El trabajo

 

El calendario de los trabajos

Redacción

Las actividades que el sistema para el cultivo de los cereales tenía previstas eran sembrar, barbechar, escardar y recolectar. Para cualquiera de ellas, a mediados del siglo décimo octavo se actuaba con una conciencia cuya versión escrita es posible rescatar en parte. Como a todas las describían ateniéndose al calendario, las llamaban faenas de por tiempos o faenas del año. La duración de cada una era variable, aunque las ordenanzas de los municipios, vigentes en sus términos, por cualquiera de los medios señoriales podían obligar a que cada trabajo agrícola se realizara por cantidades de tiempo limitadas.

     En algunos lugares los trabajos del año agrícola empezaban dando con el arado dos labores abiertas y superficiales, que con sentido proverbial también llamaban rejas; en otros, más, tres o cuatro, para desmenuzar la tierra antes de sembrarla. A veces las confundían con lo que abiertamente llamaban cohecho, un nombre demasiado comprometido que cedía ante una justa expresión sinónima, alzar los barbechos, modo de hablar que recordaba que en el origen de la aptitud de las tierras para recibir la semilla estaba la roturación de las segadas al final de la campaña precedente. Cualquiera de los cohechos, quedara o no al descubierto, consistía en pasar sobre el espacio barbechado, llegado el otoño, la última reja, justo antes de proceder a la siembra.

     Se hacía dentro de unos límites cronológicos a los que sin embargo se ajustaban con flexibilidad los trabajos imprescindibles. El trimestre comprendido entre octubre y diciembre era el adecuado para que prevalecieran, además del trigo, la cebada, el centeno y las habas. En cuanto a su comienzo, invocando la experiencia, unos pensaban que sembrar cuanto antes, una vez llegado el otoño, proporcionaría una cosecha mayor; otros, más rigurosos, prescribían que el mes de noviembre era el más a propósito, tanto para completar la siembra como para hacer las labores que necesitara, mientras que también había quienes creían que a primeros de diciembre aún se estaba a tiempo de consumar la siembra.

     Además, todavía circulaba con naturalidad la idea de que era preferible sembrar en luna nueva, bajo la certeza de que así la simiente germinaría antes. Para cumplir con este precepto, el tiempo de la ejecución tenía que ser el comprendido entre la luna nueva de septiembre y la de noviembre, un ajuste tan exigente que a él solo podrían restringirse quienes sembraran una cantidad de tierra modesta.

     Más allá de viejas creencias, asociadas a cualquiera de los calendarios, solar o lunar, que se remontaban a más de dos milenios, el mejor tiempo para las faenas de la siembra, según dictaban los guardianes de la ortodoxia del sistema, era cuando el suelo estaba seco o, mejor aún, ligeramente húmedo. El idóneo quedaba al alcance en cuanto cayera la primera agua del otoño, momento a partir del cual ya no sería posible retrasarla; de lo contrario, el arado no se deslizaría bien y el gasto en fuerza se multiplicaría innecesariamente.

     En las grandes explotaciones, que dominaban el sector e impondrían el pensamiento  que se codificaba como sistema, no se sembraba todo lo que se preparaba o se preveía. En una, de más de mil unidades de superficie, para el año que empezaría en el otoño de 1750, finalmente se sembraría toda la tierra que el tiempo permitiera. A la vez, había cortijos en los que se había previsto, para la mitad que se sembraba cada año, que cuando llegara la sementera, por lo vicioso de las tierras, sería necesario hacer dos siembras porque su calidad las hacía especialmente aptas para dar fruto. Entre uno y otro límite, cuando las lluvias postergaban las decisiones, las posibilidades tampoco eran tantas.

     La campaña de siembra, en las grandes explotaciones, podía prolongarse durante un par de meses, una estimación de su duración más real que la que se hiciera a partir de cualquier especulación sobre lo que cada día se pudiera trabajar; aunque, una vez concluida, en la tierra sembrada en todos los casos sería necesario abrir surcos para desalojar el exceso de agua que pudiera sobrevenir durante la estación posterior al depósito de la simiente y anterior a la germinación.

     Al barbecho, que consistía en arar el espacio vacío que cada labrador hubiera seleccionado con el deseo de ponerlo en cultivo durante la campaña siguiente, los labradores solían referirse en plural porque el número de rejas, tanto las necesarias como las posibles, podía ser variable. El número de rejas sobre las tierras barbechadas siempre era discreto y oscilaba de una explotación a otra a causa de los medios de los que cada cual dispusiera. Cada una se iba distinguiendo, a partir de la primera, con una denominación que simplemente indicaba orden. La operación completa, por tanto, al menos comprendería dos labores, alzar y binar, nombres que tradicionalmente recibían los primeros pases de reja sobre la elegida parte de las tierras de cada explotación. Más probable era que el barbecho, tal como algunos lo describen, comprendiera tres de aquellas operaciones, en cuyo caso las denominarían alzar, binar y terciar. A veces, la última, al margen de cuantas le hubieran precedido, porque no siempre tendría que ser la tercera, o incluso la posterior, se asociaba a la siembra del grano, lo que en la práctica la convertiría en cohecho.

     Los barbechos podían tomarse todo el tiempo de los seis primeros meses del año, aunque su duración dependía del que se empleaba en la sementera. Pero cualquiera que fuese su duración, cada jornada destinada a arar, a quienes tenían que completarla, les parecía larga porque las labores había que darlas en sazón. Esta manera de identificar la oportunidad incluía un cálculo sobre el peso de las tierras. Una vez que se había terminado la siembra, si las aguas y el frío lo permitían, se alzaban los rastrojos, primera vuelta con las rejas a los restos de la cosecha precedente. Lluvia y frío eran necesarios para que la tierra expuesta a la intemperie se pudriera y el sol, en los meses siguientes, la cociera y penetrara. Las otras dos, tres o más vueltas del barbecho se daban durante el tiempo restante de los primeros seis meses del año, siempre que la tierra no estuviera demasiado húmeda y por tanto con una carga añadida innecesaria.

     Especulaban sus involucrados con los límites naturales que marcaban el tiempo idóneo del barbecho. Aunque durante enero en algunos lugares se araban bien las tierras designadas para dar el producto siguiente, en las zonas más templadas era posible removerlas entre febrero y marzo. Desde luego, no todos se decidirían por el mismo calendario, pero con seguridad había poblaciones que preferían que una de las fases del barbecho al menos fuera completada ya durante el último mes del primer trimestre del año.

     Además de la insistente arada, durante el primer semestre, al tiempo que  pasaban una y otra vez las rejas por la tierra yerma, que solo con el tiempo, cuando fuera favorable, sería fecundada, se sembraban las semillas tremesinas, entre las que podía estar el trigo de ciclo corto, si las circunstancias lo impusieran, los yeros, los alcaceles o cebada que era segada mientras aún estuviera verde, la cebada que se dejaba crecer hasta que estuviera madura y los garbanzos.

     La escarda era una faena imprescindible, tanto más cuanto más coincidían ciertas condiciones atmosféricas. En lugares o tiempos húmedos y fríos, espontáneamente nacían plantas, tales como cardos y otras especies silvestres, juzgadas tan nocivas que sobre todas caía el anatema de malas hierbas. Aquella amenaza debía eliminarse absolutamente. En torno al cereal naciente toda la vegetación que pudiera competir con él, si se deseaba que prosperase, porque podía mermarlo y hasta asfixiar su crecimiento, debía desaparecer.

     Regularmente la escarda se hacía al menos durante el mes de marzo. Por tanto, en condiciones normales, también podía acometerse a la vez que alguna de las fases del barbecho. Pero sobre su duración no se podía prever nada fijo. Unas veces había más y otras menos, y en unos años había mucha escarda, y en otros, poca. Donde concurrían las condiciones más adversas de humedad y frío, había años en los que las escardas necesarias podían ser hasta cuatro, un retorno que las convertía en las faenas más costosas y decisivas de todo el año.

     El estercolado, que no era universal, también podía compatibilizarse con las faenas que se hicieran entre el invierno y principios de la primavera. Consistía en cortar el estiércol que en la explotación se había acumulado, para después esparcirlo sobre la parcela que se hubiera decidido abonar, siempre una fracción de toda la que se fuera a cultivar, aquella en la que se juzgara que sería más útil invertir un recurso limitado no tanto por la cantidad de excremento de la que se pudiera disponer como por la extensión de las explotaciones. Del resto del abonado se encargaba el ganado estante en la explotación cuando aprovechaba los pastos espontáneos que crecieran en los lugares que luego serían elegidos para el barbecho y la siembra.

     La recolección era una faena que en algunos lugares llamaban agostos, mientras que para otros era la cogida. Su entidad era la recompensa al esfuerzo acumulado durante los dos años que consumían todos los trabajos que, según estos cánones, necesitaba cada  espacio cultivado. Cuanto más eficaces hubieran sido barbecho y siembra, tanto más se podían complicar los agostos, porque tanto mayor sería el volumen del producto.

     Se descomponía en cuatro tareas sucesivas, de las cuales la primera era la siega, que se ejecutaba durante el mes de junio. Consistía en cortar por la caña el cereal ya maduro. Para su ejecución, confiada a los mejores manipuladores de la hoz, se imponía la rapidez, urgidas las explotaciones por los vertiginosos cambios del clima que se sucedían entre fines de la primavera y comienzos del verano. Por eso era necesario disponer al mismo tiempo de importantes masas de trabajo, las mayores del año.

     Según iba progresando la siega, debían hacerse las gavillas o racimos atados de las plantas de cereal ya segadas, con las que se formaban las unidades para el transporte del producto desde la besana, o parcela donde se hubiera cortado, hasta la era, un área de trabajo que tendría que formarse en un trozo de tierra accesible a la explotación y que  antes se habría limpiado y comprimido bien, incluso empedrado en algunos casos.

     Nada se puede afirmar de modo categórico sobre su localización, si cerca de los caseríos de las unidades de producción o de las poblaciones, aunque por razones de seguridad en la custodia del producto parezca lo regular lo segundo. No obstante, en 1750 había quien confesaba que en el cortijo que llevaba, cuando llegara el momento de segar, le sería necesario poner era. Porque también era costumbre hacer las eras, llegado el verano, en el ejido, un espacio comunal inmediato a las poblaciones; una manera de actuar que no excluía la posibilidad de que se actuara de manera similar en el ejido del cortijo, zona próxima a su caserío, residencia tanto de hombres como de animales, acotada como un corral.

     Cualquiera que fuese su localización, allí comenzaban las actividades paralelas a la siega conocidas entonces como trabajos de la era. De ellos el inmediato debía ser trillar. Consistía en extender sobre la superficie preparada el cereal maduro, el producto del trabajo de los segadores, para a continuación fracturar la espiga con el objetivo de que se desprendiera el grano. La separación la aseguraban las pisadas de los animales que en la era trabajaran, el trillo y, en las explotaciones más modestas, el mayal; porque, si el trillo era un instrumento elemental a propósito, aún más lo era el mayal. Junto a la era, por último, el producto de la trilla se aventaba, para separar el grano de los restos de paja que todavía se mezclaran con él.

     Los trabajos de la era ocupaban una buena cantidad de tiempo. En condiciones regulares, se prolongaban durante tres meses poco más o menos. En las grandes explotaciones, que aspiraban a determinar el comportamiento de los precios en el mercado de los cereales, se esforzaban por disponer del producto pronto, lo que no impedía que debieran prolongarlos, después de concluida la siega, durante los largos días del verano. La pequeña empresa no tenía inconveniente en acometer los trabajos posteriores a la siega en invierno, en los intervalos de trabajo impuestos por el calendario, siempre que dispusiera de almacenes para su mies.

     Los días que no se ocupaban en trabajos directos sobre el cultivo, bien porque fueran intercalares o porque el tiempo lo impidiera, se podían emplear en actividades paralelas; más aún en las casas agropecuarias, empresas complejas que, aunque daban preferencia al cultivo del trigo, acumulaban el de otras especies y el cuidado de los ganados de labor y de cría. Así, arreglar los arados, reparar la vivienda, restaurar y limpiar los establos, levantar cercas, hacer setos de zarzas, cañas o cambrones, valladares, zanjas, desviar arroyos, limpiar el cereal y las semillas, acarrear el grano al molino, acopiar leña, limpiar tinajas, trasegar vino, etcétera. Nada de esto era perentorio y todo podía ser útil.

 

Los responsables de los trabajos

Redacción

Aunque la sucesión de los trabajos agrícolas limitaba la especialización y, en consecuencia, su productividad, el trabajo humano que necesitaba acumular el producto de los cereales, a consecuencia tanto del orden decidido como de su calendario daba origen a cierta división.

     Quien personificaba la labor, y hasta le daba su nombre, se reservaba la parte estratégica del trabajo, que era la capacidad para decidir. Se le llamaba comúnmente labrador, si bien asimismo era frecuente que se le conociera como amo y como señor. Al optar por un orden para los cultivos, además de iniciar con su decisión el ciclo de los trabajos, inducía y dirigía todos los demás. Quizás su responsabilidad directa no fuera mucha. Según un observador contemporáneo, era habitual que los labradores solo fueran al cortijo para andar detrás de los aperos por diversión.

     Tal vez por eso era necesario que hubiera quien tomara como ocupación permanente el gobierno económico de los trabajos y los supervisara. Su responsable fue conocido como administrador, con quien se relacionaba el encargado de dirigir la explotación sobre el terreno, primero de los empleados de una casa en su parte estrictamente rural que al mismo tiempo podía ser el responsable de contratar la mano de obra necesaria. Con esta función las fuentes citan el mayordomo de campo, el aperador y los capataces. Una de ellas, con una intención que no puede ocultar, afirma, refiriéndose a estos empleados, que la labor estaba delegada en hombres mercenarios. Lo cierto es que el aperador, la figura más común de las tres mencionadas, asistía continuamente a los trabajos en el campo.

     Las responsabilidades estables del cortijo no eran muchas. La función básica era la guarda de la casería, núcleo de la anémica población rural que originaba esta agricultura, para la que podía ser necesaria ayuda, más aún porque podía hacerse extensiva a toda la explotación de manera indiferenciada. De esta clase se citan el casero o ayudador, el mozo de casero y el guarda del cortijo y su zagal, todos los cuales, tal como estaba organizado el trabajo de los ciclos, eran residentes episódicos,  transeúntes en el grado más bajo. Sirva como ejemplo de la escasa necesidad de personal residente en aquellas poblaciones singulares que el 31 de marzo de 1750 un casero era la única persona que había en un cortijo. Tal estado de aquellas mínimas poblaciones no era extraordinario. Como este, se podrían citar otros casos.

     Aparte quienes cargaban con la custodia de las labores, los inmigrantes que residían durante más tiempo en los cortijos eran sus ganaderos. Mucho trabajo continuo requería cualquier clase de ganado que se mantuviera en ellos. El más importante era la atención al vacuno de labor, algo común a la mayoría. Durante todo el año necesitaba, por un lado, la conservación, guarda y guía de los bueyes, y por otro apacentarlos, lo que requería a su vez ayuda. A todo esto había que sumar la dirección de todos los que participaban en el cuidado de ganado tan estratégico. Pero como el equino también podía hacer estos trabajos, en este apartado asimismo entraba el cuidado de las yeguas, y si además el cortijo tenía dehesa para mantener todo el ganado de labor, también necesitaba quien la vigilara.

     Los ganaderos que se citan como responsables de todas estas actividades son el conocedor o mayoral, el boyero, que alguna vez puede cumplir con el trabajo mixto de boyero y vaquero, el vaquero y su zagal, el guarda del ganado de labor y su zagal, el pensador o mozo que le daba los piensos y el yegüerizo, que en parte al menos también se justificaría por la necesidad de mantener la sección hembra del equino de fuerza. El trabajo de los zagales, tal vez porque fuera el más barato, podía llegar a ser muy especializado cuando se trataba de emplearlo en el cuidado del ganado de labor. De este tipo de adolescentes se citan los destinados a la guarda de los ejemplares cerriles: becerros, caballos y mulos sin domar. Finalmente, otra función relacionada con el ganado de trabajo era el manejo de las bestias de carga ocupadas en cualquier clase de tráfico que necesitara la gran explotación. Los bueyes, además de la labranza, se utilizaban como medio de transporte, al menos dentro de ella, lo que hacía necesario guiarlos uncidos al carro. El arriero, que se ocuparía de la conducción del ganado mular, también se limitaría a las necesidades de transporte interior. Aunque a veces se contrataba a un borriquero, de edad indeterminada, los zagales igualmente eran preferidos para la atención al ganado asnal. Los empleaban en su cuidado y en la conducción de las provisiones de víveres y lo demás que hiciera falta al cortijo.

     Pero, si además del ganado de labor en la gran explotación se mantenía otro ganado, era necesario guardar, guiar y apacentar cualquiera que fuese. Los documentos de 1750 citan a este propósito, en un extremo del trabajo ganadero especializado, el cuidado de las yeguas destinadas a la cría caballar selecta; en el otro, el de los puercos, a cuyo frente estaban el porquero o el ganadero de ganado de cerda. Igualmente podían necesitar atenciones las cabras, cuyo responsable era el cabrero, aunque un zagal, que tenía entre catorce y quince años, era suficiente para conducir una piara de cabras. Pero, sobre todo, las ovejas, que necesitaban un buen número de pastores que trabajaban bajo la autoridad del rabadán. El guarda del ganado en general y el guarda de la dehesa se limitarían a la vigilancia de toda la cabaña y del área de pastos reservada de la explotación.

     Las tareas de temporada no originaban muchos trabajos especializados. En los casos para los que disponemos de información directa, parece que el sembrador era único por explotación. Como empleados para la siembra, además se mencionan los gañanes,  trabajadores que manejaban el arado. Sin embargo, sería durante los barbechos cuando  serían empleados en masa, aunque no deja de ser sorprendente que las faenas específicas de aquella prolongada fase de la actividad en los cortijos en las fuentes no sean identificadas con trabajador alguno. Algo similar ocurre cuando mencionan los empleados en la escarda. A lo sumo, en alguna ocasión, a los escardadores se los identifica comogente que trae arrancando.

     Solo en los agostos se emplean tres especialistas distintos: los segadores, que manejan la hoz, los gavilleros y la gente de era, que bien usa el mayal bien recurre a que el ganado pise la mies, como es habitual en las grandes explotaciones. Es una costumbre documentada que entonces además se recurra, porque es necesario disponer de grandes cantidades de trabajo, a los llamados manijeros, ocupación exclusivamente ligada a esa circunstancia. Durante los trabajos de los agostos encarnarían el grado más alto de especialización y el más transitorio de los estados. Su actividad consistía en organizar cuadrillas de trabajadores, con el propósito de contabilizar su tiempo de trabajo y evaluar, con la toda la exactitud que les fuera posible, el gasto que originaban, que ellos mismos liquidaban a tan esforzados acreedores. Los aguadores, que también contribuían con su trabajo a los agostos, solían ser niños.

     El resto de funciones que pudieran ser precisas carecía de especialización. Para referirse a ellas las fuentes, una vez más personificando, emplean las voces de jornalero, bracero y peón del campo. Los reducidos a esta condición serían los responsables de suministrar las masas de trabajo que se necesitaran para las tareas temporales indiferenciadas.

     En las explotaciones de menor tamaño la división del trabajo apenas tuvo oportunidades. Algunas necesitaban servirse de ayuda durante todo el año, y otras, tratándose de los trabajos temporales, contratan por separado los de siega y los de era. Solo tenemos constancia de una en la que fuera necesario mantener personificadas, y durante todo el año, las funciones relacionadas con la atención al ganado de labor. Se trataba de guardar los bueyes y demás ganado de fuerza propio de quien la promovía. Para mantener otra, en este caso dispersa, que también se aproximaba a la economía de los campesinos, se enuncian como necesarias las funciones de cuidado de la casa en la que está centrada la explotación, la ayuda a esta función y sobre todo el trabajo de labranza, que no se discrimina del temporal.

     En el caso de las del tamaño inferior es aún más común la afirmación en el sentido contrario a la división de las tareas. Un maestro herrador, que tenía preparadas para sembrar seis fanegas de tierra, mantenía su explotación sin dividir o compartir trabajo alguno, y un maestro cirujano, con plaza de sangrador en el hospital de la Sangre –afortunadamente– cuando en 1748 sembró una pequeña parcela con trigo y cebada lo hizo también sin dividir o compartir tarea alguna.

     Pero no es mucho más lo que a este respecto se puede decir. Aunque sí se puede afirmar con seguridad, porque en ello insisten las fuentes, que los responsables de las explotaciones menores en ningún caso se hacían ayudar por sus mujeres e hijos.

 

La cantidad de trabajo

Redacción

La energía aportada a la tierra, que se realizaba como trabajo, conseguía refractar, en beneficio de quienes decidían obtener cereales, la conexión secreta que unía la capacidad productiva del suelo y los agentes atmosféricos. Con mucha diferencia, su cultivo era el que demandaba mayores masas de energía. La proporcionaban los hombres y los animales que habían sido seleccionados con este fin, en cantidades tales que necesitaban contratarlas por lotes.

     Para la agronomía arbitrista, el recurso al trabajo humano proporcionado por personas ajenas a las grandes explotaciones tenía como consecuencia que las faenas no se hicieran bien, que se ejecutaran de manera tumultuaria, forzada y con atropello. Pero debía reconocer que los operarios mercenarios son muy necesarios, que sin ellos a los labradores al menos les sería imposible hacer sus sementeras y recoger sus frutos.

     Por suerte, la cantidad de trabajo que necesitaba una explotación tanto se podía invertir en unidades de energía humana como en unidades animales. En algunos lugares, para calcular los costos energéticos del trabajo agrícola, estaba aceptada la siguiente equivalencia entre ambas. Un día de trabajo de un par de animales, fuera con arado o con carro, conducidos por su dueño, equivalían a cuatro jornadas de trabajo de un hombre. Probablemente no sea un cálculo demasiado acertado, ni mucho menos aplicable a cualquier lugar. Pero da una idea de la distancia que había entre una y otra capacidad energética, así como del alcance que tenía la energía animal; también de las posibilidades del intercambio entre las dos clases de energía que la prudencia pudiera aconsejar. La ampliación de la cabaña de labor tendría que ser al mismo tiempo disminución de trabajo humano y viceversa. Es verdad que algunas técnicas podían imponer límites a la aplicación de las respectivas energías, así como que había faenas en las que la energía animal podía ser desplazada por el trabajo humano, si era necesario. Para las parcelas de pequeñas dimensiones, donde el trabajo con el arado podía ser sustituido por el azadón, era una posibilidad que podía reducir notablemente los costos aunque incrementara el trabajo humano. Y no era del todo paradójico que para las grandes explotaciones, las que consumían las grandes masas de energía, disponer en lugares próximos de aquellas modestas unidades de producción, si tuvieran ganado de trabajo, no era una competencia; antes, un útil complemento para llegar por la vía más económica a la energía animal que en aquellas sustituyera a la humana.

     Las cantidades de trabajo humano que demandaban las grandes explotaciones se fragmentaban en unidades de tiempo que los acuerdos entre partes regulaban. No se sabe que se hicieran por horas, y sí por días, semanas y temporadas.

     La jornada laboral estaba naturalmente limitada por el día solar. Aunque su duración a su vez variaba con las estaciones, algo más que una evidencia si se tiene en cuenta la sucesión de los trabajos a lo largo del año, parece que se había consolidado como una cantidad de tiempo. Cuando se trataba de dedicarse a arar, según decían en la época, las jornadas eran largas. Pero las destinadas a las otras actividades no tendrían una duración muy distinta, y no hay indicios de su modificación real a lo largo de toda la época moderna. Una misma duración de la jornada de trabajo en la empresa agrícola, que tenía previsto que las horas de ida y vuelta al trabajo fueran computadas como parte de ella, regiría en todo el continente desde la edad media. Empezaba a la salida del sol y terminaba a las doce de la mañana, cuando el sol alcanza el cénit, el momento de mayor irradiación. En la región, están documentados esta medida de la jornada y el cómputo a favor de la suma del tiempo empleado en los desplazamientos. El trabajo de la siega positivamente se regía por esta duración. Que los segadores o jornaleros vayan de ante noche o de tal madrugada a los segadores que estén allí, para que en señalando que se viene el alba, comiencen a segar, y que sieguen hasta que sea visto ser mediodía, dicen unas ordenanzas de la primera mitad del siglo décimo sexto. Tal vez parezca inapropiada esta medida del día laborable, tanto más cuanto que se ha naturalizado la idea de que la expresión de sol a sol, cuando va referida a su duración, debe interpretarse referida a los crepúsculos y no al tramo que va del alba al cénit. No parece que tuviera aquel sentido durante la época moderna. En cualquier caso, si la unidad mínima de compraventa del trabajo era el día, que la jornada durase más o menos solo tendría consecuencias para la cantidad de energía empleada, pero no para referir la unidad de renta percibida a cambio del trabajo cotidiano.

     El número de días de trabajo por semana en la empresa agrícola podía oscilar entre cuatro y seis, y cualquiera que fuese el tamaño de la semana laboral, cuando llegaba la recolección se trabajaba al menos un día más. Así se acusaría en primer lugar la innovación que inducían las estaciones al ciclo de los trabajos. Hay quienes además creen que para una completa evaluación de los días de trabajo, cuando se trataba del trabajo agrícola, habría que incluir no solo los días destinados a faenas en el campo sino también los reservados a todas las actividades domésticas que invertía la unidad familiar con él relacionado, como la trilla de invierno o el hilado, tan característico del trabajo femenino rural.

     Pero cualquiera que fuese el cómputo, el volumen del trabajo requerido oscilaba a lo largo del año, irregularidad que es posible precisar para 1750 a partir de algunos  casos. Una labor, que aquel año tenía de ciento cincuenta y seis a ciento sesenta y ocho fanegas de barbechos, más los rastrojos que resultaran de la campaña en curso, en el momento en que su responsable describió su explotación mantenía durante todo el año como sirvientes ocho hombres. Pero añadió que si hubiera más o menos faena variaría el número de sus sirvientes. Otra, que aquel 1750 estaba organizada en un cortijo que había puesto a producir quinientas fanegas, mantenía en total cuarenta y dos sirvientes, aunque necesitaría más cuando llegara el momento de segar, poner era y otras faenas que su amo no especificó.

     Un labrador que tenía un cortijo, en el que además criaba ganado, decía que la oscilación del número de sus empleados dependía de que las faenas del cortijo aumentaran o disminuyeran. Decidían la oportunidad de las estaciones y las condiciones de las montaneras, cuando conducían y vigilaban la estancia del ganado de cerda en las dehesas para cebarlo con bellotas, y otros pastoríos, como sacar los ganados todos los días a pastar, lo que en aquel momento necesitaban.

     Una cuarta explotación estaba organizada sobre dos cortijos, con cuyos espacios en total su promotor aquel año había creado una labor de setecientas fanegas de puño, de las cuales cuatrocientas estaban sembradas de trigo y trescientas de cebada. Para uno de ellos, cuya labor a lo largo del año necesitaba la sementera, la escarda, los barbechos y la siega, mantenía hasta setenta y cinco personas entre ganaderos, temporiles y escardadores. Entre los estables, con seguridad, estaban el aperador, el guarda, el yegüero y el rabadán; de temporiles, en el momento en que declara, por lo menos tenía veintisiete. El resto del personal, cuarenta y ocho personas, eran los trabajadores episódicos de aquel momento, sobre cuya permanencia en el trabajo su responsable nada podía asegurar.

     Quien tenía un par de cortijos, tres haciendas y once manadas de ganado lanar necesitaba personal para poner en marcha los treinta arados reveceros con los que sostenía toda su labor, más los ganaderos que correspondían a las once manadas de ovino. Destinados como ganaderos, casero, guardas y otros sirvientes de su labor tenía cincuenta y cinco hombres. Pero advirtió que los trabajadores que empleaba aumentaban y disminuían según los tiempos, tal como fueran llegando la escarda, la sementera o el parto de los ganados.

     Las mayores diferencias de volumen del trabajo no eran, sin embargo, solo estacionales, sino que derivaban además del tipo de explotación. Para mantener cualquiera, el trabajo personal necesario, en lo esencial, era el mismo. Pero en las empresas de menor tamaño la energía humana modificaba su valor relativo. Cuando las tierras eran de peor calidad, algo frecuente en este rango de las explotaciones, exigían más cantidad de trabajo, si se deseaba obtener la misma cantidad de producto. Si una explotación estaba dispersa en varias parcelas, lo que igualmente era más probable cuando se trataba de empresas modestas, una vez sobrepasado cierto  grado, estimable en función de la cantidad de tiempo que consumían los desplazamientos, necesitaba trabajo ajeno. La cantidad de trabajo humano invertido en ellas, se contratara o no el trabajo de otro, estaba modificada por el tamaño de la familia y su contribución a los rendimientos de la empresa.

     Las explotaciones menores, por sí mismas, no eran incompatibles con el empleo de personal para que las trabajara, incluso todas las condiciones mencionadas lo facilitaban. Sabemos positivamente de algunas explotaciones menores en las que en 1750 se empleaba personal estable. En una su aplicación no está aclarada por la fuente. Se trataba de un labrador que además tenía un cortijo. Había preparado para la siguiente campaña cincuenta aranzadas para las que tenía que mantener dos personas durante el año. En otra, se especifica que se trataba de personal para atender al ganado de labor. La viuda que tenía en arrendamiento una explotación menor de tierra calma de setenta y dos fanegas, para la guarda de los bueyes y demás ganado de labor propio, mantenía anualmente un conocedor, un boyero, dos vaqueros y un yegüerizo, que en total sumaban cinco sirvientes.

     En una explotación dispersa de treinta y tres aranzadas de trigo y cuarenta y nueve  de cebada, una labor que estaba cerca de la modalidad intermedia o de tránsito entre las de mayor cuantía y la pequeña explotación, se necesitaban por una parte un casero, un zagal y tres gañanes. Eso significa que su promotor había separado el trabajo estable de vigilancia del que se hacía con el arado. El primero se puede considerar a todos los efectos permanente o fijo y el segundo, que se aplicaba a la siembra y al barbecho, estacional o temporal. De los gastos de siega y era, a los que alude, no es posible deducir si empleaba o no personal para estas faenas.

     Un hortelano, que en su huerta tenía una sementera de cincuenta y cuatro fanegas, tenía que emplear segadores para recolectarlas. El número probable de segadores se puede estimar en cuatro. El dueño de una pequeña explotación en más de seis sitios, aunque dentro del mismo término, debía emplear personal. Otro empleaba personal para el servicio de la pequeña explotación con los mismos criterios que en los cortijos, separando con claridad entre el trabajo fijo y el temporal.

     Un hombre que tenía diecinueve aranzadas y media en tres parcelas tenía que mantener un sirviente, probablemente durante todo el año, y otro hay que considerarlo desde todo punto de vista extraordinario. Acostumbraba sembrar una pequeña parcela, que aquel 1750 tenía sembradas diez fanegas de trigo, y que además de su salario recibía de sus amos –los padres del convento de San Jerónimo– cuarenta fanegas de trigo en grano como pegujal, todavía por su cuenta estaba echando todos los años una manada de carneros para el abasto de la capital, para cuyo cuidado necesitaba emplear ganaderos. Por tanto, recurrir al trabajo ajeno en las explotaciones menores era una excepción que puede justificarse por un anómalo crecimiento o por la dispersión de la fórmula.

     Si nos restringimos a las explotaciones mínimas, son muy pocas las referencias que los textos hacen al empleo de personal en ellas. Es muy raro que recurran al trabajo ajeno. No obstante, tampoco en este caso faltan algunas situaciones que, como siempre, obligan a admitir que ninguna de estas modalidades de iniciativa económica ha de ser concebida con rigidez. En los casos en que son más claras se trata de explotaciones que forman parte de una labor en la que también, simultáneamente, se mantiene la misma actividad. Como con más frecuencia está relacionado con el cuidado del ganado de labor, parece que lo que se busca es suplir la carencia de esta energía en la explotación que la necesita.

     El empleo que se hacía del trabajo ajeno en aquel rango del espacio explotado quedaba muy lejos por tanto del que se hacía en los cortijos. Aparte las funciones de dirección y responsabilidad universal, no había característica que como el consumo de trabajo humano marcara con tanta claridad la frontera entre las grandes explotaciones y las pequeñas. Desde este punto de vista se abre el mayor abismo entre las de menor dimensión, entendidas en el sentido estricto de explotaciones autónomas o independientes, y el cortijo, la unidad de producción sobre la que se sostiene la parte sustantiva de las empresas dedicadas a la producción de cereales. Mientras que los cortijos no podían prescindir del trabajo ajeno, las explotaciones de dimensión menor pocas veces recurrían a él, lo que tal vez proporcione el mejor índice de la relevancia de estas otras modalidades de empresas de cereal.

Pero, cualquiera que fuera el tamaño de la explotación o el grado o la modalidad de la dependencia del trabajo ajeno, es indudable que una consecuencia directa de la situación que se estaba viviendo en 1750 sería la caída de la oferta de trabajo, efecto inmediato dela caída de la actividad en el campo. Primero, el retraso de las lluvias a principios del otoño impediríaque fuera requerido el trabajo de quienes obtuvieran su renta empleándose en la siembra. Más adelante, durante los llamados meses de invierno, que eran de seis a siete, cuando se realizaban los barbechos y la escarda, la necesidad de trabajo se hundiría. Aquel año las tareas de la invernada no se emprenderían en buena parte de las grandes explotaciones.

     Hay datos positivos que confirman que efectivamente los trabajos de invierno no se emprendieron a consecuencia de la retracción que se había desencadenado.Un hombre que llevaba dos cortijos, que en total sumaban una labor de setecientas fanegas, por lo que se refería a los barbechos y demás tierras que tendría que sembrar confesó que no podía hacer los barbechos que regularmente hacía, como le había sucedido a los demás labradores, por la imposibilidad del ganado, lo que hay que interpretar como falta de hierbas con que alimentarlo. Otro, que mantenía una labor en tres cortijos en el año en curso, se expresó en términos casi idénticos.

     Aquella situación, sobre todo a través del barbecho, pudo modificar la organización del trabajo y los medios de los que dispusieran las explotaciones, de manera que la crisis llegara a convertirse en inductora de importantes modificaciones técnicas. Con nuestras fuentes se puede documentar un recurso que se proponía hacer frente a la adversidad productiva que originaba la falta de lluvias. En un cortijo el 31 de marzo de 1750 se constató que su ama había mandado mantener una reserva de trigo en grano con la intención de sembrarlo, porque la sementera que se había hecho estaba seca. El recurso, inducido por la sequía, consistiría en requerir tierras ya sembradas con otra sementera tardía o de ciclo corto. La solución no tenía nada de extemporánea. Según otro testimonio, esta vez de 1735, un año que fue tan complicado como 1750, como en marzo era regular que se acometieran las labores de preparación de las tierras que se iban a sembrar al año siguiente, se aprovechó para la que podemos denominar segunda siembra o siembra extra. Y de los plazos para la devolución de los préstamos a los pósitos, ya en la segunda mitad del siglo décimo octavo, se deduce que las labores asociadas al barbecho algunos años se concentraban en los meses de abril y mayo.

     Serían las faenas que habitualmente ocupaban a los trabajadores asalariados episódicos, los que comúnmente eran conocidos con los nombres de braceros y jornaleros, que eran la mayor parte de la población que trabajaba por cuenta ajena en la agricultura de los cereales, las que verían seriamente limitadas sus posibilidades. Sus protagonistas quedarían expuestos al riesgo de quedar sin trabajo no solo durante la invernada. A principios de abril, en las grandes poblaciones de la campiña, había preocupación por los braceros. La razón que señalan quienes así se manifiestan es que habían sido despedidos de sus respectivos trabajos en los cortijos, porque la seca que desde hacía tanto tiempo se venía padeciendo impedía toda clase de actividades.

     Dado que la producción se hundió, la recolección asimismo se vería muy limitada. Hay testimonios, ya de septiembre, que confirman que efectivamente la demanda de trabajo relacionada con aquella actividad había caído. Probablemente este era el mayor problema, desde el punto de vista del consumo de trabajo, y desde luego su efecto expansivo sobre las rentas se multiplicaría.

     El contraste entre el consumo de trabajo regular y el de la recolección era muy grande. Sin que fuera necesario contar con crisis alguna, convivían en el ciclo anual una escasa demanda de trabajo con una circunstancial demanda gigantesca. De la escasa demanda regular son buena prueba las explicaciones del labrador que en 1750 sostenía su labor con veinte yuntas reveceras. Había decidido explotar mil fanegas de tierra reunidas en un cortijo que mantenía a tres hojas, una para sementera, otra para el cultivo y preparación de la sementera del año siguiente y la tercera de descanso. De las trescientas treinta y tres fanegas que para la sementera necesitaba cada año, doscientas eran para trigo y ciento treinta y tres para cebada. Empleaba como sirvientes de la labor cada año, desde la sementera hasta la recolección en la era, un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno para la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, y diez gañanes, que trabajan en el arado. La demanda regular de mano de obra dejaba a un lado el trabajo agrícola episódico, más aún si, como en este caso, el espacio dedicado al cultivo se mantenía constante. Aquel amo con solo quince sirvientes mantenía en estado latente mil unidades de superficie.

     No se debe pues confundir la alta demanda de trabajo concentrada en una época del año con la demanda efectiva de trabajo. El tiempo neto que se dedicaba a todo el trabajo de los cereales estaba muy descompensado. Observadores contemporáneos  estimaron que una persona distribuía el trabajo en la empresa de cereal de cada ciclo del siguiente modo: arado y siembra, doce días; cosecha, veintiocho; siega de los cultivos secundarios, veinticuatro; trilla, ciento treinta; otras actividades, doce. Total, doscientos seis días de trabajo por año. Aunque no esté declarada la superficie a la que era necesario destinar este esfuerzo, es posible generalizar calculando proporciones: arado y siembra, seis por ciento de todo el tiempo de trabajo; cosecha, trece; siega de los cultivos secundarios, doce; trilla, sesenta y tres; otras actividades, seis. La distancia entre las necesidades de trabajo para la sementera y para la siega sería enorme. Según estos cálculos, consumía casi dos tercios de todo el tiempo. En términos complementarios, algunos han calculado cifras más moderadas, y explican que en años de crisis del producto agrícola la contracción de la oferta de trabajo podía afectar a un tercio de las jornadas de cosecha y trilla.

     La diferencia se puede medir de otro modo. Mientras que una yunta de caballos solo necesitaba un gañán para sembrar el cereal de otoño de unas quince hectáreas, un buen segador apenas conseguía segar unas veinte áreas en un día. La relación que había entre el trabajo que necesitaba la siembra y el que necesitaba la siega era la que hay entre cuatro y trescientos: por cada cuatro unidades de trabajo que se emplearan en la siembra, en la siega serían necesarias trescientas. Jean Meuvret llamó la atención sobre este abismo en unos términos aún más precisos: había una gran desproporción entre el poco personal habitualmente necesario, gracias al concurso de la energía del ganado de labor para las faenas y el desplazamiento de cualquier clase, y las enormes cantidades de trabajo que eran necesarias para la siega y la trilla, faenas para las que la energía animal apenas contaba.

     Otros cálculos son aún más demoledores. Estiman que todo el trabajo humano (con arado común, rastrillo, hoz y mayal) que requería una hectárea (aproximadamente algo menos dos fanegas cortas) durante un ciclo completo era ciento cuarenta y cuatro horas, ¡que es lo mismo que seis días o menos de veinte jornadas laborales! Cultivar por ejemplo cinco fanegas, según este cálculo, solo exigiría el trabajo de cincuenta días netos como máximo. Eran cientos las explotaciones –al menos tres cuartas partes, según una estimación moderada– las que cada año estaban comprendidas en el rango inferior de los tamaños, el que quedaba por debajo de las cinco fanegas de superficie. Por tanto, quien cultivara aquella superficie tipo aún dispondría de más de trescientos días de energía durante cada ciclo, para que pudiera aplicarlos al destino que prefiriera. Mientras tanto, cuando comenzaba el siglo décimo octavo, en el continente, en cualquiera de las otras ramas de actividad, se trabajaban, según algunas estimaciones, unos ciento ochenta días al año; mientras que otras, tal vez más fiables gracias a la condición fiscal de sus fuentes, estiman que ascendían a doscientos. Cualquiera que fuese la actividad o el tipo de relación que la proporcionaba, las cantidades de energía humana que necesitaba el cultivo de los cereales, medidas en las unidades de tiempo básicas, las jornadas, que por tanto permitían estimar el tamaño del trabajo en sentido restringido, eran escandalosamente bajas.

     La enorme masa de trabajo liberada por el cultivo de los cereales, si era campesino quien la creaba, podía consumirla en su modesta explotación, y por incremento del trabajo aumentar su rendimiento. También, cuando en la explotación, porque por el sistema de cultivos decidido así sucediera, la podía emplear en cuidados a distintas plantas, de modo que los intervalos sin actividad se fueran reduciendo. Es posible que los medios de trabajo disponibles no pudieran responder satisfactoriamente a un ritmo creciente de actividad. Mas inevitablemente el esfuerzo llegaría al límite tras el cual cada inversión de trabajo, sujeta a los límites técnicos decididos, no sería incremento de la productividad de la tierra. Alcanzado, su mejor opción, si deseaba seguir consumiendo su energía para acumular renta, sería invertirla en otra actividad; o quizás en otra parcela, mejor si era contigua, en relación con la cual su trabajo podía ser subsidiario, tanto más cuanto mayor fuera la otra explotación.

     De todo el trabajo humano, el asalariado episódico era solo una parte –y probablemente no la mayor– del trabajo ajeno que necesitaba la agricultura de los cereales, a su vez una fracción sin duda menor de la energía que consumía. Más aún. De todo el trabajo, el humano, aunque fuera el decisivo, era la parte menor. Sin embargo, el asalariado episódico se convirtió, a partir de abril de 1750, en el primer motivo de preocupación durante la crisis, el que concentró las iniciativas políticas en materia laboral.

 

De sol a sol

Bartolomé Desmoulins

Alguna vez he discutido la expresión de sol a sol, referida a la duración de la jornada de trabajo, si es que se recurre a ella para dramatizar las penosas condiciones en las que se trabajaba en el medio rural antiguo. Seguro que las condiciones de trabajo eran duras, como sigue siendo cualquier dictado de regímenes productivos en los que se impone el tiempo o el rendimiento. Para que carguen con el estigma de la condena, no es necesario recurrir al melodrama que represente el día de trabajo en el campo como un continuo ininterrumpido mientras haya luz solar, que es lo que se pretende cuando se recurre a aquella expresión.

     Antes que yo, en estas páginas, alguien ha abordado el asunto y lo ha hecho con un criterio que en buena medida comparto. Hablo de memoria, y es posible que sea demasiado esquemático. Pero, en lo fundamental, quien antes que yo ha revisado aquí este problema, ha defendido que a fines de la edad media, para algunos lugares de las vegas interiores del sudoeste, se puede documentar que la jornada laboral se computaba desde antes del amanecer, que el trabajo comenzaba cuando el sol ya había salido y que concluía cuando alcanzaba el cénit; en cuyo caso, si al mismo tiempo se recurriera a la expresión de sol a sol para resumir la duración de la jornada laboral, el primer sol sería el del primer crepúsculo y el segundo el de su mayor altura en el transcurso del día.

     No siempre mi opinión ha sido tan complaciente, y en una ocasión el ojo vago de mi interlocutor, adaptado a una vida regalada, estuvo a punto de salirse de la órbita y estrellarse contra el cristal de ventana (que no lente) que lo mantiene a resguardo, mientras le explicaba, en términos similares a los que acabo de emplear, lo que había podido saber gracias a tan valioso testimonio. El intercambio de puntos de vista solo pudo desembocar en una suspensión de las hostilidades que aún se rige por el armisticio, a la espera de una paz resolutiva.

     Comparto la opinión sobre las dificultades para encontrar informes sobre este asunto lo bastante descriptivos como para formarse un juicio acertado. Son tan obvios los ciclos laborales para la masa de los condenados a cargar con la cadena perpetua del trabajo que, como los hábitos de aseo o los del descanso, no necesitan recurrir a pormenores cuando se ponen por escrito. Por eso, en su defecto, permanezco atento a cualquier referencia, sea o no directa, y la sumo a la colección de piezas sueltas que pacientemente voy formando.

     Cuenta Trelawny, en sus Memorias de los últimos días de Byron y Shelley, un viaje que hizo entre Livorno y Génova a fines de septiembre de 1822, una fecha en la que aún, en la península itálica, el modo de vida rural no había sido alterado por las innovaciones tecnológicas. Viajaba a caballo al paso y en aquellas fechas aún hacía calor. A diario, él y su acompañante recorrían entre treinta y cinco y cuarenta millas. Para completar sus jornadas, se ponían en marcha a las cuatro o las cinco de la mañana, y recorrían los caminos hasta las diez o las once. Paraban entonces en algún lugar habitado, o en despoblado donde hubiera sombra y agua. Daban de comer a los caballos, desayunaban, fumaban una pipa y sesteaban. Así recompensaban el esfuerzo que les había costado la mayor parte del trayecto de cada día. Repuestos, a las cuatro o las cinco de la tarde, reanudaban el camino hasta alcanzar la próxima estación de su plan de viaje. Cada día que pasaba mejoraba el estado físico tanto de los caballos como de los hombres, y concluye: Nunca he disfrutado de un modo de vida más sano y agradable que este.

     El plan de viaje de Trelawny es tan elocuente que no necesita quien lo defienda. Está regido por un principio sencillo. Para completarlo con éxito, se trataba de evitar las horas de más calor de cada jornada. De este modo, no solo se combatía cualquier contratiempo para la salud, sino que se mejoraba su estado.

     En el medio rural antiguo, la misma cordura se impondría de manera espontánea. En las épocas de temperaturas más inclementes, la jornada de trabajo rural se acoplaría al ciclo térmico diario, fraccionando los tiempos de manera que se evitaran sus comportamientos extremos. Sin ninguna duda, el ciclo completo, ya en el lugar de trabajo, se ajustaría a la duración de la luz solar. Un sol, el del crepúsculo del orto, marcaría el comienzo de la jornada, y otro, el del crepúsculo del ocaso, el final. Pero, entre uno y otro, los intervalos a un tiempo se aprovecharían para reponer fuerzas y evitar las horas de exposición de resultaran más perjudiciales para hombres y animales de trabajo. Ni unos ni otros trabajarían ininterrumpidamente de sol a sol.

 

Réplica

Sansón Galilei

Desde la infancia, gracias a los programas para la detección precoz de enfermedades y malformaciones ocultas, cargo con la conciencia de un ojo vago, que en nada demora mi percepción de las monstruosidades que transitan en todas las direcciones.

     Con B. Desmoulins he intercambiado, en más de una ocasión, puntos de vista sobre asuntos de interés común. Nunca nuestros encuentros han sido previstos. Por ser fortuitos, han sido más vivos que las polémicas organizadas, que prevén las conclusiones. Hemos discutido sobre metrología, crédito, gobierno de los municipios, límites de los términos, demora en el pago de las rentas por cesión de las tierras. Raras han sido las coincidencias de opiniones.

     El último intercambio de juicios sobre la jornada laboral antigua no me ocupó más que el tiempo que consumió nuestro encuentro. Solo cuando he tenido noticia de su diatriba, de tan escasa autoridad, tan intolerante, lo he recuperado. No deseo prolongar innecesariamente una polémica que me parece de escasa utilidad, pero sí deseo acogerme al derecho de réplica que en esta ocasión, creo, me asiste. La limito a un testimonio que me parece incontestable, sostenido por la potestad legislativa de Pedro I de Castilla, alguien del que nuestro B. Desmoulins, según me ha confesado en más de una ocasión, percibe la atracción que irradia del perdedor.

     En 1351, con ocasión de las Cortes de Valladolid, tomó decisiones sobre los trabajadores manuales que se solían alquilar. La expresión que utiliza para referirse a ellos deja al margen, con la eficacia de la palabra precisa, a los que trabajaran sin la posibilidad de obtener una renta a cambio del esfuerzo hecho en beneficio de otro. Su objeto preciso serían los que ceden su trabajo por una duración acordada, de los que ni siquiera reconoce que todo su tiempo lo emplearan con aquel provecho. Solo deja a salvo que en su caso era lo más probable.

     Además de carpinteros y albañiles, menciona, como trabajadores que acceden a esta modalidad de relación, a peones, obreros, obreras y jornaleros, los que de antemano podemos reconocer como activos agrícolas esporádicos. Tampoco los artesanos especializados, como los dos que cita expresamente, serían ajenos al trabajo en el campo cuando trabajaran bajo aquellas condiciones. Es probable que ni los cualificados ni los que carecían de formación específica, gracias a las rentas así obtenidas, accedieran a los bienes patrimoniales que les permitieran avecindarse en el lugar donde vivieran. El rey, de antemano, a todos los considera solo moradores.

     Mandó que a las plazas en las que acostumbraban alquilarse, del lugar donde residieran, cada día salieran con sus herramientas y su vianda en rompiendo el alba. Así se desplegaría el mercado diario en el que ofrecían su trabajo, como por días lo venderían, y así comparecerían ante sus demandantes, ya equipados para emprender la faena en cuanto fueran contratados, como los soldados a los alardes. Se actuaría de aquel modo para que abandonaran la población de partida, con el fin de hacer las labores para las que hubieran sido alquilados, en saliendo el sol. Trabajarían durante todo el día y retornarían de sus labores en el momento que les permitiera llegar de vuelta a la población en poniéndose el sol.

     Hasta aquí podría admitirse parcialmente el punto de vista de B. Desmoulins. Sin duda, quienes tenían que desplazarse al campo, el tiempo que dedicaban al trabajo cada día incluía el de la transacción que terminaba en contrato y el de los trayectos de ida y vuelta.

     Pero, por aquella misma moción de las Cortes, el rey también decidió que quienes trabajasen en la población donde fueran alquilados tendrían que emprender la actividad desde el momento en que es ello el sol, y debían dejarla cuando se pusiera. Creo que es concluyente. Nada dice la norma de intervalos o descansos. Claro que habría un tiempo dedicado a la comida, pero no hay indicio de que el peculiar Pedro I, que algunos han valorado como anticipador prematuro de las innovaciones, razón que le habría valido la crisis que dio origen a su trágico final, hubiera previsto evitar intemperie alguna.

 

Las relaciones laborales

Redacción

Quienes poseían las explotaciones mayores, tanto en extensión como en orden, para adquirir el trabajo que necesitaban sus empresas a lo largo del año comprometían una gama restringida de relaciones, si bien, para referirse a ellas, recurrían a un lenguaje que oscilaba. Había quien discriminaba entre trabajadores fijos, temporeros y jornaleros, mientras que un hombre que explotaba al mismo tiempo un cortijo y una dehesa se servía, por una parte, de los que llamaba los criados mayores de la labor, y por otra, entre otros, de temporiles y pastores. Pero en buena parte de los cortijos, a quienes trabajaban en ellos de manera estable preferían denominarlos sirvientes, al tiempo que otros los llamaban genéricamente temporiles.

     Tan distintas maneras de expresarse no ayudan a reconstruir las redes de nexos que tejieran. Sin embargo, no son un obstáculo que impida definir sus modalidades. Todas las formas de adquirir el trabajo ajeno que necesitaban las empresas de cereal, tal como las ponen al descubierto los casos que hemos coleccionado para 1750, es posible reducirlas a tres. En el lado de quienes vendían el trabajo, las personificaban sirvientes, temporiles y jornaleros, denominaciones que en lo fundamental hacen referencia al tiempo durante el que se mantenían los respectivos vínculos con el comprador.

     Tomando como referencia el nombre del tipo, se puede conjeturar que en los sirvientes, estuvieran o no sujetos a la servidumbre de derecho, o sus afectados actuaran o no como siervos, sobreviviría la forma servil de transferencia del trabajo. Incluiría un compromiso personal con el amo o dueño de la labor que los haría dependientes de él. El vínculo sería anterior a la organización de las labores y se prolongaría más allá del tiempo del que aquellos hombres pudieran disponer de su trabajo con autonomía, o de la relación que con el amo acordaran para cada actividad, tanto que comprometería su capacidad para decidir incluso más allá de las obligaciones laborales.

     La palabra criado, empleada esporádicamente para referirse a quienes trabajaban para una explotación de manera estable, podría indicar alguno de los rasgos de la subordinación derivada de aquel vínculo, por lo que contiene todavía de obligación de mantener a quien está sujeto a la autoridad de un señor. De la conciencia que esta situación pudiera crear, más allá de las suposiciones, se pueden leer explícitas declaraciones contemporáneas, como la que decía que servir a un amo era acomodarse a un miserable estado.

     A los sirvientes se confiaban las actividades permanentes, permanentes en la medida en que afectaban a todo el ciclo agrario anual. Aunque no todas las de esta clase se resolvían con sirvientes, siempre que se disponía de sirvientes quedaban comprometidos en trabajos de esta duración. Así, por ejemplo, en una labor de mil fanegas al tercio, que se atenía a un sistema en el que una hoja la dedicaba a sementera, otra a barbecho y la tercera la dejaba en descanso, se califican como sirvientes los quince hombres que era necesario contratar cada año desde la sementera hasta la recolección en la era: un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno que se empleaba en la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, así como diez gañanes, que trabajaban en el arado.

     El examen de otros casos descubre otros matices de la relación. En uno, a la vez que se identifican como sirvientes del cortijo el aperador, el mayordomo de campo, el casero, el mozo de casero, el guarda del cortijo y su zagal, también son reunidos bajo la misma etiqueta algún temporil y el capataz, hombre mercenario que trabaja a cambio de un salario. Las dos últimas menciones crean confusión porque uno de los términos que nos proponemos esclarecer, temporil, contamina al de sirviente.

     A veces, para distinguir entre el personal estable en la explotación, como sinónimo de radicado en ella, se habla de dos clases, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, a todos los cuales también se refieren los contratantes como servicio de labor, lo que también crea confusión, en la que medida que puede interpretarse que ganadero no es sirviente de un cortijo aunque sí servicio de la labor. Además, que los sirvientes sean radicados tampoco significa que su número permanezca inalterable a lo largo del año. En alguna ocasión explícitamente se dice que estos suelen aumentar y disminuir.

     A los temporiles de los cortijos nuestras fuentes, cuando se expresan genéricamente, se refieren como trabajadores para las faenas de por tiempos. El ciclo completo de las actividades estacionales, que eran siembra, barbechos, escarda y recolección, solía dividirse en dos temporadas, la primera, desde el uno de octubre hasta el treinta de abril; la segunda, desde primero de mayo hasta terminar septiembre. La mayor parte de las grades explotaciones declaraban su necesidad de temporiles. Para anudar el vínculo era condición necesaria completar una parte o todas las actividades del año, y había temporiles que podían ser demandados para dedicarlos a las agrícolas o al cuidado de la cabaña durante todo el ciclo.

     Temporiles a tiempo completo eran el aperador, el casero, el guarda, los pastores, el yegüerizo y el arriero, y también había mozos de labranza que se atenían a un acuerdo anual y participaban en todas las faenas. Pero a mediados del siglo décimo octavo la duración de las temporadas por las que se comprometían quienes trabajaban bajo estas condiciones podía ser más flexible. Cada compromiso podía abarcar una de las dos temporadas, e incluso una parte de cualquiera de ellas. Así, los trabajadores del campo que poseían capital de explotación. A veces se les llama temporeros, expresamente trabajadores a tiempo parcial que tenían su propia yunta y eran empleados por los labradores cuando necesitaban arada para sus tierras. Una duración de esta versión del vínculo en 1750 la pone al descubierto una explotación intermedia. Una viuda que tenía en arrendamiento una haza de tierra calma de setenta y dos fanegas, y que solo poseía cuatro arados reveceros, para labrar estas tierras, según declaró, necesitaba gañanes para la sementera, lo que puede interpretarse como un recurso tanto para la siembra como para los barbechos.

     Otras duraciones están más definidas en los testimonios. En un cortijo que se componía de dos hojas de tierra, una de trescientas setenta y dos fanegas y la otra de trescientas sesenta, y para cuyas labores se mantenían diez arados, se contrataban aperador y sembrador solo para los cuatro meses de siembra y barbechos que su dueño tenía calculados. Para otro cortijo en manos del mismo labrador, con cien fanegas de tierra poco más o menos en explotación directa, y otras sesenta y ocho en diecisiete suertes de tierra, de cuatro aranzadas [sic] cada una, repetía el plan de contratos: diez arados, aperador y sembrador para dos meses de siembra. Así pues, este labrador contrataba a un aperador por cuatro meses para dos faenas y otro por dos meses para otra, cuando aquella responsabilidad, para una empresa con el tamaño que declara, solía ser permanente.

     También había quienes contrataban por temporadas que oscilaban entre quince y cincuenta días, lo que aproximaba la relación a la episódica. Tal podía ocurrir con los zagales, y en general con todos los trabajadores que ocupaban el último escalón de las dedicaciones ganaderas.

     Parece por tanto que en el lenguaje del momento temporil era el trabajo asalariado estable, un recurso de tamaño bastante circunstancial, independientemente de su duración. Con aquella denominación, quienes se atenían a esta relación evocaban que para ellos se trataba de un vínculo derivado del tiempo de su vida que estaban dispuestos a poner en venta. Evaluando el que a cada trabajo dedicaban, deducirían la renta que en casa caso deseaban o podían adquirir. Encarnarían por tanto una modalidad autónoma de prestación de trabajo, sujeta a un vínculo o contrato ajeno a la dependencia personal.

     En la denominación regional, a quienes personificaban el trabajo asalariado episódico se les aplicaban denominaciones como bracero o jornalero, aunque cuando se expresaban sus protagonistas preferían llamarse a sí mismos trabajadores del campo. Muchos de ellos especificaban que su dedicación no partía de exigencias previas, que vivían dispuestos a emplearse a todo tráfico.

     El trabajo asalariado episódico se contrataba cuando era necesario disponer del trabajo en cantidades masivas, solo para ciertas faenas y por tiempo limitado, tanto que podía reducirse al día, la unidad de tiempo que regía las duraciones de todos los vínculos laborales entonces. Podía emplearse para cualquiera de las faenas marcadas por el calendario de cultivo que imponían el recurso a un aporte en masa de la energía humana. Para la siembra, se identifican los gañanes y los sembradores, y para los barbechos, los primeros. Para la escarda, a la gente que trae arrancando o escardadores, y para la recolección a sus tres tipos característicos, los segadores, los gavilleros y la gente de era. Cualquiera de ellos, a decir de los contemporáneos, vivía de los grandes y pequeños labradores, trabajaba bajo la dirección de un capataz y cobraba su jornal el día que lo llamaban.

     El trabajo asalariado episódico no plantea dudas. Era complementario de cualquiera de las actividades y bastaba contratarlo por días cuando era necesario. No necesitaba más vínculo que el salario. Distinto es lo que los testimonios informan sobre sirvientes y temporiles, cuyas diferencias no están del todo claras. Es necesario resolverlas.

El tipo de trabajo que se obtiene de cada relación se muestra poco útil para distinguir. Es verdad que las especialidades asociadas a la recolección son patrimonio exclusivo del trabajo asalariado episódico. Pero los trabajos ganaderos tanto pueden ser de sirvientes como de temporiles, y todos los demás pueden sujetarse a cualquiera de las tres fórmulas.

     Si tomamos como criterio la duración del vínculo, el tiempo del sirviente, solo por su denominación aparenta ser superior al ciclo agropecuario anual. Aunque es verdad que a los sirvientes se confiaban las actividades que abarcaban todo el ciclo anual. Sirvientes eran los hombres a los que había que contratar cada año desde la sementera hasta la recolección en la era. Sin embargo, también los sirvientes solían aumentar y disminuir a lo largo del año. Luego bajo la condición de sirviente también se acogería una modalidad de relación que no sobrevivía en el tiempo más allá de la satisfacción de las actividades para las que eran tomados los servicios.

     Y al mismo tiempo ocurría que no en todos los casos todas las actividades permanentes se resolvían con sirvientes. También con temporiles se podían completar todas o una parte de las actividades del año si eran ordenadas como faenas estacionales. Cada compromiso podía abarcar una o las dos. La diferencia parece que es que también la duración de las temporadas por las que se comprometían quienes trabajaban bajo estas condiciones podía ser más flexible, solo para los cuatro meses de siembra y barbechos o solo para dos meses de siembra. Incluso había quienes contrataban temporiles por tiempos que oscilaban entre quince y cincuenta días, lo que aproximaba la relación a la episódica.

     Quizás un criterio diferenciador más efectivo pudo ser la residencia. Como a veces, para distinguir entre el personal radicado en la explotación, se habla de dos clases, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, a quienes también se refieren los contratantes como servicio de labor. Estas afirmaciones parecen suponer que el vínculo sirviente es más probable que radicara en el cortijo. Pero como los ganaderos también pueden ser temporiles, no parece que pueda oponerse sirviente radicado a temporil transeúnte.

     También muestra que la diferencia entre sirviente y temporil por razón de residencia no estaba marcada que el personal que reside de manera estable en la explotación sea de dos clases compatibles, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, y que ambos sean reunidos bajo el concepto único de servicio de labor. Aun siendo servicio, el ganadero no sería sirviente. Sería servicio porque reside de manera estable en el cortijo.

     Tampoco la categoría laboral es bastante para marcar las diferencias, aunque sus posibilidades son las mayores. Son sirvientes el mayordomo de campo, el capataz o aperador, el pensador, el ayudador o casero, el mozo de casero, el guarda del cortijo, los zagales, así como los gañanes que trabajaban en el arado. Pero a veces eran temporiles, entre otros, el aperador, el casero, el sembrador, el guarda, los pastores, el yegüerizo, el arriero, los zagales y demás personal ganadero subordinado a rabadanes y pastores, así como los mozos de labranza que tenían contrato anual y participaban en todas las faenas o los que eran referidos simplemente como arados que se contrataban. Además, redunda que en que la línea que separaba a sirvientes de temporiles era franqueable que se identifiquen como sirvientes algún temporil y el capataz, hombre mercenario que trabaja a cambio de un salario.

     Todo parece indicar que las condiciones de sirviente y temporil eran intercambiables. Cualquiera de ellos era trabajador del campo a todo tráfico y se vincula según oportunidades. Los que oscilan entre sirvientes y temporiles probablemente tienen como condición necesaria, para ganar un vínculo más duradero, la posesión de ganado de labor. La situación intermedia, entre el asalariado temporal y el asalariado episódico, que personifica un grupo muy estimable, el de los trabajadores del campo que poseían patrimonio ganadero de labor, puede contener una parte nada despreciable de la explicación. Eran contratados para la sementera en sentido amplio, es decir, siembra y barbechos. Que sean explícitamente gañanes pone en guardia sobre el uso de este término, que se documenta en buen número de casos. Bajo esta denominación podía ocultarse la masa de temporiles que eran contratada para completar las necesidades de energía de las labores. No es irrelevante que una parte de una labor que contrataba diez arados fueran sesenta y ocho fanegas en diecisiete suertes de tierra de cuatro aranzadas cada una. Completa esta posibilidad que los gañanes pudieran ser contratados también como trabajadores asalariados episódicos. Hasta podían ser trabajadores temporales episódicos los gañanes contratados la siembra y los barbechos, los primeros.

     Quizás todo pueda reducirse a que en buena parte de los cortijos sus amos, a quienes trabajaran para ellos durante más tiempo prefirieran sujetarlos a la condición de sirviente, que se referiría a las obligaciones del vínculo, servir, y no a la posición en las relaciones ni a su duración, ni siquiera a la remuneración del trabajo. Al mismo tiempo, habría labradores que decidirían obtener el trabajo que necesitaran contratando a temporiles. Mientras que para aquella relación la posición que se impone sería la del amo o señor de la labor, en el caso de los temporiles su relación con el labrador la decidirían las condiciones salariales convenidas.

 

El costo del trabajo

Redacción

El salario, para casi todos los que trabajaban en las labores, se componía con dos piezas independientes, jornal y comida. La primera era una cantidad de dinero que remuneraba el tiempo que cada día se empleaba en el trabajo. La comida era el alimento que también por jornada el empleador proporcionaba a los trabajadores. Los siguientes valores, que describen unos gastos salariales, están referidos a una explotación de cereales de gran tamaño, de unas setecientas unidades de superficie llevadas a dos hojas. Corresponden a los días trabajados durante un mes de octubre, en plena campaña de siembra del grano.

     El trabajo por día y hombre se medía en peonadas. Las hechas durante aquel mes se repartieron entre los trabajos del barbecho y los de la siembra. Cualquiera de los dos en lo fundamental era pasar el arado una y otra vez sobre la tierra, y en la práctica serían piezas encadenadas de una misma actividad, preparar el suelo para depositar la semilla y a continuación sembrar. El barbecho que se hacía asociado a la siembra era el cohecho. Con esta operación concluyente se trataba de oxigenar las tierras a última hora, aunque también podía aprovecharse para preparar las parcelas que se hubiera decidido sembrar poco antes, porque su aptitud lo permitiera o porque así lo recomendaran hechos no previstos.

     En aquella explotación, durante el mes de octubre, se hicieron 577 ½ peonadas de barbecho, cada una de las cuales se pagó a 2 ½ reales, lo que ascendió a 1.443,75 reales, más 986 ½ de arada sembrando, que se pagaron a 3 reales, lo que obligó a gastar otros 2.959,5 reales. Además, los trabajos especializados propios de aquella fase del cultivo recibieron una remuneración extra. Los mejor pagados fueron los de los sembradores, que hicieron 81 peonadas, a quienes se les liquidaron 3 reales más por cada una, lo que sumó otros 243. Los muleros hicieron 119, que a ½ real más agregaron al gasto otros 59,5 reales. Un amelgador, que se encargó de trazar a una distancia regular los surcos que finalmente iban a recibir la semilla, para que toda el área sembrada resultara homogénea, hizo 25 peonadas, que se le gratificaron con 1 real más, lo que añadió al costo de los trabajos otros 25 reales. El rejero, que se encargaría de mantener a punto los arados, se ocupó 28 días de aquel mes, y su trabajo se gratificó con ½ real más, en total otros 14. Y durante 9 días se recurrió a un zagal de arriero, cuyo auxilio se complementó con un 1 real más, lo que sumó otros 9. El gasto total en jornales alcanzó pues los 4.753 reales 75 céntimos.

     Estas cantidades se liquidaban al corriente con la mediación del aperador, quien recibía de la administración de la casa, a cuenta del gasto, una cantidad de dinero. Tal depósito estaría justificado por la necesidad de adelantar sus ingresos a los trabajadores, quienes solo alcanzaban a cobrar la totalidad de sus jornales una vez concluido cada periodo de trabajo, en el leguaje de aquella labor, cada dómeda. Durante aquella, que equivalió a un mes, los días 12, 19 y 24 al aperador la administración de la casa le entregó hasta 1.500 reales. Con aquella cantidad, la suma de la que le hizo depositario ascendió a 2.413,5. Según el cuaderno antiguo, el aperador había saldado la dómeda anterior, pagada el 2 de octubre, día de nuestra señora del Rosario, con 913,5 reales en su contra. El total que había desembolsado a lo largo de octubre a la gente en el cortijo, en entregas que hay que presumir discrecionales, como adelanto de lo que habrían de cobrar al final, fue de 1.659 reales. Restados al total de los 4.753,75 a los que ascendieron los jornales de los trabajos de barbecho y siembra, resultó un balance de 3.094 reales 75 céntimos, que les fueron pagados a los trabajadores en la población, en el despacho que en ella tenía la administración de la casa. Así quedó debiendo a esta el aperador 754,5 reales, una cantidad anotada a su cargo en el cuaderno nuevo del corriente año agrícola.

     Con la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, en aquella labor era alimentado a diario, a costa de la casa, todo el que trabajaba sobre el terreno, salvo que expresamente se hubiera comprometido a seco, es decir, sin comida. Así como con ella hubo que completar durante aquel octubre las 1.564 peonadas de los jornaleros que habían servido para atender los trabajos de barbecho y siembra, fue necesario atender la manutención diaria del personal estable de la labor y la de algunos esporádicos. Los estables a los que también hubo que alimentar fueron, durante aquel mes, de un lado los temporiles, trabajadores por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, quienes consumieron por sus 270 peonadas un total de raciones diarias idéntico. Se puede suponer que eran 9, dado que los días de trabajo de aquel periodo habían sido 30. El guarda, también parte estable de los trabajos de la labor, comió con los demás 22 días, y el grullero, solo 16. Unos esquiladores, que en aquella parte del año habrían sido empleados en cortar el pelo a los mulos, fueron atendidos con otras 11 raciones. Por tanto, para todos durante aquel octubre fue necesario suministrar 1.883 raciones diarias, equivalentes a la suma de las peonadas de todos los trabajadores.

     La alimentación de cada día, en términos contables, era el gasto del pan y demás comestibles. La división no solo tenía sentido administrativo. De pan, que en este caso se llevaba al cortijo ya elaborado, durante aquel mes se consumieron 2.040 hogazas de 3 libras de peso cada una. Si tenemos en cuenta que el consumo por cabeza que resulta es 1,08 hogazas, la ración diaria de pan sería de 3,24 libras. Dando por bueno que cada libra equivaliera a 0,46 kilos, el consumo diario de pan por trabajador podríamos estimarlo en 1,49 kilos.

     Con los demás comestibles, que eran garbanzos, aceite, vinagre y sal, se cocinaba el potaje. Durante aquel octubre, para el potaje, además de las 1.883 raciones correspondientes a las peonadas ya descritas, fue necesario elaborar otras 240 para 6 boyeros y 2 borriqueros, que igualmente lo comieron con la gente en el cortijo todos los días. Ambos empleados, que también trabajaban por temporadas, como ganaderos que eran podían consumir sus raciones diarias de una de dos maneras, en el cortijo, si el ganado que cuidaban se mantuviera estante, o como cabañería que llevaban consigo cuando el ganado se hubiera desplazado en busca de pastos. Por tanto, el total de raciones de potaje consumidas fue 2.123.

     Para formar la cuenta de estos valores, los de los alimentos con los que componía la ración diaria, se mantuvieron en todo el año, desde san Miguel del año anterior hasta igual día del siguiente, estos precios: 54 reales la fanega de trigo, 72 reales la fanega rasa de garbanzos, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre y 6 ¾ la de sal.

     Como de la fanega de trigo se obtenían 35 hogazas de pan de a 3 libras, cada libra de pan costó, solo en materia prima, sin tener en cuenta la remuneración del panadero que trabajaba para el cortijo, 0,514 reales. Si se consumieron 2.040 hogazas de a 3 libras, el costo sin transformar de las 6.120 libras resultantes fue de 3.145,68 reales. Dado que las raciones de pan fueron 1.883, alimentar con pan a cada trabajador costó cada día 1,671 reales.

     Para elaborar las 2.123 raciones de potaje se consumieron en total 336 cuartillos de garbanzos, 38 cuartas de aceite, 36 cuartas de vinagre y 48 cuartillos de sal. Luego en cada ración fue necesario gastar 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,018 cuarta de aceite, 0,017 cuarta de vinagre y 0,023 cuartillo de sal.

     Como la fanega de garbanzos tenía 48 cuartillos, la arroba de aceite 4 cuartas, la arroba de vinagre también 4 cuartas y la arroba de sal 8 cuartillos, los precios que fueron tomados en cuenta para los cálculos contables, una vez reducidos a sus divisores, fueron: el cuartillo de garbanzos, 1,5 reales; la cuarta de aceite, 13; la cuarta de vinagre, 5; y el cuartillo de sal, 0,844 reales. De modo que el costo de cada ingrediente de la ración fue: por el 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,237 reales; por la 0,018 cuarta de aceite, 0,234; por la 0,017 cuarta de vinagre, 0,085; y por el 0,023 cuartillo de sal, 0,019 reales. Sumados, el de cada ración de potaje sería 0,575 reales.

    De todo esto resulta que el costo diario de la comida por cada trabajador que recibiera pan y potaje sería 2,246 reales, suma de los 1,671 reales en concepto de pan y el 0,575 de potaje. En los cálculos de los costos totales de cada peonada de esta dómeda hechos por el administrador, que con toda seguridad serían más precisos que los nuestros, porque los suyos tenían ante sí los hechos, la misma cifra da como resultado 2,157 reales. La diferencia, no obstante, se podría adjudicar a las oscilaciones efectivas de los precios, mes a mes, y al redondeo de las cifras en el que nosotros hemos incurrido.

     En síntesis, el costo diario del trabajo sería, como mínimo, sin tener en cuenta, los complementos de los especialistas, que tenían un escaso alcance, para las peonadas de barbecho 2,5 + 2,246 =  4,746 reales, y para las de arada sembrando 3 + 2,246 = 5,246 reales.

El costo del salario es siempre relativo. Con estos números sería poco juicioso sostener que era caro o que era barato. Sin más medios que los que hemos puesto sobre la mesa, no tendríamos modo de aseverar una cosa o la contraria. Para resolver con afirmaciones tan comprometidas sería necesario analizar la composición de la renta de quien debe hacer frente a este gasto, no tanto en la parte que analizara cada uno de los conceptos de compra cuanto en el tamaño del ingreso y la rentabilidad de las inversiones, algo que queda muy lejos de las posibilidades de esta discreta observación de hechos simples. Nuestro análisis solo es capaz para poner al descubierto algo sobre lo que aun así nos parece conveniente llamar la atención, convencidos de que una reflexión consecuente tal vez conduzca a incluir en el juicio de la economía de fines de la época moderna criterios que quizás puedan ahorrar mucho del tiempo que tantas veces hay que emplear en conjeturas y especulaciones.

     El costo del trabajo, con aquella manera de componer el salario, la más elemental de las que remuneraban su venta a quienes estaban interesados en la actividad agropecuaria, era exigente. No bastaba con liquidar una cantidad de tiempo con una cantidad de dinero. Era necesario además, si no garantizarlo, dejar lo suficientemente acotado el margen del mínimo de supervivencia como para que no se convirtiera en un obstáculo; el que, cuando se franqueaba en la dirección descendente, ponía en peligro la posibilidad de contar con la energía humana necesaria. Si es cierto que cargar sobre el salario la alimentación de los trabajadores provenía de cierta responsabilidad adquirida por los demandantes de trabajo ajeno en tiempos precedentes, es algo que tampoco podemos resolver en los límites de este ensayo. Pero al menos nos permite tener la certeza de que quienes trabajaran por días podían estar cerca de asegurarse la subsistencia, siquiera durante las horas inmediatas de las jornadas que consiguieran trabajar.

     Sin embargo, a la eficacia de esta manera de satisfacer el salario se le oponía su fuerte dependencia de los precios del trigo, los garbanzos, el aceite, el vinagre y la sal, los cinco bienes que decidían su costo. Sus valores estaban sujetos a oscilaciones que podemos ponderar tomando en cuenta la composición cada ración diaria.

     Como cada libra de pan equivale a 0,460 kilo, cada cuartillo de garbanzos a 1,156 litros, la cuarta de aceite a 3,141 litros, la de vinagre también a 3,141 litros y un cuartillo de sal a 1,438 kilos, si aceptamos la equivalencia entre litro y kilo (lo que admitiría discusión, más por el alcance los pesos específicos de cada uno de los productos que por el alcance comercial del criterio) podríamos afirmar que por cada unidad de pan se utilizaban 2,513 de garbanzos, 6,828 de aceite, otras 6,828 de vinagre y 3,126 de sal, cifras que expresarían el valor ponderal de cada ingrediente si de todos se utilizara en cada ración la respectiva unidad.

     Pero como el valor proporcional de cada ingrediente en cada ración no era su unidad, sino una cantidad que ya hemos calculado durante el análisis de su composición, el valor relativo de cada precio se podría expresar con los siguientes números: 3,24 para el pan, 0,397 para los garbanzos, 0,123 para el aceite, 0,116 para el vinagre y 0,072 para la sal, que reducidos a sus correspondientes valores ponderales serían 82, 10, 3, 3 y 2.

     La conclusión es evidente. El precio del trabajo cargaba sobre el precio del grano. La remuneración en dinero, apenas conocía alteraciones nominales. Había medios suficientes para conseguirlo. Para calcular con qué dinero se pagarían los jornales, los que trabajaban acordaban el precio con sus contratantes conforme al que pagaran otros. Unos elegían determinadas autoridades, como el colegio de los jesuitas, otros tomaban como referencia a dos labradores de la misma población y otros admitían las condiciones a las que se atuvieran otros tres del mismo lugar, quizás porque, si pagaran cantidades distintas, podrían atenerse al valor central. Pero fueran los referentes uno, dos o tres, cuando se actuaba de aquella manera se reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo y el monopsonio que imponían en el mercado de trabajo, como indican las limitadas cifras. Durante décadas, con aquel procedimiento, los labradores consiguieron que la denominación en moneda corriente de los jornales se mantuviera estable, cuando no invariable.

     En cuanto a la alimentación de los trabajadores, cualquier ingrediente es irrelevante en comparación con el pan. Las oscilaciones de sus respectivos precios, por muy violentas que fueran, apenas tendrían repercusión sobre el costo del trabajo. Incluso en términos absolutos, la alimentación estaba descargada sobre el suministro diario de masas de hidratos de carbono, la fuente de la energía humana. Lo que de verdad podía hacer cambiar el precio del trabajo era el valor del grano panificable. Cualquier incremento, era incremento de los costos del trabajo; cualquier caída, disminución.

     Al hacer estas afirmaciones, tal vez parezca que caemos en los brazos de la escuela de Mánchester, e incluso que el mismísimo Richard Cobden nos hubiera recibido con un abrazo. No estamos seguros que sea una desgracia esta afectuosa manera de concluir. Pero hay una diferencia entre sus planteamientos y lo que enseña el análisis contable. No es la capacidad adquisitiva del asalariado, y su relación con los hábitos alimenticios, la que carga con la responsabilidad salarial que tiene el precio del grano, sino directamente el modo de satisfacer el trabajo que mantenían los labradores.

     La agricultura de los cereales a fines de la época moderna estaría permanentemente amenazada por una trampa. Cualquier incremento de los precios del cereal satisfacía las expectativas de renta que tenía creadas aquel orden. Pero esto, tal como acabamos de comprobar, podía encarecer su producción. Encontrar el equilibrio no era fácil. Habría que ingeniar mecanismos que descomprimieran la tensión que aquellas fuerzas divergentes creaban. La salida al exterior del grano en busca del precio óptimo, compleja, que costó organizar, y no siempre con éxito, de haberla conocido sería saludada por Cobden. Otro, más seguro, fue trasladar una parte de la responsabilidad en la creación del producto a pequeñas explotaciones, bajo control de las de mayor tamaño, que podían regular tanto el volumen deseado para la cosecha, y evitar el hundimiento de los precios, como el consumo interno, liberador de una masa equivalente apta para la posible salida al exterior. No sabemos si esta manera de atajar el problema alcanzó el rigor de las más estoicas, pero desde luego terminó con la inmolación consciente de quienes se aferraron a ser campesinos.

Apéndice

De la contabilidad de una labor

Dómeda desde el 2 al 31 de octubre. Son data 4.753 reales 75 céntimos, pagados a los trabajadores del cortijo el primero de noviembre según copia, sentada aquí donde corresponde, por las peonadas hechas en la presente dómeda, a saber. 577 ½ peonadas a 2 ½ reales, hechas de barbecho, 1.443,75 reales. 986 ½ peonadas a 3 reales, de arada sembrando, 2.959,50. 81 de ellas son de sembradores, a 3 reales más, 243. 119 de ellas son de muleros, a ½ real más, 59,50. 25 de ellas son del amelgador, a 1 real más, 25. 28 de ellas son de un rejero, a medio real más, 14. 9 de ellas son del zagal del arriero, a 1 real más, 9. Todo suma 4.753 reales 75 céntimos, de que bajados 1.659 reales que el aperador ha dado por cuenta a la gente en el cortijo, según la misma copia, se les pagó por saldo en el despacho 3.094 reales 75 céntimos, que servirán de abono a Montero en nuestra cuenta corriente, según apuntes. El aperador quedó debiendo en fin de la dómeda anterior, pagada el 2 de octubre actual, día de nuestra señora del Rosario, según el cuaderno antiguo, 913,50. Ha recibido a cuenta el 12, 19 y 24, 1.500. Total cargo contra el aperador, 2.413,50. Ha dado por cuenta a la gente en el cortijo 1.659. Queda debiendo ahora 754,50. Cuya cantidad queda a cargo del aperador en el cuaderno nuevo del corriente año agrícola.

Comestibles. En esta dómeda desde el 2 al 31 de octubre actual se han hecho en el Derramadero, para el gasto del pan y demás comestibles, 1.564 peonadas por los jornaleros, 270 por los temporiles, 22 por el guarda, 16 por el grullero y 11 por los esquiladores, que han comido todos en el cortijo, según se dice en la misma copia, sumando todas 1.883 peonadas. Para ellas se han llevado y consumido 2.040 hogazas de pan, saliendo cada peonada con 3 libras 1 onza y 33 centésimas de otra. Con las mismas peonadas se han consumido 38 cuartas de aceite, saliendo cada una con 49 peonadas 55 centésimas de otra. Más 36 cuartas de vinagre, saliendo cada cuarta con 52 peonadas 30 centésimas de otra. Ítem, 48 cuartillos, o sean 6 arrobas de sal, saliendo cada cuartillo con 39 peonadas 22 centésimas de otra. Y por último 7 fanegas, o sean 336 cuartillos, de garbanzos. Para este gasto del potaje se aumentan a las 1.883 antedichas 240 peonadas de 6 boyeros y 2 borriqueros, que lo comen con la gente en el cortijo. Suman todas, 2.123 peonadas. Sale cada cuartillo de garbanzos con 6 peonadas 31 centésimas de otra. En suma, los costos totales de cada peonada en esta dómeda son 2 reales 157 milésimas, según el resumen que obra unido a la citada copia esta dómeda.

 

La esquila del ovino

Alain Marinetti

Cuando una casa explotaba en sus tierras una cabaña de ovino, al llegar el mes de mayo, comienzo de la segunda temporada de las dos en las que los labradores habían dividido el año agrario, organizaba la esquila que le permitía obtener su lana, una parte del producto pretendido si optaba por aquella empresa. Quizás para algunas de ellas no fuera el beneficio más esperado. Aunque con la obtención de leche y queso sería difícil que se pudieran alcanzar metas tan altas, la desviación regulada de una parte de la cabaña al mercado, de acuerdo con un meditado plan para su renovación, podía permitir cada año ingresos muy interesantes, y aconsejar a una parte de estos ganaderos que tal vez fuera preferible, para extraer el mejor rendimiento a su actividad, la comercialización de sus cabezas de ovino a distintas edades, y no la obtención de la lana. Pero, cualquiera que fuese la orientación de la empresa, llegada la primavera era necesario descargar a toda la cabaña del pelo que le hubiera crecido en el transcurso de un año. Su fibra era muy apreciada en los mercados del continente cuando provenía de la especie merina, en la que persistían las casas del sudoeste. Y tan inevitable como era proceder al alivio de su carga a los animales, era que el producto obtenido de aquella operación proporcionara unos ingresos, si no preferentes, nada insignificantes.

     Hasta donde llega nuestra información, las casas agropecuarias, de la misma manera que contrataban a cuadrillas especializadas para la siega del trigo y sus cultivos asociados, para cortar la lana a su ovino recurrían a equipos de esquiladores que se pueden suponer itinerantes. Pero a diferencia de las cuadrillas de segadores, que eran pequeñas y apenas tenían marcada la función de mando, las de la esquila eran verdaderas compañías con una jerarquía tan cerrada que el responsable de todo el equipo, único contratante del grupo reconocido por quienes les daban empleo, se hacía llamar a sí mismo capitán de esquila. Solo excepcionalmente, si ocurría que mientras fuera necesario tomar una decisión que comprometiera a todos estuviera trabajando en otro lugar, delegaba sus poderes de concertación en un subordinado inmediato, es probable que muchas veces emparentado con él, que se hacía identificar como contracapitán o segundo en la línea de mando; quien, no obstante, cuando actuaba bajo estas premisas, hacía constar que había sido encargado para una ocasión tan excepcional por el único capitán de esquila.

     Las decisiones que cualquiera de los dos tomara comprometían a todos los hombres sujetos a su disciplina, los esquiladores, quienes identificados con esta denominación eran quienes debían ejecutar el trabajo. Sumaban cada día que actuaban una cantidad proporcionada al número de cabezas que fuera necesario esquilar en el transcurso de la jornada. Como las cabañas de las casas eran numerosas, y sus promotores decidían concentrar el trabajo en pocos días, el número de los esquiladores de cada jornada solía ser alto, siempre por encima de las dos decenas en las condiciones que podemos creer habituales, muy superior al tamaño de las cuadrillas que se esforzaban en la siega, equipos de tamaño variable entre cuatro y siete hombres.

     No parece que alcanzado el grado de esquilador hubiera diferencias por razones funcionales entre quienes lo tuvieran. Pero los textos, a veces, hablan, con una carga expresiva que no es necesario ejuiciar, de esquiladores mandones, etiqueta específica y distintiva dentro del mismo tipo. La denominación, más que con alguna responsabilidad, que como capataces cargaría sobre ellos cuando actuaran los equipos complejos que se entregaran al combate cuerpo a cuerpo con los animales, tomaba nota de una categoría laboral que efectivamente era reconocida con su correspondiente remuneración.

     La casa contribuía a la recluta de aquel ejército con las tropas auxiliares, en parte al menos quintadas entre sus empleados estables. La mayor parte de sus temporiles, o trabajadores contratados por una o las dos temporadas, era la que en las casas solían llamar ganaderos, muy discriminados según especie. Los que se ocupaban del cuidado permanente del ovino estaban bajo el mando supremo del rabadán, uno de los cuatro o cinco empleados de más cualificación de cualquier casa de entidad. A su autoridad  estaban sometidos todos los pastores, cada uno de ellos responsable de una piara, la unidad de población ovina definida por un atributo común relacionado con su crecimiento natural. La menos distinguida, y que abarcaba la mayor parte de la cabaña, era la de ovejas. Pero, pensando en la salida al mercado de los animales más estimados, tanto como en la reproducción controlada de toda la manada, se podían segregar piaras de borregas, hembras de hasta dos años; de primales, ovino de entre un año y dos; y de la categoría que llamaban chicada, que separaba a los corderos nacidos en los tiempos más expuestos a los agentes patógenos, para que fuera objeto de cuidados especiales. También podían separarse para que fueran criados aparte los borregos, machos del mismo segmento de edad que sus correspondientes hembras, y, sobre todo, los carneros, los machos de la especie en la plenitud de sus atributos. En cada piara, bajo las órdenes directas de su pastor, trabajaban además los correspondientes zagales, que  alcanzaban un número que doblaba al de pastores. Mientras que en la separada por sexo y edad podía bastar con uno, en la menos discriminada el número de zagales debía ser mayor, en la proporción correspondiente hasta alcanzar aquel total.

     Completaba la nómina de los empleados permanentes para el cuidado del ovino el guarda del coto de las ovejas, encargado de preservar los espacios por los que fuera migrando aquella población en busca de pastos. Para la inevitable trashumancia del ovino, aunque fuera de corto radio, podían ser un recurso suficiente las tierras de cualquier clase que explotara la casa durante la parte del año en la que el ganado no obstaculizara los cultivos y los aprovechamientos elegidos para ocuparlas. Todo dependería de la entidad de cada cabaña. Tampoco era infrecuente, en caso de que esta fuera importante, que la casa se viera en la necesidad de arrendar pastos externos, ahora en un lugar, luego en otro, durante algún tiempo. Pero tanto en uno como en otro caso, además, como la pieza imprescindible de cualquiera de las casas era su labor, una vez que se levantaba la cosecha de trigo y sus cultivos complementarios, sus piaras, durante la segunda temporada, aprovechaban como pasto los rastrojos que en la tierra más trabajada hubieran dejado aquellos cultivos. Invariablemente, el guarda iría custodiando todos los cambios de lugar para garantizar su reserva. Es difícil sin embargo que su responsabilidad alcanzara hasta las piaras que se desplazaran a las ferias, en plena primavera, cuando hacía falta buscarle pastos a lo largo del trayecto hasta el lugar donde se celebrara.

     Cada equipo de pastores y zagales iba contribuyendo a la esquila de su piara como personal auxiliar, y al mismo tiempo presente a lo largo de todo el trabajo, junto al cual actuarían en idéntica posición a otros que citan las fuentes, como atadores, escoberos, perreros, moreneros y alguien que presume de titularse escribano, todos los cuales llegarían integrados en las cuadrillas de esquiladores. De la función que tuviera cada uno de los tres primeros no es difícil hacerse una idea, y ninguna representa una gran responsabilidad, ni siquiera un trabajo que en todos los casos fuera necesario. La del morenero, sin embargo, sí era específica y a la vez imprescindible. La esquila, inevitablemente, provocaba cortes en la piel de los animales. Para cauterizarlas se elaboraba una solución de carbón y vinagre que se conocía con el nombre de morenillo. El morenero estaba encargado de mantenerla a punto y en el lugar donde fuera necesario aplicarla al instante. Además, es muy probable que quien se hacía llamar escribano fuera el encargado de llevar un registro puntual del trabajo de cada día y su producto.

     La esquila, donde hemos podido observarla más de cerca, se ejecutaba en pocos días, unos diez para una cabaña de poco más de tres mil cabezas, lo que no impedía que se dividiera en dos fases. La primera o anticipación estaba reservada al ganado que había sido seleccionado para ir a las ferias, donde la casa se deshacía de los ejemplares que ya no necesitaba o que podían proporcionarle buenos ingresos. Habiéndose reservado el valor de su lana, además de obtener una parte de su renta, al deshacerse de él en las ferias contribuía al plan de renovación permanente de la cabaña, un recurso de la cría del ovino necesario si al mismo tiempo se deseaba obtener de él el mejor producto lanar, tanto más estimado cuanto más jóvenes fueran los ejemplares. Para apurar los ciclos de renovación, los buenos criadores necesitaban encontrar el equilibrio entre las edades de los ejemplares y la productividad lanera a cada una de ellas. Parece que se inclinaban a deshacerse de los ejemplares en torno a los dos años de edad, en una proporción de dos hembras por cada macho, más algunos carneros, una parte de los cuales explícitamente habrían sido clasificados antes como mansos.

     En la segunda parte se completaba la esquila de toda la cabaña, aunque el feliz cumplimiento de cualquiera de las dos estaba sujeto a los contratiempos que podían retrasar los planes. El más recelado, tal como ocurría con cualquiera de las otras actividades agrarias, era la lluvia, que para el ovino inesperadamente podía hacerse presente con toda su carga negativa. En una casa estaba todo preparado para esquilar las borregas cuando llegó el aviso de que se habían mojado la tarde anterior con una tormenta que había caído en el coto donde aguardaban su traslado. Pareció necesario demorar el trabajo veinticuatro horas, tiempo que se juzgaría suficiente para que el vellón recuperase el estado que pareciera adecuado para la esquila, aunque la responsabilidad que tocaba a la humedad acumulada por la lana en el momento del corte resulta equívoca. A la vez que se repudiaba el efecto de la lluvia, la regla había establecido que el mismo día en que los ejemplares eran esquilados, inmediatamente antes fueran encerrados en un área reservada para este fin que se conocía con el nombre de bache, para que allí, hacinados, sudaran. Tan primitivo recurso se justificaba por la necesidad de lubricar la piel y el pelo de los animales, y así facilitar el corte de las tijeras; lo que al mismo tiempo no dejaría de incrementar el peso del vellón. Parece pues que la carga de humedad que añadiera la lluvia, pudiendo cumplir con idéntico propósito, sobrepasaría lo tolerable.

     Cada casa agraria sostenía en la población que había elegido como lugar donde concentrar sus actividades un edificio principal, para que alojara el hogar de sus titulares y fuera sede de la proclamación pública de su bienestar. La casa de campo era el lugar separado dentro de aquel edificio principal para que se dedicara exclusivamente a todas las actividades productivas, fuese la que se quiera su complejidad, que convenía centralizar o mantener bajo control inmediato de sus máximos responsables. Cuando llegaba el día previsto para su esquila, cada piara era trasladada desde su coto hasta su correspondiente casa de campo, para que allí los esquiladores hicieran su trabajo. La víspera, de acuerdo con el capitán o con el contracapitán, se elegía los ejemplares que debían ser esquilados y se estimaba cuántos esquiladores sería necesario tener dispuestos para aquella cantidad. El número previsible lo decidía primero la cantidad de cabezas ovinas señaladas y después su clase. Todo indica que regía un patrón según el cual cada esquilador debía consumar por jornada el corte del vellón de diez ejemplares: si estaba previsto esquilar doscientas ovejas, el capitán o su contracapitán debían concurrir a la casa de campo con veinte de los esquiladores bajo su mando. A partir de esta proporción se harían las previsiones, aunque luego, cada día, mientras se trabajaba, siempre se consiguiera, valiéndose de la emulación entre los trabajadores, extraerle a una parte de ellos una productividad algo mayor, tal vez compensatoria de los cálculos previos, que favorecerían a los contratados. Cuando se observan los casos, la razón entre ejemplares despachados cada día y número de hombres que actuaron siempre da un valor algo por encima de diez.

     Sin embargo, en los días en los que el trabajo se descargaba sobre cierto tipo de animales, el rendimiento podía verse incrementado en márgenes, aunque restringidos, nada despreciables. La ley que rigiera los cambios de valor dentro de esta banda, si se pretende deducir de los valores concedidos al trabajo que han quedado registrados parece sencilla. Señala a una relación inversa entre la edad de los ejemplares y el rendimiento del trabajo. Los días en los que la proporción de carneros y borregos esquilados era más alta, el rendimiento era más moderado, más próximo a diez, mientras que cuando era mayor el número de primales y añinos, los ejemplares en torno a un año, la productividad podía incrementarse hasta alcanzar un valor cercano a trece en los momentos en que aquella proporción era mayor, justo al final de la segunda fase.

     Pero una productividad que de uno o de otro modo nunca conseguía separarse mucho de diez parece baja. Aceptar que algo así estaba consolidado puede ser la mejor disposición para concluir que, tal como ocurriera con la siega, las jornadas de esquila tal vez eran cortas, quizás porque fuera aconsejable evitar las temperaturas más altas de las horas centrales del día, cuando las sangrías accidentales podían tener peores consecuencias. Parecería más razonable concentrar el trabajo en el tiempo imprescindible para un aprovechamiento juicioso del trabajo y cuanto más cerca de las horas extremas del día mejor. La duración prevista para la jornada también decidiría sobre el número de esquiladores a convocar cada día así como sobre la proporción de trabajadores auxiliares adecuada a ese número: dos moreneros cuando la cantidad de cabezas a esquilar en una jornada oscilara entre doscientas y trescientas, y cuatro entre pastores y zagales de la casa.

     Los esquiladores, tal como los segadores, vendían su trabajo diario solo por una cantidad de dinero. Tal compromiso lo contraían, con un par de días de antelación a lo sumo, a través del capitán, quien antes los habría reclutado para su cuadrilla. El acuerdo que hacía acreedores de aquella renta no estaba cumplido en el momento que se presentaban en el lugar de trabajo. Si la tarea no podía realizarse inmediatamente, aunque fuera por una causa de la que no podía hacérseles responsables, la incertidumbre se cernía sobre la posibilidad de ingresar la renta de aquel día. Así ocurrió en aquella ocasión en que fue necesario aplazar la esquila porque el ganado que para ello se había apartado fue víctima de una tormenta. El aviso del contratiempo no llegó a la casa de campo hasta la mañana siguiente, cuando los esquiladores ya estaban allí consentidos en ganar la peonada. Al cabo, no pudieron ingresar la cantidad que esperaban. Se imponía el principio según el cual el trabajo solo se debía liquidar después de completado.

     Los trabajadores auxiliares, si eran parte de los empleados estables de la casa, como los pastores, los zagales y el guarda, tal como se actuaba con los demás de esta categoría, además del dinero que por cada día de trabajo ingresaban ganaban la comida. La habitual, en su caso, se les entregaba de antemano, en previsión de sus desplazamientos constantes, como un lote de provisiones que ellos mismos debían elaborar luego. Pero los días que contribuían a la esquila disfrutaban de una comida que se elaboraba en donde se estaba desarrollando el trabajo. Conocemos al menos sus ingredientes, incluso las proporciones en las que cada uno de ellos era empleado, aunque no su combinación. No obstante, valiéndonos de los dos criterios disponibles, se puede conjeturar que uno de los platos más elaborados podía ser de bacalao, y que se complementaría con una ensalada, y que para cualquiera de las dos elaboraciones se recurría a cebollas y ajos y especias, más aceite, vinagre y sal suministrados por la despensa de la casa. A todo esto se sumaba el indispensable pan, que en forma de hogazas se repartía entre los comensales a razón de una libra por persona y día.

     Aun siendo común esta composición de la comida, no era invariable. El plato principal también podía elaborarse con carnero, habas y guisantes, era posible que a la ensalada se le agregara tocino y entre los suministros provenientes de la despensa de la casa, para completar la dieta, también podía llegar queso. Asimismo podía cocinarse una borrega que hubiera muerto, que podía ser comida suficiente, junto con el pan y los demás condimentos que necesitara aquel guiso, para dos días. Que padeciera alguna enfermedad, como la modorra, que afectaba al cerebro del animal, podía ser un incentivo para sacrificarla y consumirla, aunque siempre después de que se hubiera esquilado. Y también podía ocurrir que algunos días no se elaborase comida alguna por haber empezado tarde a esquilar.  En ese caso, como aun así era obligado satisfacer la comida diaria de los empleados estables de la casa, podía bastar con los suministros regulares de pan, aceite y vinagre, más el queso y las aceitunas provenientes de la despensa de la casa.

     La otra parte de los trabajadores auxiliares, que eran un apéndice de los esquiladores, y por tanto tan extraordinarios como ellos, solo ganaba la comida, cualquiera que fuese su extracción o su origen. Ahora bien, el que fuera de ellos la percibía en dinero efectivo, lo que no dejaba de ser una salida convencional al pago del trabajo diario no exenta de paradojas. Así como para el acceso a la comida que cada día se elaboraba no se discriminaban las cantidades que cada pastor, zagal o guarda pudiera consumir, la comida de los auxiliares integrada en la tropa de los esquiladores estaba tarifada según funciones, de manera que los atadores ingresaban más por su comida diaria que perreros, escoberos o escribanos, o que los moreneros, que ingresaban por debajo de todos los demás. Aunque no es seguro que estas funciones se desdoblaran en personas distintas a los esquiladores, con cuyo trabajo principal podían ser compatibles, sí lo es que, de hacerlo, quienes las desempeñaran trabajarían solo por la comida, cuyo valor nominal mínimo se aproximaba al del jornal de un peón sin cualificar, si bien ninguno de ellos alcanzaba hasta el valor de la remuneración que se obtenía con el trabajo directo como esquilador. Procediendo de este modo, el resultado era una clara jerarquía de la renta diaria de quienes eran contratados expresamente para este trabajo, toda reducida a dinero, según los grados de su ejecución.

     Más equívoca era la posición de los capitanes, y más todavía la de los esquiladores distinguidos con la expresiva calificación de mandones. Si capitán y contracapitán, al mismo tiempo que se mantenían en su posición suprema, actuaban como esquiladores, ganaban, además de la remuneración correspondiente a este trabajo, el dinero correspondiente a su comida, tal como los auxiliares eventuales, que también se tarifaba la más alta de todas las que se resolvían de este modo, aunque siempre por debajo de la renta obtenida por el trabajo directo de esquila. Pero los días que su actividad se redujera a ejercer su trabajo de dirección, su ingreso se reducía al valor de la comida, recibido en efectivo. Sin embargo, además participaban de los platos que a diario se preparaban para los trabajadores estables de la casa. Unos días se arrimaban ellos, otros se convidaban y, en definitiva, quien cargaba con aquellos costos, cuando hacía balance, reiteradamente tenía que lamentarse de que los capitanes persistieran en ser invitados según malas costumbres.

     De la misma manera, los esquiladores distinguidos con el mencionado título de preeminencia, percibían un suplemento por comida si al mismo tiempo ejecutaban la esquila, o solo aquella cantidad en caso de que su papel se redujera al asociado a su posición en la jerarquía de la cuadrilla. Sin embargo, para una fase de los trabajos podían ajustarse expresamente solo por el dinero que remuneraba el trabajo directo. Pero los términos que utiliza la fuente, llegada esta ocasión, son lo suficientemente ambiguos como para que se pueda suponer, de una parte, que ocasionalmente actuaban como capitanes, quizás en ausencia de estos, y tal como ellos se sumaban a disfrutar de los platos elaborados cada día; o que simplemente se resignaban a renunciar al suplemento por comida que podrían ingresar. Como después del ajuste aludido seguían cobrándolo, es más probable que ocurriera lo primero, aunque no hay constancia expresa de que sucediera.

     Las prisas por disponer del vellón actuaban a favor del valor nominal del trabajo, y no solo porque una parte de quienes lo ejecutaban pudieran duplicar los conceptos por los que era remunerado. Quienes más se beneficiaban de aquella tensión eran los esquiladores efectivos, la masa de quienes componían las cuadrillas, que del día que lo vendieran solo ingresaban la cantidad en la que hubiera sido tasado el trabajo. Así, una casa acordaría con un contracapitán, porque el capitán de la cuadrilla estaba esquilando en otro lugar, empezar al día siguiente la esquila de los ejemplares que iban a ir a las ferias. Un par de días después, una vez resueltos todos los contratiempos, veintisiete hombres completaron el trabajo que se había previsto para aquella jornada. Tal como habían contratado, cada uno recibió por su día de trabajo siete reales, tras lo cual se previó que al día siguiente continuaran el trabajo veinticinco de aquellos hombres. Pero, en contra de lo que estaba planeado, aquella jornada no se trabajó, y solo un par de días después se pudo negociar de nuevo la esquila de los carneros y los borregos que estaban en uno de los cortijos de la casa a la espera de ir a las ferias, cuyas fechas se aproximaban inexorables. El propio capitán que negociara no estaba en condiciones de comprometerse en un jornal porque permanecía a la expectativa de lo que decidieran los esquiladores con los que solía contar. Desde hacía unos días estaban sin trabajar por cuestión de precio. Con otro labrador ya se habían ajustado a nueve reales al día, un jornal que pretendían extender a todas las cuadrillas. La casa, urgida por el calendario, no tuvo otra opción que plegarse a las pretensiones de los esquiladores. A partir del día siguiente, cuando se reanudaron los trabajos, y para todos los días durante los que aún se prolongaron, hubo de liquidarlos a nueve reales por persona y día, como los demás labradores; a pesar de lo cual todavía opinó, al recapitular los trabajos contratados, que los jornales no habían sido muy altos.

     Cuando se había completado la esquila, se hacía balance. Según el suyo, durante los ocho días de mayo trabajados una casa había conseguido esquilar 3.149 ejemplares de ovino, de los cuales 115 eran carneros, 1.769 ovejas y primales y 1.265 borregos añinos. Pero el balance sustantivo, para cualquiera de las casas que se hubiera empleado en la crianza de esta especie, era el referido a la lana que hubieran proporcionado los animales, mucho más minucioso, en cuyas propiedades se concentraban las aspiraciones de esta rama de su actividad.

     El peso de los vellones esquilados era naturalmente desigual, no solo de una clase de animal a otra, sino entre los ejemplares del mismo tipo. Aunque comúnmente se pesaban todos los vellones y de todos los tamaños según se iban cortando, los pastores que asistían a la esquila de sus piaras tenían la costumbre de no pesar por separado los más pequeños, a consecuencia de lo cual ni siquiera se ataban. La consecuencia de esta manera de proceder era que, cuando se completaba el registro del producto obtenido cada día, para anotar el peso de todos los vellones que se habían cortado se procedía según un método muy grosero. Se tomaban en cuenta los valores máximo y mínimo de los pesos verificados según tipo de animal, y a continuación se designaba como referencia el valor medio de cada intervalo, corregido según criterios no siempre rigurosos ni constantes, y se multiplicaba por el número de cabezas de cada clase que aquel día habían entrado en el bache. Concluido el trabajo, para deducir un balance de la campaña bastaba con sumar los parciales diarios según tipos de animal. Así, la casa que en total había esquilado 115 carneros, y que aceptó como peso tipo para sus vellones las 10 libras, estimó el producto obtenido de esta parte de su ovino en 46 arrobas, una operación que tenía en cuenta su premisa métrica, según la cual una arroba equivalía a veinticinco libras. Procediendo de esta manera con las ovejas, por una parte, y con los borregos, por otra, por último sumó un total de 714 arrobas de lana.

     El juicio sobre la calidad de la lana por el momento también era muy difuso. Se reducía a deslizar ocasionalmente alguna opinión del tipo “la lana tiene una calidad regular para lo que se esperaba este año”, una manera de hablar en la que la palabra elegida para enjuiciar es lo suficientemente ambigua como para no comprometer. Las casas daban por descontado que todas estas valoraciones eran muy débiles porque habían delegado el cálculo de todos los pesos que fueran precisos al momento de venta de la lana. Según se fueran consumando las transacciones, tal como llegaran, asimismo se irían verificando las calidades elegidas por el comprador y a partir de ellas el precio de las cantidades por él solicitadas.

     Por el momento, para terminar con los trabajos de plena primavera, bastaba con almacenar todo el producto obtenido en su correspondiente cuarto lanero. En las vísperas de la esquila, al comienzo de mayo, se habilitaba en la misma casa de campo donde se desarrollarían los trabajos. En la explotación cuyo proceder seguimos de cerca fue necesario habilitarlo en otro que llamaban del esparto, que fue desplazado a una de las salas del piso bajo de la vivienda porque el que estaba reservado para que fuera el lanero estaba aún ocupado con al menos una parte de la lana que se había esquilado el año precedente. Para que estuviera convenientemente equipado para recibir la lana nueva, los cuartos laneros primero se blanqueaban, luego se entarimaban y sobre las tarimas, por último, se tendían esteras.

 

Tres destajos

Alain Esteban, becario

No es frecuente encontrar en el protocolo notarial, para mediados del siglo dieciocho, el documento llamado destajo, contrato entre un labrador y una cuadrilla de segadores. Los informes siguientes proceden de los tres que hemos podido identificar en una colección de esta clase, correspondiente a un municipio del suroeste, tras un rastreo limitado a la década cuyo año central fue 1750.

     Se ha naturalizado la idea de que las cuadrillas de segadores al final de la época moderna eran forasteras. Las procedencias de las tres, que se conocen positivamente, la corrigen. Una es íntegramente local. En su nombre comparecen al contrato su manijero, que es el hombre que la encabeza y dirige, y once hombres, casi toda la cuadrilla. (De ningún modo la dirección de cada cuadrilla puede justificarse por su alfabetización. Solo se tiene constancia de que supiera firmar el manijero extremeño. De los cinco que actuaron en nombre de la cuadrilla más numerosa además se sabe positivamente que no firmaron porque no sabían.) Otra procede de una población inmediata, a solo diez kilómetros de distancia del lugar donde debía realizar su trabajo. Por ella se comprometen cinco de sus miembros, que actúan en nombre de los demás. Quienes obligan a la tercera, que son solo dos personas, el manijero y otro hombre, son vecinos de Azuaga, al sureste de Extremadura. De al menos otros dieciséis miembros de ella, de los que sus responsables dicen que por su cuenta los buscarían más adelante, no se puede tener la certeza de que tengan la misma procedencia.

     La residencia de quienes firman los contratos en representación de todos completa en un sentido semejante la impresión sobre la frecuencia y el alcance de los movimientos migratorios que originan. Tal como era previsible, los primeros son vecinos de la población donde van a trabajar, como todos los miembros de la cuadrilla, y tanto los naturales próximos como los dos extremeños residen en la población de sus compromisos en el momento de comprometerse.

     El movimiento migratorio de mayor alcance pudo ser el desencadenado por las fechas comprometidas para realizar los trabajos. La cuadrilla más numerosa, que tenía que salir de la población próxima, se comprometió a acudir a segar cuando la llamaran. También los responsables de la extremeña firmaron que empezarían a trabajar cuando se les avisara. Mientras, la cuadrilla local no creyó necesario hacer ninguna precisión en este sentido, tal vez porque a causa del valor nulo de su movimiento previsto le pareciera una obviedad.

     Quizás tengan también algún significado para interpretar las posibilidades de los movimientos migratorios de la siega los adelantos o bonetes que se acuerdan. En el momento de cerrar su compromiso, a los extremeños que formarían una cuadrilla el labrador que los contrataba les dio 75 reales, a cuenta de lo que hubieran de ganar. La cuadrilla próxima, la más numerosa, recibió por adelantado nada menos que 1.200 reales. Al contrario, de la cuadrilla local no consta que percibiera adelanto alguno.

     En el primer caso, el adelanto parece una forma de asegurarse el trabajo. En el otro se podría interpretar que el labrador desea asegurarse los buenos segadores. Pero cualquiera de las dos evidencias positivas podría justificarse como una manera de hacer frente a los gastos del traslado hasta el lugar donde habría que cumplir con lo acordado y de la manutención durante el trayecto.

     Las fechas de los contratos, sin embargo, no parecen ir en el mismo sentido. Osciló entre tercera semana de marzo y tercera semana de mayo. Dos meses de diferencia parece demasiado tiempo para solo tres casos. El exceso permite relacionar el momento de los acuerdos con la velocidad prevista para la maduración del fruto, distinta de una campaña a otra, incluso de una explotación a otra, según hubieran actuado los elementos del clima.

     Los contratantes fueron un monasterio, que explotaba uno de los cortijos de la población. Los otros dos eran labradores civiles igualmente a cargo de grandes explotaciones del mismo lugar. Se podría partir del axioma de que el tamaño de las cuadrillas que contrataron oscilaría en función de la extensión de la labor que cada uno tuviera. Pero se correría el riesgo de ocupar una posición inconveniente. Más correcto sería decir que variaría en función de las besanas, unidades de espacio en origen definidas por un mismo sentido de sus surcos, que tuviera capacidad de abarcar cada cuadrilla. Porque las grandes explotaciones solían contratar decenas de aquellos grupos de hombres. Preferían que fuera posible trabajar simultáneamente todo su espacio cultivado. En la siega se imponía la economía de tiempo para evitar en lo posible las adversidades del clima que pudieran sobrevenir.

     La cuadrilla local tenía dieciocho hombres, la extremeña esperaba sumar veintiuno y la que debía partir de la población vecina, treinta y nueve. En las dos ya cerradas, sus representantes ponen cuidado en identificar a sus miembros como buenos segadores. En la menos numerosa, los buenos segadores son catorce, y de los otros cuatro dos eran atadores, que se encargaban de hacer las gavillas, unidades de transporte de la mies hasta la era, y los otros dos zagales, adolescentes o jóvenes cuyo trabajo más importante sería el acarreo del agua hasta el área de la besana en la que en cada momento se estuviera segando. Los que esperaban formar una cuadrilla de veintiuno reservarían tres plazas para atadores. La más numerosa, a cuyos miembros sus representantes solo se refieren como compañeros, y entre los cuales no se hace ninguna distinción jerárquica o de especialidad, parece regida por un principio de solidaridad abnegada.

     El objeto del contrato se podía identificar de la manera más resumida como segar el destajo de un cortijo o el destajo de una sementera. Destajo por tanto habría llegado a ser sinónimo del trabajo de siega. También los responsables de las cuadrillas podían decir que tomaban a su cargo para segarla toda la sementera de trigo y cebada de un cortijo. Con más precisión aún, se podía decir que se trataba de segar la sementera de trigo y cebada que aquel año tenía el contratante en uno de los cortijos de la población. Entonces se acostumbraba que el grueso de las tierras que se sembraban en otoño fueran ocupadas por cebada y sobre todo trigo, en proporciones variables que con seguridad superaban los tres cuartos.

     La cuadrilla más numerosa también se comprometió a hacer buen rastrojo, recogiendo granos, alzando y levantando camas, sin causar en parte alguna perjuicio ni daño. La local se comprometió a segar llevando bien recogida la espiga y la paja, atando bien los haces, llevándolos los gavilleros derechos, y a levantar todas las mañanas las camas, según uso y estilo de esta tierra.Y la dirigida por los extremeños a que, una vez empezado el trabajo, no saldrían de él hasta haberlo terminado.

     En dos de los tres casos se menciona que la unidad de medida del trabajo era el cahíz, y en uno de ellos se especifica que el cahíz del que se habla es el de doce fanegas. Aquella manera se expresarse se presta a equívocos, porque el cahíz, que habitualmente se interpreta como una medida de capacidad, también puede ser una medida de superficie. Sin embargo, no es probable que sea el de capacidad, porque para calcular los resultados del trabajo de los segadores sería necesario esperar a la trilla, una operación posterior que se podía prolongar durante semanas.

     El trabajo de las cuadrillas se pagaba con dinero y con los denominados adherentes. La local admitía que el precio del cahíz de doce fanegas incluiría los maravedís y las adehalas, nombre que en su documento era intercambiable con el de adherentes. Por lo que se refería al dinero, los que trabajarían para el monasterio, la cuadrilla más numerosa, acordaron que el precio de cada cahíz fuera conforme al que pagara el colegio de los jesuitas. Los otros cobrarían por cada cahíz segado lo que pagaran otros labradores. Unos se remitieron al nombre de dos, asimismo de la población, a los que tomarían como referencia. Los extremeños admitieron las condiciones a las que se atuvieran otros tres labradores del mismo lugar. Prefirieron elegir como pauta tres porque, si fueran distintos entre sí, podrían atenerse al del medio. Pero cualquiera de estas decisiones, al actuar de aquella manera, reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo.

     En cuanto a los adherentes, la cuadrilla mayor, que tan igualitaria parecía, se mostró rigurosa. Cuando llegó el momento de acordar su tarifa, para el cuerpo solidario fueron incontenibles las especializaciones y sus jerarquías. Por cada cahíz –cada cahíz de tierra segado, según nuestra interpretación– cada segador cobraría como adherentes seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite. Pero los atadores y los zagales como adherentes percibirían la mitad. (Seis arrobas de pan era una cantidad seria. Equivalen a 150 libras. Si damos por bueno que un hombre en la plenitud de sus fuerzas, mientras estaba empleado, admitiera como tarifa diaria de su remuneración en pan una libra, que era algo menos de medio kilo, se puede estimar que aquella cuadrilla tendría previsto emplear entre tres y cuatro días en segar cada cahíz.) Las otras dos, por lo que se refería a los adherentes, asimismo se atendrían: una, a lo que por cada cahíz segado pagaran los dos labradores de referencia; la otra, las mismas a las que se atuvieran sus tres labradores designados y con la misma salvedad, que si estos tres fueran distintos entre sí se atendrían al del medio. La local, en cuanto a atadores y zagales admitiría la misma referencia.

     Una cláusula de garantías preservaba el cumplimiento del contrato. Su inclusión pudo ser inexcusable cuando se daban adelantos, aunque en el único caso que se escribe es justo en el que no consta que hubiera adelanto. Si la siega no se hiciera tal como se había acordado, y al labrador que los contrataba le resultara algún daño, expertos designados para el caso los tasarían y quienes no hubieran cumplido con lo acordado tendrían que correr con los gastos ocasionados.

     Pero, al otro lado del acuerdo, no había cláusulas de garantía que evitaran su fragilidad. Cuando llegó el momento de firmar el contrato previsto con la cuadrilla local, finalmente las partes no se pusieron de acuerdo. Sobre las causas de la poca fuerza de lo acordado antes dan algunas pistas las negociaciones entre el monasterio contratante y la cuadrilla más numerosa.

     Un par de semanas después de cerrar el acuerdo, ya en mayo, el monje responsable del monasterio declaró que cuando había llegado al compromiso precedente estaba enfermo en cama, y tenía algo perturbadas las facultades del entendimiento natural. En donde decía mitad de zagales y atadores, aclaró, tendría que añadir si el colegio así lo pagara. Para que la especificación del monasterio tuviera efecto, fue necesario añadirla al acuerdo que se había firmado. En aquel momento no estaban presentes los segadores.

La cédula que encargó la redacción del destajo, en este caso enviada por el monasterio ordenante al escribano, también se ha conservado. Es un documento informal que solía preceder a cualquiera de las actuaciones documentales, en el que se resumía el contenido de los acuerdos. Deja en evidencia el comportamiento unilateral del monasterio. En ella literalmente consta que a los segadores se les darían de adherentes por cada cahíz seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite; y a los zagales y atadores, la mitad, sin más precisiones.

     La fragilidad de los contratos podría adjudicarse al exceso de cuadrillas que ofrecieran sus trabajos al mismo tiempo.

 

Primeras siegas

Andrés Ramón Páez

Una casa agropecuaria podía estar interesada en la producción de aceite, en la de vino, en la cría de ganado de cualquier especie. Ninguna de estas actividades sería suficiente para satisfacer por completo su plan. Una labor, la explotación destinada a la producción de trigo y sus cultivos asociados, era la pieza imprescindible para las que aspiraban a las primeras posiciones, un rango para el que nunca faltaban competidores. Les proporcionaba al menos la mitad de los ingresos que obtuvieran cada año. Tan importante renta, cuyo tamaño la justificaría, se la jugaban a la siega, el trabajo decisivo de la recolección.

     En una labor de primer orden, mantenida por una casa que estaba interesada al mismo tiempo en todas las producciones que se han mencionado, este trabajo empezó con la siega de las habas, un cultivo al servicio del barbecho que se ha solido llamar semillado, a su vez tributario del cultivo determinante, el del trigo. Para ella fueron contratadas tres cuadrillas de trabajadores del campo, que la casa identificaba por el nombre de su capataz, quien antes había reclutado a los que en cada una trabajarían con él. La de Manuel Caballero Martos sumó quince jornaleros o trabajadores esporádicos, Cristóbal García López, Tobalo, compuso la suya con trece y Francisco Blanco González con diecisiete o dieciocho mujeres también de la clase de los asalariados. Mientras que las de hombres se ajustaron a siete reales secos, es decir, sin comida o solo por una cantidad de dinero por cada día trabajado, la de mujeres lo hizo por la mitad, tres reales y medio. No obstante, porque era una costumbre aceptada en todas partes, a todos se les permitió mientras segaran recurrir a las habas que recolectaran, cultivadas para que fueran pienso del ganado, para que se hicieran un guiso diario.

     A los capataces de las cuadrillas de hombres el administrador de la casa les adelantó cantidades a cuenta de la remuneración del trabajo que iban a hacer, mientras que para la de mujeres dio al aperador, responsable directo de las actividades de la explotación, el dinero que debía servir al mismo fin, para que les pagara diariamente en el cortijo donde debían actuar. Los adelantos a costa del trabajo que se iba a realizar, que era una práctica regular en estos casos, serían tanto una apuesta a favor de quienes iban a hacerlo como una satisfacción al apremio de quienes dependían de la renta diaria para hacer frente a sus necesidades de consumo.

     La cuadrilla de mujeres empezó a trabajar el 7 de mayo y a partir del 9, cuando todos salieron temprano para el campo, trabajaron simultáneamente las tres. En el primer cortijo de la explotación, el que hacía de centro de sus actividades, las encontró aquel mismo 9 de mayo el administrador, quien fue a inspeccionar cómo marchaba la siega que les había encargado. Las hay medio verdes, escribió, refiriéndose a las habas, aunque otras están maduras, en vista de lo cual a los segadores les encargó que fueran dejando atrás las verdes, para evitar el agracejo o mal sabor que tal vez tuvieran, consecuencia de que les faltaba maduración.

     La siega de las habas se prolongó hasta el 17, el mismo día que fue pagada a jornal, y por tanto sin medir ni separarse los costos de la siega. Habían sido once días en total para la cuadrilla de mujeres y nueve para las dos de hombres, aunque a estas en realidad solo les había ocupado siete, porque los dos últimos, el 16 y el 17, los habían empleado en atar las habas que habían recolectado. La cuadrilla de Cristóbal García López había acumulado ciento treinta y ocho peonadas, de las cuales ciento nueve habían sido de siega, mientras que las otras veintinueve las había empleado en atar las habas. El capataz, como reconocimiento a su responsabilidad, recibió un plus de un real, sobre los siete acordados, por sus nueve peonadas, además de una gratificación de otros cinco, aunque no es costumbre, para redondear los cuatro adelantos y la liquidación. La de Manuel Caballero Martos sumó ciento treinta y siete peonadas, de las cuales ciento dieciséis fueron de siega y veinte de atar o engavillar, a lo que se le sumaron las nueve de una mujer que durante aquellos días trabajó con los hombres de la cuadrilla. El capataz recibió el mismo plus y la misma gratificación que el de la otra. Por último, la de Francisco Blanco González acumuló ciento sesenta y una peonadas, hechas por entre once y dieciocho mujeres entre el 7 y el 17. De siega fueron ciento treinta y cinco y veintiséis de atar las gavillas. Al capataz se le reconocieron las once peonadas a ocho reales, cantidad en la que iba incluido el real de plus.

Terminada la siega de las habas, se emprendió la de cebada, un cultivo al que las casas invariablemente dedicaban atención por la responsabilidad que le tocaba en la alimentación de su ganado. El 19 de mayo fueron contratadas cuatro de las cinco cuadrillas que debían realizarla. De nuevo Cristóbal García López organizó una con siete hombres. Francisco Blanco González, que para las habas había preferido mujeres, esta vez reunió diez hombres. Las otras dos las reclutaron capataces que antes no habían actuado. Manuel García, alias Piña, creó la suya con siete destajeros, y Francisco Escamilla Lora reunió solo seis. Debían salir a trabajar al día siguiente, el mismo durante el que el administrador completó la contratación de los hombres que había creído necesarios. Otra vez Manuel Caballero Martos se comprometió con siete destajeros, bajo las mismas condiciones y con los mismos medios.

     Todas las cuadrillas se ajustaron exponiéndose a las tensiones que conociera el mercado de trabajo durante aquellos días, a lo largo de los cuales su demanda se incrementaba, tal como era habitual. Las partes se limitaron a remitir el jornal al precio medio que paguen sus fanegas de cuerda don Ramón Sanjuán, don José Gavira y don Antonio Quintanilla, labradores que también cultivaban cebada, quienes por causas que no conocemos servirían de referencia a las explotaciones de aquel término. Para contribuir a su trabajo, cada cuadrilla recibió del almacén de la casa unas aguaderas, cuatro cántaros pequeños y un lebrillo, medios que creerían necesarios para sostener el trabajo en la besana cuando ya el verano estaba próximo. Las aguaderas, que se hacían con madera o con esparto, estaban pensadas para cargarlas sobre bestias. Las dividirían en cuatro compartimentos, dos a cada lado de la bestia, para colocar los cuatro cántaros, vasijas de barro de las que regularmente beberían. El lebrillo, más ancho por el borde que por el fondo, de barro vidriado, lo utilizarían para asearse.

     El 24 de mayo, mediada la siega de la cebada, el administrador fue al cortijo para ver el rastrojo que estaba dejando. En su opinión, las cuadrillas lo llevaban regular, una expresión, más que imprecisa, moderadamente descalificadora. Pero para aquel momento su interés estaba ya concentrado en la inspección de los trigos. A su juicio estaban casi para segarlos, con el grano regular, principalmente en uno de los tres cortijos integrados en la labor de la casa; aunque las espigas, al menos las que aquel día vio, eran cortas y generalmente con pocas órdenes; de donde dedujo que proporcionarían poco en simientes, si la granazón no acababa muy perfectamente. Tampoco de esto percibía las mejores señales en aquel momento. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día, se lamentó.

     Parece que las cuadrillas contratadas regularon con autonomía sus ciclos de trabajo. A los dos días de haber empezado el suyo, la de Cristóbal García López se volvió a la población para holgar por primera vez, y aquel mismo 24 de mayo hicieron su primera huelga las cuadrillas de Manuel García alias Piña, Francisco Escamilla Lora, Francisco Blanco González y Manuel Caballero Martos.

     La frecuencia con la que se movieron se puede aproximar. Todas, a la espera de que su trabajo tomara precio, también para esta ocasión fueron recibiendo dinero a cuenta, las cuatro primeras los días 19, 23 o 24 y 29, y la quinta, el 20 y el 24. Dada la regularidad con la que los capataces acudían a las dependencias de la administración de la casa para tomar estos adelantos, se puede suponer que del mismo modo podrían regular su retorno a la población las cuadrillas de segadores. Bajo este supuesto, el calendario de sus movimientos, contando con que la primera fecha es la de partida, sería 23 o 24 de mayo para todas, es decir, entre cuatro y cinco días después de la partida, y entre cinco y seis para el siguiente y definitivo retorno. Probablemente, las cuadrillas fijaban su residencia en el cortijo de un modo muy inestable, y la frecuencia de sus desplazamientos iría en detrimento de la duración efectiva de la jornada de trabajo. Parte de la responsabilidad de tan segmentado empleo de la energía pudo corresponder a que su ajuste tampoco incluía la comida.

     El 26 el administrador fue de nuevo a la explotación. Esta vez estuvo viendo la sementera de trigo en las otras dos unidades integradas en ella, donde, según observó, ya iba granando medianamente. También supervisó a los segadores de la cebada, a la que, en su opinión, le había faltado la primavera. Aunque continuaban cortándola, estaba espesa como un linar, todo lo mala que cabe, lo mismo de paja que de grano.

     El 29 los asalariados que habían sido destinados a sacar las gavillas de habas, porque habían quedado en la besana una vez segadas, una parte de los que habitualmente contrataba el aperador para cualquiera de los trabajos que fueran necesarios, habían terminado este trabajo. En la unidad central de la explotación, desde días antes, otra parte de ellos estaba ya trabajando en su trilla con los mulos de la casa. Las gordas ya las tenían limpias y de las menudas estaban aventando la primera parva. Dieciséis de ellos todavía debieron seguir en la era del cortijo trillando habas menudas con los mulos los días 30 y 31 de mayo y 1 de junio.

     Mientras tanto, el 27 había empezado, en el nombre de Dios, el acarreo del grano de la cosecha de aquel año, que se concentraba íntegramente en las dependencias de la casa en la población. Aquel día las burras de la casa habían llevado tres viajes de habas, y los mulos, solo uno. En total, ciento sesenta y una fanegas, de las cuales ciento quince eran de habas gordas y cuarenta y seis de menudas. Las dejaron en uno de los graneros de la casa. A partir de aquel día continuaron porteándolas al mismo lugar los días 30, 31 y 1 de junio, y era ya el 3 cuando los mulos todavía estaban llevando habas menudas, lo que seguirían haciendo hasta concluir su almacenamiento.

     Aunque el 28 de mayo terminara la siega de la cebada, no se liquidaron cuentas, a la espera de que el consorcio de labradores tarifara todo el trabajo de quienes segaban. No obstante, el 29, cuando cuatro de las cinco cuadrillas estaban percibiendo sus últimos adelantos a cuenta, dos de los capataces, Tobalo y Piña, le entregaron al administrador sus fes de medida del terreno segado, hechas por un agrimensor, don Pedro Calvo, para que cuando hubiera precio pudieran liquidarse sus cuentas. De aquellas certificaciones, que fijaban con precisión e independencia arbitrales toda la superficie segada por cada cuadrilla, dependían sus ingresos, porque tal como se acordaba en todos los casos se tarifaba la remuneración del trabajo por unidad de superficie.

     En aquella ocasión la cebada segada estuvo concentrada en uno de los tres cortijos de la explotación, la mayor parte de ella en áreas indiscriminadas de él, otra en el Llano del Pozo y el resto en el Haza de la Laguna. El balance de la superficie de cebada que se había segado fue de sesenta y cinco unidades de superficie. Cada una de las cinco cuadrillas había segado en torno a una quinta parte de aquel total. La diferencia entre la que más había segado y la que menos no llegaba a las tres unidades de superficie.

 

La siega del trigo

Andrés Ramón Páez

Durante el día 3 de junio la administración de la casa a partir de la cual observamos estos fenómenos hizo frente a una actividad desacostumbrada, tanta que resultaría la jornada más intensa de aquel año. En la población donde tenía radicado el centro de sus actividades rentables fueron contratadas veintiuna cuadrillas de segadores. Un par de días después fue contratada la última, la vigésimo segunda. Todas debían salir para el cortijo central de su labor para emprender la siega del trigo y sus cultivos asociados desde la misma jornada en la que habían sido contratadas.

     Sus tamaños no eran idénticos. Cualquiera de las mayores, de nueve o trece hombres, era excepcionalmente grande, mientras que las menores solo reunían entre dos y cuatro. Las que tenían entre cinco y siete sumaban más de la mitad de los casos. Aunque es posible precisar las especies cuya siega le fue encargada a cada una, no se puede hacer lo mismo con la cantidad de espacio a segar que le fuera adjudicado, tal vez porque antes de empezar quedara abierta en previsión de su dedicación y su velocidad comprobadas. Pero si se comparan los espacios atribuidos en el momento del contrato con las superficies positivamente segadas que luego se liquidaron se puede asegurar que las diferencias entre las previsiones y el trabajo realizado debieron ser pocas. Los tamaños de las cuadrillas se pueden tomar por tanto como una consecuencia forzosa, aunque diferida, de los encargos recibidos.

     Tres de las veintidós fueron nutridas exclusivamente por miembros de una misma familia, sin que sepamos ni sus sexos, ni sus edades, ni el grado de parentesco que los unía. Todas las demás se reclutaron de manera abierta solo entre hombres. Pero fuese su extracción inducida por la consanguinidad o no, todos sus integrantes eran vecinos del municipio en cuyo término iban a trabajar. El aperador los conocía y él mismo los había buscado, y en su presencia recibieron el primer dinero por cuenta en el despacho de la administración de la casa, una vez que cualquiera de ellas para su remuneración explícitamente se atuviera al precio medio que resulte de los [precios] que paguen por sus fanegas de cuerda don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira en sus cortijos. Se trataba de las habituales tres labores del mismo término que se tomarían como referencia para evaluar el trabajo de la siega del trigo dentro de los límites del municipio. Proceder de aquella manera era una costumbre avalada por una práctica secular.

     No sabemos cómo se comprometían con sus cuadrillas de segadores aquellas tres labores. Se puede temer que lo hicieran recurriendo a una expresión recíproca respecto de la casa cuyas formas de proceder conocemos. De actuar así, nadie tendría responsabilidad directa sobre una decisión de tanta trascendencia, y para todos equivaldría a una evasión, puesto que para todos la decisión sería ajena. Pero también es posible que los responsables de aquellas tres labores estuvieran dispuestos a militar en la vanguardia de las decisiones más comprometidas, sin importarles que pudieran ser conocidos como causantes de un desenlace que no a todos contentaría, estuvieran a un lado o al otro de la única relación. En cualquiera de los casos, procediendo de aquel modo, unos, otros o todos los labradores, cerraban el consorcio que tarifaba en su favor la remuneración del trabajo consumido en aquellas condiciones.

     La siega del trigo y sus cultivos asociados se desarrolló bajo la supervisión del administrador de la casa, quien periódicamente estuvo controlándola sobre el terreno. Durante la tarde del 14 de junio, pasados diez días del comienzo de los trabajos, fue al cortijo central de la casa y como un comandante revistó sus segadores y los de los otros dos integrados en la explotación. Encontró las siegas regulares y el trigo mal granado, aunque observó que el trabajo iba adelantado, tanto que se podía prever que acabaría pronto.

     Solo cinco días más tarde, el 19 de junio, de nuevo fue hasta las tierras de la explotación para hacer pronósticos. Otra vez estuvo revistando a los segadores, pero también los trabajos de la era, hacia la cual empezaba a girar su atención y donde aquel día se estaba trillando el trigo sacado con carretas de las tierras de uno de los dos cortijos anexos. Vio que las pajas se trillaban con facilidad, ayudadas por la sequedad que habían provocado los solanos más recientes.

     Ya el 29 volvió al cortijo central persuadido de que se estaba cerrando el capítulo del ciclo que había comenzado el día 3. Comprobó que la siega que quedaba pendiente era poca, y reconoció que los trabajos de la era apenas empezaban.

     En el transcurso del mes durante el que se prolongó la siega el tamaño de las cuadrillas permaneció invariable en once de las veintidós, la mayor parte de las que tenemos información positiva. Casi todas eran del tamaño tipo, y algunas eran de los tamaños superiores. De las que no es posible deducir con exactitud si sus dimensiones oscilaron, otras nueve, sabemos que tres eran las familiares y las demás las de tamaños menores. Solo de dos se tienen noticias de la variación de su tamaño. Tanto el capataz de la primera como el de la segunda habían comprometido siete hombres, pero cuando se hizo el cómputo de la actividad de cada una solo constaron seis.

     Las informaciones más explícitas sobre el cambio de tamaño de las cuadrillas, justamente referidas a la primera, son sin embargo contradictorias. El 18 de junio su capataz, aprovechando uno de los viajes para cobrar uno de los adelantos, llevó razón de que iba a aumentarla para aligerar la siega. Su intención permite suponer cierta flexibilidad del número de los que trabajaban cada día, sobre todo a favor del incremento. Quienes se comprometieran para la siega del trigo sabrían a qué se prestaban y permanecerían fieles a su compromiso.

     La flexibilidad de los tamaños pudo estar relacionada con los desplazamientos periódicos desde los cortijos a la población. Si recurrimos de nuevo a los adelantos como indicador de estas migraciones, es posible aproximarlos. Aunque solo tengamos la certeza de que quien retornaba a la población era el capataz, porque acudía personalmente a la administración de la casa para recibir los adelantos, podemos suponer que si él se movía también podrían moverse los demás miembros de su cuadrilla, aunque los desplazamientos quedaran a la discreción de cada uno.

     Todas, menos la vigésimo segunda, que fue contratada el 5, recibieron dinero a cuenta el día 3. Para cualquiera esas fechas serían las de su partida. Desde ese momento se sucedieron los adelantos según un calendario que conocemos. Para que podamos recurrir a él como indicador de la frecuencia de los retornos a la población de las cuadrillas, y a la vez evitar deformaciones, antes es necesario descontar las dos que abandonaron. El 11 de junio dejó su trabajo y se volvió a la población la décimo novena, cuya cuenta quedó cortada. Argumentó que el trigo que segaba estaba espeso. En las anotaciones del diario del administrador la referencia a tan singular comportamiento aparece bajo el epígrafe segadores malos. La misma consideración le merecería la cuadrilla décimo cuarta, que también aquel día abandonó la siega, una coincidencia de fecha que permite pensar en un abandono forzado; aunque días más tarde, el 16 de junio, el administrador también precisa que los de la décimo cuarta se habían vuelto a la población porque hacían mala siega.

     Según el calendario de los adelantos, solo dos días, el 8 y el 16, habrían retornado simultáneamente siete cuadrillas, y en siete días (7, 11, 12, 14, 20, 23 y 30), cinco. El resto de los días durante los que se mantuvo la siega del trigo y sus especies asociadas solo volverían a la población simultáneamente tres o menos cuadrillas: en seis días (9, 17, 21, 24, 26 y 28), tres, en cinco (10, 13, 15, 22 y 25), dos, y en seis (6, 18, 19, 27, 29 y 4 de julio), una. Serían por tanto extraordinarios los retornos en masa, y mucho más probables los escalonados. Sin embargo, no hay asomo de distribución regular. A días de escasos retornos suceden al azar otros de valores máximos. A lo sumo, se podría admitir que la intensidad de los retornos sería mayor al principio, cuando en dos fechas consecutivas (7 y 8) se suceden retornos de los mayores tamaños, de cinco y siete cuadrillas respectivamente, y que iría disminuyendo algo según se aproximaba el final, lo que tiene más relación con la progresiva finalización de los trabajos y la vuelta definitiva de cada una.

     Todo esto corrobora la autonomía de los movimientos, para la que sí se puede deducir cierta regularidad. Basta observar el fenómeno desde las decisiones tomadas por cada cuadrilla. Así, por ejemplo, la primera recibió a cuenta con intervalos de siete, seis, dos y cinco días, lo que indica un comportamiento que prefiere un valor en torno a cinco. Se podría pues decir que la primera cuadrilla solía retornar a la población cada cinco días aproximadamente, periodo que marcaría la frecuencia de actividades vitales que solo se podían satisfacer en la población, la primera de todas proveerse de los medios de subsistencia para mantenerse activa.

     Este fue el comportamiento regular. Para trece de las veinte cuadrillas que cumplieron con sus compromisos hasta el final se observa un valor tipo de sus retornos dentro del intervalo entre poco más de cuatro días y seis, es decir, en torno a cinco. Los comportamientos extremos, menos uno, se concentran en el intervalo entre ocho y diez días. Tan prolongadas estancias continuadas en el campo se pueden relacionar con más claridad con la modestia del encargo (siempre por debajo de las veinte unidades de superficie de trigo), el pequeño tamaño de la cuadrilla y que la recluta de sus miembros se hizo entre los miembros de una misma familia. Aunque nunca hay una correlación inmediata entre los tres, sí es frecuente, por necesaria, que la haya entre los dos primeros factores. A la explicación de la estancia en el campo relativamente prolongada de familias completas, puede ayudar, aunque ahora valiéndonos de su signo complementario, el mismo factor que explicaría la mayor frecuencia de los retornos de los varones. Así como estos se verían forzados a volver a la población para garantizarse los medios básicos de subsistencia, la familia íntegra podría prever la permanencia y hasta improvisar un hogar en el campo. No obstante, en el otro extremo, el único valor excepcionalmente bajo, poco más de tres, corresponde también a una cuadrilla familiar, la única, de las tres que tienen este mismo origen, que contó con nueve miembros, un tamaño también excepcionalmente alto.

     Una precisión sobre el comportamiento de la décimo cuarta, una de las dos cuadrillas que desistieron, es incidentalmente valiosa para conocer el horario de los desplazamientos de las cuadrillas. Registra el administrador que abandonó la siega a última hora del día 11 y llegó a la población el 12 temprano, lo que significa que sus hombres hicieron de madrugada el trayecto de vuelta.

     Teniendo en cuenta los escasos cambios de tamaño documentados, podemos en conclusión aceptar unos tamaños, si no constantes sí duraderos, de las cuadrillas: primera, 8; segunda, 7; tercera, 13; cuarta, 7; quinta, 7; sexta, 7; séptima, 9; octava, 7; novena, 7; décima, 4; décimo primera, 5; décimo segunda, 5; décimo tercera, 2; décimo cuarta, 5; décimo quinta, 7; décimo sexta, 4; décimo séptima, 4; décimo octava, 5; décimo novena, 5; vigésima, 3; vigésimo primera, 2; vigésimo segunda, 9.

     El administrador el 19 de junio, mientras supervisaba los trabajos sobre el terreno, constató que muchas cuadrillas de segadores estaban ya concluyendo los suyos, al tiempo que los recargaban en los sitios donde había más trigo por segar, un fenómeno doble que, aunque solo lo podamos conocer parcialmente, se puede rastrear.

     Como era previsible, dada la diferencia de los encargos, la conclusión del trabajo de las cuadrillas ocurrió de manera escalonada y, tal como el administrador había previsto, a partir del 20 de junio. Con seguridad sabemos que entre el 23 y el 29 terminaron con el trigo que se les había encomendado la tercera, la décima, la décimo segunda, la décimo séptima, la vigésima y la vigésimo segunda.

     Pero una parte de ellas continuó sus trabajos con la siega de parcelas en las que había otros cultivos. La tercera, que hasta el 21 también había segado garbanzos, terminada la del trigo emprendió la de la escaña, en la que todavía estaba trabajando el 29. Y la vigésimo segunda, el 23, una vez terminada su siega del trigo, empezó a segar la escaña, en la que persistía el 28. También sabemos que la cuarta y la quinta, que habían trabajado en las siegas del trigo y los yeros y del trigo y el centeno respectivamente, concluyeron todos sus trabajos el 30 y el 28, y que el 30 la vigésimo segunda había terminado todos sus trabajos. A todo esto podemos añadir, con idéntica precisión, algo que ya sabemos, que el 11 de junio abruptamente la décimo cuarta y la décimo novena habían terminado.

     Son equívocas sin embargo las informaciones sobre la finalización de los trabajos de la séptima. Mientras que por una parte se afirma que el 20 de junio concluyó todos sus trabajos, consta a continuación que el 24 había terminado su siega del trigo y salió a segar los garbanzos. Interpretando la primera afirmación como referida solo al trigo sería compatible con la segunda. Pero todavía quedó registrado que el 28 había hecho siega de trigo y salió a hacer la de los garbanzos, y aún se añade que el 30 había terminado la siega del trigo y hacía las de los yeros y los garbanzos. Al mismo tiempo, sobre el final de la siega de los yeros, se hace constar que la recolección de las semillas, es decir, de habas y yeros, se dio por concluida el 16 de junio. Si tenemos en cuenta que la siega de las habas había terminado el 17 de mayo, según esta información tendríamos que aceptar que en fechas próximas y anteriores al 16 de junio tuvo que concluir la de los yeros.

     Es muy probable, aun así, que el trabajo de todas las cuadrillas menos la segunda, que todavía estaba trabajando el 4 de julio, terminara como máximo el 30 de junio. Podemos además conjeturar, con todas las probabilidades a nuestro favor, que, a excepción de la segunda, todas las que se mantuvieron activas hasta el final habrían concluido sus trabajos entre el 20 y el 30 de junio, aunque en realidad nada sabemos positivamente sobre cuándo terminaron diez cuadrillas (primera, sexta, octava, novena, décimo primera, décimo tercera, décimo quinta, décimo sexta, décimo octava y vigésimo primera). Por tanto, no podemos ensayar cálculos sobre tiempos de trabajo.

     Sí los podemos hacer de rendimientos por unidad de superficie, porque conocemos con mucha precisión la cantidad de tierra que cada cuadrilla segó, incluso su localización dentro de cada uno de los tres cortijos de la explotación.

     Cualquiera de las superficies segadas también en este caso la medía un agrimensor. Hasta cuatro profesionales de aquella categoría se responsabilizaron de estos trabajos en esta parte del ciclo. Calculaban las tierras segadas sobre los rastrojos, para que no cupieran dudas sobre cuánta superficie cada cuadrilla había segado efectivamente. A continuación daban fe de la extensión de cada área segada y este arbitraje las partes lo admitirían como independiente. A la casa aquel testimonio le garantizaba la justeza del cálculo de los costos directos que le ocasionaba la siega, los mismos que para la otra parte eran sus rentas. Habiendo sido acordada la prestación de trabajo bajo las condiciones del destajo, su remuneración se deducía inmediatamente de la cantidad de superficie trabajada. Por esa razón los derechos de medida que percibían los agrimensores los pagaban mitad la casa, mitad la cuadrilla.

     No por eso la medición quedaba a salvo de disensos, cuya resolución repercutía no solo en el cálculo de los costos y las remuneraciones debidas, sino también, cuando menos, en un retraso de la percepción de estas. Así ocurrió con la evaluación de la siega del trigo de la quinta, la sexta y la octava cuadrillas. Hubo dudas sobre la extensión de los rastrojos que habían quedado sobre la parte de uno de los cortijos anexos en la que las tres habían trabajado. En los tres casos la liquidación se suspendió hasta resolver las dudas. Al fin se deshicieron sin necesidad de remedir, y, satisfechas en lo posible, se les pagó a todos; para evitar los escándalos y perjuicios que causan las remedidas, la sospecha de colusión entre la casa y los medidores, el desprestigio para ambos, que no se evitaría con una gratificación sino con el reconocimiento por ambas partes de una cantidad de superficie que demostrara que la ecuanimidad había sido el camino para encontrar la salida.

     Por la trascendencia que para el fenómeno tiene este factor, valdría la pena detenerse en precisar cuando menos la cantidad de superficie segada por cada cuadrilla. Pero la relación podría resultar demasiado enojosa. Para el fin que perseguimos, basta decir que de trigo la extensión máxima segada fue 81 unidades de superficie y la mínima, 6; que un grupo de ocho cuadrillas logró segar entre 40 y 66,5; y que la mayor parte de ellas, diez, segaron entre 10 unidades y poco más de 20.

     A las seis que segaron yeros, sin embargo, les fueron adjudicadas superficies similares, entre 4 y 6,75 unidades, a excepción de la que solo segó poco más de 2 unidades. Garbanzos solo segaron dos, de manera que una (22,75 unidades de superficie) casi duplicó a la otra (14). También fueron dos las que segaron la escaña, solo que esta vez en cantidades muy parecidas, en torno a las 22 unidades de superficie. Y centeno solo segó una cuadrilla, sobre una superficie de escasa extensión (1,33 unidades).

     Teniendo en cuenta estos valores, y los que hemos aceptado como estables para el tamaño de las cuadrillas, los rendimientos por unidad de superficie de la siega de las tierras sembradas de trigo, que es la primordial, sobresalen primero por su amplio recorrido, entre un máximo de 11,57 unidades de superficie por hombre, que consigue la segunda, y un mínimo de 1,02, que alcanza la séptima. Además, entre uno y otro límite toma valores para 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3 y 2 unidades enteras, aparte sus correspondientes fracciones, es decir, para todos los números naturales dentro del intervalo.

     Ninguno de los factores inmediatos que permite observar la documentación conduce a identificar causalidad directa que explique absolutamente una oscilación tan extrema. La participación en más de una siega no parece que tenga responsabilidad alguna en los rendimientos. De las siete que cumplen con esta condición, tres se sitúan entre los cuatro primeros puestos de los rendimientos en la siega del trigo, mientras que otras dos están en el otro extremo, los dos peores rendimientos. Las otras dos ocupan discretas posiciones centrales. Y de las siete, cinco ya hicieron la siega de la cebada, sin que esta condición modifique sus rendimientos en la siguiente, que pueden ser superiores, medios o ínfimos. Ocurre además que las dos que ocupan los puestos inferiores son las que reciben una mayor cantidad de encargos distintos, entre los que se incluyen todos los de la siega de los garbanzos.

     La extracción de las cuadrillas parece tener algo más de responsabilidad. Las familiares obtienen unos rendimientos muy discretos, en torno a los valores centrales, y solo consiguen elevarlos algo cuando su tamaño es drásticamente reducido. Una de ellas es la que ocupa el último puesto, en el que se acumulan tres siegas distintas, entre las que se cuenta una de las dos de garbanzos. Pero las cuadrillas familiares son un fenómeno marginal y nunca se hacen responsables de grandes cantidades de superficie.

     El tamaño de las cuadrillas parece corresponder en mayor medida a los rendimientos. En diez de los veintidós casos, a menor tamaño de la cuadrilla, menor rendimiento, lo que indicaría que el cálculo previo de la cantidad de trabajo necesaria se excedió. Por su parte, la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla es la que se muestra más favorable a una correspondencia entre términos. En catorce de los veintidós casos, a más tierra adjudicada, mayores rendimientos. La consecuencia más visible de la responsabilidad que pudo tocar a este factor es que las dos cuadrillas malas efectivamente ocupan puestos entre los seis rendimientos más bajos. Al interrumpir sus trabajos el día 11, naturalmente dispusieron de menos superficie que segar.

     A la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla desde el principio le hemos reconocido relación causal con su tamaño. La mutua determinación entre estos dos factores, al tiempo que la responsabilidad dominante sobre la cantidad de tierra adjudicada, queda en evidencia cuando a una cuadrilla se le adjudica poca superficie y puede obtener un rendimiento algo más discreto, sin salir de los inferiores, reduciendo mucho su tamaño.

     Cualquier correlación queda pues muy lejos de una explicación satisfactoria para todos los casos. Pero todo indica que tuvo un poder decisivo sobre los rendimientos un ponderado proceder discriminatorio por parte de la casa. De su voluntad dependía el factor visible de más peso, la cantidad de tierra que se adjudicó a cada cuadrilla, y de la misma el encargo de más trabajos o de los trabajos en siegas que pudieran contrapesar unos pésimos rendimientos en la del trigo.

     La siega de los yeros tal vez fue la más dura. El propio documento, para referirse a ella, habla de segar o arrancar los yeros, que se habían cultivado en los llanos frente al edificio del cortijo central de la casa. Es posible que con la segunda opción esté relacionado que todos los que se plantaron aquel año fueron yeros menudos. La dureza del trabajo, en cualquier caso, la revela que todos los rendimientos están por debajo de la unidad de superficie por segador (primera, 0,74; segunda, 0,69; tercera, 0,38; cuarta, 0,57; séptima, 0,75; vigésimo segunda, 0,23). La diferencia de rendimientos en este caso, más que de la cantidad de tierra asignada, fue consecuencia del tamaño de las cuadrillas, que cuando queda por debajo de diez los favorece, pero que cuando supera esa cifra, por exceso, podía actuar como factor negativo.

     Si partimos de la discrecionalidad con que actuaba la administración de la casa, debemos reconocer que el reparto del trabajo, concentrado en las cuadrillas selectas,  esta vez fue generalmente equitativo, aunque la vigésimo segunda fue discriminada. Cinco de las cuadrillas que participaron en esta actividad segaron una cantidad de superficie similar. Tan solo la vigésimo segunda quedó lejos de unos valores tan concentrados. Pero a todas favorecería haber sido elegidas para este trabajo. Fue el mejor remunerado con diferencia.

     En la siega de los garbanzos las dos cuadrillas que en ella intervinieron justificaron sus tamaños. Sus rendimientos fueron similares y nada esforzados (tercera, 1,75; séptima, 1,56), pero los tamaños respectivos (13 y 9 hombres) les permitieron abarcar importantes áreas. Al mismo tiempo que este trabajo los liberaría parcialmente de la siega del trigo, de cuyos rendimientos inferiores fueron responsables, les permitiría compensar ingresos. Todo indica que gracias a estas decisiones recíprocas las cuadrillas tercera y séptima se vieron favorecidas.

     Para la siega de la escaña también fueron elegidas solo dos cuadrillas, la vigésimo segunda y de nuevo la tercera. A cualquiera de ellas se le asignó una superficie casi idéntica. Para la vigésimo segunda aquella cantidad fue parte de su trato diferenciado. Las diferencias de rendimiento (vigésimo segunda, 2,48; tercera, 1,63) fueron consecuencia directa de los respectivos tamaños.

     La siega del centeno le fue encomendada a una cuadrilla, la quinta, que había obtenido uno de los mejores rendimientos en la siega del trigo, de características muy similares. En esta ocasión su rendimiento fue el más bajo de todos, 0,19 unidades de superficie por hombre, consecuencia directa de que la cantidad de superficie sembrada de centeno se había reducido a 1,33 unidades de superficie.

     Aunque cualquiera de los rendimientos de la siega de los cultivos asociados queda muy lejos de los rendimientos de las cuadrillas que trabajaron en el trigo, no cabe adjudicar estas diferencias a una dispersión de las cuadrillas en más de una siega a la vez. La documentación insiste en que acometían una cuando terminaban la otra, lo que no siempre excluye la posibilidad de alguna jornada de transición durante la cual la cuadrilla fuera repartida en dos áreas diferentes.

     Los muy bajos rendimientos de la siega de las especies asociadas, si se los compara con los del trigo, sería la mejor demostración de que atribuirla discrecionalmente era una forma directa de decidir a favor de determinadas cuadrillas. Una tabla con el balance de toda la tierra segada por cada cuadrilla apenas modificaría lo que se observa a través de la siega del trigo, que impone su ley por abrumador dominio cuantitativo. De las 927,99 unidades de superficie segadas en esta fase definitiva, en la que se incluye la siega de la cebada, que fue su avanzada, 752,75 fueron de trigo, de las cuales 143,25 correspondieron a uno de los cortijos anexos, 174,92 al otro y 434,58 al cortijo central de la explotación. Las de cebada fueron 65, las de escaña, 43,58; las de yeros menudos, 28,58; las de garbanzos, 36,75; y las de centeno, 1,33. De donde se deduce que las de trigo fueron más de las cuatro quintas partes de la tierra puesta en explotación.

Era el 4 de julio y la cuadrilla segunda aún no había concluido sus trabajos, pero formalmente, entre el 28 y el 30 de junio fueron liquidados los de las veintidós contratadas para la fase definitiva de la siega, si bien hay indicios suficientes para pensar que las liquidaciones en realidad pudieron prolongarse hasta el 11 de julio.

     Estaban pendientes de los precios que se decidieran para cada uno de los trabajos. En el transcurso del mes de junio, después del 3 pero antes del 30, don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira, los labradores de referencia a partir de los cuales se evaluaría el trabajo de la siega del trigo y sus especies asociadas, si debemos aceptar lo que literalmente sostienen nuestras fuentes, se habrían decidido a pagar determinadas cantidades por sus unidades de superficie segadas. La casa las habría conocido y, calculado el precio medio resultante de aquellas cotizaciones, tal como estaba acordado con todas las cuadrillas, decidió pagar por la unidad de superficie de trigo o centeno segada 39 reales, por la de yeros menudos, 55; por la de cebada, 40; por la de escaña, 25; y por la de garbanzos, 30. No obstante, hubo una excepción. A la séptima la siega de los garbanzos se le pagó a solo 15 reales la unidad de superficie, la mitad de lo acordado. La razón para la rebaja que expuso el administrador fue que habían estado muy endebles. Como a la otra cuadrilla que participó en la siega de los garbanzos la unidad de superficie sí se le pagó a los 30 reales estipulados, se puede interpretar que quienes estuvieron endebles fueron los miembros de la cuadrilla séptima durante las jornadas que emplearan en aquella parte de su trabajo. No obstante, no es posible excluir por completo la posibilidad de que la apelación a la endeblez sea una referencia a la calidad de la cosecha que había crecido en el área que le fue asignada a la cuadrilla peor pagada.

     La combinación de cantidad de tierra adjudicada a las cuadrillas con su tamaño, la acumulación de trabajos y los precios que para ellos finalmente acordó la casa hizo posible que las diferencias de renta percibida por los segadores pudieran ser muy acusadas; tanto como la que hay entre 3.978,17 reales, que fue la cantidad percibida por la segunda cuadrilla, la que más ganó, y 234, la ingresada por la décimo tercera; una diferencia que se expresa mejor si se tiene en cuenta que la mayor contiene a la menor algo más de diecisiete veces. Luego entraba dentro de lo posible que un grupo restringido de asalariados, sujetándose a los dictados del destajo, pudiera ganar hasta diecisiete veces más que otro.

     Entre uno y otro extremo el recorrido de la renta, sin embargo, se agrupa con relativa claridad, a diferencia de lo que ocurría con los rendimientos, de modo que la diferencia de rendimientos por unidad de superficie sería parcialmente neutralizada por el dinero ganado por el grupo. Aunque el caso que roza los 4.000 reales es excepcional, tan singular como el siguiente en el orden de los tamaños de las rentas, que alcanza los 3.400, la serie de las que quedan comprendidas en el intervalo entre 2.000 y 3.000 está nutrida por ocho cuadrillas. El rango de la élite que forman las cuadrillas por razón de renta, que comprende poco menos de la mitad de ellas, estaría delimitado pues por el mínimo 2.000 reales.

     A partir de ahí se abre un abismo. Entre el valor 2.000 y el 1.000 solo hay un caso, por debajo de 1.500. Así que el segundo rango al que podían aspirar las cuadrillas estaría claramente marcado por el intervalo 500-1.000 reales, en el que se encuadran otras nueve, casi la otra mitad. Las dos inferiores no solo quedan por debajo de 500 sino que además la menor es casi la mitad de la antecedente.

     El alcance personal de aquellas diferencias era aún menos acusado, gracias a que el tamaño de las cuadrillas habría sido previsto como el atenuante de las diferencias entre los encargos y por tanto entre las rentas totales obtenidas. Esta vez la diferencia entre lo ingresado tras el reparto equitativo por el que más cobró (568,31 reales, cada uno de los hombres de la segunda) y el que menos (82,55, cualquiera de quienes trabajaran en la denostada décimo novena) es solo de algo menos de siete veces el valor más bajo, casi la tercera parte de la diferencia que separaba entre sí los ingresos totales de las cuadrillas; lo que no obsta para que sea necesario reconocer que un segador destajista podía ganar hasta unas siete veces más que otro, primero por razón de trabajo asignado por los responsables de la labor donde trabajara y en segundo lugar por el tamaño de la cuadrilla en la que se integrara, inversamente proporcional al rendimiento que de él se podía esperar.

     Aunque los casos se pueden también agrupar por rangos, las distancias que separan unos de otros no son tan amplias, si exceptuamos un grupo de cabeza, muy destacado de los demás. Ingresa por encima de los 400 reales y abre una brecha con el siguiente de unos 50. Pero a  partir de ahí las diferencias quedan bastante atenuadas. Entre 350 y 250 aproximadamente se encuadran los miembros de nueve cuadrillas, casi la mitad, y entre unos 220 y 100 quedan otros nueve. El último valor, 82,55, es bajo todos los conceptos una excepción, a pesar de lo cual es necesario reconocer que, trabajando a destajo, cualquier segador con seguridad podía conseguir durante el tiempo que se empleara en esta actividad unos ingresos en efectivo superiores a los que obtuviera si se empleara como asalariado regular para trabajar en otras tareas. Mientras que si se empleara bajo esta condición, durante un periodo de 25 días, similar al que puede estimarse para cualquiera de las cuadrillas de la siega, ingresaría en concepto de jornal 87,5 reales, si completara el trabajo que se le asignara como segador podía aspirar a ingresar como mínimo algo más de 100 reales.

     Nada de esto impedía que la casa, aun repartidas las rentas directamente relacionadas con la productividad del trabajo, todavía se esforzara en completar la discriminación sirviéndose de gratificaciones. Las recibía íntegramente el capataz, quien luego las repartía entre quienes hubieran sido distinguidos con ellas. Para la casa, sería la manera más directa de declarar sus preferencias, beneplácitos y condenas, y estimular las diferencias y la competencia entre trabajadores.

     Los primeros y más agraciados eran los propios capataces, ya distinguidos con los poderes del cabo sobre sus escuadras. Los hubo que consiguieron sumar hasta 40 reales a los ingresos que obtenían como miembro activo de la cuadrilla que dirigían, lo que se pudo traducir en pasar de 315,73 reales a 355,73, que sería tanto como incrementar sus rentas en más de una décima parte. También hubo quien sumó 35, y una buena porción, hasta siete capataces, añadió 30, en la mayor parte valiéndose solo del premio a su trabajo en la siega del trigo, en otra sumando la dirección de los trabajos en el trigo, la cebada, los garbanzos y la escaña. Porque las gratificaciones del trabajo en el trigo siempre eran notablemente más altas que las más modestas que se percibían por cualquiera de las otras siegas. Y también hubo quienes se quedaron en una discreta zona intermedia, no demasiado concurrida, entre los 25 y los 10 reales de premio.

     Aunque hay una alta correspondencia entre el volumen de trabajo desarrollado y las gratificaciones de los capataces, se detectan casos de visible preferencia, como el del capataz de la cuadrilla vigésimo segunda, que encabeza la tabla de las gratificaciones, cuando el valor del trabajo de su cuadrilla, aunque alto, estaba a más de mil reales de distancia de la cabeza. Algo similar, aunque no en un grado tan alto, ocurre con las sexta, octava y novena. Pero donde la discriminación se concentra es en ignorar la gratificación. Hay siete capataces que no reciben ninguna.

     Contra todo pronóstico, el capataz de la décimo novena, Manuel Díaz Román, también estuvo entre los mejor gratificados por su trabajo en la siega del trigo, los que fueron discrecionalmente agraciados con 30 reales y más. El administrador justificó tan inopinada generosidad, puesto que se trataba del capataz de una de las cuadrillas de segadores malos, aclarando que se vino enfermo, muriéndose. A 30 reales –un tercio de la renta menor que se podía percibir por un mes de trabajo a destajo– ascendería en aquel momento lo más parecido a una indemnización compensatoria de la muerte relacionada con el trabajo.

     La interrupción del trabajo de la décimo novena el 11 de junio pudo estar relacionada con este desenlace, y cabe la posibilidad de que la décimo cuarta, que abandonó el mismo día, se viera arrastrada por una reacción solidaria contra la misma circunstancia. Eso daría un giro a la calificación del trabajo desarrollado por aquellas cuadrillas, a las que a pesar de todo el administrador no dejó de calificar como malas, una valoración que puede incluir tanto las exigencias de los contratantes como la dureza del trabajo. Tanto el tamaño de la recompensa como la persistencia en la opinión adversa, a pesar de la evidencia fatal, deben tomarse como testimonios directos de la responsabilidad que el contratante estaba dispuesto a reconocerse en hechos de aquella naturaleza.

     Atadores, para la siega del trigo, eran los miembros de la cuadrilla que hacían las gavillas, quienes también eran objeto de gratificación. El espectro de sus premios es más reducido. Nunca pudo proporcionar un ingreso que incrementara de manera sensible el que se obtenía como miembro regular de la cuadrilla. Todas las gratificaciones repartidas entre ellos están comprendidas entre 10 y 20 reales, y de nuevo premian con criterios muy selectivos a los que trabajan en cuadrillas que ya han sido distinguidas con los demás recursos discriminatorios al alcance de la administración. Pero igualmente el anatema cae sobre una parte de quienes desempeñaban aquel trabajo. Ahora incluso con más severidad. Son 12, más de la mitad, los atadores que no recibieron aquel reconocimiento.

     El último recurso para marcar las diferencias entre las cuadrillas era darles una gratificación para que la gastaran en vino para todos los miembros de la que hubiera sido agraciada con tan alta distinción; más otra declaración de los contratantes, y de su manera de concebir las relaciones con quienes les proporcionaban el trabajo que convertía sus gastos en renta, que una forma de la gratificación. Cargar con los costos de una pretendida celebración por el final de los trabajos sería su manera de representar que la armonía entre las partes quedaba consagrada por una libación. Nada en los testimonios asegura que aquella cantidad fuera invertida en aquel consumo, y nada impide pensar que podría ser repartida entre los miembros de la cuadrilla como un complemento más de su nómina.

     Tampoco está claro que no fuera un recurso marginal para levantar una última barrera que marcara las diferencias entre destajistas. Facilita que sea un último medio de discriminación la participación en más de una siega. Aunque siempre sería exiguo, todavía fue capaz para discriminar con el arma de las recompensas valiéndose de una estrecha banda, la comprendida entre los 20 y los 8 reales. La serie de todos los casos, si exceptuamos el de la quinta cuadrilla, es capaz de tomar siete valores distintos, y servirse de la intervención en distintas siegas para llevar a los lugares más altos el más disperso de los reconocimientos. Aunque la serie redunda en las jerarquías ya consolidadas por otros conceptos, la cantidad dada para vino añade un matiz de cualificación de los trabajos que hace que se consoliden en la preeminencia cuadrillas ya favorecidas por otros medios, y demuestra que hubo ocho cuadrillas, todas a partir de la décima, que no tuvieran oportunidad de catar el vino, aunque se lo propusieran, a costa del reconocimiento de la casa.

     Los 40 reales para vino que recibió la quinta son evidentemente una excepción, que sin embargo se explica con facilidad. Fue la comunión con la casa bajo esta especie la que salió al paso de la reclamación por parte de la cuadrilla de más precio del acordado para la siega del centeno. Argumentó que lo habían segado bajo. Pero se convinieron por fin dándoles 20 reales para vino, a sumar a los 20 que ya habían percibido por el mismo concepto como gratificación de su trabajo en la siega del trigo.

     La última manera de gratificar consistió en que la casa condonara a las cuadrillas el pago de la mitad de los derechos de medida que les tocaba. Fue el trato común, probablemente porque los gastos ya los hubiera adelantado la casa, que a su vez sería quien previamente contratara a los agrimensores que hacían las mediciones. Dieciséis de las veintidós cuadrillas que segaron el trigo se vieron recompensadas de esta forma, cuatro de las cinco que ejecutaron la siega de la cebada, las seis que participaron en la de los yeros, una de las dos que segaron garbanzos y las dos que segaron la escaña.

     Excepcionalmente, se habían avenido a no medir sus tierras dos de las cuadrillas que hicieron la siega del trigo y una de las que hicieron la de los garbanzos. El compromiso lo adquirieron con el aperador, a cuyo cargo quedaba la estimación de la superficie segada. De la manera de expresarse los textos se deduce que se calculaba de antemano, como parte del compromiso inicial. Esto, además de que eximiría a las cuadrillas de cargar con aquel costo, todavía podía permitir algún trato de favor. La décimo quinta, que fue una de las dos que se atuvo a esta posibilidad, por la siega del trigo cobró dos fanegas dos celemines de más por equivocación del aperador.

     Valiéndose de este recurso, resultarían indirectamente penalizadas las que tuvieran que cargar con la obligación de pagar su mitad. Así sucedería a cuatro de las cuadrillas que participaron en la siega del trigo (décimo primera, décimo octava, décimo novena y vigésimo primera), una de las que participaron en la de cebada (la primera) y la que hizo la siega del centeno (la quinta). Así puede deducirse de que los testimonios, para estos casos, silencian que la mitad de los derechos de medida les fueran condonados.

 

La saca

Andrés Ramón Páez

El 1 de julio aún quedaba por completar la otra parte de la recolección, los trabajos derivados de las siegas. Se habían iniciado en paralelo a ellas y agotaron un calendario que se prolongaría entre mediados de junio y primeros de septiembre, aunque su intensidad, así como sus dedicaciones preferentes, oscilaron a lo largo del verano.

     Para esta parte de los trabajos eran empleados asalariados de los que regularmente trabajaban para la casa por periodos de entre quince y treinta días, durante los que permanecían en la explotación bajo la responsabilidad directa del aperador, quien los había contratado. A cada asalariado que empleara le asignaba cada jornada una actividad según las necesidades de cada fase.

     Durante los veinticinco días comprendidos entre el 22 de mayo y el 15 de junio los asalariados, todavía dedicados en su mayor parte a trabajos distintos a los que necesitaba la recolección de los granos y semillas, como acabar los barbechos o recortar estiércol, empezaron la saca y los trabajos de la era. Pero se trataba todavía de la fase inicial de esta secuencia de operaciones. Los veinticuatro días comprendidos entre el 16 de junio y el 9 de julio fueron los que de verdad concentraron la actividad laboral en la saca y en la era. En acabar aquella, la trilla de las gavillas restantes, limpiar y portear grano y formar los pajares fueron invertidos los quince días del siguiente periodo, los comprendidos entre el 10 y el 24 de julio, y durante los siguientes veintiún días, los que transcurrieron del 25 de julio al 14 de agosto, excepcionalmente hubo una interrupción de los trabajos. Por la noche del 9 se volvieron a holgar desde el cortijo central a la población todos los asalariados, así como el aperador, para oír misa al día siguiente, día de san Lorenzo, tal como era la costumbre. A pesar de esta concesión, en aquel periodo todavía hubo que trabajar intensamente en la era, terminar de portear el grano y la paja, y labrarla en pajares y techarlos. Entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre el signo de los trabajos cambiaría radicalmente. Durante esos veinticuatro días, aparte repartir estiércol en algunos lugares de la explotación y reparar las pesebreras del cortijo que se iba a incorporar a la labor, se acabaron de techar los pajares y por fin se dejó limpia la era.

     Tanto como se interesó por la siega, el administrador desde el principio supervisó sobre el terreno todo lo relacionado con sus trabajos derivados, y en ningún momento desistiría de la responsabilidad con la que las actividades paralelas le cargaban. En su visita a la explotación del 14 de junio, cuando estaba a punto de terminar el primer periodo, aprovechando que del cortijo central aquel día se volverían a holgar los asalariados regulares, trazó el plan al que debían atenerse a partir del estado en el que las encontró. Aunque el número de carretadas de gavillas que hasta el momento se habían sacado no le se lo pudieron precisar, constató que ya estaban recogidas y limpias dos parvas de trigo, una parte del cual aquel mismo día ya habían llevado a la población. Otra parva había quedado a medio trillar y otras dos estaban ya abarradas. Decidió que el día que volvieran los trabajadores, una vez terminada la huelga que empezaba el 15, que en la práctica fue el 17 de junio, la trilla ya quedara a cargo de las yeguas.

     En cuanto a la cuenta de las carretadas de gavillas que habían trillado los mulos, del trigo limpio que ya se había llevado a la población, de la carne consumida en los tres últimos días del periodo precedente y de otros detalles, prefirió aplazarla hasta que se hiciera el balance del periodo siguiente, que se cerró el 9 de julio. Un par de días antes de que llegara este momento, por la tarde, otra vez a punto de terminar la segunda de las secuencias de actividad, para conocer la situación de primera mano de nuevo estuvo en el cortijo centro de los trabajos. Esta vez revisó los rastrojos y la saca de las gavillas, y después estuvo en la era. En nada encontró novedad digna de mención.

Los trabajos derivados de la siega, además de planificación, exigían un notable despliegue de medios. Su primer alarde convergió en el 8 de junio. Aquel día, desde el almacén de la casa, donde habrían hibernado, fueron trasladados a la explotación los primeros medios que se utilizarían para ellos. Dos carretas, que habían ido a la población para llevar arados y yugos para mulos de los que llamaban cangas, de vuelta llevaron al cortijo central las horcas de cabo largo para cargar las carretas y las que se utilizaban en la era, bieldos y bieldas, rastros y palas. Las horcas de cabo largo, simples palos en uno de cuyos extremos, en un travesaño, se insertaban largos y agudos dientes también de madera, eran herramientas específicas de la saca. Con ellas se cargaban las gavillas en las carretas. La casa las prefería a los collazos comunes, similares pero más cortos. Los bieldos, fueran comunes, de rostros, pajareros o grandes, que se utilizaban para los trabajos de la era, eran similares a las horcas. Para mantenerlos operativos, las carretas también llevaban cuatro haces de dientes. Los rastros, ensamblados con madera formando una retícula cuadrangular, de la que colgaban dientes de hierro, durante esta parte del año servirían para arrastrar las pajas.

     Normalmente todas estas herramientas se compraban con un año de anticipación. Las que se utilizarían aquel año habían sido suministradas al almacén de la casa el 27 de julio del año anterior por un antiguo maestro y vendedor de utensilios de esta clase, vecino de una población cercana. Se las compraban con tanta antelación para darle enjugo a las maderas ligeras con las que estaban hechas. Sin embargo, el 1 de junio siguiente el suministrador habitual hubo de atender un pedido urgente de herramientas para la recolección, que se comprometió a completar en una semana, lo que tal vez fuera provocado por un volumen de la cosecha imprevisto. Entre el 1 y el 8 proporcionó más horcas para la saca y más palas para la era.

     Las carretas también trasladaron al cortijo una pieza grande de pino, probablemente desecho del enjero de un arado, para con ella hacer la arnilla que se emplearía en la era. La viga tenía unos dos metros aproximadamente, y como había sido condenada a ser arnilla en sus extremos tendría un par de argollas, donde para recoger la parva ya terminada se engancharía el tiro de animales que hiciera la trilla.

     Asimismo llevaron las piezas de madera necesarias para arreglar el lecho o trama de asiento de una de las carretas que se emplearían en la saca. El tiro o lanza, a la que se uncirían los animales que tirarían de ella, y que se prolongaba por debajo de la caja para sostener todo su entramado, era de álamo y tenía unos cinco metros y medio de longitud. Los dos limones, que eran las piezas que cerraban el lecho lateralmente en el sentido de la longitud, en paralelo al tiro, tenían unos dos metros y tres cuartos de largo. Para teleras se enviaron cuatro palos redondos, dos de ellos con poco más de dos metros y otros dos con apenas uno y tres cuartos. Las teleras, que efectivamente solían ser cuatro, se tendían en el sentido transversal de limón a limón para unirlos. Descansaban sobre el tiro, que los descargaba del peso que recogían. Y, para completar el equipamiento de las carretas, también llevaron treinta estacas de álamo. En las carretas, a cada lado, en vertical se disponían cinco listones de madera que se embutían por la base en los limones, y que por su extremo superior se aguzaban para que quedaran afianzados por los aros de las riostras que las unían. Todavía una semana después otra carreta tuvo que llevar al cortijo, para que garantizar el mantenimiento de los lechos según fuera pasando la estación, otras dieciocho piezas de madera de las primeras que se obtenían del corte de los troncos en el sentido de la longitud, de unos dos metros y medio de largo, que se guardaban en el granero de la casa de campo.

     También llevaron las dos carretas materiales para reparar las angarillas, que eran dos bolsas de lienzo sujetas a un par de armazones de madera cuadrados que se cargaban sobre los animales de transporte y que durante la recolección se utilizarían para trasladar la paja, y maderas de pino mal figuradas, que en su mayor parte aprovechaban palos viejos, para montar los sombrajos donde las burras se protegerían del sol del verano. Se sostendrían sobre muletas o pies derechos de poco más de dos metros de altura, encima de los cuales en horizontal descansarían durmientes de algo menos de cuatro metros, más un par de casi cinco, que para cerrar la techumbre a su vez recibirían cumbreras de la misma longitud que las durmientes comunes. Completarían aquel entramado elemental unas berlingas, probablemente móviles, de casi seis metros de largo entre las que se tendería una cuerda para que soportara alguna pantalla de tela que evitara la entrada rasante del sol.

     El plan para el acopio de los medios necesarios para la recolección se completó durante los restantes días de junio. El suministrador de horcas y palas, el mismo día que había completado el encargo de urgencia que se le había hecho, se comprometió a empezar a partir del día siguiente trabajos de espartería, igualmente al servicio de la recolección. Con un oficial, entre el 9 y el 22 de junio estuvo arreglando soleras para carretas y reparando o haciendo serones. Las soleras, si se hacían de esparto y servían para las carretas, serían el fondo que se colocaba sobre el lecho para que contuviera la carga. Los serones eran un par de esportones cónicos unidos entre sí de manera que cargaban sobre el lomo de las bestias que se empleaban para el transporte. Además, confeccionaron un buen número de esportones boyeros, que habrá que suponer cilíndricos y con asas, destinados a contener los áridos que se cargaran en las carretas.

     A partir del 13 de junio un maestro albardonero, a quien le acompañaban al menos su hermano y su hijo como oficiales, se empleó en arreglar las cinchas de las burras del acarreo del trigo y componer los costales que estaban estropeados, previa recogida de los materiales necesarios, que se guardaban en los almacenes de la casa. Las cinchas, que repararía con lienzo, sujetaban por debajo de la panza la albarda o almohadilla rellena de paja que amortiguaba el peso que recibían en el lomo los animales de carga. Según aquel plan, el que deberían soportar las burras sería el del trigo que se envasaba en los costales, unos sacos que también serían de lienzo. Un par de días después se dedicó además a hacer con lienzo cañamazo los costales nuevos que habrían de servir en el acarreo del trigo, y a coser con cordel de amarrar los viejos.

     Para el 14 de junio un maestro herrero había terminado para la casa, además de otros trabajos, los suministros necesarios para el cajón del trigo, un medio del que no se da más noticia, tales como escuadras y clavos, pasadores y tiradores, y los clavos de los bancos para el sombrajo de las burras, complemento de las maderas que ya se habían enviado. Pero su destreza tendría su oportunidad en los días que siguieron hasta el 30 de junio, durante los que se concentró en arreglar el eje del carro del trigo, un ingenio de una complejidad exigente.

     Era una pieza de hierro algo más larga que ancha era la caja. Sus dos extremos, que tenían forma de tronco de cono, eran las mangas, donde se ajustaban las ruedas. Renovarlas le obligaría a desmontar el eje y volver a forjarlas. Después, a las mangas puso cañoneras nuevas, roscones, arandelas y pasadores.

     Las cañoneras, centro de la maza o núcleo donde convergían los radios de las ruedas, tenían forma de tronco de cono regular porque debían recibir las correspondientes formas de tronco de cono de las mangas. Con unos salientes u orejillas, las cañoneras quedaban fijadas a la maza. Ahora se trataría de un trabajo de precisión.

     Pero calcular los roscones no lo sería tanto. El eje terminaba en un par de salientes que se llamaban moños. Para protegerlos se forjaban los roscones, aros de hierro de bastante espesor. Las arandelas, por su parte, estaban al servicio de un buen cálculo de los equilibrios del peso muerto del carro. Los extremos o puntas del eje del carro que sobresalían de la rueda eran los pezones. Para que no se salieran las ruedas, en los pezones se colocaban las pezoneras o pasadores, unas cuñas de hierro que atravesaban las puntas del eje. Entre la maza y la pezonera se colocaba la arandela, una corona o anilla metálica, para evitar el roce de ambas.

     Además, el maestro herrero, durante aquella segunda mitad de junio, arregló los hierros del trillo y de la arnilla. Del trillo que utilizara la casa no disponemos de información directa, tal vez porque su empleo fuera muy secundario, y su reparación de la arnilla podemos suponer que se reduciría a las argollas de sus extremos.

     Finalmente, también fue necesario recurrir a un cedacero. El 30 de junio a un tal José, que ejercía este oficio, especializado en la fabricación de los utensilios necesarios para la criba, le fue liquidado el trabajo de calar un zarandón que se iba a destinar a cribar el trigo en el cortijo. El zarandón era un instrumento algo singular. La lexicografía local lo describe como un cedazo que se aplicaba a la criba en grandes cantidades. Según sus precisos informes, estaba hecho con un marco de madera de un metro y cuarto de ancho por dos de largo, y se apoyaba en el suelo por uno sus lados menores, mientras que dos trabajadores lo sostenían en posición inclinada para que el trabajo de criba se fuera ejecutando. La fuente que nos informa de las actividades relacionadas con la recolección explica que al cedacero la casa le había suministrado para aquel trabajo la piel de una yegua y las armas, una denominación parcial del objeto que hay que interpretar, a partir del documento léxico, como una armadura de madera procedente de otro zarandón, cuya piel, según ella misma, había sido desechada. La piel, calada con el grosor y la frecuencia adecuados al destino que de él se esperaba, que era la criba del trigo, una vez montada en el armazón, sería la encargada de satisfacerla.

La saca consistía en llevar las gavillas formadas por los segadores desde donde hubieran cortado la mies hasta la era, una secuencia de movimientos que también se llamaba barcinar. Se cargaban sobre carretas que tiraban los bueyes de la explotación y las depositaban junto a la era, donde esperaban a ser trilladas.

     Preparar y mantener las carretas llevaba tiempo y necesitaba un trabajo que la casa obtenía de un taller de carpintería especializado, también externo a su organización pero subordinado a su demanda. A quienes trabajaban en él con el fin exclusivo de proporcionar los trabajos sobre la madera que demandaba una labor se les llamaba  carpinteros bastos.

     Desde que empezaba la saca, su concurso era necesario. Desde el 6 de junio, y hasta el 27, el maestro carpintero de lo basto del taller que habitualmente trabajaba para aquella labor, y hasta seis de sus oficiales, estuvieron trabajando en la cochera de la casa arreglando las carretas, además de arados, aguaderas y herramientas para la era.

     Una parte de aquellos veintidós días, con dos de sus oficiales se desplazó al cortijo central para arreglar las de la saca y después armarlas. El 19 de junio aún se mantenían componiéndolas, a pesar de las veces que se les ha dicho, tanto a ellos como al aperador, que las composiciones largas se hagan en la población. La aversión de los gestores de la casa a que los carpinteros se trasladaran a la explotación a hacer su trabajo, donde su presencia estaría suficientemente justificada por la necesidad de reparar las carretas tal como iban estropeándose, provendría de que al costo por jornada de su trabajo, si estaban desplazados al campo, añadirían el de la comida diaria.

     Al equipamiento de las carretas también permanecía atento el aperador, aunque limitándose al ámbito de sus competencias. Ya el 1 de julio pidió para las carretas que hacían la saca cuatro aperos de cáñamo, de cuyas características la fuente no proporciona más detalles. Se puede deducir, tanto por la fibra de la que estaban hechos los aperos como por el resto de su pedido, que se trataría de mantener el equipo para el manejo de los bueyes que servían en las carretas. Porque también solicitó seis pares de frontiles, la masa de desecho de textil o de fibra que se interponía entre la frente de los bueyes y la soga que los fijaba al yugo, para así amortiguar los efectos del rozamiento; y doce aguijadas, las varas con las que los boyeros estimulaban el trabajo de los bueyes. Aquel equipamiento permitiría mantener en activo simultáneamente seis carretas. Además, pidió cincuenta y cinco pitones o cáncamos para mantener los sombrajos que se habían montado.

     En los días del final de la primavera un mínimo de entre tres y cuatro gavilleros se encargarían de echar las gavillas a las seis carretas que se dedicaron a este trabajo. Su rendimiento se medía en carretadas, expresión directa de la capacidad de carga de cada unidad de transporte, lo que obliga a dar por supuesto que todas las carretas que se empleaban en aquella actividad eran idénticas. El 11 de junio rindieron treinta y seis, lo que supondría un rendimiento de seis viajes por cada carreta, y el 16 se hizo el balance de todas las que habían sacado hasta el día anterior, ciento cuarenta y una.

     El 17 de junio, cuando los trabajadores asalariados llegaron al cortijo central de la explotación donde estaban concentradas sus instalaciones después de la huelga preceptiva, a las carretas de la saca de las gavillas fueron destinados dieciocho de ellos. Al día siguiente la empezarían con dieciséis carretas, cada una de las cuales, hasta el 24, estuvo dando cuatro viajes diarios, un rendimiento moderadamente bajo, que tanto se podría explicar por la lentitud de los movimientos de los bueyes como por el tamaño que tuviera esta cabaña en aquella explotación y su práctica del revezo.

     A partir del 26 de junio el número de carretas de la saca de gavillas subió a dieciocho, y en esa cifra se mantuvo hasta el 4 de julio, rindiendo a razón de los mismos cuatro viajes. Pero el 5 de julio, según el diario del aperador, empezaron a sacar gavillas veinte carretas, que redujeron su actividad a tres viajes diarios, y en ese nivel más moderado de trabajo se mantuvieron durante los dos días siguientes. Luego el volumen de los bueyes activos debió incrementarse notablemente. Para el 7 de julio, próximo ya el final del segundo periodo, pastaban en los rastrojos de uno de los cortijos de la explotación los cien bueyes que servían para las veinte carretas que daban tres viajes diarios, lo que se traduciría en un hato tipo de cinco bueyes por cada carreta y por tanto un revezo graduado a lo largo de la jornada a base de un reemplazo.

     Si se había optado a favor de un tamaño tan grande para el hato de los bueyes de la saca debió ser porque se habrían impuesto unos patrones abusivos, derivados del contencioso que se había suscitado con el arrendatario saliente de un cortijo colindante con la explotación que la casa ya había arrendado para incorporarlo a ella al año siguiente. En el transcurso del mes de junio, al tiempo que se estaba jugando la decisiva siega del trigo, la casa tuvo que enfrentarse a este imprevisto.

     Las costumbres de los labradores de la zona, cuando la cesión de un cortijo iba a terminar, eran que el arrendatario saliente solo debía mantener en él cuatro bueyes por cada carreta que empleara en su última saca, los que por convención estimarían suficientes para poder barcinar. Se actuaría así porque se daría por supuesto que la decisión sobre el uso como pastos de las rastrojeras correspondería ya al arrendatario entrante. Sería uno de los pocos restos que aún sobrevivían de cuando el dominio comunal aún no había sido laminado por el imperio absoluto de la nuda propiedad. El patrón cuatro por una para el tiro y el revezo de las carretas se habría impuesto dada la alta frecuencia con que las tierras cambiaban de mano.

     El 6 de junio por el aperador se supo que el arrendatario saliente de aquel cortijo, cuya tierra había contratado la casa para empezar a barbecharla el 1 de enero siguiente, había decidido levantar sus últimas gavillas con siete carretas y cincuenta y ocho bueyes, lo que excedía incluso el doble de lo regular. Además, estaba dispuesto a meter una piara de cerdos para aprovechar la espiga desprendida de las gavillas que quedara en las tierras segadas.

     Para evitar contiendas judiciales por nuestra parte, siempre dañosas en estos casos –reflexionó en estas circunstancias el administrador–, he mandado al aperador que se vea con el perito don José Gómez, que ha mediado en las cuestiones suscitadas por el cortijo del que se trataba, y que con su opinión obre en él, desde luego resistiendo la entrada en los rastrojos de más ganado del que deba entrar para la faena de barcinar, y obligando al célebre colono saliente a que cumpla con su deber o que se queje a la autoridad, en cuyo caso contestaremos como corresponda. Lamentaba no haber podido hablar con don José Gómez, quien estaba en su cortijo del Charco de temporada. La palabra elegida por el administrador para referirse a la actividad que en aquel momento desarrollaba don José no es lo bastante precisa como para poner en duda los motivos de su ausencia. No deja de ser cierto que los edificios de los cortijos, cuando existían y estaban acondicionados, en el buen tiempo podían ser utilizados como residencia para el esparcimiento.

     Un par de semanas después, otra vez gracias a los informes del aperador, se supo que el arrendatario saliente del cortijo de la controversia ahora insistía en sacar sus mieses metiendo seis bueyes por cada carreta y cuatro para la paja en la era. Se desentendía de cuanto se le decía en contra, explicó, y contestaba que le hablaran por la justicia o como se quiera, porque él sabía que estas eran las costumbres de los labradores. Increíble parece tanta mala fe y tan refinada hipocresía en un hombre que está rico con lo que ha sacado de esta casa, recapacitaba ahora el administrador, quien por el momento prefirió  limitarse a reclamar de nuevo la mediación de don José Gómez, quien nada había contestado a la carta que le había escrito tres días antes sobre este vergonzoso negocio.

     El 8 de julio empezó la saca de la cebada, que hasta entonces habría permanecido agalberada, ateniéndose a un procedimiento al servicio de la espera de turno para la trilla. Al agalberar las gavillas se amontonaban en el lugar donde la mies había sido cortada de manera que las espigas quedaran protegidas de la acción del tiempo. Aquel día y el siguiente al menos una parte de las veinte carretas estuvieron dedicadas a esta saca.

     Terminado el periodo, ya el 10 de julio, quedó constancia de que las carretadas de gavillas de trigo sacadas para la era entre el 16 de junio y el 9 de julio habían sido en total mil trescientas sesenta y nueve. Por su parte, según la misma cuenta, las carretadas de gavillas de cebada que se habían sacado hasta entonces sumaban sesenta, aunque este trabajo aún estaba por acabar.

     El 11 de julio salieron para el cortijo con destino a la saca, que había entrado en su fase final, los mismos asalariados que habían estado sacando gavillas de trigo durante el periodo anterior, dieciocho. No obstante, de afirmaciones que se hacen más adelante, se deduce que en los trabajos de gavillas solo estarían ocupados entre seis y siete hombres, lo que solo sería cierto si es que estos trabajos se prolongaron a lo largo de los quince días que duró el tercer periodo. Al día siguiente, 12 de julio, mientras seguían sacando gavillas veinte carretas, la administración de la casa se propuso terminar la saca del trigo para seguir con las gavillas de cebada, lo que efectivamente sucedió durante los dos días posteriores, lo que permitió que ya el 15 estuvieran sacando la escaña, para lo que se emplearon diecinueve carretas. Es posible que durante dos días al frente de estos trabajos estuviera un capataz de carretas.

     Así fue como quedó concluida la saca de las gavillas, lo que formalmente se certificó el 17 de julio, una semana antes de que terminara el tercer periodo. Entonces se hizo el siguiente balance de las carretadas de gavillas que se habían sacado de uno de los cortijos anexos: de trigo, los días 11 y 12, veinte y treinta y nueve, lo que sumaba cincuenta y nueve; de escaña, los días 12 y 15, veintiuna y treinta carretadas, que componían cincuenta y una; y de cebada, los días 13, 14 y 15, sesenta, cincuenta y siete y ocho, que sumaron ciento veinticinco.

     El complemento de la saca era recoger las espigas que se desprendieran de las gavillas según eran cargadas y transportadas. A aquel trabajo se llamaba respigar y de él se ocupaban los asalariados que mientras lo hacían se conocían con el nombre de respigadores. Se les llamaba rastrojeros cuando se encargaban de rebuscar la espiga entre los rastrojos. Para la primera fase bastó con tres respigadores y entre uno y dos rastrojeros.

     El 17 de junio, cuando se había reanudado el trabajo de los asalariados contratados para el nuevo periodo, para ir tras de las carretas fueron destinados como respigadores nueve de ellos, pero al día siguiente se redujeron a ocho, y en esta cantidad se mantuvieron hasta el 24.

     A fines de junio de nuevo otro par de veces oscilaría entre ocho y nueve aquella cantidad, y a partir del 1 de julio se volvió a los ocho. Sin embargo, el 5 se decidió subirla a diez, y en esa cifra se mantuvieron hasta el 8, cuando iban tras las carretas de la cebada. Pero las gavillas de cebada, quizás a consecuencia de su conservación, debieron exigir más trabajo de esta clase. El 9 de julio acompañaban a las carretas de cebada nada menos treinta respigadores, lo que pudo ser la consecuencia de haber permanecido agalberadas desde fines de mayo. Sin embargo, para el segundo periodo fue suficiente con un rastrojero, que trabajó durante diecinueve de los veinticuatro días.

     Con las carretas que sacaban el trigo, en la última fase, que fue el tercer periodo, trabajaron diez respigadores, con las de cebada, nueve, y con las de escaña, ocho. Consta además que un rastrojero trabajó durante seis de sus quince días.

 

La trilla

Andrés Ramón Páez

Según avanzaba el verano, los trabajos derivados de la siega quedaban cada vez más expuestos a los incendios, el peor de sus enemigos. A las tres de la tarde del 26 de junio, en un cortijo contiguo a la explotación de la casa, se originó uno cuyo origen se desconocía. Ardió el rastrojo de un cortijo, en una porción que se estimó de unas cuarenta unidades de superficie, de las que ya habían sacado las gavillas. Pero en otras catorce ardieron las gavillas de trigo y el rastrojo. Alcanzó después a una pequeña porción de otra explotación vecina, corrió desde una senda hasta la vereda en la que desembocaba y allí se contuvo. El cortijo central de la casa se libró milagrosamente. Según opiniones generales, el haberse vuelto el viento en momentos críticos contuvo al terrible elemento, que amenazaba destruir las sementeras segadas entre la vereda y el río. Dios acude a la mayor necesidad, oró el administrador.

     Quien había sufrido la pérdida mayor tenía asegurada su sementera por la sociedad salvadora de la población. No tuvo derecho a indemnización por no haber completado los requisitos del seguro, lo que no lo había librado del pago de su inscripción. Dios nos libre de los incendios como de los seguros –imploró ahora el administrador–, muy parecidos en sus efectos a las enfermedades y los médicos malos, que todos influyen a la vez contra la vida del pobre enfermo.

     Aunque sabemos positivamente que el día 8 de junio los mulos estaban trillando yeros en la era abierta en el cortijo central de la casa, también es seguro que la trilla del trigo, la que consumiría la mayor parte del tiempo, empezó el 11. A partir de aquel día, y durante los inmediatos siguientes, asimismo fueron los mulos de la labor los encargados de hacerla. Ningún signo de la condición precursora de esta fase de los trabajos de recolección era tan evidente como aquel. Porque para la trilla se preferían las yeguas, que sin embargo en aquel momento aún no se habían incorporado a la era. Estaban a la espera de que entre los primeros rastrojos se abriera un espacio donde al menos pudieran pastar cuando llegaran.

     Disponer de las yeguas para este fin en las mejores condiciones había sido objeto de  atenciones especiales con bastante antelación. Ya en mayo, se había organizado la trashumancia que debía asegurarles los pastos que las pusieran a punto. El día 5 el administrador había acordado con el aperador y el yegüero que hicieran un viaje para buscar y comprarles hierbas, dada la escasez de pastos que había aquel año. Llevaban instrucciones precisas de no pagar por las que encontraran más de 3.000 reales. El día 8 aperador y yegüero ya estaban de vuelta en la población con el encargo cumplido, y fueron a dar cuenta de sus gestiones al administrador. Con mucho trabajo, habían encontrado hierbas en Palma del Río. Según el contrato que habían cerrado el día anterior, dejaban compradas las de 180 unidades de superficie en un cortijo de aquel término.

     A pesar de que llevaban instrucciones de no pagar por ellas más de 3.000 reales, movidos por la necesidad que tenían las yeguas, por su propia voluntad se habían excedido hasta los 3.500, que deberían estar satisfechos el día que los animales entraran a disfrutar los pastos. Habían entregado en el acto 500 reales como señal, y habían acordado que las yeguas salieran de las tierras contratadas el día de san Juan Bautista, 24 de junio siguiente. Así conseguirían asegurarse en torno a mes y medio de pastos. Para aquel viaje el administrador, a cuenta de la operación, había dado al aperador 600 reales. Los gastos en los que había incurrido sumaban a los 500 reales de la señal, 60 pagados al corredor por el trato y 21 empleados en comida, barca, posada y otros gastos menores; total, 581 reales. Los 19 restantes los devolvió aquel mismo día.

     El 9 de mayo el administrador fue al cortijo y estuvo viendo las yeguas. La mayor parte de ellas estaba a medio engordar y muchas ni siquiera habían pelechado. De acuerdo con el plan previsto, en el transcurso de la jornada en torno a un centenar de cabezas, sumados las hembras y los potros de las paridas, deberían salir del cortijo para dormir en la dehesa del Pozo de la Huerta, una de las que tenía la casa, de donde tendrían que partir a la mañana siguiente temprano, para, una vez pasado el Guadalquivir por uno de los vados de Lora, dormir en las hierbas que se les habían comprado en Palma.

     El administrador dio al yegüero 30 reales para gastos de la barca y los 3.000 que faltaban para completar el pago de las hierbas. Según el contrato, debía entregarlos al dueño de ellas en cuanto llegara a Palma, a cambio de lo cual recogería su recibo. En el cuadernillo que el administrador le había entregado para que llevara apunte de los costos de estos viajes, el 12 de mayo registró provisionalmente el pago de los 3.000 reales que completaban la compra de las hierbas para las yeguas, según recibo del dueño del cortijo.

     A partir de aquel momento el yegüero y sus zagales serían los únicos responsables de la piara. Se le encargó mucho que no faltara de ella en ningún momento durante los días que mediaban hasta san Juan, y que los zagales hicieran lo mismo, para evitar que ocurriera algún extravío grave en tierra extraña. Para que ninguno descuidara un encargo en el que se había puesto tanto cuidado, acordaron además que los zagales de vacas del Pozo de la Huerta se encargaran de llevar a los responsables de las yeguas el hato correspondiente a los días que estuvieran fuera, así como las ropas que necesitaran. Para entregarles uno y otras, los de las yeguas los esperarían en Lora, en los álamos del paseo frente a la aceña, tras lo cual cada uno se volvería a su destino.

     Aquella experiencia no debió resultar tal como se había previsto. El 11 de junio, a quince días del final del disfrute de los pastos, administrador y aperador convinieron que al día siguiente el guarda de la Trinidad, la otra dehesa de la casa, avisara al yegüero, que permanecía en Palma del Río, para que ya el 14 temprano llevara las yeguas a dormir al Pozo de la Huerta, diez días antes del previsto para la vuelta, hasta donde debía acompañarlo, y que el 15 temprano las llevara al cortijo para cuidarlas y herrarlas, de manera que empezaran la trilla el día después de la próxima huelga, que sería el 17.

     Las decisiones se precipitaron hasta el punto que el 14 de junio las yeguas ya llegaron al cortijo central. Aunque a sus responsables se les había encargado que durmieran aquella noche en el Pozo de la Huerta, habían salido de la dehesa [sic] de Palma del Río por la mañana temprano, para hacer menos molesto el camino, y con todos aquellos animales, entre ellos potros chicos, andado en una sola jornada las ocho leguas que separaban un lugar de otro. Supongo que si se les hubiera mandado esto que han hecho por su gusto los ganaderos se habrían lamentado amargamente, resistiéndolo como un imposible, reflexionó el administrador. Por fin, gracias a Dios, que han vuelto de la expedición sin novedad, aunque sufriendo la escasez de comida que en este año de miseria hay por todas partes, después de gastar un dineral para beneficiar las yeguas. Pero todo inútil desgraciadamente, según lo acreditan ya los malos resultados. El aperador y el yegüero estuvieron en este negocio bastante ligeros en todos los sentidos, concluyó. O el pasto se había terminado diez días antes de lo previsto o las condiciones en las que permanecían las yeguas en las tierras de Palma no habían sido todo lo satisfactorias que se esperaba. Todo parece indicar que la pobreza de los pastos contratados fue la culpable del relativo fracaso.

     Afortunadamente, el 16 de junio ya podía darse por terminada la aventura, y todo lo que quedaba por hacer para permitir que la trilla del trigo fuera obra de las yeguas quedó encauzado. De los almacenes de las casa el yegüero recogió veinte cobras de cerda, más cuatro costales de jerga y cinco de cáñamo, que ya se habían desechado, para que fueran utilizados para los cinchos.

     La cobra era un aparejo de una sola pieza, tejido con la cerda de los mismos animales, que enlazaba las yeguas que hacían la trilla, aunque su nombre lo recibía por extensión. En sentido propio, la cobra era el grupo que formaban cada tres yeguas enlazadas para que, sometidas a la autoridad del yegüero, pisaran en giros reiterados la mies tendida sobre la era. La más próxima a él llevaba un cincho o faja ceñida al tórax y fijado con una cuerda, la misma que, con la forma de dos colleras, unía a las otras dos del grupo. Probablemente unos trilladores auxiliaban al yegüero en la conducción de las yeguas que habían de hacer aquel trabajo durante el verano, o lo  sustituían a cada tanto. Entre uno y dos asalariados fueron identificados como responsables de esta función durante el segundo periodo, y un número indeterminado de ellos trabajó durante una parte de los quince días del tercero.

     La preparación de las yeguas para el trabajo en la era concluyó el 19, cuando se acabaron de herrar; en total, ochenta y cinco, una más de las previstas. El exceso había sido responsabilidad del yegüero, a quien el administrador había encargado que las herradas fueran justamente ochenta y cuatro, las que había contratado con Burraco, el mariscal que trabajaba para la casa, quien sobre todo se encargaba de mantener herradas sus bestias. El contrato acordado debió ser ochenta y cuatro porque se ajustaría al tamaño preciso de la fuerza que se deseaba invertir en la trilla. A razón de tres yeguas por cobra, de ochenta y cuatro cabezas resultarían veintiocho cobras activas.

     Todas las yeguas, para irlas metiendo en trabajo y en pienso, el 19 ya estaban trillando. Su dieta, parte cotidiana de la inversión en aquella energía, era objeto de un cuidado específico. A partir del momento en el que se incorporaron a la trilla, y mientras estuvieron trabajando en la era, se beneficiaron de un régimen de alimentación que para ellas se sostuvo al menos hasta el 7 de julio. Ya el 3 de junio, en previsión de su llegada, los mismos mulos que habían llevado a la población un viaje de las habas menudas recolectadas llevaron de vuelta al cortijo central de la casa una porción de la cebada y la escaña que debían servirles de pienso mientras se mantuvieran en aquel trabajo. A propósito de su administración, el yegüero precisó que el 19 ya habían comido diecisiete fanegas de cebada y escaña, una cantidad que se iría modificando atendiendo más a la demanda de los animales que a las carretadas de gavillas que trillaban. El 21 siguiente comieron diecinueve, y el 7 de julio, aunque solo trillaban sesenta carretadas, se decidió subirles aquella cantidad hasta veinte, lo que sitúa la ración diaria de pienso de cada animal a una cantidad comprendida entre un quinto y un cuarto de fanega, a la que habría que sumar lo que libremente pastaran en los rastrojos.

     Asociados al trabajo de la era estaban los asalariados que la documentación llama moreros, quienes, por una parte, debían volver la mies tendida sobre la era y, por otra, aventar y limpiar el grano. Según la lexicografía local, eran conocidos con aquel nombre por el color que su piel iba adquiriendo en el transcurso del verano.

     En la primera fase fueron adscritos a la era solo dieciséis moreros. Pero el 17 de junio, al comienzo del segundo periodo, su número subió a treinta y seis. Sin embargo, al día siguiente solo había veintiocho trabajando en la era, según el listín del cortijo. A partir de aquel día, y hasta el final del mismo mes, su número osciló bastante, entre un mínimo de veinte y un máximo de treinta y ocho, con veinticinco-veintiséis como valores más habituales.

     Unas oscilaciones tan acusadas de la cantidad de trabajo al servicio de la era debieron traducirse en cierta irregularidad de la producción diaria, de cuya conciencia quedó constancia. El 24 de junio se reconoció que la era estaba bastante atracada por falta de gente, razón  que aconsejó decidir que se aumentara a partir de la siguiente jornada, lo que no evitó que la irregularidad se acusara aún más. El 1 de julio, en la era, que de nuevo estaba escasa de gente, servían solo dieciocho moreros, el mínimo absoluto del periodo. Al día siguiente su número se incrementó notablemente, hasta veintinueve, y a partir del 3, y durante el resto de la semana, osciló entre un mínimo de treinta y seis y un máximo de cuarenta, el valor que más se repitió. Por eso no deja de sorprender que el día 7 de julio, por la tarde, durante su visita a la explotación el administrador no encontrara en la era novedad particular. A pesar de la relativa estabilidad que se había conseguido para el trabajo de los moreros, aquel día tuvo que reconocer que había en la era cierta cantidad de parvas amontonadas, ya trilladas pero que permanecían a la espera de que el grano fuera separado.

     La razón de la lentitud y el bloqueo de la actividad en la era, que sería la misma de las oscilaciones de la cantidad de trabajo que a diario se le asignaba, así como de la  actitud del administrador, era que todos trabajaban confiados a las mareas, el viento suave del sudoeste, el que se juzgaba más favorable para aventar, que no terminaba de imponerse. De ahí que en aquel momento los moreros solo se ocuparan de las parvas que se trillaban en el día y que el rendimiento del trabajo de trilla de las yeguas aquel día se fijara en solo sesenta carretadas. Hasta que llegara el viento esperado, la estabilidad del trabajo se habría impuesto. Cuando los días 8 y 9 se decidió dedicarlo a la cebada, la situación no habría cambiado  mucho. El número de moreros seguía estabilizado en treinta y cinco según el diario. Para el 11 de julio solo había veintiocho, mientras que entre el 12 y el 15 su número osciló entre treinta y treinta y nueve, con valores más frecuentes cerca de este máximo. Todo indica que los vientos que se creían necesarios, durante la primera mitad de julio, seguirían siendo inconstantes.

     Habría que esperar al 16 para que la trilla experimentara el giro definitivo. Estuvieron trabajando en la era sesenta asalariados, e incluso se incorporaron a ella cinco carreteros, que habían quedado libres una vez concluida la saca. Este valor extremo apenas pudo mantenerse el 17, cuando trabajaron en la era sesenta y dos asalariados. Porque a partir del 18, y hasta el 23, el número de moreros se estabilizó entre cincuenta y tres y cincuenta y nueve, con valores más frecuentes en torno a cincuenta y cuatro. No obstante, el 21, cuando esta era la cantidad de los que trabajaban, a ellos se sumaron otra vez carreteros. Ahora fueron los seis que habían llegado aquel día de la capital, a donde había ido el día anterior. Para el 22, cuando el trigo de yema ya se iba concluyendo, los cincuenta y nueve moreros de aquella jornada se ocuparon en los garbanzos, la cebada y demás restos de la era, con los que acabaron el 23. O el viento suave del sudoeste acudió fielmente a la cita cada día desde mediados de julio, feliz concurrencia de los elementos que se creían necesarios, o el final de la trilla sería más el resultado de la decidida voluntad de terminar con ella.

     Durante los días que la trilla estuvo pendiente, por las noches se mantendría un servicio de vigilancia. Un guarda de las habas fue empleado durante once días de la primera fase, y un guarda de la era durante cinco. Sin interrupción, este permanecería vigilante durante los veinticuatro días del segundo periodo y durante los quince del tercero. Pero ningún trabajo complementario fue tan imprescindible como el del carrero o carretero del agua, que se mantuvo activo día tras día desde el 16 de junio hasta el 12 de agosto. Gracias a su auxilio se combatirían las altas temperaturas de la estación. La casa entregaba a cada cuadrilla de segadores unas aguaderas, cuatro cántaros y un lebrillo. El trabajo del carretero del agua, que la trasladaría desde la fuente de la que se surtiera la explotación hasta cada lugar de trabajo, sería mantener los cántaros de las aguaderas durante la siega, así como surtir a quienes trabajaran en la era.

     A pesar de que la trilla había concluido cuando julio terminaba, todavía hubo que trabajar en la era durante el cuarto periodo, si bien no está del todo claro en qué clase de actividades. Todo apunta a que se concentraban en cargar el grano trillado y aventado para transportarlo hasta la población. Se deduce de una decisión tomada el 31 de julio, cuando el administrador y el aperador acordaron no dejar pasar más tiempo sin recoger las cuatrocientas fanegas de cebada compradas a un labrador vecino para que atendieran el gasto del campo de los señores, una urgencia para la casa que sería la consecuencia tanto de una imperdonable falta de cálculo en su planificación de la sementera precedente como de la escasez de pastos de aquel año. Al día siguiente, primero de agosto, saldrían del cortijo central para el contiguo veinticinco burras y los diez mulos. Debían cargar a razón de cien fanegas de cebada cada viaje, hasta traerse las cuatrocientas. Saldrían al atardecer, para que hicieran el viaje con la fresca, parte de tarde y parte de madrugada. Como estaba concluido el trigo en la era del cortijo central, y solo quedaban por transportar la cebada y la escaña, cuyo traslado daba más tregua, burras y mulos podían emplearse preferentemente en la traída de la cebada comprada.

     Durante aquella nueva fase la cantidad de trabajo consumida por la era disminuiría sensiblemente. Hasta el 28 de julio estuvieron trabajando en ella treinta y dos asalariados, y a partir del 29 su número se mantuvo bastante estable, entre veinticuatro y veintisiete, con veinticinco y veintiséis como valores más frecuentes. A partir del 10 de agosto, y hasta el 14, subió algo por encima de treinta. Cuando se especifican, se siguen identificando como moreros, y cuando a partir del 3 de agosto se menciona explícitamente el trabajo que estaban haciendo se dice que ya estaban cargando la cebada y la escaña. Pero otra parte del trabajo que se les encomendara debió ser sacar granzas, regranzas y suelos.

     Al aventar el grano y pasarlo por el zarandón se obtenía el producto de yema o de primera calidad. Los restos que no pasaban la selección eran las granzas, que a su vez se decantaban con un harnero y con una criba, dos clases del mismo medio de depuración que se distinguían por la luz de sus urdimbres. En lo fundamental cualquiera de ellos era un aro al que se había fijado alguna clase de trama, más o menos tupida, para pasar a través de ella los restos de los áridos y así separarlos por estado o calidad y limpiarlos. Esta operación, que se llamaba ahechar, a su vez originaba un subproducto, las regranzas, que asimismo se ahechaban. Suelo, por último, era el nombre de los granos que quedaban en el área de la era, de la que tomaban su nombre. Una vez que se había recogido toda la parva con la arnilla, se sacaban barriéndola.

     El 7 de  agosto quedó constancia de que los hermanos Antonio y Manuel Zafra, para levantar la era en el cortijo central, habían ahechado de dos manos, una de harnero y otra de criba, los trigos de granzas, regranzas y suelos. Ahecharon nada menos que seiscientas noventa y siete fanegas y media, de las cuales trescientas veintitrés habían sido de granzas, doscientas cuarenta y siete de regranzas y ciento siete y media de suelos, más veinte de bacia o desecho que el aperador decidió dejar en el cortijo para comida de las gallinas. En una segunda fase, los hermanos Zafra estuvieron ahechando hasta el 23 de agosto las setenta y siete fanegas y media de garbanzos de la cosecha de aquel año, de las cuales veintitrés y media procedían del área más próxima al cortijo central de la casa, que habrían tenido de bacia media fanega y de agracejo o garbanzos sin madurar dos, y cincuenta y cuatro del área contigua al cortijo que se iba a incorporar al año siguiente a la labor, que tendrían de bacia una fanega y de agracejo dos, todo igualmente de dos manos, una de criba y otra de harnero. Cobraron a razón de dieciocho reales cada cien fanegas, y además recibieron dieciséis reales por la impertinencia.

     Entre el 26 y el 29 de agosto, quinto periodo, entre veinte y veintiséis jornaleros, en cantidades decrecientes, estuvieron barriendo la era de la tierra de los hormigueros que había en el empedrado. Se puede suponer que toda la tierra acumulada en la era no tendría aquella procedencia. De lo contrario, no tendría mucho sentido emplear tantos hombres en barrer y sacar tierra durante cuatro días.

 

Transporte y almacenamiento de la cosecha

Andrés Ramón Páez

Ya el 8 de junio los mulos estaban llevando yeros al primero de los graneros que aquel año se dedicaría preferentemente a almacenar trigo, pero sería a partir del 16 cuando comenzara el transporte regular del grano. Aquel día ya se trasladó el primer trigo de la cosecha, ciento catorce fanegas. No obstante, el transporte regular empezaría dos días después, y a partir de entonces se atuvo al ritmo al que se consumaba el trabajo de la era, por una parte, y a la capacidad de recepción del grano en los almacenes que la casa tenía en la población, su punto de destino, por otra.

     Lo ejecutaron los animales de carga de la casa, que cubrían una distancia de unas dos leguas cada vez que hacían un viaje. Primero estuvo a cargo de nueve mulos y tres mulillas organizados en dos reatas. De la atención que la casa concedía a este trabajo en aquel momento da idea que al mismo tiempo solo quedaron dos mulos libres, uno que trabajaría en la noria de la hacienda y otro que se había quedado en el cortijo tirando del carro del agua.

     Cada reata estuvo bajo la responsabilidad de un arriero, uno los cuales el mismo 18 de junio había recogido de los almacenes de la casa los aparejos o dispositivos de carga de los mulos, con sus cinchas y cordeles nuevos, y los costales donde se envasaría el grano para su transporte. El maestro albardonero que trabajaba para la casa los había puesto a punto durante los veinte días previos. Con bayeta grana para ribetes había recuperado once aparejos, cabeceado once cinchas nuevas, arreglado veintiséis costales y hecho nuevos otros veintiséis. Cada mulo cargaría dos costales de trigo, mientras que cada una de las mulillas solo cargó uno, un ritmo de transporte se mantendría hasta el 27 de junio.

     Pero a partir de aquel momento se intensificó notablemente. Diez burras se sumaron a los mulos para dar idéntica cantidad viajes. Aunque su número preciso lo desconocemos, hay alusiones que permiten suponer que al menos eran más de dos cada día. Se hizo cargo de sus aparejos y bozales un zagal, conocido como Villa, hasta que llegara el arriero que estaba buscando el aperador. Del almacén de la casa le fueron entregados un aparejo redondo, nueve albardones pastoriles, cuatro cinchas nuevas y otras seis de las que habían servido durante los trabajos del verano precedente, más sus correspondientes costales de dos varas, cortados de una madeja que el almacén tenía del año anterior. Trabajó durante veintitrés de los veinticuatro días del periodo, y durante doce de ellos se sirvió de un zagal o joven de las burras.

     El transporte continuó a tal ritmo que a partir del 10 de julio concentraría en apenas quince días el máximo de su actividad. Su calendario preciso puede deducirse de que el arriero mayor de las burras y el zagal trabajaron durante doce días de aquel periodo, y de que a unos indefinidos trabajos de carril, pero con seguridad asociados al transporte, fueron destinados entre uno y dos hombres más. Durante aquel tiempo, y hasta el 24 de julio, también fueron transportados garbanzos y cebada, y escaña en un viaje.

     A partir del 25 de julio fue necesario un número indeterminado de arrieros de burros, y alguien ayudó al arriero de los mulos durante cuatro de aquellos intensos días, mientras que en las peonadas de carril participaron entre nueve y diez hombres. Para el 27 los mulos ya estaban llevando el trigo de granzas, un trabajo que concluyó en tres partidas el 29, cuando empezaron a llevar las regranzas, que fueron transportadas del 29 al 31 de julio. Para los suelos bastaron dos partidas, una del 31 de julio y otra del primero de agosto. Al final, los mulos serían los responsables exclusivos de transportar las seiscientas setenta y siete fanegas y media de granzas, regranzas y suelos que los hermanos Zafra habían ahechado.

     El 4 de agosto, una vez completado el porte de la cebada que la casa había comprado en una explotación vecina, los mulos y las burras que habían participado en él de nuevo se incorporaron a su actividad regular. Desde el cortijo central llevaron la cebada de la cosecha propia a los almacenes de la casa, un trabajo que se prolongó hasta el 9 siguiente, cuando también se transportaron los suelos de cebada, y que requirió nueve partidas. La escaña sería transportada durante los días 6, 7 y 8 de agosto, en cinco partidas.

     Poco más habría que transportar. El 6 de agosto Manuel Mantas, el arriero que por último se había hecho cargo de las burras, ya había entregado a la administración de la casa los aparejos, bozales y demás pertrechos que había tenido a su cargo durante el acarreo del grano. Había perdido el día 4, durante el último viaje de vuelta con la cebada comprada, un albardón de los que se utilizaban para montar, más alto y con más amortiguación que la albarda común, la que se utilizaba para la carga, y un ataharre, el trozo de tejido basto al que se cosía una correa o una cinta que se pasaba por debajo de la cola del animal para impedir que el aparejo se desplazara hacia adelante.

     El balance del transporte, a fecha de 12 de agosto, era de ciento treinta y siete viajes completos de a diez cargas de mulos con cuatro fanegas, más veinte de burras con dos fanegas. No equivalían a su número proporcional de días de trabajo porque los hubo en los que no se habían dado viajes completos por todas las bestias, en cuyo caso los que efectivamente se habían hecho se habían contabilizado aparte para luego sumar viajes completos.

El transporte, que completaba la secuencia de los trabajos productivos, terminaba en los graneros de la casa, invariablemente localizados en la población donde estaba centralizada su gestión. Así quedaba todo el producto bajo control directo de quienes debían tomar decisiones sobre él, y lo concentraban en el lugar que actuaría como su primer mercado. Desde hacía siglos las casas preferirían partir de él para comercializar su producto.

     La preparación de los graneros para recibir el trigo era otra parte necesaria de las iniciativas precursoras de los trabajos de la recolección. Durante el 17 de junio los mulos de la casa estuvieron pasando a la casa de campo, centro de sus operaciones rurales en la población, y a uno de los graneros que aquel año recibiría la cebada nueva, la cebada, las habas y las ahechaduras o restos que había en otro de los graneros de la casa, que aquel año se dedicaría a almacenar trigo. Al mismo tiempo, al panadero Acosta se le llevó el último trigo de la cosecha del año precedente que aún tenía la casa en su poder, sesenta y ocho fanegas, de las cuales treinta y seis y media estaban en el granero de la casa de campo y treinta y una y media en otro de los que se dedicarían al trigo. Así, a la vez que se liquidaba definitivamente la cosecha del año precedente, durante el mismo mes que se estaba segando la nueva, dos de los graneros quedaban limpios para que los repararan y los blanquearan los albañiles, y, de este modo, quedaran listos para recibir el trigo nuevo. Se puede suponer que los demás graneros que se utilizarían aquel año para entonces ya estarían vacíos y en ellos los albañiles ya habrían hecho los trabajos preparatorios, porque el primer trigo había llegado el día anterior, el 16 de junio.

     A partir de esta fecha, para esta primera fase de almacenamiento, la casa usó dos graneros, uno localizado en la casa de campo y el otro que ya se ha mencionado, localizado en un lugar que la fuente no precisa. Los fue llenando sucesivamente, ateniéndose a los espacios en los que cada uno estaba dividido. En el no localizado había una covacha y un cañón, mientras que para la casa de campo solo se mencionan cañones. El primer trigo se descargó en la covacha citada, y el que el 20 habían llevado en el último viaje los mulos, en el cañón del pajar del granero de la casa de campo.

     El cambio en la intensidad del almacenamiento, que simultáneamente había impuesto la del transporte, lo decidió la llegada de Anacleto Rodríguez, el hombre al que la documentación identifica como subidor de cargas. Fue el responsable directo del manejo de los costales, que vaciaría en los graneros ayudado por el arriero de los mulos y los dos de las burras. Sobre cómo ejecutaba su trabajo no deja dudas el registro del 27 de junio, cuando empezó a subir las cargas de trigo al granero donde se estaba descargando en aquel momento. Para que se le liquidara su trabajo se atuvo al ajuste antiguo, dos reales por cada viaje de veinte burras y diez mulos, lo que equivale a subir cuarenta costales por viaje. Como en el primer momento solo había diez burras y diez mulos dando los portes, se le bajó a prorrata lo que correspondía, tal como era la costumbre.

     El 27 de junio todavía se estaba descargando trigo en el cañón del pajar, que aquel día se completó, para a continuación empezar con el del arbollón. El 30 se seguía descargando en este, y el 3 de julio se empezó a depositar en el de la izquierda, entrando por el del pajar de la casa de campo. El 6 de julio por la tarde se descargó el primer trigo en el cañón de la calle del otro granero y otros dos viajes en el cañón de la izquierda del de la casa de campo.

     Cuando el 10 de julio se hizo el primer balance del trigo que ya se había transportado, el granero de la casa de campo había recibido tres mil quinientas setenta y nueve fanegas y media, y el otro, mil cuatrocientas siete. La cifra que sumaban, cuatro mil novecientas ochenta y seis fanegas y media, se reconocía como el total fanegas de trigo recolectadas o recibidas hasta aquel momento. Tanta era la identidad entre el destino de todo el producto obtenido y el almacenamiento.

     El 11 de julio el trigo que se estaba transportando fue a parar al cañón del patio del granero de localización incierta, y allí se continuó descargando hasta el 14 de julio, cuando los costales empezaron a descargarse en el cañón alto de la calle. El 15 fue necesario recurrir a un tercer granero, también en la población pero de cuya localización tampoco tenemos pruebas explícitas. En su cañón ancho aquel día empezaron a descargar trigo. El 20 las descargas del trigo se seguían haciendo en el tercer almacén, solo que en su cañón angosto, que estuvo recibiéndolas al menos hasta el 22, cuando de nuevo fue depositada una parte del que se había transportado aquel día en su cañón ancho.

     Así resultó que el 24 de julio, cuando terminaba el periodo, el grano existente en los almacenes era el siguiente. En el primero de los graneros sin localizar había ochocientas ochenta y cinco fanegas y media de trigo, y en el otro que tampoco está localizado, dos mil doscientas cincuenta y media, todo de yema, es decir, del mejor que se había conseguido en la era, lo que daba un total de tres mil ciento treinta y seis fanegas que se habían transportado en veinticuatro viajes. Y aunque la fuente no precisa sus calendarios, para aquella fecha también se habían almacenado ya una parte de la cebada, la escaña y los garbanzos. De cebada, en el primero de sus graneros propios quedaban depositadas quinientas treinta y dos fanegas, y en el otro específico, cincuenta, lo que daba un total de quinientas ochenta y dos fanegas de cebada. De escaña, en el último aludido, cien fanegas, y de garbanzos, en aquel mismo lugar, procedentes de una de las zonas reputadas del cortijo central, veintitrés fanegas y media, y de los que ya se habían criado en el cortijo que al año siguiente se incorporaría plenamente a la explotación, cincuenta y cuatro fanegas, lo que daba un total de setenta y siete fanegas y media de garbanzos.

     A partir del 27 de julio el almacenamiento se concentró en los restos. Las seiscientas setenta y siete fanegas y media de granzas, regranzas y suelos fueron descargadas en montones separados en el segundo granero sin localizar, o tercer granero preparado por la casa para recibir el trigo, entre el 27 de julio y el 1 de agosto. Entre el 1 y el 9 de agosto, fueron almacenadas en el primero de los graneros reservados para la cebada novecientas veinticinco fanegas y media de yema, mientras que de suelos de cebada fueron llevadas al segundo de sus almacenes el día 9 cuarenta y cinco y media. Por lo que el total de fanegas de cebada guardadas aquellos días, sumadas las de yema y las de suelos, fueron novecientas setenta y una. La escaña, que fue almacenada, en la sala alta del balcón al patio de las pilas de un lugar que tampoco es posible determinar, durante los días 6 y 7 de agosto, alcanzó las cuatrocientas cuarenta y tres fanegas y media; y la almacenada en el segundo de los graneros que se utilizaban también para la cebada durante el 7 y el 8 de agosto fue ciento cuarenta y cuatro fanegas; lo que sumó un total de fanegas de escaña de quinientas ochenta y siete y media. Por último, un resto de habas, que apenas alcazaba la media fanega, también fue almacenado en el segundo de los graneros que se utilizaban para la cebada.

     La subida de cargas terminó el 12 de agosto. Anacleto Rodríguez había completado desde el 27 de junio la subida de ciento treinta y siete viajes. Cada uno de ellos sumaba a las diez cargas de mulos con cuatro fanegas las veinte de las burras con dos fanegas, lo que daba un total de ochenta fanegas por viaje. Se le remuneraron al precio de dos reales por cada uno, lo que le supondría un ingreso total de doscientos setenta y cuatro reales por cuarenta y siete días brutos de trabajo, o casi seis reales por día trabajado.

     Así fue posible que el 15 de agosto se hiciera el balance del grano almacenado, equivalente al que se había recolectado en la cosecha del verano de aquel año, con la precisa identificación de los graneros donde el de cada clase estaba. El trigo guardado en el granero de la casa de campo alcanzó las tres mil quinientas setenta y nueve fanegas y media; el depositado en el segundo granero, las dos mil cuatrocientas seis y media; y el que se almacenó en el tercero, las dos mil doscientas cincuenta y media. De donde el total de fanegas de trigo de yema obtenido fue ocho mil doscientas treinta y seis y media. Las fanegas de granzas de trigo guardadas en el tercer granero fueron trescientas veintitrés; las de regranzas, almacenadas en el mismo lugar, doscientas cuarenta y siete; y las de suelos, que también quedaron en aquel almacén, ciento siete y media. Luego el balance definitivo del trigo recolectado fue ocho mil novecientas catorce fanegas.

     La cebada almacenada en el primero de los graneros reservado a esta especie, así de yema como de granzas, alcanzó las mil cuatrocientas cincuenta y siete fanegas y media. La derivada al segundo sumó solo noventa y cinco y media, de las cuales cincuenta eran de yema y cuarenta y cinco y media de suelos. Así que el total de fanegas de cebada obtenidas aquella cosecha fue mil quinientas cincuenta y tres.

     La escaña, en una cantidad que sumaba las doscientas cuarenta y cuatro fanegas, por una parte fue a parar al segundo de los graneros que se utilizaban para almacenar la cebada; y por otra, hasta alcanzar las cuatrocientas cuarenta y tres fanegas y media, a la sala alta con balcón al patio de las pilas del almacén que no hemos podido identificar con más precisión. Por tanto, el total de fanegas de escaña de aquella cosecha fue seiscientas ochenta y siete y media.

     La cosecha de semillas fue de habas y yeros. Todos los yeros menudos, que fueron ciento noventa y ocho fanegas, los guardaron en el primero de los graneros de la cebada, y la mayor parte de las habas gordas secas, cuya cosecha alcanzó las ciento quince fanegas, fue guardada en un almacén reservado para ellas, mientras que en el almacén que compartían la cebada y la escaña fue depositado un resto de media fanega. Como en el cortijo se habían consumido verdes durante su recolección cinco fanegas y media, la cosecha de habas gordas sumó un total de ciento veintiuna fanegas. Las habas menudas que fueron almacenadas en el depósito reservado para ellas alcanzaron las quinientas treinta y ocho fanegas, y en el que compartieron con la cebada y la escaña llegaron hasta ciento setenta y seis. De modo que la cosecha de habas menudas alcanzó las setecientas catorce fanegas.

     Y para almacenar los garbanzos se aplicó un estricto criterio de segregación por procedencia, aunque todos fueron a parar al más heterogéneo de los almacenes, el que además compartieron cebada, escaña y habas. Cuando se apartaron se tuvo en cuenta que cincuenta y cuatro fanegas habían sido obtenidas en un área conocida como Ranilla y otras veintitrés y media en la zona llamada el Cahíz, reiteradamente mencionada como lugar de origen de las partidas cuando se trataba de enfatizar la calidad de aquel producto. De cualquier manera, la cosecha de garbanzos de aquel año por tanto solo sumaría setenta y siete fanegas y media.

     Así resultó un total de doce mil doscientas sesenta y cinco fanegas de grano recolectadas y almacenadas.

Al recibir el trigo que se almacenaba, las preocupaciones de los responsables de la casa se concentraban en comprobar su calidad, un control que se iba haciendo al mismo tiempo que entraba en los graneros. Su principal indicador era el peso de una muestra, una vez ahechada. Por los conocimientos previos sobre las propiedades de los suelos de la explotación que se tuvieran, actuaba como verificador del pesaje la procedencia del trigo, que siempre se precisaba. El control lo complementaba su separación en los almacenes según procedencia. Y de manera menos regular se recurría a otros indicadores circunstanciales.

     Para el primer trigo de la cosecha que se llevó a la población, el del 16 de junio, bastó con decir que era endeble. Pero al día siguiente el medidor que trabajaba para la casa, de nombre Mariano, hizo el primer ensayo de la cosecha del año. Pesó una fanega de las ciento catorce llevadas el día anterior. Dio como resultado noventa y nueve libras, mucho más de lo que se esperaba, en vista de la granazón tan desigual, el mal color y las manchas que tenía de paulilla, uno de  los insectos parásitos de los cereales. Aquel trigo el 20 de junio quedó cortado en la covacha y el rincón contiguo del primer granero no localizado, para no mezclarlo con el que aquel mismo día estaba empezando a llegar procedente de uno de los dos cortijos sumados al central.

     El 21 se pesó el trigo que se había criado en ese cortijo. Sin embargo, el resultado de la medida no consta. El 24, el trigo que se estaba sacando pareció mejor que el anterior. Se juzgaba por el peso de las gavillas, tal como lo percibían los carreteros. El 27 se pesó el que aquel día se estaba descargando. Una fanega dio noventa y nueve libras y media. Y el 30 se pesó otra que también tuvo noventa y nueve y media, con el color como el último descargado en el cañón del pajar. Había sido criado en otra de las zonas características de uno de los cortijos anexos.

     El trigo descargado el 3 de julio era de calidad regular, como el de los otros dos cañones del mismo granero de la casa de campo, y el 5 de julio se pesó una fanega del cañón de la izquierda, entrando por el granero de la casa de campo, algo mejor de color que el anterior. Sin ahechar, pesó noventa y ocho libras y media. El que llegó el 6, que era de otra de las áreas más reputadas, lo que no se supo hasta última hora, no había variado de calidad, mientras que el 7 de julio, ya durante los trabajos de saca y era, se encontró el trigo mejor granado que el resto de la sementera. El 8 se pesaron el del cañón de la calle del primer granero sin localizar, ya concluido, y el del patio, casi acabándose, ambos procedentes de la misma zona afamada. Sin embargo, solo dieron noventa y ocho libras y media por fanega.

     El 11 de julio se pesó el que había entrado en el cañón del patio del segundo granero, procedente del segundo de los cortijos anexos a la explotación. De la medida resultó una fanega de cien libras. Quienes estuvieron presentes en la operación dejaron constancia de que era el mejor de color y soltura de los que habían visto aquel año. Sería el único que llegaría a este peso, tal como confirmó la cata del 14 siguiente, cuando se había terminado la descarga de trigo puro del mismo cortijo en el cañón alto de la calle del segundo granero. De nuevo una fanega pesó cien libras.

     El 15 le tocó el turno a una fanega de trigo de las depositadas en el cañón ancho del tercer granero, que también procedía en su mayor parte del segundo de los cortijos anexos. Pero estaba mezclado con otros de otra procedencia. Esta vez pesó noventa y nueve libras largas. El 20 de julio se pesó el trigo que estaban llevando al cañón angosto del tercer granero, procedente de un área al sudeste del cortijo segundo, según el aperador. Tenía el color bastante regular y pesó la fanega noventa y nueve libras. Y el 22 se tomaron dos muestras del trigo de color regular que estaba recién llegado al tercer granero, una del cañón angosto, que dio noventa y nueve libras y media, y otra del cañón ancho, cuyo peso fue noventa y ocho libras y media.

     A partir del 25 de julio solo faltaba comprobar la calidad de las granzas que estaban llevando los mulos al tercer granero. El 27 de julio se reconoció que estaban casi como el trigo de yema, tanto de color como de todo lo demás. Se pesó una fanega y tenía noventa y siete libras.

     Como pesos, procedencias y observaciones eran indicadores de fiabilidad variable, la prueba decisiva del control de la calidad del trigo se confiaba a la fabricación del pan. El 5 de julio el primer trigo nuevo, el que se había almacenado en la covacha del primer granero sin localizar, se lo llevó Acosta, el panadero al que se confiaba la fabricación del pan para el gasto de la labor de la casa. La prueba de Acosta dio como resultado las treinta y cinco hogazas de a tres libras que estaban contratadas con él anteriormente. Luego Acosta ya se había comprometido, como panadero suministrador del pan que se consumía a diario en la labor, una parte nada desdeñable de su negocio, a extraer de manera regular ciento cinco libras de pan a cada fanega de trigo, lo que por otra parte se atenía estrictamente a lo que estaba regulado desde hacía siglos. El panadero, como buen prestidigitador, convertía lo irregular en regular; los pesos variables del trigo, consecuencia de su calidad variable, en un rendimiento estable.

     La administración de la casa decidió que una vez que concluyera la recolección, y se conocieran las calidades del trigo nuevo, se decidiría sobre si era necesario variar este contrato. Se reservaría la posibilidad de exigirle más si los resultados de los controles de calidad del pan demostraran que al trigo crudo era posible extraerle rendimientos por encima de las ciento cinco libras de pan.

     Los resultados de los controles de calidad sistemáticos demostrarían que los rendimientos estaban en el límite o por debajo de los estándares métricos. Cumplir rigurosamente con el contrato, aparte el margen que permitiera pasar del trigo crudo a la harina fermentada y cocida, dado que el peso de la fanega de trigo ya era variable, y por tanto su rendimiento en pan, consentiría mezclas más o menos regladas. Tal pudo ser el origen del pan bazo, que incorporaba distintas calidades de salvado, el que se había impuesto para el consumo regular.

     La decisión de la casa es lo bastante expresiva de la trascendencia que para los labradores podía tener disponer inmediatamente de su almacén. Antes que grandes comerciantes, serían voraces autoconsumidores. Para ellos, primero se trataría de asegurar el suministro de pan que en la explotación se consumía cada día de trabajo. Era la parte constante de la comida que cada jornada la casa debía suministrar a sus asalariados, mitad irrenunciable del salario consolidado. No disponer de trigo en el almacén propio, y tener que recurrir al mercado para conseguirlo, podía encarecer hasta lo insostenible la compra de trabajo. Si el almacén alcanzaba a cubrir la demanda del consumo interno, sería suficiente para tranquilizar sobre la estabilidad del precio del trabajo a lo largo de todo el año. Algo tan directo, y al mismo tiempo tan trascendente como esto, pudo estar en el origen de la abrumadora economía de los cereales y de la industria de la panadería que de la mano de ella se había consolidado en el medio rural del sudoeste.

Ya a fines de junio trabajaron entre tres y cuatro asalariados como labradores de paja, nombre que recibían los encargados de hacer un almiar, una acumulación de la paja derivada de la era, que quedaba a la intemperie y que debía servir a lo largo del año como almacén de al menos una parte del pienso que la explotación necesitara. Pero su actividad debió ser casi testimonial. Sería a partir del 10 de julio cuando los trabajos de labranza de los pajares concentraran más actividad.

     El 16 cinco de los asalariados que estaban en aquel momento empleados como carreteros fueron a una laguna localizada en una zona de monte bajo, a unas tres leguas al este de la explotación. Allí le compraron al dueño de aquellas tierras, por setenta y cinco céntimos cada par, quinientos haces de castañuela, una planta arbustiva de tallo largo, propia de ambientes húmedos, que habitualmente se empleaba para hacer las cubiertas efímeras de las edificaciones más frágiles. En este caso iban a servir para recubrir el pajar al servicio del cortijo central, y allí los llevaron.

     Además de los tres o cuatro asalariados que ya estaban empleados como labradores de paja, otros tres o cuatro fueron destinados a sabaneros. Recibían este nombre quienes se servían como herramienta de trabajo de un trozo de lienzo de gran tamaño, hecho con fibras fuertes y bastas, para transportar la paja, una vez consumada la trilla, desde la era hasta donde iba a ser acopiada. Si cuando trabajaban en el campo la llevaban hasta donde se iba a hacer el almiar, cuando trabajaban en la población en la sábana la descargaban del carro que la traía del campo para llevarla al pajar. Para esta ocasión, los sabaneros iban a actuar como subidores de paja.

     Precedentes de la labor de los pajares esta vez también fueron los trabajos de carpintería. Hasta el 17 de julio el maestro de los carpinteros bastos, auxiliado por sus seis oficiales, una parte de su tiempo la había empleado en arreglar carretas en la cochera de la casa, aunque durante la otra, la mayor, habían estado en el cortijo, donde habían atendido sus encargos habituales, como arreglar las carretas y las herramientas para la era o formar la armadura para el cobertizo en el que se guarecían las burras. Pero ahora además se ocuparon en un trabajo relacionado con la labor de los pajares, el arreglo de los carrillos de mano que iban a servir para acarrear la paja. Si se recurrió a este medio, los sabaneros quedarían exentos del transporte de la paja desde la era, lo que permitiría que su trabajo se restringiera a subir la paja a los almiares que se fueran formando.

     A partir del 25 de julio labrar los pajares sería la actividad que terminaría consumiendo la mayor cantidad de trabajo de los asalariados. Catorce de ellos el 29 ya estaban asignados a las carretas para que llevaran paja desde el cortijo central, en cuya era se había producido, a una de las dehesas de la casa. Los catorce que las conducían hicieron dos viajes, lo que supuso un volumen total transportado de veintiocho carretadas en un día, y permite pensar que el trabajo de cada asalariado asignado a aquella ocupación era ir al cargo de una de las carretas.

     Ya en la dehesa, almiararían la paja otros cinco hombres, que ya estaban allí cogiendo los cogollos de palma que en aquel lugar serviría para completar el revestimiento de los almiares. De ellos, entre dos y tres actuarían como sabaneros o subidores de paja, mientras que los labradores de paja serían entre tres y cuatro.

     Al día siguiente aquellos cincos hombres ya labraban la paja, al tiempo que continuaban recogiendo cogollos en la dehesa. La paja que estaban almiarando era, en primer lugar, el sobrante de un almacén de la casa que había quedado del año anterior, de donde se había sacado lo que los labradores necesitaron para asientos de los pajares. La demás era de la clase inferior que había abarrada y de algunas tornas o nudos de las cañas trilladas.

     Para el 31, el aperador, que estuvo en la población, informó que aquel día otra vez se habían transportado a la dehesa catorce carretadas, lo que daba hasta el momento un balance de tres viajes de paja o cuarenta y dos carretadas, y que los cinco hombres seguían almiarándola al tiempo que cogiendo cogollos de palma. Convino con el administrador llevar a la misma dehesa a la que hasta aquel momento se había estado transportando otro viaje, lo que sumaría cincuenta y seis carretadas, y dos más de veintiocho carretadas a la otra dehesa que la casa tenía. Así sumaría todo el acopio ochenta y cuatro carretadas de paja endeble, mezcla de añeja y nueva.

     Este plan se ejecutó entre el 1 y el 6 de agosto, semana durante la cual los responsables de que se completara siguieron siendo los mismos catorce hombres con sus catorce carretas, y los cinco que compartían su tiempo entre almiararla y coger cogollos de palma. El balance de hasta qué punto se había satisfecho el plan lo hizo el aperador el mismo día 6. A la primera dehesa, de la paja que había quedado del año anterior en el almacén de la casa, en tres viajes de trece carretas más en uno de diez, se habían llevado cuarenta y nueve carretadas, y de paja buena, en el último de los viajes de la paja añeja, cuatro carretadas y un viaje de catorce, lo que sumaba un total de sesenta y siete carretadas de paja, entre buena y endeble, transportada a aquella dehesa. A la segunda dehesa se habían dado dos viajes de trece carretas y uno de catorce, total, cuarenta carretadas. Así pues, se habían llevado a las dehesas en ocho viajes un total de ciento siete carretadas de paja. Al frente de las carretas había ido un capataz, quien había sumado un total de diecisiete días de trabajo.

     Sin embargo, buena parte de la labor de los pajares aún estaba por completar, incluso en las dehesas. El 7 de agosto los cinco hombres que ya estaban ocupados en esta tarea estaban techando el pajar de la segunda dehesa y terminado el de la primera, donde siguieron con lo mismo durante los días 8 y 9, cuando terminaron. A ellos se había agregado a lo largo de la tarde del día 7 de agosto Manuel García, alias Piña, uno de los capataces al frente de una de las cuadrillas más activas durante las siegas. Con dos destajeros, ajustados a veinticuatro reales cada carretada, cortada y puesta con las agujas, se comprometió a techar con palmas el pajar de la primera dehesa.

     Además, el mismo 7 de agosto las catorce carretas empezaron a llevar dos viajes de paja al cortijo que la casa ya había arrendado para sumarlo a la explotación a partir de la campaña siguiente, y así se mantuvieron durante los días 8 y 9. Se pretendía que allí se formara el tercer pajarete o almiar, para que le sirviera a los bueyes en los temporales de invierno, mientras que los levantados en las dehesas habrían de servir para el consumo de los ganados de cría.

     Al llegar a la población un par de días después, aprovechando que al día siguiente se celebraba san Lorenzo, ya por la noche el aperador informó que en el nuevo cortijo había ya ochenta carretadas de paja, a pesar de lo cual, para terminar el trabajo, todavía sería necesario llevar otras trece o catorce, lo que ocurrió al día siguiente, cuando las catorce carretas llevarían allí las últimas carretadas. Por la cuenta que daba, las arrasaduras de paja habían sido acopiadas en un almiar.

     El administrador, recibido este informe, aquella misma noche del 9 de agosto previó que, cuando se acabara de llevar paja, a los asalariados ya habría que ocuparlos en repartir estiércol y reunir boñigos y leña para la explotación. Además, siete hombres debían volver al día siguiente por la noche desde el cortijo a la población para el 11 irse a vendimiar a la viña de la casa a jornal seco, de acuerdo con lo que se pagara a los vendimiadores. Todo un programa que anunciaba que los trabajos de la recolección de trigo y sus cultivos subsidiarios estaban tocando a su fin.

     No obstante, la labor de los pajares, estaba por terminar. Entre el 11 y el 14 de agosto la mayor parte de entre treinta y ocho y cuarenta y cinco asalariados fueron empleados en acabar de techar los pajares, y el 14 Manuel García Piña y sus dos compañeros habían terminado de poner en el pajarete de la primera dehesa, que tendría cuarenta y nueve carretadas de paja, las cinco carretadas de palma que allí se habían cortado. Por aquel trabajo, que habían completado en los seis días comprendidos entre el 7 y el 13, además de los veinticuatro reales por cada carretada que estaba previsto, recibieron como gratificación doce reales, en los que estaban incluidos el vino para todos, el sobrante de Piña y el incentivo al capataz por haberle puesto el cumbrero o cubierta al almiar, que se hacía con estiércol y paja de habas. Lo que pudiera quedar para terminar de labrar los pajares se completó entre el 26 y el 29 de agosto.

 

Rentas de los trabajos derivados de la siega

Andrés Ramón Páez

Aunque no es posible discriminar hasta saber cuántos asalariados participaron en cada actividad, se puede aproximar el número de todos los contratados durante los meses que se emplearon en la siega y sus trabajos derivados con bastante precisión. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio trabajarían unos 32 hombres. Del 16 de junio hasta el 9 de julio, unos 69, un número casi idéntico al de los que trabajarían entre el 10 y el 24 de julio, si bien es probable que en este otro periodo fueran algunos más. Desde el 25 de julio al 14 de agosto los contratados serían unos 47, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre unos 39.

     La remuneración de los asalariados regulares que encadenaron los trabajos comprendidos entre la saca y la labranza de los pajares fue diferente a la de quienes habían hecho la siega. Cuando el 17 de junio los que iban a ejecutar los trabajos derivados de la siega salieron para el cortijo central de la explotación lo hicieron sin ajuste, según costumbre. Habrá que interpretar que cuando eran reclutados aún no estaba acordado el precio de su trabajo. Se puede suponer que estarían sujetos a las decisiones de los labradores canónicos en los que la casa descargaba su responsabilidad sobre estas decisiones, tal como ocurría con la tasa del trabajo para la siega. Sin embargo, la costumbre al menos garantizaba que a los asalariados que ejecutaban los trabajos regulares se los remuneraba no por rendimiento, como a los destajistas que segaban, sino a razón de una comida y una cantidad de dinero, la que comúnmente se conocía como jornal, por cada día de actividad.

     Entre el 3 de junio, momento a partir del cual pudo empezar  la saca de las gavillas, y el 7 de septiembre, fecha en la que como máximo sería posible que aún se estuviera trabajando en techar los pajares, el jornal común se pagó a 3 reales. Solo entre los días 16 de junio y 9 de julio, cuando el trabajo se concentró en la era, subió a 4. Pero además, como era práctica habitual en la casa, se discriminó con suplementos exclusivos algunas dedicaciones. A cada uno de los gavilleros, entre el 3 de junio y el 24 de julio; de los rastrojeros, también entre el 3 de junio y el 24 de julio; y de los trilladores, entre el 16 de junio y el 24 de julio, se les pagó un real más. Si bien al guarda de la era, entre 3 de junio y el 24 de julio, también se le recompensó con un real más, entre el 25 de julio y el 14 de agosto solo recibió como complemento medio real por cada día trabajado.

     También fueron mejorados el carrero del agua, por los 37 días que trabajó entre el 16 de junio y el 24 de julio, con un real más, y por los 18 ½ que trabajó entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio real; el guarda de las habas, por los 11 días trabajados entre el 22 de mayo y el 15 de junio, con medio real; el arriero de las burras, o arriero mayor de las burras, por los 4 días que trabajó entre el 3 y el 15 de junio, con un real, aunque entre el 16 de junio y el 24 de julio se hizo acreedor de otros dos reales. A los arrieros de burros, entre el 25 de julio y el 14 de agosto, se les pagó un real más, y al arreador, por los 22 días que trabajó entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, uno; al zagal de las burras, por cada uno de los 24 días que trabajó entre 16 de junio y el 24 de julio, real y medio; al que ayudó durante 4 días al arriero de los mulos entre el 25 de julio y el 14 de agosto, medio real; y las peonadas de carril hechas entre el 10 de julio y el 7 de septiembre, fueron premiadas con un cuarto o cuartillo de real más.

     Al manijero de carretas, por los 2 días que trabajó entre el 10 y el 24 de julio, se le recompensó con un real más, y por los 17 días que trabajó entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio; a los labradores de paja, entre el 16 de junio y el 24 de julio, con un real, y entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio real; y a los sabaneros o subidores de paja a los pajares, entre el 10 de julio y el 14 de agosto, con un real.

     Para liquidar la parte monetaria del salario, en el transcurso del periodo, el aperador, en el cortijo, a los asalariados adelantaba o daba por cuenta una cantidad de dinero, sirviéndose del que previamente le había proporcionado la administración de la casa, de la que resultaba acreedor hasta tanto se hacía el balance de las jornadas trabajadas durante cada periodo. Cuando cada uno se cerraba, a los asalariados se les pagaba en el despacho el saldo que resultaba a su favor. Como la administración le adelantaba al aperador más de lo que él pagaba a los asalariados, normalmente quedaba acreedor de la caja de la casa, un remanente estable que le permitiría actuar con cierta libertad a la hora de decidir cuántos y quiénes serían los asalariados a contratar para cada periodo, su mayor responsabilidad.

     De la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, el alimento básico era el pan. Su pago se efectuaba como consumo diario en el lugar de trabajo. Para todos los contratados, durante los días de la siega y sus actividades derivadas, osciló entre un mínimo de 39,6 hogazas al día y un máximo de 90. Tan importantes cambios de valor fueron consecuencia directa de la intensidad de los trabajos. Mientras que entre el 22 de mayo y el 15 de junio solo se consumieron las 39,6 mencionadas, los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, coincidiendo con la mayor actividad de saca y trilla, se consumieron las 90. A partir del 10 de julio el consumo fue descendiendo paulatinamente, tal como iban retrocediendo el ritmo y la diversidad de los trabajos. Así, entre el 10 y el 24 de julio se consumieron 83 1/3 hogazas día, entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 54,05, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 44,38.

     Pero la importancia del consumo no solo era consecuencia de la cantidad de asalariados contratados en cada periodo, a su vez exigida por los trabajos. Era también el resultado de la voluntad de la casa, que precisamente porque la intensidad de los trabajos oscilaba decidía incrementar o disminuir la ración diaria. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio cada día cada asalariado comió pan a razón de 2 libras, 15 onzas y 42 centésimas de otra, o sea, una hogaza menos 58 centésimas de onza. Los días entre el 16 de junio y el 9 de julio el consumo subió a 3 libras, 4 onzas y 57 centésimas de otra, y durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio descendió algo, a 3 libras, 2 onzas y 36 centésimas. Ya entre el 25 de julio y el 14 de agosto cada asalariado solo comió 2 libras 15 onzas y 29 centésimas, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 2 libras, 13 onzas y 48 centésimas, equivalentes a 1 hogaza menos 2 onzas y 52 centésimas.

     Todo el pan fue suministrado bajo la forma de las consabidas hogazas de a tres libras, que eran llevadas al cortijo desde la población. El encargado de suministrarlo a diario fue alguien que ya conocemos, Acosta, el panadero que trabajaba para la casa. Para hacerse una idea de lo que este negocio supondría para él basta un par de cifras. Entre el 22 de mayo y el 7 de septiembre suministró 6.600 hogazas (990 + 2.160 + 1.250 + 1.135 + 1.065) de a tres libras, equivalentes a 19.800 libras de pan.

     La otra parte de la comida se resolvía con un potaje, a base de garbanzos, aceite, vinagre y sal, que la casa también suministraba a los asalariados día tras día en el cortijo central de la explotación. Pero el 13 de junio los moreros empezaron a comer carne, mejora de la comida diaria a cargo de la casa que justificaba porque se estaban sacando gavillas y trillándolas con los mulos. Con aquel fin mataron dos borregos rezagados de la piara que estaba en el cortijo, con un total de 18 libras, y dos primales cojos, que pesaron 32. Más adelante quedó constancia de que a partir del 13 de junio, y durante los días 13, 14 y 15, se había dado comida de carne a todos por la saca de las gavillas, y que más exactamente se habían matado un primal y tres borregos del rezago de la piara.

     Aquella innovación en la comida persistió durante el siguiente periodo, el comprendido entre el 16 de junio y el 9 de julio, el de mayor actividad de saca y era. En su transcurso se consumieron treinta borregos, con un total de 170 libras de carne, y treinta ovejas, con 343 libras, lo que daba un total de sesenta cabezas y 513 libras, de modo que hasta el 10 de julio se habían consumido sesenta y cuatro cabezas o 563 libras. No obstante, el potaje se comió en sustitución de la carne los viernes 17 y 24, el 28 de junio y los días 1 y 8 de julio.

     En el periodo entre el 10 y el 24 de julio comieron carne durante las gavillas los días 11, 12, 13 y 14. La carne consumida fue 133 libras carniceras. Los animales que se mataron durante este periodo fueron catorce borregos con 88 libras y cuatro ovejas con 45, todos de las ganaderías de la explotación. El resto de los días comieron potaje, y el 15 de julio, concluida la saca de las gavillas, concluyó la comida de carne en el cortijo, de manera que a partir de aquel día, y hasta el 7 de septiembre, solo se comió potaje. Así resultó que las ovejas y los borregos consumidos durante los trabajos de recolección fueron en total, según balance del 25 de julio, treinta y seis ovejas y cuarenta y seis borregos con un total de 696 libras.

     Del análisis de la comida lo que trasciende a la remuneración del trabajo es evaluar en qué proporción la comida pudo incrementarla. Cuando el 8 de septiembre hizo balance del periodo que el día anterior había saldado los trabajos relacionados con la siega, el administrador advirtió que para hacer los cálculos de los costos que para la casa había tenido la comida se habían tenido en cuenta durante todo el año, desde san Miguel del año anterior, cuando se cerraba el ciclo agropecuario, hasta igual día del año en curso, para cuya conclusión aún quedaban veinte días, los precios siguientes: 54 reales la fanega de trigo con 35 hogazas de pan de 3 libras, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre, 6 ¾ reales la de sal y 72 reales la fanega rasa de garbanzos. La rigidez de los precios es algo más que una licencia contable. Todos los suministros, incluido el del trigo que servía para fabricar el pan, cuyos costos estaban tarifados por convenio con el panadero que suministraba a la casa, procedían de los almacenes de ella. No serían precios, ni menos aún tasas. Serían costos.

     Aunque no disponemos de valores similares para evaluar el de la comida cuando el potaje era sustituido por la carne, con los que tenemos es suficiente para hacer una estimación del mínimo que añadía al jornal la comida.

     Por lo que se refiere al costo del pan, si el precio de la fanega de trigo se estimó en 54 reales, y este valor fue el que sirvió para estimar el gasto en este suministro, debió incluir el costo de la elaboración de las 35 hogazas de pan de 3 libras. Como de cada fanega, según el acuerdo con el panadero concertado, se obtenía aquel producto, cada libra de pan  le costaría a la casa 0,514 reales (54 reales/105 libras).

     El costo del trabajo remunerado con pan cambiaría a lo largo del ciclo de la recolección. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio, como cada día cada asalariado comió 2 libras, 15 onzas, 42 centésimas, su costo diario sería 1,52 reales. Para los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, como cada asalariado comió 3 libras, 4 onzas y 57 centésimas, el costo diario del pan del salario sería 1,69. Durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio cada asalariado consumió 3 libras, 2 onzas y 36 centésimas. Luego por este concepto costó a la casa 1,62 reales. Entre el 25 de julio y el 14 de agosto cada uno de los trabajadores comió 2 libras 15 onzas y 29 céntimos de pan, que al costo regular equivalen a un desembolso de 1,52 reales. Y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre cada asalariado comió 2 libras, 13 onzas y 48 centésimas de pan, a razón de 0,514 reales la libra, lo que para la casa significaría un desembolso por cabeza de 1,46 reales.

     En cuanto al costo del potaje, la administración de la casa hizo sus cálculos ateniéndose al mismo procedimiento. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio, cada día sumó a la renta percibida en dinero por los asalariados otros 2 reales 24 céntimos de costo; entre el 16 de junio y el 9 de julio, 2 reales y 37 céntimos, y en el periodo entre el 10 y el 24 de julio, 2 reales 28 céntimos. Entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 2 reales y casi 13 céntimos, y desde el 15 de agosto hasta el 7 de septiembre, 2 reales 13 céntimos. Por tanto, fue un costo muy estable.

     Si sumamos la renta percibida en dinero a la comida, a su vez compuesta con pan y potaje, los ingresos diarios por asalariado habrían sido: entre el 22 de mayo y el 15 de junio, 6,76 reales; los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, 8,06; durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio, 6,9; entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 6,64; y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 6,59; un comportamiento que reitera el cíclico que ya marcaba la percepción de la renta en dinero.

     En todos los momentos, la renta efectiva disponible sin tomar en cuenta la variación de costos que pudo ser consecuencia del cambio transitorio de dieta, es menos de la mitad de la renta total percibida, aunque también en cualquier situación se sitúa muy cerca de esa proporción. Si tuviéramos en cuenta los incentivos particulares, además cada renta personal podía verse incrementada circunstancialmente, en el mejor de los casos, entre 2 y 0,25 reales.

     Por último, un asalariado que en el mejor de los supuestos consiguiera participar en todos aquellos trabajos ininterrumpidamente acumularía las siguientes rentas parciales: entre el 22 de mayo y el 15 de junio, 169 reales; entre el 16 de junio y el 9 de julio, 193,44; entre el 10 y el 24 de julio, 103,5; entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 139,44; y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 158,16 reales. En total, 763,54 reales.

     Aunque no dispongamos del número de días que trabajó cada cuadrilla de las que durante la siega del trigo se emplearon a destajo, es posible aproximar la comparación entre las rentas percibidas mediante aquel compromiso y el que aceptaron los asalariados regulares si tomamos como referencia el máximo de días posibles trabajados por las cuadrillas de segadores, el supuesto que menos les favorece.

     Para facilitar los cálculos, podemos aceptar que las cuadrillas de segadores trabajaron como máximo 30 días. El segador que más cobró fue 568,31 reales, sin contar incentivos, aún más discrecionales que los que percibían los asalariados. El que menos, 82,55. Luego el segador que más rentabilizó su trabajo diario fue el que consiguió 568,31/30 = 18,94 reales, y el que menos 82,55/30 = 2,75 reales. Frente a esto, el óptimo de trabajo asalariado sumaría 109 días (25 + 24 + 15 + 21 + 24), por los que percibiría en el mejor de los casos 763,54 reales. De donde resultaría una renta media diaria de 763,54/109 = 7 reales.

    Un hombre que se empleara a destajo como segador, si era favorecido con la adjudicación discrecional de tierras a segar, podía más que duplicar las rentas que obtendría si trabajara ininterrumpidamente para la misma casa en las demás actividades de la recolección del trigo y sus especies asociadas como asalariado regular. Si el destajista no contaba con aquel favor, hasta el punto que podía ser descalificado y despedido en plena campaña de la siega, vería que su renta diaria se reducía a menos de la mitad de la que percibiera el asalariado regular de los trabajos derivados de la siega. Sin embargo, su renta líquida disponible de cada día, 2,75 reales, que en su caso era toda la renta, no se alejaría mucho de la que percibiera en dinero el asalariado regular, en torno a los 3 reales.

 

Composición de las rentas del trabajo

Andrés Ramón Páez

La remuneración que regía para todas las actividades de la agricultura del cereal, a mediados del siglo XVIII, era mixta. Con el salario, la comida y el pegujal, combinados de un modo para cada persona resignada a la venta de su fuerza, se componía su renta por trabajo. Al menos dos de los tres medios de pago se sumaban para proporcionarle la suya.

     La combinación en la que insisten una y otra vez las fuentes es la que se llamaba estilo de cortijos, que integraba jornal y alimento, aunque la literatura de la época, por abuso, consagró salario como sinónimo de remuneración. Pero el abuso del lenguaje no debe llevar al error de creer que la remuneración quedó en algunos casos reducida a solo el elemento monetario. Aunque es una posibilidad que no se puede excluir, además de que no ha entrado en nuestro campo de observación, frente a ella se podría presentar un buen número de casos en los que, si se incurre en la antonomasia, es para a continuación especificar cuáles son las otras fuentes de ingreso que el trabajo añade. Es probable pues que el estilo de cortijos, por muy extendido que estuviera, no resolvía la totalidad de las combinaciones que a partir de ahora, aceptando el lenguaje de las fuentes, llamaremos salariales, dado que expresamente es uno de los modos de hablar.

     Nos proponemos, en esta ocasión, llegar a una denominación de la renta que proporciona el trabajo en la agricultura de los cereales. Deseamos expresarla en unidades de trigo para obtener la medida del valor que corresponde a la riqueza creada por esta economía y, eventualmente, expresar otras magnitudes en unidades de salario. Si conseguimos este objetivo, su primera aplicación, todavía dentro de los límites de este ensayo, puede ser el cálculo del costo del factor trabajo, en las mismas unidades, para las explotaciones dedicadas a aquella actividad.

     Para dotar de la homogeneidad debida al cálculo de los salarios es necesario precisar el tiempo durante el que cada actividad era demandada. No tenemos fundamento para suponer que la duración de la unidad de tiempo de trabajo, la jornada, cambiara en la región durante la época moderna. Era un asunto que había fijado, quizás no resuelto, cada legislación local ya en tiempos medievales, según fuera sucediendo a las estimaciones de la renta con criterios serviles la necesaria ponderación de la especialidad y el producto por cada una obtenido. Lo que de esta clase de normas se conoce garantiza primero que el tiempo que hay que emplear en el traslado a la explotación quede incluido en el tiempo total de trabajo. No se trata tanto de que la renta cargue con el costo de desplazamiento, aunque esta sea la consecuencia económica que consiente, cuanto que el trabajador esté ya en el lugar de trabajo a la salida del sol, con el propósito de optimizar el uso de la luz durante la jornada. En algunos casos se ha documentado un sistema de iluminación rural compuesto con una red de torres en cuyas terrazas se encendían hogueras para orientar en el tránsito por los caminos durante las horas precedentes al orto. En la época del año durante la que el calor que el sol descarga es mayor, que coincide con la de máxima actividad laboral de la agricultura de los cereales, el final de la jornada coincide con su cenit o mediodía solar. Esto nos obliga a pensar en una jornada de una duración media aproximada de seis horas para los trabajadores que deben desplazarse a la explotación.

     El número de días no laborables del calendario moderno no era muy diferente del actual. Se estima en unos cien. El ajuste a jornadas completas por semana deduce en consecuencia un valor de 5 días de trabajo por cada semana. Pero se admite que durante los tres meses de los agostos, tanto por el vínculo habitual que activa la obligación como por la urgencia con que las faenas se acometen, es necesario sumar un día más a la semana laboral. 40 semanas a 5 jornadas alcanzarían 200 días de trabajo, mientras que las otras 12 a 6 supondrían 72, lo que acumularía un total anual de 272. Por concesión a las variantes locales y a cualquier otra circunstancia no prevista, se admite convencionalmente un máximo, para el calendario de trabajo de la agricultura de los cereales, de 280 días al año.

     No todas las actividades que demandan trabajo se ajustan con idéntica precisión a este marco. El ciclo biológico de la actividad productiva se atiene a los nueve meses que transcurren entre fines del otoño y fines del verano. Seis meses a 5 días por semana y otros tres a 6, acumularían un total máximo para toda la campaña de 192 días. También en este caso habitualmente se admite un ajuste a 180 días, por considerarlo un valor que puede estar más próximo a los límites reales del ciclo.

     Las actividades de guarda de la explotación y del ganado, porque por naturaleza son de constante vigilancia, no admiten interrupción. Para ellas siempre será necesaria una dedicación absoluta, de modo que el año laboral de ambos guardas y sus correspondientes zagales tendrá que ser un valor muy próximo al máximo natural de 365 jornadas, con residencia obligada en la explotación.

     Algo similar puede afirmarse del resto del personal de servicio, tanto del destinado al gobierno de la explotación como de todos los que atienden a cualquier clase de ganado de labor, que no toleraría bien las interrupciones en su cuidado. Pero a ninguna de estas dedicaciones está asociada la residencia obligatoria, e incluso de algunas podría decirse que obliga al movimiento continuo. Como las cuentas de mediados del XVIII enseñan que este personal también se mantiene durante los doce meses del año, estamos obligados a atribuirle el máximo laboral posible, 280 jornadas de trabajo.

     El trabajo del gañán, que se reparte entre la sementera y el barbecho, puede prolongarse hasta ocho de los nueve meses del ciclo. Así lo corrobora el pan que por término medio hay que suministrarle. Si cobra a razón de 1,5 fanegas por mes, al cabo de ocho obtiene el equivalente al máximo posible, 12 fanegas. Más allá de este límite temporal tampoco tendría justificación sufragar su especialidad, puesto que la última fracción de la campaña laboral es obligado concentrarla en exclusiva en los trabajos de recolección.

     Tanto la siembra como la escarda son actividades que hemos adjudicado a braceros. El número de oportunidades para ganar un jornal a lo largo del año biológico que al trabajo agrícola no cualificado concede la historiografía oscila entre un mínimo de 15 y un máximo de 50. Así como su empleo como sembrador puede regularse contando con factores constantes, las posibilidades de trabajo que crea la escarda es, a decir de nuestros informantes, muy variable, porque dependen inmediatamente de los valores acumulados en el suelo por la humedad que aporta la atmósfera. Hay años en los que apenas puede ser necesaria, y otros en los que puede hasta cuadruplicarse la que en un año regular se necesita. Si aceptamos una demanda de trabajo no cualificado antes de la recolección de 32,5 días (15+50/2) probablemente solo estemos cometiendo el error más pequeño posible.

     Aunque el tiempo total disponible para el trabajo durante el trimestre de la recolección sea de 72 días (12 semanas de 6 días laborables), los ajustes al máximo disponible en el ciclo aconsejan limitar a unos 69 los efectivos. Esa cifra marcaría la duración máxima del trabajo de los capataces, los segadores, los agavilladores y la gente de era.

     Cualquiera de estas deducciones sobre el tiempo que cada trabajo puede ser requerido admite cálculos diferentes e igualmente aceptables. Todos los propuestos, como se habrá observado, aplican un criterio que pretende ser equivalente, el máximo al que cada oferente puede aspirar a lo largo de un año bajo las condiciones de la demanda de la agricultura de los cereales regional. Así conviene al fin que nos hemos propuesto. De esta manera podemos precisar el límite superior de la capacidad de intercambio de bienes originado por su renta salarial. El otro límite, el inferior, no necesita cálculos. El paro lo convierte en un axioma.

     En el siguiente cuadro, que reúne las denominaciones por trabajador y medio de pago, están relacionados todos los trabajos personificados que hemos podido aislar.

Trabajador Pegujal Alimento Dinero: jornal Dinero: destajo
Aperador o mayordomo 45 fs / 3 1 fs x 12 4.25 rs x 280
Casero o guarda 45 fs / 3 1 fs x 12 2,625 rs x 365
Zagal del guarda 1 fs x 12 1,75 rs x 365
Conocedor o mayoral 45 fs / 3 1 fs x 12 3 rs x 280
Boyero 25 js 1 fs x 12 2,625 rs x 280
Vaquero 25 js 1 fs x 12 2,625 rs x 280
Yegüerizo 25 js 1 fs x 12 3 rs x 280
Guarda del ganado 25 js 1 fs x 12 2,625 rs x 365
Zagal del guarda del ganado 1 fs x 12 1,75 rs x 365
Borriquero o arriero 25 js 1 fs x 12 2,625 rs x 280
Gañán 25 js 1,5 fs x 8 2,625 rs x 160
Sembrador 1/30 fs x 32,5 2,625 rs x 32,5
Bracero o peon 1/30 fs x 32,5 2,625 rs x 32,5
Capataces 2,5 fs 5,25 rs x 69
Segadores 2,5 fs 5,25 rs x 69
Gavilleros 2,5 fs 2,625 rs x 69
Gente de era 2,5 fs 2,625 rs x 69

     A cada uno le hemos adjudicado los conceptos por los que obtiene renta, de modo que el resultado es lo más próximo que hemos podido conseguir a lo que podríamos llamar una nómina del momento. De su enunciado íntegro es posible deducir que el llamado estilo de cortijos, versión básica del salario mixto, efectivamente es el fundamento de este sistema de rentas. Todas las actividades obtienen al menos alimento y dinero simultáneamente. Pero también tenemos que reconocer que solo la parte más frágil, por más inestable y menos duradera, de los vínculos laborales, es la que dispone solo de estos medios de ingreso. El pegujal enriquece la renta de la otra fracción de trabajadores. Pero así como esta separa las posiciones más sólidas de las que lo son menos, el destajo, consecuencia del esfuerzo de cada trabajador, crea diferencias entre los peor dotados.

     En cada intersección están anotados los valores que corresponden, con las mismas denominaciones que las fuentes nos han permitido fijar, para evitar deformaciones tan innecesarias como abusivas. Que un salario sea mixto significa, antes que otra cosa, que se percibe en especies diferentes, dos en nuestro caso, trigo, en un grado u otro de transformación, y los metales con valor monetario corrientes. Cuando ha sido necesario, a la cantidad de especie acompaña su factor temporal, que permite enunciar su valor completo. En todos los casos nos hemos atenido a las deducciones sobre las unidades de tiempo que convienen a la ejecución óptima de cada uno de los trabajos.

     El cuadro que satisface, a la vez íntegra y sintéticamente, el primer objetivo que nos hemos propuesto es el de los valores nominal y en trigo.

Trabajador Pegujal (rs) Alimento (rs) Jornal (rs) Destajo (rs) Total nominal (rs) Total equivalente en trigo (fs)
Aperador o mayordomo 240 192 1.190 1.622 101,375
Casero o guarda . 240 192 958,125 1.390,125 86,88
Zagal del guarda . 192 638,75 830,75 51,92
Conocedor o mayoral 240 192 840 1.272 79,5
Boyero 65,625 192 735 992,625 62,04
Vaquero 65,625 192 735 992,625 62,04
Yegüerizo 65,625 192 840 1.097,625 68,6
Guarda del ganado 65,625 192 958,125 1.215,75 75,98
Zagal del guarda del g. 192 638,75 830,75 51,92
Borriquero o arriero 65,625 192 735 992,625 62,04
Gañán 65,625 192 420 677,625 42,35
Sembrador 17,3 85,3125 102,6125 6,41
Bracero o peón 17,3 85,3125 102,6125 6,41
Capataces 40 362,25 402,25 25,14
Segadores 40 362,25 402,25 25,14
Gavilleros 40 181,125 221,125 13,82
Gente de era 40 181,125 221,125 13,82
Totales 1.113,75 2.306,6 9.946,125 13.366,475
8,3 17,3 74,4

     Corresponde al precedente, pero ejecutando así las operaciones como las conversiones métricas necesarias para llegar a resultados homologables. Tanto daba, para operar con la obligada unidad común, reducirlo todo a fanegas como a reales de cuenta. El alcance analítico que para este ensayo nos hemos propuesto nos recomendaba, para unificar, primero la reducción a la moneda y, una vez conseguido el valor del salario acumulado, expresar su correspondiente valor en las unidades de capacidad con las que se mide el trigo.

     No es necesario sobrecargar el análisis con su expresión complementaria en valores relativos. A mediados del siglo XVIII, si no entramos en detalles por tipo de trabajo, que poco modificarían la idea general, las tres cuartas partes del salario se cobraban en dinero. Salvo que los precios del trigo cambiaran. En este caso, la expresión de su valor en moneda modificaría el valor relativo de cada especie en la composición del salario. Este supuesto, antes que una salvedad, es una norma. Si algo caracteriza, al menos para el lector contemporáneo, la agricultura de los cereales de la época moderna es la permanente oscilación del precio del trigo.

     Aunque al trabajo evidentemente sí, al salario, si analizamos su composición, no toca casi responsabilidad como causa de tales cambios. La demanda para el alimento es estable. Ya hemos visto cómo se estimaba de antemano. Nunca actuaría sobre el producto obtenido, definidor directo de los ciclos de los precios en los mercados. Tampoco el peculio percibido en grano, que asimismo no modifica el valor del producto que se pueda obtener en cada cosecha. Solo si es percibido en forma de pegujal el volumen de la producción de cada uno contribuye a la formación de la oferta de grano en cada mercado. Al tratarse de unidades que están deliberadamente en el margen inferior de las unidades de producción, a consecuencia de su escaso tamaño, aun cuando consigan alta productividad y, en cualquiera de los casos, colocar una parte de su producto en el mercado, el valor relativo de su concurrencia reduce a dimensiones ínfimas su posibilidad de incidir en la formación del precio del trigo. Solo si la gran oferta se retrae, porque así se lo recomiende el exceso de producción, su margen de interferencia aumenta. Bajo esas condiciones, que son al mismo tiempo las de sus máximas posibilidades, el ciclo consecuente de los precios será depresivo, lo que hará que el valor del grano en la formación del salario con más probabilidad disminuya.

     Podemos, por tanto, aceptar, admitiendo que el precio del trigo que hemos tomado para nuestros cálculos es muy moderado, como estancado se muestra con insistencia durante la primera mitad del siglo XVIII, que la proporción que la parte del salario que se percibe en moneda representa, cuando se estima en tres cuartos, está más cerca del mínimo efectivo que del máximo.

     Si el consumo alimenticio de un trabajador adulto la economía del momento lo ha consolidado en una fanega de trigo por mes, los aperadores y los mayordomos de campo, gracias a la renta que su trabajo les proporciona, disponen de unas 7,5 unidades de salario para acceder al disfrute de otros bienes. Su ingreso bruto, en aquella unidad alimenticia, es casi 8,5 (101,375 fanegas de trigo/12 meses). Una de ellas la tiene que consumir en su manutención. Como el consumo alimenticio de cualquier otro adulto, en términos medios, no tiene razón para ser distinto, con las 7,5 posibilidades de alimentar a otros adultos de que dispone puede acceder, mediante intercambio, al equivalente en bienes y servicios generados por las actividades distintas a la producción de cereales. El mayor nivel de riqueza generado por la renta salarial de este sector vendrá dado por esa magnitud.

     Con este modo de calcular estamos aceptando, de acuerdo con los atentos observadores contemporáneos que se propusieron generalizaciones teóricas, que el valor que para el cambio adquieren los bienes se origina a partir del excedente sobre la necesidad. Y, en consecuencia, que cualquier incremento del excedente, porque es incremento en calidad o en cantidad del trabajo, expande la capacidad de cambio. Al expresar una renta en unidades de consumo alimenticio universal estamos por tanto separando con exactitud la necesidad del excedente y expresamos la capacidad para el cambio, no solo para el trabajo agrícola, sino para cualquier actividad.

     Tomando estos criterios, y vueltos a nuestro cuadro de valores, es posible concluir con algunas consideraciones útiles. Las de mayor interés están al otro extremo, reconociendo que no es necesario detenerse a describir la posición de bienestar que disfruta el resto de los criados o sirvientes, cuyos excedentes oscilan, en números enteros, entre 6 y 3. El trabajo no cualificado que obtiene sus rentas de las faenas anteriores a la recolección está por debajo del umbral de la subsistencia, que solo conseguiría satisfacer a medias, y el de los gavilleros y la gente de era está al límite de lo biológicamente sostenible, y apenas puede disponer de excedente que le permita acceder a bienes distintos a los alimenticios. No es mucho mejor la posición de capataces y segadores, a pesar de emplearse con la mayor intensidad, quienes solo consiguen una unidad de excedente. Solo los gañanes, que cargan con la parte sustancial del trabajo de temporada, consiguen aproximarse al estado material del servicio de labor.

     Estas observaciones son tanto más trascendentes cuanto que afectan al menos a las tres cuartas partes de la población que trabaja en los cereales. Quizás parezca exagerada la afirmación, pero enseguida tendremos ocasión para descubrir y analizar con más detalle esa cifra. Los tres cuartos del trabajo que absorbe esta agricultura se concentran en la demanda para la recolección.

     Siendo esto así, estamos obligados a añadir un matiz. El trabajo no cualificado de temporada puede retornar al mercado de trabajo con ocasión de los trabajos asociados a la cosecha. Quien consiguiera trabajar en la escarda, por ejemplo, y luego como gavillero, conseguiría al menos un excedente de casi 0,7. El alcance social de la renta disponible sería, por tanto, más atenuado. Se puede suponer que una parte de los que trabajen en la recolección han trabajado también, sin cualificación, entre el otoño y la primavera. Incluso se puede aceptar que todos como mínimo trabajan en la recolección. Es conocido que durante esta fase la demanda de trabajo crece tanto que provoca una fuerte inmigración. El verdadero límite inferior del espectro de la renta del trabajo estaría, por tanto, representado por la que perciben los gavilleros y quienes trabajan en la era.

     De todas las consecuencias que el tamaño del excedente disponible pudiera tener, lo más trascendente, para el orden que sostiene la agricultura de los cereales, es la biológica. Convengamos, para reducir a los elementos básicos el análisis, que un adulto de cualquier sexo consume idéntica cantidad de trigo, mientras que un niño solo necesita la mitad. Quienes solo obtuvieran su renta como gavilleros y gente de era tendrían que permanecer solteros, aunque trabajaran como peones otra época del año, porque no tendrían cómo alimentar a la cónyuge, si esta carecía de renta propia. Capataces y segadores sí podrían casarse, pero no podrían tener descendencia, porque no tendrían cómo alimentar ni al primer hijo. Tan solo el gañán, seleccionado por la naturaleza, podría aspirar al menos a mantener una familia con tres descendientes vivos, si al tiempo renunciara a cualquier empleo de su excedente distinto al alimenticio.

     Son condiciones demasiado restrictivas, para más de los tres cuartos de la población activa ocupada en los cereales, como para permitir su reproducción. Cualquier población que viviera realmente bajo estas condiciones estaría condenada a la extinción en lo que dura como máximo una vida. A la vuelta de un siglo no dispondría del trabajo que la producción de los cereales necesita.

Evidentemente no son ni el hambre ni la despoblación los que necesariamente siguen a la composición y magnitud de la renta efectiva de la mayor parte de los trabajadores en los cereales. Si así hubiera sido, no hubiera prosperado durante generaciones en centenares de poblaciones. La iniciativa humana no es en modo alguno resignada. Las rentas suplementarias son también una parte del orden. Cuando declaran su actividad, los que estadísticamente luego son clasificados como jornaleros, se presentan a sí mismos, de la manera más expresiva, como activos a todo tráfico del campo. La renta que con mayor naturalidad se integra en el sistema, como si fuera una rama nacida del tronco, es la que proporciona el transporte. Ya sabemos que disponer de una bestia de labor es, de todos los que exige esta agricultura, el capital más asequible, mucho más si es de ganado menor. Ninguna inversión del excedente tan útil como esta, que se puede verificar razonablemente por pequeña que sea, mucho más imponiéndose una moderada privación. Un rucho se puede comprar con poco más de lo que valen un par de fanegas de trigo, y a evitar que su manutención sea un costo se puede aspirar con fundamento porque todas las poblaciones disponen de pastos públicos. Porque su aplicación al transporte de cereales tuvo que ser su dedicación inmediata, el orden del que se alimentaba esta agricultura cerraba con importantes límites económicos la exportación del cereal, mucho más efectivos que los dictados por el legislador. Pero no corresponde a este lugar continuar en esa dirección.

     Los costos relativos del trabajo, como es previsible, se incrementan en razón inversa al tamaño de las explotaciones. Es la consecuencia que se puede esperar de un hecho que no admite modificación, que la unidad trabajador no sea fraccionable. Pero tampoco está en los propósitos de este ensayo fijar los diferentes costos del trabajo según tipo de iniciativa productora. Por el momento, de lo que se trata es de retener un modelo lo más preciso posible de los costos tipo que para cualquier empresa puede tener cada modalidad de trabajo, con el deseo de enunciarlos en la misma unidad métrica que el salario y poder medir, por tanto, con la mayor precisión, su alcance económico.

     Todo el tiempo de trabajo que acumulaba a lo largo de un año una fanega de tierra destinada al cultivo de los cereales se ha estimado en solo 72 horas. Tan poco exigentes eran las técnicas aplicadas, tan generosa la naturaleza. Fragmentado el trabajo en unidades diarias, o tiempo mínimo de uso, de seis horas efectivas, en cada fanega sería necesario invertir 12 jornadas (72/6). Si reunimos las actividades que el cultivo requiere en tres series según duración y especialidad, resultaría la siguiente distribución parcial de las 12 jornadas. La gestión, que incluye gobierno y guarda y el cuidado de la ganadería de labor, necesarios durante todo el año para cada unidad de superficie, serían responsables de una cantidad de trabajo equivalente a 1,44 jornadas. Los trabajos de la parte del ciclo comprendida entre el otoño y la primavera, que son sementera, escarda y barbecho, consumen por unidad de superficie un tiempo casi igual, estimado en 1,56 jornadas. Por último, todos los trabajos de recolección (segar, agavillar y trillar) absorben las 9 jornadas restantes.

     Para el de todo el año, la cantidad de trabajo que cada explotación demanda está en relación directa con el tamaño de la ganadería de labor que emplea. Este valor, a su vez, viene decidido por el número de arados reveceros que cada iniciativa pone en acción. Pero en el cálculo del tamaño idóneo de la cabaña de labor sus promotores afrontan con más o menos prudencia el problema de su tasa de reposición. Los más previsores, bien por quedar a cubierto de las epizootias bien porque están persuadidos de la continuidad de su empresa, acumulan y mantienen un mayor ahorro de capital ganadero vivo. El resultado es que necesitan disponer de una cantidad de ganaderos mayor, y por tanto incrementar su gasto en esta clase de trabajo. Otros, sean menos prudentes o se vean en la necesidad de sostener su empresa sobre cimientos más frágiles y menos duraderos, pueden salir al paso de la misma inversión con una cabaña menor, lo que también mantendrá su costo del trabajo correspondiente resignado a la moderación.

     La documentación permite detectar estas dos tácticas como dos tamaños relativos de la plantilla que permanece trabajando para la explotación durante todo el año. Las vamos a llamar, sin abandonar las posiciones relativas, intensiva y extensiva. La primera se puede aislar con bastante precisión en el intervalo comprendido entre las 20 y las 25 fanegas de superficie puestas en explotación por cada trabajador de esta clase. La táctica extensiva, asimismo, queda definida con satisfactoria nitidez por los valores entre 30 y 35 fanegas por trabajador.

     De la aplicación al cálculo de la cantidad de trabajo que demanda cada uno de estos dos comportamientos resultan, respectivamente, dos valores que expresan la cantidad de energía humana necesaria, expresada en unidades de trabajador, por cada fanega de superficie puesta en cultivo: 0,0444 para la modalidad intensiva y 0,0308 para la extensiva. Para el ensayo que en este momento deseamos puede bastar con el valor medio. Por cada fanega tipo puesta en cultivo sería necesario disponer de 0,0376 trabajadores de la clase que hay que mantener en activo durante todo el año.

     Para las demás actividades el recorrido de los hechos que las fuentes permiten observar es mayor. Habiendo procedido de manera similar para su tratamiento, evitamos la descripción detallada de cada secuencia de cálculos, que está justificada por razones equiparables, y concentramos el texto en la presentación de los valores que son necesarios para llegar hasta la deducción de los costos unitarios.

     El trabajo necesario para la sementera, en la que confluyen como factores inmediatos el tipo de ganado que se emplea y las condiciones físicas del suelo labrado, nuestras fuentes lo calculan entre 1,6667 hombres por fanega y día y 4. La mayor frecuencia de valores en torno a 2 (2,1505 y 2,3810) obliga a fijar el tipo para el cálculo en 2,5496.

     La demanda para los barbechos, porque en ambas operan los mismos medios y las mismas condiciones, se valora en casi idénticos términos que la sementera, hasta el punto que buena parte de las explotaciones ni se detiene a separar el esfuerzo empleado en cada una. Como la profundidad de la reja es en alguna de las fases del barbecho mayor que en la sementera, los cálculos más detallados registran una demanda de trabajo algo más elevada para aquellas. El tipo que parece convenirles e 2,9138 hombres por unidad de superficie y día.

     No es fácil fijar un valor para la demanda de trabajo de la escarda por las razones que ya han sido expuestas. Operando con sus elementos más regulares, que son los que nos han servido para atribuir un salario al peón que la hace (calificación y duración media de la faena), puede ser un índice orientador de su valor 0,5179 trabajadores por día y fanega.

     Por el contrario, para conocer el trabajo que la siega consume la información disponible es la más abundante y la de mayor concordancia. La banda de valores que expresan el invertido en media docena de situaciones está comprendida entre 1,25 y 3,2258 hombres por fanega y día. El tamaño de la cosecha, que oscila con facilidad, sería responsable de las diferencias, mientras que la habitual coordinación de la capacidad productiva dentro de cada cuadrilla podría explicar que las diferencias entre los valores extremos no fuera tan acusada como en otras operaciones. Aunque el valor medio que los casos permiten calcular es 2,1684, los más próximos a la realidad del territorio que analizamos aconsejan preferir 2,8177 segador por fanega y día.

     Las estimaciones del trabajo que se espera de los gavilleros durante la recolección de las que disponemos son demasiado groseras. Afirman, en términos que juzgamos simplificadores en exceso, que su rendimiento es la mitad que el de los segadores. Eso nos obligaría a multiplicar por dos el número de hombres que cada día trabajaran al recaudo de los cortadores del cereal de una fanega (5,6354). Tendríamos que aceptar una baja velocidad en la ejecución del trabajo. No contradiría este cálculo que fuera el ganado de labor, en una alta proporción vacuno, el habitualmente utilizado para el transporte que esta actividad incluye.

     No faltan tampoco aproximaciones muy generales a la magnitud del trabajo combinado de los gavilleros y la gente de la era, aunque sus conclusiones son bastante más moderadas. Se describen explotaciones en las que por cada segador se calcula que son necesarios 1,1 hombres de era y gavilleros. La estimación concuerda moderadamente con la valoración que se hace del rendimiento de la trilla por otra parte. Es muy probable que la forma más común de ejecutarla fuera conducir a los ejemplares de equino de labor sobre la mies esparcida en la era, para que la pisaran reiteradamente, aunque la calidad del producto fuera inferior a la obtenida con el trillo o con el mayal, mucho menos probable. Por este procedimiento se conseguiría, según los cálculos que la fuente permite hacer, que cada hombre aplicado a trillar obtuviera al día un producto de 11,17 fanegas de capacidad. Este volumen puede aceptarse, con algo de optimismo, como el beneficio bruto proporcionado por cada fanega de superficie. Como la siega de cada una de estas consume el trabajo de 2,8177 hombres en la misma cantidad de tiempo, con una proporción como la indicada (1:1,1) estaríamos admitiendo que para gavillar y trabajar en la era son necesarios, en correspondencia, 3,0995. Si descontamos lo que el procedimiento de trilla consume, solo nos quedarían 2,0995 gavilleros. Habiendo aceptado que el trabajo de estos es lento, aunque no tanto como pretende la estimación más general (5,6354), un cálculo como el que antecede, probablemente más cerca de lo que ocurriera, ahora aparentemente sobrevaloraría el trabajo de los gavilleros.

     Pero el procedimiento debemos retenerlo porque nuestras fuentes se muestran más sólidas cuando se refieren al trabajo conjunto de quienes arraciman y transportan los haces de mies y quienes le extraen el grano. Proporcionan para todo el trabajo datos que permiten evaluarlo dentro de una banda que por restringida resulta satisfactoria: entre 2,8571 hombres por unidad de superficie y día y 3,6364. El valor medio, 3,2468, nos permite concluir que para la trilla se emplea al día aproximadamente un hombre por unidad de superficie segada, y que este trabajo consume la actividad intermedia de 2,2468 gavilleros. No obstante, la decisión más acertada, para proceder a posteriores cálculos, creo que será, si los elementos del análisis lo permiten, el tipo conjunto (3,2468) antes que los separados.

Podemos experimentar ya con el cálculo de los costos del trabajo. En el siguiente cuadro, de las denominaciones del costo de cada día de trabajo, nos hemos limitado a verter a esta unidad de tiempo el primero que elaboramos, referido a las denominaciones salariales.

Trabajador Pegujal Alimento Dinero
Aperador o mayordomo 15 fs / 280 ds 1 / 30 fs 4,25 rs
Casero o guarda 15 fs / 365 ds 1 / 30 fs 2,625
Zagal del guarda 1 / 30 fs 1,75
Conocedor o mayoral 15 fs / 280 ds 1 / 30 fs 3
Boyero 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 2,625
Vaquero 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 2,625
Yegüerizo 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 3
Guarda del ganado 25 js / 365 ds 1 / 30 fs 2,625
Zagal del guarda del g. 1 / 30 fs 1,75
Borriquero o arriero 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 2,625
Gañán 25 js / 160 ds 1,5 / 30 fs 2,625
Sembrador 1 / 30 fs 2,625
Bracero o peón 1 / 30 fs 2,625
Capataz 1 / 27,6 fs 5,25
Segador 1 / 27,6 fs 5,25
Gavillero 1 / 27,6 fs 2,625
Gente de era 1 / 27,6 fs 2,625

     Nada hay diferente de uno a otro, excepto las reducciones a que obliga el respeto a la unidad métrica común elegida. La decisión la justifica que el día es el tiempo mínimo para el que efectivamente se anudan relaciones laborales.

     En el siguiente, del valor nominal y en unidades de salario de cada día de trabajo, hemos reproducido su correspondiente anterior, bien que ateniéndonos a la nueva unidad de tiempo.

Trabajador Pegujal Alimento Dinero Total nominal Total en unidades de salario
Aperador o mayordomo 0,85714 0,53333 4,25 5,64047 0,02938
Casero o guarda 0,65753 0,53333 2,625 3,81586 0,01987
Zagal del guarda 0,53333 1,75 2,28333 0,01189
Conocedor o mayoral 0,85714 0,53333 3 4,39047 0,02287
Boyero 0,23438 0,53333 2,625 3,39271 0,01767
Vaquero 0,23438 0,53333 2,625 3,39271 0,01767
Yegüerizo 0,26786 0,53333 3 3,80119 0,01980
Guarda del ganado 0,17979 0,53333 2,625 3,33812 0,01739
Zagal del guarda del g. 0,53333 1,75 2,28333 0,01189
Borriquero o arriero 0,23438 0,53333 2,625 3,39271 0,01767
Gañán 0,41016 0,80000 2,625 3,83516 0,01997
Sembrador 0,53333 2,625 3,15833 0,01645
Bracero o peón 0,53333 2,625 3,15833 0,01645
Capataz 0,57971 5,25 5,82971 0,03036
Segador 0,57971 5,25 5,82971 0,03036
Gavillero 0,57971 2,625 3,20471 0,01669
Gente de era 0,57971 2,625 3,20471 0,01669
63,95156 0,33307
3,76186 0,01959

     Como en aquel, hemos decidido convertir todas las denominaciones en moneda de cuenta, primero, para por agregación expresar el valor íntegro de cada día de trabajo. Después, cada valor nominal del costo del trabajo lo hemos convertido en unidades de salario. Como para esta experiencia hemos tomado 12 fanegas de trigo como unidad de salario, su valor nominal (12·16 = 192 reales) nos ha permitido la operación.

     Así como el ingreso anual amplía las diferencias entre las clases de trabajador, la percepción tipo diaria que cada uno puede conseguir las reduce a una secuencia muy corta; tan reducida que casi podemos afirmar que el desembolso diario en dinero se atiene universalmente a un valor muy próximo a 3 reales. Si al costo diario medio (3,76186) le deducimos los valores del alimento mínimo (0,53333) obtenemos una cifra muy próxima a aquella frontera (3,22853). Legitima la deducción, en relación con los hechos, que el alimento es un costo absorbido por el almacén de la explotación. En condiciones normales, procede de la reserva de grano de la cosecha del año precedente como mínimo. Es capital en forma de mercancía que con esta ocasión encuentra su oportunidad para la venta. Cada trabajador la compra pagándola con su trabajo, del mismo modo que adquiere especie monetaria a cambio de este. El peculio solo se distingue del alimento en que carga, al menos en la forma, sobre el producto presente y no sobre el pasado. Pero igualmente se adquiere comprando la mercancía con trabajo, que necesita de la mediación del capital fijo cuando toma la forma de pegujal. El costo del trabajo efectivamente desembolsado cada día sería por tanto una cantidad muy próxima a 3 reales por trabajador, liquidable en la moneda corriente.

Volvamos sobre el costo en tiempo que el cultivo de cada fanega tiene. Más arriba lo agrupábamos en tres bloques: el de gestión y ganadería, que consumiría un total de 1,44 jornadas; el de sementera, barbecho y escarda, a los que habría que dedicar 1,56, y el de recolección, que necesita el esfuerzo de 9 jornales.

     Hemos reducido los salarios nominales de cada especialidad, utilizando una media aritmética simple, a un valor concordante con los tres grupos que la información de la que disponemos nos obliga a mantener. Para obtener el salario medio del primer grupo, el de gestión y ganadería (3,57309), hemos tenido en cuenta los diez primeros de nuestros cuadros (de aperador a arriero). Para el segundo (3,38394), los tres siguientes, y para el tercero (4,51721) los cuatro últimos.

     El producto de la cantidad de tiempo que requiere el trabajo de cada bloque por su salario medio nominal nos proporciona el costo del capital variable por cada uno: 5,14525, 5,27895 y 40,65489 reales. La suma de los tres, 51,07909 reales, sería la expresión nominal del costo, en concepto de trabajo, de cada unidad de superficie puesta en cultivo. En unidades de salario el costo sería de 0,26604 (51,07909 / 192).

     Puede ser más eficaz expresarse en términos prácticos. Para cubrir el gasto originado por el trabajo serían necesarias 3,19244 fanegas del producto bruto (51,07909 / 16). Con un rendimiento de 8 fanegas por unidad de superficie, como hemos supuesto en otras ocasiones, el costo del trabajo absorbería casi el 40 % de la cosecha obtenida.

     El costo del trabajo por unidad de superficie, que nos remite de un salto al costo de toda la campaña, puede ser una medida demasiado grosera. Nos obliga a tantas síntesis que dejamos en el trayecto los pesos específicos de los tipos reales. Como disponemos también de la demanda de tipos de trabajo por unidad de superficie y día, podemos ensayar otro cálculo del gasto que origina este factor. A la vez que puede ser más preciso, nos permitirá, por concordancia, verificar hasta dónde alcanza la precisión del otro procedimiento que las fuentes toleran.

     A continuación sintetizamos las piezas que permiten comprobar la utilidad de esta segunda solución. Junto a la relación de las actividades para las que podemos contar con los factores que facultan para el cálculo, en la primera columna de valores figura el número de trabajadores del tipo correspondiente que cada fanega demanda. Para la segunda, tomamos del último de los cuadros anteriores el valor nominal del salario por día que a cada actividad debe adjudicársele.

Trabajos Trabajadores /fanega Salario / día Producto
Trabajos anuales
Gestión y ganadería 0,0376 3,57309 0,13435
Trabajos de temporada
Sementera 2,5496 3,49675 8,91531
Barbecho 2,9138 3,83516 11,17489
Escarda 0,5179 3,15833 1,63570
Siega 2,8177 5,82971 16,42637
Gavillas y era 3,2468 3,20471 10,40505
Total 48,69167

     También en este caso estamos obligados a algunas síntesis. La que se refiere a los trabajos anuales, que ya antes decidimos, no es la más trascendente. Aunque es la que incluye el mayor número de actividades, el escaso valor relativo de este grupo de costos tiene una incidencia muy limitada en el resultado final. Un cálculo equivalente, trabajo a trabajo, que las fuentes nos permitirían intentar, apenas cambiaría el valor síntesis, al que ahora concedemos prioridad. De los demás, solo para la sementera y los trabajos posteriores a la siega tenemos que aunar valores. En cualquiera de los casos se trata de una media aritmética simple, tal como antes, de solo dos valores específicos.

     El resultado es satisfactorio. Según este análisis, sería necesario afrontar, por cada fanega puesta en cultivo, un gasto nominal de 48,69167 reales en concepto de trabajo. Su valor en unidades de salario sería 0,2536, también muy próximo al obtenido con el procedimiento anterior.

     Aunque los dos están evidentemente emparentados, porque utilizan los mismos factores, dada la mayor fidelidad al detalle del segundo, estamos en la obligación de concederle más crédito a su resultado. Es cierto que seguir la otra vía de cálculo, más rápida, en modo alguno nos conduciría, no ya a resultados erráticos, sino ni siquiera imprecisos. La comparación entre ambos aísla como principal diferencia la sobrevaloración del tiempo dedicado a los trabajos de gestión y ganadería, en la que se incurre con el primer procedimiento en relación con el segundo. Ahí parece estar la mayor responsabilidad de la diferencia de los 2,38742 reales (51,07909 – 48,69167) que se observa en el valor nominal de todo el costo.

No es necesario recurrir a nuevos argumentos para aceptar que el salario denominado solo en dinero, el de los destajistas, sería mucho más estable que el regulado incluyendo la comida, que debía satisfacer la actividad que era necesario sostener a lo largo de todo el año si se pretendía aspirar al producto. Cualesquiera que fuesen las variantes del menú, si el pan era su constante, el costo del trabajo contratado sería función directa de las oscilaciones del precio del trigo, la materia prima a partir de la cual se fabricaba el pan con el que se atendía el consumo de trabajo en el campo. Sabiendo que el precio del grano podía alcanzar, en situaciones críticas, precios desorbitados, el costo de esta modalidad de trabajo, la estable e imprescindible para obtener el producto del año, podría llegar a ser insostenible.

 

Trabajo pagado con tierra

Bartolomé Desmoulins

Cuando el trabajo ajeno se obtiene valiéndose del salario, el comprador se apropia de una fracción de su capacidad productiva, que se mide por unidades de tiempo o por actividad completada. De todas las modalidades de detracción de trabajo, la que más se le asemeja es la prestación de servicios a cambio de una parcela. En ambos casos se trata de entregar a otro tiempo dedicado a la actividad productiva. Hay, sin embargo, algo primordial que las separa, y no es la cantidad de tiempo: una parte, en el caso de quien recibe a cambio una parcela; todo el que estén dispuestos a comprarle sus demandantes, en el caso del que recibe el salario.

     Como la detracción de servicios tiene como remuneración el acceso a la tierra, y el tiempo de trabajo que se vende a otro siempre es a cambio de una renta, ha ocurrido una mutación radical. El asalariado no tiene ninguna capacidad para decidir sobre el uso del suelo, y por lo tanto sobre la cantidad de producto que de él se pueda obtener. Su remuneración se ha independizado de los rendimientos que puedan obtenerse. El contratante, invirtiendo los términos, es ahora quien le transfiere una parte del ingreso bruto que obtiene, calculada en función de su capacidad para trabajar, tal como hace para el resto de la energía que consume una labor. Es probable que esto nunca dejara de tomarlo en cuenta quien demandaba cualquier forma de trabajo ajeno porque está en el origen de la actividad humana.

     Pero ¿qué decir cuando el salario es una parcela de tierra? Entonces el fenómeno alcanza un grado de complejidad poco frecuente, que necesita análisis y reflexión. Sabemos positivamente que esto solo ocurre cuando la parcela se suma a otros medios de pago.

     Supongamos que fuera toda la remuneración; si era una parte de ella, es porque también podría ser toda. Sería algo similar, si no idéntico, a la muy remota relación que conectaba corveas con manso. Aunque no por eso dejaría de ser trabajo asalariado. El tiempo de trabajo vendido a otro, más aún en el caso de que sea todo, se compra entregando a cambio otro bien. Podríamos decir que es un pago en especie. Es cierto que se trata de una especie con propiedades peculiares, pero no mucho más que otras. Si en vez de recibir como pago tierra se percibiera por ejemplo lana, convertirlo en renta final propia también podría exigir añadir trabajo al trabajo ya hecho, el que ha sido pagado de aquel modo. Es verdad que se podría vender la lana, sin más, y así ya se obtendría un ingreso; como se ganaría cediendo la parcela percibida como pago a cambio de una renta, sin más. Pero extraerle a cualquiera de las dos formas de pago toda su renta posible exigiría efectivamente añadir trabajo al trabajo ya hecho: lavar, cardar, tundir, hilar, en el caso de la lana; sembrar, escardar, recolectar, en el caso del suelo.

     Probablemente, la explicación, en el caso de la remuneración mediante suelo esté en la renta que sus cualidades pueden generar, la que podría obtener el pagado con él solo a condición de que se la cediera a otro. Cuando quien compra el trabajo paga con una parcela está cediendo un valor que se expresa con la idea de renta de la tierra. Es la consecuencia de la enorme cantidad de trabajo acumulado en la que tiene utilidad agropecuaria, y sobre todo de la alta demanda de suelo fraccionado, hábil para el trabajo campesino, que provoca la concentración de su mercado. Las parcelas de pequeñas dimensiones son las que alcanzan la más alta cotización por unidad de superficie, a base de pasar de unas manos a otras, de arriendo a subarriendos, cadena de transmisiones o intermediarios, cada uno de los cuales espera su parte. Quien las tomara a ese precio tendría que disponer de unos medios y arriesgar unas inversiones imprescindibles, según el procedimiento o sistema al que se atuviera, para lo que disponía de una gama de posibilidades, siempre limitadas por las condiciones de la cesión, sobre todo por el tiempo para el que se hubiera previsto. Si dispone de todos los medios necesarios, o se resigna a los que tenga, bastará con que cuente con ellos y su trabajo. De lo contrario, tendrá que recurrir a contratar servicios que cubran sus carencias. El inventario de unos y otros, de los medios propios y de los servicios que pueden ser necesarios, sería la relación de los trabajos campesinos más completa, y a renglón seguido de las posibilidades que al trabajo ajeno se le abren.

     Si volvemos ahora a nuestro asalariado cuyo trabajo se paga con una parcela, se liquide de este modo todo o solo una parte, parece razonable pensar que el bien tierra que percibe, aunque podría trasladarlo a otro, es más probable que prefiera mantenerlo bajo su control y ponerlo a producir. A partir de aquel momento, su condición sería doble, asalariado y campesino; asalariado para otro, campesino para sí. Si además de trabajar para otro dispusiera de medios para actuar como campesino, todo consistiría en compatibilizar su compromiso laboral con el trabajo en la parcela cedida. Claro que en ese caso no podría dedicar todo su tiempo de trabajo a quien lo contrata, quien habitualmente exigía esta condición. De ser así, solo le quedaría una salida. Que los medios que necesitara para poner a producir la parcela con la que se le pagaba los adquiriera comprando los servicios que su explotación fuera necesitando.

     Nadie estaba en mejor posición para proporcionárselos que el labrador para el que trabajaba, que los tenía en abundancia, desde la simiente hasta los destajistas que segaban las mieses. Por supuesto, porque la tierra en cesión parcelada era un bien que cotizaba en alza en su mercado, además de pagarle los servicios que le prestara, como se los tendría que pagar a otro, quienquiera que los completara, tendría que pagarle a su contratante la renta de la tierra con que lo había remunerado. Pagar el trabajo asalariado con la cesión de una parcela, para quien lo adquiría tendría una doble ventaja, asegurarse la actividad del contratado a lo largo de todo el ciclo, tiempo durante el que trabajador, porque había sido anclado como campesino, tendría que asegurarse la extracción del producto a la parcela de su paga, y la percepción de rentas exigibles por la prestación de servicios y la cesión del suelo.