Historiografía
Anales asirios
Buena parte de la información disponible sobre las iniciativas política y militar de los reyes asirios procede de sus renombrados anales, uno de los momentos de formación de la historiografía del más alto valor. La reconstrucción de los orígenes de tales textos alecciona hasta tal punto sobre los principios que alientan la creación de esta literatura que puede estar justificada su breve evocación, más aún si deseamos decidir sobre el valor de las informaciones de nuestro interés que proporcionan.
Se reconocen como sus antecedentes más remotos las primeras inscripciones reales asirias, todavía del siglo XIV anterior a la era, que no tenían otra misión que celebrar la actividad del soberano como constructor. Aquella justificación original de las inscripciones, si no prevaleció, al menos sobrevivió, hasta el punto que hasta el final del reino de Asiria casi todas las inscripciones siguieron conmemorando al menos una obra de promoción real. Así fue como la iniciativa edilicia quedó autorizada como la razón de ser del texto epigráfico.
A partir de Adadnirari I, quien reinó entre 1305 y 1274, las inscripciones también habían comenzado a mencionar otra parte relevante de las actividades del soberano, sus campañas militares, bien que asociándolas a aquella función principal de los textos. Desde entonces, tras presentarse, y antes de hacer referencia a sus trabajos, los reyes acostumbraron a relatar sus victorias en primera persona. Los que ya se conocen como anales de Tiglatpileser I, que mantuvo el gobierno asirio entre 1114 y 1076, son un excelente ejemplo, tanto del estado entonces alcanzado por la precedente manera de proceder como del primer vínculo entre las inscripciones y los posteriores textos narrativos. En lo fundamental se sigue tratando de documentos de fundación, idénticos a los que sus predecesores redactaban, y que como ellos hacía depositar en los monumentos que construía o restauraba. A la vez, son los primeros dignos de conocerse con el nombre de anales, porque, al suministrar los primeros textos en los que el monarca se extiende en la descripción de sus victorias, hacen el relato de las numerosas campañas en orden cronológico.
Dos siglos después, durante el reinado de Asurnasirpal II, entre 883 y 859, las inscripciones reales se habían ramificado en un buen número de modalidades. Una parte era escrita sobre las piedras con las que eran construidos los palacios, a cuya decoración en adelante contribuirían. Se adaptaron a cualquier clase de transformación del material. Unas serían grabadas directamente en los muros y otras figurarían en las estelas que decorasen la gran residencia. También toros monumentales o bajorrelieves sirvieron como soportes circunstanciales de los epígrafes. Incluso en las losas de sus pavimentos, algunas de ellas también esculpidas, se impuso la costumbre de grabar textos. Pero la mayor parte de los relatos del tiempo de Asurnasirpal II fueron escritos sobre arcilla, algunos en tablillas, la mayoría en cilindros y prismas, grupo este dentro del que están casi todos los que hay que llamar propiamente anales. Es muy probable que a partir de entonces valiera parte de su fortuna a la vigorosa tradición surgida de este género el tratamiento que recibieron los cilindros y los prismas de arcilla fina. Inscritos con cuidado extremo, fueron endurecidos mediante una cocción que les confería mayor resistencia al paso del tiempo.
La historiografía que sostenían solo se ocupaba de los acontecimientos recientes. Excepcionalmente, también a partir de entonces, el asunto de las inscripciones se renovó recurriendo a relatos recibidos. Las campañas del remoto Sargón, así como las de sus inmediatos sucesores, fueron relatadas en un gran número de inscripciones, buena parte de las cuales se han salvado. Desde entonces alimentaron parcialmente la analística. Algunos de estos temas se encuentran entre las más atractivas creaciones de los escribas reales de entonces, tan hermosos que algunos fueron reservados para que sirvieran de modelo a los futuros escribas.
Más adelante, en tiempos de Senaquerib, que reinó entre 704 y 681, los anales se pueden considerar ya tan definitivamente consolidados que se han convertido en el género literario más común. A su éxito va asociada, como principal característica, cuando se trata de un texto de esta modalidad, aunque siga estando destinado a depósitos de fundación –como es natural en la casi totalidad de los anales asirios–, que la referencia a la construcción queda relegada al final de los textos, lo que, sin ser una novedad, se convierte en una reiterada norma.
Senaquerib promovió grandes trabajos en Nínive, y excusado es decir que lo haría por razones distintas a las literarias, aunque por la abundancia de sus conmemoraciones el lector de sus anales puede incurrir en la infundada sospecha de que lo hacía aconsejado por el deseo de crear oportunidades para celebrar cada una de sus acciones. No puede caber duda de que era la construcción, y no la guerra, lo que motivaba la redacción de sus inscripciones. A la conmemoración de construcciones diferentes tuvo que asociar el relato de una misma campaña, porque no serían tantas las acciones bélicas como las construcciones públicas. Los textos escritos sobre piedra, que se siguieron haciendo, y que debían ser visibles, daban una versión abreviada de los mismos acontecimientos. La crítica no encuentra razón aparente que explique que el texto de las hazañas del rey presentado a sus contemporáneos hubiera de ser menos extenso. Los principios más elementales de la inscripción epigráfica –escritura sobre un soporte que ofrece enorme resistencia– son bastante para dar cuenta de lo que no tiene que parecer una anomalía.
La confluencia de los distintos tipos de expresión escrita con la incontinente actividad constructiva del monarca permitió que los anales de aquel reinado llegaran a ser numerosos, y que como consecuencia haya más de ciento cincuenta inscripciones, completas o fragmentarias, relativas a las guerras de Senaquerib. Dado que era necesario reiterar el relato de idénticas acciones, vino a ocurrir que cada campaña real fue objeto de muchas recensiones, cortas o largas, que contienen numerosas variantes, cuando no contradicciones que los propios textos no permiten resolver.
En tiempos posteriores, las diferencias que pudieron tener su origen en la distinta función de los mismos textos, corroborada por las técnicas al servicio de sus tipos, se consolida como divergencia de los contenidos. Está demostrado que para la época de Asurbanipal, quien reinó entre 668 y 631, se convirtió en algo regular que de los mismos hechos se redactaran textos diferentes, no ya para atender a las demandas que de ellos hubiera, sino para de antemano hacer frente a las eventuales necesidades que de ellos pudiera haber. Para algunos textos inscritos en bajorrelieves es posible hacer una reconstrucción satisfactoria de la relación que pudiera haber entre todas las formas del relato que se fueron consolidando, gracias a que se han rescatado también sus versiones escritas sobre tablillas. Al parecer, los mismos departamentos de la administración que se encargaban de redactar los anales preparaban numerosos relatos breves de distinta extensión, a los cuales se recurría según aconsejaran las circunstancias, con el fin de ilustrar el mismo bajorrelieve. Anales en sentido propio convivieron con una serie de relatos breves derivada que compusieron sencillas inscripciones enunciativas, dedicatorias y escuetos epígrafes. Para la crítica no hay duda de que los textos más cortos fueron redactados a partir de los anales, porque así permiten deducirlo las lecciones similares que efectivamente entroncan en el arquetipo que el texto sobre arcilla proporciona.
Esto redundó en la divergencia de los textos que ya en tiempos de Senaquerib había comenzado, un momento desde el que ya no hubo inconveniente en que los contenidos también variaran. Lo peculiar de la nueva fase es que lo distinto llega a ser tan natural que casi parece normativo. Un acontecimiento del reinado del mismo Asurbanipal lo ilustra con discreción y exactitud. Una de las familias de textos recibidos atribuye la decapitación del rey de Elam unas veces al dios Asur, otras al monarca y otras a un soldado. A tanto se atreven quienes se conceden la sorprendente licencia que dos versiones distintas pueden aparecer, no ya ilustrando el mismo bajorrelieve, sino en el mismo texto que lo apoya. La veracidad había quedado subordinada al relato. Según el género, la función del texto y lo que en cada circunstancia pareciera de mayor interés, se podía ofrecer tal o cual protagonista. ¿Sería que algún dogma teológico autorizaba al abuso? No hay respuesta a esta pregunta, pero hay que reconocer que también entre los asirios, desde el rey hasta el último de sus súbditos, pensaban que no eran más que los instrumentos que un dios activaba a su parecer.
Habiendo concluido en esta sorprendente desviación de la primera narrativa, faltan los medios para un mejor conocimiento de la naturaleza y la extensión de las fuentes de las que disponían los escribas para que fueran autorizados a proceder de este modo. Carecer de medios directos no ha impedido indagar sobre cómo funcionaban sus oficios y qué técnicas de redacción solían poner en práctica. Los datos que se han reunido, aunque no satisfagan por completo el deseo de precisar el origen de estos relatos, permiten evocar una escena que propone rasgos de provecho.
Aunque la arqueología no ha documentado ninguno de los medios de información, solo supuestos, que a continuación se mencionan, se acepta que la base del trabajo narrativo sería el testimonio directo. Algunos escribas acompañarían al ejército y llevarían diarios en los que anotarían tanto itinerarios seguidos por las tropas como resultado de las operaciones bélicas, así como el botín conseguido, los tributos impuestos y otras felices circunstancias que de la victoria suelen provenir. Además, las oficinas de los escribas dispondrían también de cartas y de listas, a las que podrían sumar, si necesitaban esclarecer circunstancias políticas, el testimonio directo de quienes pertenecían al palacio. Posibilidad de estar bien informados no les faltaban, y a buen seguro podrían completar sus conocimientos según iban elaborando las sucesivas redacciones.
Los testimonios directos que fueran recogidos servirían para componer un primer texto, del tipo crónica, del cual, ya con un sentido más literario, algunos pasajes serían tomados para redactar los textos primordiales, los anales. Más adelante, otras versiones podrían recurrir a las demás fuentes, y serían estas las que completarían los textos ya fijados, sin que fuera obstáculo para la derivación la posibilidad de que algún dato nuevo entrara en contradicción con lo que ya estuviera redactado. Esta manera de encadenarse la secuencia de fuentes y relatos sería origen de que no siempre la primera versión de unos hechos se pueda tener por la más acertada, al contrario de lo que a un inmediato juicio sobre la tradición gustaría; y, sobre todo, de que el lector posterior de la serie, en bastantes ocasiones, sea víctima de la perplejidad y la confusión que causan las contradicciones.
Apenas sabemos por qué razones un acontecimiento era en ocasiones elegido para el relato y en otras no, y casi no es posible distinguir las versiones que lo seleccionan con intención de las que prescinden de ella, aunque sobre esto se pueda conjeturar con más fundamento. Muchos factores pudieron activarse para decidir finalmente sobre el enunciado del texto. Puede haberlos puramente accidentales, como por ejemplo que el escriba no estuviera informado sobre una parte de los hechos en el momento de redactar o que fuera defectuosa su interpretación de las fuentes, las que ya de antemano podían ser contradictorias entre sí. También caben algunos que parecen menos inocentes, como que tomara determinada decisión literal fundado en criterios de forma, y que para originar ese efecto considerara más adecuado determinados pasajes recibidos, o que eligiera conscientemente un punto de vista crítico en relación con el hecho que estaba narrando.
Aun admitiendo como más probables las razones más espontáneas y menos cargadas de intención, todavía hay que reconocer que los textos divergen con tan excesiva autonomía que no es posible considerarla ajena a la voluntad. Parece prudente entonces pensar que cada versión es en realidad el reflejo de un acercamiento particular a un mismo tema y que todos eran admitidos como válidos. Resulta evidente que los redactores debieron disponer de libertad para fijar su texto, incluso en el caso de que estuvieran reducidos solo a la tarea de hacer copias.
No es conveniente precipitarse en los juicios e incurrir en excesos, llevados por un entusiasmo poco justificable. Todos los anales exaltaban con la mayor naturalidad la figura del rey. En todos era el representante invencible del dios Asur y cualquiera de sus acciones venía avalada por los autores con protestas de legitimidad. Tan esquemática y reiterativa manera de proceder estaba inspirada por el ingenuo deseo de mostrar a los sucesores del monarca un acabado ejemplo del comportamiento adecuado. Además, en la forma, abundaba en comparaciones, metáforas e hipérboles que los redactores repiten con el fin de evocar la gloria de un soberano que pertenece a una estirpe. No puede caber duda sobre que la representación que de él hacían seguía unas normas y que el relato del acontecimiento histórico se plegaba a ciertas convenciones literarias y de género.
Los anales asirios y las inscripciones con ellos relacionados se pueden admitir como obras literarias que manipulaban los acontecimientos con diverso grado de conciencia, en ocasiones tal vez con fines políticos, en otras deseando efectos de forma, pero desde luego con un evidente margen de libertad. La idea de una versión canónica del relato probablemente fue extraña al trabajo de los escribas asirios y, sobre todo, no parece que entre sus preocupaciones estuviese dejar constancia de verdad alguna.
Tucídides
Nació entre 460 y 455 y murió hacia el 400 antes de la era, aunque quienes hacen ostentación de ser más precisos dicen que la muerte le llegó poco después del 399. A otros les basta con retrasarla hasta el 395. Aristócrata ateniense por su cuna, la posición de su familia cuando su vida empezaba además era muy satisfactoria porque como mínimo participaba en la administración de unas minas de oro en Tracia, la tierra que más resolvería sobre su vida. Su educación estuvo guiada por sofistas, los denostados maestros que anteponían la brillantez al rigor de sus enseñanzas. De lo que aprendiera durante su infancia se ha conservado una forzada leyenda, que siendo aún niño lloró de emoción cuando tuvo la oportunidad de oír a Herodoto recitar pasajes de su obra, manera mítica de responsabilizar de sus actos a un prodigio.
Durante el año 431 empezaron las sangrientas hostilidades entre Atenas y Esparta, las principales ciudades griegas entonces, las que decidirían la suerte de las tierras helénicas para lo sucesivo. La guerra que así se iniciaba también marcaría el resto de la vida de Tucídides. En parte por consecuencia natural de su nacimiento, en otra por voluntad, parece que desde muy joven tuvo una decidida vocación política. Desencadenada la guerra, el año 424 por fin alcanzó el deseado nombramiento de estratego en Atenas, poder delegado por vía constitucional que había de ejercerse con medios y fines militares. Lamentablemente fracasó en el desempeño del encargo recibido. Aquel mismo año fue derrotado en la siniestra Tracia.
Aún habría de sufrir la humillación. El desastre que lo había hundido fue acrecentado por el inmisericorde escándalo. El demagogo Cleón lo acusó de traidor. No solo tuvo que dejar la política, sino que por efecto de aquella acusación fue condenado a un severo destierro. No podría volver a la ciudad que le había otorgado su confianza hasta que la guerra en la que tan estrepitosamente había fracasado no hubiera concluido. Veinte años tardaría en volver la paz a las tierras griegas, los mismos que Tucídides hubo de permanecer exiliado precisamente en Tracia.
A consecuencia de aquella derrota personal, con el triste ánimo que se le puede suponer, desolado y resentido, decidió hacerse historiador, como cuando a una causa natural sucede su efecto. El objeto de su relato sería aquella guerra que enfrentaba a Esparta con Atenas. En ella se había visto envuelto y de ella había sido actor, por ella había de sufrir el peso de una cruel ley durante los mejores años de su vida. Como aquel azar adverso lo había convertido en forzado espectador del derramamiento de sangre, aprovecharía su excelente punto de vista con el fin de rehabilitarse.
Inició su proyecto en la tierra de su ostracismo, y a él se dedicó durante algún tiempo, hasta que por fin pudo volver a Atenas. Es muy probable que a ella retornase el mismo 404 que conoció el final del conflicto, cumpliendo así escrupulosamente la pena que se le había impuesto. Pero una parte de los que han estudiado su vida piensan que antes recibió la reparación de la amnistía, y que esta debió agraciarlo en un momento que no son capaces de precisar, aunque con seguridad estiman comprendido entre 406 y 403.
Instalado otra vez en su ciudad, en el centro del conflicto recién concluido, el trabajo que se había convertido en el objeto preferente de su existencia colmó lo que le quedaba de vida. En poco tiempo adelantó su obra, tanto que tuvo ocasión de revisarla, aunque no pudo concluirla en los términos que se había impuesto. Por el resultado que ha sobrevivido, como en el caso de Herodoto, se puede decir que la condujo a plena satisfacción hasta el objetivo que se había propuesto al iniciarla, un propósito por entero a su alcance. Murió en opinión de algunos asesinado, dudoso testimonio que tal vez solo sea la forma a la que llegó la idea que algunos concibieron, que lo más adecuado era simbolizar en un suceso llamativo, al tiempo irreversible y resolutivo, su trágico destino.
El texto que dejó se conoce con el nombre de Historia de la guerra del Peloponeso, el mismo que la devota tradición ha conservado junto a su reverenciado nombre. Así lo ha aceptado porque Guerra del Peloponeso que se ha convenido en darle al conflicto que enfrentara a Esparta con Atenas entre 431 y 404, el objeto de sus preocupaciones. No se propone tratar otro asunto.
La organización del texto con relación al tiempo parece desordenada. Está fundada en razones. Empieza por pronosticar post evento las nefastas consecuencias que habría de tener aquella guerra, para de inmediato emprender una evocación de sus antecedentes que remonta al pasado más lejano del que tiene noticia, la evolución de Grecia desde la prehistoria hasta fines del siglo VI. A continuación estudia la crisis de los años del 435 al 432, lo que le obliga a volver atrás de nuevo para contar la formación de la potencia ateniense entre 479 y 435. Por fin, tras este excurso, comienza el relato de la guerra año por año hasta 411, momento en que el texto quedó interrumpido. Por sus antecedentes, se podría decir que donde acaban las Historias de Herodoto comienzan las de Tucídides.
Por cómo la narración está justificada algunos opinan que la Historia de la guerra del Peloponeso en realidad pertenece al subgénero que hoy se llama de memorias, más apreciado por su condición de testimonio directo o primario que por su valor historiográfico. Siendo acertada la observación, sin embargo no sería correcto reducir esta obra a una exposición de opiniones. Bajo cualquier consideración, su alcance ha sido mucho mayor. El rigor del relato de Tucídides, que ha terminado siendo su atributo mejor valorado pasado el tiempo, está engendrado por la selección de sus fuentes. Su elenco es más restringido que el de Herodoto, con el que sin embargo comparte el reconocimiento a determinados medios de documentación, pero del que lo separa en este asunto una actitud más exigente.
Su observación personal, así como su experiencia, fueron los medios principales por los que obtuvo su información, tal como se deduce de la lectura de su texto. Pero en su caso esta personal manera de presentar los hechos puede ser motivo suficiente para sospechar una interesada deformación de los acontecimientos. Al contrario, por observar las cosas desde la lejana posición de un desterrado, equidistante de los bandos que se enfrentaban en la guerra, Tucídides se consideraba a sí mismo en el idóneo puesto de observador del objeto que se propuso. La razón que le aconsejara justificar así su lamentable estado es más probable que fuera inspirada por el resentimiento cegador.
Hay que reconocer en su favor que su exposición está sujeta a la ecuanimidad y la serena actitud ante los hechos que relata, e incluso por su fría presentación en bastantes ocasiones, lo que da crédito al principio de crítica que propugna para depurar la información proporcionada por las personas. Cree que como fuente no vale cualquier opinión, ni siquiera la opinión propia, sino el hecho de que el narrador hubiera estado presente en determinadas situaciones, y que para otras haya podido conocer e interrogar a testigos con exactitud. Obtenida así su información primitiva, aún sería necesario contrastar las declaraciones obtenidas mediante testimonios diversos. Como Herodoto, investiga a partir de sus fuentes, pero su esfuerzo por resolver las contradicciones entre los testimonios es mayor. No expone hecho que no esté apoyado en al menos uno.
En el fondo de este proceder pudo estar su propio diario. Es probable que en cuanto estallara el conflicto ente Esparta y Atenas empezara a tomar notas de lo que estaba ocurriendo, ya con la idea de escribir sobre sus causas, y que incluso acometiera la redacción de algunos episodios. Así permite pensarlo la precisión del relato. La estimación personal de aquellas anotaciones pudo ser una razón más que suficiente para sostener que la información de testigos debe ser prioritaria para la reconstrucción escrita de hechos políticos y militares.
Puede ser cierto en muchos casos que el interés personal alcance el grado de regla o principio, bajo el cual quedar protegido. Pero fuera o no este el impulso que recibiera la generalización de Tucídides, se le debe reconocer que así funda la teoría del procedimiento de crítica de las fuentes, conquista suficiente para concederle que en este momento sería improcedente cualquier juicio sobre su sinceridad. Tampoco es posible llegar más allá. Lamentablemente la valoración del texto de Tucídides a partir de este parámetro no puede ser hecha con el rigor que con seguridad a su autor le hubiera complacido. La exactitud de sus testimonios se nos escapa por completo porque sobre la Guerra del Peloponeso no se ha conservado otra narración directa que no sea la suya.
Para presentar las demás fuentes a las que recurre no es necesario extenderse tanto, porque a su relato contribuyen en menor medida que la información que los testigos le proporcionan. Es como Herodoto partidario de la visita a los lugares de la acción, en su caso con preferencia los escenarios de batallas, para situarlos y describirlos, y también como aquel recurre al análisis de algunos monumentos. Consulta asimismo documentación de archivo, que ocasionalmente analiza y cita. Pero lo que en su caso marca la mayor distancia de Herodoto es que excluye cuanto pueda derivar de mitos o de creencias populares.
Es característica peculiar del texto de Tucídides que los personajes protagonistas declamen ocasionalmente extensos discursos, que detienen la narración. Los críticos han contado hasta cuarenta y cuatro piezas de esta clase insertas en su vulgata. No son copia literal de exposiciones o arengas, sino materia apócrifa, textos que el propio autor reconoce ficticios si se toman literalmente, algo sorprendente en un hombre que tan severo se muestra en el uso de las fuentes.
Para todo puede componerse una explicación, y quien no lo haga es que ha sido víctima de la pereza, nunca de la inmoralidad. También para estos textos a veces cita su procedencia, que suele ser documental, de donde es legítimo deducir que la base de los discursos de Tucídides la habrían proporcionado indirectamente sus autores. Los discursos nunca serían auténticos, pero sí veraces. Con excelente criterio, para no devaluar su prosa con el expeditivo lenguaje de la administración, una parte de los documentos escritos que estuvieron a su alcance no fueron literalmente recogidos en el texto, sino preferentemente vertidos a la forma del discurso. Por este procedimiento los documentos quedaron sometidos a las reglas de la oratoria, lo que equivale a ponerlos a la altura de la mejor prosodia. Por boca de los protagonistas el lector podía conocer ciertos hechos debidamente contados. El lector, el más beneficiado por este artificio, debe tolerar la invención del procedimiento, y relevar al autor del pecado de ingenuidad. Desde entonces la oratoria quedó autorizada como recurso del relato, hasta el punto que llegó a ser característica de la narración clásica canónica.
El análisis de las declamaciones intercaladas en el texto de Tucídides permite descubrir que todavía fueron útiles a otros fines. Sirvieron también para que el lector dedujera la personalidad de los protagonistas, y también para que el autor pudiera retratarlos. Es notorio que por el discurso el autor tiene la intención de presentar de la manera más viva actitudes que podrían explicar las decisiones tomadas por los responsables de la acción, destacarlas y así apurar la posibilidad de su comprensión. Pero a veces a esto añade, aunque de la forma más sobria, reflexiones mediante las que expone de modo directo sus criterios, sus opiniones y hasta su posición política sobre los hechos que presenta. Los discursos, que suponen que el lector conoce e interpreta que son un artificio literario, quedan así al servicio de la indagación de las causas.
Su concepción de la historia se desvía de la que inspira a Herodoto. Tucídides llama al pasado arqueología, una culta manera de conducir el problema hacia el irresoluto nominalismo. Lo que él entiende por historia es una materia que debe ocuparse de narrar acontecimientos vividos por el autor, quien debe buscar en los hechos de su tiempo lecciones útiles. Más allá del valor de su testimonio, le induce a escribir una convicción pedagógica. Para él, conocer el pasado es útil para tomar decisiones en el futuro. Estaba convencido de que el estudio del pasado proporcionaba las reglas para actuar en el presente. La ley de los sucesos humanos es garante de la igualdad o semejanza entre lo sucedido y lo que pueda ocurrir. Aun así, cree que la historia de la humanidad es un proceso que no se detiene, un camino abierto a una mayor perfección y hacia el bienestar; que los actos humanos deben estar inspirados por la fuerza y el espíritu de justicia.
Finalmente, deja al descubierto la fuente que inspira el más lúcido cinismo que pueda leerse en la historiografía antigua. Centró su atención en la Guerra del Peloponeso porque creía que era la mejor guerra hasta entonces ocurrida, juicio que solo puede proceder de quien está convencido de la virtud que oculta la pasión militar. Pensaba que el conocimiento de aquel conflicto podía ser más seguro que el de las guerras antiguas. A partir de ella se había podido dedicar a conocer las leyes que hacen que unos estados sean dominantes y a interpretar con frialdad la política. Así pudo excluir todo lo demás y admirar por su concentrado y acertado análisis de la guerra y la política.
Además de criticar las fuentes según un procedimiento, investiga mediante la razón. Una parte de la crítica cree que intuía que la historia era explicable dentro de los límites humanos. Si su historia no es exclusivamente humana, renuncia a las narraciones legendarias y no toma en consideración las fábulas. No cree que para convencer al lector de lo que por la narración se expone sea necesario recurrir a la intervención de los dioses. Sus interpretaciones se distancian de las creencias religiosas, y el resultado es su enorme proximidad al tema. Por eso se le considera el creador de la corriente racionalista en la historiografía y el definidor del primer método para escribir historia.
Declara además que en absoluto tiene el propósito de agradar. Realmente lo que desea, cuando habla de este modo, es alejar de sí la sospecha de logógrafo o narrador que pudiera seguir el curso fácil de aquel tipo de escritor. Su criterio es que la belleza de la prosa debe quedar subordinada al relato riguroso de la verdad, por lo que se esfuerza en disponer de documentación exacta. Sus objetivos son relatar con certeza y rigor los hechos que conoce y buscar su explicación. Era su manera de dejar constancia de su voluntad de ser imparcial de lo que le parecía cierto. A partir de la certeza buscaría las causas y sus encadenamientos.
Separa las causas en inmediatas o pretextos y auténticas, o entre próximas y remotas, y así las identifica en el relato. Propone investigarlas, tratando de las que afectan a la guerra, desde las más inmediatas hasta las más lejanas, lo que significa que no sin cierto atrevimiento lo convierte en partidario de un método regresivo.
Al servicio de esta estrategia causal está su permanente preocupación por la cronología, una constante que lo convertiría en el receptor de la analística para la historiografía. Su gran precisión en el manejo de las fechas puede reconocerse como otra consecuencia de su proximidad al tema. Pero que delimite con gran precisión el tiempo de su relato también se considera el efecto de una obra que apareció al tiempo que él se preparaba para intervenir en la guerra. En el año 425 fue dada a conocer una Cronología de las sacerdotisas de Argos, elaborada por Helánico de Mitilene, quien vivió entre aproximadamente 479 y 395, fecundo escritor de muy amplio registro del que sin embargo el tiempo no ha perdonado obra alguna. Helánico fijó aquella cronología con satisfactoria precisión por referencia a los juegos espartiatas, lo que le permitió después a Tucídides la ajustada medida del tiempo que su relato necesitaba. Aunque la investigación de los orígenes de la guerra hace que su relato rebase los límites de la crónica, desde Tucídides en adelante, durante toda la antigüedad y toda la edad media, los anales fueron el armazón en el que intercalaron sus noticias la mayor parte de los autores al escribir sus obras históricas.
También empleó Tucídides el método analógico, que le permite conocer por supuesta semejanza. Cerrada la posibilidad de saber sobre asuntos que son de interés porque las fuentes directas faltan, conocida una situación que se considera equiparable a la desconocida, le parece legítimo sospechar características de esta que de aquella pueden saberse. Su descripción de la Grecia arcaica está apoyada en la situación de las ciudades griegas menos evolucionadas tal como habían alcanzado el siglo V.
Riguroso orden cronológico y razonamiento son las piezas básicas del método de Tucídides. Como evita por completo las digresiones y no presenta las distintas versiones recibidas sobre un mismo hecho, a diferencia de Herodoto, porque considera que una vez depuradas mediante su procedimiento de examen las fuentes no necesitan esa demora, el relato se desarrolla de manera lineal, sin desviaciones hacia anécdotas, oráculos o cualquier otra expansión momentánea. Solo se concede graduar el interés del relato por la sucesión de hechos intercalando sugestivos cuadros, al estilo del drama.
El efecto es una indiscutible apariencia de imparcialidad, que sin dificultad puede ser identificada con la observación de los hechos narrados como si fueran objetos, sin el menor apasionamiento. Fue obsesivo con la precisión y el rigor, hasta un límite hasta su tiempo desconocido, actitud solo atribuible a una decisión propia, al margen de cualquier influencia anterior o contemporánea, una disciplina consecuencia de la confianza en poder explicar lo ocurrido dentro de los límites humanos.
Tucídides siempre ha despertado interés más allá del campo historiográfico. Sin proponérselo, sería el creador de la prosa ática, a juicio de los gramáticos. Su manera de escribir puede resultar a un tiempo brillante y artificiosa, enfática y a la vez útil para la presentación de grandes acontecimientos. Despliega dos maneras de escribir conscientemente separadas. Durante su lectura se pueden distinguir sin esfuerzo la que le parece correcta para la exposición de hechos y la que juzga más apropiada para los discursos.
En la narración directa, la frase, aunque dilatada, es sencilla. Se atiene con eficacia al análisis y a la reflexión, de lo que resulta una forma de expresarse austera y concisa que no se niega el adorno retórico, para el que exhibe un ligero sentido poético en la elección de las palabras inspirado por un criterio arcaizante. Pero por esta vía solo busca una mayor expresividad. Quienes declaman los discursos suelen emplear de forma muy característica sustantivos abstractos, hasta un grado de invención que hace muy distinto el texto de Tucídides si se compara con el de sus contemporáneos, quien concentra la exposición de sus pensamientos en ciertas palabras estratégicas. Es probable que todo sea consecuencia de su interés por enseñar con su texto qué decisiones deben ser tomadas cuando hay que resolver sobre los asuntos públicos.
Nicolás Maquiavelo
En Florencia nació en 1469 y en Florencia murió en 1527. Hijo de familia noble, aunque de corta fortuna, de su juventud y primera formación, que coinciden con los casi treinta años anteriores a la república democrática que gobernó su ciudad, es poco lo que se sabe. Cuanto de ellas se dice se colige de lo que se conoce de su padre, jurista y autor, quien ya vivió vinculado a la cancillería de la república y a los círculos humanistas de la ciudad. Se supone por tanto que recibiría una buena y extensa educación.
Cuando alcanzó la edad activa primero se dedicó a los negocios, para muchos de sus conciudadanos origen de su bienestar. Pero en 1498 entró al servicio de la administración de Florencia como secretario de la segunda cancillería, cargo desde el que ascendería a otras responsabilidades, que le permitirían una comprometida y brillante carrera política hasta 1512. Durante todo el tiempo que logró sostenerse la república democrática en Florencia, Maquiavelo actuó bajo la condición de secretario, probablemente auspiciado y al servicio directo de su máxima autoridad, Piero Soderini, el gonfaloniero vitalicio de aquella experiencia política.
Actuó Maquiavelo durante sus primeros años de servicio público ateniéndose a una modalidad de representación de los intereses de un estado que con precisión expresa la palabra secretario. Recibía de la autoridad florentina instrucciones sobre cómo debía actuar ante otro estado por vía reservada, la misma que él empleaba para exponer cómo con lealtad había cumplido lo que le ordenaban, sin que en ningún momento dispusiera de poder para actuar. La franqueza con la que entonces los estados preferían comportarse en sus relaciones impide llamar a aquella labor espionaje.
Por su posición social no pudo aspirar a los cargos de embajador o de gobernador. Pero por ser declarado partidario de la república y contrario a la oligarquía desempeñó durante aquel intenso periodo numerosas misiones diplomáticas ante el papa, el emperador y la mayor parte de las cortes europeas. Tuvo importantes responsabilidades y su trabajo fue de reconocida eficacia. Cuando no cumplía encargos diplomáticos, la secretaría de Maquiavelo satisfacía el designio de formar un ejército propio de Florencia, fuerza de la que carecía la ciudad, lo que en opinión de Maquiavelo la hacía fatalmente vulnerable.
Cuando en Florencia, tras la victoria de Prato, del año 1512, entraron las tropas españolas, promotoras de la restauración oligárquica, Maquiavelo cayó en desgracia. Los Médicis, de nuevo dueños de la situación, lo destituyeron del cargo que tenía en la cancillería y hasta consiguieron que fuera momentáneamente encarcelado. Pero pronto recupera la libertad, aunque bajo la condición del deber de exiliarse, dictado a consecuencia del cual se retira a una finca situada en el sereno campo que rodea su ciudad. Fueron aquéllos obligados años de inactividad pública, y fue entonces cuando dispuso de mayor sosiego para entregarse a la escritura. Toda la obra extensa de Maquiavelo es posterior a su cese administrativo, aunque en todo fruto de la experiencia adquirida durante su dedicación a la actividad cívica en los años de su plenitud; pero también del verdadero origen de su erudición: su excelente formación autodidacta.
Así describe Maquiavelo las condiciones que hicieron fecundo su ostracismo: “Llegada la noche, me vuelvo a casa y entro en mi escritorio; en el umbral me quito la ropa de cada día, llena de barro y de lodo, y me pongo paños reales y curiales. Vestido decentemente entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres, donde –recibido por ellos amistosamente– me nutro con aquel alimento que solum es mío y para el cual nací: no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles por la razón de sus acciones, y ellos con su humanidad me responden; durante cuatro horas no siento pesar alguno, me olvido de toda preocupación, no temo a la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente en ellos. Y como Dante dice que no hay ciencia si no se retiene lo que se ha aprendido, yo he tomado nota de aquello de lo que en mi conversación con ellos he hecho capital.”
Primero emprendió la redacción de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, glosa del comienzo del texto del autor latino con fines analíticos, pero desde la que deduce reflexiones políticas en favor del gobierno republicano y democrático. A continuación redactó la obra que más fama le ha dado, El príncipe, un tratado de teoría política sobre la práctica del gobierno.
Para entonces sus relaciones con los Médicis ya debían haber mejorado notablemente, si es que alguna vez estuvieron seriamente deterioradas, y volvió a ser llamado para que participara en la vida pública, aunque tal vez desde posiciones más discretas. Por encargo de Julio de Médicis, a partir de 1520 emprende la redacción de unas Historias florentinas, a veces conocidas como Historia de Florencia, que no tuvo concluidas hasta 1525. Es su segundo texto historiográfico, quizás no tan estimable como el primero. Su objetivo declarado es interpretar los acontecimientos ocurridos en la ciudad, tomando como referencia la oposición permanente entre los grupos que en ella se enfrentaban y no narrando solo las guerras que Florencia sostuviera con enemigos externos. Pensaba que de esta manera era posible explicar el fracaso de la república que tan de cerca había vivido. Así resultó un relato histórico igualmente inspirado por su pensamiento político, solo que más directo.
Cuando su personal promotor, Julio de Médicis, consiguió ser el papa Clemente VII, lo llamó a Roma para que trabajara a su servicio, y efectivamente allí se estableció en 1524. Pero restaurada la república en Florencia en 1527 todavía aspiró a recuperar su antigua posición en la cancillería. Pero, porque unos temían que los despojara de sus bienes y otros porque recelaban que les arrebatase la libertad, por último vio defraudadas sus postreras ambiciones políticas. Decepcionado por este fracaso, ya en plena vejez y en medio de la anarquía, murió aquel mismo año.
Disponía Maquiavelo de un ingenio rápido, y disfrutó de una gran curiosidad, que no lo abandonó durante toda su vida. Con estos dos fundamentos, el práctico y el intelectual, fue elaborando su pensamiento político, primera materia de la que todos sus escritos se alimentaron. En el campo historiográfico, donde fue particularmente considerado –sus contemporáneos lo tenían por historiador–, la obra de Maquiavelo tiene una importancia excepcional para el progreso de la reflexión sobre la teoría de la historia. Es probablemente el más abierto defensor de la historia como medio para adquirir el arte del buen gobierno. “En el ordenar las repúblicas –dice–, mantener los estados, arreglar la milicia y administrar la guerra, en juzgar a los súbditos y aumentar el imperio no se encuentra príncipe ni república que recurra al ejemplo de los antiguos.” Cree sin embargo que esto no solo es recomendable sino incluso eficaz, porque en su opinión la naturaleza humana es siempre la misma. En cualquier estado a partir de la atenta observación del pasado sería posible prever lo que puede ocurrir, así como aplicar a los acontecimientos previsibles las soluciones cuya eficacia ya fue comprobada por los antiguos; y si no fueran encontradas, discurrir otras originales por similitud de las circunstancias. En la actuación humana la acción del azar queda limitada por la previsión. Por eso el objetivo al que aspiraba con su trabajo historiográfico era la elaboración de un cuerpo doctrinal a partir del examen de los hechos pasados, semejante a cuanto los juristas podían conseguir gracias a los comentarios de las leyes.
En sus obras de historia Maquiavelo se interesó por las cuestiones sociales, el origen del estado, el papel de la religión y la ley y las consecuencias de la actividad económica de los hombres, si bien para el estudio de cualquiera de estas cuestiones se rigió por el principio clásico de la apropiada selección de los datos que debían ser tratados. De esta manera los argumentos del relato conocieron una notable expansión, así como los objetos de la investigación histórica. Inspirado al tiempo por el objetivo que al estudio de la historia imponía, no solía aplicar el criterio de la división temporal de la materia sino que prefería la sistemática o lógica de los hechos, lo que junto con el abuso de los discursos hermosos y de los detalles novelescos han sido señalados como los mayores defectos del texto de Maquiavelo. Pero lo cierto es que de esta manera de concebirlo deriva su característica división interna de la obra en libros.
Amiano Marcelino
Oriental de nacimiento, gracias a que su patria era griega pudo utilizar el latín como un objeto, con la misma destreza que el orfebre repuja las hojas de los metales, como él diestro en el manejo de los medios adquiridos durante su aprendizaje. La independencia entre las palabras de su identidad y las que utilizaba para el relato le permitió manipular la expresión con la destreza de un entallador experto.
En la parte conservada de su obra, la materia primera para el texto, como ya hicieran los creadores del género, la toma de su experiencia militar. Campañas, guerras o intrigas en torno al príncipe son, como para sus predecesores, sus mejores asuntos. Hasta la peste que paraliza los combates, feliz tópico de Tucídides, luego replicado por Lucrecio, fue una de sus apelaciones al lector.
Pero la unidad de su relato no es el resultado de una introspección que le haya permitido crear un discurso exculpatorio. Es un atributo externo garantizado por la sucesión de los hechos, la forma más asequible y segura de ganar la complacencia de cualquier lector del género; quien, partícipe por herencia de las mismas reglas de composición, concede el curso del tiempo como un impulso natural de los hechos historiográficos para el que no es necesaria justificación. Quien actúa así delega en la secuencia biológica, inexorable, la causa de la cadena de los comportamientos, sin que se crea obligado a presentar prueba alguna a favor de estas razones.
Juliano, el césar de occidente, luego emperador, protagoniza el relato que se ha conservado. A decir del texto, adornaba sus acciones con elegantes palabras. Así Amiano, que mueve todas sus secuencias de noticias sobre combinaciones de ingenios textuales encadenadas, tal como si fueran unas ruedas, que al desplazar los vehículos no parece que acusen el rozamiento.
El recurso de procedimiento común al relato consiste en superponer planos, como el pintor que crea un paisaje. Sobre el fondo va disponiendo personajes secundarios, mientras reserva los lugares centrales a los protagonistas. Las oraciones principales son las que ejecutan las posiciones precedentes, y toda la clase de las subordinadas, injertadas con limpieza en aquellas, va creando los sucesivos planos y la profundidad. La nobleza de la narración la garantizan las longitudes de los periodos.
Cuál sea el procedimiento de la historiografía lo explica de la siguiente forma. Una vez narrados en orden y con todo el esmero posible los hechos sucedidos hasta una época inmediata a la actual, no es conveniente adentrarse en asuntos demasiado cercanos, porque así se evitan los peligros que crea decir la verdad, recurso obligado de esta clase de relatos. Porque al escribir historia hay que ser totalmente sincero, lo que es compatible con los discursos atribuidos y la reiterada recreación de combates, cuyas múltiples variantes pretende compensar la monotonía del que el autor ha elegido como asunto principal, las acciones bélicas lideradas por los emperadores. En discursos y documentos se puede servir del testimonio apócrifo para ganar en veracidad, tal como el canon antiguo tenía aceptado, y en los excursos geográficos puede insertar breves relatos exóticos, no siempre depurados de elementos fabulosos, al estilo de Herodoto.
Alejándose del presente, se elude soportar después las duras críticas de los que examinen los detalles de una obra. Unos, tal vez la descalifiquen por haberles perjudicado, en caso de que hubiera mencionado lo que dijo el protagonista en una cena. Otros, por no explicar la causa por la que unos soldados fueron castigados ante las insignias, o por no ser conveniente que se omitiera, en la extensa descripción de una zona, alguna explicación acerca de unas fortificaciones insignificantes; aquellos, porque no se han expresado los nombres de todos los que se habían reunido para presentar sus respetos ante el pretor de la ciudad. Y así otras muchas supuestas faltas, de las que juzgarían que no se atenían a unas supuestas leyes de la historiografía.
Al contrario, el género debe aplicarse a narrar hechos esenciales, y no a escudriñar minucias y acciones insignificantes. Si alguien quisiera conocer eso, es como si pretendiera contar los pequeños corpúsculos que flotan en el vacío, que entre los griegos reciben el nombre de átomos. Suplica a sus futuros lectores, si es que los tuviera alguna vez, que no le exijan narrar con exactitud lo sucedido, o especificar el número de los muertos, una tarea totalmente imposible. Bastante sería con no ocultar la verdad con mentira alguna y narrar los hechos más importantes.
La historia solo existe como texto
Sobre qué sea la historia los clásicos no están de acuerdo, hasta el punto que algunas maneras de concebir esta materia parecen incompatibles con otras. Reduciendo todas las posiciones a sus rasgos generales, se podría decir que todas parecen inspirarse en al menos una de dos premisas. Para unos la historia es una materia artificial que quienes la escriben van creando justo por el hecho de poner por escrito determinados sucesos. Por razones que ahora no es necesario considerar, ciertas personas deciden dedicarse a crear estos objetos. Para ellas la historia por su origen no sería distinta a una escultura o una máquina. Otros creen que la historia existe más allá de la voluntad de quienes la escriben, como si fuese un arcano que poco a poco se va revelando a los hombres que dedican su esfuerzo a su descubrimiento, quienes con la investigación le van arrancando sus secretos. También hay quienes creen que esa materia es un cuerpo de conocimientos que trasciende el esfuerzo y la capacidad de cada hombre que con él se las ve, y quienes parten de que es un orden de los hechos humanos ya previsto hacia el que los comportamientos invariablemente deben dirigirse
Cualquiera de ellos olvida que al exponer sus principios solo enuncia como pensamiento sus propósitos, lo que es tan legítimo como humano. El pensamiento es aquella faceta del comportamiento que pretende justificar cuanto los hombres son y hacen recurriendo a los medios que proporcionan las lenguas; propiedad que porque deriva de la existencia de estas, que son en cualquier caso invención humana, puede tenerse por expansión previsible de la vida de esta clase de seres. Puede discutirse sobre la dirección regular de la corriente que desemboca en pensamiento, aunque resulta casi una evidencia que son las palabras la fuente que alimenta las ideas. Pero de lo que no cabe dudar es de que el pensamiento se vierte en la conciencia, el medio natural que le permite existir, en forma de palabras.
Como la forma de expresar el pensamiento por escrito es el texto, y como la historia alcanza el idóneo estado de materia cuando se pone por escrito, se puede afirmar que cualquiera que sea la idea que se tenga sobre lo que es historia necesita ser vertida a la forma de texto. Se podría expresar esta idea con mayor rotundidad y de forma lapidaria: la historia solo puede existir como texto, en modo alguno podría ser algo distinto a un texto.
De aquí se debe deducir que la creación de historia es algo al alcance de cualquiera. La única condición previa que exige es que se conozca un sistema de escritura que permita expresar el pensamiento.
Petrarca
Desterrado su padre de Florencia en 1302, por discrepancias personales con destacados miembros del partido güelfo negro, fue a establecerse en la cercana Arezzo, donde en el transcurso de 1304 nació Francesco. Pero al poco la familia decidió trasladarse a Pisa, en 1312 a Avignon, ya sede pontificia, y luego a Carpentras, donde el hijo empezó sus estudios. A partir de 1316 emprendió los de leyes, que cursa sucesivamente en Montpellier y en Bolonia. Pero desde aquí hubo de volver a Avignon, reclamado por la muerte de su padre; circunstancia por la que interrumpió unos estudios que jamás reemprendería. Poco después también moriría su madre. Hasta entonces había vestido los hábitos sacerdotales, aunque no había recibido las órdenes. A partir de aquel momento, interrumpió su vínculo personal con la iglesia, y así Petrarca quedó emancipado por el destino.
En 1326 empieza para él una agitada vida, rica en contrastes, pero en lo esencial dedicada a la poesía y la investigación filológica. En 1327, aún en Avignon, conoció a Laura de Noves, que se convertiría en la literaria mujer de su vida. Giacomo Colonna, que había sido su compañero de estudios, ya obispo, consiguió ponerlo al servicio de su hermano Giovanni, ya cardenal. Por encargo de su señor viajó por Inglaterra, Francia, Alemania y Flandes. Habitualmente cambia de residencia cumpliendo misiones diplomáticas para los Colonna. Principales para su manera de pensar fueron las estancias en Londres, París, Gante, Lieja y Aquisgrán. Paró finalmente en Roma, donde residió bastante tiempo, aunque todavía vivió en Milán durante algunos años y después en Venecia. Por último se estableció en Arqua, lugar próximo a Padua, en medio de los montes Euganeos, donde pasó el resto de vida que le quedaba. En la casa que allí se había hecho construir murió en 1374.
Petrarca es reconocido como el primer gran maestro del humanismo y el más significado precursor del renacimiento. Su obra principal es poética, aunque también compuso textos filosóficos. Pero es además autor de algunos textos historiográficos, entre los que destaca otro volumen De los varones ilustres, biografías de héroes de la historia romana y de personajes del Antiguo Testamento, redactadas sobre retratos individualizados limpios de leyenda. El método que aplica a su redacción se convertirá en el modelo de esta variante historiográfica durante todo el renacimiento, época durante la que será muy cultivada.
El gran proyecto de su vida fue el poema épico África, concebido como texto latino en hexámetros que debía narrar la segunda guerra púnica reelaborando la narración de Tito Livio. Alcanzó a escribir nueve de los doce libros que se había propuesto, pero la obra quedó inacabada. También son muy estimadas las dos grandes colecciones de cartas que dejó, cuyo contenido va desde los previsibles asuntos personales a la traducción latina de la última novela del Decamerón, pasando por las biografías, forma sobre la que una y otra vez vuelve, ahora para prestar atención a hombres ilustres de la antigüedad. Lo mejor de la producción latina de Petrarca es su enorme amplitud de registros, que son al mismo tiempo poéticos e historiográficos, autobiográficos, didácticos y satíricos.
Pero no hay que buscar en nada de esto lo que de Petrarca tiene mayor alcance para la historiografía. Durante su estancia en Lieja hizo el descubrimiento de su vida, el texto del Pro Archia de Cicerón, hasta entonces perdido. Esto le obligó a un serio esfuerzo filológico, a partir del cual pudo aventurarse hacia otros textos antiguos y generalizar ideas sobre la necesidad de la crítica. Originalmente su interés por el procedimiento estuvo dirigido a la obtención de un texto fiable, pero terminó defendiendo la necesidad de la crítica de las fuentes cuando se trataba de relatos de sucesos pasados, para que quien los estudie pueda disponer de hechos veraces. Así fue como se declaró partidario del conocimiento directo y riguroso de la antigüedad clásica, mediante la depuración y el análisis comparativo de los testimonios más autorizados, frente a la visión fabulosa que la edad media había aceptado y convertido en norma.
La segunda intempestiva de Nietzsche
En 1874 Nietzsche publicó la segunda entrega de su plan de trabajo, concebido con propósitos intemporales. Su título principal era De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida.
Cree que la historiografía adquiere tres formas, todas ellas al servicio de la vida, ese poder oscuro e impulsor que con insaciable afán se desea a sí mismo: monumental, anticuaria y crítica. La primera, que también podría llamarse memorable, corresponde al interés del hombre activo y poderoso, capaz para intervenir en los acontecimientos y modificarlos, algo reservado a muy pocos. Se interesa por la historia porque de ella puede aprender cómo actuar, cómo corregir errores y evitar que hechos indeseables se reiteren.
La historiografía anticuaria es la que ocupa a quien se interesa por conservar su mundo, con el que se identifica. Rescata y preserva piadosamente cualquier pieza de los tiempos precedentes, por insignificante que sea, para asegurar que llegue a las generaciones siguientes. Con la pasión de un devoto, colecciona y guarda las reliquias que le dan sentido a su vida.
Se decide por la historiografía crítica quien sufre la herencia recibida por su tiempo y necesita liberarse del sufrimiento. Investiga minuciosamente el pasado para enjuiciarlo, e inevitablemente condenarlo, porque en las cosas humanas siempre han privado la violencia y la debilidad humanas.
La pretensión científica para la historia convierte a quienes se interesan por ella en meros observadores de la vida, cuyo objetivo se limita a acumular conocimiento. El resultado es una saturación de informes que es peligrosa para la vida. El exceso puede debilitar la personalidad, que se arriesga a disolverse en el piélago de los acontecimientos conocidos, de sentidos diferentes, entre los cuales finalmente no atrae más que lo extraordinario, que no deja percibir lo sublime. Así triunfa la objetividad, que puede inspirar el espejismo de la equidad, lo que a quien actúa bajo su inspiración le hace creerse capacitado para juzgar los hechos, cuando en realidad valora los vaivenes del pasado a partir de las opiniones más elementales de su tiempo.
A quienes incurren en el exceso, saturarse de conocimientos históricos también puede crearles dificultades para la maduración. En ellos fomenta personalidades que se dejan llevar al trabajo acumulativo y a sumarse cuanto antes a la fábrica de las utilidades, cuyo producto satisface los fines prácticos de su tiempo.
La convicción de que por la vía de la ciencia se puede llegar a conocer el objeto de la vida puede abolir el horizonte del futuro, que ya no ocultaría nada que valiera la pena conocer, lo que puede hacer creer que se ocupa la posición del epígono. Una consecuencia desconcertante puede ser una especie de conciencia irónica del conocimiento histórico que es posible alcanzar. Quizás sea menos útil de lo previsto, e incluso un error promover su difusión entre los jóvenes como parte de su formación, mucho más alentarlo masivamente. Desembocar en el cinismo, y concluir que todo siempre ha ocurrido tal como ahora y que es inútil oponerse a su curso inexorable, es posible desde esta posición.
Para operar contra estos excesos propone dos antídotos: lo ahistórico y lo suprahistórico. Lo ahistórico capacitaría para poseer el arte y la fuerza que permitan olvidar lo que no es parte de la vida y encerrarse en un horizonte limitado. Suprahistóricos son los poderes que desvían la mirada del devenir y la dirigen hacia aquello que confiere a la existencia el carácter de lo eterno e inalterable. Recapacitar sobre las genuinas necesidades de la vida y desechar las aparentes permite practicar el estudio de la historia de los modos monumental, anticuario o crítico.
Francesco Guicciardini
Francesco Guicciardini es un analista inexorable, al estilo clásico, el mismo que heredó y consagró Tito Livio.
Su punto de vista es siempre el de su patria, la ciudad de Florencia, con la que se identifica mediante la primera persona del plural. Mantener invariable el punto de vista ayuda mucho a la comprensión de su relato, repleto de acontecimientos y personajes, alianzas que constantemente se agotan y renuevan, y enfrentamientos entre los poderes itálicos.
Sin necesidad de convertirlo en objeto explícito de su narración, a cada paso revela el origen clientelar del poder florentino, y así convierte este asunto en el protagonista de su historia, probablemente lo que la hace más valiosa para el lector contemporáneo por lo que a los contenidos se refiere. Su valor imperecedero tal vez será revelar con lucidez, sin ambigüedad, cómo se origina y se sostiene el poder en cualquier momento, aunque pase el tiempo inexorable. Como atributos de quienes alcanzan la cima del sistema clientelar reconoce la riqueza de las familias, fundamento de su preeminencia. Luego, la formación y las letras, que asimismo puede ser una vía para la promoción personal. Por último, también acceden a la élite los que adquieren responsabilidades magistrales gracias a su valía. En su forma de indagar y concluir sobre las raíces del gobierno hay que incluir la experiencia democrática, en Florencia desencadenada y sostenida por el iluminado Savonarola, premonitor visionario.
Cuando es necesario, para que las explicaciones tengan sentido detiene el relato cronológico y recopila antecedentes. Procede de este modo para describir conexiones y filiaciones, además de conmemoraciones de personajes y familias. Al contrario, cuando necesita mencionar algún hecho posterior, porque la secuencia del relato le obligue a mentarlo, la anticipación se limita a adelantar que lo tratará después. Su presentación completa se aplaza, advirtiéndolo, para evitar la interrupción de la prevalente exposición cronológica lineal. También para transitar recurre a breves anticipaciones. Y cuando los hechos son simultáneos, los ordena por separado y los expone sucesivamente. Un excurso, que se inserta en el orden cronológico a propósito del hecho con el que se relaciona, sirve para informar sobre una institución del estado. Y aunque no lo declare, admite la recurrencia de los hechos. Si no estuviera convencido de que actúa, no habría redactado, y revisado sucesivamente, sus Recomendaciones y advertencias, que pretenden dotar a su lector de reglas útiles para la vida. (Aunque cuando recomienda y advierte se interesa sobre todo por él.)
Al principio, parece el receptor de historias una y cien veces contadas en el círculo de los allegados a las instituciones de gobierno y las familias potentadas, bien recopiladas por él, bien procedentes de narradores que le precedieran, en cuyo caso su trabajo habría consistido en ordenarlas y verterlas en su estilo. Pero, avanzado el relato, cita fuentes, quizás porque su idea sobre estas se identifica con el testimonio directo. Tal vez porque así ganaba en aproximación a los hechos, escribió en distintos momentos.
Su propia experiencia sería su fuente dominante, razón por la que puede protestar la certeza sobre lo que narra alegando que al suceder los acontecimientos no estaba en la ciudad. Entre sus experiencias también pudo estar ser parte de un auditorio que oyera historias alejadas en el tiempo. Pero reiteradamente alude a su memoria como medio de información, aunque a veces sea para confesar que duda de la información de la que dispone. Así, el testimonio sobre la duración de un encuentro, no demasiado creíble, que remite a lo que contaron quienes participaron en él. O para declarar que no recuerda una causa o un lugar, o hasta para admitir abiertamente ignorancia, como por ejemplo cuando debe mencionar cifras de combatientes. O para confesar que renuncia a contar porque desconoce los detalles o sus razones, y que cuando ignora prefiere callar. Pero sobre ciertas disputas políticas admite manejar fuentes propias que no revela, y a propósito de la vida de Lorenzo el Magnífico dice que los datos que maneja no proceden de su experiencia personal, porque cuando el personaje murió él era un niño. Sus informantes, para este caso, fueron personas y fuentes auténticas, fidedignas.
Buena parte de su interés se concentra en averiguar las causas de los hechos que narra. Al principio, la causalidad la aísla de manera directa, y la descubre inmediata y por tanto única. Pero para explicar determinados hechos duda entre dos posibilidades en al menos un par de ocasiones: “[…] no se hizo nada, ya sea porque Dios lo haya querido para algún buen fin, ya sea porque la fortuna haya decidido burlarse otra vez de nuestros afanes […]”. Efectivamente se refugia en la intervención divina cuando no encuentra otra explicación causal: “[…] aquel Dios que muchas veces nos ha ayudado en nuestras angustias no quiso que Florencia muriera […]”. O “Pero la justicia divina quiso […]”. Aunque también opta por el azar: “[…] quiso la suerte […]”, “[…] cuando de repente la fortuna […]”. Admite la interferencia de prodigios, como presagios de muerte, al estilo antiguo, en el caso extraordinario, aunque parece más un medio para subrayar que un procedimiento para encontrar explicaciones.
Pero se permite la conjetura cuando no está seguro de conocer la causa, y también especula con diversas causas, dos, tres e incluso más, lo que convierte al análisis y la reflexión en fuentes alternativas y punto de partida para que sus amplificaciones brillen, con tanta conciencia de su efecto que evoluciona a proclive a exponer haces de causas, y especular con distintas posibilidades para encontrar explicaciones termina convirtiéndose en un recurso frecuente. Para juzgar sobre el origen de hechos de dudosa explicación, examina circunstancias: para quiénes pudieron ser un perjuicio y a quiénes beneficiar, más allá de cuáles fueran las razones admitidas, antes de optar por una.Y a veces, con cierto aire de recurso de estilo, declara no saber por qué.
Se decide por la ecuanimidad cuando llega el momento de enjuiciar los hechos más polémicos, y raramente toma una experiencia por modelo y generaliza. Pero cuando lo hace, moraliza, para lo que aplica lo que cree un valor universal: proteger la riqueza es beneficioso para la ciudad. A veces argumenta, en favor del relato, que se trata de hechos que no se deben olvidar, y otras, toma hechos por ejemplo para quienes deben dirigir, con el fin de advertirles que deben ser previsores si desean eludir por completo los peligros que acechan esta responsabilidad. Cuando narra la amenaza de crisis, llega el caso en el que opta por la admonición, aunque concediéndose un margen entre la ironía y el cinismo. “Quise mencionar este episodio para que los que se encuentran gobernando una ciudad tengan siempre presente que si no están en condiciones de poder coaccionar al pueblo, deben actuar con suavidad y paciencia; si se llega a la aspereza, el pueblo empieza a enojarse y resistirse, de modo que ya toda cooperación resulta imposible.” (XIX, [6]). Y no le parece razonable quitar la vida a un militar porque haya prestado sus servicios a quien le pagaba.
Casi no enfatiza ni se destempla. Expone sin que le altere el asunto y apenas adorna el texto. Ya muy avanzado el relato, en el capítulo XXIII, recurre al símil del piloto del barco para referirse a quien tiene la responsabilidad del gobierno. Poco después, en el XXV, insiste en él, y todavía, ya casi terminando el texto, en el XXVIII, retorna otra vez a lo mismo. En los últimos capítulos se adorna algo más, aunque con sencillez: “[…] ponían oídos de mercader […]”, “[…] tenía en sus manos una carta segura […]”, “[…] fue lo mismo que hablar a sordos […]”.
Tan solo se traiciona parcialmente cuando retrata a Lorenzo el Magnífico; parcialmente, porque en realidad se atiene al canon del encomio del héroe o varón ilustre. Dejándose llevar por un tópico similar, el retrato del antihéroe lo personifica el papa Alejandro VI. Y duplica el encomio del héroe con la semblanza de Savonarola, el otro protagonista de su relato, cuya semblanza alcanza un tono muy intenso cuando relata su muerte, cumbre de su estilo lineal. Las efemérides de los protagonistas, en particular las defunciones, las aprovecha para insertar sus biografías, también en esos casos a modo de encomio fúnebre.
Pero, tal como ocurre con todos los clásicos, lo que seduce al lector de la posteridad es casi tan eufónico como conceptual. Los criterios para la correcta elección de los sustantivos, y la elocuencia cuando adjetiva y amplifica las explicaciones, están tan cuidadosamente elaborados que el lector los acepta como una propiedad natural de su discurso, aunque demuestra que es un recurso consciente que explícitamente valore que la elocuencia no sea artificiosa y abstrusa, sino natural y comprensible. El resultado es un relato diáfano que no desfallece, directo y claro cuando plantea cualquier asunto. Lo vertebra con una red de verbos que ejecutan la acción continua, y nunca recurre a grandes complejos sintácticos. Para sus periodos, decide unas duraciones y se impone una melodía. Las longitudes de cada unidad se atienen a medidas previstas y, en una versión al castellano respetuosa con el original, el lector aprecia que resuelve sus cortas cláusulas con ritmo trocaico, aunque las cargue internamente con contrapuntos moderados.
La invención de la historiografía
La historiografía quedó fijada como género literario en la Grecia clásica. Las propiedades que entonces le fueron adjudicadas decidieron los límites dentro de los que estuvo durante toda la antigüedad. Uno de ellos impondría las exigencias de forma y el otro decidiría sobre su finalidad. Ni uno ni otro eran consecuencias que debieran derivarse del hecho de que fuera recibida como género, aunque en los dos casos hubo de ser inevitable que los hábitos antes adquiridos para organizar y justificar el relato del pasado transfirieran al menos una parte de la autoridad que espontáneamente la tradición confiere. Fueron decisiones propias de hombres que vivieron en aquella cultura, que aunque heredera y respetuosa con las de Egipto y Próximo Oriente que le habían precedido prefirió crear en el tiempo de su mayor independencia bajo los principios de razón y orden.
A partir de entonces el relato histórico estuvo regido por la condición de la calidad literaria. Tanto las narraciones escritas en griego como las que luego fueron redactadas en latín se atuvieron a esta norma. Si bien es cierto que ninguno de los dos precedentes del género de los que podemos tener certeza fue ajeno al interés literario, sería no reconocer los hechos ignorar que mientras en los anales el interés literario es circunstancial, en las narraciones inspiradas por mitos aquel interés es permanente y estimula todo el trabajo. De aquí habría que deducir que la historiografía clásica, en su origen, estuvo preferentemente influida –hablando solo de las tradiciones que en ella pudieron converger– por la mitografía. Eso significaría que pudo ser más poderosa como fuente la evocación de ideas ejemplares que la veracidad o la fidelidad a los hechos de referencia que el relato expone. Aunque entre los antiguos la aspiración fundamental a la verdad nunca fue discutida, sin embargo todo quedó subordinado a la eficacia artística. Nunca se emprendería el análisis adecuado de las obras de historia escritas durante la última antigüedad si no se las tomara como obras literarias. La idea la resumió un contemporáneo, Quintiliano, en una máxima muy expresiva: la historia es casi poesía y en cierta manera canto libre.
Pero otra característica definió formalmente este tipo de creaciones en la antigüedad, y facilitó la recepción de la analística. En todos los casos, la obra antigua de historia debía tener un fino sentido político, aunque no exactamente público. Debía ayudar a que en la ciudad hubiera un adecuado clima de convivencia, así como a que quienes en ella habiten se sientan identificados entre sí como parte necesaria de la vida en comunidad a la que inevitablemente pertenecen por nacimiento. También en este caso las ideas fueron depuradas hasta transformarla en un aforismo: la historia debe ser encomio para los amigos y denuesto para los enemigos. Aunque expresadas en estos términos las ideas deban ser declaradas originales de la fijación de la historiografía, es inevitable reconocer en su fondo la responsabilidad que los anales tuvieron en la definición y sostén de las instituciones políticas egipcias. La diferencia entre una y otra iniciativa está en que la versión más tardía o desarrollada es declaradamente política.
Ibn Jaldún
Abd al-Rahman Ibn Khaldun, de ascendencia sevillana, nació tunecino en 1332 y vivió como máximo hasta 1406, si bien hay quien pretende que su muerte ocurrió en 1382. Fue uno de los notables viajeros medievales. Su facilidad para el desplazamiento está en parte justificada por la relativa unidad que entonces caracterizaba al mundo islámico.
Es el autor de dos obras notables, una Historia de los árabes, los persas y los beréberes y una singularísima Introducción a la historia universal, igualmente conocida con el título de Prolegómenos a la historia y de manera abreviada con la voz árabe Mukaddima. La primera, con ser un trabajo de gran valor narrativo, porque su relato lineal es muy rico en información, es sobre todo apreciada por su permanente atención crítica a las fuentes que consulta, lo que ya es suficiente para convertirlo en un escritor singular. Su preocupación por esta parte principal del relato histórico, así como su reflexión sobre los métodos que deben ser utilizados, son permanentes porque son comunes a todos sus textos conocidos. Llegó a crear un método propio para distinguir lo verdadero de lo falso, si bien relacionable con el pensamiento aristotélico. Empieza por enumerar todas las clases de error y de mentira y sus posibles causas, entre las que identifica, además del particular espíritu de cuerpo o asabiyya, la ignorancia, la presunción o la credulidad. Pero, en segundo lugar, muy juicioso, ajusta el principio de verdad que debe inspirar el relato histórico al criterio de verosimilitud. Su conocimiento de las fuentes es amplio y penetrante, su capacidad para criticar la información que maneja, notable.
Pero su obra más estimada es la Introducción a la historia universal porque sin exageración marca una época. En el prefacio de esta obra elabora algo excepcional para su tiempo, una teoría general de los estados árabes basada en sus respectivas historias, aunque tan de inspiración cíclica como la de Polibio. Puede resumirse así. Los pueblos de las estepas y los desiertos conquistan las tierras cultivables de los pueblos sedentarios para fundar extensos imperios, que son destruidos por otras invasiones de pueblos nómadas. Proceden de las mismas tierras de donde partieron los primeros conquistadores, y actúan pasadas unas generaciones, cuando los nuevos reinos ya han perdido su vitalidad.
A partir de aquí generaliza con atractiva facilidad. La causa geográfica es de notable responsabilidad en los cambios sociales y su análisis debe concentrarse en distinguir entre pueblos nómadas y sedentarios. Conseguida la prevalencia de unos sobre otros del modo que queda explicado, la grandeza de los estados que resulten dependerá de la reiterada asabiyya de la tribu donde esté la dinastía, mientras que la persistencia en la vida nómada, que origina parasitismo, saqueo y anarquía, da como fruto la decadencia.
Pero aún se arriesga a abstraer hasta una teoría de la historia. “ Has de saber –dice– que el verdadero objeto de la historia es instruir acerca del estado social del hombre, de la civilización, de las costumbres, de las manifestaciones del espíritu de cuerpo, de las diferencias de poder y de fuerza entre los hombres […], del trabajo, de las riquezas, de las ciencias y de las artes […] ”. Por esto se ha dicho que para Ibn Jaldún la materia histórica era la cultura del mundo, y que el suyo era la más ambiciosa o extensa demarcación del objeto que esta clase de narración debe proponerse hasta que Voltaire lo hiciera en términos similares. Cualesquiera que fuesen sus coincidencias, parece que su dictado teórico pretende concentrar la atención en el análisis de los factores que hacen posible los cambios en las sociedades, sin mostrar preferencia por una clase de ellos, para explicar cómo ocurren las grandes transformaciones a lo largo del tiempo; que concibe la historia como una recopilación de datos sobre la organización social.
Sin embargo, su dictado teórico no suele afectar a su relato, que no suele estar guiado por la búsqueda de una explicación para los hechos que expone. Con su valiosa manera de teorizar sobre la realidad habría contribuido sobre todo a interpretar la literatura histórica, y en su manera de proceder, más que en la explicación de sus ideas, algunos han advertido una clara distinción entre el relato histórico o descripción de los hechos y el cuerpo de conocimientos que sobre esta base podía ser elaborado, cuyo objeto principal sería el estudio de cómo ocurren los cambios.
Ibn Jaldún debe ser considerado el historiador más eminente del mundo árabe medieval, aunque es un caso aislado, sin relación con sus predecesores en árabe ni con una posterior influencia digna de consideración. Aunque su obra sea con acierto considerada el precedente de la que después escribiera Jean Bodin, no está demostrado que este llegara a tener conocimiento de lo que dejara escrito nuestro autor. Él mismo, impotente pero con plena lucidez, analiza la decadencia de la historiografía árabe con la que convivió. Su método permaneció ignorado y por tanto sus repercusiones historiográficas fueron prácticamente nulas. Su obra pues no influyó sobre la cultura occidental. Lamentablemente sus trabajos solo pueden ser estimados como una anticipación de los motivos que mucho después serían objeto de reflexión teórica. Fue descubierto para la cultura occidental a mediados del siglo XIX y hoy se le considera un precursor admirable de la introducción al método de la historia.
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