estas actuaran desde una posición de dudosa solidez normativa. En la lengua escrita podía suceder que dos palabras, o distintas secuencias de sonidos, y a veces tres y hasta más, sirvieran para designar un mismo objeto. Era una consecuencia derivada de que el origen de los signos silábicos, con toda probabilidad, remontara su valor a un ideograma, y que para dar nombre a una cosa la idea que la sugiriera fuese en unos casos una, y en otros, otra; como desde distintas ideas, por una asociación en secuencia de pensamientos vertiginosos, para la que no es fácil encontrar una explicación satisfactoria, feliz fuente de toda la imaginería de la palabra, es posible llegar a la explicación justificada de un mismo hecho correcto, más aún de un objeto, distintas palabras, de extracción diversa, distintos caminos señalados por distintos sonidos pueden llevar hasta el mismo lugar. Para evitar esta desviación, y hacer más precisa la lectura del signo silábico, existía la costumbre de escribir, al lado de la mayor parte de los de esta clase una o todas las letras que formaban la sílaba que representaba el signo en cuestión. Parece justificado, pues, que por esta razón Uli mantuviera que fueran usados signos alfabéticos asociados a los signos silábicos, y de este modo asegurar su comprensión y evitar la ambigüedad.

     Algo distinto fue su patrocinio de los determinativos, signos que son en todo idénticos, por apariencia, a los anteriores, aunque su sentido es distinto y no obstante próximo al recién examinado. Su existencia estaba justificada por una razón igualmente específica. Más que en ninguna otra, en la escritura jeroglífica era posible que llegara a emplearse con mucha frecuencia una misma forma escrita de una palabra para expresar conceptos diferentes. El procedimiento común en el que estaba basada su norma de la escritura era razón suficiente para explicar la alta frecuencia con la que podía presentarse esta posibilidad. Pero también ocurría, al estar compuestas con dos letras las que se pueden considerar las raíces de la mayor parte de las voces, que no había muchas posibilidades para multiplicarlas, o que por necesidad los signos elegidos podían ser pocos.

     Para ser rigurosos, hay que añadir que quien se interese por los detalles de la polémica, aun así, puede documentar un buen número de signos silábicos dispuestos a representar sonidos, y que estos signos efectivamente representaban una amplia gama en una cantidad significativa de casos, lo que por tanto impide tomar cuanto se está afirmando como una regla cerrada. Pero la práctica sostenida por Uli se alió también en esta ocasión con la tendencia espontánea o previa de la escritura para conducirla hacia la economía de signos. El sistema de escritura por él adoptado debió disponer de medios justificados para llegar hasta una correcta elección de cuáles debían ser los mejores jeroglíficos para representar cada par de sonidos, aunque no están del todo claros los criterios que pudieron ser los decisivos. En la mayor parte de las expresiones, una vez elegidos, a unos signos sí y no a otros los fue convirtiendo en representantes preferentes y reiterados de aquellos determinados sonantes grupos cerrados. Lo definitivo de su aportación fue que tan solo cerca de un centenar de esos posibles signos, sobre todo bilíteros, pero también trilíteros, en lo sucesivo serían los comúnmente usados.

     Para evitar el riesgo de ambigüedad, el mayor defecto de los usos de la escritura jeroglífica que defendía, creyó necesario, en consecuencia, recurrir a los determinativos, signos colocados después de la parte fonética de una palabra que el lector debía interpretar aunque de ningún modo pronunciar, porque no estaban destinados a modificar en algo el enunciado sensible de las voces. Su objetivo se reducía a distinguir los diversos sentidos posibles de una misma raíz. En la composición de las frases, la secuencia de las ideas podía cargar con una parte de la responsabilidad para evitar la ambigüedad. Pero el peso de aquel duro trabajo terminó recayendo –hay que reconocerlo– en la invención paralela y ciertamente ortopédica de estos signos adicionales, encargados decisivos de evitar las confusiones cuando se hacía necesario. Llegadas las inevitables expresiones de sentido abierto, tales signos auxiliares eran decisivos, si no obligados, para ganar una correcta interpretación de las palabras que habían sido escritas con signos que representaban determinada secuencia consonántica pero cuyos significados no estaban resueltos. Era, por ejemplo, el caso de la solución jeroglífica de los sonidos smn. Si iban acompañados del pictograma de una oca significaban oca del río, pero si iban acompañados de un trazo horizontal con una pequeña muesca en el centro significaban establecer.

     Dos son las clases en las que ahora, a partir de este criterio básico establecido por Uli, suelen separarse los determinativos, la de los especiales y la de los genéricos. Se llaman especiales los que se aplican solo a un número muy restringido de palabras de la misma naturaleza, mientras que genéricos son los que están destinados a referirse a grupos muy numerosos. Debió bastar su representación, como si de una advertencia se tratara, no del todo explícita, como la que todos los símbolos contienen, para que el intérprete pudiera encontrar el sentido específico que la palabra en cuestión quería expresar. Indicaba simplemente una categoría o grupo en el que la voz podía ser encuadrada y al que por tanto, por este medio, se consideraba que pertenecía, porque igualmente en esa familia el objeto al que la palabra hacía referencia era con facilidad localizable.

     Por esta razón hay quienes apellidan a los determinativos semánticos, porque efectivamente en este orden rinden todo su servicio. Es verdad que el uso de los signos alfabéticos con un sentido fonético puede admitirse también como determinativo, valoración particular del signo que no sería incorrecta, porque tiene en cuenta que, así como el determinativo semántico evita que se extravíe el sentido, aquel matiz evitaría que se errara en la pronunciación. De considerar de este modo el uso de los signos alfabéticos asociados a los bilíteros o a los trilíteros, debería tenerse presente que su consecuencia, para la práctica de la lectura, sería sobre todo gramatical, y que por tanto su efecto primordial sería morfológico, y que tal vez desde alguna de estas maneras de ver también podría apellidarse el legítimo determinativo deducido por Uli. De ahí que pueda resultar prudente, aunque parezca redundante, hablar de determinativos semánticos, y así evitar innecesarias confusiones donde ya de por sí la ambigüedad tiene sobradas posibilidades de ensombrecerlo todo.

     También justifica esta manera de hablar otro uso del jeroglífico, al que por ahora solo se ha hecho alusión, el ideográfico, el último que por el momento hay que examinar para valorar las excelentes contribuciones del padre de Teye. La correcta comprensión de su valioso papel, y del significado que de este deriva, debe partir de la constatación de que el determinativo semántico, según se ha denominado, para distinguirlo con precisión, por más que parezca inmediato, es el usado con menos frecuencia, y hasta llegó a ser excepcional su presencia en los textos epigráficos.

     Hay un uso común de la solución que el determinativo proporciona, más frecuente tal vez por aún más sencilla. En lugar de escribir una palabra entera con su desarrollo fonético más o menos completo, o sus signos sonoros comunes, más su determinativo de una o de otra categoría, toda la compleja serie fue con ventaja sustituida por un solo jeroglífico. Semejante tipo de representación figurativa, ahora también llamada ideografo, ideograma o pictograma, fue destinada a expresar palabras enteras. Normalmente, aunque no siempre, para ganar en precisión estos jeroglíficos solían ir seguidos de un trazo vertical [|], que hacía de indicador de que la imagen que había sido representada tendría que interpretarse en su sentido propio. Cualquier nombre de animal o planta, o cualquier objeto del mundo tangible, cosas que podían ser representadas por medio de un jeroglífico claro e inequívoco, eran escritos de manera preferente usando solamente este signo.

     Pero no solo el determinativo específico podía resolver la escritura de hechos materiales, sino que igualmente servía a la representación directa de ideas, aunque bajo ciertas condiciones que por el momento es preferible dejar abiertas pero que conviene que sean advertidas desde ahora. Tales jeroglíficos pueden tomarse en sentido estricto por determinativos específicos, tan exactos que no pueden confundirse con otros y que por eso hacen innecesaria cualquier aclaración fonética. En realidad, no son nada distinto a los semánticos, con la única y significativa diferencia de que el jeroglífico único absorbe todas las funciones gramaticales que debe representar la serie de imágenes reducidas a signos en el otro caso.

     De su existencia podría derivarse con solvencia la teoría de que el camino seguido por el desarrollo de la escritura jeroglífica gracias a Uli pudo ser el inverso al que hasta aquí ha seguido su explicación. Pero de lo que no hay duda es de que todos los determinativos, sean morfológicos, semánticos o específicos, porque en el fondo comparten la condición de pictograma, en conjunto son la prueba de que optó por la convivencia de elementos ideográficos con los fonéticos en la lengua jeroglífica que conociera y estudiara, aun siendo tiempos de su plenitud clásica.

     No era obligada la indefinición para que estos pictogramas complementarios fueran utilizados. Solo por afán de precisar, en ocasiones, también las palabras podían ser completadas con el determinativo, y de este modo quedaba advertido el lector, al entrar en un texto, cuál era el dominio semántico en el que debía situarse para interpretar correctamente los sonidos consonánticos que habría de ir identificando. Llegó a ser usual, gracias a su ingenio, que fuera dibujada una imagen solo para advertir que se estaba escribiendo de dioses, un aspa encerrada en una circunferencia cuando la frase estaba referida a ciudades o una línea quebrada, en posición vertical, cuando el asunto era algún pueblo extranjero.

     Desarrollado el sistema jeroglífico de escritura bajo tan ingeniosas premisas, debió ser posible, para quienes se impusieran en la escritura de aquella lengua, utilizar la imagen de cierto objeto para enunciar palabras sin ninguna relación semántica con él, y que conservaran como único vínculo, aunque incluso en el habla fueran expresadas con una pronunciación distinta a la correspondiente a la forma que se dibujaba, una secuencia de consonantes idéntica. Pudo justificar su hábil procedimiento como el medio más seguro al que se podía llegar para expresar en la escritura los conceptos abstractos, que efectivamente mal podían quedar resueltos por la fórmula descriptiva elegida para expresarse por escrito. Es más que probable que esta necesidad estuviera en el origen de tan juiciosa extensión de la regla. Aunque se perdiera precisión en la expresión escrita, a cambio se ganaba la extensión del horizonte, hasta unos límites hasta entonces desconocidos, de lo que era posible presentar a los ojos de quien leyera.

     Además, su dominio en fecha bastante temprana del estilo cursivo o hierático, versión de la escritura jeroglífica reservada a quienes se iniciaban en ella como aspirantes a la casta sacerdotal, estilo impuesto con probabilidad por la necesidad de que el curso de los signos sobre el papiro fuese rápido, e inspirado en principios sintéticos que también tendrían efectos económicos, debió facilitar la evolución esquematizada. Gracias a este recurso, pronto estaría al alcance de quienes escribieran, por ser a un tiempo sumaria y sencilla, la solución que de forma más resumida se puede llamar bilítera, según la nomenclatura empleada más arriba.

     Pero, a pesar de la extensión del modo hierático de trazar los signos, una característica del estilo que terminaron aplicando los textos que promoviera, que probablemente hicieron más por la selección de las formas supervivientes que otros cualesquiera, fue conservar con delicadeza todo el detalle y la forma natural de los símbolos empleados por referencia a sus fuentes materiales. Fue así posible que los fundamentos figurativos del sistema de escritura fijados por Uli jamás se perdieran y que se prolongara indefinidamente una tradición gráfica que legítimamente admite que se la llame pura.