Al lector
“Ora et labora”, ordenaba la regla de San Benito; “labora et ora”, se decía Dante Émerson. Era la fórmula que se administraba en el trabajo. Llegó a depender de ella, aunque nada inconfesable había en su permanente recurso a una química solo invocada. Al menos quienes con sinceridad lo estimamos le concedimos siempre la indulgencia de que nada nocivo podía haber en la inocente repetición de una jaculatoria. Estábamos seguros que solo así podía mantenerse consciente y activo a la vez.
La inversión del orden de lo que estaba prescrito era la sustancia activa del compuesto que había creado, según explicaba en momentos de mayor serenidad y lucidez.
Quizás sea algo entretenido, ya que no repetir con detalle lo que a este propósito decía –porque prefirió no dejarlo escrito–, relatar ideas relacionadas con esta que alguna vez le fueron oídas, y cómo actuaba.
Contaba que había tenido un abuelo emprendedor, un viejo todavía tan aventurero cuando él lo conoció que aún se atrevía con los negocios más arriesgados. Cien veces se había enriquecido y otras tantas había perdido toda su fortuna. Sus últimos años fueron solo de tropiezos. Como un rey Midas que hubiera conservado el don de transformar la materia, pero que a consecuencia de los desórdenes mentales que la vejez trae hubiera extraviado la orientación del prodigio, cuanto tocaba lo carbonizaba. Lo más doloroso era que el origen de sus fugaces éxitos no había sido fruto de su esfuerzo. De sus antepasados había recibido un importante patrimonio, acumulado por generaciones de insaciable linaje ahorrador, y bien a bien, con demoledora eficacia, aquel desorientado ser lo había ido desintegrando. Cuánto lamentaba que precisamente un antecesor inmediato, a quien había podido ver y tratar, y hasta acariciar con cariño, hubiera sido el que malgastara la fortuna de toda una dinastía, tras años de vigorosa supervivencia y aun crecimiento.
De ahí había derivado que por desgracia en su caso fuera obligado el trabajo; aunque hubiera nacido en excelente familia, tan excelente que de ser razonablemente estúpido bien podría haberse sentido orgulloso de su apellido. Hasta calles en la ciudad había rotuladas con él, memoria y homenaje a un desconcertante antepasado heroico; gran tragedia, despiadado destino.
Más abrumador sin embargo le resultaba que nada encontrara en la actividad que por azar le había caído en suerte que a sus ojos la hiciera útil o necesaria; excepción hecha, claro está, de la renta que de ella obtenía. Sostenía que aquella actividad a la que dedicaba la parte penitente de su limitado tiempo de vida era en consecuencia un imperdonable pasatiempo, un simulacro de la existencia del que bien se podría prescindir; que solo razones políticas, por las que ya no sentía el menor interés, la justificaban.
Trabajó pues para otros por cuenta propia.
Como una máquina se entregaba a la actividad, y cuando más forzado actuaba daba a suministrarse la jaculatoria. Así conseguía enajenarse, según su declarado propósito. Por aquel medio lograba que su conciencia quedara libre y al margen de la realidad, y llegara a producir pensamiento con autonomía. Al principio no fueron exactamente aquellas palabras, sino frases que se recitaba, no del todo regulares. “Solo dictándote paciente estas palabras, cuyo origen desconoces, llegarás a resistir esta condena que tanto dura”, le oímos, por ejemplo, confesarse en voz alta, creyéndose solo, alguna vez.
Era pues el deseo de salvarse lo que le impulsaba a de este modo actuar. Oraba con pensamientos al dios que por desgracia en todos habita, un dios que con acierto buscaba más allá de su existencia en el límite de sus días, seguro de que solo en el presente podría, si las circunstancias le eran favorables, deleitarse con él.
Pero debemos declarar que no sabemos bien qué le llevó a adoctrinarnos. Si era el pensamiento el lugar donde consumía el alimento que necesitaba para sobrevivir, el acto hubiera bastado. Nada hacía necesario que su rastro quedara para la posteridad. Se empeñó sin embargo en sembrar en nosotros sus delirantes ideas.
Creemos que alguna explicación a tan por otra parte humano impulso docente, aunque en su caso sorprendente, puede haber en ciertas anotaciones que hemos encontrado al margen de algunas cuartillas, con seguridad de su mano salidas. Parecen destellos de serena reflexión, alumbrados durante la vertiginosa y angustiada producción de locos pensamientos solo justificados por el hecho de serlo.
He aquí algunas. “Son enigmas”, dice una de ellas, o “están fundadas [las palabras que escribió, puede conjeturarse] en verdades etimológicas”.
En nuestra opinión, estas dos anotaciones algo pueden explicar sobre su actitud y su comportamiento. Más aún: si no se oponen, por encima de su aparente incompatibilidad, resultan esclarecedoras. A un tiempo que a su modo nos habría dejado dicho que las ideas que alumbraba, porque procedían de un lugar que a él mismo sorprendía, necesitaban interpretación, la interpretación correcta sería aquella que hasta los orígenes fuera capaz de llegar, nunca los orígenes históricos, siempre su llegada a cada conciencia. No habría así paradoja entre lo enigmático y lo etimológico, porque así como la verdad es claridad, su apariencia es oscura. Tal vez escribiera sus palabras en el estado en que surgían, sin transformación alguna, para examinarlas con la mayor frialdad, como el anatomista se ve en el espejo, para él solo cráneo, músculo, piel y vasos capilares; se las pondría por delante como un objeto, con el ansia morbosa de un cirujano, para practicarles la más cruel disección.
No confiamos, sin embargo, que este deseado equilibrio entre la pureza cristalina del enigma y la profundidad de los diamantinos destellos de la etimología la alcanzara siempre. Por más que releemos ciertas afirmaciones, no les encontramos sentido recto, más aún cuanto más pasa el tiempo, y otras sin dudarlo nos parecen locuras insostenibles. Su peligrosa práctica del desdoble debió llevarlo, por desgracia, a lugares donde no había razón, y aquellas desastrosas visiones quedaron registradas en palabras excesivas que hoy puede resultar doloroso leer.
Pero, sobre todos estos escrúpulos, hemos preferido ser respetuosos con lo que entre los papeles que nos dejó hemos encontrado. Tan solo hemos añadido cierto orden de los materiales, si bien ejecutando la voluntad del testador con la pulcritud que al albacea compromete. Contienen anotaciones suficientes para que pueda hacerse lo que al parecer él mismo no tuvo tiempo para consumar. Pero hay siempre algo más en el corazón de un amigo. Es el respeto a la memoria que del desaparecido pueda sobrevivir. Cuando de una vida lo que resta es solo su testimonio escrito, alterar una coma del texto es tan violento como mentir sobre lo que con certeza es conocido.
Todavía debemos añadir algo más. Con frecuencia nos repitió que no sabía de expresión más exacta de la justicia que aquella vieja fórmula que, con su escalofriante y escueta precisión, en los viejos textos podía leerse: dies irae.
Creo que en este caso sí alcanzamos a ver la verdad de su acertada reflexión.
La cólera está fundada en la misericordia, aceptación de lo desconocido, decía; aunque pueda ser detestable, porque el mayor bien es saber, ya que saber es vivir. Solo recurre a ella quien queriendo con todas sus fuerzas que el fin del saber colmado se cumpla, ve cómo las cosas, al contrario, resultan harto conocidas. La misericordia concedida así resulta defraudada. El más alto grado de la cólera alcanza cuando, manteniendo la esperanza del camino abierto a lo desconocido, protegido bajo su apariencia, un ilusionista actúa con torpes medios solo para colmar su ambición. Entonces la ira se levanta como un gigante, enormidad mayor que un cataclismo. La sombra de aquel cuerpo, que todo lo abarca, en su opinión justicia debía ser llamada. Acogida a su frío, volvería de su inútil travesía desolada la misericordia, penosa restauración del deseo de saber. Solo recurre a la estricta justicia quien ha deseado con todas sus fuerzas que el más noble fin se cumpla. Toda la potencia del conocimiento origina la decisión más severa. Quienes conocimos a quien escribió lo que estas páginas propagan bien sabemos que fue depositando en cada palabra que eligió toda la justa ira de la que era capaz.
Con la parte más valiosa de su patrimonio, sus herederos decidieron fundar un instituto, que pusieron bajo su nombre y cuyos frutos ya son suficientemente conocidos. Con el tiempo, la modesta obra se ha integrado en otras iniciativas de similar inspiración, de mayor rango, que han elevado su aprecio y aseguran su continuidad. En el futuro, cuando la ingente labor de crítica de las caóticas obras por él escritas les dé coherencia, publicaremos los textos que dejó, para nosotros la parte más valiosa de su legado. Por ahora, en estas páginas virtuales, que quieren ser un tributo a su memoria, abiertas a todos los que alguna vez se hayan sentido atraídos por su pensamiento, sus alumnos, que no siempre merecimos la atención que nos dedicó, nos resignamos a publicar nuestros propios textos. Sabiendo que el número de sus discípulos es amplio y está disperso, la redacción recibirá y con cariño revisará cuantos escritos de ellos le sean enviados para su publicación.

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